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miércoles, 11 de enero de 2012

Los enamorados ***

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Autor: Carlo Goldoni.
Versión de Juan Carlos Plaza.
Intérpretes: Aurora Sánchez, María Álvarez, Magdalena 
Barbero, Víctor Manuel Dogar, Emilio Laguna, Aitor Tejada,
 Blaki, Víctor Villate, Enrique Simón, Mapi Sagaseta. 
Escenografía: Andrea D’Odorico
Vestuario y dirección: Miguel Narros. 
Teatro: Albéniz. (30.9.1999)
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El buen gusto como fin

Viene este año la temporada cuajada de excelentes productos y también -hay que decirlo-, de un teatro caracterizado por la búsqueda de la evasión, en la mayor parte de los casos. Si todavía es válida la idea de que el teatro es reflejo de la sociedad en la que se desarrolla, supongo que nuestra escena está obedeciendo a tiempos de desinterés, de seguidismo, de incredulidad ante todo, y de la disimulada desesperanza; y que de todo ello van contaminándose muchos de nuestros creadores.
Este es uno de esos estupendos enredos de Goldoni en los que el autor italiano supo muy bien burlarse y retratar la sociedad veneciana del XVIII, que es, verdaderamente, lo que le correspondía hacer entonces:  convertir su obra en el espejo al que nos referíamos.  La hipocresía de una burguesía decadente, los prejuicios y las formas externas que impedían aflorar la sinceridad en las personas. La comedia de costumbres, en suma, que él dibuja con mucha gracia, iniciando un modelo de farsa que hereda de la Comedia del Arte, cuyos personajes –Pantalón, Colombina, Arlequín- metamorfosea en tipos cotidianos del momento.
Lo que hoy queda para el espectador o el lector, además de su ingeniosa prosa, es la rotundidad del juego o del enredo, y los temas, que como en el caso del amor y los celos –éste de Los enamorados- mantienen la misma vigencia, aunque en formas distintas. También queda el lícito pretexto para, partiendo de una excelente escritura, lucir vestuarios, escenografía, estilos de interpretación diferentes. Lo que en cierto momento se llamó teatro del arte.
Este espectáculo es, en el sentido señalado, un verdadero paradigma. A lo largo de sus tres horas, Miguel Narros se sirve de Goldoni para hacer una exhibición de buen gusto, para encandilarnos con la hermosísima escenografía de Andrea Dódorico –una postal veneciana, un rincón neoclásico cálido que es, en sí mismo, todo un lienzo con volúmenes-, para dirigir toda la trama como impecable mecanismo, y también, como es habitual en él, obtener lo mejor de sus actores: una suma de elementos que producen eso que llamamos deleite para los sentidos.
Fotos de Miguel Gordé
De todos modos, el elemento diferenciador del teatro –respecto de la música, de los colores, del vestuario, de la cadencia lograda- son los actores, y en este caso hay una deliciosa, formidable y gozosa interpretación que casi justifica la tentación de esta puesta en escena. Ver moverse y hablar a Aurora Sánchez produce un raro placer, por ejemplo, con esa maestría de formas, de pausas, de matices de voz (tiene el gran teatro Albéniz el sambenito de la mala acústica, y con él se justifican muchos actores y hasta imponen los odiados micrófonos algunas compañías: aquí se acabó). Con ello hacen todos un trabajo en la misma línea de expresividad corporal, de comprensión de personajes, de riqueza del juego, desde el tonto galán –Enrique Simón- al gracioso arlequín Blaki, con los excelentes trabajos de María Álvarez o de Magdalena Barbero. Y una mención aparte obligada para Emilio Laguna, actor cuya propensión al dislocación cómico ha sido aquí contenida y aprovechada para, sin evitar el lucimiento de su fuerte personalidad, construir un personaje formidable, ese cuya presencia engrandece las escenas y que, cuando no está en ellas, se le espera sabiendo que dará el tono y el ritmo de la farsa mejor que nadie. Su personaje de Fabricio, una especie de burgués mariquita, tierno y arruinado, posee el exceso del viejo Pantalón y la ternura de los nuevos tiempos de Goldoni. A todos se les aplaudió mucho, y merecidamente, la noche del estreno de un montaje perfeccionista, manierista casi, como si el tiempo no existiera para estos creadores.
Enrique Centeno

jueves, 22 de septiembre de 2011

Yo, el heredero ***

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Autor: Eduardo De Filippo.
Traducción: Juan C. Plaza-Asperilla.
Intérpretes: Fidel Almansa, Ernesto Alterio,
Beatrice Binoytti, Concha Cuetos, África García,
José Luis García, Rebeca Matellán, Natalie Pino,
José Manuel Seda, Mikele Urroz, Yoima Valdés, Abel Vitón.
Iluminación: Juan Gómez-Cornejo.
Vestuario: Ana Rodrigo.
Escenografía: Andrea D'Odorico.
Dirección: Francesco Saponaro.
Teatro: María Guerrero (CDT). (23.11.2011)
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Al napolitano Eduardo De Filippo no le podemos evitar su relación con Molière. Amargura, ironía y humor, hasta llegar a la carcajada; críticas hasta los ataques a la sociedad, trabajando, al mismo tiempo, como  dramaturgos, actores y directores de sus compañías.
    El autor inicia la obra con una escena, entre el humor y la burla, en la adinerada casa de la familia Silciano -ingenioso apellido-, en la que la distinguida y cristiana esposa – la engreída Margherita, muy bien interpretada por Yoima Valdés-, muestra el entusiasmo, junto a sus costureras, por las ropitas o canastillas –realizadas con telas usadas- para ser entregadas a los “niños necesitados”.
    Y en el salón principal –se entrevé el interior, con la habitual perfección del escenógrafo Andrea D’Odorico-, conoceremos a esta familia cuyo sucesor, Amadeo, manda con satisfacción y felicidad, junto a su esposa. Lo completa la hermana, Adele, la madre Dorotea y la joven huérfana protegida, Bea, junto a los interesantes criados, Caterina y Ernesto. Es necesario presentarlos, porque es un reparto en el que todos los intérpretes hacen un magnífico trabajo.
   Y aquí entrará, súbitamente, un extraño personaje, desaliñado y descarado. Él se considerará Yo, el heredero: hijo del fallecido Próspero, servidor de la familia, a quien De Filippo crea para oponerse a la sumisión. Así lo hará este Ludovico, el Próspero II, al considerarse sucesor de su padre. El actor Ernesto Alterio va caminando desde la suavidad a la exigencia. Una creación maestra del italiano, en los enfrentamientos con Amadeo, la lucha verbal impresionante y repetida, en la que este abogado es interpretado, con imán desde las tablas, por el actor José Manuel Seda.
    Encontró Ludovico el diario que escribía su padre –a quien no veía en treinta años-, y en él conoció su convivencia con la familia, soportando burlas y la escasa dedicación, sobre todo del criado Ernesto -formidable trabajo de José Luis Martínez-, y la alegría y cariño de Caterina -la lleva con encanto la actriz Natalie Pinot-. La infidelidad de la madre, enamorada de aquel sencillo Próspero, es interpretada por Concha Cuetos, que crea ese sentimentalismo, dulce y  pecador dentro de su catolicismo, en una lección magistral.
        Es un parchís -en rombos coloreados, como si anduviera por las escenas aquel Arlequín, junto a Polichinela, en una commedia dell’arte que tanto pertenece a De Filippo-, a cuya casilla de meta llegará Ludovico. Todo está vencido y hay un personaje en este juego, realista y jocoso. Se trata de la joven Bea, de 17 años, que fue recogida siendo niña, y encerrada en esa jaula de gorrión. Y es también esencial, en el protagonista, su apoyo para salir volando de esa burguesa mansión. Hace una maravillosa interpretación Rebeca Matellán.
    Dirige el italiano Francesco Saponaro, con una especie de mandolina en la que consigue un ritmo jugoso entre la burla y el mensaje.
Enrique Centeno

martes, 28 de junio de 2011

Panorama desde el puente ****

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Autor: Arthur Miller.
Versión de Eduardo Mendoza
Intérpretes: Chema Muñoz, Helio Pedregal, Ana Marzoa,
Yael Barnatán, Israel Frías, Iván Hermes, Luis Rallo,
Paco Ureña.
Escenografía y vestuario: Andrea D’Odorico.
Iluminación: Juan Gómez-Cornejo.
Dirección: Miguel Narros.
Teatro: Albéniz. (5.4.2001)
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"No comprendo este país”

 

Panorama desde el punte es una de las varias miradas críticas de Arthur Miller hacia su propio país, escrita en 1955. Un brutal drama familiar que tiene como fondo el problema de la inmigración. Algo que él mismo conocía bien, puesto que era hijo de emigrante de origen judío. Más de cincuenta años después, la obra mantiene la actualidad de los grandes clásicos, la emoción del sabio maestro, y la curiosa oportunidad con la que se monta ahora, cuando la xenofobia se implanta en la sociedad española, como en su día lo hizo en la norteamericana, tanto desde la vida cotidiana como desde las propias instituciones.     
    Eddie (Helio Pedregal), un modesto estibador en Nueva York, tiene acogida en su casa a la joven sobrina (Yael Barnatán) en una relación casi enfermiza de posesión y celos. Lo sabe su esposa (Ana Marzoa), y la situación comenzará a estallar cuando llegan a la casa dos nuevos acogidos, familiares italianos ilegales, “sin papeles”, porque de uno de ellos se enamorará la joven ante el estupor del dueño de la casa, que comenzará una degradación total hasta la traición más abyecta.
    La historia –en versión de Eduardo Mendoza- la cuenta uno de los personajes, un abogado-narrador (Chema Muñoz), que además reflexiona sobre la tolerancia, sobre el conflicto mismo, sobre los extraños comportamientos de la persona. En realidad, la brutalidad de este Panorama desde el puente es, al mismo tiempo, de completa verosimilitud, como corresponde al teatro realista de Miller, y, quizá por eso, uno de los personajes asegura en un momento que no puede comprender “este país”. Sus palabras, como otras muchas, llega hoy al patio de butacas como escrita aquí y ahora, y produce, entre la emoción del drama, la reflexión continua sobre nuestra propia incomprensión de lo que pasa en este país.
    Santo Dios, qué montaje. Ante una maravilla de escenografía, donde la casa se atrapa en la magnificencia de los rascacielos, la lección de Narros dirigiendo actores y creando clímax. El pasmo que producen sus intérpretes, todos ellos de altísima calidad, todos ellos conmoviendo y haciendo emanar energías y talento. Conmoviéndonos desde sus diferentes contradicciones o tragedias. Muñoz, Pedregal y Marzoa especialmente, tocan ya el techo de lo excepcional, de lo genial. Un espectáculo, en fin, para la memoria.
Enrique Ceneteno

martes, 1 de febrero de 2011

Sanchica. Princesa de Barataria **

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Autora e intérprete: Ainhoa Amestoy.

Basado en escenas de El Quijote con dramaturgia de
Ignacio Amestoy.
Escenografía: Andrea D'Odorico.
Dirección: Pedro Víllora.
Teatro: Sala II, Centro Cultural de la Villa. (25.11.2005)
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De un sencillo baúl, la cómica de la legua va obteniendo los muñecos de las mujeres de El Quijote. Cerca de veinte de ellas serán los motivos y copias para que la actriz repita sus textos, reinventando a su modo cada uno de sus personajes. Es una bonita idea. Ainhoa Amestoy tiene talento para autorepresentarse como una ingenua muchacha, de voces y gestos que dedica a un público supuestamente espontáneo, popular, como en un rincón de la aldea.
   Así vamos conociendo y queriendo a los múltiples personajes, tan preciosos como chillones, reprochados o atacados, con sencillez entre sus hábiles manos, incluyendo entre ellos a la hija de Sancho –Sanchica-  y a la esposa inocentemente sensible ante la soñada ínsula de Barataria. Una función de Bululú –aquel cómico original que en la antigüedad actuaba solo con imitaciones de voz- de esta semicompañía de la autora, intérprete y manipuladora de muñecos que no molesta, como ocurre en otros monólogos que ahora hacen continuamente actores y actrices engreídos.
E.C.

domingo, 6 de diciembre de 2009

Glengarry Glen Ross **

_______________________________ Autor: David Mamet.Intérpretes: Carlos Hipólito, Ginés García Millán,
Alberto Giménez, Andrés Herrera, Gonzalo de Castro,
Jorge Bosch, Alberto Iglesias.
Escenografía: Andrea D'Odorico.
Vestuario: Ana Rodrigo.
Iluminación: Paco Ariza.
Versión y dirección: Daniel Veronese.
Teatro: Español. (3.12.2009)
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Empresas con este nombre, como otras muchas, utilizó David Mamet para retratar ese mundo de los negocios. En Estados Unidos, esta obra -de gran éxito-, mostraba el paisaje de los vendedores, aquí una firma inmobiliaria, con su director y un furioso equipo de hábiles colocadores de ventas. Se estrenó Glengarry Glen Ross hace quince años, y fue más tarde (1992) pasada al cine. Otro éxito que, igualmente, llegó a España con el acertado subtítulo de Éxito a cualquier precio. Un tiempo en el que este texto nos mostraba a unos negociantes personajes cuya existencia sospechábamos; muy poco después, ya conocíamos la realidad de ese mundo.
Los siete personajes pertenecen a este siniestro despacho en el que se asciende, o se baja – ganadores o perdedores-, según las zancadillas, golpes o puntapiés. Es una obra casi exclusivamente textual, conversaciones y discusiones construidas con esa genial dramaturgia de Mamet. Obliga a escuchar, atentamente, la pelea y la mentira, atrapando al público, con imprescindibles grandes actores. Es natural que pensáramos en el impresionante reparto de la película; ciertamente, nuestros siete actores hacen un trabajo coral magnífico, brillante.
El director, Daniel Veronese, tiene la fortuna de contar con tantos talentos, y lo aprovecha muy bien para mantener o hacer crecer las tensiones; entre enfrentamientos, llantos, mentiras, traiciones y estafas. Hoy, la obra se contempla asintiendo esa realidad. Nuestros autores –sobre todo los jóvenes-, muchos de ellos excelentes, huyen del realismo social; prefieren crear historias fantásticas o pasadas. Los directores recurren así a títulos del teatro norteamericano. Sólo recordamos a un escritor español, Jordi Galderán –catalán- en la conocida obra El método Gronholm, también pasado al cine. Son excepciones. Mamet es siempre ejemplar, y preferíríamos ver nuestros escándalos; Glengarry Glen Rosse no es una imaginaria empresa. Son realidades cercanas, como recientes escándalos inmobiliarios con fichas de cliente para la corrupción, como el político del Bigotes o negociantes ambiciosos como el Pocero, y de alcaldes hasta llegar a Presidentes de autonomías. Esta obra teatral escenifica la compra utilizando obsequios como un Cadillac. Andan por aquí regalos para ladrones, cohechos con trajes a medida, relojes de lujo, palacetes o mansiones junto al mar de nuestras islas. Una geografía de corrupción –cuántos y cuántas negociantes- sin que Mamet conozca nuestro reino de los ladrillos, de empresas que hunden a todos. Se sale de este espectáculo, entre burlas, sonrisas y un sentimiento dulce por su acusación y amargo por la realidad.
Enrique Centeno

lunes, 14 de septiembre de 2009

La cena de los generales **

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Autor: José Luis Alonso de Santos.
Intérpretes: Juanjo Cucalón, Sancho Gracia, Lorenzo Area,
Antonio Escribano, Jesús Prieto, Emilio Gómez,

Victor Manuel Dogar, César Oliver, Luis Muñiz, Adolfo de Grandy,
Ana Goya, Candela Arroyo, Juan de Mata, Lucía Bravo,
Virginia Mateo, Luis Garbayo, Borja Luna, Tomás Calleja.
Vestuario: Ana Rodríguez.
Iluminación: Juan Gómez Cornejo.
Escenografía: Andrea D'Odorico.
Dirección: Miguel Narros.
Teatro: Español. (3.9.2009)

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A los generales no los vemos cenar, y el comedor es como una reunión del poder militar a puerta cerrada: todo lo que vemos es la cocina, como un campo de batalla. Un enfrentamiento ya sin guerra tras la toma de Madrid, una ciudad donde los perdedores están en las cárceles, y los triunfadores vengándose. Son los presos quienes deberán guisar y luego servir junto a los falangistas.
Ocho presos son los que podrán cocinar para el General Franco, en un espacio que permitirá reencontrarse o conocer a los detenidos republicanos. José Luis Alonso de Santos adereza el menú con pimienta y perejil, mezclando a los leales y a los golpistas, con su habitual estilo entre la comedia y el drama, como en su última obra representadareestrenada- hace unos meses, Trampa para pájaros. Casi toda la función son golpes, de humor o de farsa, con un ridículo teniente de intendencia -cercano al esperpento del Cabo de Los cuernos de don Friolera- y, en el centro, un cambiante personaje, con su frac de maître, ausente u oculto en el restaurante del Hotel Palace, donde finge obedecer al oficial histérico y enloquecido ante la esperada llegada del Caudillo.
Hace ya más de tres décadas, llegó a España la primera y fulminante obra de Arnold Wesker La cocina. El estreno –quizá se hizo antes, pero lo desconozco- lo montó Miguel Narros en el Teatro Goya, de Madrid, –ya desaparecido- en 1973, con el asombro y un éxito completo. En sus inicios, Alonso de Santos quedó muy impresionado -hizo una humilde adaptación en una pequeña sala, de la que ha tomado La cena de los generales, que transcurre, claro está, en una cocina-. Aquello representaba una nueva savia inglesa, a la que se llamó Generación de jóvenes airados, y continuó con numerosos títulos como Sopa de pollo o Patatas fritas a voluntad, entre otras muchas –con dramaturgos comunes-, tras su primera, La cocina, que estrenó en 1957, cuando Wesker tenía 25 años. En aquella inolvidable cocina iban llegando desganados, los trabajadores, y entre los humos de los fogones iba subiendo el ritmo hasta alcanzar una locura desesperada y exhausta, sin fuerzas ya para salir del trabajo; la explotación.
Alonso de Santos vio el montaje de Narros y le ha encargado que lo haga también con su obra. El gran director ha metido las manos en la masa, y vuelve a ofrecer una vez más sus lecciones. La idea de La cena de los generales es una copia donde la juventud airada pasa a ser un invento acerca de un supuesto encuentro. Este juego no pasa de ser un pastel congelado. Demuestra la maestría de la construcción teatral en la que adopta una postura débil, con un excelente comercio para gran parte del público. Se escuchan tópicas zarzuelas -que canta con abuso uno de los presos-, folcloristas, coplistas o canciones de patio durante años de la posguerra; un truco que sirve para ir avanzando los tiempos de las escenas. La última es peligrosamente confusa o buscada. Se trata de una pareja republicana que se casa religiosamente, ante un cura “rojo” del penitenciario. Ella se ha disfrazado con un traje falangista –lo han conseguido quitándoselo a otra-, que le servirá para escapar. Y el final consiste en un largo baile de una pareja de vals con ella en brazos, subiendo a las cocinas, donde lucen los colores azules del vestido y su boina roja. Un canto de amor iluminado por focos cenitales de un cuento romántico entre este republicano y su ya esposa uniformada.
Todo el reparto – una veintena de intérpretes- es impecable, citando, forzosamente, a ese maître irónico y humorístico que hace Sancho Gracia, frente a un formidable actor, Juanjo Cucalón, como el Teniente, o la enérgica encargada que crea Ana Goya.
La potente producción consiguió abundantes aplausos; calientes, aunque no ardientes.
Enrique Centeno

martes, 30 de junio de 2009

La señorita Julia ***

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Autor: August Strindberg.
(Versión: Jose C. Plaza-Asperilla).
Intérpretes: María Adánez, Raúl Prieto,
Chusa Barbero.
Música: Luis Miguel. Andrea Szamek (violin),

Scott A. Singer (acordeón).
Escenografía: Andrea D'Odorico.
Iluminación: Juan Gómez.
Vestuario: Andrés Rodrigo.
Dirección: Miguel Narros.
Teatro: Fernán-Gómez. Centro Cultural

de La Villa .(14.3.2008)
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Desde hace quince años no veíamos, de verdad, a La señorita Julia. Se ha intentado, inútilmente, numerosas veces. En esta ocasión se ha utilizado una escenografía estupenda –Andrea D’Odorico-, naturalista, que ilumina sabiamente Juan Gómez. Con excelentes intérpretes: María Adánez (Julia), Raúl Prieto (Juan) y Chusa Barbero (Cristina), a quienes dirige Miguel Narros, un sabio de la puesta en escena y de los escasos directores que trabaja y conoce la dirección de actores.
August Strindberg escribió esta obra en 1888, y suele ser ahora una pretendida creación trasladarlo a la actualidad o a una época desconocida. Son fórmulas en las que el decorado, el vestuario, el atrezzo y el estilo general, huyen de aquella historia de hace 120 años, en espacios huecos, con pantalón de tienda o cosas similares. En este caso, no tengan miedo.
Fue entonces, cuando el sueco Strindberg creó a esta Julia, cuya propia vida estaba amargada, con experiencias desastrosas en sus sucesivas parejas. Mezcla un hábil humor con este fondo dramático. Relaciones de infidelidad -la del criado- y la frivolidad sexual –la señorita-, que le permiten su deseada venganza. Y el comportamiento de las dos clases sociales.
La noche de San Juan comienza fríamente con la llegada de Julia a la cocina de su mansión señorial, despreciando y burlándose –ya bebida y frustrada- del atractivo criado. Se va organizando un juego, poco a poco, hasta ser la libidinosa señorita la que se conduce al enfrentamiento. Es un viaje en el que la magistral escritura es capaz de llegar de lo blanco a lo negro, desde la provocación hasta el deseo, del final del túnel anillado hasta la destrucción erótica y social. Fue una lección dramática, quizá insuperable entre textos y acciones. Un magnífico trabajo de María Adánez y de Raúl Prieto que, frente a frente, van creando la transformación de los personajes en momentos fascinantes.
La Señorita Julia ha pasado al teatro contemporáneo; durante una breve noche los dos cambian sus funciones: bajada humillada y subida portentosa. Es este drama político el que sirve al autor para atacar la moralidad y la lucha de clases de su siglo XIX. Lo cual aprovecha Strindberg para sacar a luz sus propias desgracias y sentimientos. ¿Cómo se atreven algunos directores a representarlo como una actualidad? La grande es, precisamente, el valor del pasado y su permanencia de hoy.
Apoya este reparto la engañada cocinera, como siempre perfecta, Chusa Barbero. María Adánez hace una interpretación espectacular, en la que va duplicando a Julia, una transformación genial. A Raúl Prieto le han enseñado muy bien el viaje, desde la sumisión hasta su marcha de la cocina.
Enrique Centeno

martes, 21 de abril de 2009

Tantas voces ***

Ha elegido la directora, Natalia Menéndez, historias del libro de Pirandello, Cuentos para un día, en el que se propuso escribir, durante todo un año, una diaria –se quedó en el camino, con casi 250-, enlazándo en esta función obras que nos enseñan su mundo y que conocemos bien en esa creación de un nuevo teatro. Lo ha llamado Tantas voces, un precioso titular para los cinco cuentos: La casa de Granella, El hombre de la flor en la boca, Limones de Sicilia, El certificado, y Alguien ha muerto en el hotel. Son páginas de fantasmas realistas con unos personajes que dejan conocer a Pirandello. Bajo su irónico humor, todos los relatos muestran la falsedad, la trampa y el abuso.
Comienza esta función con La casa de Granella, en la que ya reconocemos la injusticia de la legislación. La muerte es otro de los temas que aparece en el segundo título, El hombre de la flor en la boca; un personaje aparentemente jocoso que espera a su guadaña, una presencia en las obras dramáticas de Pirandello. Sueños que dedica también a la locura o la imposibilidad, que se muestran aquí en El certificado, o la frustración y la traición de amores, en los Limones de Sicilia. Es la observación cotidiana con la que el italiano crea relatos, día tras día, con su construcción desconcertante.
Los textos son un caramelo que ha adaptado al teatro Juan Carlos Plaza-Asperilla –una de las piezas, El hombre…, es en el original una brevísima escena teatral; por cierto, vimos el año pasado una representación mediocre, y menos mal que en esta ocasión se hace formidablemente-. Y mucho más aún: el regalo de los magníficos intérpretes. El público llega a interrumpir la función con inevitables aplausos, algo que no es nada frecuente en los estrenos. Hay momentos que permiten una gran lucidez, como a Fidel Almansa y a Jorge Calvo, en ese encuentro donde la flor es el violáceo tumor en la boca, una cercana muerte. Emociona la pérdida de un sueño enamorado en Los limones de Sicilia, que también tiene un final donde Lola Casamayor -con ella Antonio Zabálburu- consigue una formidable escena. José Luis Patiño obtiene –aquí está el loco-, de nuevo los aplausos. También estupendos el veterano Juan Ribó y la joven Lara Grube.
Son numerosos los personajes que hacen entre los siete actores, ante un decorado de azul mediterráneo, de puertas utilizables vivamente para los juegos; un fondo con la efectividad y el riesgo de la inundación en Alguien ha muerto en el hotel. Lo hace genialmente el gran escenógrafo D’Odorico; cómo no recordarle en otro Pirandello que se montó en 1985, Seis personajes en busca de autor. Juan Gómez Cornejo, el iluminador, le ayuda en este estupendo trabajo.
Responsable de esta puesta en escena, Natalia Menéndez ha mostrado inteligencia en sus ritmos, aprovechando la calidad de actores, y trasladando cada escena al mundo humorístico, dramático y burlador en esta obra. Es, sin duda, el perfecto montaje que ha conseguido la directora.
Enrique Centeno
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Autor: Luigi Pirandello: La casa de Grandella,
El hombre de la flor en la boca, Limones de Sicilia,
El certificado, Alguien ha muerto en el hotel.

Dramaturgia: Losé Cerlos Plaza-Asperilla
Intérpretes: Lola Casamayor, Antonio Zabálburu,
Jorge Calvo, Fidel Almansa, Juan Ribó, Lara Grube,
Jose Luis Patiño.
Vestuario: Marta Gómez.
Música: Luis Miguel Cobo.
Iluminación: Juan Gómez Cornejo.
Escenografía: Andrea D'Odorico.
Dirección: Natalia Menéndez
Teatro: El Matadero. (17.4.2009)

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