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sábado, 17 de diciembre de 2011

Ocho mujeres **

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Autor: Robert Thomas.
Adaptación de Juan José Arteche.
Intérpretes: Queta Claver, Elisenda Rivas, Elena Maurandi,
Ana Labordeta, María Luisa Merlo, Verónica Luján,
Eva Higueras, Yolanda Farr.
Escenografía: José Miguel Ligero.
Dirección: Ángel García Moreno.
Teatro: Fígaro. (4.10.1999)
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Una divertida madeja

El desdichado y único hombre al que no se ve nunca en esta comedia, vive entre ocho mujeres. No es extraño, pues, que aparezca asesinado de una puñalada por la espalda, y, como alguien comentaba en el entreacto, que quizá una de ellas le había clavado el cuchillo, y las demás hubieran ido empujándole después, una a una. La ocurrencia, ciertamente macabra, surgía, sobre todo, porque la obra une el misterio del crimen con muchos momentos de humor, y porque sus diálogos, muy bien construidos, cambian de registro permanentemente, dosificando las risas y el misterio con extraordinaria habilidad.
    Robert Thomas, autor ya desaparecido, sigue los pasos de su maestra, Agatha Christie: ir descubriendo falsas coartadas, introducir pequeños engaños e ir retratando al mismo tiempo, a los diferentes personajes, para llegar al final imprevisto, y absolutamente imposible de adivinar. En la línea de la famosa autora, yo creo que Thomas es mejor constructor de comedia, y que su carpintería teatral denota un conocimiento específico de la escena superior al de aquélla. Su frescura y sentido del humor son, además, elementos diferenciadores dentro de este género al que últimamente nuestro panorama teatral está prestando una insólita acogida (La ratoner, La dama de negro, La huella) en lo que venimos en llamar teatro de evasión.
    Esa agilidad, ese sentido del humor al que nos referimos, precisa de manos expertas, de una habilidad especial para dosificar sorpresas, acciones secundarias, movimientos escénicos y un determinado clímax que, en este caso, el director, Ángel García Moreno, ha empleado con su habitual y reconocida sabiduría. Y se comprenderá que, tratándose de ocho intérpretes femeninas, la calidad está garantizada, porque entre nosotros abundan las espléndidas actrices de teatro. Veteranas unas, como Elisenda Ribas o Queta Clavel, ambas formidables; incombustibles otras, como la admirada María Luisa Merlo –con una pierna enyesada que no la impide, valientemente, mostrar su dominio escénico, su atractiva presencia que todo lo llena-; o más jóvenes como la excelente Ana Labordeta, y la adolescente Eva Higueras en un trabajo lleno de brío y de talento. Forman, junto a Elena Maurandi, Verónica Luján y Yolanda Farr, tres generaciones entrecruzadas –todo aquí se mezcla, como pide el género-, que en un precioso decorado de José Miguel Ligero tejen una madeja imposible de devanar.
Enrique Centeno

martes, 3 de mayo de 2011

Cierra bien la puerta ***

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Autor: Ignacio Amestoy.
Intérpretes: Beatriz Carvajal, Ainhoa Amestoy,
Elisenda Rivas.
Escenografía y vestuario: Ana Garay.
Dirección: Francisco Vidal.
Teatro: Centro Cultura de la Villa de Madrid. (20.12.2000)
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La derrota total

El más famoso portazo del teatro lo dio Nora, el personaje de Ibsen en Casa de muñecas. Huía de la opresión de su marido, y algo tiene que ver con este Cierra bien la puerta, en el sentido de que también una mujer sale de casa esca-pada, aunque el conflicto nada tenga que ver. Se trata aquí de una joven hoy contratada como ejecutiva y que ha vivido siempre a la sombra y la tutela de su madre soltera, una periodista triunfadora que ha pretendido llevar una vida co-herente con su generación, que creyó en la posibilidad de cambiar el mundo –la tópica generación del 68- y a la que su hija no responde exactamente como ella quisiera.
    Son dos mundos enfrentados ante los que a veces Amestoy, el autor, parece querer permanecer neutral: después de la utopía, de la búsqueda de lo imposible, aquella madre, Rosa, en realidad lo que obtiene de su hija es la am-bición de marchar a París con un alto cargo en un Banco. Y lo que ella misma ha obtenido son famas efímeras por sus reportajes, por la denuncia de corrup-ciones o de trampas de siempre. No es seguro que Amestoy lo sepa, pero su mirada a este choque generacional delata un gran pesimismo, por más que la función se salpique de muchas escenas en clave de comedia. Y se tiene la im-presión de que, tanto la “mayista” como la ejecutiva moderna, son igualmente perdedoras, seguramente a causa de la batalla fracasada de la primera. No es seguro que eso sea así históricamente.
    Estamos ante una obra valiente, sincera, donde además de lo dicho se dramati-za un tema poco recurrente en nuestro teatro, como es el de la madre que ha criado en soledad a su hija. Y, como fondo, en permanentes alusiones, la reali-dad de la basura social (léase política) que nos rodea, porque Amestoy nunca escribe en abstracto, y quiere amarrar sus conflictos a situaciones reales. De este modo, entre risas y situaciones inverosímiles (siempre de madrugada, siempre entre alcohol, siempre entre delirios confidenciales) presenciamos una visión casi catastrofista de dos generaciones que, en realidad, no pueden com-prenderse. La derrota total.
    También en el escenario hay varias generaciones, y se nota. Elisenda Ribas, con la eficacia del viejo teatro ampuloso (es La Tata); Beatriz Carvajal, brillante en el exhibicionismo que se espera de ella, aunque no renuncie en el ahonda-miento del personaje: Ainhoa Amestoy, joven actriz que busca y encuentra desesperadamente su personaje. Lo dirige todo ello Francisco Vidal, que trata de conjugar el curioso coro. Se percibe su mano sabia en ese sentido.
Enrique Centeno