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jueves, 20 de agosto de 2009

Antígona ***

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Autor: Sófocles (Traducción y adaptación
de Jeroni Rubió i Rodón).
Intérpretes: Clara Segura, Pep Cruz,
Pau Miró, Babou Cham, Màrcia Cisteró,
Enric Serra, Xavier Serrano.
Escenografía: Oriol Broggi y Pau Carrió.
Vestuario: Roser Vallvé.
Iluminación: Pep Barconos.
Dirección: Oriol Broggi.
Teatro: La Abadía ( 8.2.2007).
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Este espectáculo corresponde a la traducción y algo de la versión sobre el original de Sófocles, y por fortuna esta vez no se trata del texto transformado para el lucimiento propio y su actualización con el invento de una historia de hoy. Sus visiones actuales son numerosos títulos de grandes escritores, cono Anouilh o los dos españoles que estrenan hoy –son palabras mayores-, Salvador Espriu y José Martín: no las del director por su cuenta. Se fotografía en este montaje el antiguo drama griego, y el propio espectador siente igual el pasado que el presente. Es la grandeza que siempre asombra del genio de hace dos mil quinientos años.
El escenario se monta sobre un campo de tierra fuera de los muros del reino de Tebas. Allí, entre las arenas, un paisaje apenas exhibe dos olivos mediterráneos, con todo el pueblo a sus dos lados -queremos decir, el público-, que contempla el lugar donde Antígona busca el cadáver de su hermano Policines, muerto en batalla, al igual su hermano frente a él. Allí se encontraba insepulto por orden del rey Creonte. Tal enfrentamiento hace crecer las muertes: el suicidio de ella y, después, el de su novio, hijo del rey. La memoria llorará y rechazará tanto la batalla anterior –entre hermanos- como el abandono de los cadáveres. Aquella lejana leyenda la trajo Sófocles, y aquí está hoy otra vez. Casi da miedo ver tan cercano al campo en el mismísimo Teatro de la Abadía.
Las voces se proyectan como personajes de coros. La poesía resuena en el desierto por una compañía de musicalidad estremecedora. Son actores y actrices que dominan todo ello de una forma extraordinaria. Es el mejor resultado sobre Sófocles no recordado en muchos años. Los personajes visten en la realidad intemporal y, al mismo tiempo, de aquella Grecia. Una coreografía en la que el movimiento del grupo se crea entre luces, rostros, y fantasmas de la batalla, la muerte o el suicidio.
Enrique Centeno

martes, 7 de abril de 2009

La noche **

Conocemos, hace tiempo, a esta compañía andaluza El Velador, que siempre presenta espectáculos en un estilo entre el surrealismo y el expresionismo. Una fórmula o apuesta atrevida para la comprensión del público, una comunicación difícil que consiguen en pocas ocasiones. El responsable principal es su director y dramatúrgico Juan Dolores Caballero, así como sus intérpretes, varios de ellos veteranos de esta compañía, y sin cuya colaboración sería imposible montar esta escena. Siempre se atreven, y esta investigación puede llevarles al hallazgo, como lo consiguieron la última vez en El Círculo de Bellas Artes (Marzo, 2008, v. crítica en el blog), en un formidable montaje, El deseo atrapado por la cola. No se ha conseguido el mismo éxito hoy.
    Han realizado ahora La noche, basada en un texto de Maurice Maeterlinck (1862-1949), El pájaro azul. Sabemos que este autor –belga- fue representado por Stanislavski; ninguna relación con él tiene esta escena de El Velador. Lo determinamos “escena”, porque la función dura menos de una hora, con los personajes presentes en todo momento. La nocturnidad es La noche, y en este tiempo sus personajes son seres invidentes. Se encuentran en un extraño jardín, recubierto con hojas del otoño, con una vieja y herrumbrosa pérgola bajo una iluminación de tinieblas, donde se interpretan músicas chocantes y sin sentido en la ruina de los concertistas. Este grupo de viejos desea regresar a la residencia en la que viven. Esperan a un personaje que debe aparecer: él es el que no llega. El solitario lugar y la angustia, nos recuerda bien al posterior Godot de Becket. Con un vestuario ya anciano y cubiertos con sombreros de hongo -Magritte-. Se arrastran en movimientos torpes, hablan desconcertadamente, conversan, se empujan en discusiones. Una cierta estética del siniestro teatro de Kantor.
    Lo cierto es que promete una interesante obra en ese chorretón en blanco y negro. Poco a poco, vamos sintiendo que las ideas van causando agotamiento. Son buenos actores los que luchan contra la vaciedad.
Enrique Centeno__________________________________
Autor: A partir de Maurice Maeterlinck.
Adaptación y dramaturgia: Juan Dolores Caballero.
Intérpretes: Benito Cordero, Luis Ruiz-Medina,
Juan José Macías, Mostapha Mahla, José Luis Nieto.
Música: Inmaculada Almendral.
Escenografía: Juan Dolores Caballero.
Vestuario: May Canto
Dirección: Juan Dolores Caballero.
Compañía: El velador
Teatro: La Abadía. (18.3.2009)
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sábado, 31 de enero de 2009

El burlador de Sevilla o convidado de piedra *

Tres donjuanes en una semana de este mes de febrero. Éste es el más respetado texto de Andrés Claramonte (verdadero autor de El burlador de Sevilla o convidado de piedra, atribuido, tradicionalmente, a Tirso de Molina) . Se sitúa en un ambiente del arrabal, con personajes de chulería, provocadores. Dice el prestigioso director británico, Dan Jemmett, que transcurre en un país desconocido, aunque con una estética de los años 40. Don Juan y sus mujeres -con su Doña Inés–, que exhiben sus largas piernas, bajo las abiertas faldas negras, con bailes de libidinosos tanguistas. Hay también, en un centro avanzado, unas tarimas con escalones brillantes, de líneas iluminadas de club de boîte. Es amante de golpes, de pistolas y navajas, entre los personajes bebidos. El conquistador no termina hundiéndose en el foso entre fuegos del infierno, sino en el de las peleas en los bailes de tango entre sus personajes borrachos de vino. Su más famoso montaje fue el violento Willy, el Niño; ahora lo hace con El burlador.

El principal decorado es una taberna que ocupan macarras y mujeres fáciles, entre contraluces y tinieblas, similares a las del porteño Buenos Aires. La traducción al castellano de la versión, entre nosotros, se debe a Alberto Castrillo-Ferrer. Los personajes hablan entre voces defectuosas -así propuesto-, chillonas y hasta molestas. Versos dictados en forma de prosa: se supone que por modernizar, quizá por pensar que así se entiende mejor o, quién sabe, por huir de esa dificultad. Ésta es mucha versión, diferente, muy original, pero tan largo me lo fiáis.
Don Juan es un tipo sin arte para la seducción con la infiel doña Ana de Ulloa, o con la pescadora fascinante, Tisbea –Marta Poveda interpreta las dos-, conquistada en su propia noche de boda. Ni hay palacio, ni la playa es el agua, ni viene el fuego: no más que el alcohol de los ligones con las ligas de ellas. Aunque don Juan –Antonio Gil- afirme que éstas son las horas mías. Tras pasar los años, Tercer Acto, regresa el huido Sevillano: ahora como un indigente, cojo, sucio, mendigo y reseco. Y, sin embargo, parecen no hacerle caso sus asesinados, sin sus panteones y sin cementerio, cuya escenografía ni siquiera se insinúa. Su aspecto produce asombro. Al contemplar su regreso, los muertos deberían perdonar al condenado Tenorio, ya un miserable recorriendo la miseria y la humillación.
Enrique Centeno.
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Autor: Andrés de Claramonte (Atribuido a Tirso de Molina).
Versión: Dan Jemmett.
Colaboración de Alberto Castillo-Ferrer
Intérpretes: Ester Bellver, Antonio Ferreira,
David Luque, Luis Moreno, Marta Poveda.
Escenografía y vestuario: Dick Bird.
Dirección: Dan Jemmett.
Teatro: La Abadía (22.2.2008).

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viernes, 19 de diciembre de 2008

Auto de los Reyes Magos ***

Se ha desmontado el espacio de la cúpula del teatro de La Abadía. Se ha transformado su habitual patio de butacas en un ambiente religioso; nos ofrece unas bancadas en línea trapezoidal que nos invitan al silencio, esperando una ceremonia eclesiástica. La acción se desarrolla en el espacio central, un pórtico cuyo fondo es limpia madera. En este espacio los músicos interpretan con instrumentos de la Edad Media, tales como la fídula, la zanfona, el laúd, el órgano o la cornamusa: una música dulce que acompaña al texto de este primer Auto Sacramental, del siglo XII, el más antiguo de nuestra literatura. (misma época que el famoso Misterio de Elche). Una ocasión para escuchar aquellos versos en la lengua del latín medieval y perteneciente a la formación de nuestro idioma, un castellano primitivo y sencillo. En esta función, se interpretan las músicas de los pentagramas atesoradas en los libros del Rey Alfonso X, El sabio. Lengua culta de cuya misma época fueron los versos libres de los juglares, cuya antigüedad corresponde también al siglo XII (1140). Contemplar este Auto es el placer que nunca habíamos visto representado de este autor anónimo. Su lengua nos obliga a recordar a aquél contemporáneo Cantar del Mio Cid; aquello eran historias entre fantasías que relataban los poetas andantes. La diferencia nos enseña, nos permite ver el pasado, sus costumbres y creaciones, siempre imprescindibles en nuestros conocimientos. En este sentido, importa igual a los creyentes y a los ajenos a la religión.
La dramatización y la dirección de este Auto es de Ana Zamora. Ya nos envolvió anteriormente con Los misterios de Cristo, donde utilizó sorprendentes personajes de madera, también aquí, en La Abadía, la pasada Semana Santa. Unas fechas apropiadas, como ésta lo es ahora, en Navidad. Utiliza aquí un vestuario popular, curioso, transformado en títeres de animales, unas figuras preciosas de Daborah Macías. Zamora ha trabajado también en otras obras, como la de Gil Vicente (Tragicomedia de Don Durados), en la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC). En los montajes, hace la música Alicia Lázaro, tanto en los citados como en otras obras, como Viaje del Parnaso (Cervantes), también en la CNTC. La unión de estas artistas se hace en la investigación y ofrecen un teatro nuevo. Huyen de fórmulas normales, como la de este Auto que suele representarse con sencillez y a veces con ritmos o decorados ingenuos, donde en ellos, como en el original, no se introducen las canciones, obtenidas aquí de otros textos.
Voces potentes en sus relatos, canciones hermosas, con coreografía que introduce una fiesta narrativa de estos Reyes Magos. Entran en las acciones, se dirigen hacia las oraciones. Juegan y nos hace sonreír, con un cierto sentimiento eclesiástico. Sin duda es lo se pretende, entre esas músicas que rodean al ambiente referido desde la cúpula con su botafumeiro hasta el suelo donde se unen los estupendos intérpretes con el público.
Enrique Centeno
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Anónimo
Intérpretes: Jorge Sabanta, Francisco Rojas,
Alejandro Sigüenza, Nati Vera
Escenografía: Richard Ceñiré.
Vestuario: Deborah Macías.
Coreografía: Javier García.
Realización de títeres: Ricardo Vergne y
Pablo Vergne.
Arreglos y dirección musical: Alicia Lázaro.
Dirección dramaturgia: Ana Zamora.

Teatro: La Abadía (3.12.2008).
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jueves, 20 de noviembre de 2008

Argelino, servidor de dos amos *



Cómo deseamos siempre el valor eterno de Goldoni. Es siempre peligroso contemporizar los textos clásicos para convertirlos en modernos. En este estreno, se intenta trasladar a Arlequín, personaje que pasó a ser un mito que creció dos siglos antes de la revolución escénica. (Este año se cumplió su tricentenario). Muchas visiones se han visto desde la creación del Arlequín, Pantalón o Colombina, desde la Commedia dell’arte a la primera que creó el sentido social y político. No le fue necesario suprimir sus antiguos trajes y sus máscaras. A este montaje que acabamos de ver, se le denomina “versión de Goldoni”. Deformar las obras no es leal. Siempre decimos que ¿por qué no se escribe la nueva idea? Es posible que le pudiera gustar: no sé que pensaría del robo. El Argelino de esta nueva obra no necesita, con su argumento, tomarlo con textos y situaciones del italiano, con ese auténtico Arlequín, con su traje a retazos de colorines, de críticas ocultas entre sus piruetas. Que cada cual juegue y escriba sin recurrir al de Goldoni. (Figúrense que Pio Baroja, por ejemplo, copiara así su preciosa obra teatral –breve- Arlequín mancebo de botica. Aquí llega de pronto el fracaso del escritor o escritores de la compañía, Animalario, con este Argelino. Ha debido parecer un descubrimiento, un nombre muy imaginativo y brillante.
Se utiliza el titular de “servidor de dos amos”. El original no es un oprimido, aquí se quiere trasladar al Argelino. Su parecido nombre es con aquél hábil engañador a todos los poderosos. Y encima, a este argelino se le hace hablar entre ideologías contra empresarios y banqueros. El resultado es el gazpacho o el pisto. Se introducen tomates pasados con cebolla, pimiento y pepinos. La intención es mostrar el problema de los inmigrantes, sobre todo los sin papeles: este tema debió ser escrito sin trucas copias representadas por un argelino, muy lejos del Arlequín. Les parece a los inventores un juego de palabras. La firma dice que es “a partir de la obra de Goldoni”. Pero ésta es un paso atrás de Goldoni. El resultado del robo es pobre, aburrido, interpretado torpemente, y hasta mal dirigido por el buen director Andrés Lima -el cuál es adaptador junto a Alberto San Juan, autor de textos excelentes pero poco teatrales-, ante un feo decorado de las puertas clásicas de las comedias neoclásicas de Goldoni o Moratín. La verdad es que a la media hora de la función desearía uno marcharse, lo cual no hice, a pesar de las 2 horas y cuarto seguidas, por respeto a La Abadía, que es ya la segunda vez que pone en su escenario un pobre espectáculo.
Enrique Centeno
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Autores: Alberto San Juan sobre Goldoni.
Intérpretes: Javier Gutiérrez, Alberto Jiménez,
Rosa Manteiga, Daniel Moreno, Nerea Moreno, Pepa Zaragoza.
Escenografía y vestuario: Beatriz San Juan.
Dirección: Andrés Lima.
Teatro: La Abadía (13.12.2007).
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