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martes, 1 de febrero de 2011

Salomé **

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Autor: Oscar Wilde.

Tradución: Mauro Armiño.
Intérpretes: Millán Salcedo, María Adánez, Elisa Matilla, Chema León,
Alex García, Raúl Prieto, Domingo Cruz, Néstor Lahuerta, etc.
Vestuario: Sonia Grande.
Escenografía: Andrea D'Odorico.
Coreografía: Víctor Ullate.
luminación: Juan Gómez Cornejo.
Música: José Nieto.
Dirección: Miguel Narros.
Teatro: Albéniz. (9.2.2006)
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Sobre la leyenda bíblica, aumenta su fantasía Oscar Wilde (1854-1900) contando la decapitación de Yokanaán -Juan el Bautista-. De traiciones, ambiciones y pasiones, es el director Miguel Narros, que pocas veces ha querido al género trágico. Con un cercano estilo shakesperiano, lo que no choca en este Salomé -tan conocido como trasladado a la ópera y al cine- es la magníficamente subrayada violencia que se acerca al vate: Herodías -estupenda Elisa Matilla-, madre de Salomé, incestuosa, repudia a su esposo, rey Herodes Filipo, y se une a su cuñado, Herodes Antipas, con su ardiente e inútil deseo hacia el ya tío y padrastro de la joven. La reina ordena la detención de El Bautista, encerrado en las mazmorras.
    La libidinosa Salomé acudirá a conocerle e iniciará los hermosos y poéticos versos de apasionado deseo hacia el cuerpo del profeta. Son los gritos y voces de Yokanaán los que la despreciarán y condenarán como corrompida prostituta. Y quedará anunciada la sangrienta escena. Ofrecerá entonces su excitada y provocativa danza a cambio de la cabeza –servida en bandeja de plata- del preso. Narros  subraya la tragedia, aunque aquí Wilde introduce el erotismo junto a la violencia.
    Con la brillante escenografía de Andrea D’Odorico, la dirección mantiene una permanente tensión sobre toda la escena en el salón real, en la que se maltrata a Yokanaán con excitante crueldad. Sin embargo, la relación entre el ansioso Herodes y la irresistible Salomé carece de fuerza en los encuentros apasionados, en los que le resulta imposible a Millán Salcedo crear un personaje más allá de su monarquía dictadora. En María Adánez el talento aparece otra vez obedeciendo al gran director de actores. La actriz crea a la esperada Salomé con un imán de talento en el que, junto al personaje, aprovecha su propio físico, incluso cuando se la priva de la famosa escena de la danza de los siete velos: se monta el baile con un cierto aire de ballet o al estilo de las salas de fiestas y de la Folies-Berger, poco menos que la Duval de los camioneros. Curiosamente, su coreografía es de Víctor Ullate. El monólogo de Salomé con la cabeza del cadáver entre sus brazos, es un momento impresionante (”Ahora la besaré”, “¿Porqué no me miras?”) con ese final en el que se escuchará a Herodes: “Matad a esa mujer”. El desdichado profeta lo interpreta estupendamente Chema León, y a pesar del reparto desigual, la función obtiene el acierto y el éxito.
Enrique Centeno

sábado, 11 de diciembre de 2010

Beaumarchais **


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Autor: Sacha Guitry.
Traducción: Mauro Armiño
Josep-Maria Flotats, María Adanes, Jonás Alonso, Javier Ambross, Mario Angulo,
Raúl Arévalo, Ramón Barea, Boj Calvo, Esperanza Candela, Pedro Casablanc,
Richard Collins-Moore, Carmen Conesa, Álvaro de Juan, Francisco Dávila, Miranda Gas,
José Gómez, Maite González, Ana Goya, Manuel Gutiérrez-Cuevas, Olmo Hidalgo,
Lander Iglesias, Geraldine Leloutre, Crismar López, Borja Luna, Eduardo MacGregor,
Carolina Martín, Rebeca Matellán, Jaime Moreno, Ricardo Moya, Constantino Romero,
Andrés Ruiz.
Escenografía: Ezio Frigerio.
Fotografías escéncicas: Massimo Listri.
Vestuario: Franca Squarciapino.
Iluminación: Vinicio Cheli.
Edición de imágenes: Sergio Metalli.
Dirección: Josep-Maria Flotats.
Teatro: Español. (2.12.20109)
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El comediante Sacha Guitry (1885-1953), autor de numerosos títulos ya olvidados –fue también actor y director, incluyendo sus viejas películas-, hace aquí una alta comedia entre el juego de humor irónico y luciente. Trata de contar la etapa madura de Beaumarchais, genial burlón de la sociedad dieciochesca, al que su atrevimiento provocó continuas oposiciones y controversias, como en El barbero de Sevilla y Las bodas de Fígaro, que aquí aparecen en varias escenas.
 Al iniciarse la representación, ya está la presencia de Flotats –Beaumarchais- escribiendo sobre su mesa, y sus primeras frases hacia su mayordomo. No exageramos al dar fe de su seducción en este primer acorde. El escenario consiste en un recuerdo de aquellos telones pintados para cada acto, y aquí se trata de grandes imágenes foto-visuales, bellísimas, con las que van apareciendo la casa, el palacio o el jardín de Luis XVI –personaje que aparecerá en el reparto provocando su ridiculez, como el posterior Napoleón-, y se van anunciando mediante páginas, los sucesivos episodios. Lo ha creado formidablemente Máximo Listri. 
        Alrededor de Beaumarchais, todos los actores –imposible citar ni siquiera a los principales- hacen impecablemente esta lujosa farsa que dirige el propio Flotats. Va rodando por el escenario el humor, la ironía y los disparates de cada uno en ritmos y plásticas corales bajo sus lujosos trajes; se llega hasta la bufa, como las de Rossini o Mozart en El barbero o en el Fígaro de los originales de Beaumarchais. Se le escapa únicamente la última escena, en la que tras su muerte, el escritor será recibido y rechazado por los juzgadores en una especie de Monte Parnaso donde los famosos poetas forman una triste, siniestra y fea coreografía, que solo se salva con la aparición de Molière, un dios del Olimpo que califica a Beaumarchais como el más grade autor: unidos, bajo una deslumbrante iluminación, ascienden hacia la cumbre de los poetas. No está bien que indiquemos esta equivocación, cuando son formidables numerosas escenas.
Enrique Centeno


jueves, 17 de diciembre de 2009

Las brujas de Salem *

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Autor: Arthur Miller.
Versión: Alberto González Vergel.
Intérpretes: Lia Chapman, Manuel Aguilar,
María Adánez, Virginia Méndez, Victoria Rodríguez,
Manuel Brun, Inma Cuevas, Carmen Mayor,
Sheilar González, Sergi Mateu, Carmen Bernardo,
José Albiach, Juan Ribó, Marta Calvó, Isasi,
Arriero, Francisco Grijalvo.
Iluminación: González Vergel, Paco Ariza.
Escenografía y Vestuario: José Miguel Ligero.
Dirección: Alberto González Vergel.
Teatro: Español (1.6.2007).
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Por segunda vez , ha repuesto el director Alberto González Vergel una de sus obras preferidas, Las brujas de Salem, con la que ha decidido, a los 83 años, despedirse de la actividad teatral. Comenzó en el teatro universitario –TEU- montando a los clásicos y contemporáneos españoles y extranjeros. Ha sido uno de los principales directores que se ocuparon de los dramaturgos más importantes de nuestro realismo. Montó textos imprescindibles en nuestra historia teatral, desde Buero Vallejo ( La doble historia del Doctor Valm o Jueces en la noche) a Afonso Sastre (con La sangre de Dios, La mordaza) o a Lauro Olmo (con Englich Sooken, La condecoración, y La camisa, un enorme éxito en 1962, al que se concedió el Premio Nacional de Teatro). Director, fundador de compañías, profesor y realizador de televisión, Vergel ha dado a conocer muchísimas obras aquí desconocidas. Pertenece así a la historia de nuestra escena.
Llegó a España Las brujas de Salem en 1956 –dirigida por José Tamayo-, tres años después de que Arthur Miller la estrenara en Broadway. Fue allí una respuesta y rebelión a la persecución de la Comisión de Actividades, aquella censura y detenciones a los intelectuales que, en aquellos años, sufrieron la conocida Caza de brujas. Entre nosotros conocíamos la represión de la censura, una lucha continua en España y que en esta obra poseía el valor de la de resistencia. Vergel volvió a reponerla años después, e insiste hoy en que sobreviven las brujas del siglo XVIII a las que Miller trasladó hacia sus Estados Unidos.
Es necesario dedicar estas líneas a González Vergel, porque es injusto, aisladamente, calificarle en este espectáculo que acaba de verse en el Teatro Español. Se trata de una puesta en escena que nos sirve, únicamente, para saber cómo fue la creación teatral de hace medio siglo. Lo cierto es que la función resulta flojísima, tanto en la dirección como en el conjunto de intérpretes que llegan casi a hacer el ridículo -especialmente las actrices-, probablemente debido a la mala dirección de actores, y esto es una traición. Escenografía primitiva, torpe iluminación, con equivocado ritmo.
Vergel dirigió el Teatro Español hace cuatro décadas, y sólo justificamos este estreno concedido como homenaje o despedida a su trabajo.
Enrique Centeno

martes, 30 de junio de 2009

La señorita Julia ***

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Autor: August Strindberg.
(Versión: Jose C. Plaza-Asperilla).
Intérpretes: María Adánez, Raúl Prieto,
Chusa Barbero.
Música: Luis Miguel. Andrea Szamek (violin),

Scott A. Singer (acordeón).
Escenografía: Andrea D'Odorico.
Iluminación: Juan Gómez.
Vestuario: Andrés Rodrigo.
Dirección: Miguel Narros.
Teatro: Fernán-Gómez. Centro Cultural

de La Villa .(14.3.2008)
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Desde hace quince años no veíamos, de verdad, a La señorita Julia. Se ha intentado, inútilmente, numerosas veces. En esta ocasión se ha utilizado una escenografía estupenda –Andrea D’Odorico-, naturalista, que ilumina sabiamente Juan Gómez. Con excelentes intérpretes: María Adánez (Julia), Raúl Prieto (Juan) y Chusa Barbero (Cristina), a quienes dirige Miguel Narros, un sabio de la puesta en escena y de los escasos directores que trabaja y conoce la dirección de actores.
August Strindberg escribió esta obra en 1888, y suele ser ahora una pretendida creación trasladarlo a la actualidad o a una época desconocida. Son fórmulas en las que el decorado, el vestuario, el atrezzo y el estilo general, huyen de aquella historia de hace 120 años, en espacios huecos, con pantalón de tienda o cosas similares. En este caso, no tengan miedo.
Fue entonces, cuando el sueco Strindberg creó a esta Julia, cuya propia vida estaba amargada, con experiencias desastrosas en sus sucesivas parejas. Mezcla un hábil humor con este fondo dramático. Relaciones de infidelidad -la del criado- y la frivolidad sexual –la señorita-, que le permiten su deseada venganza. Y el comportamiento de las dos clases sociales.
La noche de San Juan comienza fríamente con la llegada de Julia a la cocina de su mansión señorial, despreciando y burlándose –ya bebida y frustrada- del atractivo criado. Se va organizando un juego, poco a poco, hasta ser la libidinosa señorita la que se conduce al enfrentamiento. Es un viaje en el que la magistral escritura es capaz de llegar de lo blanco a lo negro, desde la provocación hasta el deseo, del final del túnel anillado hasta la destrucción erótica y social. Fue una lección dramática, quizá insuperable entre textos y acciones. Un magnífico trabajo de María Adánez y de Raúl Prieto que, frente a frente, van creando la transformación de los personajes en momentos fascinantes.
La Señorita Julia ha pasado al teatro contemporáneo; durante una breve noche los dos cambian sus funciones: bajada humillada y subida portentosa. Es este drama político el que sirve al autor para atacar la moralidad y la lucha de clases de su siglo XIX. Lo cual aprovecha Strindberg para sacar a luz sus propias desgracias y sentimientos. ¿Cómo se atreven algunos directores a representarlo como una actualidad? La grande es, precisamente, el valor del pasado y su permanencia de hoy.
Apoya este reparto la engañada cocinera, como siempre perfecta, Chusa Barbero. María Adánez hace una interpretación espectacular, en la que va duplicando a Julia, una transformación genial. A Raúl Prieto le han enseñado muy bien el viaje, desde la sumisión hasta su marcha de la cocina.
Enrique Centeno