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domingo, 20 de junio de 2010

La muerte es lo de menos *

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Autora y dirección: Denise Despeyroux.
Intérpretes: Marta Bernal, Gloria Martínez,
Pep García, Rodrigo Cornejo, Iñigo Aramburu.
Teatro: Cuarta Pared. (17.6.2010)
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Conviven en una habitación cinco personas que no se sabe, ni saben ellos, dónde se encuentran. Tal vez en la vida real o en el después de la muerte, de la que esperan el destino. Citan ellos mismos la obra A puerta cerrada (Huis clos), de Sartre, pero no hay la más mínima relación entre el filósofo dramaturgo francés -en el vestíbulo de la entrada al infierno-, con la comedia La muerte es lo de menos, de la autora y directora uruguaya Denise Despeyroux.
    Hay un personaje que es ciego, y resulta al final que era mentira; y una mujer pitonisa y sus magias en una mesa camilla, atrayendo a los fantasmas del pasado o del grupo presente. Desea la autora el humor, la risa que consigue en ciertos momentos, pero en general, nos aburrimos. Es un correcto trabajo el de los actores que, por mucho que se empeñan, no permite salvar esta función. En un televisor –se contempla en una gran pantalla- hay un encuentro de curas que hablan de la muerte, de la vida, de Dios, del pecado o del cielo; es una escena verdaderamente interminable, que, durante un cuarto de hora, nos cansa como uno de nuestros canales televisivos ruines, repitiendo la teología. Se habla también sobre el exorcismo; se confunden unos con otros; alguno de ellos lee en voz alta, como con curiosidad, largas páginas de una romántica novela de Corín Tellado que les llega a emocionar. Y sigue dominándonos el cansancio. Se escuchan, inoportunamente, canciones de Violeta Parra o de Víctor Jara.
    El fracasado humor, y más aún este juego de charlas necesitan una dura y respetuosa crítica. En la soledad de estos personajes, podríamos recordarles, en la otra punta, la isla perdida y deseada que creó, con su construcción y humor, Jardiel Poncela en su sensacional Cuatro corazones y marcha atrás. Porque una vez vista la obra, sentimos no ir para un sitio ni para otro.
Enrique Centeno

jueves, 8 de abril de 2010

Truenos & misterios ●

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Creación y dirección: Ana Vallés.
Intérpretes: Perico Bermudez, Juan Cejudo, Mauricio
González, Carlos Sarrió, Ana Vallés.
Escenografía: Baltasar Patiño.
Compañía Matarile.
Teatro: Cuarta Pared. (1.2.2007)
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Aparece el escenario ocupado por una mesa enorme, de punta a punta. Miren, es de madera y tiene forma rectangular. Podemos decir que no es un cuadrado, un rombo, un trapecio: la verdad es que no encontramos cómo explicar esta función. Porque toda ella está formada por interminables palabras y conversaciones que absolutamente no nos importan. Al principio, un profesor explica ante una pizarra grande la lección sobre la geografía física entre el agua, la tierra y las plantas. Un libro de texto durante un cuarto de hora. Tiene gracia. Veamos qué va a pasar ahora.
Se juega, como en un aula, con un esqueleto, mostrando los movimientos del cuerpo humano. Y un grupo de cómicos charlan después en un extremo de la mesa, y nos cuentan asuntos sobre la literatura, como sus conocimientos acerca del teatro y de Tadeusz Kantor. De este modo permanecen, sin terminar nunca, con tópicos o charlas comunes de cada día. La Enciclopedia es continua. No sabemos si es un happening o una provocación. Pero nunca se enciende un poco la luz de sala, para que la gente cansada se pueda marchar, salir de ese hueco interminable. La compañía se lo pasa bien en sus silencios o sus cambios de inutilidades. Qué valor.
Enrique Centeno

Soliloquio de grillos *

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Autor: Juan Copete.
Intérpretes: Ana Trinidad, Paqui Gallardo, Paca Velardiez.
Escenografía y dirección: Esteve Ferrer.
Teatro: Sala Cuarta Pared (7.9.2006).
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La escenografía, llamativa, es un suelo transparente en el que se insinúan los cadáveres de muertos bajo tierra. Sobre ello, se encontrarán tres mujeres mayores que parecen estar buscando a sus hijos o a sus esposos. Ya lo entendemos: serán, entre los grillos, los españoles caídos y asesinados en las batallas y en los caminos, enterrados en fosas comunes. (Entre otras músicas, se incluye una muy lejana canción trágica refieriéndose a los soldados españoles en la guerra de Marruecos, “Pobrecita madre, cuánto llorará”). Está nuestra Memoria Histórica –su reciente Fundación- buscando y reconociendo, para darles un sitio a tantos miles que fueron asesinados. Tanto durante la Guerra Civil como en los años posteriores del dictador y de los falangistas.
   La memoria ha estado siempre en el recuerdo y el dolor de aquellos años: no hablamos ya de la crueldad de los ejércitos, sino de la represión criminal. Su recuperación es aprovechada enseguida en esta limitada obra de teatro. No hay en ella reflexión, sino sentimentalismo y ausencia de un texto realista. Y lo acompañan de vez en cuando con un sordante, las canciones de la guerra, sacadas del disco de la película.  La cosa tiene tela, aprovecharse así, ser tan originales.
Enrique Centeno

martes, 2 de febrero de 2010

Risas y destrucción *

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Autor: Alfredo Sanzol.
Intérpretes: Javier Lara, Lucía Quintana,

Pablo Vázquez, Elena González, Paco Déniz.
Dirección: Alfredo Sanzol.
Teatro: Cuarta Pared. (1 11.2006
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Cinco intérpretes van cambiándose ligeramente –corro, sillas, filas- en unos personajes diferentes, pero visten similares trajes clásicos, e igual lenguaje. Van pasando del equilátero al cuadrado; de aquí al pentágono, donde plantean suaves hipótesis, en discusiones que puedan llevarlos a una hipotenusa: tal es la limitada creación escénica. Las frases van cruzándose -en cierto modo sorprendentes- en diálogos, sin coordinación, y buscan, inútilmente, encontrar la herencia del teatro del absurdo.
Como tantas veces, se intenta conseguir el humor, con palabras rotas, entre choques o juegos de crucigrama. El invento de esta compañía consiste en que los actores queden congelados al escuchar términos de economía, religión, publicidad, oposiciones, mentiras, falsedades o forzadas invitaciones. En un interminable cambio de frases, propone su autor y director, Alfredo Santol, argumentos en cuya mente se suceden, o mezclan, mil cosas distintas observadas a diario: tantas que no le permite un texto dramático, sino más bien pasar de puntillas, sin análisis, sino en viñetas, estampas pegadas de un collage. Lo que se consigue, frívolamente, es la sencilla burla, la gracia. Es un cuadro de arte teatral muerto, escena tras escena; sin óleo ni aguafuerte, más bien la acuarela suave y de tonos teñidos de cambios enmarcados para estos mini actos o sketchs.
E.C.

viernes, 8 de enero de 2010

Rebeldías posibles *

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Autores: Luis García-Araus y Javier G. Yagüe.
Intérpretes: María Antón, Arantxa Arralza,

José Melchor, Javier Pérez-Acebrón, Asu Ribero,
José Sánchez.
Escenografía y vestuario: María Luisa de Laiglesia.
Dirección: Javier G. Yagüe.
Teatro: Cuarta Pared, (14.2.2007)

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Un escenario circular. Los actores charlan, sentados, informalmente, y después, cada uno de ellos se dirige a los espectadores y hablan de hechos ligeros y graciosos sobre la vida común: los periódicos, noticias o comunicaciones. Este procedimiento está ligeramente inspirado en el gran hallazgo que se logró aquí, en la Cuarta Pared, con el inolvidable Las manos, una trilogía iniciada en 1999. Lo hicieron entonces un equipo de autores, sobre la historia real de unas generaciones sucesivas de la juventud. Contaba con escritores teatrales. Esto de aquí no es lo mismo: escriben o improvisan dialoguillos modernos y rompedores, ingenios y cosas así. Bien distinto a la dramaturgia, provocándome el cansancio entre juegos de frases.
El director, Javier G. Yagüe, coautor de aquella trilogía, ha demostrado, no pocas veces, su sensibilidad y conocimiento. Probablemente ha intervenido, en esta obra, un cierto deseo de la renovación escénica; pero quienes escriben sin crear personajes, con inútiles diálogos y con ausencia dramática, echan abajo el escenario.
Durante casi dos horas, los personajes sueltos protestan, se quejan, o desean cambiar algunos aspectos sociales. Rebeldías posibles es un título del que esperábamos cierta ambición, y, sin embargo, es una leve y sencilla función. Hay muchos problemas. Los autores podrían echarle un poquito de visión política y realista, buscando algo más que este tebeo de gags. La supuesta rebeldía pertenece al centrismo, a la burguesía, a los pijos, modernitos que quisieran perfeccionar su pensamiento reaccionario y clasista, simplemente funcionando con simplicidad.
Hay un personaje que, al comenzar, está empeñado en recuperar unos céntimos –es la noticia real tomada de la prensa- que le han cobrado de más en una factura, y lucha para corregir su oculta estafa. Ante su mundo de la universalidad de la economía, al parecer se debe intentar solucionar rebelándose ante los banqueros y gigantes empresas: lo único que se acepta, es que no se equivoquen; de modo que esa oposición consiste en mantener la via legal que conoce, admira y estudia. Quiere que todo sea perfecto, porque, en caso contrario, se convertiría en una rebeldía sobre la imperfección.
El conjunto de modestos intérpretes lo dirige Yagüe, consiguiendo un ritmo que permite al público su seguimiento. A su lado -al fondo de la sala- le puede tocar a usted un futbolero que no para de lanzar voces o carcajadas grotescas, como en una ebria fiesta de bodas. Precisamente, este joven de ojos como faros y la boca abierta de la risa, podría ser una muestra del peligroso espectáculo, ante ignorantes, reaccionarios y felices con este internacionalismo en cuyo primer mundo están ellos.
Enrique Centeno

jueves, 31 de diciembre de 2009

Nada es casual (3) ●

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Autor: A.J. (Alberto Jiménez (?))
Intérpretes: Jorge Cuenca, Alberto Jiménez,
Luis Latovce, Ascen López, Lourdes Mas.
Músicos: Antonio Gómez, Nati Granados, Abtin Shamsaifar.
Escenografía: Mónica Rhüle.
Dirección: Alberto Jiménez, Rosa Manteiga.
Teatro: Sala Cuarte Pared. (5.7.2007)
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El título de este Nada es casual, hace suponer que se refiere a una trilogía de A.J., cuyas iniciales deben pertenecer al propio autor y director de esta obra.
Hay una soga colgada en algún sitio –en una altura- y un trampolín; uno corre, otra salta a la comba y se columpia; luego, con ciertas acciones, un hombre se va quejándose y se encuentra con su padre, y ambos se dirigen frases, en monólogo inconcretos. Poco a poco, van envolviéndose con un ancho film, como el que los tenderos utilizan para los alimentos. Una especie de michelín que les va permitiendo añadirle tomates -sí, tomates- para, finalmente, tirarse al suelo donde revientan como tripas. Esta es la original idea.
La obra busca la ruptura con un estilo copiado a otro autor que conocemos -con pánico-, para conseguir un efecto pretendidamente escandaloso o violento. No debemos calificarlo como cruel, para no confundirlo con el Teatro de la Crueldad, de Artaud. Les encanta permanecer fuera de la realidad y la ausencia de reflexiones o compromisos. Este sistema ya se viene haciendo. Y contienen cierto sentido al intentar la protesta o rebeldía contra nuestra sociedad. Suelen escribir o montar – lo llaman “propuesta”- estas obras incapaces de hacer un simple monólogo teatral. Ya sabemos que la acción, construcción, diálogos o silencios son términos abiertos y creados por los grandes autores de los años 30 a los 50. Otra ausencia en esta función es la necesaria interpretación de actores. Hay también aquí tres músicos, que desde un lateral hacen un pom-pom-pom con sus tambores de procesión o navideños.
La idea le ha debido surgir a A.J. sin duda para expresar sus ansias o preocupaciones. En todo caso, no ha sabido cómo representarlo en un escenario. Es esto chocante, porque nos referimos a un buen actor que ha salido a escena con obras de Ionesco, Valle-Inclán, Williams y otros. Pero no es lo mismo interpretar a los autores que pretender, sin más, organizar un texto, sus diálogos, desarrollo, final, texto interior, etc. El resultado de esta función el lamentable.
Enrique Centeno

sábado, 7 de noviembre de 2009

Johnny cogió su fusil ***

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Autor: Dalton Trumbo.
Adaptación de Antonio Álamo, Jesus Cracio.
Intérpretes: Sergio Otegi, Beatriz Bergamín,

Ramón Pons, Paca Mencía, Marcos Fernández.
Iluminación: Pilar Velasco.
Imágenes: Miguel González.
Dirección: Jesús Cracio.
Teatro: Sala Cuarta Pared. (18.1.2007)

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Sobre una cama del hospital, permanece un resto humano. Vendado y oculta su cabeza destrozada, apenas puede conseguir, en su esfuerzo, movimientos en Morse que envían un SOS. Pide que se le mate, pide su derecho a la muerte digna de su cuerpo, sin brazos, sin piernas, ni boca ni ojos. El espectáculo nos provoca una tensión cercana al dolor del soldado y de la guerra.
Con este Jhonny, después de la II Guerra Mundial –igual que ante la de Vietnam-, el escritor Dalton Trumbo (1905-1976) nos mostró a un humano apenas con el fragmento de su mente y el cerebro. Es el grito contra la guerra que el autor pasó al cine, como director, perseguido por la “caza de brujas” en Hollywood, como tantos otros creadores libres. Lo que provoca esta completa mutilación, es la necesaria deserción del ejército, del poder y de la patria: ninguno de sus dueños recordarán esos fragmentos, que sí pasan a la mente del espectador. También les ocurrió a quienes vieron la película, a comienzo de los años 70. Esta representación teatral es el diccionario necesario ante la guerra actual. Cada día vemos nuevas cifras de caídos del ejército -sus soldados, no los generales- y su envío a la batalla. Así lo vio Dalton Trumbo, y lo mismo ahora con al llamada Guerra del Golfo. Esos poderes prepararon las batallas, incluso se reunieron entre ellos –como aquellos tres, incluyendo a España-, en las Azores, para comenzar el ataque ante el pánico y la oposición de los pueblos.
Esta adaptación teatral permite una puesta en escena rica, muy cuidada e interesantísima sobre el pasado histórico –testimonio de Jhonny-, y la vuelta a nuestro calendario actual. Su director, Jesús Cracio, pinta un espacio doble: en primer término, la habitación del hospital, en cuya cama, entre aparatos electrónicos y entubado para mantener la respiración, está el muchacho; en el espacio posterior, elevado y lejano, se presentan -en proyecciones- sus recuerdos y sueños de amor, el paso por la batalla en los campos, barricadas y vuelos de bombardeos.
Escuchamos la voz del soldado en off –su pensamiento- y vemos escenas representadas con la novia y con Jhonny -lo hace muy bien Sergio Otegui-, en sus uniones y despedidas. El audiovisual nos se llega casi a ver. Parecen dos personajes, porque el actor da la impresión de haber salido desde la cama angustiosa. Se duplica el actor Ramón Pons en el Coronel y el Padre, con diferentes discursos políticos, militares o filosóficos, en un mítin de lecciones hacia el público. La variación es difícil, y el resultado no es completo. La enfermera es Beatriz Bergamín, una actriz frecuente con este director. También se dobla en la joven muchacha. Impresiona su ternura, sus propias lágrimas de dolor. En su atención, consigue encontrar el contacto, a través de comunicaciones en Morse, a las que obedece, dolorosamente, entregandole antes su cariño y su último placer sexual. Es otro sentimiento intenso el que nos llega. La estética busca el pasado de la batalla –en brillante pantalla- con el terminado ser en la cama, y todo ello consigue hacernos temblar ante este drama.
Enrique Centeno

lunes, 2 de noviembre de 2009

Eileen Shakespeare ***

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Autor: Fabrice Melquiot.
Traducción de Helena Tomero.
Intérprete: Elena Fortuny.
Escenografía: Marta Gil Polo, Cristina Ayala.
Vestuario: Isabel Franco.
Iluminación: Sylvia Kuchinow.
Dirección: Marta Gil Polo.
Compañía Tantarantana.
Teatro: Cuarta Pared. (29.10.2009)

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Este título de Eileen Shakespeare era incomprensible, y vimos que se trataba del nombre que ha otorgado el autor francés, Fabrice Melquiot (1972), sustituyendo, o imaginando, a una mujer con el mismo apellido de William Shakespeare. Ella se convertirá en una vida dolorosa, injustamente fracasada hasta su tragedia.
La primera luz de la función es un pequeño cenital que ilumina unos zapatos blancos que calza este personaje. Representa el recuerdo de una infancia carente de educación, sin enseñanza; desprecios y castigos físicos, donde esta Eileen empieza a interpretar escenas en las que su padre le golpeaba. Irá contando su biografía tras situar, en el borde del escenario, una colección de calzados, como candilejas de un deseado teatro; blancos, grises, azules: sus escenas recorrerán su biografía. Quiere el autor ir pasando desde el siglo XVI hasta hoy, partiendo de William frente a Eileen. Es una discutible comparación con la propia hija se Shakespeare, efectivamente analfabeta.
El texto es duro y cruel, escrito con una sensibilidad poética. Y la actriz va recorriendo los años; al principio, con un cierto humor, que pronto se convierte en aquella sumisión, órdenes hasta la desnudez. A la formidable actriz Elena Fortuny parece haberle desaparecido el personaje, integrándolo a sí misma. Muestra su apellido con una insinuada gola y falso bigote con perilla, que le acercan al autor y actor Shakespeare, en la inglesa época isabelina que a ella le prohibía actuar y donde era despreciada su capacidad para escribir. Es Eileen un personaje entre burlas y mercado de mujeres. Y rompe el tiempo, en alguna ocasión, con las grandes autoras de hoy, mencionando a Simone de Beauvoir, Virginia Wolf, Mercè Rodoreda o Ana María Matute –tal vez me equivoco de nombres- tras haber conseguido ya sus valores.
Fue éste un estreno agradecido, porque vemos habitualmente muchos intentos, por aquí y por allá, aspirantes a escribir monólogos desastrosos, a veces con pretensiones feministas; pero en esta ocasión, afortunadamente, se encuentra a un dramaturgo capaz de crear un texto teatral para un único personaje.
Al fondo de este escenario hay una especie de muro brillante, como un espejo que refleja al personaje –sus creadoras son Marta Gil Polo y Cristina Ayala-, iluminado, riquísimamente, por Sylvia Kuchinow, en verdaderas pinturas cambiantes, entre tonos de tinieblas, de gritos, mares o cárceles, lugares del nunca o del allá, que se apoyan también con imágenes de video.
Nos figuramos a la directora, Marta Gil Polo, peleando, empujando, frenando, corriendo y arrastrando a la actriz. Sin su precisión, de gran trabajo y sabiduría, esta función no hubiera conseguido el éxito de esta hermosa obra.
Enrique Centeno

martes, 1 de septiembre de 2009

Confesiones. Lo que callan las madres. *

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Autora: Yolanda Dorado.
Intérpretes: Margalida, Anabel Ochoa,

Pepa Fernández, Celia Ruíz, Candela Moreno.
Escenografía: Élia Lach.
Dirección: Pepa Sarsa.
Teatro: Cuarta Pared. (23.11.2006)

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Somos estos días especialmente sensibles a la situación de la mujer. Coincidiendo con otro más de los crímenes de los maltratadores, se celebra, precisamente, el Día Mundial de la Mujer. La sala Cuarta Pared dedica también una programación a espectáculos sobre temas femeninos. Los hemos visto en este mismo escenario en otras ocasiones: la inmigración, el maltrato, la cárcel o la explotación: es nuestro teatro social, como en alguna ocasión, en colaboración con Amnistía Internacional.
Lo que ahora acude es un trabajo de la llamada Asociación de Mujeres de las Artes, por la compañía denominada “Marías Guerreras”: un curioso nombre –también existe "Autoras Dramáticas", protegida, cómo no, por el Instituto de la Mujer del Ministerio de Asuntos Sociales- transformado sobre la eximia actriz (María Guerrero XIX-XX). Lo cierto es que la primera vanguardia en el tratamiento a las mujeres, fue hace dos mil años por el comediante Aristófanes en su Lisístrata, aquella mujer que organizó a todo el pueblo contra la guerra y la estupidez de los hombres. En todo caso, esta obra, Confesiones. Lo que callan las madres, se aleja de las tragedias para quedarse en convivencias diarias (nos recordaba a la serie de TV hecha por Adolfo Marsillach, La señora García se confiesa). La autora, Yolanda Dorada, ni siquiera llega a la comedia teatral, sino a escenas o miniactos independientes e incluso al juego de humor, con textos que leen algunos espectadores sacados a escena, aunque las actrices poseen valor y frescura en sus personajes dorados.
Temas, a veces tópicos, van buscando la sonrisa o la tristeza de numerosas mujeres. La confesión de la sexualidad con sus comicidades, el recuerdo de algún pasado familiar, su lesbianismo, la adolescencia, el fatal matrimonio o la difícil comprensión de la madre. Se trata de limitaciones y problemas comunes o ligeras represiones. Es el lejano texto que en el Día Mundial invadía nuestros sentimientos y dramas: los temas –montados más de una vez- de las palizas, la huída de los países de represión a la mujer, el soporte de las ablaciones del clítoris, la situación social salvaje o la explotación en el trabajo. Fue Aristófanes más duro y valiente en su teatro de la antigüedad, que en esta obra de tópicos.
Enrique Centeno

domingo, 19 de julio de 2009

Llegué para irme ●

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Autores: Alain Alain y Gabriel Chemé Buendía.
Dirección e intérpretación: G. Chammé.
Compañía Buandía Teatro (Argentina).
Teatro: Cuarta Pared (26.12.2007).

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Se nos informa de que este Gabriel Chammé es un “gran clown” al que se une su magistral mimo. No lo dudamos. Pero esta función llega para salir corriendo, lo cual no hicimos por las dificultades de salir del teatro Cuarta Pared. Mientras tanto, nos dedicábamos a nuestras cosas y, de vez en cuando, a observar al espectador, entre ellos muchos que reían y gritaban como futboleros y se arrejuntaban en parejas mirándose como triunfadores al tener ese día del estreno un buen plan. Es verdad que, a mi izquierda, un señor tenía un entrecejo que casi daba miedo cuando miraba al escenario.
La cosa es que este intérprete pretende hacer una historia de un hombre que llega con su maleta a una habitación, con su mesa y su cama. En ella se mueve por aquí o por allá, hace gestos y movimientos vulgares, simplones, esperando siempre que la gente se divierta. Tal vez trata de lo absurdo y lo difícil de la vida. Según el texto del programa, algo sobre el estrés de nuestro tiempo. Su traje es el de un payaso con intención mímica, trabajos ambos a los que no llega. El texto mudo no posee ideas o análisis, con silencios para aburrirse. Lo peor es que nos produce cierto pudor, similar al de haber tenido que asistir a una vulgar boda de novios en la que, tras la cena, todos enloquecen haciendo chistes, brincos o vueltas sobre las sillas con gestos grotescos. Pues allí estábamos.
E.C.

miércoles, 8 de julio de 2009

El gran atasco ***

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Autores: Jorge, Alberto, Fernando Sánchez-Cabezudo.
Intérpretes: Pilar Gómez, F. Sánchez-Cabezudo.
Realización video: Diego Modimo y Grajo.
Vestuario: Stina Lunden Lunden, Paula Anta.
Producción de Mr.Kubik
Dirección: F. Sánchez-Kabezudo.
Teatro: Cuarta Pared. (3.7.2009)

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Una pareja está detenida, aislada y sin comunicación con el mundo de alrededor. Es una obra cómica, absurda, un sarcasmo de un hombre y una mujer. Un símbolo para la burla.
Un feliz oficinista, el Sr. Gallardo, ha podido comprarse un coche para acudir cada día a su trabajo. Ella se llama Maya, y es infumable. Veremos el viaje de nunca jamás. Con esta historia han montado los creadores la parodia de la pareja. Contemplaremos discusiones, las fatuas conversaciones, la unión de un superficial amor. El coche estará siempre frenado, en una burbuja, tal vez en un domicilio cerrado.
La vida se desarrollará como en muchos matrimonios comunes, pero la gracia de esta crítica sucede en El gran atasco, un símbolo de la monotonía, sin duda idéntica a la interminable línea de la carretera. Su título nos recuerda La autopista del Sur, un relato de Julio Cortázar, que juega también con la asombrosa sociedad. El tiempo va pasando y los años van creciendo. Se casan en este hogar, con las trompetas de boda, un Mendelsson cuya escala musical la interpretan las bocinas de los detenidos vehículos. Todo continúa muerto, con el embarazo, el bebé creciendo, la vejez y otros inventos para provocar la continua carcajada del publico.
Son impresionantes los dos actores. El Sr. Gallardo lo interpreta Fernando Sánchez-Cabezudo, y es un personaje suave, cariñoso, desconcertado y esperanzado. Una fotografía lograda de un ser al que da vida total, en sus gestos, reacciones, siempre perdido y ordenado por su mujer; un cómico perfecto que también dirige este montaje –Compañía Mr. Kubik-. Quizá de un baúl de muñecas han sacado a uno de los que hablaban y babeaban con voces de pilas. Es también Pilar Gómez una estupenda actriz, que interpreta a esa enloquecida, histérica, mandona y, en realidad, la más tonta de las tontas.
El espectáculo cuenta con elementos importantes. Se han atrevido a poner sobre las tablas un auténtico coche, con sus luces, sonidos, ventanillas para el calor o el frío, donde lo mismo están contentos que jodidos o jodiendo: allí será preñada. En un documental sobre una pantalla, va traspasando el tiempo, en secuencias realizadas en vídeo, que ha realizado muy bien Diego Modino. Otras colaboraciones son una voz en off y audiovisuales. Se percibe que el espectáculo es una creación colectiva.
Enrique Centeno

domingo, 17 de mayo de 2009

Entrañas ***

Es una clínica donde un estúpido médico notifica, despreciativamente, el resultado del análisis de embarazo de una joven mujer soltera. Es así cómo comienza la función, y conoceremos enseguida su ruptura, abandonada por un sujeto engañador y “modernista”. Fue el error de esta muchacha, y sabe que su bebé no conocerá a su padre.
A Soledad, "Sole" –es así como le han llamado sus autores Pako Merino y Diego Lorca con Laia Martí, también excelentes intérpretes- le surge el desconocimiento por parte de su familia: el abuelo, uno más entre miles de cadáveres enterrados en fosas comunes o arrojados al borde de los caminos durante la Guerra Civil. Se sabía que partió y combatió en la Batalla del Ebro, y su mujer, recién embarazada, le esperó toda su vida sin llegar a saber nada sobre su muerte. Y así, Soledad inicia su itinerario para buscar los restos de su pasado.
Los posibles datos los buscó en el Archivo de la Guerra Civil, papeles en Salamanca, y de allí a Ávila, sin conseguirlo. En las entrañas se trabaja la Memoria Histórica para sacar a los muertos, es lo que ha inspirado a la compañía Titzino. Hoy continúa la fundada Memoria Histórica –brutalmente, o por vergüenza, han intentado evitarlo los brujos y sucesores de los fusilamientos- con testigos, historiadores e investigadores. Los papeles que se trasladaron desde Salamanca a Barcelona (fueron embalados por funcionarios en cajas de cartón y cargados en camiones nocturnos, secretos, para evitar la oposición a aquel viaje). Aparecen personajes de una sociedad extraña, entre el silencio, la ignorancia o el desprecio. Se va provocando en los espectadores la tristeza, la indignación, y prefieren los autores-actores jugar con la comedia, con el humor, incluso con el cinismo carcajeado –como el recordado humorista Gila, que durante unos años vivió en el exilio- sobre la Guerra y los silencios.
Buenos actores: Lorca y Marino se transforman en un millón de personajes, con creaciones muy ricas y apenas en un espacio de cuatro elementos, suficientes para estar en una clínica, en un camión o en la taberna. Mucha riqueza, mucha responsabilidad y conciencia que nos llegan igual entre risas y mal genio. El cartel que han utilizado es un vientre embarazado y un casco de soldado que lo cubre. La iconografía es suficiente para entender el drama de esta obra. O, tal vez, con una de las últimas frases, duras en la actriz Laila Martí: Hay pasado y futuro, pero no hay presente. Es la soledad dolorosa de nuestras memorias.
Enrique Centeno
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Creación: Titzino Teatro.
Intérpretes: Diego Lorca, Laila Martí, Pako Marino.
Vestuario: Bárbara Glaence.
Dirección: Stefan Metz
Teatro: Cuarta pared. (30.8.2007)
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miércoles, 18 de marzo de 2009

Siempre fiesta ***

Le gusta a Javier G. Yagüe ir avanzando, por el calendario social, mediante las trilogías. La primera comenzó, en 1999, con Las manos -imposible olvidar aquella obra maestra-,hasta 2002 fue Imagina y, finalmente, 24/7. La siguiente trilogía acaba de terminar con el estreno de Siempre fiesta, a la que precedieron Café (2005) y Rebeldías posibles (2002).
Al inicio de 1999, le interesó a este director la historia de la generación anterior. Y, en esta trilogía, utiliza el retrato actual de determinada clase social. Su burla lanza flechas hirientes, una dura crítica con herramientas grotescas. Cierra esta serie, iniciada hace cuatro años, con textos en los que escribe junto a Luis García-Araus. En las dos últimas colabora también Susana Sánchez. Todos ellos son herederos del teatro de Miguel Mihura: aquella maldad humorística, que le obligó a soportar, en su valentía, la censura y el escándalo. Javier G. Yagüe y sus coautores, García-Araus y Sánchez –también, varios títulos de Mihura se escribieron en colaboración-, provocan el desconcierto, llegando a alcanzar diálogos cercanos al teatro absurdo. En esta Fiesta, en Navidad –hay otra, aunque muy diferente, en la genial Tres sombreros de copa-, van llegando los personajes a la casa del matrimonio anfitrión.
Familiares, entre hermanas y cuñados, forman una galería deprimente, que invita a la venganza, a la ridiculez de estos elegantes sujetos. En esta exposición, contemplamos una colección de fotografías reales. Todos los personajes se denominan, entre ellos, con los mismos nombres reales de los intérpretes: probablemente por improvisaciones en los ensayos. La primera mujer, “Arantxa” –Arraiza, a quien vimos en las dos obras anteriores de la trilogía- , es una rubia, elegantemente vestida de diseño, religiosa con miradas dulces; la verdad es que tiene el aspecto de la portavoz de un conocido partido político. Tiene un matrimonio, pero no consiguen un hijo, a pesar de que copula, en la cama, a oscuras y con la cercanía imprescindible, como Dios manda. Lo hace formidablemente. No es difícil imaginar cómo será el zoo que va apareciendo tras los timbres de la puerta. Una enloquecida frustrada con su marido ambicioso, tripón y de inútil satisfacción. Hay una hermana protestona, ecologista, opuesta a la alimentación con animales –carne o pescado-, fumadora, progresista, vestida con pantalones y, ligeramente, con su soltería debida al lesbianismo -ésta decisión de los autores es peligrosa-. Para no desmayarnos, contamos con un personaje que anda por el campo de penaltis: nos confiesa que es un actor, y que su misión es el prólogo, la detención de acciones y, con su testimonio, prevé a los espectadores el mal trago. (Ya saben que, como en las anteriores obras, nunca utilizan la ley de la cuarta pared).
La cena, en la cuidada mesa, se repetirá en diferentes fechas, obligados, todos, para salvar la depresión y frustración de aquella conservadora dama. Casi nos agota tanta carcajada. Menos mal que no han parido niñitos. La escenografía consiste en un amplio salón de paredes blancas, de papeles que se decoran, a la vista, varias veces, utilizando rotuladores. Da el mismo efecto cómico. La interpretación de todo el equipo es excelente. María Antón; la ya mencionada Arantxa Arraiza, presente en las dos obras anteriores; Javier Pérez-Acebrón; los dos habituales Asun Rivero y José Melchor, así como José Sánchez, a quien vimos en Rebeldías posibles. Yo creo que ésta es la mejor del la trilogía.
Enrique Centeno
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Autores: Luis García-Araus, Susana Sánchez, Javier G. Yagüe.
Intérpretes: María Antón, Arantxa Arraiza, José Melchor,
Javier Pérez-Acebrón, Asun Rivero, José Sánchez.
Escenografía y vestuario: María Luisa de Laiglesia.
Dirección: Javier G. Yagüe.
Teatro: Cuarta Pared. (11.3.2009)
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martes, 3 de febrero de 2009

Loin... *

El francés de origen argelino, Rachid Ouramdane, presenta esta performance con un argumento, o reflexión, sobre la violencia y la guerra de la invasión que le había relatado su propio padre, acerca de su país, Argelia, y su envío como soldado con Francia a su colonia de Indochina: Vietnam (más tarde, y hasta 1975, fue Estados Unidos quien comenzó su ataque salvaje sobre Vietnam, mucho más reciente y durante veinte años; una invasión contra el Gobierno, con torturas, violaciones y asesinatos. Son hechos históricos, uno de los dos principales exterminios del siglo XX). Lo hace a través de un texto, una fórmula poco común en este tipo de montajes. Estos 55 minutos consisten en dos voces en off, prácticamente durante toda las obra. El autor rebusca, en la memoria, la presencia de las guerras y de los "extranjeros" –es uno de los justos términos que utiliza-, ausentes los actuales odios religiosos: Gaza, Palestina, Irán o Afganistán. Confieso que esta conferencia, este libro de texto, en varios momentos me envió a contemplar, por distraerme, la construcción de esta sala, y vigilar mi reloj, en silencio, con esa educación nueva entre el público.
El autor actúa también –solo-, en una prolongada primera parte, echado sobre el suelo, con unos movimientos del cuerpo, suaves, lentísimos, eternos; todavía en el suelo gira: después, se incorpora y utiliza sus piernas y brazos en una especie de tai-chí, durante unos momentos. Estábamos pensando, todavía, en qué consistiría todo esto. Entonces camina, despacio, de punta a punta de la escena; una y otra vez, ahora con un ritmo de caminante con su recto cuerpo. Una especie de menhir, algo cónico, con cierta figura, que gira y permite visualizar imágenes realistas sobre la guerra y sus víctimas. Rachid, llegando al final, utiliza ya cierto ritmo, para ir pisando, descalzo, interruptores de conexión con cables por los suelos, lo cual pone en marcha efectos musicales que acciona para escuchar música electrónica, la apaga con ritmos y, finalmente, se hace el oscuro. Él saluda, recibe los aplausos. No sé si alguien me dedicó: “Y luego, incontinente,/ caló el chapeo, requirió la espada,/ miró al soslayo, fuese, y no hubo nada.” (Cervantes). Estaba en el “Festival Escena Contemporánea”.
Enrique Centeno
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Texto, intérprete y dirección de Rachid Ouramdane.
Teatro: Cuarta Pared. (30.1.2009)
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miércoles, 14 de enero de 2009

Dónde Desdémona ***

Aquel Otelo asesinó a Desdémona por celos. Alguien dijo que una pérdida casual fue en la obra el más importante pañuelo de la historia. El nombre de aquella víctima, relatada por Shakespeare es, evidentemente, el que ha elegido para esta obra Susana Sánchez. Aquel personaje se entendía en el teatro, aunque para el bardo fue un crimen. En el siglo XVII, una sociedad del barroco católico, el honor y la venganza justificaban en sus dramas el asesinato, desde Calderón y Lope de Vega. Aquella monstruosidad se superó en el tiempo. (Estamos ahora en el bicentenario de Mariano José de Larra, suicidado ante su perdido amor: era un seguidor del Siglo de la Razón, pero su pasión la eliminó consigo mismo). El crimen continuó siendo legal en el siglo XX. Se justificaba el crimen del hombre a su esposa al encontrarla en el lecho.
Hoy ya no existe el honor y la venganza. La mujer ha luchado mucho por su igualdad, y éste avance desespera al machista, la pérdida de su dominio y de la sumisión de su pareja. A ellas les está costando caro. Cada semanas se nos informa de asesinatos. Maltratos continuos ocultos muchas veces por las víctimas que, afortunadamente, comienzan a denunciar y buscan acogimiento en casas instaladas ante el abuso.
Están a nuestro alrededor; son personas normales, agradables. No los vemos en sus casas. Uno de ellos es el personaje que ha creado la autora. Se llama Guilles. Aparece en escena, elegantemente trajeado y, bajo su foco de luz, nos canta un tango, estupendamente (el actor es uruguayo). Luego se pone ante una pantalla en la que va mostrando el esquema de la zona en la que mantiene la orden de alejamiento de su compañera –o esposa- en la que va marcando sus traslados para mantener los 500 metros exigidos. Un audiovisual va dibujando las distancias necesarias, creando una madeja de calles que va explicando a los espectadores. Tal efecto causa sonrisas, incluso carcajadas. La pupila se fija o se cierra; la risa intenta huir del humor. Porque Susana Sánchez consigue que este individuo sea acogido con placer. Él es presentador en una televisión donde obtiene éxitos: es uno de esos cuya vida privada ignoramos; incluso le vemos en su casa, sólo, cocinando su cena simpáticamente, agradable. Aquí empezará la verdadera historia de este Gilles.
La insulta, la desprecia, la maltrata físicamente. En la obra, la mujer se representa con una muñeca: sería imposible una mujer real, una actriz. Le saca los ojos, la apuñala. Se alcanza un nivel de crueldad de estilo realista y lleno de efectos. Sangre, disparado psicópata triunfal con el horror. Ahora sí tiembla el público. La escritora no ha tenido piedad alguna para la crueldad de la realidad.
Tampoco sería posible esta obra -un monólogo- sin un gran actor, Ismael Moreno. El procedimiento es la transformación progresiva, su utilización de las voces, la electricidad corporal, y la creación formidable, desde el humor hasta el crimen, un desangramiento shakespeariano.
Apoya muy bien el juego del audiovisual –de Kike Celdrán- que colabora en la soledad del actor y subraya los textos.
Uno sale de allí mirando a los compañeros, los viajeros del autobús: será alguno de ellos. Esta Susana Sánchez consigue la crueldad.
Enrique Centeno
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Autora: Susana Sánchez.
Intérprete: Ismael Moreno.
Escenografía: I. Moreno.
Audiovisual: Kike Celdrán.
Iluminación: Raúl del Águila.
Compañía : Clan de Bichos.
Teatro: Cuarta Pared. (15.1.2009)
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martes, 18 de noviembre de 2008

Árbol de la esperanza **


Sobre una cama. Continuos dolores, voces, desgarrados gritos. De vez en cuando, a su alrededor, andan los fantasmas de su vida. La obra pretende que sean algunos recuerdos de Frida Kahlo, ya en la gravedad definitiva, físicamente yerta, sobre el pasado.
La escena produce, en todo momento, la sensación de su angustia. Su cuerpo destrozado durante toda su vida, tras el accidente del atropello del tranvía. Mujer luchadora, feminista, pintora, enamorada del mundo, como de su difícil marido -Rivera-, y de buenos amigos -entre ellos Trosky, al que ayudó-, su valentía.
Hemos visto varias obras sobre Kahlo, tanto en cine como en teatro. De lo último, recordamos Frida K, texto de Gloria Montero, que interpretó la actriz Maite Brik. En un monólogo contaba un viaje sobre aquella ;Khalo emocionante, hace ya bastantes años -1995-, que siempre se recordará. Si lo citamos, es para señalar que la autora de esta obra, Laila Ripoll, parece buscar aquella situación patética en un monólogo, para causar únicamente la frustración de la pintora. Es cruel. También el que la única intérprete –con alguna imagen fantasmal- la respetable actriz Amaya Curieses, solamente pueda emitir gritos, inmóvil en el lecho final.
La autora ha sido capaz de montar un Calderón recientemente -2007, octubre- uno de los mejores espectáculo vistos en la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Pero sigue presentando textos propios que también dirige. A veces, sus obras son políticas o reportajes para el teatro. Fue así en La ciudad sitiada, con sus críticas entre la comicidad. Es difícil la construcción y el dominio de la estructura dramática. En este Árbol de la esperanza, no coincide con su significado, porque es más lo contrario, la no esperanza en su viaje final. Se trata de una especie de elegía a Frida. Aparece más la desesperación y la muerte. Es posible, pero creo que no lo ha conseguido.
Enrique Centeno
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Autora y dirección: Laila Ripoll.
Escenografía: Arturo Martín Burgos.
Intérpretes: Amaya Curieses, Irene Curieses.
Teatro: Cuarta Pared. (10.1.2008)
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sábado, 8 de noviembre de 2008

El gordo y el flaco **


En el año 2000 vimos el estreno de este El Gordo y el Flaco, en San Sebastián de los Reyes (Madrid). Ha sido montada después en varias ocasiones, una tentación para los directores, con dos actores y un sencillo decorado. La que gozamos entonces, y publicamos la crítica en mi periódico, con mi opinión sobre esta aparentemente comedia cómica:
“…el Gordo y el Flaco es, justamente, “la y griega”. Una conjunción que aparentemente une términos homogéneos, pero que sirve también para enlazar expresiones como “te quiero y te aborrezco”, por ejemplo. Sobre esa aparente yuxtaposición, sobre esa imposibilidad, trata esta estupenda comedia de Mayorga, que toma como metáfora a la mítica pareja de Stan Laurel y Oliver Hardy. La escenografía representa una gigantesca cama que ambos personajes comparten y que finalmente se convertirá en un cuadrilátero de boxeo. Es otra metáfora, claro está: la convivencia imposible, el tránsito del amor al odio, la pugna eterna entre Caín y Abel, que el autor trajina con una comicidad que esconde la profunda amargura y el desengaño más completo.
Lo que viene a decirnos esta divertida función, es que en el momento en que hay una suma de dos personas, se produce, forzosamente, la relación de amo-criado, tal vez la del listo y el tonto, quizá la de pasión y odio, amor o celos: un mensaje desengañado por mucho que se encubra bajo la iconografía de aquellos dos entrañables personajes. Y ríe el público con el Gordo y con el Flaco, con sus ocurrencias ingeniosas; pero lo hace también en los momentos en los que el guiño del autor nos recuerda la imposibilidad a la que hemos llegado para poder sumarnos si no es bajo las reglas de la trampa, de la mentira, del fingimiento o de la hipocresía. Y mira uno a su vecino de butaca sabiendo que, en efecto, eso es así, que duele pero que, como hace el autor, es preferible barnizarlo con una pátina de humor para poder seguir el camino.
Esta obra confirma lo que tantas veces venimos diciendo a propósito del género de comedia, que entre nosotros suele entenderse como un subproducto para mentes planas y que, sin embargo, desde Aristófanes, ha sido utilizada, como aquí, para la risa reflexiva…”
En este montaje, los actores utilizan cómicamente sus gestos, voces y jocosos movimientos, durante la mayor parte de la representación. La inocencia contrastada entre estos personajes, una especie de Augusto y clown, dos payasos que se hablan cariñosamente. La situación va desarrollándose poco a poco: es este el mérito conseguido en el texto de Mayorga. El ritmo, sin rupturas ni comunicación, con rapidez chistosa, impide el sentido crítico de la obra, ausente de miradas o silencios. Uno es sabio, y el otro torpe; este el flaco, quien estaba fingiendo o, tal vez, descubriendo la necesidad de un combate contra la opresión.
Va acabándose la simple risa, la que se mantenía en el viejo cine de Stan y Oliver – sus nombres falsos de “el gordo y el flaco” se usaron España- y que provocaba la burla y la inocencia: carcajadas en el fondo crueles ante los dos hombres tristes. Es difícil comprender totalmente cómo se conseguía ese misterio que se mezcla entre el precoz absurdo y el surrealismo. Pero el título de nuestra obra acusa, claramente, la clase social que ambiciona la riqueza. Esta puesta en escena no consigue el verdadero análisis: un panfleto final no es suficiente para dos personajes muy difíciles.
Es magnífica la lucha en el cuadrilátero: cambio del poderoso por la victoria del sometido. Es a partir de entonces, cuando aparece de verdad el juego completo. Se han dado desde el principio gritos excesivos que pierden la dulzura fingida. Precisamente, la obra de Mayorga pide más la ruptura suave, lentamente violenta. Sí así lo ha querido el director, Carlos Marchena, lo hacen con todo entusiasmo Víctor Duplá y Luis Moreno, buenos actores.
Enrique Centeno
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Autor: Juan Mayorga
Intérpretes: Víctor Duplá, Luis Moreno.
Dirección: Carlos Marchena
Teatro: Cuarta Pared. (5.11.2008)
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