Autor: Alfonso R. Castelao
Intérpretes: José Lifante, Mercè Pons, Fernando Chinarro,
Carmen Segarra, Enrique Simón, Fernando Delgado,
Antonio Requena, Fernando Ransanz y Coro.
Música: Bernardo Martínez.
Escenografía e iluminación: Antonio Simón.
Vestuario: Javier Artiñano.
Dirección: Manuel Guede Oliva.
Centro Dramático Gallego
Teatro: Centro Cultural de la Villa. (2.4.2002)
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El estilismo manda
El tema sí es recurrente, y lo ha sido a lo largo de la historia de nuestro teatro: el enlace entre un viejo y una mujer joven. El más poéticamente tratado, El amor de don Perlimplín, sin duda; el más denunciador, cómo no, el de Moratín de El sí de las niñas.

La puesta en escena, además de un coro exagerado respecto de la propuesta inicial, lo cual es muy lícito, se basa en unos grandes cubos-espacio recubiertos de fibra blanca, excesivamente fría, que se mueven y juegan con efectos de luces en supuestos hallazgos de sorpresa o de magia. (Acaba de fallecer Sbodoba, creador del Teatro Negro de Praga: otros tiempos donde lo mágico tenía un sentido).
Para salvar todo, está nuestro mejor colectivo teatral: el de los actores, naturalmente. Hay alguna excepción, pero tanto José Lifante -la Muerte-, como Fernando Chinarro o Fernando Delgado asombran una vez más con su conocimiento y su talento; o Mercè Pons, la eterna joven condenada a casarse con cada uno de ellos. Un reparto magnífico, incluyendo el coro de siete intérpretes de armónicos cuerpos y hermosa coreografía. Es precisamente la estética lo que más parece haber importado al director, de modo que el conflicto, importe mucho o no, queda diluido entre efectos deslumbrantes.
Enrique Centeno
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