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lunes, 8 de agosto de 2011

Imagina **

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Autores: José Ramón Fernández, Yolanda
Pallín, Javier García Yagüe.
Intérpretes: Audrey Amigo, Barde, Elena Benito,
Eugenio Gómez, Verónica Regueiro, José A. Ruiz.
Espacio escénico: Juan Sanz, Javier G. Yagüe.
Dirección: Javier G. Yagüe.
Teatro: Cuarta Pared. (1.3.2001)
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Aquellos años difíciles

Hace ahora dos años, se produjo un acontecimiento teatral que causó una importante conmoción en la escena española. El espectáculo se llamaba Las manos, y era la primera parte de una proyectada Trilogía de la juventud. En aquella obra, se presentaba la Castilla deprimida de los años cuarenta y cincuenta, con su folklore y costumbres, y el padecimiento que, finalmente la inevitable emigración hacia la gran ciudad. Terminaba con una inolvidable escena donde las maletas señalaban la huida y el deseo de respirar en el éxodo. Nos dejó la compañía expectante, esperando la segunda entrega. La cual hacen ahora los mismos autores, el mismo director, algunos intérpretes de aquel espectáculo para la memoria. Y se acude por eso a la sala Cuarta Pared deseoso, sediento casi entre el páramo que en estos momentos agosta nuestros escenarios.
    Imagina transcurre en los difíciles años 70. Los hijos de la emigración conocen la dictadura, la crisis familiar, el ansia de libertad con la que nunca soñaron sus padres, protagonistas del episodio anterior. Aquel mundo hippy, el del porro y los sostenes fuera, que se entremezclaban con huelgas, de trabajadores y estudiantes, en un mosaico de desconcierto y contradicciones continuas. Difícil, muy difícil.
    Las formas de la música, los modos de hablar, las conductas personales, eran entonces un permanente desconcierto. Se tiraban panfletos, se pintaba de gris a los profesores de universidad, se quemaban autobuses, se hacía el amor por solidaridad. Se hacía, incluso, una cultura independiente, un teatro que recorría pueblos para hablar de tortura, para denunciar opresiones de cada día entre asociaciones vecinales. Tantas cosas...
    Los autores de Imagina -José Ramón Fernández, Yolanda Pallín y Javier García Yagüe- tenían entonces más o menos diez años. Y es posible que de su misma generación sean quienes acudan a esta sala. A unos, y a otros, hay que decirles que aquello no era así. Que ni el lenguaje, ni las situaciones vivenciales, ni las preocupaciones cotidianas, se encorsetaban como si aquellos seres fueran unidimensionales; aquella generación perdida dejó la piel no sólo en la política, sino también en el amor, en la cultura, en el fútbol, en la diversión, en el estudio, en el sentido de la amistad. Son muchas cosas como para comprenderlas desde la perspectiva de estos jóvenes autores que, sencillamente, esquematizan muy elementalmente una época en la que suponen que no se vivía, sino que se sufría. No saben, suponen. Debieron asesorarse, hablar, investigar con más rigor. También entrelazar sus respectivos escritos, porque las numerosísimas escenas acusan esa triple autoría que no consigue la armonía dramática. Conociendo a los autores, casi podría asegurarse a quién pertenece cada una, lo cual es, en sí mismo, un fracaso como obra de creación colectiva.
El espectáculo tiene más problemas, además del texto. Había en Las manos un espacio escénico que hablaba por sí solo, que respiraba con los personajes. Ahora, en Imagina se ha dispuesto a la italiana con recursos monótonos y demasiado conocidos. Y los actores de entonces, cuyas imperfecciones quedaban integradas en aquel mundo rural –Delibes-, acusan aquí demasiadas deficiencias vocales y corporales, que ya no se entienden ni se justifican. Puso Las manos el listón altísimo para una trilogía. Y hay suficiente talento en sus creadores como para que se replanteen un trabajo que no ha llegado al límite de sus posibilidades. En los años 70 se estrenaba de una manera y se concluía de otra: trabajando, investigando, sopesando y contrastando. Es lo que debería hacer este espectáculo, cuyo planteamiento es hermosísimo.
Enrique Centeno

martes, 11 de enero de 2011

La ventana de Chygrynskiy *

_____________________________________ Autor: José Ramón Fernández.
Intérpretes: Miguel Barderas, Beatrice Binotti,
Luis Crespo, Eugenio Gómez, Nuria Benet.
Músicos: Nando Lago, Tozo, Jorge Vistel.
Escenografía y vestuario: Mónica Boromello.
Iluminación: Víctor Cadenas.
Dirección: Luis Bermejo.
Teatro: Cuarta Pared. (14.1.2010)
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La ida y vuelta del disputado futbolista Chygrynskiy, le hace pensar al autor qué sentiría desde Barcelona, con el Barça, soñando con su madre y las nieves de su Ucrania. Miraba por su ventana y le parecía contemplar su otro mundo. Nada es muy fácil cuando los propios vecinos de su edificio quieren prohibírselo. Está tan lejos su tierra, que tienen que buscar a una intérprete para que le explique el problema que nunca llega a comprender. Y vamos viendo cómo, en realidad, los inquilinos desearían también conseguir sus sueños de la felicidad. Entre el sentimiento y el ánimo, a José Ramón Fernández siempre le importa el realismo, y aquí desea contar una fantasía: todos tenemos sueños, y sus personajes van aquí enlazándose en una nube ideal. Ha debido imaginar lo que nunca le sale de las verdades.
    En este texto busca el autor el continuo sentido del humor y consigue algunos momentos cómicos, algo alejado de sus títulos, cuyo sentido realista no asciende del subsuelo en La ventana de Chygrynskiy. Nos reímos, es verdad. En la última escena, todos –incluyendo al público-, bajo la nieve, sienten un feliz final. Se sonríe y se agradece a los músicos de calle, acordeón, guitarra y trompeta. Ni los actores ni la dirección hacen un trabajo poco más que correcto. Esperemos a la siguiente obra del admirado José Ramón, siempre muy superior a esta ventana.
Enrique Centeno

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Nina ***

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Autor: José Ramón Fernández.

Intérpretes: Laia Marull, Juanjo Artero, Ricardo Moya.
Escenografía y Vestuario: Antonio Belart.
Iluminación: Julián Rey.
Composición Musical: Pascal Gaigne.
Dirección: Salvador García Ruiz.
Teatro: Español, (1.6.2006)
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Esta Nina es el personaje tomado de La gaviota, de Chéjov, iniciador del naturalismo, y José Ramón Fernández -premio Lope de Vega 2003- es uno de nuestros autores que utiliza este estilo con dominio en construcciones, diálogos y creación de personajes -que frecuentemente se ignoran-, junto al realismo. Ha declarado que se inspiró  para Nina  en el dramaturgo ruso,  con la influencia de Eugene O´Neill –le reconocemos aquí en el Largo viaje hacia la noche- y su testimonio del mundo norteamericano. Son escritores que no pueden evitar sus propias autobiografías, lo que nos hace sospechar que también puede ser así el sentimiento sobre esta Nina fracasada como actriz.
    En este drama, la acción transcurre en el vestíbulo-bar -se representa aquí, inteligentísimamente, en la propia cafetería del teatro Español- bajo una permanente lluvia frente al mar: algo se recuerda del filme Mesas separadas, de situación similar, y se cita al personaje de la película Cinema Paradiso, del que toma la frase final: No vuelvas nunca.
    Como a un refugio, llega empapado el esperado personaje de Nina. Pide su habitación doscientos seis, que puede ser una coincidencia con el propio título y las letras de la música de La Frontera: “Parece que nada ha cambiado desde que marché. Vengo del infierno y no te olvidé”, Y allí, en el otoño, ya sin veraneantes playeros, está únicamente el responsable, un veterano conocedor de los vecinos del pueblo. Esteban, una especie de telón caliente, reconocerá a la joven, ya con treinta años, adivinando con alarma su encuentro con Blas, que aparecerá enseguida, como cada día. El actor Ricardo Moya crea con mucho talento la complejidad de Esteban. Aquí todo el mundo ha fracasado, y el maduro quisiera ser el maestro, padre, consejero y crítico de Blas, quien a su vez le mira y escucha siempre atentamente, comprendiendo que intenta tapar sus desastres. Muy juntos, en pausas silenciosas, diálogos y visiones de una escritura rica –como la de los actores- y en escenas de cierto humor bajo los cimientos emocionales del drama.
     Ha regresado Nina al lugar de su primera juventud, recordando -enfrentándose- los errores de aquel tiempo. Y en una sola noche, con Blas, fue suficiente para confesarle sus desamores. Él también está vacío en el fracaso. Vaya drama sentimental.
    Aquella juventud la cuenta José Ramón Fernández con tristeza, con pesimismo, y sin la esperanza del qué bello es vivir. En la noche, el alcohol de Nina solo sirve para revivir el entusiasmo de aquella década de intensidad. Hay en esta pasión nostálgica –uno se siente decadente- un retrato o reflejo de estos personajes encerrados y ajenos a su alrededor; igual entonces como en esta noche. Aquí, algo se reprime frente al Chéjov que sí miraba alrededor. ¿Qué le pasaba a estos jóvenes entre los años 80 y 90? Casi nada excepto sus sentimientos, sus amistades, noviazgos y desencuentros: y hoy, ella en el paro como actriz, y él casado con María, con la que ha tenido un hijo y que todo el mundo conoce sus engaños diarios con el exitoso seductor de entonces, un tal Gabi que se tiraba a todo el pueblo, incluyendo a Nina. El autor también se ha ausentado del realismo histórico, contándonos dramas cotidianos a través de los encuentros que domina magistralmente. Sí lo ha hecho en otras obras, como en la inolvidable trilogía -como coautor- iniciada con Las manos, o en su primera obra conocida Para quemar la memoria (1995).
    Con esta gaviota herida, hace Laia Marull una interpretación impresionante, desde la fuerza hasta la fragilidad, en difíciles y desesperadas escenas de llantos entre el coñac; con pasión o agresividad. Su creación colabora claramente con el propio y estupendo texto, que sin duda habrá apreciado el autor. El también variable y vencido Blas lo hace muy bien Juanjo Artero, y el observador y provocador Esteban se favorece de la brillantez de Ricardo Moya. Al cineasta Salvador García Ruiz le encargaron este montaje, y en su primera visita a las tablas ha demostrado su talento, sin sorprendernos su cuidadísima dirección de los personajes y su conocida sensibilidad. Bien le ha ayudado Antonio Belart, escenógrafo  que crea el íntimo espacio, y la cálida iluminación de Julián Real, desde la noche hasta el amanecer.
Enrique Centeno

domingo, 26 de septiembre de 2010

Una relación pornográfica **

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Autor: Philipe Blasband.

Adaptación de José Ramón Fernández.
Intérpretes: Pastora Vega, Juan Ribó.
Escenografía: Alfonso Barajas.
Iluminación: Juan Gómez-Cornejo.
Dirección: Manuel González Gil.
Teatro: Lara. (22.9.2010)
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Van recordando estos dos personajes las hojas del calendario, sus pasadas relaciones que una voz grave va preguntándoles y obteniendo sus diferentes versiones; en un lenguaje argentino que nos hace pensar en cierta burla hacia el habitual psicólogo. Cada uno en un extremo, explica aquella historia de Relación pornográfica –la película original se tituló en castellano con el adjetivo “privada”- iniciada a través de una propuesta femenina por medio de Internet.
   Ellos no quisieron conocer sus vidas, y ni siquiera sus propios nombres. Él había acudido aquel jueves, por curiosidad, a esa cita a ciegas; ella por el deseo sexual, o por la aventura de los atardeceres, como la Belle de jour que inventó Buñuel. Del café al hotel y de la cama a la calle, marchando cada uno por su sitio. Y aparecen de nuevo –será repetido varias veces- sentados en sus butacas, alejados, donde contestarán a las preguntas del oculto psicólogo, contando que repitieron sus exactas citas de cada jueves, durante unos meses en los que mantuvieron sus pudorosos contactos. Lo que ocurriría al final, quiere el público saberlo, como espías o cotillas con un sutil humor llegando hasta las carcajadas. Y resulta que no hay pornografía, y no les es posible convertirse en un voyeurs.
    Hacen un trabajo magnífico tanto Pastora Vega como Juan Ribó. Esa mujer –la protagonista- le mira como desde un mirador, le examina, le sonríe, le observa como a un gustoso retrato; se enfrenta descaradamente hacia el patio de butacas. El personaje de Ribó balbuceó en su primera escena del encuentro, y entre recuerdos andaba su cabeza entendiendo lo que sucedió; serio, volador aún sin conseguirlo, mirándose a sí mismo o a un lejano misterio. Sus textos rompen y dan vida al diálogo: él escéptico, y ella una buena narradora. El dúo brilla con eficacia, tanto en los monólogos como en las acciones.
    El acertado ritmo lo consigue el director, Manuel Gómez Gil, ante un decorado sencillo, llamativo, en el que Alfonso Barajas hace ver, en el fondo, una especie de fotogramas fijos del paisaje urbanístico en blanco y negro, como alejado y frío frente al aislamiento de la pareja. El excelente iluminador, Juan Gómez-Cornejo, ha querido situar los proyectores tenues y cenitales, con contraluces y sombras, que no permiten apreciar suficientemente los gestos de los personajes, especialmente del actor. O lo he visto yo mal.
No se trata de un texto maravilloso, pero con el suficiente talento para una excelente comedia que obtendrá su éxito, como ocurrió la noche del estreno.
Enrique Centeno

viernes, 27 de agosto de 2010

Exilios **

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Autores: Guillermo Heras, Juan Mayorga, Torres Molina,
Luis Mario Moncada, Luis Miguel G. Cruz, José Ramón
Fernández, Raúl Hernández Garrido, Inmaculada Alvear,
Ángel Solo.
Intérpretes: Amaranta Osorio, Cecilia Pérez Pradal, Gerardo
Quintana, Mariano Rochman, Ángel Solo, Maite Reitiño.
Dirección: Guillermo Heras.
Teatro: Sala Cuarta Pared. (1.7.2005)
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Este montaje se estrena justamente en el momento en el que docenas de marroquíes intentaron pasar a España saltando los muros de la frontera. En los encuentros con el servicio de la Guardia Civil, entre carreras e intentos, uno de los pretendidos resultó muerto en el alambrado. Se trata de un buscado exilio para lograr huir de la pobreza y el hambre, también con procedentes de África Central, inmigrantes prohibidos cada vez más numerosos.
    La obra de Exilios se compone de diversas escenas distribuidas entre diferentes autores, que han sido unidas –probablemente por encargo- por el director, Guillermo Heras. Cuenta con autores ya conocidos, desde Juan Mayorga a José Ramón Fernández, Luis Miguel G. Cruz, Raúl Hernández Garrido, Inmaculada Alvear, Ángel Soto, el propio director Guillermo Heras, y con los nuevos –para nosotros- Torres Molina y Luis Mario Moncada. Iremos asistiendo a las diferentes expatriaciones continuas en nuestra historia. Desde el sueño buscado, a la persecución religiosa o política, con los enfrentamientos y hasta las propias guerras internas. Los estupendos textos se dedican a la represión y los levantamientos militares, todo ello entre África, Chile, Argentina y, naturalmente, la propia España.
    Son hechos conocidos y sufridos, pero esta función de Exilios apenas añade en sus textos –con hermosa poética- la suficiente fuerza dramática. No se resiste a los tópicos –realidades- de los atacadores falangistas en aquella triste España de la Guerra Civil. Con correcta e incluso excelente interpretación –no es posible referirnos con precisión, al no indicarse los correspondientes nombres de los actores sobre sus personajes-, que dirige, con su conocida sabiduría, Guillermo Heras.
    La creación la monta el Teatro del Astillero, una formación que va marcando, poco a poco, un camino ambicioso en textos y puestas en escena. A pesar del éxito, no creemos que se haya conseguido el alto nivel de esta compañía en otros estrenos.
Enrique Centeno