Intérpretes: Nuria Espert, Rosa María Sardá, Teresa Lozano,
Rosa Vila, Marta Marco, Nora Navas, Rebeca Valls,
Vestuario: Isidre Punés.
Iluminación: María Domènech.
Dirección: Lluís Pasqual.

La represión y el encierro de las mujeres en el retablo de La casa de Bernarda Alba lo escribió García Lorca dos meses antes de su asesinato -19 de agosto, 1936-, y no se conoció hasta 1945, estrenándolo Margarita Xirgu cuatro años después. Comienza la función con la casa vacía, solo con La Criada limpiando -lo interpreta muy bien Tilda Espulga-, que rumia su celebración de la muerte del amo. Entrará a escena Poncia, servidora unida a la familia. Se va llenando la habitación con un hormiguero de mujeres tras el responso en la Iglesia.
La hija mayor –treinta y nueve años, hijastra del fallecido “Antonio María Benavides”- es Angustia,

una uva pasa y áspera del racimo de Bernarda -estupendamente Rosa Vila-, con la obsesión por casarse con un repetido e invisible “Pepe Romano”. La actriz Marta Marco crea muy bien a Magdalena, la segunda de la familia, sumisamente colgada en el racimo. El personaje de Amelia, de veintisiete años, lo hace Nora Navas, con la ternura de un ser tímido que declarara: “No sabe una si es mejor tener novio o no tenerlo”. La uva amarga es Martirio -su nombre ayuda, como en las demás-, frustrada por haberle sido prohibido relacionarse con mozo -lo borda Rebeca Valls-; Adela, a sus veinte años, se enfrentará a la represión y el castigo, con amante nocturno -del famoso Romano, entre cajas y mudo-, un vino dulce que terminó con la tragedia y lo hace maravillosamente Almudena Lomba. Y María Josefa es esa abuela considerada loca y encerrada en su habitación. Consigue salir a escena un par de veces, agarrada a su esperanza de salir fuera, de huir de esa casa y tener una hija nueva. Una preciosa fantasía de Lorca: como a un bebé, aprieta entre sus brazos el tierno cachorro de una oveja, que bien lo dice en unos versos dolorosos: Bernarda,/ cara de leopardo,/ Magdalena,/ cara de hiena/ (…). El personaje, brillante, siempre es encarga a una buena actriz, que en esta ocasión lo consigue estupendamente Teresa Lozano.
En el Primer Acto, con vestidos negros contra el blanco tapiz, rezan y susurran en sus sillas las siniestras mujeres. Ya se conocía a Poncia, y nos faltaba Bernarda, la cepa salada. Entró junto a las hijas, erguida, mirando –efectivamente como un leopardo-, asida a su bastón de mando y de golpes. Dictó su primera frase: ¡Silencio! ; Tribunal Inquisitorio de las cinco. Es el esperado enfrentamiento entre Bernarda y Poncia: Nuria Espert y Rosa María Sardá. Ésta con voz grave y ojos de aguas; ella con palabras agudas. Las dos formarán en sus diálogos un apasionante concierto del do-re-mi –Sardá- y del fa-sol-la - Espert-; Poncia, voces bajas y miradas abiertas, y Espert, altas y rabiosas, a veces con la furia que lleva hasta dentro. Empezó Bernarda con la orden que hemos citado; la última frase en el oscuro final, la mastica temblando sus labios, tiritando por dentro su cuerpo, la casa y hasta las butacas tras el suicidio: ¡Silencio, silencio he dicho. ¡Silencio!. Rosa María Sardá siempre mira con sus abiertos ojos.
A Espert se le recuerda en el más famoso e histórico espectáculo de Lorca, Yerma , inolvidable en el Teatro de La Comedia (1971) -montaje de Víctor García (1936-1982), y hace poco, con textos del poeta y con Pasqual-. Por su parte, Sardá fue dirigida también por él en Madre Coraje, de Brecht, cuya creación será también inolvidable, desde aquel 1986. No sabía el público cómo cesar de aplaudir en pie cuando terminó la obra. A ellas y a Lluís Pasqual, dueño de la casa de Bernarda.
Enrique Centeno
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