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miércoles, 9 de noviembre de 2011

Pervertimento **

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Autor: José Sanchis Sinisterra.
Intérpretes: Adela Fernández, Elena López-Nieto,
Inma Romero, Lorena de Simón, Tirma Velasco,
Enrique Santos (piano).
Dirección: Juan M. Gómez
Teatro: Las Aguas. (27.7.2000)
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Ejercicios de estilo

Sanchis Sinisterra es autor muy dedicado a la enseñanza, en talleres de teatro, donde propone ejercicios en los que, a partir de una idea, se desarrolle la dramaturgia final. Con este procedimiento, ha elaborado un innumerable repertorio de piezas cortas, monólogos o diálogos, con no más de dos personajes. Algunos están recogidos, precisamente, en una compilación que lleva el título de Breverías. El espectáculo que acabamos de ver se titula Pervertimiento, y es una especie de ejercicios de estilo, muy recurrente para salas de pequeño formato, como este Teatro de Las Aguas donde ahora se representa.
José Sanchis Sinisterra

    Otra debilidad del autor es el metateatro: la escena como argumento, como tema en sí mismo. Lo hizo desde su primer éxito, Ñaque, lo continuó con ¡Ay, Carmela!, y después con otra obra magistral, El cerco de Leningrado. Estos “pervertimientos” son, naturalmente, más modestos. Una monologuista que habla y habla para no decir nada; una profesora de teatro que ensaya pero no hay nada que llevar a escena; una actriz que nos cuenta cosas de ella misma y que no quiere irse del escenario porque allí está su personaje, su vida... Hay un punto en común en la media docena de cuadros: una especie de dadaísmo, un juego lenguajes de una inmisericorde incontinencia verbal –impresionante- en la que, sin embargo, nunca se dice algo, jamás se entiende a dónde se va a parar, qué es lo que ocurre. Hasta que el espectador se da cuenta de que lo vacío, absolutamente lo vacío, sucede en cada una de las escenas. A eso nos referimos al hablar de un ejercicio de estilo, o una práctica actoral.
   Quienes hacen el espectáculo son cinco actrices jovencísimas, apoyados por un excelente pianista que interviene, levemente, en lo que llamaríamos la acción, si la hubiera. Se comportan como en una clase, un taller de aprendizaje.
    Se dirigen al público con desparpajo y transmiten un natural entusiasmo. Probablemente, la mayor dificultad para ellas es construir personajes en las piruetas de aire, con pocos recursos dramáticos. Y lo consiguen bien. No queremos decir que sea un trabajo fuera de serie, ni mucho menos, porque a todas ellas les queda un largo camino todavía. Pero hay talento, ganas, entusiasmo y facultades, en estas actrices, a las que ha dirigido, también con talento incipiente, Juan M. Gómez. Quizá, estos ejercicios han capacitado a todos ellos, para acometer alguna empresa de más vuelos.
Enrique Centeno

martes, 25 de octubre de 2011

Pervertimiento **

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Autor: José Sanchis Sinisterra.
Intérpretes: Adela Fernández, Elena López-Nieto, I
Inma Romero, Lorena de Simón, Tirma Velasco,
Enrique Santos (piano).
Dirección: Juan M. Gómez
Teatro: Las Aguas. (27.7.2000)
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Ejercicio de estilo

Sanchis Sinisterra es autor muy dedicado a la enseñanza, en talleres de teatro, donde propone ejercicios en los que, a partir de una idea, se desarrolle la dramaturgia final. Con este procedimiento, ha elaborado un innumerable repertorio de piezas cortas, monólogos o diálogos, con no más de dos personajes. Algunos están recogidos, precisamente, en una compilación que lleva el título de Breverías. El espectáculo que acabamos de ver se titula Pervertimiento, y es una especie de ejercicios de estilo, muy recurrente para salas de pequeño formato, como este Teatro de Las Aguas donde ahora se representa. 
José Sanchis Sinisterra
   Otra debilidad del autor es el metateatro: la escena como argumento, como tema en sí mismo. Lo hizo desde su primer éxito, Ñaque, lo continuó con ¡Ay, Carmela!, y después con otra obra magistral, El cerco de Leningrado. Estos “pervertimientos” son, naturalmente, más modestos. Una monologuista que habla y habla para no decir nada; una profesora de teatro que ensaya pero no hay nada que llevar a escena; una actriz que nos cuenta cosas de ella misma y que no quiere irse del escenario porque allí está su personaje, su vida... Hay un punto en común en la media docena de cuadros: una especie de dadaísmo, un juego lenguajes de una inmisericorde incontinencia verbal –impresionante- en la que, sin embargo, nunca se dice algo, jamás se entiende a dónde se va a parar, qué es lo que ocurre. Hasta que el espectador se da cuenta de que lo vacío, absolutamente lo vacío, sucede en cada una de las escenas. A eso nos referimos al hablar de un ejercicio de estilo, o una práctica actoral.
    Quienes hacen el espectáculo son cinco actrices jovencísimas, apoyados por un excelente pianista que interviene, levemente, en lo que llamaríamos la acción, si la hubiera. Se comportan como en una clase, un taller de aprendizaje.
    Se dirigen al público con desparpajo y transmiten un natural entusiasmo. Probablemente, la mayor dificultad para ellas es construir personajes en las piruetas de aire, con pocos recursos dramáticos. Y lo consiguen bien. No queremos decir que sea un trabajo fuera de serie, ni mucho menos, porque a todas ellas les queda un largo camino todavía. Pero hay talento, ganas, entusiasmo y facultades, en estas actrices, a las que ha dirigido, también con talento incipiente, Juan M. Gómez. Quizá, estos ejercicios han capacitado a todos ellos, para acometer alguna empresa de más vuelos.
Enrique Centeno

jueves, 4 de agosto de 2011

La raya del pelo de William Holdem **

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Autor: José Sanchis Sinisterra.
Intérpretes: Ana Torrent, Manuel Galiana,

José Luis López Vázquez.
Escenografía y vestuario: Montse Amenós.
Drección: Daniel Bohr.
Teatro: Arlequín. (30.1.2001)
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 En un cine pulgoso

No importa que la idea no sea nueva, porque la hermosa escenografía de Amenós, un viejo y decrépito cine de barrio, crea una atmósfera llena de sugerencias. Y entre las viejas y pulgosas butacas, sitúa Sanchis Sinisterra un extraño encuentro tras treinta años; Esteban y Catalina –Manuel Galiana y Ana Torrent- son personajes crepusculares, solos en la platea, merodeándose y fingiéndose, el uno al otro, hasta descubrir sus verdades, para de nuevo volver a la separación.
    Como en la inolvidable película Cinema Paradiso, en este cine es continua la referencia continua, de las músicas los efectos o los diálogos de viejos celuloides. Antiguos dramas o historias exóticas de aventuras africanas u oceánicas.
    Algo ocurre, sin embargo, en la escritura de Sanchis Sinisterra para que no todo funcione. Probablemente una excesiva demora en la primera parte, como si quisiera recrearse en el juego sin considerar que el espectador va cansándose de él. Gana después la función, pero es tarde para remontase. Y todo ello a pesar de que hay una muy buena dirección de Baniel Bhor -gozó de gran prestigio entre nosotros, pero abandonó España hace tres décadas, y no volvimos a verle--, que sabe crear esa atmósfera y ese calor preciso, entre las vetustas butacas; y especialmente, una interpretación magnífica de Galana en un personaje poliédrico, fascinante como eterno perdedor, como el Ulises que nunca encontrará Ítaca con su humilde petate a cuestas cargado de reliquias. O la de Ana Torrent, enigmática, en un trabajo muy limpio, austero casi, pero que sabe recorrer registros muy variados con toda perfección. Y el vejo acomodador lo hace José Luis López Vázquez, con su habitual veteranía, su facilidad para desparramar gestos y aspavientos.
    Por la reacción del público y por lo que vimos, no parece que estemos ante uno de los grandes textos lel autor valenciano -que es lo que se esperaba-, aunque es seguro que contiene suficientes méritos, y posibilidades para que pudiera ser arreglado.
Enrique Centeno

miércoles, 22 de diciembre de 2010

La máquina de abrazar **

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Autor: José Sanchis Sinisterra.
Intérpretes: María Pastor, Elia Muñoz.
Iluminación: Pablo Joenicke.
Audiovisual: David Benito.
Espacio escénico y dirección: Juan Pastor.
Teatro: Guindalera. (12.2010)
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El programa de mano informa que La máquina de abrazar es un término que creó Temple Grandin, doctora especializada en el autismo. También cita un relato del neurólogo escritor Oliver Sacks. No conocemos que un personaje autista haya sido, en nuestro teatro,  el tema central. Sí los recordamos muy bien en las dos famosas películas, Forest Gump (Tom Hanks) y Rain Man (Dustin Hoffman).
    A José Sanchis Sinisterra, el autor más presente en nuestras escenas, le ha interesado tanto, que en el texto muestra su acercamiento al autismo. No es un argumento ambicioso, sino la explicación o comunicación del mundo interno de estos enfermos. Finge hacernos asistir a un congreso internacional donde dicta su ponencia la doctora Miriam. La estupenda actriz, Elia Muñoz, aguanta en solitario una conferencia larguísima –larguísima en el inicio, casi de un cuarto de hora-, donde aprenderemos muchas cosas y nos quedaremos sin entender gran parte de sus argumentos en lenguaje científico plagado de términos desconocidos. Tanta ciencia médica nos cansa en nuestra ignorancia, esta lección que nos obliga a intentar traducir el diccionario de cultismos. Una ristra de términos de la psicología, psiquiatría o neurología en formaciones sintácticas casi de exhibición gramática. Le ha gustado a Sinisterra manifestar o haber aprendido esta ciencia. Hace la actriz un increíble esfuerzo intentando encontrar -con el director Juan Pastor- ritmos y velocidades para poder abreviar los discursos hasta conseguir el éxito en los diálogos posteriores de esta función, que dura algo más de una hora.
    La investigadora basa su ponencia en el trabajo analítico sobre una joven autista a quien mostrará a los asistentes –señala frecuentemente a los espectadores, como supuestos congresistas que somos-, con la que trabaja y a quien examina. Mal gusto este escaparate que le ha recordado al autor, probablemente, el humillante Informe para una academia, de Kafka. Un microscopio público que, con cierta morbosidad, todos estamos deseando conocer. Y por fin entra Iris. Se llama así, como una mirada multicolor o como el fondo de sus ojos.

Viene como surgida de una planta -allí presente- con un libre y sencillo vestuario dominado por el verde del que procede. Su rostro es la ausencia del alrededor,  soñandor, reconociendo o volando hacia otro mundo. Produce amor, casi envidia. Camina extendiendo su brazo hacia arriba, su mano busca y quiere tomar lo que no sabemos; lo que ella sí sabe. La doctora habla y pregunta cosas que nos importan muy poco. Iris se enfada, a veces con una tensión nerviosa cercana a la esquizofrenia. Es la frustración de no ser comprendida desde su viaje interno. ¿Dónde está Iris en su lejanía? No conocemos su mundo, y aquí le atrae continuamente el verde de las plantas. Es imposible averiguarlo. (Sí se conoce la atracción entre los autistas y los animales, especialmente los caballos). La interpretación de María Pastor es extraordinaria, enamora en su ausencia. Pasea y acaricia la frescura del verde con su propia juventud. Es ella lo que verdaderamente salva al autor de estra floja obra.
Enrique Centeno

martes, 27 de enero de 2009

Flechas del ángel del olvido **

Internada en un sanatorio, silenciosa y amnésica, prefiere esta joven (X) permanecer fuera del mundo, encerrada en sí misma entre sus dudas sobre la realidad. Van visitándola, uno a uno, cinco personas a quienes la rígida enfermera, lesbiana, va autorizando su entrada. Cada vez se dirigen a ella con nombres diferentes, como Virginia, Margarita o cualquier otra, como madre, hermana o chulo y machista. Hablan gritando, recurren a falsedades o a los despreciables tiempos del pasado, haciéndole aumentar su crisis. Cada cual cuenta sus disparatadas historietas. Sueltan sus diez minutos de monólogos, esa fórmula que suele utilizar el autor, José Sanchis Sinisterra.
Su olvido va reaccionando ante la llegada de un personaje denominado Erasmus –inicia el título con las palabras Flechas del ángel (?)-, afectuoso y habiendo acudido allí por encargo de su madre –o abuela, es lo mismo- y que va creando en ella una nueva mirada, una conversación en la que se relaciona el humanismo, una salida que busca este tierno personaje. Lleva consigo únicamente un bolso en el hombro: solamente con eso, deciden unirse para buscar, juntos, una vida diferente, un camino nuevo. Es la mejor escena, la que posee sentido por primera y única vez. Una original acción poética, amorosa entre los dos que aquí tiene sentido, una fantasía sobre nuestra cultura, el vacío de la existencia vital, y hasta las ausencias de vitalidad.
Esta obra se estrenó hace tres años en el teatro de La Abadía, donde la dirigió el mismo autor -ya saben que ahora hay autores que se meten a dirigir, generalmente con el fracaso-, para la que he preferido la amnesia en su aburrimiento e incomprensión. Esta representación, en cambio, lo hace un conjunto de actores magníficos, entusiasmados, bajo la dirección de Miguel Torres, en la sala Lagrada. Es por ello por lo que se puede acudir.
Enrique Centeno
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Autor: José Sanchis Sinisterra
Intérpretes:Nuria Garrudo, Maite Zahonero,
Pedro Ampuria, David Solera, Olga Martín Meseguer,
Aeantza Matud.
Dirección: Miguel Torres.
Teatro: Lagrada. (26.12.200)


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martes, 2 de diciembre de 2008

Bartleby, el escribiente **

Ha adaptado José Sanchis Sinisterra la novela corta Bartleby, del autor norteamericano Herman Melville (1819-1891), más conocido por su Moby Dick. Son dos personajes, un abogado –Juanma Gómez- en el despacho de su oficina, y un nuevo ayudante escribiente. La convivencia crea una extraña relación, entre el silencio y la negación del recién llegado –Israel Ruiz-. No cumple ninguno de los encargos, ni siquiera el ocupar su lugar destinado como contratado. La tensión en la empresa va creciendo de manera chocante, hasta que el empleado toma ese espacio como hospedaje para quedarse en él.
La acción se inicia con un monólogo o discurso en el que el abogado cuenta una curiosa e incomprensible historia. El relato lo transforma Sinisterra en texto teatral: lo intenta, prácticamente durante una larga primera escena, con el mismo procedimiento novelístico puesto en manos de los personajes. Un discurso de aquella historia, es el lamento de la experiencia pasada en la desconcertada vida que tuvo. El relato de Melville no se traslada al teatro. La repetición de sus páginas, desde la corbata del escenario, podría igualmente servir a un lector, lejos de un intérprete. (Cabe recordar la magnífica El lector por horas, original de Sinisterra, con numerosos textos ajenos, trasladados a una nueva obra teatral).
El absurdo, el humor, el jefe y el empleado, es un montaje sencillo decorado, logran una función agradable -breve duración- que llega justamente tal como es el original. Aplaudimos con ganas, y lo hicimos por esos dos actores inteligentes, Juanma Gómez –a pesar de su cierta escasez de tonalidad-, e Israel Ruiz, silencioso, con apenas leves acciones y fuerza total en sus diálogos ligerísimos, con sus miradas. El director ha estrujado bien el simple escenario.
E.C.
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Autor: Herman Melville (Dramaturgia de José Sanchis Sinisterra).
Intérpretes: Juanma Gómez, Israel Ruiz.
Escenografía y dirección: Pedro Forero.
Teatro: Círculo de Bellas Artes (25.3.2008).
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