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lunes, 7 de mayo de 2012

Entremeses barrocos **

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Autores: Calderón de la Barca, Bernardo de Quirós, Agustín Moreto.
Versión de Luis García-Araus
Intérpretes: Francesco Carril, Héctor Carballo, Mon Ceballos, Carlos Jiménez-Alfaro, 
Mamen Camacho, Julián Ortega, Paloma Sánchez de Andrés, Eva Trancón, Jesús 
Hierónides, Fernando Sendino, Jesús Calvo, José Vicente Ramón, Rebeca Hernández, 
Ángel Ramón Jiménez, Íñigo Rodríguez-Claro, Roni Misó, Víctor Rubio, Ángel Galán, 
Sergey Saprychev, Dolores Navarro.
Música: Ángel Galán (piano), Sangey Prychef (percusión), Dolores Navarro (clarinete), 
Héctor Garoz (fagot).
Escenografía: José Luis Raimind.
Vestuario: Luis García-Araus.
Iluminación: Pedro Yagüe.
Dirección: Pilar Valencia, Elisa Marina, Aitana Galán, Héctor de Saz.
Teatro: Pavón (Compañía Nacional de Teatro Clásico).
(3.5.2012)
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Todo es la plástica

Reúne y enlaza este espectáculo ocho piezas (Mojiganga de los informes de amor, Entresijo Primero, Entresijo Segundo, Entresijo Tercero, El toreador, Los degollados, de Calderón de la Barca; El muerto Eurasia y Tronera, de Bernardo de Quirós; El cortacaras, de Agustin Morata) de entremeses, jácaras o pasos. Introducciones de textos y bailes, músicas y la búsqueda de la verdadera diversión. Poco se acercan aquí al costumbrismo o farsas atacadoras hacia el propio mundo del Siglo de Oro (arrancó antes Lope de Rueda en sus Pasos, y con genio, sin duda, son los de Cervantes). No hay que pensar en la vaciedad de esta puesta en escena, lo cierto es que el escenario de la  Compañía Nacional de Teatro Clásico se ha convertido en una fiesta. 
    Entre piratas y piruetas, son ridiculeces que apenas consiguen el propósito de burlar la injusticia y la falsedad. Lo que menos importa es resolver  la dificultad de los textos, sino más bien ordenar una rueda de circo en la que se mezcla la zarzuela buffa, los disfraces atractivos, o  la magnífica compañía dedicada a acciones, saltos, piruetas o músicas de aquí o de allá: incluso utilizan a uno de los personajes que ocupará  la escena con una maltocada guitarra eléctrica. Es imposible averiguar a dónde lleva esta representación. Lo quieran o no, el resultado es de una continua jácara. Hay algún momento en que los personajes dan saltos, o caminan adelante o atrás en coreografías disparatadas -aquí no hay sociedad alguna-, gritos y carreras por los pasillos. Puntualmente se conserva el interés textual, con diálogos que, en general, poco se entienden en su vocalización y la valoración de los versos. Lo que importa es la carcajada.
El arranque de este montaje hace entu- siasmarnos con la pre- sentación bri- llante, formi- dablemente realizada por los cuatro directores. Lo será durante sus dos fatigo- sas horas y esperaremos lo que ocurrirá después. El resultado es la bufonada y el descuidado contenido de los textos. El procedimiento va descendiendo: ya hemos admirado la forma física, su acrobacia contorsionista o los malabarismos entre payasos que hablan demasiado. Es todo un circo sin que apenas nos importe lo que cuentan. 
    Cómo no admirar y respetar a un enorme elenco, muchos de ellos conocidos y admirados, pero siempre víctimas de la mala dirección de actores. Una larga lista podría confirmarlo.
    Merecen la admiración. No sabemos dónde están aquellos Pasos y Entremeses, crueles a veces en el desgarrado ataque de sus autores. Al final, el público del estreno los despide  con entusiasmo por el  lucimiento  de esta función. Se sale del teatro con la reflexión vacía y el desconocimiento del testimonio social de este original barroco. 
Enrique Centeno

jueves, 12 de abril de 2012

El galán fantasma *

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Autor: Calderón de la Barca.
Intérpretes: Carmen Morales, Paloma Paso Jardiel,
Antonio Vico, Felipe Jiménez, Pedro Valentín,
Francisco Piquer, Eva Cobo, Francisco Lahoz, Paco
Paredes, Ana Escribano.
Escenografía y dirección: David Bello.
Lugar: Muralla Árabe. (10.7.2000)
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Rubor en la Muralla Árabe



La fiesta anual del teatro que se celebra en la Muralla Árabe, programada por los Veranos de la Villa este año de dedicada, cómo no, a Calderón de la Barca en su cuarto centenario. Además, con una especie de hilo musical previo, en el que se obsequia por los altavoces con el fondo sonoro de los clásicos versos; se ofrecen las habituales atracciones de feria, fragmentos y pequeñas piezas aquí y allá dentro del hermoso marco de este recinto. Y el plato fuerte calderoniano: la comedia de El galán fantasma.
    Para este juego de engaños, para este divertido enredo, se ha contado con un curioso elenco. Lo dirige David Bello, que ya el año pasado nos mostró su profunda torpeza con un Tirso de Molina infame. En esta ocasión se ha encargado, de nuevo, también de la escenografía, una cosa viejísima de cartón piedra ante la cual mueve a sus actores de forma encantadoramente escolar con movimientos aburridos, con tráfico soso y planos. Sucede que estas comedias de capa y espada de Calderón son muy difíciles de poner en escena, porque requieren de una especial sabiduría y un conocimiento de ritmos escénicos, que sólo los excelentes directores son capaces de obtener. 
    El galán fantasma, para hacernos una idea, lo montó el maestro José Luis Alonso Mañes en el teatro Español con motivo de otra conmemoración de Calderón, el trigésimo aniversario (1981) de su muerte: constituyó entonces un gran éxito corroborando, una vez más, su talento. El cual se extendía, como es natural, a la elección de sus intérpretes, entre los que estaban María José Goyanes, José María Pou o Pedro Mari Sánchez.  En el escenario de la Muralla Árabe está hoy de protagonista una famosilla de la televisión, Carmen Morales; otra famosilla de la comedia, Eva Cobo; un payaso exhibicionista haciendo de gracioso, Pedro Valentín; y así sucesivamente. Que el ayuntamiento de Madrid rinda homenaje a uno de sus conciudadanos ilustres en el cuarto centenario con este espectáculo, produce verdadero rubor. Por fortuna posee un entreacto, lo cual permite salir huyendo de allí para evitar tanta vergüenza ajena.
Enrique Centeno

lunes, 13 de febrero de 2012

La dama duende **

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Autor: Calderón de la Barca. 
Versión de José Luis Alonso de Santos.
Intérpretes: Enrique Simón, Alfonso Lara, Lola Baldrich, 
Celcilia Solaguren, Pedro Casablanc, Pablo Rivero, 
Débora Izarrigue, Gonzalo Gonzalo. 
Escenografía y vestuario: Llorenç Corbellá. 
Dirección: José Luis Alonso de Santos.
Teatro: La Comedia. (CNTC). (28.4.2000)
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Risas con Calderón
Ha elegido la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC) un título del más risueño Calderón, para celebrar el cuarto centenario del sacerdote barroco. Una comedia de enredo, de amores, de engaños y de esa perfecta relojería con la que supo superar al mismísimo Lope, cuya biografía, sin embargo, estaba en las antípodas del autor de La vida es sueño. Esta obra, La dama duende, es un  montaje casi mítico de otro director, y que la puso en escena en distintas ocasiones. Nos referimos al casi homónimo del autor de este montaje, Jose Luis Alonso Máñez , maestro que decidió terminar con su vida, hará pronto diez años, cuando La dama duende permanecía aún en escena con notable éxito en la CNTC.
    Como casi todas las comedias de nuestro teatro áureo,  La dama duende es una tontería magistralmente escrita y perfectamente construida: un pasatiempo, un juego, una evanescencia, cuyo mayor mérito es la versificación, el juego del lenguaje, el ritmo goloso y apetitoso que el autor imprime a sus versos. Nuestro comediógrafo actual, el también director José Luis Alonso de Santos, se ha propuesto divertirse también con esta diversión.Lo consigue en su adaptación y, sobre todo, en su dirección, que arrea por los caminos del desenfado, de la frescura, de la irreverencia y de la guasa. De Santos conoce bien los recursos clásicos del juego escénico de la comedia, y monta sus escenas con brío, con un ritmo admirable que imprime a los actores, con esa naturalidad inverosímil que consigue hacer que cada palabra, cada verso, lleguen al patio de butacas remozados, traducidos, cómplices imprescindibles para la utilización de esa alacena tramposa que separa la pasión de la represión, el ansia del comedimiento, la verdad de la mentira (ah, ese barroco que muestra siempre las dos caras de una misma verdad, de la que Calderón no se libra ni siquiera cuando se pone travieso, como en esta ocasión).
   Es lástima que en este montaje se haya dispuesto de una escenografía incomprensible, verdaderamente horrorosa, cuya intención se adivina, pero cuya realización es una especie de escaparate navideño –costoso, faltaría más- que no sirve, ni funciona, ni conceptualmente para la propia puesta en escena. Causó casi verdadero escándalo este trabajo del escenógrafo Llorenç Corbellá, ciertamente infame; no se comprende tampoco el arbitrario anacronismo de vestir a los personajes con trajes del siglo XIX, sin que haya referencia o justificación a tal estética, aunque sus  diseños sean, sin duda,  de gran belleza.
    Son complicados nuestros clásicos, y nunca se hacen al gusto de todos. A nosotros nos gusta esa frescura que los actores y el director han imprimidlo, sin ninguna reverencia, al comediógrafo Calderón, porque de otra manera, no resistiría el paso del tiempo este de enredo. Acciones y lúdicos accesorios, imaginación, diversión y fiesta: esa es la clave de una comedia de enredo, ayer, hoy, y siempre, como sabe bien Alonso de Santos, especialista  en su género. Ha contado con colaboradores excelentes –Joaquín Campomanes, que monta las luchas de espada con espectacularidad- y con otros no tanto: su asesor de verso, por ejemplo, ha permitido que los actores abandonen el ritmo interno –tan importante en nuestro teatro clásico- hasta llegar, en algunos momentos, a parlamentos verdaderamente escandalosos en ese sentido. No se pueden convertir nuestros octosílabos –base del ritmo teatral del que hablamos- en versos de diez, de once o hasta de doce sílabas, porque el actor no quiera hacer sinalefas, sinéresis y otras licencias. Purismos aparte –eso nunca- lo cierto es que chirría, en no pocas ocasiones el verso, aunque también, hay que decirlo, la versión y la dicción de todos hace que se siga con absoluta inteligibilidad; algo que no siempre se consigue con nuestros clásicos. Hemos señalado dos graves defectos, la escenografía y el verso –que en algún actor roce el escándalo, como en Alfonso Lara, por qué no decirlo, aunque haga un estupendo “gracioso”-, pero el conjunto del espectáculo nos remite a los perdidos tiempos en los que la CNTC ofrecía obras vivas para la polémica, para la diversión, para el encuentro no arqueológico, que es lo que el espectador esperaba  desde el anterior director  Marsillach.
Enrique Centeno

lunes, 23 de enero de 2012

En la vida todo es verdad y todo mentira **

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Autor: Calderón de la Barca.
Versión: Ernesto Caballero.
Intérpretes: Carmen del Valle, Ramón Barea, Karina Grantivá, 
José Luis Esteban, Iñaki Rikarte, Jorge Machín, Paco Ochoa, 
Jorge Basanta, Jesús Barranco, Miranda Gas, Sandra Arpa, Diana Bernedo, 
Marta Aledo, Georgina de Yebra, Borja Luna, Paco Déniz.
Dirección musical y arreglos: Vanesa Martínez.
Escenografía: José Luisaymond.
Iluminación: Paco Ariza.
Dirección: Ernesto Caballero.
Teatro: Pavón (CNTC). (19.1.2012). CNTC
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Política y fantasía
 De Calderón, entre sus más de cien dramas, se ha querido estrenar este En la vida todo es verdad y todo  mentira. Tiene una complejidad de tema y de contenido: político, filosófico, mitología o fantasías. Y encontraremos una relación con las tragedias que Shakespeare -salvando la distancia- trató como testimonios históricos de su país. Es quizá uno de los motivos que ha conducido al director  Ernesto Caballero.
    En realidad, lo que más nos ha satisfecho de este montaje es el arte escénico -suerte de que ya se haya cambiado la dirección de la Compañía  Nacional de Teatro Clásico (CNTC)-, porque el olvidado título –como tantos otros- se ha quedado en tercer lugar. El mayor valor del teatro áureo es la construcción –a partir de Lope- y, sobre todo, las maravillosas versificaciones. En esta obra no existe esa gran calidad y riqueza; carece de esos juegos poéticos, los atractivos diálogos estróficos o el ritmo vital de sus textos.
    En su propia versión, Caballero ha ido trasladando las Jornadas a diferentes tiempos. Esto hace salvar la pesada y difícil explicación de esta historia que inventó Calderón. Pasa de la  antigüedad –hasta con personajes en faldas de kimono-, a los cañones de guerra y a una plástica luminosa del XIX.
Quien da calidad e interés a este montaje no es la formación  de nuestro mejor Barroco, sino el buen reparto, la escenografía y la inteligente dirección.
El emperador de Constantinopla, Focas, tirano y asesino, quiso viajar a una isla siciliana para  buscar a un arrojado y desparecido hijo. Y allí se encontrará  con dos jóvenes,  sin que pueda adivinar cuál de ellos es su  descendiente. El actor Ramón Barea compone una figura, una creación  riquísima, potente y magistral. Mejor le valdría verle en Lear, porque tiene que sostener infinitas ristras de romances; cuánto habrá trabajado.
Resultaba que uno de ellos –Heraclio- era, en realidad, hijo del rey a quien mató Focas. El segundo –Leonido- será el hijo auténtico del dictador. También lo hacen formidablemente Iñaki Rikarte y Jorge Machín, en sus tratamientos de la amistad, la separación, el enfrentamiento físico –insuficientes en estas escenas- y, finalmente, la entrega de la corona al verdadero heredero, Heraclio. Y como debía  de ser, el final del Emperador, con la demostración de que En la vida todo es verdad y todo mentira.
    El espectáculo atrae únicamente por la belleza y, por encima de todo, el formidable conjunto de intérpretes. Esa Libia valiente, o la dulce Cintia, permiten admirar a las estupendas actrices Karina Grantivá y Carmen del Valle. Es un largo reparto de conjunción, con voces, ritmos, versificación y creaciones de personajes. Casi nunca lo hemos visto en las obras habituales de la CNTC –ya siempre los mismos- donde cada cual decía los versos  como podía, o como no, los enseñaban. Claro que había grandes actores, pero no un buen director que solo se ocupaba de sí mismo. Caballero lo ha sabido hacer sabiamente, y los actores dan una lección. Qué pena la elección de esta obra. Sus trabajos en los clásicos mostraron su interés; hace veinte años, con Eco y Narciso, de Calderón (Sala Pradillo, 1991), o para la CNTC con Sainetes, de Ramón de la Cruz (2006), uno de los más importantes y formidables montajes. Seguro que volveremos a aplaudirle ante otro título.
Enrique Centeno

lunes, 29 de agosto de 2011

El alcalde de Zalamea *

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Autor: Calderón de la Barca.
Intérpretes: Roberto Quintana, Óscar Rabadan,
Jordi Dauder, Pepe Viyuela, Carmen del Valle,
Clara Segura, Fermín Casado, José Luis Santos, etc.
Vestuario: Mercè Paloma.
Escenografía: José Manuel Castanheira.
Iluminación: Quico Gutiérrez
Dirección: Sergi Belbel.
Compañía Nacional de Teatro Clásico.
Teatro: La Comedia. (1.2001)
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Calderón, el bochorno

Parece que la idea genial de este montaje consiste en hacer hablar a los habitantes de Zalamea con acento entre extremeño y andaluz, en tanto el ejército lo hace en el imperialista idioma castellano (el director es catalán, y ésta una coproducción con el Teatre Nacional de Catalunya). De este modo, los inmortales parlamentos de Pedro Crespo y sus paisanos adquieren un aire regionalista y, en su artificiosidad, pierden el empaque del original. Los versos de Calderón no son los de Luis Chamizo.
    Como consecuencia de esta genialidad, se deforman los sonidos originales y se produce una flagrante manipulación de los mismos. Aliteraciones, timbres, sonidos dominantes del original, armonía fonética: todo lo que, como cualquiera sabe, tiene relación directa con intenciones y significados. Que este atentado se haga desde la Compañía Nacional de Teatro Clásico agrava aún más la cuestión, y por eso no es cierto lo que confiesa el director cuando afirma que ha respetado el texto íntegro, porque los sonidos cambiados o suprimidos debiera saber que son tambén el texto mismo, más aún en un monumento en verso como El alcalde de Zalamea.
    Hay muchos más errores, algunos derivados de lo mismo, como un Alcalde que parece sacado de un sainete de los Quintero, y que cambia la severidad, el rigor del personaje y su digno empaque, por un tipo cascarrabias, gruñón y gritón, malhumorado y prepotente. En realidad, casi todo el reparto es muy endeble: el movimiento coral no acompaña a Pepe Viyuela- el gracioso soldado-, que aun así tiene buenos momentos; la frescura y buen hacer de Carmen del Valle –lsabel, la niña violada con un inicio del famoso monólogo formidable-, debe luchar también para mantener el absurdo acento; a Jordi Duder –don Lope-, le resulta imposible mantener sus ingeniosas pláticas con el alcalde porque hay un choque de estilos que chirría.
    El bello espacio escénico, con materiales y texturas, hermosas, no se sabe para qué es, no ubica acciones, desconcierta en el juego, y que el director hace, además, muy pobre, con apenas acciones secundarias, con movimientos elementales; como si no existiesen ejes escénicos externos, ni tampoco impulsos internos en los personajes. En el recuerdo todavía aquel Alcalde que montó José Luis Alonso en este mismo escenario, el espectáculo produce verdadero bochorno.
Enrique Centeno


jueves, 4 de agosto de 2011

La vida es sueño **

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Adaptación y dirección: Calixto Bieito.
Intérpretes: Nuria Gallardo, Boris Ruiz, Joaquín Notario,
Miguel Gelabert, Àngels Bassas, Roger Coma, Carlos
Álvarez, Víctor Rubio, David Martínez.
José Miguel Cerro (cante), Juan Flores (percusión).
Iluminación: Xavier Clot
Vestuario: Mercè Paloma.
Escenografía: C. Bieito y Carles Pujol.
Teatro: La Comedia (Compañía Nacional de Teatro Clásico).
(6.10.2000)
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De nuevo con Segismundo


Hace tan solo cuatro años que la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC) presentó un montaje de La vida es sueño. No importa: la más famosa obra de Calderón merecería formar parte, permanente del repertorio de nuestros teatros, y por muchas veces que la veamos no cesaremos de asombrarnos con sus versos, con sus personajes, y con esa fascinadora trampa calderoniana en la que, como un prodigioso mago, nos hace confundir la realidad con la fantasía, el sueño con la vigilia. La celebración del cuarto centenario de Calderón es, además, un motivo perfecto para que la CNTC reponga este título.
    Es preciso, además, que nuevos públicos, los más jóvenes, tengan la oportunidad de ver este clásico. Y aquí empieza el primer pero. La CNTC tiene la obligación, en primer lugar, de mostrarnos el texto y el mundo de Calderón, trasladarnos aquella ideología barroca, para comprender desde qué óptica se concibe el drama de Segismundo; después, pero sólo después, ofrecer puestas en escena actuales, alejadas de acartonamientos, con estéticas próximas que no lleguen a desvirtuar la esencia dramática. Y ocurre que hay directores que, ante los grandes textos, parecen plantearse, ante todo y sobre todo, qué añadirlos, cómo lucirse, cómo sorprender al público haciendo patente y explícita su propia presencia antes que servirlos.
    En La vida es sueño, Calixto Bieito, el director, hace que Segismundo se masturbe, practique un cunilingüe a Estrella apenas verla, sodomice a Rosaura... El gracioso Clarín es una especie de bombero torero con montera que orina en escena y que cita al río Pisuerga en la Polonia exótica donde quiso situar Calderón la acción (la cual, en sentido estricto, no se quiere contar: las tres jornadas se dan seguidas, sin oscuros, sin entreacto, sin transiciones, como si el tiempo no pasara). Invenciones que se alejan, evidentemente, de la recreación del original.
    Estéticamente, se ha preferido la austeridad escenográfica, el blanco y negro, la ausencia de barroquismo en el vestuario, cuya ucronía va del frac del rey Basilio, hasta al liguero de la joven Estrella. No importa, porque el texto es ya una exhibición portentosa de barroquismo, y el principal conflicto ideológico o filosófico queda muy bien desentrañado. Hay, eso sí, un juego de actores muy rico, unas acciones secundarias imaginativas, y casi siempre apropiadas, elementos que aportan simbolismos clarificadores. El espectáculo es, formalmente, de una caligrafía excelente. Un gigantesco espejo, que cobra diferentes posiciones en el aire, permite ver planos diferentes de los personajes y, finalmente, el propio público se verá reflejado en él. Parece que quiere traducir la realidad y sus distintas posibilidades de interpretación; quizá la falsedad de todo; quizá el que pensemos que estamos nosotros también confundiendo la realidad y la ficción. Puede que sea un recurso estético simplemente ocurrente.
    Tal vez el mayor acierto de Bieito haya sido la elección de Joaquín Notario para el personaje de Segismundo. Bronco, desconcertado, transmitiendo muy bien su tragedia, diciendo los versos casi con perfección y, en algún monólogo, sencillamente magistral. A su alrededor, hay de todo: desde una académica Nuria Gallardo –Rosaura-, una eficaz Àngels Bassas –Estrella-, algún actor absolutamente pasado -Boris Ruiz, como Clarín- y bastantes otros a los que cuesta seguir, por su imperfecta dicción o su escasa voz.
    Montaje, en fin, para la polémica, lo cual es siempre saludable, porque, en todo caso, estamos ante un espectáculo que no puede dejarnos indiferentes.
Enrique Centeno






lunes, 2 de mayo de 2011

El escondido y la tapada *

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Autor: Calderón de la Barca.
Intérpretes: Gabriell Moreno, Orencio Ortega,
Juanma Navas, Ángel Amorós, Pedro Forero,
Sergio Gayol, Ramón Pons, Antonio Castro,
Lola Muñoz, Cristina Juan, Aida Estrada, Maite Jiménez.
Música: Fernando Pérez Ruano.
Escenografía: Lorenzo Collado.
Dirección: Manuel Canseco
Teatro: Galileo. (11.4.2002)
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Los clásicos, escondidos

El teatro Galileo –pertenece al Ayuntamiento, que concede la sala al director y solvente Manuel Cansadia-, ha tenido la iniciativa de programar un ciclo de teatro clásico, y en ella se acaba de presentar El escondido y la tapada, que él mismo dirige.
    Se trata de un enredo de esas estupendas comedias de Calderón, casi un autoplagio de La dama duende (ya sabemos que nuestros clásicos se repetían muchas veces), que tiene su chispa, su gracia, sus versos divertidos, y poco más. El argumento no se basa tanto en la trama –que es siempre un poco boba- sino en la forma espléndida de contarla, especialmente por la riqueza de versos. De manera que lo que más importa es cómo se dice el texto, como resuenan sus quintillas, sus redondillas, sus cuartetos.
    Bueno, aquí suenan regular, por utilizar un eufemismo. Ante un decorado pretendidamente corpóreo –queremos decir que con falsificaciones: no se pueden utilizar columnas y arcos construidos pero decorado con papel pintado imitando azulejos- se mueven actores muy flojitos, algunos de ellos sin la menor idea del verso, sin el conocimiento de cómo se desenvaina una espada y esas cosas. Una dirección convencional recuerda los viejos tiempos de lo que se llamaba teatro clásico en su acepción menor, como esas cosas que vemos en la Muralla Árabe: ya saben, aquí se hacen funciones de verano. Un aplauso a Cristina Juan y a algún otro intérprete, que con su energía salvan una función que parece hecha con desganado. Y otro para el director, en el saludo, que ya ha hecho a clásicos muchas veces y que, en esta ocasión, parece encontrarse cansado. Le esperaremos otra vez.
Enrique Centeno 



miércoles, 13 de octubre de 2010

El alcalde de Zalamea *

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Autor: Calderón de la Barca.
Adaptación y dirección: Eduardo Vasco.
Intérpretes: David Lorente, Ernesto Arias, Miguel Cubero, Peoa Pedroche,
Pedro Almagro, Joaquín Notario, Alejandro Saa, David Boceta, Eva Rufo,
Isabel Rodes, José Luis Santos, Alberto Gómez, Jose Juan Rodríguez,
Eduardo Aguirre de Cárcer, Alba Fresno.
Escenografía: Carolina González.
Iluminación: Ángel Camacho.
Selección de vestuario: Lorenzo Caprile.
Teatro: Pavón (CNTC). (6.10.2010)
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Pasa de nuevo a la programación de la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC), El alcalde de Zalamea. La ha montado ahora, y adaptado, Eduardo Vasco. “Mirad que echado en el suelo/ mi honor a voces os pido”, son dos de los versos en los que el alcalde, Pedro Crespo, ruega pagar la violación.
    Para este drama, el más conocido de Calderón junto a La vida es sueño, la CNTC invitó a José Luis Alonso (1924-1990), uno de los más grandes directores, que creó un montaje impresionante en 1988 -con la versión de poeta Francisco Brines- en el teatro de La Comedia (su escenario habitual, hasta ser trasladado al modesto e insuficiente Pavón. Se dieron como razones la necesidad de reforma, y no ha vuelto a funcionar, desde hace diez años, ante la lista de inútiles directores del Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música hasta el día de hoy). Siguió la fatal puesta en escena de Sergi Belbel en 2001, y que preferimos no recordar.
   A este Alcalde, el excelente actor Joaquín Notario lo ha convertido, o así lo ha mandado el director, en un personaje ingenuo, gracioso, bien lejos de su carácter y disimuladamente rígido, que utilizará para la ironía llegando a oponerse al poder. Muestra aquí un leve instinto de conocimientos e inteligencia, pero, en todo caso, durante gran parte de la obra se une a una especie de fingidor que domina los recursos de la comicidad. Si no fuese por la versificación de Calderón, aparecería en las escenas como un aparente tonto sonriente, chistoso al estilo de un Paco Martínez Soria. Nada que ver con aquel Crespo tan amante como ordenante, soberbio y justiciero. Y junto a ello, sus ironías y respuestas hábiles, como en las escenas con el recién llegado noble y general, don Lope de Figueroa -lo hace el también estupendo actor José Luis Santos, aquí escaso y perdido por el espacio, como casi todos-, en un genial diálogo entre la sonrisa y la exigencia en la que Calderón muestra, como nunca, su encaje de bolillos en diálogos rápidos hasta pronunciar Crespo el tan conocido verso “Al Rey la hacienda y la vida…”
   Todo en una inexistencia escénica, con una cámara negra y un par de pequeños paneles que suben o bajan. La ausencia de elementos impide las acciones, incluso hasta no poder servirse la mesa en el almuerzo ofrecido al noble General, contento solo con un sencillo banco casero. Es el estilo de Vasco, que no pasa más allá de los propios actores. 
    Los destacados intérpretes (casi todo el reparto es ya habitual en diversas obras de la CNTC), obtienen diferentes resultados, dependiendo de las posibilidades en los propios montajes. Al engreído y cínico Capitán, Ernesto Arias le llega a convertir en un débil militar ansioso por poseer a la atractiva hija –Isabel-, tanto que hasta utiliza una cursi flor en la mano y otra en el corazón, hincándose de rodillas para intenta seducirla. Es una de las muchas escenas ridículamente montadas. Con ella se iniciará el drama de esta historia, tras ser raptada, arrastrada, violada y abandonada en los montes. Intentará regresar a la villa entre llantos de dolor, humillación y vergüenza por haber perdido aquel nombrado honor. Ni en esa escena difícil, ni en el encuentro con el padre, tampoco el director consigue el alcance de la fuerza dramática, a pesar de que la actriz, Eva Rufo, ha demostrado ya su talento, como en la dama de Las bizarrías de Belisa, precisamente una comedia de Lope donde el mismo director sí pudo triunfar.
     El personaje de La Chispa –Pepa Pedroche, también veterana-, alegrosa, acompaña al ejército con su vestuario masculino y bélico, cantando, animando a los soldados entre farsas y diversiones. Es divertida, ligera, ocultamente embarazada y muy cerca del soldado gracioso, Rebodello -que clava David Lorente-. De pronto se encara en una actuación provocativa ante los soldados y frente al público, exhibiendo su atractivo envuelto en sus melenas rubias, como una llamativa artista de cabaret.
    La venganza de Crespo condenando al garrote, asido a su vara de Alcalde, fue respetada por el Rey. Así volvió el hijo al alistamiento militar -Juan, que lo hace David Boceta- y enviada Isabel directamente al convento. Así se sintió feliz este padre, que además recibe del monarca el título de Alcalde Permanente. Claro que este Felipe II –Alberto Gómez- escucha y atiende en el centro del escenario, sin tener dónde sentarse o descansar: entró y luego se marchó como un fantasma negro.
Enrique Centeno

jueves, 1 de julio de 2010

Amar después de la muerte **

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Autor: Calderón de la Barca.
Versión: Yolanda Pallín.
Intérpretes: Emilio Buale, Toni Misó, Jodu Dauder, Pepa
Pedroche, Joaquín Notario, Ione Isazábal, Paco Paredes,
César Sánchez, José Luis Santos.
Vestuario: Rosa García Andújar.
Escenografía: José Hernández.
Dirección: Eduardo Vasco.
Teatro: Pavón. CNTC. (26.10.2005).
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El amor fue ya abatido en La Alpujarra después de destruida la rebeldía de los moriscos, muchos años después (1570) de que en Granada, ya vencida, se dictara la señal para expulsar de la Península a los moros. La obra de Calderón, Amar después de la muerte, trata de uno de los hechos contados sobre aquella violenta historia. Como en numerosos escritos, en forma de romances, acerca de la convivencia y el imposible amor entre musulmanes y cristianos; que adquiere hoy una nueva reflexión sobre la creciente presencia de moros inmigrantes. Quedan en las voces poemas de los Romances Fronterizos, fantasías sobre aquellos amores. Se crearon no escasas obras teatrales sobre las luchas, tales como El Príncipe Constante, del mismo Calderón, o el más político El Anticristo, de Ruiz de Alarcón. La obra que hoy se estrena –que también se tituló El Tuzaní de La Alpujarra-, es un romántico drama sobre la venganza del crimen de un amor en el mencionado levantamiento y la destrucción de los moriscos.
    Puede que la Compañía Nacional de Teatro Clásico haya elegido esta representación de Amar después de la muerte, para mostrar el lejano pasado, invitando a estas relaciones de amor y de enfrentamientos. En todo caso, este cuento lo vemos con emoción y ternura. Una fantasía que se aleja y regresa, en modo distinto, con acontecimientos islámicos que nos hacen mirar con desconfianza.
    El montaje cuenta con el reconocido escenógrafo José Hernández y con la diseñadora de vestuario Rosa García, con excelentes apariciones entre el efectismo y el realismo. La versión la ha hecho la excelente dramaturga Yolanda Pallín, a quien ya se le han encargado otros textos clásicos. Hace con sensibilidad los cortes o introducciones de versos, y ha suprimido tanto el principio como el final de la historia que cuenta Calderón.
    El extenso reparto lo forman estupendos actores, aunque tengan pendiente aún su conocimiento y ayuda de los versos, como Joaquín Notario –un Don Álvaro Tuzaní con el que, como siempre, el actor atrapa al público-; dan vida a sus personajes con sabiduría y eficacia los veteranos y conocidos intérpretes, como Montse Díez, Pepa Pedroche, Miguel Cubero, Juan Meseguer, Toni Misó o Rodrigo Arribas. El director, Eduardo Vasco, no quiere utilizar elementos de apoyo a las acciones, lo mismo en el decorado, el mobiliario o el atrezzo; a unos puede gustar y otros pueden echarlo de menos con exigencia.
Enrique Centeno





martes, 25 de agosto de 2009

Casa con dos puertas, mala es de guardar **

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Autor: Calderón de la Barca.
Adaptación de Juan Antonio Castro.
Intérpretes: Alejandro Torray, Candela Rabal,

Alberto Maneiro, Pablo Alonso, Gabriel Moreno,
Cristina Palomo, Maribel Lara.
Vestuario y escenografía: Lorenzo Collado.
Dirección: Manuel Canseco.
Teatro: Galileo (11.7.2007).

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Los juegos de Calderón de la Barca son siempre de relojería en la comedia de capa y espada, en su redondez de rimas. En esta adaptación que comentamos, lo más divertido es el engaño, las mentiras y el enredo. Aquellas damas parecen traídas de sus casas o balcones del XVII, o de las terrazas, salas de café o bares de copas actuales; las conversaciones y encuentros de miradas de los inocentes caballeros, que son hoy modernos ligones de segunda división. Estos textos de burlas, seducen a los directores para la diversión y alguna aproximación, siempre con la fidelidad y los ambientes originales -como en varias obras que montó la Compañía Nacional de Teatro Clásico de Adolfo Marsillach (1928-2002)-, en inteligentes adaptaciones como esta Casa con dos puertas, mala es de guardar. En ocasiones, compañías menos potentes se ven obligadas a reducir el reparto, eliminando a algunos personajes. Aumentan los juegos e incluso se entrelazan los textos o se añade alguno. El director, Manuel Canseco, ha querido repetir este montaje que realizó él mismo, con una versión cuya función dedica a quien lo firmó, hace veinticinco años: el autor Juan Antonio Castro (1927-1980), un singular escritor con numerosos éxitos comprometidos, con títulos como Tiempo de 98 o De la buena crianza del gusano. Cómo no recordarle.
El estreno veraniego lo vimos en el jardín del Teatro Galileo -sentados en mesas-. Se inicia con una especie de entremés, con poemas, músicas y canciones de la época que anuncian el agradable espectáculo. Una suficiente escenografía, y un gracioso vestuario -ambos de Lorenzo Collado-, con esos trajes rayados en azul sobre blanco, como en la orilla del mar, y un juego de movimientos que Canseco dirige con su conocimiento. Todos los intérpretes, con entusiasmo, hacen lucir los versos con vivo humor, como la frescura de la Dama, que interpreta Alejandra Torray, y la brillantísima eficacia del Padre, (Miguel Foronda). Sale el público contento tras esta comedia. No se buscaba más y fue suficiente en este mes de julio.
Enrique Centeno

martes, 28 de julio de 2009

No hay burlas en el amor **

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Autor: Calderón de la Barca (Adapación de Domingo Miras).
Intérpretes: Alejandra Torray, Gabriel Moreno,

Alberto Closas, Cristina Palomo, Pablo Alonso, Natalia Jara,
Pedro Moreno, Víctor Bemedé, Joan Dameras.
Dirección: Manuel Canseco.
Teatro: Galileo. (15.7.2008)

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Un día la tragedia, y el otro el drama o el auto sacramental. Este sacerdote no sabemos cómo era capaz de escribir las divertidas comedias de amor. Quizá miró desde los ventanales, los amores y las mentirillas de las mujeres. Es posible también que lo escuchara en sus horas del confesionario. Utiliza muchos nombres de personajes en diferentes comedias, siempre con sus geniales ritmos y rimas. Sus octavillas son, quizá, los más brillantes versos que producen bellísimas escenas.
La adaptación de este No hay burlas en el amor la ha hecho el autor Domingo Miras, y lo dirige Manuel Canseco, cuyo conocimiento de estas comedias se ha comprobado en diversos montajes. Justamente hace un año, en los Veranos de Madrid, mostró, en este mismo teatro, Casa con dos puertas mala es de guardar. Nos divertimos también.
El jardín-patio, con el que cuenta el Galileo, acoge agradablemente y ofrece sus mesas en las que se puede cenar, beber y fumar –no es necesaria la persecución de nadie, es al aire libre-, especialmente en un entremés –loa- de juegos con los propios actores, encantadores. Y allí, viniendo de Burgos, quiero más una morcilla/ que en el asador reviente (Góngora). Después comienza la comedia, en un sencillo y bonito decorado, con dos alturas como en los viejos corrales, integrado en los ladrillos de las paredes del lugar. Como cada año, el espectáculo no es una superproducción, ni falta que hace, con el arte de la interpretación y sus legales vestuarios: mejor que bobadas de los grandes gastos que Traten otros del gobierno/ del mundo y su monarquía (también de Luis de Góngora).
Todo el reparto dice bien los versos y los hacen entender –no siempre ocurre-, en un humor jugoso. Es imprescindible destacar a Nuria Torray, en una Beatriz cursi y presuntuosa. Una noche feliz.
Enrique Centeno

martes, 10 de marzo de 2009

El pintor de su deshonra **

Hace veintiún años se inició la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC) con El médico de su honra. Confieso que en este primer montaje –fue estrenado en Buenos Aires- nos sorprendió que Marsillach comenzara con el conservador y más genial de nuesto teatro clásico. Las obras maestras de Calderón –también sonriente en los juegos de comedia-, eran las más defensoras de la Contrarreforma, poderes, honor, honra y sumisión, así como sus autos sacramentales en los pórticos de las iglesias. Y sin embargo, entendimos que el director intentaba conocer y mostrar la realidad histórica ante las grandes obras, con personajes arrepentidos cuya comprensión les concede el perdón a los crímenes del alma.
Este texto de El pintor de su deshonra, concluye con el arrepentimiento de Don Juan Roca –excelente Arturo Querejeta-, acusado por su crimen: “Esto que veis es un cuadro/ que ha dibujado con sangre/ el pintor de su deshonra”. A lo cual le responde la víctima: “…aunque mi sangre derrame/ más que ofendido, obligado/ me deja, y he de ampararle”. Calderón, sacerdote de la contrarreforma, hace perdonar, por su confesión, los pecados, incluido el asesinato. Ocurre lo mismo en el crimen, por su arrepentimiento ante el Rey, en el citado El médico de su honra: “Médico fui de mi honra;/ ahora tú mi ciencia aplaca”. Perdones que Calderón acepta y defiende, la confesión salva siempre cualquier pecado cometido: aquella moral castigaba duramente los conceptos de la dignidad, el honor, la traición o la fidelidad; para nosotros el horror de nuestro barroco. Nos ayuda así a reflexionar sobre la moralidad del XVII.

El vestuario –de Pedro Moreno- es, probablemente, lo más hermoso de esta representación. Riqueza, fantasía, sin necesidad de alejarse de la época, un agradecimiento para el disfrute. En la otra orilla, el decorado se hunde, y vemos los cuadros y los pinceles, en arpilleras de brochas enmarcadas. Se varían las direcciones para diferenciar los distintos actos. Da la impresión de que la escenografía y el vestuario no se han puesto de acuerdo, no han hablado ni siquiera por teléfono. Es frecuente este estilo utilizado por la CNTC en su programación, en el que prefiere romper el tiempo, incluso utilizando decorados inexplicables.
En el último acto, se ha creado un final verdaderamente formidable: cómicos de un pecador carnaval que actúan, ante la gran y preciosa pintura, con vestuarios y disfraces de máscaras. Un lienzo clásico representa un paisaje marino. Un fantástico montaje de la fiesta, con una evidente influencia veneciana.
El reparto lo forman excelentes actores. Los conocemos muy bien, pero en esta función no alcanzan mucho más que el listón. Se dicen bien los textos, pero ausentan la versificación, porque se prefiere ocultar o huir de ella, sea por dificultades o, acaso, por un responsable del asesoramiento del verso. En algunos casos, insuficientes vocalizaciones, tonos que nos hacen imposible entender: es el caso más grave de la propia protagonista. Cada cual lo hace como puede, con su sabio conocimiento. Eduardo Vasco demuestra una regularidad en sus montajes. Además, a nuestro teatro clásico no le gustan los muebles ni la utilería; le place sentar o echar al suelo a cualquier personaje social; y cosas así.
Enrique Centeno
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Autor: Calderón de la Barca. Versión, Pérez Sierra.
Intérpretes: Francisco Merino, Arturo Querejeta,

Eva Trancón, José Ramóm Iglesias, Muriel Sánchez,
José Vicente Ramos, María Álvarez, Didier Otaola, Nuria Mencía,
Daniel Albaladejo, Fernando Sandino, Ángel Ramón Jiménez, Sánchez Ruiz.
Música: Martín Marais / Alba Freso.
Músicos: Aghata René (Viola), Mª Mercedes Torres (Clave), Alba Fresno).
Vestuario y máscaras: Pedro Moreno.
Escenografía: Carolina González.
Dirección: Eduardo Vasco.
Teatro: Pavón (CNTC) (2.3.2008).
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lunes, 8 de diciembre de 2008

La vida es sueño **

Torso desnudo, belleza del patológico Segismundo, reflexiones con ataques y furiosos versos desde que empieza a vocear su “¡Hay mísero de mí!”. No es un lamento, sino una manifestación sin disolverse. Entre largos pilares, que a veces giran, muy plásticos entre sus luces, se representa la torre de su presión. Se va calmando al llegar Rosaura, aunque no se entiende muy bien lo que expresa ante su sorpresa. Esos pilares pueden ser cualquier cosa, pero al director Juan Carlos Pérez de la Fuente le encanta la belleza. Forma figuras con los otros actores, también de desnudos torsos, a veces detenidos como estatuas que levantan con sus altos brazos a Segismundo, descendiéndole lentamente en una cruz invertida, como en un dulce tobogán. La buscada iluminación de los grupos esculturales permite contemplar la perfección y la belleza masculina. Para ello se ha contratado al bailarín y coreógrafo de danza contemporánea Chevi Muraday, que consigue imágenes en formas detenidas, para que los admiremos. Verdaderamente, asegura y lo consigue, con un deseo en el placer de que la vida es un sueño. Un rico escaparate de brillantes joyas engarzadas en un anillo de plata y oro. Hay algunos actores buenos, pero les ha convertido en soportes de paños de terciopelo. Ya, cerca de la Navidad, nos reímos con Clarín, uno de los tradicionales personajes a los que llamaron “graciosos” nuestros clásicos, pero que en este montaje hace muchas veces de mono, o de orangután saltando, y a quien ni Segismundo, ni el Rey, ni la bella Estrella del oriente o del este –Polonia-, son capaces de darle un plátano: hay varias injusticias en esta obra.
    Este es el último espectáculo del Teatro Albéniz, comenzará su destrucción a partir del día 1 del 2009. Nos despedimos de él, donde la propia nueva compañía de la Comunidad ha representado, en Septiembre, esa obra llamada La puerta del Sol, que dirigió, igualmente, Pérez de la Fuente. Ambos montajes, el citado y el de hoy, han empleado una fortuna con la que podrían montarse una docena de obras dignas. La Comunidad de Madrid no cedió con la esperanza ni con el consejero de cultura a mantener esta tradicional y veterana sala, de quien depende. Se ha solicitado siempre su mantenimiento por parte de la profesión cultural, ateniéndose incluso a su valor arquitectónico. Pero será un edificio comercial, aquí, a cien metros de la Puerta del Sol. Nos quedaremos sin el teatro, a pesar de la lucha por su salvación. Negociantes, empresarios y ahora el gobierno, van cerrando, poco a poco, los teatros de nuestra ciudad: lo fueron, progresivamente, el Martín –allí, hace treinta años, fue estrenada La taberna fantástica, de Alfonso Sastre, que hoy se repone en el CDN-, el Benavente, el Fígaro, el Maravillas o el Arniches. Todo va llegando. Hasta cuando pasamos junto al teatro de la Comedia, tradicional sede de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, vemos que está cerrado hace una década, con el supuesto motivo de su reforma, aunque por ahí no asoma un solo trabajador. Mirad que vais a morir/ si está de Dios que muráis. Todos son más cristianos que el propio Calderón.
Enrique Centeno
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Autor: Calderón de la Barca. (A.Víllora)
Intérpretes: Fernando Cayo, Ana Galeya,
Jesús Ruynán, Daniel Huarte, Josep Albert,
Chete Lera, Victoria dal Vea, Víctor Anciones,
Pedro Cuadrado, Josefa Gómez, Samuel Señas.
Vestuario: Javier Artiñano.
Escenografía: Rafael Garrigón.
Coreografía: Chevi Muraday.
Dirección: Juan Carlos Pérez de la Fuente.
Teatro: Albéniz (4.12.2008).

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miércoles, 22 de octubre de 2008

Las manos blancas no ofenden **

La famosa frase “Las manos blancas no ofenden”, debería hoy utilizarse con ese honor que tan sabiamente escribió Calderón. Su visión del honor, aceptado en la cultura del barroco, es únicamente testigo de aquellas crueldades. El respeto a las mujeres, sin embargo, fue habitual en todos los escritores: Lope, Tirso, Rojas y los demás. Continuó todo el XVII y así sucesivamente hasta nuestros días. Este alegre sentido cariñoso del hombre hacia la mujer, debería ser una marca de fuego: a quienes, cada vez más numerosos, son los maltratadores y criminales (como les diríamos, igual que entonces, sin el “honor” y sí con la “venganza”). Nos da entusiasmo y placer este título.
El montaje de la Compañía Nacional de Teatro Clásico ha elegido muy bien a los intérpretes, casi todos ellos muy conocidos en diferentes personajes y autores de ayer y de hoy. No les ayuda aquí su saber. Textos largos en una adaptación equivocada donde se da el juego y la diversión, aún abreviando el original. Hay un movimiento pobre de burlas y humor, incluso en el seguimiento de los personajes: siempre hablando como si fuesen un poco tímidos o incapaces de accionar. Quizá exagero al pensar, mientras veo la obra, en el teatro radiofónico. Compañías de las emisoras de radio denominadas “Cuadro de actores”. Reconozco que en estas obras, acudían a un actor-narrador que iba indicando la acción y los mutis. Es a propósito de que en este espectáculo es casi imposible entender lo que va ocurriendo a cada personaje. Aseguro que lo comentamos al salir del estreno: “yo no he entendido nada”. Algo estaba pasando allí. Y es fundamental, y exigible, ganarse al espectador y contar bien la historia, que seguro que así lo sentía el director. En la divertida comedia se provoca apenas el humor y la diversión; acaso en algún aislado momento de gestos o, por otro lado, en el juego de cambio de sexo de los actores. O en el cierre final con un cañón de luz sobre un hombre que sería mucho más divertido en la juerga del “Día del orgullo gay”. Chapeau.
Hay una escenografía pobretona, una escalera de izquierda a derecha en cámara negra y un horroroso juego de teatro mediante un inocente decorado infantil, de cartón o de tablas, que se suele utiliza en las farsas sencillas: una comedia es otra cosa. El vestuario es muy bonito, tanto el de ellas como el de ellos. El equipo, vivo y lucido, va incluyendo las brillantes pelucas. Los rostros, sin embargo, carecen de maquillaje, ni siquiera un fondo: la iluminación y los colores dejan casi invisibles sus gestos. Quizá sea demasiado crítico, pero salgo enfadado, como en otras obras del Teatro Pavón. Hubo aplausos a la compañía. No suficientes para esta CNTC que tiene ya más de veinte años.
Enrique Centeno
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Calderón de la Barca.
Intérpretes: Pepa Pedroche, Toni Misó, Elena Rayos,
Pedro Almagro, Joaquín Notario, Miguel Cubero,
Adolfo Pastor, Juan Meseguer, Ione Irazábal,
Montse Díez, Sieva Nieva, Jo. L. Santos, Íñigo Saín.
Escenografía: Carolina Fernández.
Vestuario: Lorenzo Caprile.
Adaptación y Dirección: Eduardo Vasco.
Teatro: Pavón (CNTC). (8.10.2008)
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