Autora: Angélica Liddell.
Intérpretes: Angélica Liddell, Fabián Augusto Gómez, Lola Jiménez, Carmen menager, Johannes de Silentio.
Escenografía, vestuario, dirección: Angélica Liddell.
Teatro: El Matadero, (19.5.2011)
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Entramos seducidos en el arranque de este espectáculo: es como la página de un cuento infantil, en la que, troquelados, se levantan esos árboles –planos- que forman un bosque. En corro y sobre la hierba, niñas que aprenden francés con su maestra. Después empiezan a jugar, escondiéndose entre los troncos. Son una docena de encantadoras criaturas con preciosos vestidos, todos iguales, como un grupo de Alicias en el país de las maravillas. Van tocadas con verdugos con orejotas de conejo –se colocarán también en el suelo conejos con realismo taxidermista-, una relación con el inicio del cuento de Lewis. Sólo veremos esa página.

Hay una escena en la que se utiliza una máquina de carga, y surge un fallo mecánico en su conexión; ella pulsa de nuevo el interruptor, pero el aparato continuará parado. Se dirige hacia el equipo de eléctricos y empieza a gritar insultos –inútiles, imbéciles, gilipollas, ¿dónde hay un puto eléctrico?- hasta que aparece en la oscuridad un personaje que enchufa el cable solucionando así el problema. Pensábamos que esta escena iba a molestar a los trabajadores del teatro de El Matadero, pero en realidad no se trataba de un montaje, sino de la real histeria de Liddell. Conocí la verdad mucho más tarde al leerlo en El país, al parecer negándose el técnico a trabajar al día siguiente con la autora. De todas formas, salí corriendo, tras las loas y aplausos, por si acaso salía por el escenario un rifle cargado. Si lo explicamos así es para facilitar el sentimiento de esta obra.
Hay una escenografía hermosa, cambiante de situaciones y plásticamente rica, montaje que cuenta con un alto presupuesto. Se utilizan algunos elementos circenses con un grupo de cinco chinos acróbatas. Esto nos hace descansar en estas cerca de tres horas de representación. Se marchaban algunos, muy pocos.

Tanto insulto, tanta desesperación, le hacen llegar casi al suicidio. Tras los aplausos finales, salimos pensando que quizá nos iban a golpear en la salida.
Enrique Centeno
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