sábado, 26 de febrero de 2011

Un bobo hace ciento *

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Autor: Antonio de Solís y Rivadeneyra.
Versión: Bernardo Sánchez.
Intérpretes: Ángel Ramón Jíménez, José Vicente Ramos, Jesúa Hierónides,
Jesús Calvo, Eva Trancón, Francisco Rojas, Arturo Querejeta,
Fernando Sendino, Rebeca Hernando, Beatriz Argüello, Daniel Albadalejo,
José Ramón Iglesias, Muriel Sánchez.
Músicos: Percusión, Sergey Saprychev; Fagot, Héctor Garoz; Dolores Navarro, Clarinete.
Escenografía: Richard Henry, Louis Cenier.
Vestuario: Javier Artiñano.
Música y arreglos: Alicia Lázaro.
Iluminación: José Manuel Guerra.
Dirección: Juan Carlos Pérez de la Fuente.
Teatro: Pavón (CNTC). (23.2.2011)
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Ha querido el director de la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC), Eduardo Vasco, mostrar a uno de los autores secundarios del Siglo de Oro, y se lo ha encargado a Juan Carlos Pérez de la Fuente. El comediante Antonio de Solís (1610-1686) escribió un total de siete obras teatrales, y es más conocido –en nuestros libros- por ser uno de los mentirosos autores de las historias del Nuevo Mundo con Conquista de México (aunque nunca estuvo en América). En su teatro quiso imitar a Calderón, a quien trataba y admiraba en la Corte.
    Lo que hemos visto es uno de sus títulos, de versos simples y apenas brillantez. Quiere Solís aumentar el enredo de la comedias de burlas, de engaños, equívocos y el laberinto de dobles personajes. En esta versión, Bernardo Sánchez parece ser que ha añadido textos a Un bobo hace ciento, o suprimido otros en sus escenas. Sea cual sea su respetuoso arreglo, entre los versos y sus interpretaciones, la función resulta ser un espectáculo fracasado: ni se entiende, ni se goza, ni se aprecia valor alguno.
    La obra se inicia con una loa de ambiente carnavalesco, cuyos personajes, entre luces y tinieblas incendiadas, manejan una gran tela que suben, bajan o tuercen en una viva coreografía. Representan a la Vida Humana, el Tiempo o las Carnestolendas. Esta especie de teología, sabemos lo que significa porque aparece en el reparto del programa de mano: durante esos quince minutos no entendimos –nadie- más palabras que “sí”, “por”, “este” o “qué” en las voces de la Compañía. Hay un momento únicamente en el que uno de los personajes se adelanta y menciona la Edad de Cobre, la de Oro, y hasta la Edad de Plata. Estas relaciones, es evidente que las inventa el adaptador, y nos informamos de que Solís fue más apreciado en el XVIII.
    En la comedia urbana, de enredo y de humor, son caricaturizados –no llega a tanto el imitado Calderón- los galanes, las damas y los criados. Y ha deseado el director vestirlos en el Siglo de la Razón. Los escenógrafos –Richard Henry y Louis cernier, estupendos- hacen una generosa maqueta de madera natural, con un centenar de edificios del panal madrileño, donde transcurre el multiplicado argumento, y que los propios actores trasladan sobre ruedas, organizando diferentes lugares, como arcos, puentes, patios o interiores. Una graciosa estética donde los personajes aparecen como gigantes en la ciudad de de Gulliver. Como a Pérez de la Fuente no le es suficiente –con razón- la comicidad de Un bobo hace ciento, supera la comedia de figurón para subir desde la farsa a la caricatura, de lo sarcástico a la bufonada de títeres. Y así están todos los intérpretes, conocidos casi todos en la CNTC, con actrices y actores estupendos, nombres incluso extraordinarios. Pero el resultado es, en todo caso, verdaderamente penoso.
    Desde la cuesta abajo, la CNTC intenta a veces ascender, pero continúa cayendo hasta el definitivo desplome. Necesita urgentemente su salvación.
Enrique Centeno



4 comentarios:

Belén dijo...

Gracias, muchísimas gracias por expresar lo que yo sentí al ver la obra y así confirmar que no soy la única a la que le pareció (salvo por los actores que estuvieron muy bien)una verdadera tomadura de pelo.

Carlos_1995 dijo...

Quiero expresar la profunda decepción que sentí al asistir a la representación de la Compañía Nacional de Teatro Clásico “Un Bobo Hace Ciento”. Sobre el texto del Siglo de Oro de Antonio de Solís, la versión de Bernardo Sánchez no pudo ser más soez, de mal gusto y chabacana, rozando el esperpento. Nunca la Compañía Nacional había dado esa imagen y la respuesta de la sala no pudo ser más explícita. Los aplausos apenas duraron unos segundos y el telón no volvió a levantarse. Y es que tras las simulaciones de orgasmos en el escenario sin venir a cuento, fornicaciones fingidas entre hombres o mujeres por igual que en absoluto aparecen en el texto original, actores en ropa interior en escenas de mal gusto, y referencias a gustos sadomasoquistas con látigo incluido, el público no pudo por menos que despreciar la obra. Desconozco si este individuo responsable de la versión, Bernardo Sánchez, es una nueva adquisición en la Compañía o ha realizado el borrón de su carrera artística, pero desde luego, tanto el director de la obra, Juan Carlos Pérez de la Fuente, como el director de la Compañía, Eduardo Vasco, deberían tomar cartas en el asunto y asumir responsabilidades. Confío que ésta representación haya sido esporádica y no suponga un antes y un después en el buen hacer de una Compañía que ha sabido repescar lo mejor de una época de gloria en las letras, como fue el Siglo de Oro español. La dirección debe entender que los espectadores esperan unas representaciones de acorde a la doctrina de los actos que La Compañía les tiene acostumbrados. Variaciones esperpénticas de este tipo, absolutamente inesperadas, dirigidas a un público muy distinto, si es que lo tiene, recoge una respuesta muy negativa y ensucia una imagen difícil de limpiar.

Ángel Ramón dijo...

"Los escenógrafos –Richard Henry y Louis cernier, estupendos-"; ¡ja, ja, ja, ja...!

sergio dijo...

La verdad es que no conseguí entenderla, con tanto "ruido" entre verso y verso, imposible.