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jueves, 12 de abril de 2012

Frente a frente *

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Autor: Francis Joffo.
Versión de Juan José de Arteche. 
Intérpretes: Pedro Oinaga, Rosa Valenty, 
Pedro Javier, Francisco Portillo, Felipe Andrés, 
Sarah Sanders, Francisco Benlloch, Ruth Díaz. 
Escenografía: Wolfgang Burman. 
Dirección: Fermín Cabal. 
Teatro: Reina Victoria. (20.1.2000)
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Osinaga o el fenómeno de la caspa
Al parecer, y según asegura el informe hecho público por la SGAE, los jóvenes de hasta 20 años muestran un absoluto desinterés por el teatro. Nosotros sí los hemos visto, sin embargo, en el Centro Dramático Nacional, en el Círculo de Bellas Artes, en el Alfil, en las salas alternativas, donde el crítico se siente casi un anciano. Y luego asiste uno a representaciones como ésta. Creo, sinceramente, que es éste el teatro que está dificultando la incorporación al arte escénico de los nuevos públicos; y en este sentido, me parece de una irresponsabilidad cultural, importante, que se sigan haciendo estas. Con todos los respetos a sus artesanos, y con un poco menos a aquellos que se meten en tales proyectos, desde teóricas actitudes distintas (ojo, lo dirige Fermín Cabal, uno de los grandes autores de nuestro teatro comprometido), éste es ese teatro sobre el que la caspa antigua, los modos vetustos y los temas pasados llueven hasta convertir la escena en una inundación del patetismo total.
Se trata de una de esas comedias presuntamente graciosas, donde el marido divorciado vive al lado de su ex esposa, la cual intenta rehacer su vida, algo que él no está dispuesto a permitir; y donde aparece el pretendiente de ella, la amante de él, el novio de la hija, el ex novio de ella... En fin, toda esa serie de vulgaridades que no interesan a nadie, y que se construyen para, intentar conseguir eso que en las carteleras suele llamarse “la comedia más divertida del año” ,y que, claro está, a nuestros jóvenes les produce el más profundo desprecio.
    Hay comedias, de este estilo, que tienen gracia, porque el género, en sí mismo, es tan respetable como cualquier otro, siempre que posea ingenio. El propio Pedro Osinaga llevó, durante más de diez años, una obra maestra del género, Sé infiel y no mires con quien (Ray Cooney y John Chapmancon), justificado éxito. Esta cosa que ahora se ha estrenado, es endeble de construcción, de pobrísima acción y de escaso ingenio. Y se supone, pues, que nada de eso importa y que lo verdaderamente exitoso es ir a ver a Osinaga, sesentón ya, como cuando se va a ver a Arturo Fernández, rodeado de bellas de presuntas actrices. Está con él Rosa Valenty, supongo que también para que el espectador vaya a verla a ella y, además, un elenco de mediocres intérpretes que no tienen ni pajolera idea de lo que es un personaje, ni un escenario, y que ni siquiera lo intentan –hay una excepción, Pedro Javier, que a ratos lo consigue-, de modo que todo se mueve a medio camino entre el show de Osinaga, la madura belleza de Valenty, el sainete arrepistado, y la patosería generalizada.
    Estamos ante ese teatro residual que se resiste a morir, ese que impide el progreso de nuestra escena y que es el que contratan los empresarios, porque saben que aún existe ese público mayor, con poder adquisitivo, y esos periodistas bochornosos que harán reportajes y programas televisivos para explotar los patéticos rostros de un mundo que ya se ha ido, pero que tratan de hacernos creer que no es así.
Enrique Centeno

domingo, 1 de mayo de 2011

Sopa de mijo para cenar **

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Autor: Fermín Cabal.
Versión muy libre de Aquí no paga nadie, de Dario Fo.
Intérpretes: Gerardo Malla,
Gloria Muñoz, Francisco Maestre, Carlos Viaga,
Marta Bódalo.
Escenografía y vestuario: Ramón B. Ivars.
Teatro: Arlequín. (19.10.2000)
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Aquí no paga nadie
nadie

Nada más natural que, ante la desmesurada subida de precios, las amas de casa de un barrio popular decidan que Aquí no paga nadie, y saquean el establecimiento. Al menos eso le parece a Antonia, y así lo escribió con el título mencionado, Dario Fo hace veinte años. Lo malo es que la desafortunada mujer que tiene la mala suerte de vaciar, sin saberlo, la estantería que ofrece alimentos para animales. De ahí esta Sopa de mijo para cenar, una versión libre de Fermín Cabal, cuyo autor original, por un largo pleito con él mantenido, no figura por ninguna parte. Andaba por medio la frontera que impuso la representante en España.
    La función, en su estilo de escritura y de estética, entronca con nuestro mejor teatro realista, el de Lauro Olmo, por ejemplo; o el del sainete más consciente. Y así, bajo una permanente carcajada, la situaciones, los diálogos y sus viva interpretación, se va mostrando la galería de personajes que nos rodean.
    Acusa el paso de esos veinte años, hay que decirlo, aunque el texto ha sido modificado convenientemente, pero el retrato de personajes continúa teniendo la misma vigencia. El veterano sindicalista, más atento a la legalidad que a la reivindicación; el empleado eventual más lanzado; la fábrica en crisis mientras sus propietarios se llevan los millones; el policía y su omnímodo poder... Con todos ellos se construye una trama de extraordinaria agilidad, llena de sorpresas y cuyo enredo crece sin cesar. Lo ha dirigido todo con mucho ritmo José Antonio Ortega, que ha contado con un reparto de formidables intérpretes.
Enrique Centeno

jueves, 24 de febrero de 2011

Tejas verdes ***

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Autor: Fermín Cabal.

Intérprete: María Luisa Borruel.
Dirección: Eugenio Amaya.
Teatro: Sala Lagrada. (6.10.2005)
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Tejas verdes es el recuerdo y el homenaje a los chilenos perdidos y asesinados bajo las botas militares desde el golpe de 1973. Fermín Cabal parte de los hechos históricos sucedidos en el pueblo de Tejas Verdes, donde se instaló uno de los centros de prisión. Allí, entre muchos, la joven Carolina fue torturada, violada y lanzada al mar, junto a su propia pareja. El autor lo escribe en un dramático poema estremecedor, que comienza en una escena con el relato brutal que sufrió, acusada por pertenecer a la Resistencia. Con elementos épicos del dolor, con pasajes en elipsis entre el tiempo anterior y posterior con víctimas o testigos en los que va transformándose su única actriz en continuas escenas que emocionan.
    Irán apareciendo, desordenadamente, siete personajes, pasando de la protagonista Carolina, a aquella compañera, a la mujer delatadora, o a la despreciable doctora de la prisión. En cada episodio, el autor no frena sus sentimientos y el público escucha sin respirar la poética dureza de los relatos.
    El escenario se apoya con proyección de grabaciones reales. El bombardeo al Palacio de la Moneda donde perdió la vida Salvador Allende, los hechos posteriores al golpe de Pinochet, y la larga espera hasta conseguir el juicio y la condena –fue ya en el 2000- del General por los crímenes contra la humanidad. En la obra se representa el testimonio estremecedor de la mujer que cuenta cómo se ocupaba de uno de los  cementerios donde iban llegando las filas de asesinados. Y también nos enseñan al Defensor Militar, quien negó o justificó el genocidio. Y continúan las proyecciones distinguiendo el texto que va interpretando la solitaria actriz María Luisa Borruel, en un ardiente e impresionante trabajo que demuestra su gran talento, saltando desde la tragedia teatral hasta los testimonios históricos.
    Aquella Carolina, hace recordarnos también a Amanda, la mujer de Los cinco minutos, aquel poema del chileno cantautor Víctor Jara, igualmente torturado y matado a tiros.
    Al sentimiento del autor y de la actriz, se une la cuidada dirección de Eugenio Amaya. El público no solamente aplaudió insistentemente, sino que salió del espectáculo casi en silencio, impresionado. Quizá llevando en el interior la idea de que hechos similares pueden suceder en la historia actual.
 Enrique Centeno