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sábado, 10 de abril de 2010

Mucho ruido y pocas nueces **

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Autores: Jacinto Benavente, Shakespeare.

Adaptación libre y dirección: Ainhoa Amestoy.
Intérpretes: Paloma Mozo, Tomás Repila,
Jesús Asensi, Miquel Tubía (piano).
Teatro: Fernán-Gómez, Sala II (C.C. de la Villa). (7.4.2010)
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A este montaje se le ha querido dar el título de la comedia de Shakespeare. Es por tanto un cierto engaño para quien acude a esta famosa obra. Se trata de la breve obra de Jacinto Benavente (1866-1954) Los favoritos –que desconocíamos- y que la compañía Factoría Estival de Arte realmente sí lo hace firmar. Amante del bate inglés, el madrileño tomó algunos textos de sus títulos. O una curiosa e interesante obra en la que quiso suponer a Hamlet, durante su juventud, con El bufón de Hamlet, estrenado en los años sesenta. La adaptación libre es de Ainhoa Amestoy, encargada igualmente de la dirección e interpretación.
    Son siete u ocho escenas rápidas, numeradas por el pianista –los anima sin cesar, con alegría, el músico Miquel Tubía- y con títulos. Antes de comenzar la acción, nos saluda desde el patio de butacas una de las supuestas actrices de una compañía que va a ofrecer la comedia. Sobre el escenario, explica cómo lo han preparado, como les place, y que están casi a punto de empezar: lo cuenta durante demasiado tiempo, tal como se quejan verdaderamente sus propios compañeros, pidiéndola que deje ya de hablar para poder comenzar. Ella, incluso nos anuncia, ante la cámara negra, que no se dispone aún del decorado, que deberá imaginárselo el público, y, efectivamente, se utilizará un simple banco público. Actuarán como en un antiguo teatro viajante, con cuatro artistas sobre las tablas y una simple manta. Y la verdad es que lo parecen –sin un rico vestuario-, en la versión que se acerca a un entremés o a un paso de Lope de Rueda, con una duración de poco más de una hora tras su presentación. Hacen una especie de metateatro cuando detienen la función para hablar entre ellos u obedecer a la directora de la supuesta compañía.
      Con sus comentarios y conclusiones finales, se intenta dar fuerza, ensañamientos y juegos de amor. El enredo –para la historia de Mucho ruido y pocas nueces, Shakespeare utiliza una veintena de personajes- se consigue, más que nada, por los brillantes intérpretes. Ainhoa Amestoy introduce enseguida al público al presentarse, sin perder el humor y la frescura de Celia, la duquesa. Y, como siempre, toma parte la mentira y la farsa. Leve y divertido, Jesús Asensi hace el inocente duque. La hermosa y rígida Beatriz, desconfiada de los hombres, terminará cayendo bajo el amor, y lo crea estupendamente Paloma Mozo, entre el cinismo y las sonrisas escondidas. Es un conquistador, ignorante ante ella, este Benedicto -machista despreciado por Beatriz- que cederá para unirse a ella; lo hace muy bien el actor Tomás Repila. No es un montaje ambicioso, cuya simplicidad, muy cuidada, logra un feliz éxito.
Enrique Centeno

martes, 16 de marzo de 2010

Calígula **

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Autor: Albert Camus.
Traducción: ?
Intérpretes: Sandro Cordero, Garbiñe Insausti, José J. Rodríguez,
Serguo Gayol, Gorsy Edú, Carlos Montoliu, Carlos Lorenzo, Balbino
Lacosta, Marina Barba, Martín Calón, Manu Hernández, Ramón
Linaza, Martín Caló, Marina Barba.
Escenografía: Dino Ibáñez.
Vestuario: Plummner.
Iluminación: Rafa Mojes, Félix Garma.
Coreografía: Paloma Díaz. Música : Jesús Salvador Chapi.
Versión y dirección: Santiago Sánchez.
Compañía L'Om imprebis.
Teatro: Fernán-Gómez (CC. de la Villa. (3.3.2010)
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Hay explicaciones para poder rechazar el sentido de este buen espectáculo. Le sirvió a Camus aquel Calígula –Cayo Julio César, s. I- para exponer de nuevo su pensamiento existencial. ¿Qué persona es este asesino? En su obra propone que su personaje se pregunte a sí mismo y que afirme que nadie es inocente para atreverse a juzgarme a mí. Es esto lo más apasionante de la obra Calígula, su proposición al público sobre aquel tema filosófico. Hay varias escenas en las que el Emperador se contempla ante el espejo, y ante su reflejo se pregunta y duda sobre su propia individualidad. En su desesperación ante el azogue, termina golpeándose furiosamente contra su imagen. No lo vemos en este montaje de hoy. Puede recordarse el montaje -hace muchos años- del desaparecido director José Tamayo: le dio tanta impresión esta lucha existencial, que encargó al actor que destrozara realmente ese espejo maldito; tenía que reponerlo en cada función. Pero para Calígula, “nada, todavía nada”.
Sería absurdo pensar que Albert Camus pretendía representar, artísticamente, pasajes históricos o inspiraciones de las grandes tragedias de Shakespeare. Confiesa el tirano que querría ser ejecutado con mucho público. En su última respiración, paladea este Calígula: “Todavía estoy vivo!”. Hay frases que pueden pasar a los finales de las grandes obras.
A la respetada compañía L’Om Imprevis, le gusta representar a los grandes personajes –como Don Juan, Galileo o Don Quijote , que hemos podido ver-, con diferentes aciertos. Su director, Santiago Sánchez, lo cuida siempre, y consigue movimientos y plásticas; aquí será mejor que no miremos la coreografía medio danzada o similar coro en varios momentos, como en la casi grotesca escena final de la conspiración y la muerte, contando con el escenógrafo Dino Ibáñez. Todo el numeroso reparto realiza una brillante trabajo.
Enrique Centeno

viernes, 16 de octubre de 2009

Cómica vida **

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Autor: Joan Lluís Bozzo.
Intérpretes: Pep Cruz, Jordi Coromina,
Noël Olivé.
Vestuario: Anna Ullibarri.
Dirección: Pep Cruz.
Cía. Dagoll Dagom
Teatro: C. C. de la Villa, Teatro Fernán-Gómez.
(14.10.2009)

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Junto a las grandes producciones, Dagoll Dagom ha creado un pequeño formato, que se inicia con Cómica vida. Lo ha escrito el director de los grandes espectáculos de esta compañía, Joan Lluís Bozzo. Es una función humilde, para representarse en salas reducidas y sin decorado. A la Sala II del Teatro Fernán-Gómez (Centro de Arte, antes llamado Centro Cultural de la Villa) ha llegado esta función, humorística, satírica. Salió a saludar al final Bozzo, recordando, risueño y sentimental, el primero de los montajes sencillos del Dagoll Dagom, que se vino a Madrid también en un espacio reducido –no tanto como éste-, el inolvidable Teatro Cadarso. Parece un buen momento recordar algo de aquella historia. Era una sala adjunta y perteneciente a un colegio, en esa misma calle. Comenzó a funcionar al inicio de los setenta para el Teatro Independiente. Obras siempre arriesgadas, críticas, en aquellos años de represión. En el teatro de Madrid -vulgar, reaccionario, burgués y vergonzante- escasísimamente se representaban obras dignas. La mayor parte de las compañías independientes pudieron representar allí, tras sus giras por toda España en cualquier clase de salas. Tras la vuelta a la libertad, fue desapareciendo aquel Cadarso, como las propias compañías. Dagoll Dagom ha continuado -ya con musicales-, desde aquella obra de entonces -1974- que se llamaba Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos, conocido título de los versos de Rafael Alberti. Fue un montaje maravilloso, por eso se le notaba a Bozzo el recuerdo –cómo no- de aquellos tiempos.
La función empieza a aburrirnos enseguida y durante más de media hora. De los dos actores y de la actriz tardamos en descubrir que, efectivamente, eran buenos intérpretes. A uno de ellos -Pep Cruz- ya le conocíamos. Su monólogo es sobre un personaje que se presenta a los supuestos vecinos –el público- de un pueblito, donde anuncia la fiesta que su compañía ofrece. Intenta hacernos reír; pero un actor es un actor y un humorista –gracias, chistes, búsqueda de carcajadas- nada tiene que ver con el teatro. A veces, algunos actores lo hacen en el show de ciertos teatros, mientras no tienen otro contrato, y conviene separarlo de los actores que desarrollan su talento con interesantes historias, textos de comedia, ironías e incluso como verdaderos dramaturgos: es el caso, por ejemplo, del gran desaparecido Pepe Rubianes, actor que precisamente comenzó en la propia compañía Dagoll Dagom.
Veremos más tarde a un ingenuo vecino del lugar -lo interpreta Jordi Coromina- cuyo sueño es ser un actor: la pequeña compañía –tres, únicamente- querrá aprovechar su dinero. Le hacen creer su talento montándole –sin que él lo aprecie- una audición sobre un sketch del rústico, una burla hiriente, criticable y tópica en los malos humoristas. Nos sorprende que caiga en este tono el autor, nada menos que el director de Dagoll Dagom.
Terminando de cansarnos, la función comienza a subir –mucho se debe a la excelente actriz Noël Olivé-, con el ensayo y el supuesto estreno de Fedra. Verdadera imaginación de vestuario y versos de la obra griega, de conversaciones de diversos temas –se cita varias veces a los inexistentes actores de nuestra televisión–, una crítica que nos encantó -o un formidable monólogo de la actriz, encerrada en el viejo camerino, con un texto tan cómico como doloroso acerca de la frustración de sus giras-. Crece cada vez más, vemos el falso estreno, fracasado, y finalmente, todo convertido en un drama cómico. Toda esta parte es la única que debería tener la función.
Enrique Centeno

domingo, 11 de octubre de 2009

Cosmética del enemigo ***

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Autora: Amélie Nothomb.
Adaptación teatral: José Luis Sáiz.
Intérpretes: Jesús Castejón, José Pedro Carrión.
Escenografía e iluminación: Baltasar Patiño.
Audiovisual: Álvaro Luna.
Música: Antonio Rodríguez.
Dirección: José Luis Sáiz.
Teatro: Fernando Fernán-Gomez (C.C.Villa).
(14.10.2009)

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Es una aparente comedia durante la primera parte, que va cambiando, lentamente, hacia un doloroso drama. La mentira, la maldad de un personaje moralmente inánime. ¿Pero quiénes son este Textor y Jerôme, cuyas verdades irán apareciendo debajo de sus cosméticas?. Pertenecen a un reducido censo que ocupa la sala de espera del aeropuerto, donde se anuncia que la salida se aplazará. Sabemos enseguida que este será el espacio de la extraña Cosmética del enemigo. Hay únicamente dos personajes –también unos figurantes espectadores que ocupan las sillas del mismo escenario-, y uno de ellos, Textor, inicia sus gestos de charlatán continuo; es un sujeto incómodo, exhibicionista en sus monólogos -sin aparente interés- de voces permanentes. Se consigue en este texto un fuerte humor entre su proyectos, paradójicas filosofías para él mismo. Y va acercándose, poco a poco, al opuesto viajero, muy diferente, cuidadosamente trajeado, que le mira con desprecio.
Jerôme irá rompiendo su silencio, orgulloso, hasta que entra, lentamente, en la conversación: al principio le contesta levemente y, finalmente, en una intensa discusión. Textor confesará sus brutales hechos cometidos, perdonándose a sí mismo al libre albedrío –cita concretamente el jansemismo- y, después, saltando hacia su enemigo. Pudiera pensarse que pertenece a una especie de ángel confesionario, tal vez un policía, el mismísimo demonio, y finalmente el verdadero acusador.
Cosmética del enemigo es una adaptación teatral de la novela de la escritora francesa Amélie Nothomb (1967), una autora tan risueña como ácida. Este estilo le permite denunciar la injusticia, aquí el maltrato y los crímenes a la mujer; sin necesitar más que su brillantísimo texto. José Luis Sáez se ha servido del libro para montar una maravillosa función. Con una puesta en escena sensible, un perfecto viaje por vías separadas que, lentamente, van llegando al cruce. Sus acercamientos, el aumento de sus relaciones y las rupturas, lo dirige magistralmente, con limpieza y un ritmo perfecto -le sobran esos momentos en los que se arrastran las sillas-, consiguiendo el viaje hacia la cumbre.
Es un escenario cerrado entre paredes acristaladas y persianas blancas que permiten los audiovisuales -los ha realizado Álvaro Luna-, en el que se insiste en el continuo retraso del avión, una nuevo aviso que celebramos para seguir viviendo esta situación. Lo crea el escenógrafo Baltasar Patiño, inventando una chácena en el decorado para la aparición de una caja de espejos, un ascensor para condenar al asesino. Atreviéndose a situar al público como nuevos personajes, el resultado es magnífico. Hay textos y escenas en las que son imprescindibles dos grandes actores. José Luis Sáez tiene ese privilegio. Quien quiere arrancar la cosmética –Textor- lo hace Jesús Castejón –ya le hemos visto muchas veces-, un personaje difícil que consigue, genialmente, ir cambiando en esta hora y media. Frente a él, está nuestro conocido José Pedro Carrión: es ese Jerôme frío, seguro como un sujeto tieso, capaz de haber ocultado y olvidado su terrible pasado para ir hundiéndose sin maquillaje. Carrión tiene que ir trasformándose y cambia su cuerpo, sus voces de nuevos tonos del vencido –grave, potente, que nos recuerda al gran José María Rodero-, una estupenda lección.
Enrique Centeno

sábado, 12 de septiembre de 2009

El otro lado ***

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Autor: Ariel Dorfman.Intérpretes: Charo López, Eusebio Lázaro, José Luis Torrijo.
Iluminación: Jose Manuel Guerra.
Vestuario: Dietlind Konold.
Escenografía y dirección: Eusebio Lázaro.
Teatro: Fernando Fernán-Gómez. (Centro de la Villa)
(9.9.2009)
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Hay sobre la pared una colección de retratos, la de muchos muertos. Uno de ellos enmarcado en blanco: es un vacío que desconocemos, durante la obra, a quién podrá referirse. Es un domicilio ruinoso, una vieja habitación rehabilitada, con dos ventanas de sucios cristales en que se reflejan los fuegos y explosiones de los bombardeos. Aquí se acogen la mujer Levana y su marido Atom, una pareja que va sobreviviendo durante los veinte años de guerra. Se ocupan de recoger y enterrar los cadáveres que van llegando. Son más de cinco mil muertes. Y vemos, continuamente, sobre un mueble, el retrato del hijo perdido en la guerra. El amor de esta pareja escucha por la radio noticias o mensajes: el último sería el final del conflicto. Ellos nacieron en los dos países enfrentados, pueblos cuyos nombres –no entendímos exactamente, pero se escuchaban así-, Tomis y Kontsanz, podrían ser del Oriente Próximo o Centroeuropa. Levana y Atom escuchan por fin, tras aquellos largos años bélicos y asesinatos, la llegada de la paz en un armisticio, pero conocerán también que el acuerdo obliga a la división y las fronteras. Es la historia eterna: todos en El otro lado, título de esta obra, con el precio de la separación de personas cercanas. Un soldado entra después, violentamente, entre los humos de los disparos, para conservar la paz. Este tercer personaje centra las mejores escenas de la función, como encargado árbitro del ejército internacional, e instala una cinta para marcar la separación que afectará a los más cercanos. Con el soldado, continúa presente el retrato del ausente hijo. Cómo irán reaccionando estos personajes y cuál será el final de ellos y del fusilero.
    El dramaturgo argentino radicado en Chile, Ariel Dorfman, escribió ya una obra sobre la violencia y el aislamiento, también con tres personajes encerrados en una habitación. La muerte y la doncella era mucho más cercana, escrita apenas terminar la dictadura de Pinochet. Emocionó a todos este estreno de 1993, con un reparto magnífico, protagonizado por María José Goyanes. Lo recordamos muy bien. En El otro lado, Dorfman mezcla el humor y el drama, con un escenario igualmente realista. Es una combinación muy complicada para la interpretación. En este montaje, el humor y la amargura van saltando de una a otra escena; algo que precisa de un gran director de actores capaz de lograr, en los diálogos, la tensión y la dulce sonrisa que llega hasta sus risas. Tanto Charo López como Eusebio Lázaro –también el director- crean personajes que caen en la falsedad. El realismo les lleva a una cercana farsa, con expresiones y voces falsas en sus alturas y ritmos. No se duda de la gran calidad de los dos, pero se ha escapado la dirección. Charo López consigue, en los últimos minutos, encontrar el personaje de su Levana cuando, cara al público, hace un impresionante monólogo. El actor José Luis Torrijo está excelente, en este soldado con nombre silenciado, y al que decidieron ellos llamar Iván. Un violento final explica su verdadera personalidad y lo imposible de esa paz en la lucha independentista, con enfrentamientos por la ambición imperialista, por motivos religiosos o por política. Son los últimos momentos que consiguen dar valor a una especie de sainete dramático.
Enrique Centeno

martes, 11 de agosto de 2009

Zanahorias *

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Autor: Antonio Zancada.
Intérpretes: Natalia Hernández, Eva Higueras,

Carmen Ruiz, Antonio Zancada.
Dirección: José Bomás
Teatro: Fernando Fernán-Gómez (CC Villa
17.1.2008)
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El teatro del Centro Cultural de la Villa de Madrid se inicia hoy con su nuevo nombre, el del fallecido Fernando Fernán-Gómez (noviembre, 2007).
Vaya manera de hacerlo, precisamente, con esta función titulada Zanahorias. Se trata de un entretenimiento que pretende ser una especie de vodevil con mujeres y hombres en la corte real –en total, cinco-, vestidos en una escenografía burlona, todo del siglo XVIII –más o menos-. Allí están con su conde, su marquesa y esas cosas. Durante casi una hora y media, dan gritos irrespetables sobre un texto tópico, disparatado, sin que logren una sola sonrisa entre los espectadores –los amigos, en las últimas filas, se partían de risa, y aplaudían y todo: qué poco pudor-. Las gracias son unas frases vulgares, que nos dolió en intérpretes como Natalia Hernández o Eva Higueras. Uno de los actores es también el autor. Ahí aguantamos.
E. C.

martes, 30 de junio de 2009

La señorita Julia ***

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Autor: August Strindberg.
(Versión: Jose C. Plaza-Asperilla).
Intérpretes: María Adánez, Raúl Prieto,
Chusa Barbero.
Música: Luis Miguel. Andrea Szamek (violin),

Scott A. Singer (acordeón).
Escenografía: Andrea D'Odorico.
Iluminación: Juan Gómez.
Vestuario: Andrés Rodrigo.
Dirección: Miguel Narros.
Teatro: Fernán-Gómez. Centro Cultural

de La Villa .(14.3.2008)
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Desde hace quince años no veíamos, de verdad, a La señorita Julia. Se ha intentado, inútilmente, numerosas veces. En esta ocasión se ha utilizado una escenografía estupenda –Andrea D’Odorico-, naturalista, que ilumina sabiamente Juan Gómez. Con excelentes intérpretes: María Adánez (Julia), Raúl Prieto (Juan) y Chusa Barbero (Cristina), a quienes dirige Miguel Narros, un sabio de la puesta en escena y de los escasos directores que trabaja y conoce la dirección de actores.
August Strindberg escribió esta obra en 1888, y suele ser ahora una pretendida creación trasladarlo a la actualidad o a una época desconocida. Son fórmulas en las que el decorado, el vestuario, el atrezzo y el estilo general, huyen de aquella historia de hace 120 años, en espacios huecos, con pantalón de tienda o cosas similares. En este caso, no tengan miedo.
Fue entonces, cuando el sueco Strindberg creó a esta Julia, cuya propia vida estaba amargada, con experiencias desastrosas en sus sucesivas parejas. Mezcla un hábil humor con este fondo dramático. Relaciones de infidelidad -la del criado- y la frivolidad sexual –la señorita-, que le permiten su deseada venganza. Y el comportamiento de las dos clases sociales.
La noche de San Juan comienza fríamente con la llegada de Julia a la cocina de su mansión señorial, despreciando y burlándose –ya bebida y frustrada- del atractivo criado. Se va organizando un juego, poco a poco, hasta ser la libidinosa señorita la que se conduce al enfrentamiento. Es un viaje en el que la magistral escritura es capaz de llegar de lo blanco a lo negro, desde la provocación hasta el deseo, del final del túnel anillado hasta la destrucción erótica y social. Fue una lección dramática, quizá insuperable entre textos y acciones. Un magnífico trabajo de María Adánez y de Raúl Prieto que, frente a frente, van creando la transformación de los personajes en momentos fascinantes.
La Señorita Julia ha pasado al teatro contemporáneo; durante una breve noche los dos cambian sus funciones: bajada humillada y subida portentosa. Es este drama político el que sirve al autor para atacar la moralidad y la lucha de clases de su siglo XIX. Lo cual aprovecha Strindberg para sacar a luz sus propias desgracias y sentimientos. ¿Cómo se atreven algunos directores a representarlo como una actualidad? La grande es, precisamente, el valor del pasado y su permanencia de hoy.
Apoya este reparto la engañada cocinera, como siempre perfecta, Chusa Barbero. María Adánez hace una interpretación espectacular, en la que va duplicando a Julia, una transformación genial. A Raúl Prieto le han enseñado muy bien el viaje, desde la sumisión hasta su marcha de la cocina.
Enrique Centeno

viernes, 8 de mayo de 2009

Trampa para pájaros **

Hace demasiado tiempo que no veíamos en nuestros escenarios a José Luis Alonso de Santos (1942), uno de los importantes -ya casi inexistentes- del realismo actual. Desde su inicio –quizá excepto su primera obra, ¡Viva el Duque, nuestro dueño!, en tiempos del Teatro Independiente, 1975- trata temas de nuestro alrededor. No paraba de estrenar comedias o dramas, tan conocidas como La estanquera de Vallecas (1982), Salvajes (1995), o Yonkis y Yankis (1996).
Lo que se presenta hoy, trata del recuerdo de la policía política y el hundimiento de un último salvaje de la represión franquista. Se estrenó en 1992, un momento en el que todavía se sentía en el cuerpo: tras la democracia, siguieron muchos manteniendo su pistola en mano, una raza ya antigua, pero que en su vejez aún ensañaban los dientes. La obra había sido publicada un año antes (Ediciones Marsó Velasco, 1991), y conocíamos al concejal del barrio madrileño, al Sherif con pistola en la chaqueta dominando esta zona, precisamente en la que se estrenó entonces -Teatro Alfil-, esta Trampa para pájaros. El público sabía que acababan de terminar las acciones de la Policía Política.
Alonso de Santos continúa su Realismo comprometido, ocupándose de nuestro alrededor; temas en los que no pierde un cierto humor irónico y en los que consigue, inteligentemente, una construcción teatral que hoy muy poquitos saben hacer. Muchos de sus títulos muestran y enseñan hoy nuestra historia. Pero pensemos en otra, La taberna fantástica, de Alfonso Sastre –desde luego, no se trata de comparar- que ha regresado en esta misma temporada, tras veintitrés años, y que se pudo poner en escena en 1985: la estupenda Trampa para pájaros fue el drama no histórico todavía, sino la propia realidad que adquirirá su valor histórico cuando se aleje de lo reconocido aún.
El personaje Mauro se ha encerrado en la jaula de su desván, disparando por las ventanas. La policía rodea a este pájaro, y será disparado por su conocido compañero policía.

Vamos descubriendo a los personajes, con ese estudio psicológico que conoce Alonso de Santos. Abel, el hermano menor -el “bueno”-, que acude a la casa para impedir su actitud, fue el niño cuidado y mimado por la madre. Es un tipo –ya desaparecido- que le interesa al autor por las diferencias en las familias. Y en sus largas conversaciones van surgiendo los choques, las diferencias y los enfrentamientos físicos. Todavía no se conforma el escritor y crea un triángulo con la mujer de Mauro –se llama Raquel, otro nombre bíblico-, que confesará, tras su interrogación, su amor hacia Abel. Llanto y desesperación cercanos a las tragedias griegas.
Trampa para Pájaros la dirige también el autor –el antiguo estreno lo hizo Gerardo Malla, estupendamente, como en varias obras de Alonso- en un trabajo interpretativo dificilísimo, con personajes que, sin salir de escena, frente a frente deben ir transformándose; sin red.
Enrique Centeno
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Autor y director: José Luis Alonso de Santos.
Intérpretes: Juan Alberto López, Manuel Banderas,
Olga Doménech, Yiyo Alonso.
Escenografía y atrezzo: Richard Ceñiré.
Teatro: Fernán-Gómez, C.C. de la Villa. (7.5.2009)

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sábado, 7 de febrero de 2009

4.48 Psicosis **

Afortunadamente, va cesando, entre nosotros, el atrevimiento continuo a los monólogos: ese trabajo es únicamente lícito por grandes intérpretes. Lo hemos visto ahora con Leonor Manso, una actriz argentina a quien no conocíamos y que nos dejó asombrados. Aparece y se mantiene, inmóvil, sentada en un taburete, bajo la iluminación en su rostro, y en algunos momentos, en su físico tenso. Una especie de plano corto, bajo luz cenital, donde su rostro va cambiando los gestos: del autismo a la angustia y la creciente desesperación. La expresión le arrastra hasta llegar a su definitiva psicopatía. Es esta transformación lo que, verdaderamente, salva esta función. Mucho más que el propio texto personalista. Se trata de una mujer desesperada, amenazándose, a sí misma, con su suicidio. Trata un hecho real de la autora británica Sarah Kane, que se ahorcó después de rendirse en estas interminables páginas. Tenía únicamente 28 años –en 1999- y había escrito cinco obras, en las que intervino como directora. Se ha opinado –incluso asegurado- que su gran talento le ha convertido en una autora “fundamental” de la escena contemporánea. Este 4.48 psicosis fue representado hace unos años. Aquí, en la temporada pasada se representó Medea (véase Criticas 2007-2008 en nuestra página).
La historia de esta desaparecida escritora no es un texto teatral: realmente, es la confesión de su situación psicológica y su decisión de abandonar la vida. Recordábamos varias obras, para monólogos, sobre los últimos días de la pintora Frida Khalo; el más reciente es Árbol de la esperanza, de Laila Ripoll –véase Críticas 2007-2008-. Porque son muy diferentes, especialmente por el sentido del suicidio de Kane, frente al lamento y el dolor de aquella luchadora. Ésta otra, lo que nos quiere explicar es, con exhibición, su decisión. Era conocedora de su enfermedad en el frenopático, del que salió para regresar a su casa. Un monólogo interminable, un autismo que vuela en su permanencia. El mundo es el culpable, la causa es la inutilidad.
En su habitación no hay ventana, ella carece de la mirada al exterior. No quiere transformar, recrear, romper y construir lo que odia. Solamente quiso mirar los techos vacíos, huyendo de cualquier creencia para negarse a la transformación. Su suicidio es así el alejamiento del combate, la construcción cobarde; sin un momento vital, ni un instante. He leído por ahí que se compara a Kane con Becket y con Pinter. Un disparate insultante, esperemos que este motivo haya sido por los éxitos que ha obtenido.
Enrique Centeno
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Autora: Sarah Kane
Interpretación: Leonor Manso.
Dirección: Luciano Cáceres.

Teatro: C.C. de la Villa (Hoy Centro de Artes),
Teatro Fernán-Gómez. (4.2.2009)
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miércoles, 4 de febrero de 2009

El caso de la mujer asesinadita **

Más de medio siglo ha pasado del estreno de El caso de la mujer asesinadita (1946), escrito por Mihura en colaboración con Álvaro Laiglesia, como en otras comedias, en las que se suele evitar en muchas ocasiones. Ambos eran grandes firmas en la genial revista La Codorniz, que dirigió durante un tiempo Laiglesia, siempre con los dibujos de Mihura.
Causó entonces ese singular estilo, un nuevo humor del surrealismo, incluyendo escenas del absurdo. Esta ruptura con el teatro cómico, fue, y continúa siendo, una invención de locuaz riqueza de juegos escénicos –lo que suele denominarse construcción de “carpintería”-, que provoca continuamente la carcajada. Una risa inteligente con la crítica o la burla a la moral de la sociedad, un atrevimiento rechazado con escándalos en aquellas costumbres. Sigue siendo el mejor comediógrafo. Desde entonces, padecemos un barato género de humor dedicado al público conservador, tanto por autores como por compañías o vulgares intérpretes exhibicionistas.
Hoy, en este montaje que hemos visto, los actores están casi abandonados, sin eficacia y sin esa irónica tristeza que, en su texto, se entremezcla con la comicidad tan peculiar en el teatro de Mihura.
Los intérpretes se las arreglan como pueden, para obedecer a la directora, entre gritos, repeticiones de gestos y en los traslados de los semáforos o estaciones en el decorado. A veces, pausas para lanzar, ricamente, frases que se limitan a la comicidad con la oscuridad de la poesía. Todo ello sin éxito entre el público, que seguía el argumento en una casa de locos atacados, alejados del verdadero hotel de la asesinadita. La puesta en escena no muestra la alegría y el entendimiento entre mujeres –siempre avanzados por nuestro autor- y hombres. Unas, sometidas; ellos, que desean encontrar el amor; un matrimonio imposible, pero conseguido en otro mundo, ése que no está en la realidad. Lo trata con todo cariño este solterón Miguel Mihura.
Enrique Centeno
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Autores: Miguel Mihura y Álvaro Laiglesia.
Intérpretes: Isabel Ordaz, Isabel Martínez,

Francisco Albiol, Lola Baldrich, Cipriano Lodosa,
Mamen Ferrús.
Escenografía: Ricardo Sánchez Cuerda.
Vestuario: Manu Berástegui.
Dirección: Amelia Ochandiano.
Teatro de la Danza.
Teatro: Fernán-Gómez. (Centro Cultural de la Villa)
(20.5.2008)
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miércoles, 21 de enero de 2009

Dos menos **

Dos hombres, ya viejos, han decidido huir de la realidad y regresar al pasado durante sus breves vidas: un estúpido médico –Nicolás Vega, que interpreta a diversos personajes- les comunica, en su informe, la cercana muerte de ambos. Uno, apenas en diez días y, el otro, dos semanas de vida. Desde sus vecinas camas del hospital, la conversación ha sido escasa, pocas palabras entre los dos enfermos. Se miran ahora fijamente, y la decisión es ya con palabras mudas: marcharse de allí, regresar a sus antiguos tiempos. El título ya anuncia que serán Dos menos en el censo de habitantes. Con los pijamas puestos, inician su viejo itinerario. Esta brillantes escena, con los dos personajes junto a sus camas, es, sin duda, lo mejor de la función, que promete el deseado espectáculo. No se cumplió lo esperado.
Juntos en la soledad, van contándose recuerdos, historias y anécdotas, acudiendo a lugares que contemplan lo imaginado y lo real entre personajes y los ambientes de sus memorias. Como conquistadores o fracasados en las salas de baile, cuyo mejor trabajo transcurre entre la música del arrabal, agarrados entre rojos y negros atrevidos. U otras historias diferentes, ante las orillas o los amores perdidos y paisajes, que pierden ya el entusiasmo. Ellos gozan o se emocionan con aquellos triunfos y frustraciones entre carcajadas y llantos.
El autor francés Samuel Benchetrit (1973) es autor de novelas sobre temas del suburbio, con violencia crítica. Después de haber abandonado los estudios a los quince años –familia humilde de la que marchó-, fue formándose como guionista y director de cine –recordamos más Janis y Jhon-, en juegos de comedia. Se introdujo en el teatro con su Dos menos, otra comedia divertida con cierta mirada melodramática. Quizá, esta obra sea suficiente para una película rica en imágenes, pero el escenario teatral, casi desnudo, es insuficiente para una representación que envuelva al público. Algo más que con ciertas sonrisas y alguna ternura. Al parecer, fue un gran éxito en Buenos Aires, quizá por el placer que nos ofrece la contemplación de estos dos excelentes actores, Héctor Alterio y José Sacristán, a quienes ayudan muy bien los dos secundarios, Cecilia Solaguren y Nicolás Vega. También parecen algo cansados, con sus voces ricas, pero esta función aburre. Quizá han querido hacerlo así, pero decepciona. El mundo en la memoria histórica desaparece de los viejos, veteranos y maestros. Éstos de Benchetrit, en cambio, son quienes hacen cuentitos de los dos canosos con un texto poéticamente elemental.
Este autor ha querido comprender y dedicarse con cariño al mundo de los mayores. No creo yo que los conozca bien, por mucho empeño entre la risa y la nostalgia.
Enrique Centeno
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Autor: Samuel Benchetrit.
Traducción: Fernando Masillores y
Federico González del Pino.
Intérpretes: Héctor Alterio, Pepe Sacristán,
Cecilia Solaguren, Nicolás Vega.
Dirección: Óscar Martínez.
Teatro: Fernán-Gómez (C:C: Villa).
(15.1.2009)
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viernes, 21 de noviembre de 2008

Todos los que quedan **


Una historia, una investigación sobre la memoria y la búsqueda. Es una mujer empeñada en encontrar a su padre. Es una larga búsqueda sobre la desconocida muerte de su padre. Pasa por la Guerra Civil y la posterior Guerra Mundial. Lo que encuentra es a un personaje, Juan Cerrada, cuyo nombre ha robado, oculto en un lugar perdido. Fue doloroso, lo mismo de un lado como del otro en España, con detenciones por los alemanes. No quiere hablar de todo aquello, tras el sufrimiento en el campo de Mauthausen.
A las preguntas de Ana, este curioso personaje va soltando, cada vez con más interés, pero seco, con bronca voz, lo recuerdos de su compañero: torturas, miseria y contemplación continua de unas chimeneas de incineración de los presos. La función causa la diversidad de aquellos hombres a quienes les tocó en uno y en otro lado. Se cuenta esta historia casi sin respiración, como en un cuento fantasma relatado por un profesional contador. Pero no es así, porque este personaje lo relata sin trucos, inmóvil en su silla de ruedas, a la que ni siquiera hace cambiar de lugar. Ella tampoco le rodea, sino que permanece casi como una estatua que escucha y recoge su testimonio en un magnetófono. Hay solo, alrededor, la imagen silenciosa del buscado familiar con su ropa a rayas, detenido y encerrado entre los alambres de púas.
No es fácil la interpretación con su inmovilidad: un riesgo, una apuesta cuerpo a cuerpo de los dos. Lo hacen muy bien, la buscadora -Pepa Durán-, y el encontrado -Angel Savín-. El buen director, Adolfo Simón, les desafía en su seco montaje, les obliga a un único diálogo. Le hubiera resultado más fácil crear movimientos, acciones, gestos, gritos y luces entre sombras. Lo consigue con sencillez. Es evidente que este pequeño teatro, sin tamaño, sin fondo, sin laterales, es una caja de cerillas. Hay una carretilla en la que se amontonan cadáveres del combate o del campo de exterminación. Lo han representado a pesar de contar con una simple cámara y la imposibilidad de aislar al recordado fantasma del preso.
A Raúl le interesa la historia teatral, más o menos imaginaria. Las batallas las escribió en Los malditos, y el propio Mauthausen en su otro estreno, Los engranajes. Es un magnífico escritor de su generación teatral actual.
Enrique Centeno
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Autor: Raúl Hernández Garrido.
Intérpretes: Pepa Durá, David Rubio, Ángel Savín.
Dirección: Adolfo Simón.
Teatro: Fernán Gómez (C.C. Villa) (19.11.2008)
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martes, 11 de noviembre de 2008

Animales artificiales *

Estamos de nuevo ante Matarile Teatro, una compañía de la escritora, actriz y directora Ana Vallés. La vimos hace medio año en La Abadía y, antes, en La Cuarta Pared. En ambos era manifiesta la búsqueda del expresionismo. Se vio, desde un principio, torpeza y estilo inutilizado. Pero parece que va, levemente, encontrándose en su propia búsqueda con este llamativo Animales artificiales. De nuevo, inicia con un discurso: aquí, al público. Una mujer alemana anuncia la ausencia de texto, de argumento, de sentido e incluso el silencio frente a la indignación. En su voz germánica cita una larga agenda de autores como Freud o Peter Handke. Además de pintores, danzas orientales o versos. Es también incluido el delirante e imitado Artaud. Como si todo lo aprendido quisiera ser sumado. Mucho conocimiento.
El expresionismo es un encuentro entre el absurdo y la visión de la ruptura entre la vida y la destrucción: bástese citar, por ejemplo, a Van Gogh, cuyo autorretrato, su habitación o los girasoles, son tanto las realidades como sus visiones: a el le considera expresionista. No debe confundirse, en el teatro, con el superrealismo de la moderna y breve búsqueda de la ruptura del llamado happening. Lo que tratamos de explicar, es que ese arte rompedor no se limita a la plástica; si no, sería un disparate, una inutilidad; sin contenido o con la incomprensible justificación de una representación. Aquí estamos.
Este expresionismo parece buscar el alejamiento del propio tema pretendido; romper no consiste en ocultar; crear y enriquecer no es el barroquismo ni lo cósmico, como sería emplear el lenguaje shuzntu. A Vallés le entusiasman las imágenes incomprensibles fuera de sus propios pensamientos. Tiene que haber un tema, unos personajes, un modo diverso de hacer relaciones con el espectador. En este estreno – Teatro Fernán-Gómez, Centro Cultural de la Villa- aparecen personas que unas veces se mueven absurdamente y otras medio bailan sin conocimiento: toca uno el trombón, canta ópera un individuo, intenta provocar alguna gracia, se hablan a veces incomprensiblemente. O aún más: con voces sin estudios (En un momento protestó una espectadora: “¡No se oye!”; a lo cual añadió otra gritando: “¡Ni falta que hace!”). Yo no dije una palabra, pero vi que llevabamos una hora y tres cuartos allí sentados, con todo el esfuerzo. Se hizo por fin el oscuro y salí corriendo para llegar a tiempo al telediario.
Enrique Centeno
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Autora, actriz y dirección: Ana Vallés.
Intérpretes: HelenBertels, José Campaanari, Mónica García,
Mauricio González, Iván Marcos, Ricardo Santana, Ana Vallés
Hugo Portas,
Ramón Vázquez.
Escenografía: Baltasar Patiño.
(Matarile Teatro).
Teatro: Fernán-Gómez (CC de la Villa) (7.5.2008)
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domingo, 2 de noviembre de 2008

Caídos del cielo *


Hace veinte años, vino al teatro Alfil una compañía de presas de la Cárcel de Mujeres de Yeserías a quienes aficionó una funcionaria de allí –Elena Cánovas-, y que continuaría después con sus obras. En su desarrollo, este grupo trabajó mucho y bien en sus textos de creaciones propias, dirigidas y vivas, con la directora. (No son ya las mismas, natural y afortunadamente). Sus argumentos se basaban en sus vidas tristes, dramáticas y trágicas por sus delitos. (Se hizo después una película con la presencia de algunos actores profesionales). Tras las funciones, regresan a la cárcel: el hecho en sí mismo provoca la emoción, y nos cuentan lo que las llevaron a las rejas o sobre el ambiente de las celdas y los patios.
Lo hemos recordado al ver esta obra, Caídos del cielo, escrita y dirigida por Paloma Pedrero. Algo hay en común, pero con la diferencia esencial entre las mujeres condenadas y los personajes vagabundos. Unos lo son por la pobreza, otros por su propia elección o a causa de su perdido interés por nada o por sus cuerpos en la sima. Han caído del cielo, -titula inadecuadamente la autora-. Ha querido mirar alrededor, contemplando el suelo sin techo para muchas personas. Nosotros también los conocemos, los vemos cada día cerca de nuestra casa o en la plazuela por la que pasamos camino del trabajo. El teatro de Paloma Pedrero se caracteriza por sus personajes tensos, en ambientes humildes, populares; e introduce dramas entre el humor, el amor y el cariño.
La tierna sensibilidad no es suficiente para una obra. El reparto lo componen veinte personas, algunos profesionales y, sobre todo, reales vagabundos. En el metateatro aparece una escritora y directora de la obra que están montando. (Otra vez: lo relacionamos con la funcionaria-directora citada, pero nos parece que es la misma Pedrera). Casi todo son monólogos, algunos interminables, donde nos cuentan sus historias y sus situaciones. Todos miran alrededor –no salen de escena- pareciendo una terapia de grupo. Es natural que lo hagan muy mal, pero buscamos, sobre todo, una acción – hay algo, muy leve-. Sus palabras continuas son tópicas biografías nada interesantes, conocidas, vulgares, de cansancio. La verdad es que lo que más nos gusta es el filósofo meditativo del precioso perrito, que nos ayuda a entretenernos para descansar de vez en cuando. Yo, al menos, me he aburrido mucho, con todo mi afecto y
perdón.
Enrique Centeno
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Dirección: Paloma Pedrero
Escenografía: y vestuario: Llorenç Corbella
Interpretación:
Charito: ROCÍO CALVO Escritora :ANA CHÁVARRI
Violeta: PALOMA DOMÍNGUEZ/ BLANCA RIVERA
Abelino: MANUEL FERNÁNDEZ
Jato: MANUEL MATA
Amadeo: CARLOS PIÑEIRO
Félix: FELIPE PÉREZ/ RAMÓN LINAZA
Marcelo: CRISTÓBAL ANAGA
Manuel: YOLANDA SOLA/ JOSÉ MANUEL
Antonio: FRANCISCO VELASCO/ CRISTÓBAL ANAGA
Natalia: MERCEDES LUR
Fernándo: MANUEL MATA
Contratista: JOSÉ LUIS ÁLVAREZ
María: LUISA FERNANDA GARCÍA
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