miércoles, 11 de febrero de 2009

El deseo atrapado por la cola ***

Picasso fue atrapado por el teatro. Fue el tiempo en el que París creaba una nueva desfiguración del Arte Escénico que se había inventado previamente, el inesperado absurdo unido al surrealismo, junto cono la burla política: Ubú Rey, de Alfred Jarry, 1896. Aquí, entre nosotros, esta transformación fue una tentación para diferentes creadores en contacto con la histórica Residencia de Estudiantes. Algunos poetas, como Gabriel Celaya –en este Círculo de Bellas Artes se representó, en 1989, su preciosa El relevo, una de sus escasas obras-, o pintores como Dalí –escenografías-, o Picasso, con su atrevimiento a escribir esta curiosísima obra de El deseo atrapado por la cola (1941). Escribió también Las cuatro niñas.
    El lugar, desconcertado en esta obra de teatro pánico, transcurre es una casa o salones extremistas. Muebles cubiertos, vejadas mesas, sillas o el mágico armario. Llegan allí sus nuevos habitantes, todos formando un tumulto de desaparecidos o de vivientes; su decorado son altos visillos blanquecinos y grises tenues, por donde asciende uno de los personajes, como si fuese un circo absurdo. Como fantasmas o zombis, seres arrastrados con una estética surrealista, desconcertante. Se piensa que son seres abandonados o buscadores de una concha.
    Sabemos que anda por ahí Picasso, quizá todavía en contacto con aquél Dalí. Caminan deformes, asustados, comparándose unos con los otros. Un toreador con una vulgar chaquetilla, se enfrenta, con su capote –también falso- a un asta que porta otro: quizá la obsesión por el minotauro o las plazas de toros, que tanto gustó al malagueño. El resultado causa sorpresa, asombro ante este misterio. Una intriga que los espectadores quieren resolver, conocer lo que allí está sucediendo. Lo que se propone el autor es, precisamente, ese surrealismo esperpéntico, una acción visualmente libre para cada cual. Definitivamente, gozamos, sonreímos o mostramos elentrecejo.
    Puede reconocerse a Buñuel, ese iniciador del cine maldito, como aquellos de la Residencia de Estudiantes -tendencias diversas-. Los personajes de esta función son hombres y mujeres, biformes, sin edades y sin letras musicales, con clarinete, trombones o piano en una fanfarria al ritmo de los torpes caminantes.
   Brillante trabajo de los ocho intérpretes, magníficamente dirigidos por Juan Dolores Caballero. Es la compañía Teatro de El Velador, unida al Centro Andaluz de Teatro: ya saben que sólo representan a autores andaluces, como Picasso, aunque lo escribió en francés, allí en la catedral del arte, París. Un espectáculo que adquiere una gran calidad y que, curiosamente, lo asociamos a la inventora compañía La Zaranda, también andaluza.
Enrique Centeno
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Autor: Pablo Ruiz Picasso.
Traducción, Escenografía y dirección: Juan Dolores.
Intérpretes: Benito Cordero, Isabel López, Inés Vidal,
Julián Manzano, Juanjo Macías, Luis Medina,
Rocío Borrallo, Rocío Galán.
Vestuario: May Cantó.
(Teatro del Velador, CAT)
Teatro: Círculo de Bellas Artes (1.3.2008)
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