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martes, 21 de febrero de 2012

Drácula ***

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Autores: Hamilton Deanne y Jhon L. Balderston.
Sobre la obra de Bram Stoker.
Versión de Jorge de Juan García. 
Traducción de Pilar Lerma.
Intérpretes: Emilio Gutiérrez Caba, Ramón Langa, Martiño Rivas, 
María Ruiz, Amparo Climent, Cesar Sánchez, Mario Zorrilla.
Vestuario: Yiyi Gutz.
Escenografía: Carmen Castañón.
Iluminación: Gustavo Pérez Cruz.
Dirección: Eduardo Bazo y Jorge de Juan.
Teatro: Marquina. (13.1.2012)
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Casi con miedo
La adaptación teatral de la novela Drácula, no la llegó a conocer su autor, Bram Stoker (1847-19129), pero su personaje alcanzó ya la admiración y la mitología de aquel vampiro.  De la dramaturgia de Hamilton Deane y Jhon L. Balderston, pasó después al cine en continuos rodajes, unos de gran calidad y otros más decadentes; no de horror, sino horrorosos. 
      El texto que ahora se representa pertenece a los dos dramaturgos citados, y se  une la versión de Jorge de Juan. No  figura su creador Stoker. El montaje se acerca con  fidelidad a una parte del original. El tema de Drácula en nuestro teatro ha inspirado a diversos autores españoles; tal es el caso de Francisco Nieva con su Nosferatu (Aquelarre), -personaje que denominó el autor Murau, en su verdadera imitación, muy cercana al plagio, y que produjo no pocos problemas con los derechos de autor-, obra maestra que se estrenó con enorme calidad (1993) en el desaparecido Centro Nacional de Nuevas Tendencias Escénicas.
    Podemos recordar algún estupendo montaje, como la fantasía en muñecos -Vampyria, para adultos-,  creación de la compañía Corsarios, o la visión de la compañía Teatro de Danza. Mejor será no citar el último, de hace un año, en la inutilidad que se hizo en el Centro Dramático Nacional. Quizá estos datos no tengan demasiado interés, aunque lo hayamos recordado.
    En la obra, la historia ocurrirá ya en Londres, a donde Drácula había viajado –en ataúd y toneladas de tierra- procedente de su Transilvania. Ante un atril, se dictará una conferencia del testimonio del Doctor Abraham Von Helsong,  donde explica la existencia de la no vida y la  no muerte: bien lo sabía él, que había acudido al castillo de aquella Rumania. Interpretará a  este perseguidor del Conde Drácula Emilio Gutiérrez Caba, magnífico siempre - ya apareció en la obra misteriosa de La dama de Negro, junto a Jorge de Juan, aquí codirector-, que anuncia y provoca al público con su primera inquietud. Nos llevará a la mansión donde había muerto su hija mientras él viajaba, en el caserón de su colega y amigo psiquiatra Doctor Sewaed, quien  le pedirá ayuda para descubrir esa extraña enfermedad que ahora padecía también su hija. Es un  personaje brillante, interesantísimo, que el  veterano César Sánchez borda con perfección.
     A la bella y joven Mira, hija del Doctor Sewaed, la conoceremos en sus blancas gasas, y adivinamos que será una víctima de las que Drácula tomará sus dosis. Interpreta bien María Ruiz a esa inocente, pálida y debilitada muchacha. Una oscura y siniestra antipática, la encargada del adjunto manicomio, lo crea muy bien  la actriz Amparo Clement. Ya se va viendo que el reparto es de perfección y de brillantez. Ese enamorado de Mira, tierno y fiel, lo hace educadamente Martín Rivas (se da noticia, en el programa de mano y sin pudor, que ha sido elegido como “el actor más sexy de la televisión”). Ramón Langa, notable actor de doblaje, aparece de nuevo sobre las tablas: voz y físico bien elegidos, como demuestra ya en su súbita aparición cubierto con la clásica capa negra de Drácula, inquietante como hombre-vampiro, ciertamente asustando al público. En las nucas chocan unos terribles gritos que cortan la respiración; por el patio de butacas avanzará este violento sujeto, con gestos amenazantes, preso entre cueros y cadenas de las que se separa el público del pasillo, hasta alcanzar al escenario. Un bruto Renfield, despeinado, barbudo, forzudo, como un loco o esquizofrénico que, en sucesivas escenas, confesará su sumisión y dependencia de Drácula. Hace una magnífica interpretación Mario Zorrilla, quizá el más tenso personaje.
   Algunos efectos de los juegos de magia, sonidos preocupantes y una cierta iluminación. Lo mejor de todo es la admirable escenografía de Carmen Castañón. Ese acogedor salón del doctor lo forman dos alturas comunicadas por una escalera de caracol que permite subir al pasillo de las librerías, y alguna puerta oculta cuya salida no sabemos si conduce al manicomio o a un escondite.  El altísimo decorado forma ventanales góticos acristalados. Deben agradecerlo los actores, esta riqueza para adaptarse y enriquecer sus personajes; aunque ya sabemos qué talento hay en el reparto. Quienes organizan la puesta en escena, Eduardo Bazo y De Juan, utilizan con inteligencia los textos, ritmos de voz y movimientos que forman momentos plásticamente efectivos.  Son, por partes, una suma de siniestra diversión, y así nos lo garantiza el público en sus cálidos y numerosos aplausos en la función de un día fuera del estreno.
Enrique Centeno

sábado, 3 de abril de 2010

La mujer del sexo tatuado ***

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Autores: Mario Zorrilla y Mariano Hossorno.

Intérprete: Mario Zorrilla.
Dirección: Luis Araújo.
Teatro: Las Aguas. (2.2010)
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Siempre acudimos a ver un monólogo con desconfianza. Casi todo el mundo se atreve a comerse el escenario y exhibir su creída genialidad. No se asusten, porque La mujer del sexo tatuado es una función magnífica cuyo texto han escrito el propio actor, Mario Zorrilla, y Mariano Hossorno.
Es un cuento dramático, la historia sentimental del viejo marinero arrastrado y abandonado en el rincón de un malecón. Este vagabundo, con la botella de ginebra, va contando sus dolores, la tragedia que le sumió. Y descubrimos, de pronto, que en un bulto cubierto por una vieja manta, yacía el cadáver de un colega. Se arrastra, se arrodilla a su lado, camina torpemente sin alejarse del muelle, y va explicándole cómo incumplió su regreso junto a la mujer apasionada. Y le lee una vieja carta de amor que recibió, hacía muchos años, pidiéndole su regreso. Él terminó por cruzar el mar hacia el país donde la dejó. Encontró que su amada, destruida, vivió en la degeneración, hasta llegar al asesinato y su suicidio. Nos recordaba esta historia en la que se embarcó el amado marinero: “Él vino en un barco, de nombre extranjero, / lo encontré en el puerto un anochecer…”. Es la popular copla Tatuaje, que contiene varias coincidencias con este argumento, y aquí, con su sexo tatuado, debió caminar “de mostrador en mostrador” –citamos de nuevo aquella canción- hasta transformarse en un enloquecimiento. Este poético texto, durísimo –con algunos versos pertenecientes a Javier Egea y José María Heredia Mayo-, es interpretado por Mario Zorrilla con emoción, con voces entre lamentos y sollozos en tonos susurrados o lanzadas, sin piedad para estremecer al público. Un personaje difícil, lo hace formidablemente. La función la ha dirigido Luis Araújo, y entre los dos han logrado un ritmo entre pausas y cadencias, desde la expresión al naturalismo. Yo lo vi mucho después del estreno, y el público quedaba encogido para pasar a los intensos aplausos.
Enrique Centeno