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lunes, 12 de diciembre de 2011

Agosto (Condado de Osage) ****

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Autor: Tracy Letts.
Traducción: Ana Riera.
Versión: Luis García Montero.
Intérpretes: Amparo Baró, Sonsoles Benedicto, Alicia Borrachero,
Irene Escolar, Gabriel Garbisu, Antonio Gil, Carmen Machi,
Markos Marín, Miguel Palenzuela, Chema Ruiz, Clara Sanchis,
Marina Seresesky, Avel Vitón.
Escenografía: Max Glaencel.
Vestuario: Iluminación: Felipe Ramos.
Videoescena: Álvaro Luna.
Dirección: Gerardo Vera.
Teatro: Valle-Inclán (CNT). (7.12.2011)
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El fantasma americano

La primera frase de la obra es “¿Qué larga es la vida… T. S.  Eliot”. Es lo que  lee, en uno de sus numerosos libros, el ya viejo Beverly –lucimiento del actor Miguel Palenzuela- en sus largas referencias al suicidado poeta; el desencanto, la inaceptable frustración. Lo siguiente que oímos -en off-, es: ¡Hijo de puta…! , en el grito de su esposa, Violet.  Beverly aconsejó, y cedió sus libros a la inocente empleada, Johnna “India”, siempre presente  -perfecta Marina Seresesky-, y, tras su mutis, nunga más se el volvió a ver. Sabbremos, avanzada la representación, cuál fue su adivinado final.
El autor Tracy Letts (Tulsa (Condado de Osage, Oklahoma, 1965) anuncia enseguida  el drama realistaque se desarrollará en una vieja y descuidada casa de madera, familiar, con dos pisos y el sesván adaptado como habitación. Sin ventanas abiertas al exterior: es el encierro, el aislamiento. Aquí sucederán cinismos, mentiras y enfrentamientos, adorndos con un negro humor de rupturas, quizá inspirado en los temas de Eugene O'Neill -Largo viaje de un largo día hacia la noche- o del principal Tenneessee Williams (cómo no recordar también a La familia encantadora de Bliss, del británico Coward). 

Ha asistido al entierro toda la familia, procedente ”de aquí y de allá”: tres generaciones en las que  la única esperanza de la profunda america será Jean, de 14 años -sorprendente la increíble y jovencísima actriz Irene Escolar-, la nieta del avispero familiar. Son tres hijas –ocultemos alguna sorpresa-, la casada, la enamorada –Clara Sánchis y Borrachero, muy bien- y esa abeja reina, Barbara, que creará Carmen Machi.
Al regresar del pueblo, se ponen en marcha los aguijones. La hija enamorada, Ivy –muy bien Alicia Borrachero-, del supuesto y mucho más complicado  primo; el marido de Bárbara –ya lo diremos-, Bill, infiel y seductor con sus alumnas -siempre destacado Antonio Gil-; la casada menor –lo hace con inteligencia Clara Sanchis- que soporta a un marido – lo trabaja Gabriel Garbisu- capaz, nocturnamente, de aprovecharse de la  adolescente Jean; la tía de las hermanas, Mattie, gran observadora, que  en el ardiente agosto -un fantasma asfixiante de la casa- sabía bien lo que  ocurría -es la siempre admirada Sonsoles Benedicto-. Qué placer da escuchar a todos los magníficos intérpretes del reparto.
Fotografías de David Ruano
Palabras mayores son ya las de Amparo Baró -Violet-, a quien no veíamos hace tiempo fuera de las pantallitas. Una especie de Bernarda que, al quedar viuda, intenta mandar en la casa; que padece una cierta enfermedad mental, a veces llena de pastillas,  con palabras incorrectas,  y, en todo caso, hablando continuamente: le diagnosticó  su cansado marido un “cáncer de boca”. Ordena, exige, se opone o desprecia; tanto desde su cama, por las  escaleras, sujetándose a la barandilla, subiendo por allí a cuatro patas, como golpeando en la sala de estar: es toda la amargura que le impide liberarse del dolor. Baró hace un dramático personaje que pasa igual de la tragedia, la ironía o la desesperación, al amor perdido. Todo lo que le pidan.
Con la alta calidad de todos, es natural que se esperara ver de nuevo a Carmen Machi, continuamente en las tablas -quince años lleva-, y que se ha hecho conocer por la televisión. Es Bárbara, engañada y cansada del marido que decide divorciarse de ella. Fuerte, enérgica, es la voz alta capaz de dominar el carácter de todos. Lucha, incluso físicamente, y en los diálogos con la madre,  se enfrentan midiéndose mutuamente; hay momentos de apasionantes luchas. “¡Ahora mando yo aquí!  ¡Aquí mando yo!”, gritó ante la familia mientras se cierra el segundo acto. Pero no será así.
La arquitectura escenográfica del siempre creador Max Glaenze, con la sabia iluminación de Felipe Ramos, compone ese vetusto caserón en las horas agotadoras. Y en él hace Gerardo Vera quizá el mejor montaje que ha dirigido, cuidando con talento a los actores, el ritmo, los movimientos, las tensiones y juegos corales.  El texto le ha permitido un verdadero espectáculo.
Hacía mucho tiempo que no veíamos tantos aplausos finales, con el público en pie y entre bravos. Eso hicimos todos.
Enrique Centeno  

jueves, 18 de agosto de 2011

El mercader de Venecia *

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Autor: William Shakespeare.
Traducción y versión de Vicente Molina Foix.
Intérpretes: Gabriel Garbisu, Rosa Manteiga, Ernesto Arias,
Carmen Machi, Elisabeth Gelabert, Jesús Barranco, Miguel Cubero,
Josep Albert, Rafael Rojas, David Luque, Lidia Otón.
Vestuario y escenografía: H. Heyme, K. Glarner.
Dirección: Hansggünther Heyme.
Teatro: La Abadía. (31.1.2001)
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Reventando a Shakespeare

Es seguro que en la memoria de cualquier aficionado, permanecerán todavía las imágenes del primer montaje de El mercader de Venecia que se ofreció en el Centro Dramático Nacional –qué tiempos aquéllos- en 1992. Lo dirigió José Carlos Plaza sirviéndose de la traducción, bella, delicada, en versos libres de Vicente Molina Foix. Es la misma que ahora se ha utilizado; y es, también, lo único que puede elogiarse de esta puesta en escena.
    Una Venecia acalorada, bulliciosa y multirracial, es el marco en el que Shakespeare sitúa la acción de El mercader de Venecia, cuya historia mezcla elementos dramáticos, humorísticos y amorosos, partiendo de muchas referencias literarias anteriores pero que el bardo organiza de forma definitiva. Aquel inolvidable montaje, al que aludíamos, se interesó mucho por el judío Shylock, por su drama personal en un mundo hostil: fue una visón oportuna para esta sociedad nuestra en la que se ofrecía el drama. Y contó con todos los elementos extratextuales, icónicos, que hicieron de aquello una obra maestra.
    Lo que queda aquí ahora, es únicamente la traducción. En un incomprensible espacio –una especie de terma cutre, enmarcada, surcada y entorpecida por tuberías de cobre, de duchas y de grifería de latón, que no sabemos qué demonios pintan-, se mueven los personajes: ellos, vestidos de mujer, depilados y elegantes; ellas, travestidas, taradas físicas –es el caso de la bella Porcia -qué atrevimiento-, y un juego escénico empobrecido, donde la famosa escena de los cofres, por ejemplo, se resuelve con una especie de expositor raquítico del que se obtienen un similar pastillero en los que se encuentran las sorpresas.
    Es todo un dislate tal, que no se termina de comprender a qué obedece todo. Ah, descubrimos al final que el pilón alicatado, que hemos soportado durante dos horas y media, era para el bautismo por inmersión –inventado, claro- del desdichado judío. Probablemente, se le quiere ver humillado, víctima de la sociedad cristiana dominante. Pero, puestos a inventar, no es la integración lo que caracteriza al poder, sino la marginación y el desprecio, como bien sabemos en estos pagos, de modo que el asunto es igualmente disparatado.
    En esta espantosa escenografía, pretendidamente innovadora; con estos incomprensibles trajes, también presuntamente innovadores, y con una interpretación muy deficiente, apenas salvada –no siempre- por la actriz que–Porci-, pero en general, histriónica, a medio camino entre el amateurismo y la soberbia vanguardista Naufraga el espectáculo permanentemente, como si las aguas de la tranquila Venecia quisieran abducir el disparate que, incomprensiblemente, ha coproducido el teatro de La Abadía.
Enrique Centeno






martes, 3 de mayo de 2011

Atraco a las tres ***

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Autores: Pedro Masó, Vicente Coello, Rafael Salvia.
Versión de la peícula por Banca Suñén.
Intérpretes: Manuel Alexandre, Iñaki Miramón, José Luis Martínez,
Carmen Machi, Ana Trinidad, Víctor Gil, Juan Antonio Godina, Javivi,
 Jorge Calvo, María Lanau, Hugo Silva, José Luis Huertas.
Banda sonora: E. Ferrer, Mariano García.
Iluminación: Guillermo Galán.
Escenografía: Carlos Montesinos.
Vestuario: Mayte Álvarez.
Dirección: Esteve Ferrer.
Teatro: Centro Cultural de la Villa de Madrid. (11.1.2002)
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Carcajadas en sepia


Fue, en los años más penosos del cine español, cuando un grito, una denuncia, un testimonio, hicieron tres excelentes guionistas que despreciaron al cine de la sumisión y de la alienación. Hoy es casi un homenaje trasladar a aquella película al teatro. Homenaje porque representa un testimonio de os cineastas no sometidos también porque retrata una sociedad, un mundo sórdido. Sus protagonistas, los empleados de un banco; su trama, la ocurrencia de hacer un atraco a la propia sucursal. El lenguaje, el del viejo sainete realista que tantas veces ha servido en nuestro teatro de crítica y de denuncia.
    Esta sucursal bancaria es un micromundo de la sociedad de los 60. No hay Gesdcasteras, Camachos ni grandes banqueros con brillantina. Se trata de un grupo de infelices que, sn saberlo, están rebelándose en realidad hacia el sistema con planes proyectos modestos, a veces patéticos. Comedia de enorme ternura, plagada de claves sociales escondidas en un lenguaje y unas situaciones desternillantes que, sin embargo, no no escamotean al espectador el drama interno. Drigida con mucho talento, interpretada magníficamente –es un trabajo coral, aunque parece imprescindible citar al viejo maestro de la comedia del cine, Manuel Aexandre-, Atraco a las tres produce una agrduce permanente carcajada. Tiene ese color sepia de las postales auténticas, porque apelan a la memoria y no hay engaño en ella. Con ella inicia el Centro Cutural de la Villa de Madrid sus 25 años de existencia. No es mal comienzo.
Enrique Centeno

miércoles, 23 de marzo de 2011

Falstaff **

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Sobre textos de William Shakespeare .
Adaptación de Marc Rosich.

Intérpretes: Chema Adeva, Raúl Arévalo, Jesús Barranco,
Sonsoles Benedicto, Alfonso Blanco, Pedro Casablanc, Alfonso
Lara, Andrés Lima, Carmen Machi, Rebeca Montero, Rulo Pardo,
Ángel Ruiz, Alejandro Saá.
Escenografía: Beatriz San Juan.
Iluminación: Valentín Álvarez.
Dirección: Andrés Lima.
Teatro: Valle-Inclán (CDN). 18.3.2011
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Carnen Machi, en Doña Rauda
 Ha querido Andrés Lima –junto a Marc Rosich- adaptar la Primera y la Segunda Parte del Rey Enrique IV, de Shakespeare. El personaje de Falstaff ha sido una tentación para diversas adaptaciones, al igual que la ópera bufa de Verdi.
    Lima, director y actor, ha inventado El Rumor, personaje realista que él mismo interpreta, y que irá contando, entre interrupciones y opiniones, escenas que no se verán, acerca de los acontecimientos de la trágica historia que escribió Shakesperare. Y lo hace como dramaturgo, o sabio dios, con cuartillas sobre la mesa que va mirando bajo un flexo, casi siempre adelantándose entre las tablas y dirigiéndose al público como un juglar de hoy, vestido con traje de corbata. Este procedimiento podrá servir para conocer los diez actos del original: o como esos cuentos resumidos para niños, en esta función que durará cerca de tres horas. Este personaje llamado Rumor es aburrido, pesadísimo en su pretendido encanto. Tanto, que escuchamos con respeto, aunque algunos espectadores prefirieron, la noche del estreno, ausentarse durante el intermedio. En numerosos momentos, el siempre barrigón Falstaff hace reír, desde su entrada por el patio de butacas con una nariz de payaso entre el público del circo, aunque pronto veremos su carácter de borrachín, juerguista y putero, pero mostrando su inteligente visión sobre la corte de Inglaterra y sus guerras.
    Gran parte del éxito –será legítimo que lo logren- se deberá a la formidable creación que hace Pedro Casablanc, que, por cierto, en su caracterización nos recuerda al Falstaff de Orson Welles en su Campanadas a media noche. En realidad, todo el reparto hace milagros para subir esta función, a pesar de los conocidos y admirados actores. Lo cómico va cansando, deja de sorprender, y, afortunadamente, se detienen en momentos magistrales de Shakespeare sobre la ambición política, la podredumbre y la traición hasta la batalla de los muertos. En la representación, los versos se respiran con emoción. Pero luego se van otra vez. Vamos esperando a que lleguen a la meta para aplaudir y marcharnos. Pero se añadirá aún una escena, inventada, en la que se representa la muerte de Falstaff, más allá de su condena al destierro por el nuevo Rey Enrique V. Esta escena tiene una hermosa expresión entre el humor y el drama del seboso protagonista.
Enrique Centeno

domingo, 7 de febrero de 2010

El arte de la comedia ***

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Autor: Eduardo De Filippo.
Traducción: Ana Isabel Fernández Valbuena.Intérpretes: Enric Benavent, Markos Márín / Luis Moreno,
Carmen Machi / Lidia Otón, Arias, Pedro Casablanc, José
Luis Alcobenda, Jesús Barranco, Joaquín
Hinojosa, Lola Manzano, Ernesto Arias / Ciprino Lodosa /
Óscar de la Fuente, Palmina Herrera / María Miguel /
Ana Cerdeiriña, Diego Galeano.
Dirección, escenografía e iluminación: Carles Alfaro.
Teatro: La Abadía. (3.2.2010)

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El napolitano Eduardo De Filippo (1900-1986), escasamente representado en España, se crió en una compañía portátil, y de allí eligió salir, en soledad, buscando un nuevo sentido personal. Ya no paró, como director, actor y otros trabajos en los escenarios. Comenzó a escribir a los 22 años de edad, y declara él mismo: ¿He dicho demasiado, o demasiado poco?. Fue en su primera obra Farmacia de Turno, que tardó una década en poder estrenarla. Pero ya, desde entonces, no cesó de representar más de dos decenas textos, tanto como actor y director de su propia compañía. Entre nosotros, únicamente lo citamos, o recordamos, en su conocida Filomena Marturano. Por ello es tan agradecido que el director Carles Alfaro lo estrene en el teatro La Abadía.
El arte de la comedia (1964) es uno de sus fuertes textos con acusaciones al poder político, en un tono que pertenece a su estilo de la farsa con el drama. Es la historia de una modesta compañía itinerante que, tras el incendio de su carpa, solicita al Gobernador que le ceda el Teatro Principal para poder actuar en él. Oreste Campeso -director de la compañía de cómicos-, inicia la función con un enternecedor monólogo en el que habla, consigo mismo, de la situación profesional, con su sentido del teatro social y vivo, entre ironías que provocan continuas rupturas entre el humor y el drama. En el encuentro con el gobernador, -cínico, burlador y presuntuoso- poco a poco, con su humildad, incluso su timidez, el cómico irá reaccionando contra el ofensivo político, terminando todo ello con la ruptura y la expulsión del despacho. Antes de salir, pudo aún el comediante asegurar que los actores demostrarían su poder.
En la segunda parte, comenzarán a pasar por el despacho, al parecer –o por equivocación- quienes ha concedido recibir, una serie de personajes que explican sus propias necesidades para el bien de la ciudad. Desde el médico al cura o de la maestra al farmacéutico, provocan continuas carcajadas dedicadas al Excelentísimo. Van dudando la realidad o la nueva ficción estos cómicos caracterizados. Ya con Oreste en escena, se menciona a Pirandello, Seis personajes en busca de un autor, asegurando que no existía ninguna relación con ello, burlándose cada vez más. (Pirandello, entusiasmado por las obras de Eduardo De Filippo, hizo que se representara alguno de sus títulos. No es difícil recurrir a esta creación italiana, desde la commedia dell’arte hasta los ataques de Goldoni. El realismo poético de Eduardo fue adorado por Fellini y montado por Streller).
A esta obra se la quiso censurar por la defensa y el ataque por el abandono: era una década en la que Milán –donde se estrenó- mantenía todavía los restos de la guerra, y la recuperación de los edificios no incluía la de los teatros. El arte de la comedia es, en ese sentido, un propio homenaje a los comediantes, autores, actores y directores. Esa necesidad que De Filippo tenía, y que debería ser siempre “el espejo de la vida humana”.
En esta misma temporada hemos visto en Madrid, la estremecedora tragedia Proprio come se nulla fosse avventuto (Como si nada hubiera pasado), sobre la ciudad de Nápoles, plagada de cadáveres bajo los bombardeos de la guerra. Y De Filippo montó su ¡Nápoles, millonario!, en 1945, terminada la Guerra Mundial, representándola para calmar el dolor de los niños. No es extraño que en Italia sea casi adorado como escritor.
Acudimos al estreno de El arte de la Comedia, sabiendo lo que iba a ocurrir, ya que lo dirigía Carles Alfaro. Él sabe montarlo con sensibilidad y una suavidad que hace volar los textos y los diálogos, pudiéndose paladear desde las butacas. Ha diseñado él mismo un escenario realista que forma la gran sala -palacio decadente- con ese despacho por el que irán entrando todos los personajes. Junto a la corbata del teatro deseado, iluminado, llega Oreste, con frío en una noche nevada, y reflexiona mientras contempla las tablas con la esperanza de poder actuar allí; lo que no consigue. Lo hace Enric Benavent, ese magnífico actor a quien ha llamado varias veces Alfaro. Intervino en la primera obra montada en La Abadía, dicho queda porque este teatro celebra el decimoquinto aniversario de su fundación. Nos seduce, nos emociona, como probablemente nos habría pasado con De Filippo, él mismo como protagonista.
Al Gobernador, creíamos que lo había traído Carles Alfaro de un Ministerio, pero no: era el actor Pedro Casablanc, permanentemente en escena, con un trabajo duro en el que hace una creación asombrosa, como si fuera uno de esos directores que a veces vemos por ahí. Quizá también ha ido visitando las parroquias el actor Joaquín Hinojosa, para conocer al cura exigente y hortera. Hace de médico rural otro estupendo actor, Jesús Barranco, que mezcla genialmente a este sujeto, y no adivinamos bien –texto inteligentísimo- si se trata de un farsante improvisador en la Compañía de Oreste, o interpreta al verdadero personaje del médico. Igual que tampoco se puede asegurar si el Gobernador es otro intérprete o el Farmacéutico, que enloquecido sufre un súbito ataque mortal pasando a ser el figurante de un cadáver. Está igualmente estupendo Diego Galeano.
Lola Manzano aparece como una jovencita maestra, dulce y maternal que, ante todos, dedica un monólogo al Gobernador contándole el drama de los niños, con un estilo realista y con una interpretación magistral, entre el verdadero personaje y la ficción de la farsa. Desde el antedespacho al gobernador, entran y salen dos funcionarios: el Secretario lo hace brillantemente José Luis Alcobendas, en su estirado y estúpido personaje que trata a todos como una reina. Con la obligada sumisión, el ayudante hace gestos significativos de desacuerdo.
Podríamos no estar seguros de si este espectáculo lo produce el teatro de La Abadía a la Compañía de Oreste. Lo que sí es seguro es que el público aplaudía entusiasmado en cada uno de los mutis de los actores. Es necesario citar, igualmente, a Ernesto Arias, Palmira Ferrer o Carmen Machi, en personajes menos importantes pero jugosos. (En el programa de mano algunos de los personajes corresponden a dos o tres alternativos intérpretes, sin que sepamos, exactamente si el primer nombre de cada uno son a quienes vimos el día del estreno. Vaya, en todo caso, nuestro aplauso).
En el último momento de la función, todo el equipo miraba hacia las butacas, y nos invitaba a averiguar si interpretaba a la Compañía de Comedias o a los personajes de la historia. Era, en realidad, el Arte de la comedia, esa búsqueda conseguida entre el humor y el drama, de Molière o de Goldoni. Fue siempre lo que buscó Eduardo De Filippo.
Enrique Centeno

sábado, 4 de julio de 2009

La tortuga de Darwin ***

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Autor: Juan Mayorga.Intérpretes: Carmen Machi, Vicente Díez,
Susana Hernández, Juan Talavera.
Escenografía: José Luis Raymond.
Vestuario: Ikerne Giménez.
Iluminación: Paco Ariza.
Dirección: Ernesto Caballero
Teatro: la Abadía (31.1.2008).
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A La tortuga de Darwin, bien podría añadirse “La verdadera historia de nuestra Historia”. Recorrió el mundo, en el 2006, la noticia de la muerte del más viejo de la Tierra, que causó una profunda tristeza. Se llamaba Harriet, que sobrevivió durante 174 años. Darwin, la primera persona a la que conoció, había fallecido hacía más de un siglo. Al dramaturgo Juan Mayorga, la Historia y la Filosofía le inspiran, frecuentemente, en sus escrituras, como El sueño de Ginebra (1996), Cartas de amor (1999), Himmelweg (2004), Hamelín (2005), o Animales nocturnos (2006). Aquí crea una fantasía, en la que el inteligente caparazón aparece, el último día de su vida, en el despacho de la casa de un historiador. Se le recibe con la displicencia e incomprensión de este sujeto, quien termina por comprender que, efectivamente, se trata de una viejísima tortuga. Le asegura que, gracias a su permanente memoria, podrán corregirse en los libros graves equivocaciones o falsedades sobre los verdaderos hechos de la humanidad.
El encuentro produce un inmediato interés del público, entre el humor y la ironía que introduce Mayorga con las historias y su visión política. El Profesor, tras discusiones, va corrigiendo el manuscrito, como investigador, gracias a los testimonios auténticos de Harriet. Una memoria que desea declarar nuestro galápago antes de morir. Este personaje lo construye Carmen Machi de un modo impresionante; con una ternura en la que la tortuga parece sacar del caparazón su sabiduría, y hasta su corazón amoroso: es una escena final la que produce al público unos instantes de silencio.
La conversación transcurre como un resumen o paseo por los 174 años que vivió la tortuga. Y se van mencionando las guerras, las violencias y los crímenes del hombre. A veces comunica memorias demasiado evidentes que causan cierto cansancio, parecido a una clase en las aulas de los estudiantes. Harriet y el investigador van viajando desde Napoleón, por la fracasada revolución o la guerra civil española (citada en dos ocasiones la masacre del bombardeo de Guernica), o la caída del Muro de Berlín.
Ernesto Caballero dirige muy bien la función, con las limitaciones forzosas y humildes de la escenografía. Y han sido elegidos excelentes actores, con una interpretación excepcional, a quienes ha dirigido en otros montajes. La tortuga, Carmen Machi, es un animal cuya vida solo puede dársela una gigante actriz. Lo es desde hace varios años: cómo no recordarla en este mismo teatro de La Abadía cuando se inauguró -en 1992- bajo la dirección de José Luis Gómez ante Valle-Inclán. Con ella están también formidables Vicente Díez (el Profesor) y el resto: Susana Hernández (la esposa) –Premio Miguel Mihura, en 2007- y Juan Calos Talavera (el Doctor).
El espectáculo -ya hemos indicado que el texto se alarga- se retrasa en la terminación. Precisamente se anuncia el drama final, con minutos que provocan la tristeza, el drama. Tras unos instantes de silencio, el público comienza sus grandes aplausos.
Enrique Centeno

sábado, 28 de marzo de 2009

Platonov *

Se desconoce el motivo –quizá lo comprendamos- por el que Chéjov dejó sin terminar su obra Pieza inacabada para un piano mecánico. Título que ha sido sustituido por el conocido Platonov, nombre de su protagonista. Tenía 25 años, y no le gustó, ocultándolo hasta el punto de guardarlo en la caja de seguridad del banco. He conocido, ahora, que se halló el manuscrito en 1922. Redactada en 1881, fue su primera obra teatral.
Era el tiempo de un teatro viejo, conservador y aristócrata. Fueron también representaciones de decorados torpes, ante los cuales, los actores eran engolados y recitadores. Chéjov creó, años más tarde, un nuevo teatro, alejado de los melodramas burgueses. Tardó mucho tiempo en encontrar la salida a ese arte que le apasionaba.
Se pone en marcha con su segunda obra, La gaviota (1895), veinticuatro años después de lo que había escondido. (Años atrás, se le ocurrió una pequeña obra, un monólogo divertidísimo, burlador: El daño que hace el tabaco (1886), así como otros juguetes). Nació un nuevo sentido de mirar su mundo, personajes de la vida común, con sus problemas populares, la pobreza y la poética interna entre la oscuridad. Así nació el Nuevo Arte, de Stalinslavski, junto a Chéjov, y cuyo emblema fue, precisamente, el dibujo de una gaviota.
Sus títulos están, continuamente, en las carteleras de todo el mundo. Aquí, hemos podido ver, repetidamente, todos sus obras. No Platonov. En esta iniciada obra, muestra un mundo de la clase poderosa, entre cenas, fiestas con enfrentamientos, cinismos e infidelidades. No se reconoce a Chéjov. Este personaje, Platonov -lo hace excelentemente Pere Arquillué-, suma el amor con la pasión herida, la posesión de todas las mujeres. Su enamoramiento cercano, lo siente hacia su propia esposa -cómo no, magnífica Carmen Machi- y, alrededor, la adúltera mujer de su amigo –Elisabeth Gelabert, estupenda- y la aristócrata lubricadora, fuente de cuerpos -muy bien creado este personaje por Mónica López-. En la pasión, el director crea escenas asombrosas, en cuyas atracciones se llega hasta un ridículo espacio donde, vestidos, se comen, no se sabe si el sexo de ella o las hierbas del campo de cabras.
Preferiría no haber visto este Platonov.
El mejor Chéjov que jamás he visto, fue en una escenografía impresionante, inolvidable, que hizo Gerardo Vera en El jardín de los cerezos, precisamente, en este mismo teatro María Guerrero, en 1984. Y el escenógrafo ha hecho un trabajo vulgar en Platonov, con elementos de adornos modernistas y “patas” de telas horrorosas.
Aquél espectáculo lo dirigió José Carlos Plaza, ese gran director de actores, con lecciones en los ensayos, ayudando, enseñando. En esta obra, debería Vera hacer sólo el decorado. En las acciones, le encantan las pasiones físicas, los abrazos forzados, figuras superpuestas a los diálogos, y se aprecia, perfectísimamente, la plástica efectista. Cuenta con un formidable reparto, que lo demuestra a pesar de su obligada farsa.
Enrique Centeno________________________________________
Autor: Chéjov. (Versión, Juan Mayorga).
Intérpretes: Toni Agustí, Pere Arquillué,
Sonsoles Benedicto, Jesús Berenguer, Pep Cortés,
Gonzalo Jordi Dauder, Raúl Fernández,
Antonio de la Fuente, Elisabet Gelabert, Mónica López,

David Luque, Carmen Machi, Antonio Medina,
Paco Obregón, María Pastor, Andrés Ruiz,
Roberto San Martín, Yuri Sídar.
Escenografía: Max Glaenzel y Estel Cristià.
Vestuario: Alejandro Andújar.
Música: Luis Delgado.
Iluminación: Juan Gómez Cortejo.
Dirección: Gerardo Vera.
Teatro: María Guerrero (CDN).

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