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sábado, 23 de junio de 2012

Carlas de amor a Stalin ***




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Autor: Juan Mayorga. 
Intérpretes: Helio Pedregal, 
Magüi Mira, Eusebio Lázaro. 
Escenografía y vestuario: Rafael Garrigós. 
Dirección: Guillermo Heras.
Teatro: María Guerrero (Centro Dramático Nacional). 
(9.9.1999)
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Seducciones peligrosas

 Juan Mayorga (Madrid, 1965), es autor reconocido en circuitos alternativos y forma parte del colectivo El Astillero, que presentó su última obra, El sueño de Ginebra, con dirección, como en esta ocasión, de Guillermo Heras. Tomó entonces el autor su material dramático de un episodio histórico, y lo hace también ahorae con estas Cartas de amor a Stalin.
Mijail Bul- gákov, el prota- gonista, fue escri- tor crítico y poco es- timado por los diri- gentes del gran cam- bio cultural que se im- puso en la Unión Soviética tras la revolución de 1917. El teatro fue nacionalizado por decreto. Meyerhold asumió el cargo de “Comisario general”, y tras el movimiento Octubre Teatral (1920: “el autor debe ser un obrero especializado”), sobre todo a partir del realismo social, sufrió la censura y la prohibición de sus obras, algunas de ellas, como Los días de Turbín, en pleno éxito (el propio Stalin, como se recuerda en esta recreación, la vio 12 veces). Y es, en esta coyuntura, cuando el autor, recluido en su domicilio, escribe sus cartas a Stalin: pide una explicación, y desea que le conmuten “su condena a un castigo mortal”, el de no poder dar a conocer sus obras en su propio país; y se interroga sobre la posibilidad de salir de él, y  si esto será posible. Preguntas que traslada al propio dictador en sus misivas.
 A partir de aquí, idea Mayorga la escena mágica, o fantástica -presente en otras obras su- yas-: la esposa le ayuda soñara imaginar una entrevista con el mandatario, para lo cual asume teatralmente este papel, y da las réplicas al escritor. Y la figura imaginada de Stalin, crece hasta el punto de convertirse en una figura real, y aparece en escena lo que él percibe, como es natural, al propio Bulgákov. Lo que Mayorga plantea entonces, es una doble dialéctica: la de la libertad de creación y la seducción mutua entre el poder y el artista. Prosa rica, de escritura firme, de ricas imágenes, y habilidad para el diálogo de conceptos: el político siente una atracción incontenible, hacia ese misterio del creador, del pensador, al que, al mismo tiempo, somete a la condena; y el escritor, ante ese poder, casi tan omniscente -como él mismo-, ante sus cuartillas, siente la atracción, hasta mostrar la fragilidad característica del artista. El tema, servido con  hermoso texto y extraño juego dramático, produce una consciente inquietud.
    Ha hecho Guillermo Heras un montaje aparentemente austero, meticulosamente medido en todos sus tiempos, sus espacios, sus pequeñas sorpresas escenográficas. Y su impecable dirección de actores, a los que conduce, tanto en sus personajes como en la resolución de movimientos conjuntos. Es de suponer, que tanto él como Helio Pedregal, han querido hacer del protagonista un personaje más desesperado que atribulado, y ya desde el principio asoma la desesperación y la rabia incontenida en un trabajo espléndido. Magüi Mira compone una esposa que pasa de la dulzura a la energía –su propia rebelión- con la maestría habitual en ella. El difícil Stalin, dictador pero contradictorio, culto al fin (“leed más a Pushkin y a Shakespeare, y dejad de escribir absurdos que exigió a los escritores”) que lo consigue el talento del actor Eusebio Lázaro. 

    Con Cartas de amor a Stalin, abre el Centro Dramático Nacional la temporada, cumpliendo una de sus funciones esenciales frecuentemente olvidada, la de dar a conocer a nuestros mejores y jóvenes autores, lo cual es en sí mismo gratificante.
Enrique Centeno

miércoles, 11 de enero de 2012

Los malditos **

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Autor: Raúl Hernández.
 Intérpretes: Paco Obregón, Fernando Romo,
Juan Matute, Isaac Cuende, Sardo Irisarri, 
Ángel Sardá, Lidia Palanzuelos.  
Escenogtrafía y vestuario: Elisa Sanz. 
Dirección: Guillermo Heras. 
Teatro: Cuarta Pared. (25.11.99)
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Guerrilleros de cualquier parte


 Estos malditos son más bien los maldecidos de la Historia: guerrilleros que buscan su libertad, en un paisaje que podría ser lo mismo el de Colombia, el de Nicaragua o el de Yugoslavia. La senda es la selva, muy bien estilizada por la escenógrafa Elisa Sanz, con evocaciones a ciertas estéticas de Antonio Saura. Y se ilumina muy bien el espacio, en un ejercicio formidable de Miguel Ángel Camacho. En ese ámbito mueve muy bien a los actores el director, Guillermo Heras, que consigue también crear ambientes que invocan historias ya vistas –anda por ahí una influencia de Apocalipsys now- y una sensibilidad especial para reproducir el ambiente del desastre. El autor, por su parte, bebe de Shakespeare, del que incluso llega a hacer alguna paráfrasis de conocidos parlamentos del autor inglés.
  Lo que la función transmite es esa desolación de la falta de metas, de la guerrilla inútil, de la imposibilidad. Suponiendo que la hayamos entendido, porque los aspectos formales son mucho más potentes que el interior mismo del texto, que Raúl Hernández Garrido sirve de forma confusa o equívoca . Es una función que se sigue mal, en la que la trama no se descifra suficientemente y que navega entre el episodio de hazañas bélicas y la reflexión sobre la ausencia del líder, del “comandante” –alusión al Ché-, o de un claro ideológico. También la iconografía externa supera a la interpretación convencional, estereotipada y trucada en recursos aprendidos.
Enrique Centeno 

viernes, 27 de agosto de 2010

Exilios **

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Autores: Guillermo Heras, Juan Mayorga, Torres Molina,
Luis Mario Moncada, Luis Miguel G. Cruz, José Ramón
Fernández, Raúl Hernández Garrido, Inmaculada Alvear,
Ángel Solo.
Intérpretes: Amaranta Osorio, Cecilia Pérez Pradal, Gerardo
Quintana, Mariano Rochman, Ángel Solo, Maite Reitiño.
Dirección: Guillermo Heras.
Teatro: Sala Cuarta Pared. (1.7.2005)
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Este montaje se estrena justamente en el momento en el que docenas de marroquíes intentaron pasar a España saltando los muros de la frontera. En los encuentros con el servicio de la Guardia Civil, entre carreras e intentos, uno de los pretendidos resultó muerto en el alambrado. Se trata de un buscado exilio para lograr huir de la pobreza y el hambre, también con procedentes de África Central, inmigrantes prohibidos cada vez más numerosos.
    La obra de Exilios se compone de diversas escenas distribuidas entre diferentes autores, que han sido unidas –probablemente por encargo- por el director, Guillermo Heras. Cuenta con autores ya conocidos, desde Juan Mayorga a José Ramón Fernández, Luis Miguel G. Cruz, Raúl Hernández Garrido, Inmaculada Alvear, Ángel Soto, el propio director Guillermo Heras, y con los nuevos –para nosotros- Torres Molina y Luis Mario Moncada. Iremos asistiendo a las diferentes expatriaciones continuas en nuestra historia. Desde el sueño buscado, a la persecución religiosa o política, con los enfrentamientos y hasta las propias guerras internas. Los estupendos textos se dedican a la represión y los levantamientos militares, todo ello entre África, Chile, Argentina y, naturalmente, la propia España.
    Son hechos conocidos y sufridos, pero esta función de Exilios apenas añade en sus textos –con hermosa poética- la suficiente fuerza dramática. No se resiste a los tópicos –realidades- de los atacadores falangistas en aquella triste España de la Guerra Civil. Con correcta e incluso excelente interpretación –no es posible referirnos con precisión, al no indicarse los correspondientes nombres de los actores sobre sus personajes-, que dirige, con su conocida sabiduría, Guillermo Heras.
    La creación la monta el Teatro del Astillero, una formación que va marcando, poco a poco, un camino ambicioso en textos y puestas en escena. A pesar del éxito, no creemos que se haya conseguido el alto nivel de esta compañía en otros estrenos.
Enrique Centeno