Mostrando entradas con la etiqueta Ana Garay. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ana Garay. Mostrar todas las entradas

jueves, 12 de abril de 2012

El Gordo y el Flaco ***

_____________________________________


Autor: Juan Mayorga.
Intérpretes: José Luis Torrijo, José Luis Mosquera.
Escenografía y vestuario: Ana Garay.
Dirección: Luis Blat.
Teatro Adolfo Marsillach de S.S. de los Reyes. 
(29.1.2000)
____________________________________
La convivencia imposible

Dice Juan Mayorga, uno de los más sólidos autores de esta generación (Más ceniza, Cartas de amor a Stalin), que lo más importante del Gordo y del Flaco es, justamente, “la y griega”. Una conjun- ción que aparente- mente une términos homogéneos, pero que sirve también para enlazar expre- siones como “te quiero y te aborrezco”, por ejemplo. Sobre esa aparente yuxtaposición, sobre esa imposibilidad, trata esta estupenda comedia de Mayorga, que toma como metáfora a la mítica pareja de Stan Laurel y Oliver Hardy.
 La escenografía representa una gigantesca cama que ambos personajes comparten y que, finalmente, se convertirá en una cuadrilátero de boxeo. Es otra metáfora, claro está: la convivencia imposible, el tránsito del amor al odio, la pugna eterna entre Caín y Abel, que el autor trajina con una comicidad que esconde la profunda amargura y el desengaño más completo.
    Lo que viene a decirnos esta divertida función es que en el momento en que hay una suma de dos personas, se produce, forzosamente, la relación de amo-criado, tal vez la del listo y el tonto, quizá la de pasión y de odio, amor o celos: un mensaje desengañado por mucho que se encubra bajo la iconografía de aquellos dos entrañables personajes.
Juan Mayorga
    Y ríe el público con el Gordo y con el Flaco en  ocurrencias ingeniosas; pero lo hace también en los momentos en los que el guiño del autor nos recuerda la imposibilidad a la que hemos llegado para poder sumarnos, si no es bajo las reglas de la trampa, de la mentira, del fingimiento o de la hipocresía. Y mira uno a su vecino de butaca sabiendo que, en efecto, eso es así, que duele pero que, como hace el autor, es preferible barnizarlo con una pátina de humor para poder seguir el camino.
Esta obra confirma lo que tantas veces venimos diciendo a propósito del género de comedia, que entre nosotros suele entenderse como un subproducto para mentes planas y que, sin embargo, desde Aristófanes, ha sido utilizada, como aquí, para la risa reflexiva. En ese sentido supone una incursión nueva del autor, al que hay que felicitar por sus resultados.
    Para ello ha contado con un equipo excelente, especialmente el de los dos intérpretes, magníficos en su caracterización, sentido del humor y desentrañamiento del texto, a lo que sin duda habrá colaborado esencialmente la dirección de Luis Blat, que ha contado con estupendos apoyos en la escenografía, el vestuario y la iluminación.
Enrique Centeno

miércoles, 4 de mayo de 2011

Historia de un caballo ****

_______________________________________________
Autor: Leon Tolstoi.
Versión de Enrique Llovet.
Intérpretes: Carlos Hipólito, Francisco Valladares, Pilar Barrera,
Gonzalo Benavides, Antonio Canal, Fidel Almansa, Ángel Amorós,
Javier Collado.
Adaptación musical: José Nieto.
Escenografía: Ana Garay.
Vestuario: Montse Amenós.
Coreografía: Teresa Nieto.
Dirección: Salvador Collado.
Teatro: La Latina. (27.9.2001)
_____________________________________________

Una hermosa parábola


Con la etiqueta de “musical”, al parecer muy taquillera, se está inundando nuestra cartelera de bodrios y estupideces inaceptables. Viejas, lacrimógenas, ingenuas o simplemente estúpidas. Y llega de pronto un formidable espectáculo en formato musical que hace vibrar los sentidos y da rienda suelta a la razón. Historia de un caballo es una parábola hermosísima sobre las relaciones humanas que, curiosamente, hizo Tolstoi a través de un cuento cuyo protagonista es un perplejo caballo. Un singular personaje que arroja una mirada crítica y a la vez tierna sobre la sociedad, mostrando sus cualidades y sus servidumbres. Todo lo cual muestra, una vez más, que el formato musical puede ser dirigido a espectadores inteligentes y no sólo a la morralla festiva.
    No es fácil poner en escena una obra en la que la mayor parte de los personajes debe hacer de caballos: no se asusten, porque sin máscaras ni látex, sin recursos de cartón piedra, todo el numeroso elenco lo consigue. La fórmula es aparentemente sencilla: se ha acudido a verdaderos actores, comenzando por Carlos Hipólito –sensible, comunicador, de expresividad trabajadísima- y continuando por todos sus compañeros de cuadra, espléndidos en coreografías, en credibilidad, en disciplina absoluta. Claro que no hay más que mirar los nombres del coreógrafo, del escenógrafo o de la figurinista, todos de primera magnitud, para comprender que son a esta clase de creadores a quien hay que acudir si se ambiciona algo más que la taquilla, es decir, la obra de arte.
    Hay siempre alguna objeción que poner: al menos el día del estreno no se consiguió una perfecta ecualización del sonido –es magnífica la música de José Nito, de sentimentales resonancias rusas-, que probablemente se logrará en sucesivas representaciones. Pero ello no fue obstáculo para apreciar la calidad de todos los intérpretes, entre los cuales es preciso reconocer una magistral y riquísima actuación de Francisco Valladares, sorprendente en su personaje de farsa, en sus intervenciones cantadas, verdaderas antologías en cuanto a combinación de canto e interpretación, con mucha inteligencia, y ricos matices. Con él, impecables actores como el sólido Antonio Canal, Andrés Amorós o Pilar Barrera,, aunque no hay fisura alguna en el reparto. Se montó esta obra, sin música, hace casi veinte años por Manuel Collado, desaparecido como su protagonista, José María Rodero. Hoy la revitaliza el hermano, Salvador Collado, que ha organizado y coordinado a muchos talentos juntos para conseguir una verdadera obra maestra.
Enrique Centeno

martes, 3 de mayo de 2011

Cierra bien la puerta ***

_______________________________________
Autor: Ignacio Amestoy.
Intérpretes: Beatriz Carvajal, Ainhoa Amestoy,
Elisenda Rivas.
Escenografía y vestuario: Ana Garay.
Dirección: Francisco Vidal.
Teatro: Centro Cultura de la Villa de Madrid. (20.12.2000)
_______________________________________

La derrota total

El más famoso portazo del teatro lo dio Nora, el personaje de Ibsen en Casa de muñecas. Huía de la opresión de su marido, y algo tiene que ver con este Cierra bien la puerta, en el sentido de que también una mujer sale de casa esca-pada, aunque el conflicto nada tenga que ver. Se trata aquí de una joven hoy contratada como ejecutiva y que ha vivido siempre a la sombra y la tutela de su madre soltera, una periodista triunfadora que ha pretendido llevar una vida co-herente con su generación, que creyó en la posibilidad de cambiar el mundo –la tópica generación del 68- y a la que su hija no responde exactamente como ella quisiera.
    Son dos mundos enfrentados ante los que a veces Amestoy, el autor, parece querer permanecer neutral: después de la utopía, de la búsqueda de lo imposible, aquella madre, Rosa, en realidad lo que obtiene de su hija es la am-bición de marchar a París con un alto cargo en un Banco. Y lo que ella misma ha obtenido son famas efímeras por sus reportajes, por la denuncia de corrup-ciones o de trampas de siempre. No es seguro que Amestoy lo sepa, pero su mirada a este choque generacional delata un gran pesimismo, por más que la función se salpique de muchas escenas en clave de comedia. Y se tiene la im-presión de que, tanto la “mayista” como la ejecutiva moderna, son igualmente perdedoras, seguramente a causa de la batalla fracasada de la primera. No es seguro que eso sea así históricamente.
    Estamos ante una obra valiente, sincera, donde además de lo dicho se dramati-za un tema poco recurrente en nuestro teatro, como es el de la madre que ha criado en soledad a su hija. Y, como fondo, en permanentes alusiones, la reali-dad de la basura social (léase política) que nos rodea, porque Amestoy nunca escribe en abstracto, y quiere amarrar sus conflictos a situaciones reales. De este modo, entre risas y situaciones inverosímiles (siempre de madrugada, siempre entre alcohol, siempre entre delirios confidenciales) presenciamos una visión casi catastrofista de dos generaciones que, en realidad, no pueden com-prenderse. La derrota total.
    También en el escenario hay varias generaciones, y se nota. Elisenda Ribas, con la eficacia del viejo teatro ampuloso (es La Tata); Beatriz Carvajal, brillante en el exhibicionismo que se espera de ella, aunque no renuncie en el ahonda-miento del personaje: Ainhoa Amestoy, joven actriz que busca y encuentra desesperadamente su personaje. Lo dirige todo ello Francisco Vidal, que trata de conjugar el curioso coro. Se percibe su mano sabia en ese sentido.
Enrique Centeno

miércoles, 5 de enero de 2011

Razas **

_______________________________
Autor: David Mamet.

Versión de Bernabé Rico.
Intérpretes: Toni Cantó, Emilio Buale,
Bernabé Rico, Montse Plá.
Escenografía: Ana Garay.
Vestuario: Alvaro Moreno.
Iluminación: Jose Manuel Guerra.
Dirección: Juan Carlos Rubio.
Teatro: El Matadero. (15.12.2010)
_______________________________

Cuentan que en Nueva York el estreno de Razas causó fuertes tensiones e indignaciones. Aquí se sigue la función como una historia ajena que nos resulta hoy una fantasía. Y tampoco nos entusiasma esta vez la habitual acusación de Mamet hacia la sociedad norteamericana, allí donde un negro ocupa la presidencia del gobierno. Sí fascinaron sus últimos títulos, Noviembre y Glengarry Glen Ross, ambos en la temporada pasada, con la corrupción de la política y del poder económico. Esas cosas sí que nos rodean.
  Como en una concha o caparazón blanquísimo, amueblado en metacrilato, contrastan aquí estos potentes personajes en cuanto se encienden las luces. En un perfecto triángulo, dos de ellos, impecables, se enfrentan a un sujeto, sentado, al que interrogan enérgicamente, le insultan, le exigen en sus posibles acusaciones. Durante unos minutos parecen ser dos policías, pero pronto sabremos que estamos en una empresa de abogados que estudian aceptar la defensa del acomodado cliente. Uno de los abogados es negro, Henry Lawson, y el otro blanco, Jack Lawson. Y el acusado, Charles Strickland, de raza blanca, ha acudido aquí pidiendo su defensa sobre la imputación de una supuesta violación a una mujer negra. Aparentemente, entra y sale por el despacho una reciente pasante, Susana, joven y negra: tramposa que inventa y busca la condenación de Strickland. Lo que David Mamet muestra es el enfrentamiento racista. No parece que tenga entre nosotros    algún relativismo, y no conocemos directamente esa discriminación o desprecio que sostiene la obra.
    Siempre con su alarde, Mamet muestra su perfecta construcción de geniales diálogos –como en su cine-, consiguiendo la admiración y el éxito continuo, repetido ahora en su último título de Razas. Lo monta aquí con una riqueza que solo puede servir con una buena dirección. Lo hace con sabiduría Juan Carlos Rubio, en un ritmo veloz, y sería imposible sin un buen reparto. Una de las mejores interpretaciones que hemos visto de Toni Cantó, en el perfecto retrato de este Lawson, vivo personaje que representa la superación norteamericana sobre la división racista; es él quien contrató a Susana, que clava Montse Plá –de color- entre la sencillez de servir los cafés –sin sumisión alguna- para de pronto portarse como fiera oculta. Brown necesita un actor negro, y posiblemente es Emilio Buale el mejor elegido, unido estrechamente a su compañero en una insistente superación del enfrentamiento de Razas, oponiéndose al movimiento de los negros, como un contraataque mantenido tras la larga e histórica represión. ¿Fue una violación la que cometió Strickland? El actor Bernabé Rico hace justamente este personaje dudoso, inocente o condenado.
    Las cálidas coversaciones, durante algo más de una hora, arden en palabras en las que el autor utiliza la burla y la crítica de la abogacía. Con su habitual construcción, no es esta una de las grandes obras de Mamet.
Enrique Centeno

domingo, 11 de julio de 2010

Armengol ***

_____________________________________
Autor: Miguel Murillo.
Intérpetes: Nacho Aldeguer, Pepe Viyuela,
Rosa Renom, Simón Ferrero, José Luis Martínez,
José Vicente Moirón, Miguel Foronda, Ricardo
Ruiz, Gustavo Piqué.
Escenografía: Ana Garay.
Iluminación: Juanjo Llorens.
Vestuario: Eduardo Acedo.
Dirección: Esteve Ferrer.
Teatro Español. (21.12.2005)
______________________________________

De nuevo se estrena en el teatro Español uno de los prestigiosos Premios Lope de Vega, que en los últimos años  han perdido sus tradicionales montajes en este coliseo, cuyo derecho fue eliminado en las Bases del concurso. Miguel Mu-rillo lo obtuvo en 2002, y, afortunadamente, muestra aquí este Armengol.
El título se refiere a un personaje real, pacense (Murillo es natural de Badajoz, 1953), conocido y recordado desde su muerte, poco después de comenzada la Guerra Civil y el levantamiento militar.
    En aquel año de 1936, Hitler protagonizaría en Berlín los Juegos de la Olimpiada Internacional. España se negó a asistir al nazismo, y se organizó en Barcelona -con atletas, hombres y mujeres-, lo que se llamó Olimpiada de los Pueblos Libres del Mundo, al mismo tiempo que militares y falangista iban destruyendo el Gobierno Republicano. Fue Armengol uno de los gimnastas que acudieron desde Extremadura. Regresaron después a sus tierras libres, y no pocos de ellos fueron tomados por el franquismo, con represiones y crímenes. Armengol montó un gimnasio en el que podía desarrollar el deporte con los jóvenes. Continuamente insultado, perseguido y amenazado. Finalmente, apareció su cadáver tirado en el camino cercano a su casa.
    Es un espectáculo duro, irónico y en algunos momentos de cínico humor. Murillo ha dedicado sus dramas frecuentemente a las situaciones sociales en su Extremadura. Son siempre títulos imprescindibles en nuestro teatro social y en nuestra literatura española, dramas o tragedias de textos supremos.
    Hace una escenografía magnífica Ana Garay, iluminada sabiamente por Juanjo Llorens y con un perfecto vestuario de Eduard Acedo. Lo dirige inteligentemente Esteve Ferrer. Con un reparto perfecto, brillantísimo -hace Pepe Viyuela el protagonista-, al que hay que aplaudir.
    Se contempla el espectáculo, entre la emoción y la lectura, y lo reciben los espectadores con ardiente entusiasmo.
Enrique Centeno