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domingo, 25 de septiembre de 2011

El perro del hortelano ***

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Autor: Lope de Vega.
Versión de Eduardo Vasco.
Intérptretes: David Bocceta, Joaquín Notario, Eva Rufo,
Pedro Almagro, Alberto Gómez, María Besant,
Luisa Martínez, Isabel Rodes, David Lorente, Diego Toucedo,
Miguel Cubero, David Lázaro, José L. Rodríguez, José Luis
Santos, Alba Fresno (viola de gamba), Saea Ágada (arpa),
Eduardo Aguirre de Cárcer.
Iluminación: Miguel Ángel Camacho.
Vestuario: Lorenzo Caprile.
Escenografía: Carolina González.
Dirección: Eduardo Vasco.
Teatro: Pavón. (CNTC). (21.9.2011)
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Las verdades y las mentiras

Aunque no es frecuente, agradecemos a la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC) que esta vez consiga hacer entender los versos y seguir sus historias. De esta conocida comedia de El perro del Hortelano, ha hecho el director Eduardo Vasco un brillante montaje y, como suele suceder, une los tres actos y reduce -cortando numerosos versos de Lope-, con un ritmo vivísimo que consigue la deseada diversión.
    La seductora condesa Diana trampea entre sus tres pretendientes convirtiendo su castillo en una huerta. Lo hace, brillantísimamente, Eva Rufo, actriz ya colocada en otras comedias, y al no noble galán Teodoro, lo interpreta también muy bien David Boceta, en sus dudosas decisiones entre las dos frutas: la presumida y engañosa duquesa, y la dama Marcela; ésta en manos de la estupenda actriz Isabel Rodes -que bien ha elegido el directo-, quien terminará con el casamiento del gentilhombre Fabio –muy bien Pedro Almagro-, mientras el principal y variadísimo criado, metido en líos, Tristán - con el correcto Joaquín Notario, mejor que en anteriores obras clásicas- se unirá “como premio” a la dama Dorotea que lo luce con sabor Luisa Martínez. El secretario y galán, Teodoro, terminará, finalmente, con la deseada Diana.
    Componen el huerto los nobles berzas, duque y marqués, que aparecen grotescamente caracterizados –todo el vestuario, magnífico, lo ha debido disfrutar el diseñador Lorenzo Caprile-, con una opulencia que llega hasta el disfraz. Son burbujeantes estos personajes, que explotan con habilidad José Luis Santos, Davis Lorente, y Miguel Cobero: a este último le toca ese conde que, en sus canciones, imita a un barítono de zarzuela, causando carcajadas en cada aparición.
  Se despide el director de la CNTC con El perro del hortelano –título que montó la compañía en 1996, con la versión de Manuel y Antonio Machado-, junto a este estupendo elenco.
Enrique Centeno


lunes, 2 de mayo de 2011

La dama boba **

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Autor: Lope de Vega. Versión de Juan Mayorga.
Intérpretes: Maruchi León, José Luis Santos, Fernando Aguado,
José Luis Gago, Jordi Dauder, Sergio de Frutos, Isabel Ordaz,
Eva Trancón, Gabriel Garbisu, José Segura, Pilar Gómez,
José Luis Patiño, Fernando Sendino, Jorge Basanta.
Iluminación: Miguel Ángel Camacho.
Escenografía: José Tomé, Susana de Uña.
Dirección: Helena Pimenta.
Teatro: La Comedia. (Compañía Nacional de Teatro Clásico)
(16.1.2002)
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Boberías




Se sabe que la mayor parte de la producción de Lope de Vega son bobaditas, enredos que hoy no soportaríamos ni del más ínfimo dramaturgo. Pero cuidado, se sabe también que su filigrana constructiva, y sobre todo su versificación, hacen del Fénix un verdadero genio. Si quitamos los sonetos, las quintillas, las décimas y el ritmo versal asombroso de nuestro autor, queda muy poco. Otra cosa importante: a través de él, como de otros autores del XVII, conocemos costumbres, culturas, o eso que viene en llamarse el imaginario de cada época.
    Pero ya sabemos que cuando a un director se le encarga el montaje de un clásico, lo primero que hace es ver de qué manera da la vuelta a esos valores mayores. En este caso, la directora Helena Pimenta –que tiene mucho talento- ha preferido situar el enredo de Lope en los años treinta. No es que la idea sea en sí misma condenable, pero nos hurta ya estéticas y maneras de los clásicos que necesitamos conocer, porque forman parte, ahora sí, de nuestro imaginario histórico. Creo yo que la superación de esquemas de la protagonista, condenada a su condición femenina de hace tres siglos, tenía entonces muchísimo más mérito y audacia que una contemporánea, por ejemplo, de Federica Montseny. De modo que, así vestidos, así actuando, se pierde el valor precursor del mujeriego Lope. Y, desde luego, no nos es posible entender el valor del autor madrileño cuando escribió aquello.

    En la manipulación –hablamos de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, téngase en cuenta- interviene también el talento del adaptador, que hace mangas y capirotes con el texto, añadiendo versos –cita, por ejemplo al poeta Jorge Guillén- de forma que el espectador ya no sabe dónde empieza Lope, dónde la adaptación, dónde la dirección o dónde el decorado.
    Ah, el decorado. Una especie de paneles de madera que recuerdan a una plaza de toros portátil y que, en un alarde de bricolage, puede servir para un banco, un mostrador, un espacio ambiguo o un interior. No se comprende bien la cobardía de situar toda esta trama en la época indicada –con bellos trajes, con peinados muy documentados- y luego construir un decorado abstracto, completamente inexpresivo.
    Ah, y la expresión: está Maruchi León formidable, tierna, dulce, diciendo sus versos impecablemente –hay que felicitar por ello a todos, porque hacía tiempo que no veíamos un clásico español donde los actores sepan o hayan aprendido a decirlo (felicidades a Vicente Fuentes, que se ha encargado de esta labor). Jordi Dauder, el padre –“el barbas”, se llamaba en el argot clásico-, se come todo en cuanto sale, en tanto que los otros protagonistas, como la laureada Isabel Ordaz o Gabriel Garbisu, no llegan al ridículo por un pelo. El conjunto, en general, responde con la discreción de una compañía de escuela, lo cual no se dice con ánimo de molestar a nadie.
    No hemos visto a Lope; seguimos sin ver a nuestros clásicos en la compañía titular. Seguramente es un signo de modernidad. Seguramente también es la sustracción a los nuevos espectadores de nuestro pasado, de nuestras raíces, de lo que supuso la renovación del teatro español en el Siglo de Oro. No sé si le importará a alguien, y a sí lo deben pensar sus responsables.
Enrique Centeno