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miércoles, 3 de febrero de 2010

Ritter, Dene, Voss *

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Autor: Thomas Bernhard.
Traducción: Miguel Sáenz.
Intérpretes: Ana Caleya, Rosa Savoiny, Carlos Domingo.
Dirección: Rosario Ruíz.
Producción: Galanthys Teatro.
Teatro: Círculo de Bellas Artes. (6.9.2006)

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Thomas Bernhard y sus escenarios. Éste, como siempre, es gris, techado y con decadentes luces. Su escritura es siempre interminable, con el apasionado agotamiento ante sus cuartillas o cuadernos, y -tal vez-, hasta con los tres actores, cuyos nombres dedicó a esta obra, de título referido a Ritter, Dene, Voss. Dos mujeres y un hombre, en una familia de hermanos. Ellas hablan entre sí, primero discutiendo e invocando a sus ascendientes, recordando aquellos teatros en los que se sienten como actrices. Sus intereses nos consumen, por mucho que lo hagan bien las dos intérpretes, Ana Caleya y Rosa Savoiny. En realidad, en la elegante y fea casa, esperan sobre todo que llegue el hermano, ese dios, atractivo y varón. Por fin, aparece el guapo -lo hace el buen actor Carlos Domingo-, y continúa la escritura, ahora sobre temas sin pasión, otra vez. Ya, con la cena puesta, se comienza a destruir todo lo que se le ocurre al prestigioso Thomas Bernhard (1931-1986, que fue representado, en nuestros teatros, muy tarde, hace solamente dos décadas). Se van poniendo en orden o desorden los cuadros, se rompe la vajilla, se burla tanto del teatro como de la música. Así van conservando ellas su pasión amorosa, mientras el público va desinteresándose de esta historia, quizá con la única observación de la buena dirección de Rosario Ruíz y de los tres estupendos intérpretes. Vaya paliza de inutilidades. Aquel autor, protestante, viajero desde Alemania a París, y de aquí a Austria o Inglaterra, obtuvo con esta obra un gran éxito..
Enrique Centeno

sábado, 23 de enero de 2010

Las sillas ***

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Autor: Eugène Ionesco.
Traducción: Luis Echavarría.
Intérpretes: Rodolfo Cotizo, Concha Roales-Nieto.
Dirección: Beatriz Gutiérrez.
Teatro La pajarita de papel.
Teatro: Círculo de Bellas Artes. (21.1.2010)
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Cada vez que vemos Las sillas, nos estremecemos, únicamente si se trata de un buen montaje. El ruinoso espacio de la pareja se encuentra en un lugar destruido y protegido por paredes inservibles. Paredes de paños de arpillera y fragmentos de redes marineras. Es todo ello la miseria de un final. Tras los largo silencios, el viejo se detiene en sus vueltas, señala el fondo con su brazo extendido y se dirige a su esposa: “Aquello fue Paría hace cuatro mil años”. Después de la Guerra Mundial, se produjeron las principales tendencias del siglo, cuando escribió Ionesco esta escandalosa obra. En el teatro donde se representaba, las butacas estaban casi completamente vacías. Como en los últimos momentos de Las sillas.
Estos personajes intentan conservar aquel otro mundo esperado, engañándose a sí mismos. El autor aprovecha el matrimonio para pasar la lista de los ausentes. Desde el general al obispo, y de allí hasta los poderosos; todos los demás fueron los perdedores. Los ancianos siguen yendo más allá, y preparan unas filas de sillas para escuchar un esperado discurso que organizará un nuevo futuro. Acuden a escucharle los imaginarios asistentes -ya conocemos que aquello no sucederá-, cuando de pronto aparece y ocupa su podio el esperado y salvador orador. Se trata de un sujeto sordo y mudo. Tanto, que en la función se coloca un significativo maniquí de chaqué. La profunda poesía de Ionesco fue esa fuerte tragedia, que nadie quiso aceptar ni entender en su estreno, en 1953.
Hemos acudido a uno de los mejores montajes de Las sillas. Con una amarga escenografía, luces de agonía, logran una atmósfera: lo relacionamos con un rincón recubierto con cajas de cartón. Con sus arrastradas ropas, mueven los cuerpos acabados, y lo hacen dos formidables intérpretes. Concha Roales-Nieto es la vieja enloquecida -en esa escena en las que se autoembaraza con papeles de periódicos que se introducen en el vientre-. Recuerda a los hijos muertos, y falsea la ausencia de una guerra; es un trabajo rico, variable en cada momento. Rodolfo Cotizo construye su personaje con magnífico expresionismo en gestos, con andares entre voces de tristeza y esperanza; entre el amor a su esposa y las miradas inútiles. El público se entusiasmó con el mensaje de Ionesco. La dirección de Beatriz Gutiérrez consigue un ritmo vivo o muerto, un ritmo inteligentísimo.
Enrique Centeno

sábado, 7 de noviembre de 2009

Harpía ●

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Autor, director, actor: Jorge Moreno.
Intérpretes: Davis Acera, Sonia Vázquez,

Cristina Cillero, J. Moreno.
Compañía: Konjuro Teatro.
Teatro: Círculo Bellas Artes (20.2.2007).

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De lado a lado del escenario se extiende una barricada con alambre. Ante ella, se mueven casi en paralelo frente a los espectadores, los cuatro personajes. Gritan los textos de un guión deformado en frases o conversaciones desinteresadas tras los levísimos minutos del principio. Son dos mujeres y dos hombres, con vestimentas y uniformes de la época del nazismo. Se supone que es una crítica o burla de Hitler. Este último lo hace Jorge Moreno, mal actor que también firma su obra Harpía y su supuesta dirección. La torpeza o ignorancia supera a cualquier aficionado, uno a uno y los cuatro juntos. Han venido de Asturias a la Muestra de Teatro de las Autonomías. Resulta imposible comprender por qué la tal compañía Konjuro está en él, celebrándose en el Círculo de Bellas Artes. Evitemos el mejor deseo de que títulos así no se repitan en las próximas.
E.C.

jueves, 29 de octubre de 2009

La gatomaquia *

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Autor: Lope de Vega.
Versión libre de Pedro Villora y José Padilla.
Intérpretes: Manuel Navarro, Sol Montoya,
José Padilla,
Francisco Pacheco, Antonia Paso,
Paula Miguelez, Juanjo de la Fuente, Goyo Pastor.
Vestuario: Helena S. Kriuho de la Peña.
Escenografía: Juanjo de la Fuente.
Dirección: Goyo Pastor.
Compañía Laensemble.
Teatro: Círculo de Bellas Artes. (27.10.2009)

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En los últimos años de su vida, Lope de Vega debió, una tarde, contemplar los tejados de su barrio por los que paseaban numerosos gatos, que correteaban por todas partes en su Madrid; precisamente así se les llamaba a los naturales de la ciudad: gatos. Le sirvió para dedicarles en su observación, uno de sus romances que atribuyó al inventado Licenciado Tomé de Burguillos. La gatomaquia son largos versos libres –en silvias-, jocosos, mostrando que esos félidos se comportan como humanos en enfrentamientos, ambiciones, pobrezas, abusos o el amor: “Una parodia del poema épico renacentista, con gatos como héroes (…) Lope de Vega ha hecho demasiado largo esta broma” (Martín de Riquer y José María Valverde, Vol.5, pág.208).
Han convertido esta obra de teatro en una "adaptación libre", alejada de las creaciones del Fénix. Imagínense qué será, además, alargarlo indefinidamente, entre morcillas, bailetes y cancionetas. La escenografía consiste en diminutas maquetas del barrio y, en primer término, una chimenea como el ambiente de la historia. La verdad es que hace unos días vimos algo similar, aunque muy bien hecho –el de aquí es horroroso- , que se utilizó para montar el drama de Shakespeare La tempestad. No es broma, véase en el blog.
Se sirve un cóctel en la función con escenas cómicas o de filosofía, de deberes o de críticas: todo ello en una especie de carnaval con estos intérpretes que portan –todo el tiempo- máscaras sugerentes y vestuario incomprensiblemente feísimo. Lo mantienen nada menos que durante una hora y tres cuartos. Al principio parece un teatro infantil con un paso burlón; pero no fue así, porque enseguida todos nos aburrimos, exceptuando a las butacas de claque. Seguro que estos adaptadores admiran sus conocidas comedias de enredo y dramas de Lope, y en algunos momentos se adivinan imitaciones de juegos o de capa y espada. Entre los disfraces y sus limitados rostros, unos hablan en falsete, otra como si fuera el miau, o un actor con buena voz, completa así esta singular escala musical.
Enrique Centeno

viernes, 23 de octubre de 2009

La tempestad *

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Autor: William Shakespeare
Versión libre.
Intérpretes: Javier Román, Celia Nadal,

Maya Reyes, Vicente Colomar, Pablo Huetos.
Escenografía: Juan Sanz y Miguel Ángel Cosso.
Vestuario: Carolina González.
Iluminación: José Luis Canales.
Música: Rodrigo Guerrero.
Dirección: Vanessa Martínez.
Teatro del Fondo
Teatro: Círculo de Bellas Artes. (21.10.2009)

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En la función de La tempestad, de Shakespeare, al abrirse el telón nos aparece un perfecto decorado de tejados, con chimeneas y buhardilla. Sobre ellos, unos gatos –actores- comienzan sus textos, con gestos muy agradables, aunque sin relación alguna con la mar, el barco del naufragio ni la isla del destino que inventó Shakespeare. Creí que me había colado en una butaca ajena a las salas del Círculo de Bellas Artes, en cuya cartelera se anunciaba también La Gatomaquia, de Lope de Vega: en realidad no era un error, porque esta última se estrenaría una semana más tarde. Y, efectivamente, los intérpretes, cambiados de vestuario, representaban escenas del bardo, y en medio de la obra, el personaje Genio menciona, cara al público a Hamlet o a Romeo y Julieta. Vaya.
Reducido y arreglado –dura una hora y veinte minutos- pudimos escuchar muy bien la estupenda interpretación de Javier Román -el rey Próspero- y, en conjunto, todos lo hicieron correctamente. Destaca esta magnífica actriz Maya Reyes –aunque aún tiene camino pendiente- que hace un rico juego de movimientos y su traslado –como en el original-, a este Genio del Viento, del Mar o de los dioses. Por cierto, tanto el vestuario general, así como la construcción de las máscaras del personaje citado, es muy plástico. No hay muchas cosas más que decir. La obra tiene tantos cortes y tan pocos personajes –son cinco, en total- que la historia carece de sentido, de comprensión, y mucho menos de su fuerza dramática. Al final se recita que la obra termina. Se aplaudió con más intensidad a los dos músicos -no figuran en el programa de mano-, con violín y laúd, que tocaban suavemente la composición de Rodrigo Guerrero.
Esta versión adaptada, o reducción de dramaturgia –quizá hasta todo junto- lo han hecho Vanessa Martínez y Alberto Conejero. A la compañía Teatro del Fondo, la hemos conocido en dos ocasiones, dirigidas, como en la de hoy, por Martínez, que, sucesivamente, había ido ascendiendo en los montajes (v. en este blog), y que ahora ha creado un texto verdaderamente incorrecto, con un individualismo incapaz y caprichoso, y que, sin embargo, cuenta con un buen equipo de intérpretes –no idénticos en el reparto- a los que cuida muy bien. Vamos a verlo, dentro de unos días, en Lope de Vega después de Shakespeare.
Enrique Centeno

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Don Juan **

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Autor: Carlo Goldoni.
Intérpretes: Mon Ceballos, Vicente Colomar,
Javier Román, Pablo Huelos, Eva Higueras,
Maya Reyes, Gemma Solé.
Vestuario: Carolina González.
Escenografía: Carolina González.
Música: Rodrigo Guerrero.
Dirección: Vanessa Martínez
(Teatro de Fondo)
Teatro: Círculo de Bellas Artes. (8.6.2007)
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El Don Juan de Carlo Goldoni, creador del teatro italiano, es una comedia divertida, como tantas otras copiada o versionada de El burlador de Sevilla , de Andrés de Claramonte -atribuido tradicionalmente a Tirso-, y que llegaría a Mozart, Molière, Corneille, Zorrilla, Max Frich, Brecht entre muchos. Goldoni utiliza un argumento muy similar al primer acto original, con la huida a Nápoles, su primera aventura que se prolongará hasta el final. Ya no se retrata a un seductor obsesivo, truquista y engañador que causaría un continuo drama. El montaje consigue la diversión con este burlador enamorado convertido más bien en los deseos de cada una de las tres mujeres –Ana, Isabel y Elisea-, desde la pasión, la inocencia o la fiereza. Lo hacen muy bien las actrices, como los tres donjuanes que alternan los actores, también duplicados para los otros personajes.
Aumenta el humor según avanza la representación, con un trabajo eficaz sobre el texto. La escenografía y el vestuario, entre el Art-Nouveau y el Art-Decó, permiten algunos bailes graciosos con la música, en directo, de los violinistas. Esta compañía, Teatro de Fondo, da un paso adelante tras su anterior montaje, un Lope de Vega –El maestro de danza- frustrado. Ahora sí les vemos un espectáculo sabio y brillante.
Vanesa Martínez hace una excelente puesta en escena.
Enrique Centeno

viernes, 4 de septiembre de 2009

Desde Toledo a Madrid *

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Autor: Tirso de Molina
Intérpretes: Luis Moreno, Leticia Santafé,
Carmen Pardo, Elía Muñoz, Chema Ruiz,
Paco Luque, Javier Ortiz, Alejandra Mayo
Ernesto Arias.
Escenografía: Almudena Moreno.
Vestuario: Susana Moreno.
Adaptación y dirección: Carlos Aladro.
Compañía Rakatá.
Teatro: Círculo de Bellas Artes. (24.1.2007)
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Otra vez más disfrutamos con el comediante Tirso de Molina, con esta repetida obra Desde Toledo a Madrid. Aunque algún actor intenta aquí imitar el habla madrileño popular, es una traslación desastrosa en la versificación de una prosa que pareciera una imitación a Arniches o en parte a Lauro Olmo. Esta compañía dice el verso, en general, con mucha claridad, lo que ayuda a seguir la función con gusto, si se puede admitir el sacrificio de la riqueza en ritmos y rimas, versos que derrotan a los actores y al director. La propia Compañía Nacional de Teatro Clásico ha cometido similares visiones, perdiendo la creación del Siglo de Oro, como en los montajes de Lope de Vega, con La dama boba -estrenada en 2002-, que se situó en los años 30, o de Cervantes, con La entretenida -2005-, en los 50 -, siempre con fracasos.
Es difícil viajar, con tan simples maletas, Desde Toledo a Madrid, donde se encuentran demasiadas situaciones y argumentos: parece querer un baileo de tiempos, como el noble personaje, Baltasar, disfrazado de rústico; con hechos que son difíciles de situar en nuestra época. Perder el arte, la diversión y las clases sociales debió de ser divertidísimo, casi como un testimonio –en realidad, la obra fue inspirada al autor por una historia sucedida en la Edad Media- para aquellos espectadores.
Todo ello no impide ocultanos el esfuerzo duro que consigue escenas muy brillantes; dejemos aparte las estrofas, tal como el fraseado soneto. Es también la ingenuidad, pero todo lo agradeció el público, que fue capaz de entrar, como chiquillos, en esos juegos de Fray Gabriel Téllez.
Enrique Centeno

martes, 1 de septiembre de 2009

Construyendo a Verónica ***

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Autores: Creación común sobre una idea de Jerónimo Cornelles.
Intérpretes: Toni Agustí, Maribel Bayona,
Carmen López,
María P. Bosch, Victoria Salvador.
Decorado: José Manuel Benito.
Dirección: Ita Agaard, Gemma Miralles, Inma Sancho.

Compañía Bramant Teatre.
Teatro: Círculo de Bellas Artes. (23.3.2007)

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Conocimos en la prensa que una mujer joven apareció muerta en la playa. No había sufrido violencia y no mostraba señal alguna; y no pudo ser un suicidio o tampoco un accidente. Pasados siete meses, el cadáver permanecía en el depósito sin que nadie lo recogiera o lo reconociera.
Esta función se desarrolla en unas mesas en las que, alrededor, se sientan los espectadores. Unas están pintadas de color rojo, y otras son grises. Por ellas, en un ambiente similar a un café o un pub, van uniéndose los intérpretes, individualmente, contando sus historias vividas. Con sus textos se convierten en una especie de cuentacuentos de experiencias propias. Ellas -y él- se nos entregan mirándonos a los ojos con sus voces en susurros y realismo en las historias; a veces con encantamiento infantil.
En cada reflexión se menciona a aquella mujer encontrada junto a las orillas del mar. La llaman Verónica: fue vista levemente al amanecer tras salir de una fiesta; la encontraron muerta cuando se le amaba en secreto. Rompía el ritmo suave, íntimo. Aquella Verónica pasa a ser, entre nosotros mismos, un misterio, un deseo de saber, un dolor, la indignación lastimosa, el sentimiento amoroso.
La interpretación, en su cercanía, consigue no sólo sus verdades, sino hasta la propia amistad tras el encuentro en este café. Casi dudaba si aplaudirles al final o despedirles como un nuevo amigo. Pero no: es teatro, de modo que les aplaudimos con pasión y admiración, tanto a su poesía común como a los buenos actores.
Enrique Centeno

sábado, 22 de agosto de 2009

Bebé ●

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Autor: Christopher Durang.
Versión: Juli Disla.
Intérpretes: Marta Velenguer, Juli Disla,

Toni Agustí, Victoria Salvador, Lola Moltó,
Aline Rubinato.
Escenografía: Assad Kassab.
Dirección: Rafael Calatayud
(La Pavana Companya).
Teatro: Círculo de Bellas Artes. (6.3.2007)
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Este pobre Natacha fue un bebé al que su padre y su madre criaron, desde su inicio, de un modo histérico. Esta pareja es un matrimonio que habita en un extraño domicilio: un espacio abierto, viejo, sin muebles y de paredes con garabatos. Desde su ignorancia, su estupidez y la ridiculez, se pretende, sobre todo, provocar las risas a los espectadores. Unos se ríen de ellos; otros sienten pudor; algunos, simplemente desinteresados. Es ese estilo del comediógrafo norteamericano que, de vez en cuando, llega por aquí al teatro, esperando obtener el éxito que consigue en su país. Sus obras, como Carcajadas salvajes o Aquí necesitamos desesperadamente una terapia, son comedias estúpidas, igual que este Bebé.
El niño y joven hijito necesita todo este tiempo –largo, interminable-, como todos los demás, una quimioterapia. Por lo visto, no se sabe si es niño o niña, vestido de muchacho o de media mujer y, en un alarde de imaginación, con una falda escocesa.
El matrimonio y el resto de los personajes –como una loca y salida canguro que se tira al padre a ratillos- son un conjunto de seres a quienes no les sería suficiente el psiquiatra sin ingresarlos en un manicomio. Yo miraba de reojo a un muchacho que reía a carcajadas montado a caballo sobre la butaca.
Tanto la dirección, la escenografía y el grupo de luchadores en esta obra, causan mucha pena.
Enrique Centeno

miércoles, 15 de julio de 2009

Las galas del difunto *

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Autor: Ramón María del Valle-Inclán
Intérpretes: Maite Colodrón, Fermosel, Francisco Gómez,
Candi Hernández, Felipe Higuera, Pilar Jiménez,
Mª Jesús Luque, Maguy Magán, Jordi Molina,
Mª Teresa Navarro, Irene Rodríguez, Francisco J. Sánchez,
Ana Torres, Manuel Vallano, Ana V. Souto.
Escenografía y Vestuario: Mapy Hernández.
Dirección: Celia León. (Teatro del Común)
Teatro: Círculo de Bellas Artes. (3.10.2007)

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Es muy frecuente no querer perder los hermosos textos de las acotaciones de Valle-Inclán poniéndolos en la voz de un relator o, en este caso, de un mismo personaje. Mejor valdría, en este montaje, que se estudiaran mejor las interpretaciones, en cuyo conjunto, todos ellos son débiles e incorrectos actores. Ignoro qué profesionalidad tiene esta compañía Teatro del Común, que incluso parece ser que ha obtenido premios anteriores. Valle-Inclán ya dijo una vez que nunca permitiría que su teatro fuera hecho con los actores españoles. Seguro que hoy se arrepentiría, desde luego, con la transformación del arte escénico. Ya todo se puede representar –con verdaderos actores-, incluyendo al complicadísimo teatro del mal genio gallego. Incluso con soberbias escenografías. Pero tendrá que reafirmarse al ver este espectáculo. Hay aquí un montón de elementos que buscan el ambiente esperpéntico, lo consiguen en parte, pero los personajes que aparecen son más bien los que proceden de una verbena, con textos que no se comprenden, se hablan mal, se rompen en tonos diferentes, se mueven en un bar de carretera imposible de entrar y sin salida. Una entremezcla de confusiones, alejados de la creación del esperpento.
E.C.

jueves, 2 de julio de 2009

En un minuto *

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Autora: Inmaculada Alvear.
Intérpretes: Irene Verdú, Rocío Bernal

Pablo Bermejo (fuera de escena).
Dirección: Sara Serrano.
Compañía Arena
Teatro: Círculo de Bellas Artes. (30.6.2009)

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Vemos siempre por las calles, por los supermercados o por los parques –con sus niños, o como cuidadoras- a mujeres inmigrantes, musulmanas, cubiertas con sus velos, con la vista en el suelo, mudas y sin devolver las miradas; nunca están en un café, o en el cine. A sus maridos sí los vemos en grupos, charlas en las mesas de bares, tertulias en terrazas, o conversaciones alrededor de sus mezquitas. Ellas tienen órdenes, sumisas a sus maridos; aquí como en sus orígenes.
La escritora, Inmaculada Albear, crea dos personajes, la musulmana y la española, imaginándose que las dos desean conocerse, tratarse. Pero les es casi imposible, con diferentes y contrarios pensamientos. Una prohibida por su dueño; otra, por el desprecio social de su marido. No explica Albear las causas reales -unas por orgullo y otras por rechazo-, careciendo de acción y análisis. Le atrae la fantasía.
Se cruzan las dos en el camino, atreviéndose a saludarse, caminan juntas unos metros. Escuchamos lo que piensan los dos personajes, largos textos grabados, sin diálogo, en movimientos plásticos, cercanos a la danza –quizá nos acordamos del teatro griego-, y con el apoyo de imágenes proyectadas de diferentes calles. Y un televisor en el que, durante toda la función, desde la altura, presenta un ojo observador, vigilante.
El texto es una especie de poema en prosa, un no diálogo, con fragmentos entre largos silencios, en los que las dos supuestas mujeres mueven las pantallas, cambiándolas de lugar en líneas diferentes -no comprendíamos sus significaciones-, con unos agradables contraluces en iluminaciones diversas. Ligeras, lentas, inmóviles. Silencios interminables. Voces que nos comunican por altavoces. Siempre esperábamos qué iba a ocurrir con estos folios poéticos. Nunca ocurrió nada. Es el vacío sobre la incomunicación. La obra se llama En un minuto: se prolonga durante cincuenta minutos. Se trata de un teatro personalista que se aleja de la literatura dramática.
Enrique Centeno

viernes, 26 de junio de 2009

La ópera de tres centavos **

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Autor: Bertolt Brecht, Música Kurt Weil.
Intérpretes: Jerónimo Arenal, Manuel Asensio,

Aurora Casado, Joaquín Galán, Sonia Gómez,
Sario Téllez o Susana Fernández, Rebeca Torres.
Vestuario: Carmen de Giles.
Escenografía, adaptación y dirección:

Iniesta Ricardo.
Compañía Atalaya
Teatro: Círculo de Bellas Artes. (14.2.2008)

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La compañía Atalaya, andaluza, cumple ahora sus veinticinco años. Los hemos visto en numerosas ocasiones en Madrid. La primera vez fue en el montaje de Así que pasen cinco años, de García Lorca, en 1986, magnífico. Lo conocimos en el Círculo de Bellas Artes. Este mismo teatro ha mostrado diversos títulos que conocemos, generalmente estupendos -es mejor olvidar algún palo-. Hoy aparece con el atrevimiento de La ópera de tres centavos, de Brecht. Es mucha tela para ellos.
Tanto el texto como la fundamental música de Kurt Weill, exigen muchos medios. Y un reparto de los actores-cantantes para las óperas de Brecht. Atalaya cuenta con el entusiasmo, con válidas escenografías que son, a pesar de ello muy insuficientes para transformar cada lugar. Les gusta el humor, mucho menos el sentido dramático. Es posible que les interese más esta obra en sus giras desde Sevilla. Los intérpretes dominan bien sus personajes –multiplicados- tal como se les ha pedido. Pero es natural que el conjunto no sea capaz de cantar con la calidad imprescindible. Es el esfuerzo lo que consigue los aplausos del público.
El divertido vestuario, los músicos de viejos instrumentos, y sus trajes populares, forman una especie de circo, de farsa continua que provoca las risas, con escaso sentido sobre la obra de Brecht: la vida de los poderosos, pistoleros negociantes o callejeros en sus miserias. Los dos protagonistas, en sus extremos sociales, son quienes consiguen mejor la calidad ante otros usos de voces poco suficientes.
Enrique Centeno
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Un único año pudo permanecer el nombrado Director General del INAEM (Instituto Nacional de Artes Escénicas y de Música), cuyo trabajo en este Ministerio de Cultura, se ignora qué realizó Juan Carlos Marset. Procedía del ayuntamiento de Sevilla. Se concedió entonces el Premio Nacional de Teatro a la sevillana compañía Atalaya.

viernes, 19 de junio de 2009

Hedda Gabler *

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Autor: Hernrik Ibsen
Intérpretes: Ana Caleya, Rosa Savoini,
Lino Ferreira, José Luis Alcobendas,

Davis Llorente, Inma Nieto.
Escenografía: José Luis Raymond.
Vestuario: Ikerne Giménez.

Dramaturgia y dirección: Ernesto Caballero.
Producción: Galanthys Teatro.
Teatro: Círculo de Bellas Artes ( 6.7.2007
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Las acotaciones, o descripciones, son las lecturas con las que se inicia esta representación de Hedda Gabler, de Henrik Ibsen (1829-1906). Y, efectivamente, eso nos advierte de que lo contado no se podrá ver.
Estrenada en 1890, volvió el autor noruego a su realismo, a aquel nuevo teatro de duros golpes a las costumbres sociales, especialmente en defensa de la mujer. Causó escándalos, que ya había provocado anteriormente, con el más conocido portazo de una mujer, Nora, protagonista de Casa de muñecas.
Era la crítica de su mundo, y algunos montajes intentan ahora situarse en nuestros días. En esta ocasión, el espectador contempla un escenario blanco, un suelo de tarima, unas puertas ausentes y un espacio abierto, con el escaso mobiliario de sillas convencionales. En la representación que hemos visto, se pierde el testimonio de Ibsen para recordar aquel tiempo, pero que podemos trasladar nosotros mismos. El excelente escritor, Ernesto Caballero, la ha adaptado y dirigido entremezclando épocas, con un bonito vestuario que los personajes pasean por un espacio acrónico. Se minimiza el arrastre de Hedda hacia la tragedia. Este montaje parece un esquema sobre el texto. Se nos escapa la complejidad psicológica de una mujer cobarde, cruel y observadora de un mundo de falsedades. Lo interpreta una actriz a la que no entendemos, en su baja voz y cuyo texto se enfría hasta desaparecer. Todo el reparto –pelea dificilísima- se desconcierta en sus trajes de época, y sus ojos y cuerpos se mueven despistadamente. Como para pasar un examen de actores en esta escena vacía. (No relacionar con la escena vacía, de Peter Brook). Hay incluso pequeñas utilerías, como las pistolas de madera, evitando así las duras escenas de disparos o del suicidio. Espero que un día me lo explique el amigo Caballero. Es posible comprender la obra, pero no introducirse en su tensión.
Versiones de Ibsen en debilidad, originalidad o enterramiento. Es verdad que reconocemos a la víctima –Jorgen, el marido-, a quien le “levanta” la esposa Loborg -el antiguo amigo y amante-, y roba el trabajo de su marido. Es difícil poner en escena esta intensidad entre falsedades, violencias y disparos. No es suficiente, de ningún modo, que nos quieran contar el argumento en voces, cuyos personajes se escapan. En el estreno, se les respetó. Más bien un silencio.
Enrique Centeno

martes, 26 de mayo de 2009

El ignorante y el demente *

Cuando asistimos a la representación de un texto del austriaco Thomas Bernhard (1931-1989), debemos prepararnos para una función lenta, una literatura intensa y una acción mínima. Que sepamos, en España no fue conocido en el teatro hasta dos años después de su muerte, aunque había sido traducido anteriormente (Miguel Sáenz).
El escenario representa muebles blancos –también en panorama de fondo-, con un tocador, y otros con patas metálicas. Parecía una clínica, pero resultaba ser, más adelante, el camerino de un teatro de ópera. Es un paisaje algo absurdo, nada extraño en el propio título de El ignorante y el demente.
Dos personajes, derecha e izquierda, callados, el primero es el viejo Padre –de una cantante aún ausente-, y el Doctor. El largo silencio –el desconcierto suele gustarle a Bernhard-, nos permite contemplar: el primero, con su traje impecable, blanco, botella de ron en mano, sentado. Igualmente, el Doctor, vestido de frac, lee un periódico abierto hasta que decide pasar las páginas sacudiendo las polvorientas hojas. Y de la página que lee -sin duda la sección de Cartelera-, comenta en voz alta: “El teatro actual está viejo, sin ningún interés…”, o palabras similares. Es una firma del considerado autor vanguardista que desea molestar y averiguar qué harán con esta ruptura.
Este Doctor comienza su monólogo, que se prolongará cerca de media hora –quizá algo menos, aunque lo pareció- mediante reflexiones y conocimientos sobre las enfermedades internas o análisis mentales. Escuchamos –no siempre lo entendemos- muchísimos términos de su especialidad en un lenguaje técnico, sin duda con asesoramiento - quizá por su propio hermano, médico-. Bernhard menciona en muchas de sus obras, opiniones y citas a los dramaturgos, tal como “Comedias que no son ni comedias, ni nada”, en su titulado El viaje de Kant a América o El papagayo en alta mar.
Nos llega ya la diva al camerino, una loca histérica y estética, soprano que se dedica, exclusivamente, al aria de La Reina de la Noche. Malvado personaje, bruja de La flauta mágica. Es una escena divertida –nos hacía falta- cuyo interés es otro disparate. El nuevo decorado es un rico café, de cortinas y manteles rojos, donde el Doctor habla con La Reina sobre su ruina profesional. Y sigue todo así: comedia o drama absurdo inventando calles sin salida, diálogos aburridos, personajes que no interesan nada, con frases insensibles que hacen desear el oscuro final.
Se ha hecho una estupenda dirección en el difícil mantenimiento de la obra, y cuenta con un excelente actor, Joseph Albert, capaz de dar vida al insoportable texto inicial: ricos gestos, variables tonos, una verdadera creación que nos salva, únicamente, de huir de la butaca. Un actor puede fastidiar una obra o salvarla. El resto del reparto es también estupendo: la demente Reina diva lo hace Ana Caleya; el Padre ajeno del mundo, Antonio Canal; así como Silvia Vivó o el no afeitado camarero elegante, Paco Celdrán. Es una buenísima compañía que esperaremos ver en un diferente montaje.
Enrique Centeno
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Autor: Thomas Bernhard. Traducción de Miguel Sáenz.
Intérpreres: Josep Albert, Antonio Canal, Ana Caleya,
Silvia Vivó, Paco Celdrán.
Escenografía: Elisa Sanz.
Iluminación: Luis Perdiguero.
Dirección: Joaquim Candeias.
Teatro: Círculo de Bellas Artes. (22.5.2009)
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domingo, 22 de marzo de 2009

Noche de reyes ***

Dos comedias de Shakespeare en dos días: Medida por medida, en el teatro La Abadía y, después, en el Círculo de Bellas Artes, Noche de Reyes, dentro de la Muestra de Teatro de las Comunidades. Tras haber comentado el primero, aseguramos que éste último produce el mismo placer, el talento de este montaje del Centro Dramático Galego.
Este director, Quico Cadaval, no se ha detenido un momento en su fantasía y la imaginación humorística. Ha elegido una escenografía y un vestuario de los años veinte. Es una playa mediterránea, casi de elegantes turistas, de paseantes por las arenas, con fondos de franjas de colores vivos, blancos y añil, una especie de carpa para el recogimiento del baño. Y aquí, en este lugar, Iliria, situó el autor la llegada de la joven Violeta, salvada de un naufragio. (Una Tempestad, como en su drama de Shakespeare). El original se refiere al país del mar Adriático, aunque en esta representación no se aproxima mucho a aquel lugar. La plástica se acerca más al Mediterráneo valenciano: más aún, lo relacionamos porque, en éste hay un agradable pueblo, llamado Iliria, y, además, otro lugar en la playa, denominado Oliva, nombre de la Condesa Olivia de esta comedia. Coincidencias casuales.
La bella Viola –María Bouzas, estupenda actriz- decide buscar a su hermano gemelo, disfrazándose de varón. Conocemos que en el teatro isabelino no podían aparecer actrices y, aquí, se produce una doble transformación: el personaje pasa a vestirse de hombre y, finalmente, de nuevo, al verdadero personaje femenino. Vaya baile: el público debió partirse de risa. Entre nosotros es un procedimiento frecuente en los clásicos, con personajes femeninos en los que las actrices se vestían de hombre –para ocultarse, protegerse- tanto en los dramas –La vida es sueño, Calderón-, o en las comedias de capa y espada (Don Gil de las Calzas Verdes, Tirso de Molina). En la aparición del buscado SebastiánBorja Fernández, también un buen actor-, se abrazan los hermanos fuertemente, con besos en los que todos sus enamorados equivocan los sexos, sufriendo la imposibilidad de mantener su enamoramiento. En estas escenas concluye la función, entre las definitivas carcajadas sobre el triunfo del amor. Un feliz final, como deben terminar las comedias.
Quizá, los personajes más divertidos están entre la nobleza. Con aspecto de vagabundo, Festas -lo hace Víctor Mosqueira, brillante, quizá excesivo-, un antiguo bufón –lo es en el original- irónico y burlador, con versos cantados con la mandolina en mano. A su lado, el romántico Duque –estupendo Marcos Correa-, que busca, desesperadamente, un necesitado amor. Viste traje negro de rayas. No llega a llamarse Doménico Modugno, sino su normal Orsino. Pero canta aquellas canciones de Penso che un sogno così/ non retorna mai. Llega hasta sus gestos exhibicionistas con su micrófono: sólo faltó ganar el Festival de San Remo. Aunque esta Costa de la Riviera, podría también ser Iliria, oyendo, junto a la playa, la canción de Orsino: Mille violine sonati del vento, aunque, al menos en esta representación, sería imposible escuchar violines entre la juerga continua.
Enrique Centeno
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Autor: William Shakespeare.
Intérpretes: Suso Alonso, María Bouzas,
Xan Cejudo, Marcos Correa, Susana Sans,Borja Fernández,
Anabell Gago, Bernardo Martínez,
Víctor Mosqueira, Simone Negrín, José M. Olveira,
Ramón Orencio, Marcos Orsi.
Escenografía e iluminación: Baltasar Patiño.
Vestuario: Gilda Bonpresa.
Versión y dirección: Quico Cadaval.
Teatro: Círculo Bellas Artes. (16.3.2009)
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viernes, 13 de marzo de 2009

El ángel de la luz **

Hace solo unos meses, en esta misma temporada vimos una emocionante función de la obra de Miguel Murillo, Y sin embargo te quiero. Al igual, aplaudimos, en 2005, a Armengol, que había obtenido el Premio Lope de Vega, estrenándose en el Teatro Español. A ese autor, residente en Badajoz, le vemos insuficientemente, al menos fuera de Extremadura. En Madrid estrenó importantes obras, como su primera función de El reclinatorio, en 1980, y otras como Perfumes de mimosas. Sus obras se centran, prácticamente todas, en el recuerdo y las historias en Extremadura.
Llega ahora, dentro de la Muestra de Teatro de las Autonomías, El ángel de la luz. Explica el dramaturgo, en su programa de mano, que se ha basado en una historia que le relató en una taberna un viejo, entre vinos excesivos, contando lo que sucedió en la línea entre Badajoz y Portugal. Este contrabandista es el personaje que inicia la función, sentado frente a una mesa, pegado a la botella. Él dijo conocer a un mísero matrimonio, que encontró a un niño abandonado, decidido a no pronunciar palabra alguna a lo largo de su vida, durante los años de los dos dictadores, Franco y Somoza. El hombre era republicano, liberal y consciente de la miseria y la represión. Se hacen también referencias a los cambios políticos posteriores. Se destaca, entre otras, la Revolución de los claveles, aquel 25 de abril de 1974. El director portugués lo monta con escenas conocidas que se proyectan en el decorado, sonando la canción que señaló el inicio, a través de la radio, y marcando la salida a las calles. Aquella canción se convirtió, prácticamente, en un un himno de libertad. (Fue el cantautor Jose Alfonso, con los versos de Grândola, Villa Morena, años después olvidado, falleciendo en la miseria, quien también nos hizo pensar en los sueños de estos países).
Lo cierto es, que este cuento histórico es un relato breve, y Murillo lo ha querido convertir en una obra teatral. Es lento, texto poético pero aburrido, tanto por la interpretación como por la puesta en escena. Es una especie de mito entre figuras religiosas: demasiado, la imagen de La piedad. Ha sido una tentación del extremeño. El reparto es muy flojo -apenas se salva Juan Carlos Castilla, el viejo- Y un decorado vulgar, en una pretendida plástica de pinturas. Tal vez, el resultado se debe, fundamentalmente, al director autor del decorado.
Quizá deberá este autor criticarse a sí mismo. En todo caso, le esperaremos, como siempre.
Enrique Centeno________________________________
Autor: Miguel Murillo.
Intérpretes: Juan Carlos Castillejo, Alberto Iglesias,
Celia Nadal,Elías González, Ricardo Utrera.
Escenografía y dirección: Joâo Mota.

Teatro: Círculo de Bellas Artes, (10.3.2009)
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jueves, 5 de marzo de 2009

El hombre almohada **

Fuerte violencia y crueldad, este personaje de origen desconocido contiene también una tierna poética. Se encuentra en un mundo perdido en el que que se siente una víctima. Piensa ser un escritor de cuentos, numerosos de ellos guardados en la mente, como en su archivo creado tras su única publicación. Sus obras son siempre historias de terror, de crímenes, con sangre mezclada con una literatura inteligente, experiencia formalista que contiene, al mismo tiempo, un lenguaje sentimental.
Al autor de esta obra, Martin McDonagh (1970), inglés-irlandés, no se le conoce demasiado entre nosotros. Hace unos años montó Mario Gas, su inolvidable La reina de belleza de Leenane. Obtuvo diversos galardones teatrales; con El hombre almohada ganó el Premio Olivier, y se trasla después al cine, al que también se dedica como guionista. Su escritura y sus argumentos son siempre de violencia y de lucha en la críticas sobre historias reales en su país. Unas técnicas que inició, desde su escasa formación, sobre la fantasía, el examen de un mundo o una sociedad en la que admite la persecución y el crimen como consecuencia. Una brutal dedicación.
El protagonista, KaturianJosé Vicente, buen actor como los demás-, aparece, en la primera escena, sentado junto a una mesa donde dos policías le interrogan acerca de unos asesinatos ocurridos. Le castigan en el lóbrego lugar, tratándole con insultos, desprecio y, finalmente, con golpes físicos.
En una pausa, un policía vigilante queda sólo con Katurian, y siente una cierta intriga sobre sus historias, al escucharle alguna de ellas: accede el preso y le cuenta algunos argumentos breves, bestiales, cuyos finales -más allá del propio Allan Poe- asustan al propio espectador. Va cambiando una especie de juego, una fantasía que retrata los famosos sucesos criminales conocidos por las noticias.
En este calabozo aparecen un turista y, principalmente, el hermano, un enfermo mental, encerrado ya en un sanatorio. McDonagh domina la construcción de personajes, con un realismo que permite tanto la tortura interior como la rebelión exterior, elementos que pueden comunicar, al mismo tiempo, sus sentimientos ingenuos y líricos. Sentimos el anuncio de la lucha a muerte, como dos gladiadores contra las paredes, un poder contra poder con furia y con suicidio.
El director, Denis Raftter, ha montado muy bien y cuenta con actores magníficos, un duro trabajo para conseguir ser verdaderos. Es admirable tanto el actor citado como Javier Magariño y toda la compañía Noctámbulos. Ayuda muy bien una rica iluminación en este teatro negro. Se consigue una perfecta representación. Sólo al acabar la función se tranquiliza el público, saliendo de esta barbaridad, esa normal dedicación del británico-irlandés.
Enrique Centeno
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Autor: Martin McDonagh (Versión de Isabel Montesino).
Intérpretes: José Vicente, Javier Magariño, Gabriel Moreno,
Luis Mariano López, Lourdes Gallardón.
Vestuario: Maite Álvarez.
Escenografía: Damián Galán.
Dirección: Denis Rafter.
Compañía Noctámbulos.Teatro: Círculo de Bellas Artes (21.9.2008)
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sábado, 14 de febrero de 2009

Desdémona ●

Tres personajes llamados Desdémona –la mujer víctima, que aquí no es asesinada-, Otelo –un moro que luego se va a la guerra de África-, y Yago -traidor-, nombres que se refieren a la tragedia Otelo, el moro de Venecia de Shakespeare, que inspira al autor Alberto Conejero. En ella, el gran celoso es un árabe enamorado, tanto de Desdémona como de su ejército, al que decide unirse en la guerra, y a quien la mujer cristiana le sigue a una cierta guerra de África, en el desierto. Va por las tablas y escalones, que lo mismo significan un terreno español o las arenas de una batalla. Hablan también por aquí, Caso y el traidor Yago.
El texto se lo han aprendido los intérpretes, es decir, que tienen mérito, y que ella –Patricia Martínez- incluso consigue un personaje, cuando frena sus correteos por el suelo, las tarimas y los escalones. En los textos notamos enseguida que no nos importan absolutamente y, menos aún, sus largos párrafos, su búsqueda de la lengua culta, reflexiva, poética y exhibicionista. Metáforas, sinónimos o polisemias: una frase tras otra, parlamentos barrocos. El director puede hacer poca cosa.
E.C.
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Autor: Albero Conejero.
Intérpretes: Patricia Martínez, Nacho Fernández, Adán Galguera.
Escenografía: Carlos Lorenzo
Dirección: Sandro Cordero.
Teatro: Círculo de bellas Artes (10.2.2009)
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jueves, 29 de enero de 2009

Don Juan, Tirso, Molière, Zorrilla **

La escalera de peldaños volados va recogiendo, desde la tierra hasta la nube, los distintos personajes de Tirso, Molière y Zorrilla. Por ahí andan la Inés y sus seducidas mujeres. Bajo sus trajes similares a cada siglo XVII y XIX, los actores y las atractivas intérpretes, se dedican, fundamentalmente, a recitar, con valor, fragmentos sucesivos. En conjunto, no hay mucho más. Montaje de escenografía bella, iluminación plástica, versos que se escuchan con calidad. Pero no se comprende bien en una pretensión tan sencilla de poemas sin más versión que investigue o se asome dramáticamente. La plástica no es siempre lo suficiente.
E. C.
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Autores: Tirso, Molière y Zorrilla.
Intérpretes: Alfonso Sánchez, Javier Castro,

F.M. Poika, Chema del Barco, Celia Vioque,
Antonio Zurera, Belén Lario de Blas.
Música: Pacosco.
Dirección: Gema López (Compañía Imperdibles).
Teatro: Círculo de Bellas Artes (19.2,2008)

martes, 13 de enero de 2009

Luces de bohemia *

Todo el teatro de Valle-Inclán es un desafío frente a los textos de su mundo del realismo fantástico; crítico y rebelde. Montar cualquiera de sus títulos precisa de mucha inteligencia: sabiduría de los directores para actores, la escenografía, la ambientación y las voces para sus diálogos, incluidas sus acotaciones. Con este definitivo Luces de bohemia (1924), Valle había creado el Esperpento en su conocida escena XII:

                 DON LATINO.- ¡La verdad es que tienes una fisonomía algo rara!
                 MAX.- ¡Don Latino de Hispalis, grotesco personaje, te inmortalizaré 
                 en una novela!
                 DON LATINO.- Una tragedia, Max.
                 MAX.- La tragedia nuestra no es tragedia.
                DON LATINO.- ¡Pues algo será!
                MAX.- Es Esperpento.
Esta escena se desarrolla en un rincón de la calle Corredera, frente a la Iglesia (San Andrés). La compañía Teatro del Temple (Zaragoza) no tiene la esquina, la pared ni el gélido amanecer. Ha construido cuatro paneles verticales, decorados con cuadrados metálicos, que hacen girar sobre sus ruedas. Antes de la primera escena, han creado un falso texto y movimientos en los que se finge iniciar un ensayo de la obra. Se justifica así la carencia de escenografía, vestuario, y los ocho intérpretes que representan los cincuenta personajes de Valle. Esta propuesta se pone en marcha y así llega hasta el final. Incluso uno de ellos saluda y despide al público, no sé por qué, si era un ensayo. Se omite localizar los diferentes lugares de los quince del viaje bohemio por la ciudad de Madrid. Es asombroso el atrevimiento al esperpento de esta respetada compañía, justificándose la desnudez. Resulta imposible conocer las estaciones del camino. El calabozo del anarquista, el jardín nocturno con las dos prostitutas, o este cementerio con el solitario entierro, la llegada del modernista Rubén Darío y el estrafalario Marqués de Bradomín, hijo de las obras de Valle-Inclán. Carecen del contraluz, las pinturas esperpénticas entre la bruma de la tragedia. El gallego pensaba, sin duda, inspirado en el escritor maldito de Sawa.
El barbado y manco Ramón de Valle-Incán tenía ya 65 años cuando anunció: “Yo no escribo ni escribiré nunca para el teatro”. No lo cumplió, afortunadamente. El nuevo teatro ha superado el mal arte de las representaciones.
MaxEstrella- es un ciego y un poeta bohemio. Sus ojos muertos y su bastón se apoyan en Don Latino –de Hispalis-, un aspirante, un buitre aprendiz. El director no puede superar este atrevimiento: su Max ni siquiera es ciego, con gafas negras o miradas quietas en su espacio conocido, y con un blanco bastón plegable de la ONCE. El actor –Ricardo Joven- no consigue transformarse, sin apoyo, como si aún no conociera los textos –en alguno de ellos, sobre todo al principio, no se le entendía- de este Luces de bohemia, una de las principales tragedias del siglo XX. Don Latino, en el supuesto “ensayo” al que nos invitan, está todavía sin empezar, partiendo de una especie de insoportable yonki. Voces, acciones, gestos equívocos. No ha sido así otras veces esta compañía ni este director. ”Los cómicos españoles no saben todavía hablar”, afirmó también Valle. Han estrenado este supuesto ensayo, quizá sea el primer día del estreno.
Enrique Centeno
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Autor: Ramón María de Valle-Inclán.
Intérpretes: Ricardo Joven, Gabriel Rebollo,
Gabriel Latorre, Francisco Fraguas, Rosa Lasierra,
Javier Aransa, Gema Cruz, Jorge Usón.
Música: Miguel Ángel Remiro.
Escenografía: Tomás Ruata.
Vestuario: Beatriz Fdez. Barahona.
Dirección: Carlos Martín.
(Teatro del Temple)
Teatro: Círculo Bellas Artes (8.1.2009)
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