Mostrando entradas con la etiqueta Juan Calot. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Juan Calot. Mostrar todas las entradas

lunes, 4 de junio de 2012

Alemania *

______________________________
Autor: Ignacio Amestoy.
Intérpretes: Juan Calot, Olalla Escribano.
Escenografía: David de Loaysa.
Iluminación: Pedro Yagüe.
Dirección: Mariano de Paco Serrano.
Teatro: La Abadía. (30.5.2012)
_______________________________


Fotos de David de Loaysa
Batalla de dos

Hace unos años, Ignacio Amestoy aparcó –o abandonó- sus dramas y tragedias sobre nuestra  propia historia, especialmente del País Vasco en el que nació. Arriesgados y comprometidos títulos –lo contamos para quien le interese, aunque ya está en los diccionarios- como Ederra; Doña Elvira, una imagen de Euskadi; Durango, un sueño, 1439; Betuzo, “toro rojo”; o Pasionaria. ¡No pasará!. Son hoy ya sus tristes y melodramáticas comedias. Solo grandes comediógrafos son capaces de enfrentar a dos  únicos personajes. Será preciso dominar el teatro textual, en diálogos, y Amestoy lo hace, como demostró  en títulos anteriores –incluso en monólogos, con el inolvidable Yo fui actor cuando Franco-, tal como la estupenda Cierra bien la puerta (20.12. 2000, v. blog). Con Alemania, se le concedió el año pasado el Premio Ciudad de Palencia.
    La aún joven Marta -33 años-, regresó de Alemania -país natal- y aquí se formó como excelente arquitecta: ganó el concurso oficial para la construcción de una  pérgola. Un sueño. En el momento que aparece en escena, parece montada en la caballería, escupiendo la desilusión y la desolación: el campo de batalla es la casa del cincuentón Vicente Villalonga, director de su Estudio de Arquitectura VV, donde trabajaba. Y aquí está la manipulación, firmando la empresa el entusiasta diseño de la muchacha.  ¿Qué encuentro va a producirse?
Con la mentira de Vicente sobre  la víctima Marta, el autor quiere mostrar el enfrentamiento de dos generaciones, y será ella quien terminará regresando a Alemania, en un momento en el que acudirá también por el fallecimiento de su abuelo, -quien allí vivió desde su emigración de la España del hambre-. No sabemos. En el escenario la conocemos como un gato de uñas y maullidos. Grita, chilla, insulta, desprecia con interminables voces sin parar. El corrupto Vicente no puede apenas intervenir para justificarse o trampear sus delitos. Para apreciar el texto, conviene que vayamos, nosotros mismos, frenando los ritmos y voces, para unirnos a su inteligencia y  rebeldía. Comienza con dispararos, pasa a la metralleta, arroja bombas de mano, y llega hasta el lanzamiento nuclear. No hay pausas, miradas, pensamientos, diálogos de preguntas o de enfrentamiento dialéctico. Al punto casi de la histeria o la estrangulación. El tramposo Vicente solo puede manifestar algunas frases de tonos hábiles en sus mentiras o búsquedas –trucos- para intentar defenderse con un casco de hierro. Es él un despreciable, pero la arquitecta ha mantenido –hasta hoy- su relación sentimental con el adúltero. Le acusa de sus conocidos abusos de las jóvenes becarias, y la útil prostitución política de su esposa. Todo lo sabía Marta, y, sin embargo, es ahora, ante el robo de su diseño, cuando vemos que, 
Juan Calot
Olalla Escribano
en realidad, ella misma estaba aprovechándose de este VV. ¿Dónde está este enfrentamiento generacional? ¿El corrupto o la trepadora?. Ella afirma que desprecia todo lo que veía –no se mira en el espejo a sí misma-, y dice Amestoy que su obra muestra la imposibilidad de los jóvenes. Recogerá sus trapos en la pequeña maleta y hará su mutis. Y aquí se quedará el inmoral catedrático y arquitecto, degenerado, ladrón de guante blanco de despacho; cómo bien los conocemos. En los últimos minutos podremos ver, en su discurso y confesión de sus estafas morales, el cinismo de un destructor. Pero están aquí las escenas más teatrales de la función: ya hundido, relatará en su estilo, sus simbólica violencia en una historia de fantasía literaria. En su monólogo final, en su soledad, aparece el talento del actor Juan Calot.  Olalla Escribano no puede bajar nunca la quinta velocidad: ¿quién puede salvar a Marta?. Como afirmábamos, es preciso dominar el teatro textual; y puede dar vida al escenario un gran director de actores; en caso contrario, hundirá el montaje. Y es aquí lo que le ocurre.
Enrique Centeno

miércoles, 11 de enero de 2012

La mirada de Julia *

___________________________________

Autora: Ginés Bayonas. 
Intérpretes: Juan Calot, Luisa Armenteros, 
Luis Felpeto, Eleazar Ortiz, Carmela Orenes, 
Concha Esteve, Encarna Breis, Javier Manzanera, 
Rafael Rojas. 
Escenografía y vestuario: José Luis Raimond. 
Dirección: Juanjo Granda.
Teatro: Círculo de Bellas Artes. (9.2.2000)
_______________________________



Bostezando a Julia

Acaba de marchar del Círculo de Bellas Artes uno de los espectáculos más hermosos de la temporada, el Galileo, de Bertolt Brecht. Lo ha hecho poniendo el cartel a diario, y ha sido una prueba más de que el público tiene olfato, sabe lo que debe ver, dónde está la calidad, e incluso dónde se encuentra lo insólito. El fenómeno Galileo, creo yo, es altamente representativo sobre todo en este mes en el que, tradicionalmente, las taquillas experimentan una bajada indeseada.
Al mismo escenario de ese Galileo para la memoria, sube ahora una cosa que se llama La mirada de Julia. Resulta completamente inexplicable el porqué, y uno, viendo el espectáculo, se lo pregunta repetidas veces. Se trata de un texto que acomete, presuntamente, el tema de los enfermos terminales de sida, en un extraño hospital, o fundación, que el escenógrafo Raymond, que suele hacer excelentes trabajos, ha ambientado en una especie de vestíbulo de sala de multicines completamente incomprensible. Toda la función se mueve entre el disparate, la vulgaridad y la falta de imaginación, que llega al patio de butacas en cuya atmósfera se respira solamente el aroma de los bostezos. Tiene el texto la calidad literaria de un prospecto de aspirinas; la amenidad de las instrucciones de uso de un electrodoméstico; la tensión dramática de un parte meteorológico y la riqueza de personajes de una guía telefónica.
El pasmo que produce tanta mediocridad es, sencillamente, insólito, y se pregunta uno, para salir del sopor y de la vulgaridad que el texto destila;  qué criterio ha llevado a tantas gentes a montar semejante producto, y cuál ha sido el del Círculo de Bellas Artes la programación.
Hay un grupo de actores, también. Incluso está Juan Calot, que es excelente y que consigue huir en algunos momentos del naufragio diletante, espeso, insoportable de sus compañeros de escena. Lo dirige todo ello Juanjo Granda, tampoco sabemos por qué.
  Enrique Centeno

lunes, 29 de agosto de 2011

El cementerio de automóviles ****

____________________________________________
Autor: Fernando Arrabal.
Intérpretes: Carmen Belloch, Paco Maldonado,
Juan Gea, Natalia Millán, Alberto Delgado, Juan Calot,
Roberto Correcher.
Vestuario: Javier Artiñano.
Escenografía: Xavier Mascaró.
Música: Mariano Marín.
Dirección: Juan Carlos Pérez de la Fuente.
Centro Dramático Nacional
Teatro: La Abadía. (7.4.2001)
____________________________________________



Misa pánica

El teatro de Arrabal no tiene edad, y El cementerio de automóviles sigue causando la misma inquietud e idéntico placer, porque el teatro pánico (de pan: todo) se mueve entre el desconcierto, la alegoría, la confusión, la buscada falta de linealidad y de lógica aparente. El cementerio de automóviles es una permanente alegoría (otra característica de lo pánico): una sociedad que continúa siendo soberbia e ignorante, a pesar de que habite en un amasijo de viejos coches desde los que aún dictan órdenes a un servicial mayordomo. Desconcierto y sorpresa permanente, personajes inquietantes entre los que sobresale un trompetista, Emanu, que no es sino el alter ego del Mesías de la mitología cristiana (la mitología será otra constante de este teatro de riesgo).
    Y la pasión, y el amor profano junto al divino, que aquí se entremezclan en una confusión iconoclasta, con la irreverencia del creador que organiza su propia y personal ceremonia. O la traición –otro Judas- y la represión y la muerte. Todo está en este teatro, heredero de la crueldad de Artaud, del surrealismo de Tzara y del absurdo de Ionesco, vanguardias de las que el autor español bebió en su Francia adoptiva. Con ellas logró esta síntesis, esta nueva invención que, con Oración, Los dos verdugos o Fando y Lys, causaron una conmocón en el universo teatral a partir de los años cincuenta.
    El Centro Dramático Nacional, en estos momentos sin sede, presenta este montaje en La Abadía. Es un buen espacio para subrayar más aún la transgresión y la liturgia. Y el resultado es verdaderamente espléndido. Pérez de la Fuente no sólo está sabio en la creación de espacios dramáticos imposibles, sino que lo ha impregnado todo con una gran sensibilidad, de un especial hálito donde la violencia, la injusticia, la religión y el sexo, se entremezclen en una visión absolutamente anárquica, que es la única forma de entender el mundo de Arrabal y, tal vez, el de todos nosotros. Un impecable reparto, unas coreografías de mucho riesgo y belleza, colaboraron, la noche del estreno, a que esta misa profana tocara las vísceras del espectador. Parece que también las del propio Arrabal, que salió a saludar y, entre titubeos, aseguró que se sentía renacer.
Enrique Centeno


sábado, 4 de septiembre de 2010

Flor de Otoño ***

______________________________________________
Autor: José Mª Rodríguez Méndez.
Versión de Mª José García.
Intérpretes: Ana Frau, Trinidad Iglesias, Fele Martínez, Jeannine
Maestre, Carnen Belloch, Juan Calot, Ángel Morós, Vicente Díez,
Cesáreo, Estébanez, Paco Maestre, Sergio Castelar, Pedro Almagro y otros.
Escenografía: Cecilia Hernández, Natalia de la Torre.
Vestuario: Rafael Garrigós.
Iluminación: Mario Gas, Paco Ariza.
Dirección: Ignacio García.
Teatro: María Guerrero (CDN). (22.9.2005)
______________________________________________

Es en su último otoño cuando podemos ver una de las formidables obras de José María Rodríguez Méndez, autor esperado en los teatros desde el inicio del movimiento realista. Lo vemos escasamente y con la memoria de Los inocentes de la Moncloa, aquel drama (1961) que sería asombroso de reponer en nuestro ambiente –se montaba por los teatros universitarios-; o el espectáculo de Bodas que fueron famosas de Pingajo y la Fandanga, ya estrenado en 1978 por el Centro Dramático Nacional y dirigida por José Luis Gómez.
    Rodríguez Méndez (1925) [2009] examina continuamente la situación de nuestro teatro y la crítica cultural. Su primer ensayo fue explosivo hace ya años en la edición de La cultura teatral en España (Laia, 1974), en la que nadie se salvó. Hace menos tiempo, en un artículo, Amar a la escena –una sincera calificación- escribió: “Cuando la sociedad está desarraigada de la historia y de la cultura propia del país no puede esperarse ni amor ni respeto por esa cultura. Y eso es lo que está pasando. Aquí no se ama lo propio porque no gusta y se está mimetizando torpemente –porque mimetizar con talento  es algo estimable, al menos- lo que nos viene de fuera o lo que simplemente está de moda. De ahí la beatería cultural por autores” (Diario 16, 1992). Son recuerdos y citas ante esta función de Flor de Otoño, tras un largo silencio hacia nuestro autor, a pesar de que dos años después del texto citado se le concedió -1994- el Premio Nacional de Literatura Dramática.
    En este Flor de Otoño aparece la alta burguesía, el fascismo y la policía, en la ciudad de Barcelona, una más que favoreció la sublevación militar para la Guerra Civil. Aquel personaje, Lluiset, une en su propio triángulo la abogacía, el travestismo nocturno y el anarquismo. Detenido, es torturado y finalmente ejecutado en esta tragedia, en la que Rodríguez Méndez utiliza eficazmente el sentido irónico y jocoso. Se puso en escena hace dos décadas, en Valencia, al parecer con escasa calidad. Se había hecho también en el cine –Un hombre llamado “Flor de Oroño”, de Pedro Olea- con gran éxito. Y ahora se recupera en el Centro Dramático Nacional, en el teatro María Guerrero, con la versión de Mª José García. Un montaje con riqueza escenográfíca, donde los personajes aparecen pobremente dirigidos, y una frialdad dramática en el entremezclado protagonista desvanecido. Hay momentos en los que consiguen los actores cierta tensión, pero entre proyecciones cinematográficas que entibian las escenas. Quizá, excepto en la última escena, donde la Madre, gracias a la actriz Jeannine Maestre, logra el gran momento en el que comprender y aceptar las dedicaciones de aquel fusilado.
Enrique Centeno