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viernes, 9 de marzo de 2012

Follies ***

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Libreto: James Goldman.
Música y letras: Stephen Sondheim.
Traducción: Roser Batalla.
Dirección Musical: Pep Pladellorens.
Intérpretes: Vicky Peña, Carlos Hipólito, Muntsa Rius, Pep Molina, 
Massiel, Asunción Balaguer, Linda Mirabal, Teresa Vallicrosa, 
Mónica López, Marta Capel Diego Rodríguez, Julia Möller, Ángel Ruiz, 
Joanna Estebanell, Mamen García, Lorenzo Valverde, Josep Ruiz, Gonzalo
de Salvador, Nelson Toledo, María Cirici, Marisa Gerardi, Antonio Villa.
Escenografía: Juan Sanz y Miguel Ángel Coso.
Vestuario: Antonio Belart.
Iluminación: Paco Ariza.
Dirección: Mario Gas.
Teatro: Español. (10.2.2012)
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FOTOGRAFÍAS DE ROS RIBAS
De alegría y de dolor

Quiso Stephen Sondheim (1930) dedicar un homenaje a las antiguas Follies  de los años cuarenta, con el libreto de James Goldman (1927-1998). (Lo que podríamos relacionar con nuestras “Variedades”). La nostalgia de aquel mundo es el agridulce de la felicidad y la tristeza. No se ha conformado con un brillante musical: quiere dramatizar, con intenso amor,  a los propios artistas. Produce este espectáculo -continuamente montado en numerosos países, desde su estreno en 1971- una liberal diversión que se entremezcla con fracasos sentimentales. En el texto no hay una historia lineal, sino las rupturas de ir y de volver a las relaciones de los cantantes y bailarines. Son magistrales combinaciones entre el drama y la comedia.
Asunción Balaguer
    En un ya destruido teatro de los años cuarenta –se construirá en él un garaje-, un importante productor organiza el reencuentro de los supervivientes del pasado. Una colección simpática en la que irán confesando en canciones sus propias situaciones.
   Es sincera y entrañable la canción de Hattie Walker, que mantiene sus sueños de entonces, y en su vejez sigue soñando con los carteles y luces de neón: “Soy corista, que canto y también bailo”, asegura. Lo hace la querida actriz Asunción Balaguer, con voz grave y tropezada -nunca había cantado- que, bajo su foco, lo interpreta produciendo la emoción del público; podría ser el personaje de ella misma. Son diversos monólogos musicales, en los que cada uno va pasando al primer término. Y así iremos conociendo sus evoluciones. Del hundimiento a la calle, la prostitución o fracasos en sus matrimonios. Todo un elenco formidable, con Teresa Vallicrosa, Mónica López -vaya regalos-, Massiel y Minda Mirabel (soprano). Entre el gozoso encuentro de los viejos actores, esa línea empezó a marcar  esas trayectorias de los desastres en las convivencias. Los protagonistas representan a un doble matrimonio, el de Phyllis –Vicky Peña- con Benjamin –Carlos Hipólito-, y el de Sally –Muntsa Rius- con Buddy –Pepe Molina -más regalos-, que irán confesando o descubriendo los ocultos sentimientos, engaños y frustraciones. Escenas de ironía y de  tensión que nadie se esperaba en este Follies.
Carlos Hipólito y Vicky Peña
 Cara a cara, Phylis soportará los insultos y el desprecio  de su marido. E Hipólito interpreta a este personaje con procedimientos singulares; de la risa a la ironía y la dureza y, finalmente, la crueldad verbal. Lo que hace también con asombro es el cambio de la dicción a la canción, sin perder un imaginado pentagrama.  Lo que no nos sorprende es la magistral actriz Peña, ya prestigiada igual en anteriores musicales. Un matrimonio de secretos y odios, como en las tragedias de O’Neill. Y en su última discusión, Phyllis responderá, entre las  copas de champán, con una brutal  canción cuyas verdades terminarán mostrando al patético marido. Así hizo el mutis dejándole vencido. Y la acompañó el público con sus aplausos.
Muntsa Rius y Pep Molina
     Fue tiempo del amor perdido: prefirió Benjamin separarse de Sally para elegir a la opulenta Phillis. Quiere ahora, sincera e inocente, recuperar aquella unión, a la que aún se aferra. Está en manos de una extraordinaria actriz -especialmente en musicales-, Muntsa Rius. Momentos entrañables en un nuevo encuentro solitario. Recuerdan juntos la felicidad, y las escenas  las representan simultáneamente los jóvenes -que hacen muy bien Julia Möller y Diego Rodríguez-, en una traslación temporal –flashback- con la misma huida del Benjamín. Procedimiento que se utiliza también con el otro matrimonio, a quienes interpretan Marta Capell y Ángel Ruiz.  Hay más aún. Conociéndolo su marido, Buddy, se producirá una violenta ruptura de la permanente amistad. Siempre pienso en ti, seguirá Sally cantando, agarrada a su maleta, en el andén de un tren donde reiniciará su final. 
Es uno de los momentos más emocionantes de la obra, y quizá el momento más genial de las canciones, con Rius en solitario caminando sobre el vapor de la locomotora. El actor Pep Molina está a la misma altura del reparto, lo que tampoco nos sorprende y cuya espléndida voz utiliza lo mismo para cantar como para hablar.
    
Sondheim rompe de nuevo su historia: surge, inesperadamente, un decorado de coloreadas luces, bombillas parpadeantes, la alfombra roja de la escalera de la vedette entre lujosos vestuarios y la coreografía espectacular. Hemos vuelto a la alegría del musical Follies: Hipólito de esmoquin, con bastón de baile y canciones, y Peña bajando los peldaños envuelta en un vestido provocador. Todo lo demás era un cuento.
En el centro, Muntsa Rius
A Mario Gas le da lo mismo montar una tragedia, un drama o una comedia; con Eurípides, Vallle-Inclán, Miller o Priesley. Y borda también los musicales, sean Weill-Brecht (Ascensión  y caída de de la ciudad de Mahagonny), o el propio Sondheim (la tragedia de Sweeny Tood, el barbero de diabólico)  o la diversión ligera (A Little Night Music  y Golfos de Roma). Y aquí de nuevo demuestra su talento. La escenografía de 
Diego Rodríquez, Marta Capel, Julia Möller, Ángel Ruiz
Juan Sanz y Miguel Ángel Caso –hemos visto algunas similares ideas en la de Nueva York-, los brillantes vestuarios de Antonio Belart, la coreografía o la feliz música de la orquesta que dirige Pep Pladellorens: todo ello iluminado por Paco Ariza. El resultado del espectáculo –con diferentes opiniones-, es una altísima creación.
Enrique Centeno

domingo, 18 de septiembre de 2011

A little night music ***

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Música y letras: Stephen Sondheim.
Libreto: Hugh Wheeler.
Intérpretes: Constantino Romero, Vicky Peña,
Jordi Boixaderas, Alicia Ferrer, Ángel Llàcer,
Montserrat Carrulla, Núria Canals.
Escenografía: Jon Berrondo.
Vestuario: Antonio Belart.
Dirección musical: Manuel Gas.
Dirección: Mario Gas.
Teatro: Albéniz. (31.10.2000)
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Un juego de amor

Que los autores de Sweeney Tood, el barbero de la calle Fleet, el mejor musical que hemos visto nunca, de este mismo compositor Sondheim y del libretista Wheeler- quienes se unen para esta Música en Una pequeña noche de música, bien contrastada con aquel Barbero. Ruptura del original título de Shakespeare El sueño de una noche de verano, frente a Macbeth, o juegos como La comedia de las equivocaciones que, por cierto, andan flotando como referencias lógicas a la cultura anglosajona en este musical.Aunque se confiese inspiesen la inspiración de Sonrisas de una noche de verano, la película de Igman Bergman.
Fotos de Ros Ribas
  El asunto es un enredo, a medio camino entre el vodevil y la alta comedia, pasado por la estética de la Suecia de finales del XIX. Este último elemento es fundamental, porque el musical se nutre, en buena parte, del esplendor escenográfico y del vestuario, que aquí, en efecto, se explota con un gusto exquisito; a veces con alardes de belleza que subraya la delicada iluminación: es la caligrafía perfecta, el conocimiento enorme de Mario Gas, capaz de prestar su sensibilidad lo mismo al drama, a la tragedia o al juguete bufo (Golfus de Roma, de los mismos autores, o Sweeney Tood), sea musical o teatro de texto.
    Un juego de amor, un cruce de engaños y de verdades que se entremezclan; imposibilidad de ser fiel, o la defensa de la infidelidad entre la ironía zumbona e inocente, lo que producen en el público una rara complicidad; como si en el patio de butacas existiera una cierta solidaridad con todo ese engaño: algo tiene esta comedia para que, en su aparente fantasía, nos resulte familiar, aunque, eso sí, se acepte como algo que ocurre hace cien años.
    A ello hay que unir, sin duda, esa calidad escénica a la que nos referíamos, y que pasa, naturalmente, por un plantel de intérpretes formidable. Constantino Romero: voz, presencia, entendimiento; Vicky Peña, fascinadora como siempre, delicada y de espléndida voz, como su compañero; la sabiduría de Montserrat Carulla; el divertido atribulamiento de Ángel Llàcer; o el buscado enervamiento fatuo de Jordi Boixaderas, aunque todo el largo reparto está a su misma altura. Suena muy bien la música, que dirige Manuel Gas desde el foso del teatro Albéniz. Todo posee esa firma impecable que se intuye apenas leer los créditos en el programa de mano.
Enrique Centeno

lunes, 9 de mayo de 2011

Top dogs **

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Autor: Urs Widmer.
Versión de Philip Rogers.
Intérpretes: Mar Regueras, Fernando Guillén,
Ricardo Moya, Juli Mira, Sergi Calleja, Pep Sais, Vicente Genovés, Ángela Castilla.
Escenografía: Jon Berrondo.
Vestuario: Patricia Hitos.
Dirección: Mario Gas.
Teatro: Albéniz. (14.9.2000)
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Los pobres amos del mundo


Estos “perros de presa” son esos seres lejanos que, encorbatados, ocupan los despachos de altos cargos y directivos de las multinacionales, y aquí fomentan la desigualdad y la explotación. Lo curioso de esta idea es que se trata de ocho sujetos que han sido despedidos por su relevo generacional, su menor competitividad, sus problemas personales o familiares. Y acuden a un centro terapéutico donde curar sus frustraciones, e incorporarse de nuevo como capitanes del mundo.
    El texto cuenta todo esto en clave de humor, incluso de farsa, de modo que nos riamos con estos personajes a los que, en el fondo, despreciamos profundamente. Para su reciclaje o recuperación se ven sometidos a pruebas de inhibición, de autoestima, de correctivos, para incorporarlos al mercado de los grandes trabajos; y la obra se hace con procedimientos que buscan la burla, la caricatura. También la comprensión e incluso la compasión: hay una primera parte muy pesada, con un texto endeble, con el que los intérpretes luchan por defenderlo, pero que aburre muchísimo; también los propios personajes, porque a muchos nos interesan, francamente, nada.
 tarda mucho en saber a dónde quiere ir a parar el autor, o a dónde pretende llegar Mario Gas, el admirado director: durante más de una hora, aquello parece una solemne idiotez, una comedia casi reaccionaria, acogiendo con humanidad a quienes despiden, estafan, seleccionan personal, trincan o devoran en el trabajo de alto standing. Se tarda demasiado, decimos, y la verdad es que casi dan ganas de abandonar la sala.
    Y de pronto, tras el entreacto, descubre sus cartas el autor y, posiblemente, más aún el director: estamos ante uno de esos montajes teatrales en los que la puesta en escena supera al texto propuesto. Los personajes, en principio despreciables, parecen tener, o así nos lo quieren contar, su “corazoncito”. Y, despedidos de sus trabajos, encuentran las más dispares ocupaciones, las inquietudes más absurdas, o las salidas del desconsuelo a veces patéticas. Se trataba de una burla, de un ataque, de una rebeldía hacia una clase laboral o profesional que en realidad está constituida por hombrecitos vestidos de lujo. Algo que tarda demasiado el espectáculo en hacérnoslo ver.
    Ante un texto en su mayor parte débil, cabe la salida de gozar de una escenografía de geometrías hermosas –anda por ahí la influencia de Bob Wilson-, también en la magnífica iluminación de Quico Gutiérrez -una obra de arte-, de una inteligente dirección coreográfica y, sobre todo, de una interpretación formidable. Se trata de una sucesión de monólogos, en composiciones corales, donde vamos conociendo a cada uno de los personajes. Todos están impecables. Desde Fernando Guillén, en un tipo insólito en su trayectoria naturalista –aquí todo es minimalista, farsesco o distorsionado- hasta las dos enormes actrices, Mar Regueras y Ángela Castilla, pasando por todos los demás, aunque parece imprescindible mencionar especialmente las dotes histriónicas y cómicas de Pep Sais.
    Al final, parece que Mario Gas no está tampoco seguro de a dónde va la función, de modo que hace añadidos diversos, aclara a ritmo de bombos y retahílas su denuncia, como si dudase de que el juego cómico no transmitiera lo que se había propuesto. Y en los últimos minutos se vio claro que, en todo caso, aquellos personajes nos importaban un pimiento. Fue la caligrafía actoral y estética la que, probablemente, puso de pie al público la noche del estreno.
Enrique Centeno

domingo, 1 de mayo de 2011

Las criadas ****

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Autor: Jean Genet.
Intérpretes: Aitana Sánchez-Gijón,
Emma Suárez,
Maru Valdivielso.
Iluminación: Mario Gas.
Escenografía: M. Gas, Antonio Belart.
Dirección: Mario Gas.
Teatro: Albéniz. (8.3.2000)
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Una ceremonia profana


Un director maldito, el argentino Víctor García, se atrevió a montar en España a otro maldito, Jean Genet, hace ahora veinte años. Conmovió nuestra escena aquel montaje inolvidable, nada menos que con Nuria Espert, Julieta Serrano y la desaparecida Mayrata O’Wisiedo. Noche inolvidable, teatro para la memoria en el que todo estaba al límite, porque el autor y el director tenían muchas cosas en común, con impulsos a veces descontrolados; el autor, con una vida trágica, marcada por la cárcel, el Barrio Chino de Barcelona, la tortura interior que Sartre comparó con la de Teresa de Ávila.. Y llega ahora Mario Gas y se atreve a romper uno de los mayores mitos de la escena española de dos décadas. De modo que se acude a esta función con inquietud, con curiosidad, deseando que no se rompa un mito.
    Lo que se encuentra el espectador, ya inmediatamente, es con un montaje que hiere las entrañas. La ceremonia de Las criadas es una liturgia en la que dos personajes imitan, asumen y desean ser la propia señora de la casa. Se ha indicado muchas veces que no es una obra revolucionaria, que no existe en ella un lucha de clases en sentido estricto, pero sí un espacio en el que ambas desdichadas juegan a la suplantación de aquello que no pueden ser, lo cual, por otra parte, es el embrión de una rebeldía. El espectáculo es un juego de conmoción, de emociones, de traslación al viejo arte del teatro, que está en el escenario y en el propio juego de las actrices.
    Ah, las actrices. Con las antecedentes citadas, teníamos derecho a a dudar, aun conociéndolas. Y resultan ser tres soberbias mujeres, las tres de una tensión, una energía y una sinceridad cuyo aliento se desparrama por el patio de butacas. Nunca habíamos visto tan magistral sobre las tablas a Aitana Sánchez-Gijó, ni a Emma Suárez, o a Maru Valdivielso. Una sorpresa formidable en un trabajo lleno de rigor, de inteligencia, de talento.
    En todo lo cual tendrá mucho que ver, sin duda, el admirado Mario Gas, porque las tensiones y las salidas y entradas de cada escena, se perciben perfectamente dirigidas, en momentos cuya electricidad produce calambres. No sé por qué ha hecho, en colaboración, una escenografía contra la que tienen que lidiar las actrices, un diseño al que le sobra todo, una iluminación incomprensible, una especie de alarde de diseño que no se entiende en absoluto. Y a pesar de ello, la función mantiene esa subversión, esa herejía que quería Genet, probablemente en un espacio vacío.
Enrique Centeno

jueves, 17 de febrero de 2011

Un tranvía llamado Deseo ***

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Autor: Tennessee Williams.

Versión: José Luis Miranda.
Intérpretes: Vicky Peña, Roberto Álamo, Adriana Gil, Álex Casanovas,
Anabel Moreno, Alberto Iglesias, Pietro Olivera, Jaro Onsurbe,
Mariana Cordero, Ignacio Jiménez.
Escenografía: Juan Sanz y Miguel Ángel Cosa.
Vestuario: Antonio Belart.
Iluminación: Juan Gómez Cornejo.
Videoescena: Álvaro Luna.
Dirección: Mario Gas.
Teatro: Español. (10.2.2011)
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Alcanzaron el deseo los inmigrantes europeos o hispanoamericanos –aquí o en aquella Nueva Orleáns-, ocupandose como trabajadores en la esperanza americana. Una sociedad humilde y orgullosa. En un barrio popular conoceremos a Stanley Kowalski. Y allí llegará, procedente de la sociedad acomodada y tradicional, ya asfixiada tras la Segunda Guerra Mundial, Blanche: son dos de los más famosos personajes del teatro contemporáneo, creados por Tennessee Williams –del que se cumple este año su centenario- en Un tranvía llamado Deseo (1947), trasladado al cine en la película continuamente revisada: no diremos una palabra más sobre ello ante este montaje que se representa en el teatro Español.
     En su último recurso para sobrevivir, Blanche se bajará en la estación del marginado barrio, lluvioso y nocturno, buscando su acogida en la pequeña y humilde casa de su hermana menor, Stella, la mujer de Stanley. Desde sus primeras preguntas a la vecina y en su reencuentro con la hermana, tras su elegante vestuario mirará presuntuosa, creando Williams en cinco minutos el retrato de la protagonista. Se espera la llegada del marido, Stanley Kowalski, que, apenas contemplarlo nos hace comprender sus evidentes diferencias y el enfrentamiento; el mundo vivo frente al cadáver de los beneficiados. La perdición y la esperanza se señalan en la elegancia y la camiseta sudada; la fragilidad y la fortaleza; la mentira y la verdad. Va aumentando la tensión en los tres actos –aquí se representa en dos partes- viéndose venir el hundimiento completo de la vencida norteamericana.
    Un tranvía llamado Deseo es una de las grandes obras del dramaturgo, que entusiasma al director Mario Gas, y que ya ha montado títulos como El zoo de cristal (Teatro María Guerrero, 1995), o La gata sobre el tejado de zinc caliente (en este Teatro Español, 1996). Y aquí ha disparado a Vicky Peña lanzándola al abismo de la compleja Blanche. Sin una gran actriz sería imposible crear este personaje –cuántos fracasos se han cometido-, como fue capaz de hacer la extraordinaria actriz Ana Marzoa hace más de una década (José Tamayo, Teatro Bellas Artes, 1.10.1993).
    Vicky Peña crea una metamorfosis que únicamente nos deja ver a Blanche. Fingidora y frágil, oculta el hundimiento de su sociedad desaparecida. Nos provoca en la primera parte una cierta burla, y, lentamente, va surgiendo su penoso drama. Descubierta su verdad, admitirá su desesperada trayectoria: de la esperanza a la oscuridad, del cinismo a la imaginación fantasma. Son escenas dificilísimas que la actriz  recrea maravillosamente. Se estrellará contra la verdad, y ella misma contará sus ruinas. Enviudada con el suicidio de su esposo, al que despreció cruelmente al descubrir su homosexualidad, o como maestra, expulsada del colegio por sus relaciones con menores. Terminará huyendo de su ciudad para acudir a Nueva Orleáns, a la casa de su hermana. Son tantas cosas, que Vicky hace un alarde de interpretación. Su mutis final es ya la última lección. Ovacionada en los saludos, parecía no haber salido aún de Blanche.
    Qué quiere hacer Tennessee Williams con Stanley Kowalski. Este simbólico personaje del barrio marginal junto al tranvía Deseo, es brusco, desconfiado e insultante. Blanche le determina como “polaco”, y él reaccionará una de las veces: “Yo no soy polaco, soy un norteamericano cien por cien”. Amenaza y muestra su soberbia en continuas voces, tanto a la presuntuosa Blanche, como también a su propia mujer, Stella, a quien llega a golpear. Es “un oso”, “un orangután”. Hay apenas un par de momentos en los que cambia la violencia por un interiorismo sentimental; le dura poco, demostrando de nuevo la orgullosa defensa de su clase.
    Resulta difícil –imposible- justificar a Stanley el bofetón que deja a Stella el rostro amoratado; o el abuso hacia su cuñada arrastrándola hasta la cama. Y consigue, sin embargo, el afecto y simpatía del público. En todo caso, Roberto Álamo, actor cuya brillantez hemos visto en varias ocasiones, no puede hacer llegar ese carácter complejo, quedándose en la simplicidad rebelde, como un sencillo hominis de su propio miedo o desesperación. Stanley justifica su comportamiento con la indignación por la sociedad en decadencia, una venganza patológica; y asegurará, tras la derrota y salida de Blanche, que su casa recuperará la paz familiar.
    La dulce Stella se encuentra en un camino áspero entre el marido y su hermana. Ama a su bruto marido y le acoge a ella comprendiendo ese vuelo de alas rotas que pide el cariño, la compañía, la fingida creencia de las fantasías. Una bola de billar chocando en medio de la casa. Ariadna Gil cumple bien su trabajo. Anabel Moreno hace destacar a esa mujer enérgica que manda cada vez que se asoma a la escalera. Y brilla mucho el estupendo actor Álex Casanovas, haciendo ese amable amigo de la vecindad que se acerca e inicia un enamoramiento con Blanche -quien le traduce su apellido, Du Bois, para formar su Blanca del Bosque, nombre que intencionadamente elige Williams, al igual que Stella-, y que al conocer las verdades, hará con ella, junto a la cama, borracho y furioso, una fortísima y formidable escena.
    El escenario realista –Juan Sanz y Miguel Ángel Coso, que suelen trabajar juntos-, iluminado estupendamente por Juan Gómez Cornejo, deja ver al fondo la zona marginal por la que transcurre el esperado tranvía que muestra su cartel de Deseo –que no se detendrá- en un magnífico blanco y negro con la videoescena creada por Álvaro Luna. Es ese realismo y fidelidad del teatro norteamericano que siempre dirige formidablemente Mario Gas, trabajando con los actores, con las acciones y las rupturas para mantener el valor de los textos.
Enrique Centeno

miércoles, 28 de octubre de 2009

En casa/en Kabul ***

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Autor: Tony Kushner.
Traducción: Carla Matteini.
Dramaturgia: Mario Gas.
Intérpretes: Vicky Peña, Roberto Álvarez,
Jordi Collet,
Elena Anaya, Gloria Muñoz, Mehdi Ouazzani,
Mohamed El Hafi, Hamid Driss.
Iluminación: Paco Ariza.
Escenografía y vestuario: Antonio Belart .
Dirección: Mario Gas.
Teatro: Español. ( 28.2.2007)
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Durante más de una hora, La madre -la formidable Vicky Peña- cuenta en un monólogo la historia de Afganistán, desde varios siglos atrás. Estudió aquel país profundamente, conociendo las invasiones de los vecinos asiáticos, su eliminación por rusos o la intervención de norteamericanos por el interés por el petróleo y el gas. Apasionada, esta mujer, inglesa, decidió vivir aquella cultura, y hasta allí viajó, En casa/en Kabul.
Tras esta larga escena, el decorado nos va enseñando el paisaje urbano con sus habitantes; un diseño formidable de Antonio Belart, que también ha realizado el rico vestuario. Y aquella mujer –se le denomina, simplemente, La madre- desapareció allí, tal vez asesinada. La historia ahora es la del viaje de su hija, PriscillaElena Anaya- y del marido Milton –Roberto Álvarez- en busca de La madre. Es larga la función, dirigida por Mario Gas, y escrita por el norteamericano Tony Kushner, que se declara judío y antisionista. La visión de su pueblo prometido, su amor, sus penas y sus sueños.
El espectador trata también de comprender aquel Islam de los musulmanes, de religiones, dependencias o la entrega de sus cabezas. Aquel mundo debió de soportar en el siglo XII la llegada de los cristianos europeos con sus soldados de Los Cruzados; los árabes habían invadido –por Mahoma-, tres siglos antes, la Península Ibérica en forma de Guerra Santa. “¿Quién lee diez siglos en la Historia y no la cierra?/ al ver las mismas cosas, siempre con distintas fechas./ Qué pena.” : León Felipe. No queremos saber si somos cada uno judío, moro, gitano o godo, cristiano o musulman. Nada que nos haga ser poseedores de ese increíble RH, ni una sumisión a los correspondientes profetas de los dioses.
Es el nuevo enfrentamiento en este nuevo terrorismo de los talibanes de Al Qaeda y otros –que son personajes de esta obra- que han llegado a atacar al pueblo occidental, tanto por la ambición como por la fe de Alá. Antes de la matanza de Las Torres Gemelas -11-S, 2001- el autor Tony Kushner escribió, en 1999, preguntándose si era posible atreverse a ese espectáculo teatral. Nosotros hemos visto después el 11-M, el atentado de las estaciones por cuyo crimen están en juicio, precisamente se llaman El egipcio, El tunecino, El marroquí, El argelino…
No son momentos para acudir a este espectáculo. Se representa con una extraordinaria calidad estética, una perfecta puesta en escena –gran parte de los personajes lo interpretan árabes-, y con un correcto reparto, como los citados o la actrices Elena Amaya y Gloria Muñoz, impresionante también en su monólogo de Babel. El público sale desconocertado, molesto, admirado pero deseando cambiar de tema y no introducirse en este complicadísimo e inolvidable montaje.
Enrique Centeno

viernes, 21 de agosto de 2009

Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny ****

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Autores: Bertolt Brecht, Kurt Weill.Traducción: Feliu Formosa.
Intérpretes: Constantino Romero, Pedro Pomares,
Teresa Vallicrosa, Mónica López, Antoni Comas,
Ricardo Pérez, Xavier Fernández, Abel García,
Enrique R. del Portal, Mª Jesús Comerón, Silvia Luchetti,
María Circi, Goane Marckinez, Silvia Martín,
Roman Portalés, Francisco Carvalho, Francisco Pi Galasso,
Antonio Queimadelos, Paul Michel Tisseierre y otros.
Vestuario: Antonio Belart.
Escenografía: Jean-Guy Lecat.

Iluminación: Javier Aguirresarobe y José Miguel López.
Dirección musical: Manuel Gas.
Dirección escénica : Mario Gas.
Teatro: El Matadero. (28.6.2007)
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En los últimos años, el viejo Matadero había deseado convertirse en un gran espacio de las Naves del Arte. Hoy lo es ya, y lo recibimos con entusiasmo. No son acontecimientos frecuentes: muy cerca de la nave de Animales, en el mismo Legazpi -todo el centro de los antiguos Mercados- se encontraba destruido también el Mercado de Frutas. Un lugar muy amplio, en el que se representó alguna obra salvaje. Fue hace más de veinte años -1984- cuando aparecieron, entre sus paredes y sus techos, monstruos zombis que daban pánico: el Accions, primer montaje de La Fura dels Baus, que fue creado con intensidad de sentidos, reflexiones duras, y búsqueda de estilos. Vimos después que poco a poco, aquello se perdió, se vendió y se cambió de ideología para conseguir el mejor negocio. No sé si todo esto viene a cuenta de La ascensión y caída de Mahagonny, pero en aquel espacio del Mercado se comienza en la actualidad a construir un edificio del Ayuntamiento. Aunque lo verderamente terrible hoy es la amenaza inmediata de la destrucción del Teatro Albéniz de esta ciudad. Lo único hermoso ahora es que El Matadero, con el empeño de la concejala de Las Artes del Ayuntamiento, Alicia Moreno, (que ha aprovechado muy bien al director del teatro Español, Mario Gas), se ha convertido en uno de los bellos espacios en estas arcadas de las Naves. Brecht abre su telón para comenzar el espectáculo de el ascenso salvaje, que aquí aparece en la fantasía real, que es lo de siempre y en en todas partes: no será entendido así por cierto público. Algunos deben pensar que no se puede mirar alrededor. Una ciudad rectangular -como, por ejemplo, Marbella-, prolongada por la explotación y que obliga, en este gran escenario, a contemplar la ciudad de Mahagonny moviendo la cabeza de un lado a otro.
Ante y tras el telón americano, suena Ascensión y caída de la ciudad de Mahagonny. Esta historia cruel es una obra principal de Brecht en la que se dirigía “A los hijos de la época científica”, como exigía en su método -el Órgano o reglas- de sus creaciones teatrales. Es también imprescindible el coautor y genial músico Kurt Weill.
En este gran escenario, fuera del espacio tradicional, aparecerán primero, en el vacío, tres criminales fugados de la prisión policía: Moisés, Fatty y Leokalja. Parados por la avería de una camioneta robada en una población perdida, decidirán dominarla convirtiéndola en el centro de los negocios con prostitución, juego, violencia, el poder de la corrupción y recalificación; la ley en la nueva Mahagonny.
La puesta en escena debe romper el realismo, para que el espectador se aproxime al presente y se abra a la crítica actual. La acción consiste también en la ruptura de los personajes mediante las canciones siempre inolvidables y presentes de Weill: llegan hasta la emoción, como En esta cama estamos y estaremos, Luna de Alabama, La construcción de Mahagonny… y tantas baladas, bajo la hermosa orquesta y sus óperas.
Esta ópera teatral interpreta el acercamiento a los personajes y el alejamiento. Espléndidas voces de tenor, bajos y barítonos, como la de El lobo de Alaska - Abel García-, o el Jim Mahoney -Antoni Comas-, que hacen perfectas rupturas -Efecto V de Brecht- y la de todos los actores en el numeroso reparto. Es hermoso e inteligente el vestuario –Antonio Belart- y los maquillajes pastosos, rica en iluminación y audiovisuales –Javier Aquirresarobe y José Miguel López-, todo bajo la dirección de Mario Gas, maestro como siempre. Y los actores, como Constantino Romero –ya le conocemos bien-, Pedro Pomares y Teresa Vallicrosa, con sus tres personajes perfectos. Mónica López hace temblar con sus baladas y su cuerpo; es imposible citar a muchos más, introducidos en un conjunto total de ochenta personas. En un procedimiento que choca a veces con el estilo de los llamados Covers, dicho sea con la admiración, y que llega al asombro y el enamoramiento de Silvia Luchetti entre otras, así como Los hombres junto a Las mujeres. Es toda la seducción que rompe con el propio personaje para seguir la historia con el examen del espectador.
Jean-Guy Lecat crea su escenografía difícil, y lo resuelve, precisamente, con el espacio abierto al movimiento y las carreras, o con grandes lugares internos. Ciertamente, que en esta belleza hay una obligada imposición: la creación ambiental, la cual se escapa al propio director, aunque en algunas escenas –como la del Juicio del segundo acto- consigue unir el conjunto.
Finalmente, la dirección musical de la gran orquesta la hace Manuel Gas, cuyos músicos están siempre presentes en el placer del espectáculo.
Enrique Centeno

viernes, 12 de junio de 2009

Muerte de un viajante ****

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Autor: Arthur Miller. Traducción de Eduardo Mendoza.
Intérpretes: Jordi Boixaderas, Rosa Renom,
Pablo Derqui, Oriol Vila,
Guillem Motos, Camilo García, Anabel Moreno, Víctor Valverde,
María Cirici, Carles Cruces, Frank Capdet, Raquel Salvado.
Vestuario: Antonio Belart.
Escenografía: Miguel Ángel Coso y Juan Sanz.
Video: Álvaro Luna.
Iluminación: Carles Lucena.
Dirección: Mario Gas.
Teatro: Español (11.5.2009)
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Es la ciudad de la jungla para salvarse, avanzar y crecer unos animales contra otros. Correr, correr por el sueño norteamericano. No lo consigue Willy Loman, cansado en sus carreteras, agotado y fracasado a los sesenta años. Este personaje es el retrato de alguien ya ajeno al nuevo desarrollo del país. Sus últimos años, los cuenta Arthur Miller (1915-2005) en una escritura en la que mezcla la poesía y la dureza. El último suspiro bajo los gigantes edificios alrededor de su ya vieja casa.
Mario Gas siempre elige el reparto con buenísimos actores. Los dos hijos de este Willy viajante –el tema familiar le atrae a Miller, como en Panorama desde el puente- parecen unidos, desde las escenas en flashback. El mayor, Biff, lo hace formidablemente Pablo Derqui, duro personaje que perdió, por una asignatura, su título de estudiante, y que no es capaz (ni lo desea) de incorporarse a la transformación de los negocios. Su hermano, Happy, lo interpreta igualmente muy bien, Oriol Vila, al otro lado de la calle: atractivo, mujeriego y vacío, que decide volar hacia los pisos altos de los despachos. La obra va mostrando las dos aceras de las ciudades. El hundimiento de Willy se une a esa familia fracasada. “No soy nadie”. Su vecino, Charley, es un personaje creado con perfección por Camilo García, agradable y amigo, director de la empresa en la que trabaja su propio hijo, un muchacho aparentemente tímido e insignificante en el grupo del barrio. Lo hace, impecablemente, Frank Capdet, este Howard ahora triunfador, que corrige y critica al compañero Biff, ya perdedor.
Ben –voz y presencia de Víctor Valverde-, el desaparecido tío de Willy, es un elegante y acomodado fantasma que se le aparece y le va avisando de que debe marcharse, que “el barco está a punto de salir” para hacerse propietarios de el nuevo “continente” de Alaska. Un sueño pasado. Todos sabemos que Willy terminaría muerto en la carretera, en este final donde ni siquiera viajó hacia los clientes, desde su Nueva York hasta Massachusets, de allí a Vermont y New Hampshire. Una carretera de Norteamérica que ya no correspondía al vendedor. Prefirió matarse. Triunfó en su interior, porque tuvo que hacer “algo para terminar lo que empezó".
En su casa, junto a su mujer y los hijos –luchas finales-, había arreglado el tejado, el suelo, las paredes. El día de su muerte, había conseguido terminar la hipoteca. Desde el principio de la obra, hasta el cruel final, Miller no ha tenido piedad: el más fuerte ataque a la sociedad cuando estrenó Muerte de un viajante, en 1949. Lo hizo buscando el temor, la vergüenza y el dolor, hasta la última escena.
Y la última escena estremece al público. El llanto, la reflexión y el profundo dolor ante la tumba: es Linda. Toda su vida ayudando, apoyando, cuidando y esperando al desgraciado viajero. Le habla, le llora, le despide, le dice que ya ha cumplido la hipoteca. Es un adiós a quien consiguió “ser alguien”. Quien hace este personaje es Rosa Renom, una extraordinaria actriz que durante la función enamora en su resistencia, sus cuentas, su esperanza en su marido, en sus hijos y su capacidad para mantener la casa. Todos la conocemos perfectamente, alegre, triste o luchadora. Es una creación admirable.
En la hermosa escenografía se hace chocar el teatro realista, el de la vivienda que acoge a la familia Loman, encerrada entre pantallas, con grandes paisajes de edificios modernistas: el primero es el espacio de acción, pero el resto es la reflexión, la creación intelectual a la que, además, se añaden imágenes hiperrealistas y proyecciones que nos hacen ver los dos mundos de la familia Loman, creados por Alvaro Luna. Es un formidable enriquecimiento de este drama, cuya escenografía la realizan Ángel Coso y Juan Sanz, todos ellos comunes en los montajes de Mario Gas. Lo ilumina con imprescindible cooperación, Carles Lucena, y del adecuado vestuario se encarga Antonio Belart, ambos también frecuentes en las obras del director.
Gas ha montado una función perfecta, llena de vida. Se apoya en el conjunto de actores, a los que dirige cuidadosamente, organizando magistralmente el orden, los ritmos y las tensiones, con breves rupturas para dejar respirar. En el oscuro final se produjeron repetidos aplausos, bravos, e incluso el público en pie. Debió emocionarse la compañía en sus saludos. Tal vez le ocurrió lo mismo a los espectadores.
Enrique Centeno

jueves, 30 de octubre de 2008

Sweeneey Tood. El barbero diabólico de la calle Tweed ****


Hace 15 años que se puso en escena y aquí continuaba hoy el recuerdo de Sweenney Tood, ese musical superior siempre a cualquier otro. Sólo podríamos compararlo en nuestra escena al Jekyll & Hyde que, aunque no se lo crean, lo hizo Raphael en el año 2000. Y es que aquí estaba también el terror. Mario Gas hace muy bien los montajes musicales, y así lo demostró el año pasado con su Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny, de Bertolt Brech.
La verdad es que lo que hoy volvemos a ver es el mismo montaje, de modo que no podemos decir lo que no sentimos. Pido que lo repitan.
“Hay varias rarezas que hacen de este formidable espectáculo algo extraordinario. En primer lugar, el libreto mismo apartado de cuanto cabe esperarse en un musical y que acomete un drama, o tragedia, en clave de brutal terror y realismo, en una poética del dolor, de la venganza y el sufrimiento que transcurre en paisajes propios de la clásica narración del terror (los sótanos donde se fabrica picadillo de carne humana podría haberlos ideado Allan Poe).
La historia del barbero degollador, sin embargo, tiene mucho de teatro épico, narrativo, y el modo brechtiano nos da cuenta también de la sociedad y la corrupción de la Inglaterra de finales de siglo (…).
”Una colosal y hermosa escenografía, de ágiles cambios, da a la historia la ambientación adecuada, así como el cuidado vestuario para más de veinte intérpretes. Al frente del reparto, Joan Crosas, formidable actor de bronca y dramática voz, que sabe utilizar muy bien el pasar de los parlamentos hasta los cantados. Con él, Vicky Peña, la pastelera que lo mismo amasa carne humana que hace reír con su frío sentido del humor, y una interpretación, de toda la compañía, sin debilidades, tanto en las escenas más aisladas como en las corales.
”Mario Gas (…), ha hecho aquí un trabajo de verdadero maestro, digno de su talento.. Organizando la historia con ritmo, creando cuadros de enorme belleza para servir a dúo o canciones corales impresionantes, muy bien cantadas y orquestadas.
”El público de un día normal, “de pago”, aplaudió muchas veces durante la representación, y despidió a la compañía en interminables ovaciones y bravos. Yo creo que este montaje de Sweeney Tood marca un antes y un después en el musical en España.”
Qué más podemos contar. La dirección musical es del mismo Manuel Gas, los citados protagonistas de Sweeney y Mrs. Lovett, Teresa Vallicrosa como la Mendiga. Es la misma escenografía de Berrondo. Confesamos que esta Viky Peña revuelve cada personaje, es una especie de bello camaleón magnético.
Enrique Centeno
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Música y letras: Stephen Sondheim.
Libreto: Hugh Weeler. Adaptación: Cristopher Bond.
Dirección musical: Manuel Gas.
Intérpretes: Pedro de los Ríos, Joan Crosas, Vicky Peña,
Teresa Vallicrosa, María de Mar Maeztu, Tony Cruz,
Xavier Ribera-Vall, Pedro Pomares, Ruth González,
Esteve Ferrér, Andrés Navarro.
Escenografía: Jon Berrondo.
Vestuario: María Araujo.
Dirección: Mario Gas.
Teatro: Español (Festival de Otoño). (15.10.1008).)
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