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jueves, 10 de mayo de 2012

El Inspector ****

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Autor: Nikolái Gógol.
Versión de Miguel del Arco.
Intérpretes: Fernando Albizu, Jorge Calvo, Manolo Caro,
Gonzalo de Castro, Pilar Castro, Javier Lara, Juan Antonio
Lumbreras, Raúl Márquez, José Luis Márquez, Chiaki
Mawatari, Patxi Pascual, Ángel Ruiz, Macarena Sanz,
Manuel Solo, José Luis Torrijo.
Escenografía: Eduardo Moreno.
Vestuario: Beatriz San Juan.
Iluminación: Juanjo Llorens.
Música: Arnau Vilà.
Dirección: Miguel del Arco.
Teatro: Valle-Inclán (Centro Dramático Nacional).
(4.5.2012)
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Fotos de Daniel Ruano
Los ladrones de hoy

Antes de comenzar las conversaciones, irán llegando los invitados a la recepción del Alcalde. Impecables fracs y vestidos, acuden desde el patio de butacas, saludando cordialmente a los más cercanos espectadores: es como una pasarela  de alfombra donde nos hemos acercado por curiosidad, cotilleo o admiración de la riqueza política. Porque allí van recibiendo el regidor y su esposa, al Juez, a los ministros, el Jefe de Policía, concejales, banqueros o empresarios de este pueblo. Ya entre las copas, con felices encuentros y cínicos saludos, anuncia el Alcalde  (Antoevich Svosniar-Dmujanovski, nombre del original, y que en castellano podría ser igual a Manuel o Mariano; juraríamos que no escuchamos ningún nombre ruso, y se utilizan sus cargos exceptuando a Ana, la esposa, a la hija, María, y a la criada “Oli”: lo hace el actor José Luis Torrijo, que se duplica en el Jefe de Policía y nos desternillamos) cuál es el verdadero motivo de la cita: “Los hemos reunido aquí, señores, para comunicarles una noticia desagradable. Nos ha sido enviado un inspector” (más o menos).
Será nece- sario orga- nizar el agasajo a este pode- roso envia- do cuya noticia causará el pánico, la ambición por alcanzar puestos y beneficios económicos. Lo peor es que saben también que llegará incógnito. ¿Quién será este esperado Inspector?. ¿Tal vez la portavoz o el Presidente del partido de la Comunidad o la Región a la que pertenece aquel dominado lugar?. Todos a investigar. Puede mirarse en el  programa de mano qué actor lo interpretará en este formidable reparto.
    La versión de Miguel del Arco es casi lógica. Conocido como actor y autor de algunos textos –El manual de la buena esposa, en cartel- se ha convertido en un excelente director. Nikolái Gógol (1809-1852) escribió El inspector (1936) mirando alrededor del la podrida sociedad; estas cosas indignaron entonces a la burguesía rusa. Es ese realismo, cruel, irónico, satírico y malvado. El propio testimonio –nada simbólico- que igual sigue sucediendo, y que hoy el  azogue de los espejos son las propias imágenes que cada día vemos en sus fotografías.
    Nuestro divertido comediante Carlos Arniches lo imitó en Los caciques, también con ese  misterioso Inspector –tampoco a muchos les hizo ninguna gracia que el público lo viera entre carcajadas-, que se hizo en 1962 bajo la censura franquista. Hoy no hay censura, y por eso es la realidad que vemos a diario. El montaje de esta obra se ve hoy igual que lo escribió Gógol.
Asoma aquí el humor de Jardiel Poncela y, aparte de la dirección, hay un equi- po de intér- 
pretes fan- tásticos.
Dos alturas –la segunda planta oculta en su per- fecto decorado- por cuya es- calera bajará y actuará la elegante y hortera esposa –Eva, o Cristina debería llamarse- que borda Pilar Castro, y su hija –que también lo clava Macarena Sanz- disfrazada de Fallera Mayor de Valencia.
    Es un avispero donde se enredan los personajes en una verbena podrida. El Alcalde en manos de Gonzalo de Castro; bien justificado, en estos momentos, el concejal de Sanidad -aunque no se le atribuye el cierre de ambulatorios-, interpretado perfectamente por Ángel Ruiz, que se triplica sin parar;  Juan Antonio Lumbreras, estupendo, y que crea a ese pícaro y desconcertado Iván, una especie de Crispín –Los intereses creados-. Y es que hay aquí, en el juego de la farsa,  un coro de actores formidables: Javier Lara se convierte igual en concejal de Urbanismo –el que concede tierras para montar los ladrillos-; ese Juez corrupto es Fernando Albiz, también como negociante; igual de perfecto  interpreta Manolo Caro al Jefe de Correo, divertidísimo. Aquí, todos los actores pueden aparecer de mujer en una lección completa, como Jorge Calvo o Manuel Solo,  Consejero de Educación y Cultura –cuando este personaje esta ausente del escenario no sabemos si está firmando el tijeretazo a la enseñanza pública-. Los tres músicos apoyan los felices bailes  y el ambiente y queda, en conjunto, en espectáculo útil y sensacional.
Enrique Centeno

viernes, 27 de enero de 2012

Luces de Bohemia *

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Autor: Ramón María del Valle-Inclán.
Intérpretes: Gonzalo de Castro, Enric Benavent, Isabel Ordaz, 
José Angel Egido, Fernando Albizu, Jorge Bosch. Ángel Burgos, 
Jorge Calvo, Javi Coll, Manuela Cordero, Rubén de Eguida, Sergio 
Gómez, Adrián Lamana, Jorge Merino, Nerea Moreno, Luis Prado, 
Miguel Rellán, Marina Salas.
Música: Xavier Alberto.
Escenografía y vestuario: Lluc Castells.
Iluminación: Albert Faura.
Dirección: Lluís Homar.
Teatro: María Guerrero (CDN). (20.1.2012)
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No hemos visto a Max

En este montaje de Luces de Bohemia se ha querido aprovechar la siempre poesía de las acotaciones, lo cual se hace en ocasiones. Aquí se proyectan los textos –letras en  mecanografía, como si así pudieran aparecer los manuscritos-, lo cual agradecemos para imaginar cada escena. Porque éstas no las veremos.
    En la primera, indicó Valle-Inclán –como siempre- el lugar de la acción. Como anunciamos, no aparecerá en ninguna de sus once escenas. Marcaba a Max Estrella, “hombre ciego, es un hiperbólico andaluz”. Arranca  hablando con tristeza, y aquí el actor mantendrá al personaje en tenues voces: tanto, que durante gran parte no lo entendemos con claridad; debemos adivina las cosas que dice. No pasa sólo con él, sino a una buena parte de los personajes, aunque sí agradecemos aquí a su mujer, Madame Collet, que lo hace magníficamente Isabel Ordaz.
A la salida del viaje, irán Max y su imprescindible Don Latino de Hispalis –“mi perro”, le denominará- dirigiéndose  hacia La Cueva de Zaratustra, en el Pretil de los Consejos (Madrid, calle Mayor), para bajar a la cutre tienda  de libros, reclamando su mal pago a unos libros vendidos.  Para descender a esa librería, aquí se utiliza una pasarela –puente- metálica con escalera, también de hierro: tal es este pretil (En la tradicional Noche de Max  -se hace en el atardecer madrileño, coincidiendo con el Día Mundial del Teatro-, la congregación irá recorriendo la noche bohemia,  desde el inicio en el Pretil de los Consejos; aquí sí que lo vemos). Al híbrido y siniestro Zaratustra  lo crea  un estupendo actor, Miguel Ángel Egido, que interpretará otros dos personajes; uno será el sepulturero del cementerio, a donde el ciego llevó a Rubén Darío: a este camposanto bajan también por ese armazón férreo. Es lo que se le ha ocurrido al respetable escenógrafo Castells –catalán- para mostrar aquel mundo madrileño. 
   (En diversos montajes, los espejos de este calidoscopio de Luces se consiguen, y en otros se menosprecian. El primero fue de aquel director imprescindible, José Tamayo; y es obligatorio, en el estreno de hoy, referirse al que hizo en este mismo teatro María Guerrero, Lluís Pasqual, con un explosivo trabajo (26. 10.1984) de gran reparto, con José María Rodero, Carlos Lucena o Manuel Alexandre, por citar algunos de los históricos actores). 
    El directo Lluís Homar –a quien admiramos como extraordinario actor- conduce con muy poco sabor. Diálogos de ritmos muertos, de pausas y silencios entre frases y respuestas, como perdidos o pendientes del apuntador entre respiraciones. Esto no es posible; asombra, como si estuvieran todavía en los primeros ensayos. Max, el sarcástico y ciego vidente, pasa por los infiernos como un inocente, algo extraviado o conformado. Se encarga de este personaje el conocido actor Gonzalo de Castro. La escena entre él y el anarquista es ya un diálogo impresentable.
   
Se descaró Valle-Inclán en su conocida frase: “No he escrito ni escribiré para los cómicos españoles”. Algunos años después se hubiera arrepentido ante nuestros actuales actores.  Y en estas Luces de Bohemia hay un formidable y envidiable elenco de intérpretes –especialmente el de todas ellas, como la perfecta creación de Pisa-Bien que hace Nerea Moreno -sus mejores escena son las de la Taberna de Pica Lagartos- y La Lunares, tierna puta que clava Marina Salas. Y es falso, por ello, echar la culpa a ninguno de ellos.
Enrique Centeno 

martes, 28 de junio de 2011

Pa siempre ***

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Autor: Sebastián Junyent.
Intérpretes: Txema Blasco, María Galiana, África Gozalbes,
Fernando Albizu, Antonio Abella, Ana Escribano,
Jesús Cisneros, Pepe Pascual.
Escenografía: Dos puntos.
Dirección: Sebastián Junyent.
Teatro: Reina Victoria. (25.4.2001
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Bajo una historia tierna y sentimental, como el bolero que suena de fondo, e incluso sobre el humor continuo de sus escenas, este último estreno de Junyent (mucho tiempo sin estrenar: Gracias, abuela, es de 1990, y Sólo para mujeres del 92) es, en realidad, el drama de la imposibilidad, puesto que su argumento camina junto a la tragedia de la historia de España.
    Arranca la trama el 14 de abril de 1931. Una muchacha que utiliza la bandera republicana como chal, y un joven ilusionado por el futuro, van a compartir una buhardilla y un montón
MARÍA GALIANA DEBUTÓ EN EL TEATRO
PROFESIONAL CON ESTA OBRA

de proyectos rompiendo con todo lo anterior. Y, como la propia República, presenciaremos cómo todo se va yendo al traste, con una guerra perdida, la persecución, la huida, la necesidad de la mujer de recomponer su vida con una nueva pareja... Todo es, en medio de jocosas escenas, de una tremenda tristeza, porque es contado por los protagonistas mediante un discutible recurso, que consiste en que, tras su doble suicidio, se han quedado como espíritus en la vieja buhardilla (“una eternidad es “pa siempre”, había vaticinado ella, frase de donde se obtiene el feo título de la obra), el viejo nido por el que ahora pasan presuntos compradores y donde, finalmente, se quedará una joven pareja que parece representar la esperanza, tal vez el enterramiento de tanta monstruosidad histórica como la que tuvieron que padecer los protagonistas.
    Escribe muy bien Junyent. Y construye bien, aunque ya queda dicho que el manido recurso de los espíritus –anda por ahí, en cuanto al sentido del humor, cierta herencia de Jardiel Poncela- pueda ser considerado demasiado fácil. Pero cuenta con un reparto excelente, con una María Galiana cuyo debut en el teatro profesional es sorprendente por su fuerza dramática, su aplomo y su capacidad comunicativa. África Gozalbez, hace un personaje muy rico, espléndida desde su ingenuidad del principio hasta momentos formidables de dramatismo: ya la habíamos visto rendir muy bien cuentas desde la escena a quienes sólo alaban su trabajo televisivo. Varios personajes de esos que se denominan episódicos los hace con mucha gracia y versatilidad, con las trampas convenientes y medidas, un estupendo Fernando Albizu. El resto del reparto mantiene una más que digna calidad, y el autor ha dirigido con un sentido excelente del ritmo bolero, tango, memoria e himno al mismo tiempo. Así lo entendió el público, que se entusiasmó la noche del estreno.

Enrique Centeno







miércoles, 23 de diciembre de 2009

Los productores ***

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Libreto: Mel Brooks y Tomas Meehan.
Música y letras: M. Brooks.
Intérpretes: Santiago Segura, José Mota,
Fernando Albizu, Miguel del Arco, Ángel Ruiz,
Dulcinea Juárez y otros.
Escenografía: Jon Berrondo.
Vestuario: Alejandra Robotti.
Iluminación: Ariel del Mastro.
Coreografía: Karen Bruce.
Dirección: BT McNicholl.
Teatro: Coliseum. (13.9.2006)

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Una vez más, los disparates de Mel Brooks provocan la carcajada. Más allá del Frankestein de su película, el Hitler y su espectacular montaje sobre aquel alemán es, quizá, lo más gigante visto en nuestros teatros. También puede afirmarse que estamos ante el musical superior a todos los que han sido representados en Madrid, traídos de Broadway. El personaje del Productor, Max Bialistock, que interpreta Santiago Segura, parecería ser él mismo, debido al conocido Torrente de sus películas, donde hace de golfo, tramposo, fascista y gordo salido. Tal es ese Empresario del musical, junto con otro excelente cómico, José Mota. El argumento trata de poner en escena una obra pésima porque, según los personajes, será inevitablemente horrorosa, y por ello mismo obtendrá millones en trampas económicas a Hacienda. Los dos productores se encuentran, sin embargo, con que la obra sobre Hitler obtiene el gran éxito que no deseaban, gracias a ese personaje que finge ser un actor, Franz Liebkin, y que interpreta muy bien Fernando Albizu.
La numerosa y perfecta compañía y la brillante orquesta destacan ante una escenografía rica, lujosa e infalible en sus continuos cambios. Son el conjunto de elementos para carcajearse con el viejo texto de Brooks y de su letrista, Tomas Meehan. El espectáculo lo dirige BT McNicholl, autor de este montaje que creó en Broadway. Las canciones logran ese humor gracias al juego de voces casi de zarzuela barata, sobre todo en Santiago Segura y en José Mota, que llega incluso a cantar en sus posibles tonos.
Enrique Centeno