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lunes, 16 de abril de 2012

De ratones y hombres***

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Autor: John Steinbeck.
Versión española: Juan Caño Antonio Canal Arecha y Miguel del Arco.
Intérpretes: Fernando Cayo, Roberto Álamo, Antonio Canal, Rafael 
Martin, Josean Bengoetxea, Irene Escolar, Eduardo Velasco, 
Diego Toucedo, Alberto Iglesias, Emilio Buale.
Escenografía: Eduardo Moreno.
Vestuario: Ana López.
Música: Arnau Vilà.
Iluminación: Juanjo Llorens.
Vídeo: Natalia Moreno.
Dirección: Miguel del Arco.
Teatro: Español. (12.4.2012)
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Cepos y muertes

   Es un campo perdido por donde caminan los dos personajes andantes de John Steinbeck (1902-1968, Premio Nobel). Apenas aparecen, producen una inquietante sensación entre el humor y el  drama. El entrañable y tierno George conduce, ayuda y se dedica a la protección de su inseparable Lennie, un grandón deficiente mental que hace pensar ya en el esperado ratón: lo lleva en  el bolsillo y  muestra  en su mano al ya muerto y estrujado roedor; pacífico, ignorante de esa violencia. La tristeza está ya en el fondo de la superficial frivolidad  de humor negro. Incluso la desesperación -entre el afecto y el ataque-  de George, intentando remediar su incapacidad.
 Ya ano- che, y se prote- gen estos dos hom- bres en un pe- ñasco, donde comparten su cantim- plora y sus carencias. Irá amaneciendo (toda la variable iluminación –no se nos olvide-  compone un bello diseño de  Juanjo Llorens) y reinician la senda. Van buscando un lugar donde  encontrar un trabajo. Lo hallarán por fin en  una granja.  Casi hemos llegado todos junto con estos personajes, gracias a una impresionante creación de George, tan lleno de inteligencia, que lo interpreta con asombro Fernando Cayo –no nos sorprende-, y del difícil Lennie que lo borda con talento Roberto Álamo. Quien se encuentra allí es, en primer lugar, un ya viejo y mutilado veterano, Candy,  que permanece en la empresa: otro iniciador de las acciones que le han encargado, con mucho acierto, al siempre estupendo actor Antonio Canal. El patrón llegará con su estúpida tiranía –cumple muy bien Rafael Martín-, y ya, contratados, tendremos  a la  vista la tragedia.
    Todo el reparto es una lucimiento, y en ningún momento dejamos de contemplar a los personajes, con el naturalismo realista (retrato también en los espacios de añosas maderas en el escenario de Eduardo Moreno) de la miseria rural que anticipa la Gran Depresión norteamericana.  
Fotografías de Ros Ribas
  Hay en la mitad de la función un cierto descenso en los diálogos, pero se recupera pronto la trayectoria.  La cuadrilla la forman con perfección, Josean Bengoetxea, Eduardo Velasco, Alfredo Iglesias, Emilio Buale -negro y soberbio actor- separado pero lleno de reflexiones, y Diego Tourcedo, inútil marido de la única mujer existente en aquel abandonado lugar. Anda la mujer frustrada en la soledad, alrededor de los perdedores, con lucimiento y brillantez femenina, aunque sin buscar la atracción sexual, sino más bien el deseo de la comunicación. Sin pudor en su vestido rojo que tantos problemas causa, es admirable la interpretación de Irene Escolar.
    Aguijones en un avispero de miel y de ataques -De ratones y hombres,  que   Steinbeck pasó a lo teatral desde su novela- hasta la conclusión estremecedora. La dirección formidable de Miguel del Arco es sin duda lo que consigue el gran montaje que deberíamos ver todos.
Enrique Centeno

domingo, 5 de septiembre de 2010

Homenaje a los muertos ***

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Autor: Eusebio Colonge.
Intérpretes: Gaspar Campuzano, Enrique Bustos,
Francisco Sánchez, Fernando Hernández,
Ana López, María Duarte, Ana Oliva.
Espacio escénico y dirección: Paco de la Zaranda.
Compañía La Zaranda.
Teatro Español. (8.9.2005)
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Como en su trilogía compulsiva (que iniciaron con aquel Vinagre de Jerez, en 1989), la compañía La Zaranda Inestable de Andalucía Baja, trae de nuevo, en su personal creación, este llanto que siempre le rodea y que nos hace mirar. Quizá nos piden que Perdonen la tristeza (1992), porque nos enseñan la Obra póstuma (1995), y según cada paisaje, miran Cuando la vida eterna se acaba (1997), se cruza por La puerta estrecha (2000) donde Ni sombra de lo que fuimos (2002) nos encontramos allá. Lo que nos sucede en los montajes de esta compañía es este orden, gracias al singular escritor, Gaspar Campuzano, y la puesta en escena del actor Francisco Sánchez –que conocemos como “Paco, el de la Zaranda”-, y que me perdonen por haber utilizado aquí, en cursiva, sus títulos que hemos ido viendo.
    El estilo y la versión de esta compañía es siempre buscada en ajenos de quien recordamos algunas ideas, con imágenes personales, no necesariamente comparables con el polaco Kantor o con La Cuadra, de Salvador Távora. Obligación de aceptar influencias o similitudes de cualquier parte, siempre para demostrar sus conocimientos. Pero en este Homenaje a los malditos, se trata un nuevo tema: el final y los recuerdos amargos que siempre suelen existir entre los grande escritores que, frecuentemente, se fueron del mundo en la miseria, olvidados y después aprovechados por los oportunistas. Son así, sin citar directamente a los homenajeados por quienes fueron miserables, los perdidos como Valle-Inclan, Pío Baroja, Bécquer o tantos otros.
    Y se utiliza el voltaje habitual, siempre en su lenguaje andaluz, ahora fuera del mundo rural, para pasar a este café tabernero de reuniones y charlas, vestidos en sus trajes polvorientos en la sociedad de los espejos deformantes que cantó Valle o convertidos todos en guiñapos: los muertos abandonados en sus textos y en sus músicas de la Semana Santa. Quizá algún espectador reconoce en su interior que admitió ese homenaje de miserias, en lugar de no removerlas. Otros gozarán porque aquí se acusa y se recuerda tantas cosas perdidas.
    La Zaranda, como es habitual, enseña su alto nivel.
Enrique Centeno