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jueves, 7 de enero de 2010

Plataforma **

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Autor: Michel Houellebecq
Traducción y dramaturgia: Calixto Bieito y Marc Rosich.
Intérpretes: Juan Echanove, Marta Domingo, Lluís Villanueva,
Carles Canut, Mingo Ràfols, Boris Ruiz, Belén Fabra.
Escenografía: Alfons Flores.
Iluminación: Xavi Clot.
Dirección: Calixto Bieito.
Teatro: Bellas Artes. (13.12.2006) _____________________________________________

El personaje, Michel, ha decidido alejarse de su permanente soledad, y una rica herencia -procedente de ese padre que le había abandonado-, le permite recorrer diferentes lugares, con sus maletas vacías, hasta su destino en Tailandia. Un país en el que descubre el mundo de la prostitución, siendo él, precisamente, un visitante continuo de los sex-shows, lugares donde únicamente consigue la sensualidad y sus orgasmos. Más de medio millón de niñas -y niños- de aquel país son explotadas sexualmente, y hacen enloquecer a cientos de turistas que acuden desde el mundo -europeo y americano-, organizados por agencias de viajes.
Allí se le aparecerá una experta mujer, Valérie, y la felación continua le permite encontrar su sentido de la vida. Instalan un negocio sobre la prostitución y pornografía de las muchachas. El montaje de esta Plataforma exige esa dura y brutal estética que domina el director, Calixto Bieito, capaz de crearlo, igualmente, en escenas y temas ajenos a los originales. El título lo subtitula –o califica- su autor, Michel Houellebecq (Isla Reunión, Francia, 1985), “Poema dramático hiperrealista por siete voces y un Yamaha”. Las prosas son apasionantes en las frustraciones del protagonista y en la degeneración que alcanza en Tailandia. Una mujer desnuda, hermosa, pasea durante toda la función en ese hipermercado del cuerpo, montado en una escenografía giratoria –creación magnífica, en dos alturas metálicas, de Alfonso Flores-, con sus rojos y ricos fondos. Muestra el escritor, y el director, esta nueva dedicación “artística” e industrial, junto a un ministerio de cultura, como si fuesen subvencionadas las niñas.
En su estilo, Bieto elige siempre magníficos actores; aquí está el excepcional Juan Echanove que, en este Michel, vuelve a mostrar su talento. Un personaje que crea con apasionante sensibilidad y desesperación. Estupendos también el sabio actor Carles Canut, y Marta Domingo, -Valérie-, al igual que todo el reparto. Esta espectáculo busca fórmulas para la desnudez, placeres orgásmicos y postales morbosas, sin caer en ningún momento en la vulgaridad, provocando el estremecimiento.
Enrique Centeno

martes, 1 de diciembre de 2009

La marquesa de O *

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Autor: Heinrich von Kleist.
Versión de Emilio Hernández.
Intérpretes: Juan José Otegui, Tina Sáinz,
Josep Linuesa, Amaia Salamanca.
Vestuario: Helena Sanchís.
Escenografía: Javier Rúiz de Alegría.
Música: David San José.
Iluminación: José Manuel Guerra.
Dirección: Magüi Mira.
Teatro: Bellas Artes. (26.11.2009)
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El breve relato de La marquesa de O, lo escribió Heinrich von Kleist (1777-1811) en la juventud, y se trata aquí de la adaptación teatral. Un juego que pasó al cine -hace ya treinta años- Eric Rohmer con su habitual sensibilidad. En esta versión de Emilio Hernández, y con la dirección de Magüi Mira, se entremezcla el humor y el amoroso romanticismo, tal vez un atrevido argumento en aquella época: la viuda marquesa que se queda embarazada sin que nadie pudiera averiguar nunca el origen de este acontecimiento, y que ni ella misma supo comprender. Es lo más humorístico de esta especie de farsa en la que se desea, también, el sentimentalismo. Se trata de un militar, ruso y conde, cuyo ejército produjo el incendio de la mansión familiar de la marquesa: la salvó, salió con ella en brazos, desmayada, y la contempló haciendo su mutis con los ojos ardientes. Hechizado -solamente con su visión-, tras la guerra regresó a este país vencido, para declararle su apasionado deseo.
La puesta en escena es verdaderamente aburrida, sin el menor interés ni riqueza estética. El capitán, de uniforme, es atractivo, potente -y, al mismo tiempo algo idiota-, cercano a la burla, y lo interpreta el actor Josep Linuesa –le hemos visto bien en otros montajes-, y la conocida guapa –en la televisión-, Amaia Salamanca, que intenta imitar a la Marquesa de O. La pareja se las trae, incluyendo algunas escenas de cuento infantil, con contraluces y vuelos de dibujos animados.
Una función que puede salvarse por los padres, El Coronel y La Coronela. La actriz, Tina Sáinz, inteligente, crea un personaje curioso, pacificador, con guiños al público y a la parejita. Quien arrastra la obra, y la salva, es Juan José Otegui. Ese padre furioso, indignado ante un ruso, da un giro a la cursi comedia; con un talento que le permite la ironía, buscando los disparates y las diversiones, convirtiendo al coronel en un tipo disparatado. El público espera siempre su texto, sus gestos, sus voces y miradas que van superponiendose a esa pareja.

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Juan José Otequi (1936) ha anunciado su decisión de no continuar actuando en el teatro. Siempre, aparentemente silencioso, ha sido un grandísimo actor. No es lo mismo ser una estrella, que deslumbrar las tablas. Se le pidió una vez –hace ya tantos años- que interviniera en un grupo de teatro universitario, en Madrid, y lo aceptó. Cada uno de ellos iría después por sus caminos profesionales. En una ocasión se le preguntó a qué iba él a dedicarse. Contestó simplemente y con voz firme: “Yo soy actor”. Nada se le pudo responder. Y pronto lo comprendimos al verle, genialmente, en formidables funciones, muchas con los grandes directores, como Adolfo Marsillach, Lluís Pasqual, José Luis Gómez, Ariel García Valdés o Jorge Lavelli. Siempre formidable, admirado y vital en los montajes. El Teatro Campoamor, de Oviedo, en el que él nació, le ha dedicado el camerino 1. Hemos ido siempre a sus estrenos, y siempre ha dado lecciones. Sólo una cosa nos enfadada: que dejemos de verle, de disfrutar su trabajo. Ojala cambie de idea.
Enrique Centeno

sábado, 24 de octubre de 2009

El túnel ***

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Autor: Ernesto Sábato.
Adaptación teatral de Diego Curatella.
Intérpretes: Héctor Alterio, Rosa Manteiga,

Paco Casares, Pilar Bayona.
Escenografía y vestuario: Rafael Garrigós.
Iluminación: Juan Gómez Cornejo.
Dirección: Daniel Veronese.
Teatro: Bellas Artes. (13.9.2006)

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La gran novela de Ernesto Sábato fue llevada al cine, y ahora al teatro, con la adaptación que ha realizado Diego Curatella, colaborador o secretario durante muchos años y a quien se le cedió la adaptación de El túnel (1948). Sólo un gran actor es capaz de hacer aparecer a Juan Pablo Castel, el pintor que relata, él mismo, cómo fue su pasión enloquecida y su obsesión hasta llegar a matar a su amante. María Iribarne, casada, fue un sueño aparecido en su vejez, encontrando en ella la esperanza. La novela es también un monólogo en el que Castel –encarcelado- va recomponiendo el tiempo; un maltrato que a este psicópata le conduce hasta el asesinato. Casada con su esposo Allende, ciego, que interviene, conocedor -quizá-, en esta historia.
Confesemos que en la lectura de El túnel, este gran escritor nos produjo una cierta depresión, hasta cerrar el libro a cada momento y tomar fuerzas con esta tragedia existencialista. En la representación teatral tenemos delante al propio enfermo, brillante, hablador, atractivo, con una inteligencia que nos envuelve. El clarísimo actor muestra en escena una verdadera exhibición magistral. Le ayudan a Héctor Alterio, las apariciones de María –lo hace Rosa Manteiga- y los leves personajes que hacen Paco Casares –Allende, el esposo, ciego- y Pilar Bayona. Lo de nuestro actor, argentino, son palabras mayores: su riqueza de voz, sus variantes juegos de miradas, gestos y movimientos interminables. El complicado personaje de Castel pensó encontrar en María, en su segunda edad, una vía de salvación que se convirtió en una obsesión que le condujo a las turbulencias en su ya enfermedad psicópatica. Alterio es capaz de ponerse a su lado, casi peligroso y eléctrico –interpretó, hace dieciséis años al muy diferente viejo, celoso y suicidado Perlimplín, de Lorca, en este mismo escenario del teatro Bellas Artes-. Explicó el pintor, conversando, que siempre, desde su nacimiento, vivió en un túnel, y que encontró a alguien capaz de darle vida, como un hueco o un agujero por el que quiso salir matándola.
Dentro del texto se escuchan la desconfianza, los celos, la obsesión, los engaños. En los espectadores se provocan risas y carcajadas, como si fuese común entre ellos mismos. No se sabe si, tal vez, al salir del teatro, sientan una cierta lección.
Enrique Centeno

martes, 19 de mayo de 2009

Fedra ***

Cuando Eurípides la escribió -siglo IV a.C.-, esta obra fue una de las tragedias de pasiones prohibidas y castigadas por los dioses, como igual sucedió con el amor de Edipo, de Sófocles. Fedra fue tomada de la tradición mitológica, e incluso fue escrita anteriormente en un texto perdido. La permanente historia de la ansiedad amorosa e imposible fue desde entonces continuamente adaptada, desde Séneca hasta Racine, o entre nosotros Unamuno y el poco representado y magnífico dramaturgo catalán Salvador Espriu (1913-1985).
El deseo infrenable de Fedra hacia su hijastro, Hipólito, probablemente provoca hoy menos escándalo. Casi sobrecoge más la posesión insaciable. El rechazo del hermoso virginal es el planteamiento de la tragedia, pero es, ante la desesperación, cuando el público va adivinando el desarrollo final, lo no común. Tras el suicidio de la madrastra, la llegada de su esposo, Teseo, concluirá con la segunda muerte. Son estas violencias -hoy vuelven a regresar- por la infidelidad frustrada y la asesina venganza al inocente Hipólito.
Es el director, José Carlos Plaza, quien se introduce intensamente, llegando casi al límite del sadismo y aprovechando que, para esta Fedra, cuenta con Ana Belén. Firma este texto Juan Mayorga, un autor que utiliza, en varios de sus excelentes textos, temas e historias de personajes o acontecimientos anteriores. En esta ocasión, señala que se trata de una adaptación -y que debería citar a su original Eurípides-, pero no ha querido mantener la obra en el tiempo pasado. Sabe que es una historia mítica que, como todas, acude hasta nosotros.
En todo caso, es impresionante la interpretación, tanto en Ana Belén como en Alicia Hermida: emocionantes diálogos entre Fedra y su criada, Enone, entre la pasión y el árbitro. De Hermida no nos sorprende su talento, porque ya es actriz continua que nos ofrece el verdadero teatro. Y menos frecuente Ana Belén, cinco años sin mostrarse en el teatro y quien continúa manteniendo su poder de actriz –como otras veces, en manos de José Carlos Plaza-. En el reparto, Hipólito lo interpreta el narciso Fran Perea, conocido por sus personajes en televisión. Pero, otra vez el buen saber de Chema Muñoz como Teseo. No nos sorprende, de nuevo, notar enseguida la pequeña pantalla con sus actores en el escenario.
Enrique Centeno__________________________________________
Autor: Juan Mallorga (versión de Eurípides)
Intérpretes: Ana Belén, Alicia Hermida, Fran Perea, Chema Muñoz,
Javier Ruis de Alegría, Daniel Esparza.
Escenografía: Francisco Leal, J.C. Plaza.
Vestuario: Pedro Moreno.
Música: Mariano.
Dirección: José Carlos Plaza.
Teatro: Bellas Artes (27.9.2007).
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martes, 21 de abril de 2009

El sí de las niñas ●

Aparece una escena en la que hay una especie de sábanas colgadas de una cuerda. Es como si se hubiera tendido la ropa lavada. Quizá se trate de ocultar el resto del decorado, aunque de un modo desigual, en el centro del espacio. Puede pensarse que la noche del estreno se ha producido un accidente escénico. Sin embargo, esas telas son retiradas después por los personajes, y vuelven a organizarse cuidadosamente, por razones incomprensibles. Todo el espacio, tanto con sábanas como sin ellas, se utiliza como el hostal de Alcalá de Henares. Fue lo que mandó Moratín, afortunadamente ausente, porque hubiera huido aunque no tuviera las puertas que encargara en su obra.
El actor Manuel de Blas, tan apreciado y siempre eficaz, comienza su viejo Don Diego dispuesto a organizar su boda con la niña Francisca. Ella es Paula Errando, cuya buena edad le hace imposible convertirse en quinceañera, y su posibilidad como actriz es también un fracaso. Ahí está el desdichado Blas intentando salvarse del resto de los desastrosos intérpretes, de quienes solamente Cesca Salazar -el personaje de la madre-, utiliza un truco para sobrevivir como puede. Se dice el texto a la máxima velocidad posible, provocando el humor sin el interés crítico que plantea el comprometido autor afrancesado, acusador de los matrimonios acordados para los jóvenes. Este montaje, tanto en la dirección como en la escenografía, es de un penoso resultado.
Enrique Centeno
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Autor: Leandro Fernández de Moratín.
Intérpretes: Manuel de Blas, Álvaro de la Puerta,
Paula Errando, Cesca Salazar, Reyes Ruiz,
Fernán Gadea, José Montesinos.
Escenografía: Manuel Zuriag, Josep Simón.
Vestuario: Marian Varela.
Dirección: Vicente Genovés.
Teatro: Bellas Artes (31.10.2007).
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martes, 17 de febrero de 2009

El guía del Hermitage ***

Los cuadros del Museo del Prado fueron evacuados en 1939, y embalados con esfuerzo para ser trasladados a diversos lugares, salvándolos de los bombardeos sobre Madrid. Rafael Alberti escribió su obra teatral Noche de guerra en el Museo del Prado. Relata la transformación de los personajes, convertidos, simuladamente, en seres vivos. Es imposible no recordarla aquí, en esta nueva obra, en otro museo: un formidable montaje de El Guía del Hermitage, del autor peruano Herbert Morote (1935). Lo hace transcurrir en el vacío del Museo Hermitage de Stalingrado (hoy San Petersburgo), del que fueron sacados los cuadros –en 1942- temiendo que el ejército alemán lo destruyera en su sitiada ciudad. Nos es inevitable recordar también El cerco de Stalingrado, obra de Sinisterra, que obtuvo un gran éxito (1994): en este caso, los personajes son dos actrices en un viejo teatro. Cómo no relacionar también ambas artes, la pintura y el teatro: con éste último, lo hizo también el ruso Chéjov en La muerte del cisne, la tristeza de un viejo actor en la oscuridad del escenario.
Filipovich, Guía del palacial Hermitage, ya en su vejez y enfermedad, prefiere mantener la memoria y el sueño de todas las obras, como si permanecieran aún en las desnudas paredes. Imagina acompañar, como siempre, a los visitantes, explicándoles cada cuadro. El actor, Federico Luppi, frente a los espectadores, relata, a su supuesto grupo, las pinturas y cuadros con sus detalles y calidades, como si estuvieran delante los de Velázquez o Rembrant, mostrando sus figuras con sus voces y sus gestos. Desde el patio de butacas, nos hace sentir el verdadero arte visto por él. A su lado, el Conserje del Museo, Igor -cuyo actor, Manu Callau, se pone a la altura del formidable Luppi, argentinos ambos-, nos hacen gozar con su particular pronunciación y tonos ricos, esa riqueza en la ironía, el enfado o el amor oculto. Todo ello consigue el placer de los espectadores, algo que siempre ocurre con Luppi en su teatro, al igual que cuando nos capta en el cine.
El Guía pensaba y disimulaba que este Conserje era ignorante en cuestiones del Arte. Y entre los dos va iniciándose una cultura diferente: poco a poco, comprendiendo su disimulada amistad. Le sorprende el conocimiento de este aparentemente ignorante Iván. Ha aprendido todo escuchando atentamente, durante años, a Filipovich. Lo demuestra reviviendo igualmente una de las pinturas. Su amor por el arte le ha llevado a sustituir el cuadro de Stalin, colocando en su marco un famoso icono.
La militante Sonia –Ana Labordeta, también excelente-, soldado en su ya avejado uniforme de la resistencia, entra y sale preocupada por la gravedad de su marido. Y le hace creer que le será permitido acoger a nuevos visitantes que acudirán de nuevo para explicarles todo el Museo. Le oculta su cercano final y él, con la mirada en el vacío, finge su desconocimiento. Vemos que el drama se va acercando, pero queda entre nosotros su sensibilidad, la fe y la lealtad al Arte, así como la defensa ante la invasión nazi.
El texto de Morote es de gran calidad, un autor tardío y de obras escasas, de quien debemos esperar otras obras de tal altura.
A la buena dirección de Jorge Eines –también argentino-, se une la inteligente escenografía de José Luis Raymond, y la brillante iluminación de Juan Carlos Cornejo. Todo se ha inventado con mucho talento. Se consigue el entusiasmo agradecido con grandes aplausos.
Enrique Centeno
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Autor: Herbert Morote.
Intérpretes: Federico Luppi, Manu Callau, Ana Labordeta.
Escenografía: José Luis Raymond.
Vestuario: Ikerne Jiménez.
Iluminación: Juan Gómez Cornejo.
Música: Yann Diez.
Dirección: Jorge Eines.
Teatro: Bellas Artes (31.1.2008)
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martes, 21 de octubre de 2008

Sonata de otoño **

Aquí está Bergman. Le fascinan las mujeres, parejas siempre hundidas, que aparecen en esta obra. Como suele gustarle, las imagina unidas, juntas, inevitablemente enfrentadas. Con el odio y el amor; las mentiras y los golpes de sus frases que llegan hasta la violencia. La guerra o una paz en lo hondo de un pozo con gritos crueles. Madre e hija, para aumentar el buscado drama. La película de éste admirado sueco se trasladó al teatro con Sonata de Otoño. Tal título (el mismo de la novela de Valle-Inclán), anuncia ya su ritmo lento y, tanto como a él le gusta, discusión, pelea, odio y el frente a frente entre las dos mujeres.
La tragedia no es la tragedia, por mucho que nos pueda recordar los grandes monólogos, porque el clásico del antiguo griego crea y reflexiona sobre los grandes mitos. Aquí no hay un grito que nos interese. Nos es ajeno. No importa la bella escritura, ni sus personajes, sus encuentros más ajenos que la grandeza e incluso el tema en sí mismo.
En esta obra, la historia se salva gracias a la contemplación de sus dos actrices. Se gozan sus voces, sus cuerpos y sus rostros: son sus únicos talentos de la función, lo mismo que ofreció en aquella película el director. Aburre, como aburrió la dramática película. Insisto que vale la pena ver a esa Madre, Marisa Paredes, y a la Hija, Nuria Gallardo, formidable y asombrosa actriz para quedarse seco. Conoce bien al maestro José Carlos Plaza, pero el director no sabe qué hacer con tanto monólogo de voces y el desarrollo de estas dos personas. Las hace arrodillarse a una ante la otra. ¿Qué puede hacer si no? Aquí no hay nada que hacer. Que griten, que se arrastren, que nos lloren de lo que nada nos importa. Encima de un pobre escenario -elige Plaza su desnudez- que quiere enriquecer con la iluminación: esos focos, esos cenitales de círculos, con líneas de luz, buscando algo con vida, no es sino un estilo de reconocidos clásicos y tópicos de hace mil años que casi nos da risa. Aplaudimos por la fuerza de los intérpretes, incluyendo la de Chema Muñoz. No hay más que el efecto de ellos mismos.
Enrique Centeno_________________________________________
Autor: Ingmar Bergman
Intérpretes: Marisa Paredes, Nuria Gallardon, Chema Muñoz, Pilar Gil.
Escenografía: Francisco Leal.
Dirección: José Carlos Plaza.
Teatro de Bellas Artes. (11.9.2008)
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