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lunes, 9 de mayo de 2011

Top dogs **

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Autor: Urs Widmer.
Versión de Philip Rogers.
Intérpretes: Mar Regueras, Fernando Guillén,
Ricardo Moya, Juli Mira, Sergi Calleja, Pep Sais, Vicente Genovés, Ángela Castilla.
Escenografía: Jon Berrondo.
Vestuario: Patricia Hitos.
Dirección: Mario Gas.
Teatro: Albéniz. (14.9.2000)
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Los pobres amos del mundo


Estos “perros de presa” son esos seres lejanos que, encorbatados, ocupan los despachos de altos cargos y directivos de las multinacionales, y aquí fomentan la desigualdad y la explotación. Lo curioso de esta idea es que se trata de ocho sujetos que han sido despedidos por su relevo generacional, su menor competitividad, sus problemas personales o familiares. Y acuden a un centro terapéutico donde curar sus frustraciones, e incorporarse de nuevo como capitanes del mundo.
    El texto cuenta todo esto en clave de humor, incluso de farsa, de modo que nos riamos con estos personajes a los que, en el fondo, despreciamos profundamente. Para su reciclaje o recuperación se ven sometidos a pruebas de inhibición, de autoestima, de correctivos, para incorporarlos al mercado de los grandes trabajos; y la obra se hace con procedimientos que buscan la burla, la caricatura. También la comprensión e incluso la compasión: hay una primera parte muy pesada, con un texto endeble, con el que los intérpretes luchan por defenderlo, pero que aburre muchísimo; también los propios personajes, porque a muchos nos interesan, francamente, nada.
 tarda mucho en saber a dónde quiere ir a parar el autor, o a dónde pretende llegar Mario Gas, el admirado director: durante más de una hora, aquello parece una solemne idiotez, una comedia casi reaccionaria, acogiendo con humanidad a quienes despiden, estafan, seleccionan personal, trincan o devoran en el trabajo de alto standing. Se tarda demasiado, decimos, y la verdad es que casi dan ganas de abandonar la sala.
    Y de pronto, tras el entreacto, descubre sus cartas el autor y, posiblemente, más aún el director: estamos ante uno de esos montajes teatrales en los que la puesta en escena supera al texto propuesto. Los personajes, en principio despreciables, parecen tener, o así nos lo quieren contar, su “corazoncito”. Y, despedidos de sus trabajos, encuentran las más dispares ocupaciones, las inquietudes más absurdas, o las salidas del desconsuelo a veces patéticas. Se trataba de una burla, de un ataque, de una rebeldía hacia una clase laboral o profesional que en realidad está constituida por hombrecitos vestidos de lujo. Algo que tarda demasiado el espectáculo en hacérnoslo ver.
    Ante un texto en su mayor parte débil, cabe la salida de gozar de una escenografía de geometrías hermosas –anda por ahí la influencia de Bob Wilson-, también en la magnífica iluminación de Quico Gutiérrez -una obra de arte-, de una inteligente dirección coreográfica y, sobre todo, de una interpretación formidable. Se trata de una sucesión de monólogos, en composiciones corales, donde vamos conociendo a cada uno de los personajes. Todos están impecables. Desde Fernando Guillén, en un tipo insólito en su trayectoria naturalista –aquí todo es minimalista, farsesco o distorsionado- hasta las dos enormes actrices, Mar Regueras y Ángela Castilla, pasando por todos los demás, aunque parece imprescindible mencionar especialmente las dotes histriónicas y cómicas de Pep Sais.
    Al final, parece que Mario Gas no está tampoco seguro de a dónde va la función, de modo que hace añadidos diversos, aclara a ritmo de bombos y retahílas su denuncia, como si dudase de que el juego cómico no transmitiera lo que se había propuesto. Y en los últimos minutos se vio claro que, en todo caso, aquellos personajes nos importaban un pimiento. Fue la caligrafía actoral y estética la que, probablemente, puso de pie al público la noche del estreno.
Enrique Centeno

sábado, 11 de diciembre de 2010

Beaumarchais **


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Autor: Sacha Guitry.
Traducción: Mauro Armiño
Josep-Maria Flotats, María Adanes, Jonás Alonso, Javier Ambross, Mario Angulo,
Raúl Arévalo, Ramón Barea, Boj Calvo, Esperanza Candela, Pedro Casablanc,
Richard Collins-Moore, Carmen Conesa, Álvaro de Juan, Francisco Dávila, Miranda Gas,
José Gómez, Maite González, Ana Goya, Manuel Gutiérrez-Cuevas, Olmo Hidalgo,
Lander Iglesias, Geraldine Leloutre, Crismar López, Borja Luna, Eduardo MacGregor,
Carolina Martín, Rebeca Matellán, Jaime Moreno, Ricardo Moya, Constantino Romero,
Andrés Ruiz.
Escenografía: Ezio Frigerio.
Fotografías escéncicas: Massimo Listri.
Vestuario: Franca Squarciapino.
Iluminación: Vinicio Cheli.
Edición de imágenes: Sergio Metalli.
Dirección: Josep-Maria Flotats.
Teatro: Español. (2.12.20109)
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El comediante Sacha Guitry (1885-1953), autor de numerosos títulos ya olvidados –fue también actor y director, incluyendo sus viejas películas-, hace aquí una alta comedia entre el juego de humor irónico y luciente. Trata de contar la etapa madura de Beaumarchais, genial burlón de la sociedad dieciochesca, al que su atrevimiento provocó continuas oposiciones y controversias, como en El barbero de Sevilla y Las bodas de Fígaro, que aquí aparecen en varias escenas.
 Al iniciarse la representación, ya está la presencia de Flotats –Beaumarchais- escribiendo sobre su mesa, y sus primeras frases hacia su mayordomo. No exageramos al dar fe de su seducción en este primer acorde. El escenario consiste en un recuerdo de aquellos telones pintados para cada acto, y aquí se trata de grandes imágenes foto-visuales, bellísimas, con las que van apareciendo la casa, el palacio o el jardín de Luis XVI –personaje que aparecerá en el reparto provocando su ridiculez, como el posterior Napoleón-, y se van anunciando mediante páginas, los sucesivos episodios. Lo ha creado formidablemente Máximo Listri. 
        Alrededor de Beaumarchais, todos los actores –imposible citar ni siquiera a los principales- hacen impecablemente esta lujosa farsa que dirige el propio Flotats. Va rodando por el escenario el humor, la ironía y los disparates de cada uno en ritmos y plásticas corales bajo sus lujosos trajes; se llega hasta la bufa, como las de Rossini o Mozart en El barbero o en el Fígaro de los originales de Beaumarchais. Se le escapa únicamente la última escena, en la que tras su muerte, el escritor será recibido y rechazado por los juzgadores en una especie de Monte Parnaso donde los famosos poetas forman una triste, siniestra y fea coreografía, que solo se salva con la aparición de Molière, un dios del Olimpo que califica a Beaumarchais como el más grade autor: unidos, bajo una deslumbrante iluminación, ascienden hacia la cumbre de los poetas. No está bien que indiquemos esta equivocación, cuando son formidables numerosas escenas.
Enrique Centeno