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miércoles, 11 de enero de 2012

La visita de la vieja dama ***

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Autor: Friedrich Dürrenmatt.
Versión de Juan Mayorga.
Intérpretes: María Jesús Valdés, Juan José Otegui, Héctor Colomé, 
Victoria Rodríguez, Raúl Fraire, Rodrigo Poisón, José Luis Santos, 
Esperanza Campuzano, Pepe Viyuela, Joaquín Notario, Gabriel 
Moreno, José Navar, Dionisio Salamanca, Óscar Mayer, José Mª 
Gambín, Lorenzo Area, Juan Prado, Paco Celdrán, Fernando 
Gil, Gorgonico Edu, Víctor Navarro, Manuel Aguilar, Fran Fernández, 
Ignacio Alonso, Miguel del Ama, Karol S. Wisniewski, Jorde Allende, 
Susi Sánchez, Roberto Noguera.
Vestuario: Javier Artiñano. 
Escenografía: Llorenç Corbellá.
Iluminación: Albert Faura.
Música: Mariano Marín.
Dirección: Juan Carlos Pérez de la Fuente. 
Teatro: María Guerrero (Centro Dramático 
Nacional). (11.3.2000)
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Cuando el mundo es un burdel

La poderosa y multimillonaria protagonista de esta historia ideada por Friedrich Dürrenmatt (se estrenó en 1958), Claire lleva como mayordomo a un antiguo juez al que ha liberado para tenerlo a su servicio: es el primer signo de cómo la justicia se corrompe, se vende y se compra. Llega a su pueblo natal tras muchos años de haber sido expulsada de allí cuando era una joven desdichada, una soltera embarazada y repudiada por todos. Prostituta primero y millonaria después, la acción se desarrollará pasado el tiempo, porque la venganza, ya se sabe, es un plato que se sirve frío.
    Y allí están, en el pueblo de Güllen, las fuerzas fácticas: el maestro, el médico, el jefe de policía, el alcalde. Todos ellos abiertos a la vieja dama que llega llena de riqueza para salvar su mediocridad y su pobreza. Ella quiere vengarse del pueblo entero, desde luego. Pero, sobre todo, del hombre que la hizo daño, un respetado y humilde carnicero, cobarde e hipócrita como todos en su juventud. Y desvela sus intenciones apenas llegar al lugar: un millón por su cabeza. El conflicto está servido: “El mundo hizo de mí una puta y yo hago del mundo un burdel”.
    La visita de la vieja dama es un clásico del teatro contemporáneo, y lo es, además de por sus valores dramáticos, porque presenta la debilidad del ser humano, el poder del dinero, la hipocresía y la falsa justicia que Dürrenmatt plasmó en otros títulos suyos importantísimos, como Frank V, en una herencia clara de Brecht, mezclada, curiosamente, con los movimientos surrealistas y del absurdo de su época. Es, por tanto, una parábola, una metáfora, una reflexión sobre nuestra propia condición que, en estos días, cree este crítico, cobra una dimensión singular.
María Jesús Valdés
    Ni el adaptador, Juan Mayorga, ni el director, Pérez de la Fuente, no parecen confiar demasiado en el clásico autor suizo. El primero ha introducido actualizaciones como tomando por tonto al espectador, con referencias a ordenadores, a grabaciones de TV, a referencias  que, presuntamente, actualizan ese conflicto universal. Y Pérez de la Fuente ha optado por el espectáculo grandioso, insultante casi en su superproducción, en sus efectos, en su puesta en escena operística. Los efectos, los coros, los elementos escenográficos, luminotécnicos y de tramoya casi devoran el texto, aunque afortunadamente hay, entre el descomunal reparto, actores capaces de defenderlo dentro de esa aplastante estructura escénica, cuya belleza, por otra parte, es indudable.
    Hay momentos en los que el director no enuncia a su talento interno, como esa formidable escena en la que la protagonista, Claire, celebra la ceremonia de su despojamiento, ante vidrieras eclesiásticas, en un desvestimiento impresionante, una celebración en la que vemos su ortopedia, su acabamiento, su intimidad miserable. Lo hace esa magistral actriz que es María Jesús Valdés, en una lección corporal y vocal insólita. Pero en casi todo el espectáculo domina el esperpento, la farsa, la mentira que hace inverosímil o de ciencia ficción, lo que el autor nos cuenta. Posiblemente es ésa la trampa de este apabullante espectáculo. Que cuenta con un elenco formidable, entre el que hay que destacar, además de la  propia Valdés, a un Juan José Otegui formidable, el más sincero de los personajes, junto a Héctor Colomé –un alcalde sobrecogedor en su proceso de corrupción- o a Joaquín Notario, el maestro de pueblo idealista que finalmente debe claudicar. Todo el reparto es impecable, dentro de ese aire de falsedad, de trucos, de exageraciones que al texto le sobran, y que hacen que la parábola prácticamente nos resulte ajena en su hipérbole y su inverosimilitud.
Enrique Centeno

jueves, 4 de agosto de 2011

La muerte de un viajante ***

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Autor: Arthur Miller.
Intérpretes:Sacristán,María Jesús Valdés,Alberto Maneiro,
José Vicente Moirón, Francesc Galcerán, Silvia Espigado,
José Carde, Zorión Eguileor, Romà Sánchez, Javier Gamazo.
Vestuario: Rafael Garrigós.
Escenografía: Oscar Tusquets.
Dirección: Juan Carlos Pérez de la Fuente.
Teatro: La Latina. (18.4.2001)
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El éxito o la muerte

on pocos días de diferencia, el Centro Dramático Nacional presenta –en otro teatro prestado, puesto que en este momento se encuentra sin sede-, tras El cementerio de automóviles, otra reposición de uno de los grandes títulos del teatro contemporáneo. Como en el anterior caso, La muerte de un viajante se mueve alrededor de unos conflictos, tan universales, que continúa respirando vitalidad, y su tragedia nos llega como cualquiera otra de las grandes del clasicismo.
    Puede que hoy, incluso, se entienda mejor, porque en 1949 la sociedad española vivía el ambiente de Historia de una escalera (del mismo año), es decir, el hambre, la represión y la desesperanza, más que ese mundo, donde una familia pasa apuros, pero que posee nevera y coche. No sé si el espectador de entonces era capaz de implicarse en aquel desastre del “sueño americano” mientras vivía una larga posguerra. Hoy, sin duda le es más fácil.
    En una ocasión preguntaron a Miller qué era lo que en realidad vendía su protagonista, Willy Loman, puesto que el viajante nunca lo menciona. “A sí mismo”, respondió. Se trataba de encontrar el éxito a toda costa, de destacar entre los demás, de hacerlo a costa de cualquier clase de fingimiento, de hipocresía y de apariencia: lo que hoy llamamos la imagen. La imagen es, en efecto, la fórmula para el éxito.
    Loman está entre nosotros, lo conocemos. Como también a su esposa, en paciente espera, callada y disimulando que conoce la frustración y la mentira del marido, repitiendo que “todo se va a arreglar” e ignorando que el hombrecillo pide cada semana dinero prestado a un amigo para no perder su imagen y el buscado prestigio. Y que se asombra del “triunfo” de su hermano, que se ha hecho rápidamente rico en extraños negocios africanos. A Loman le despedirán de la empresa tras toda una vida en ella, porque su rendimiento ya no es suficiente: también suena a algo de hoy mismo. Como el destino de sus dos hijos, uno decidido a conseguir lo que su padre no pudo, y el otro más cercano a su triunfante tío.
    Pérez de la Fuente ha entendido muy bien la obra, la ha servido con talento, creando excelentes momentos dramáticos. Ha luchado, perdiendo la batalla, contra un José Sacristán sobreactuado, falso, como el figurón del viejo teatro, y su evidente falta de sinceridad le convierten casi en una caricatura que no conmueve. De modo que, en el plano de la interpretación, se desea continuamente la presencia de María Jesús Valdés, que incluso cuando permanece callada, al fondo, se lo come todo, a pesar de que la pareja sea dispar en demasiados aspectos. Anima también la escena José Caride –el hermano-, sólido y misterioso al mismo tiempo. El resto de los actores, irregulares, como si el director hubiera abandonado un poco la dirección, en este sentido, o como si cierto divismo se lo hubiera impedido.
Enrique Centeno

sábado, 2 de abril de 2011

Carta de amor (como un suplicio chino) ***

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Autor: Fernando Arrabal.
Intérprete: María Jesús Vadés.
Iluminación: José Lus Alonso, Luis Martínez.
Centro Dramático Nacional.
Escenografía: Xavier Mascaró.
Dirección: Juan Carlos Pérez de la Fuente.
Centro Dramático NacionalLugar: Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía,
Madrid. (18.1.2002)
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Remitente, Arrabal

Parece que el teniente Arrabal Ruiz, padre del autor de esta Carta de amor, no quiso sumarse a la rebelión fascista el 18 de julio de 1936. Se encontraba en Mellla, y allí fue por ello detenido y condenado a muerte, pena que se le conmutó después por la de cadena perpetua. Le llevaron y trajeron por diversos penales de la Península desapareció en uno de ellos, el de Burgos, capital del Nuevo Imperio. Parece que huyó una noche entre la nieve, o que tal vez tuvo otro final desconocido, a pesar de las pesquisas que su hijo ha intentado.
    Parece también que la madre de Fernando Arrabal, esposa del teniente fiel a la República, ocultó a su hijo los hechos, y puede que incluso fuera ella misma la delatora de su marido. Si Arrabal cree de verdad esto, su Carta no es justa, porque le faltaría mucha más furia, mucha más sed de justicia por mucha madre de que se trate. Las cartas y las reflexiones las dice de una manera casi mágica la actriz María Jesús Valdés, a la que arropa una vestimenta de evocaciones griegas que bien podrían aludir a aquella Medea devoradora de sus hijos, porque en su extrema humanidad, el personaje –no el real, que lo ignoramos, sino el de la historia- sería tan despreciable como para no intentar ni siquiera escribirle una postal y, sin embargo, consigue casi justificar, o por los menos ocultar, su abyecta conducta.
 En la especie de cripta del Centro de Arte Reina Sofía, lúgubre y ceremonial, resuenan las palabras de Arrabal entre el rencor y la comprensión dichas por la Valdés de forma que no hay un momento para el respiro. Mucho tendrá que ver en ello también Juan Carlos Pérez de la Fuente cuidando ritmos, silencios, aprovechando el insólito espacio para crear el clima que pasa de la tragedia anunciada al drama convulsivo del personaje principal al otro protagonista, Arrabal, ausente pero inundando la escena en una confesión cruda de su propia vida. El espectáculo, una bella obra de arte externamente, es confesión, testimonio, purga, rabia, rendimiento de cuentas. Puede que todo lo que se dice no sea la verdad, naturalmente. A nosotros, que nos han contado siempre la historia mentida, nos ha emocionado ésta.
Enrique Centeno