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jueves, 26 de abril de 2012

La loba **

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Autora: Lillian Hellman.
Traducción de Ana Riera.
Versión de Ernesto Caballero.
Intérpretes: Héctor Colomé, Carmen Conesa, Nuria Espert, 
Ricardo Joven, Paco Lahoz, Markos Marín, 
Jeannine Mestres, Víctor Valverde, Lleana Wiston.
Vestuario: Franca Squarciapino.
Escenografía: Gerardo Vera.
Videoescena: Álvaro Luna.
Iluminación: Juan Gómez-Cornejo.
Dramaturgia y dirección: Gerardo Vera.
Teatro: María Guerrero. (CDN) (20.4.2012)
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Fotos: Davd Ruano / Paco Amate

Melodrama sureño

La loba es, sin duda, la más conocida obra de Lillian Herman (1905-1986), escritora cuyo progresismo le produjo no pocos escándalos e incluso su persecución -se negó a declarar en la represión del Comité de Actividades Antiamericanas-.  “Las pequeñas zorras” -su título original, The little foxes- se pasó al cine y consiguió una de las grandes películas con Bette Davis. 
Este melodrama se representó en Madrid hace ya casi veinte años (22.10.1993, teatro Marquina), y nos hizo entonces preguntarnos “si es que ya no existen hoy, aquí, estos pequeños zorros depredadores”.     Que ahora lo represente el  Centro Dramático Nacional ha sido una tentación de Gerardo Vera, incomprensible cuando más que nunca se han formado aquí muchísimas y continuas jaurías.
Nuria Espert, La loba
  La admirada autora quiso alejarse del tiempo, hasta llegar a las ambiciones del siglo XIX, aunque bien pisaba la Gran Depresión norteamericana. Y  sus personajes pertenecen al costumbrismo de la alta sociedad.
Es  Regina Hiddens la madre en esta guarida: La loba; ambiciosa, tramposa y obsesiva por la posesión. A los dientes y aullidos intentan Benjamín y Oscar, unidos, vencerla. Enérgico e inteligente, el formidable actor Héctor Colomé crea con solidez a este personaje, Benjamín, que en  su esgrima económica será finalmente vencido. Ricardo Joven ya muestra, en su estupenda interpretación, que Oscar es poca cosa para Regina, quien es capaz de hundir -su hijo, Leo, es ya insignificante, y lo hace perfectamente Markos Marín- y ahogar a su propio esposo, James Hiddens.
    Aquí solo hay destrucción, o la salvación de las dos mujeres. La cuñada presencia continuamente las luchas y el alejamiento de la familia: Bierdi es Jeannine Mestre, de miradas  amargas hacia su esposo, como si la mansión se convirtiera en una tumba maloliente. Su ternura la podrá mantener solo con Alexandra (luego nos referiremos) para, en su monólogo y en una dramática escena -el público no pudo evitar congelar la acción con  entusiasmo y  aplausos; poco común es ya despedir un mutis-, marcar el inicio de la corrupta batalla.
Jeannine Mestre y Nuria Espert
    En el antiguo montaje de esta obra –aún  más vieja- dejó los ensayos la maestra y genial actriz histórica María Jesús Valdés –fallecida el año pasado- y, precisamente, interpretó en un cara a cara con  Espert El cerco de Stalingrado (1994), de Sanchis Sinisterra. Se dijo que fue por su propias dificultades para ese personaje, y se aseguró también que fue al director González Vergel –bien conocido en sus tiranías- a quien abandonó saliendo a hostias. Quizá alguien cuente  lo que ocurrió. Este comentario, probablemente sin interés, viene a cuento de la lucha entre el personaje y la actriz. Nuria Espert es una peculiar y grandísima intérprete de nuestro teatro actual. Quede esto ya de entrada. Esta Regina es aquí una medio loca, estúpida entre la ambición y el dominio de un ábaco con la imposibilidad de trasladar la maldad interna de esta obsesiva. Casi logra que nos burlemos de Regina. Lo ha obligado Gerado Vera –ningún genio dirigiendo a actores- o, casi seguro, ha seguido una fórmula demasiado común. Sabemos que está ahí La loba, pero mejor vemos que está la Espert.
Jeannine Mestre (izq,) y Carman Conesa

El cuadro más defi- nitivo de esta inmoral loba es verla con- templar la agonía y muerte del marido que intenta, cayendo de su silla de ruedas, alcanzar sus medica- mentos. Víctor Valverde hace un trabajo genial, desde su tardía llegada del Hospital hasta el final. Aquí sí hay verdadero natura- lismo dramático.
    Lillian Herman, sureña y judía, hace decir a Regina, hacia Alexandra, que “demasiada gente le obligó a demasiadas cosas”. Y su hija, la única que aún permanece, recuerda cómo su padre le dijo que hay gente que come tierra, y gente que se la  tiene que comer. Pero conocía la autora muy bien, y lo había visto, cómo en las ciudades mucha gente dormía en los bancos protegida con hojas de periódico, “las sábanas de Hoover” (el presidente del gobierno). En su obra se refiere a los  semiesclavos negros del antiguo Texas –este montaje se inicia con la gigante imagen de aquella bandera- en sus empresarios llegados del Norte. Por su comportamiento, vital e ideológico,  da la impresión de una especie de miopía para mirar a su alrededor. La escena entre madre e hija contiene la ternura y energía de Alexandra (Carmen Conesa), en una interpretación riquísima y sincera: la abandona y asegura que se quedará sola. Espert se mantendrá en la soledad sin llegar bien a sentir su llanto en el sarcófago de la rica mansión. Todo es en realidad un melodrama.
Enrique Centeno

lunes, 23 de enero de 2012

En la vida todo es verdad y todo mentira **

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Autor: Calderón de la Barca.
Versión: Ernesto Caballero.
Intérpretes: Carmen del Valle, Ramón Barea, Karina Grantivá, 
José Luis Esteban, Iñaki Rikarte, Jorge Machín, Paco Ochoa, 
Jorge Basanta, Jesús Barranco, Miranda Gas, Sandra Arpa, Diana Bernedo, 
Marta Aledo, Georgina de Yebra, Borja Luna, Paco Déniz.
Dirección musical y arreglos: Vanesa Martínez.
Escenografía: José Luisaymond.
Iluminación: Paco Ariza.
Dirección: Ernesto Caballero.
Teatro: Pavón (CNTC). (19.1.2012). CNTC
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Política y fantasía
 De Calderón, entre sus más de cien dramas, se ha querido estrenar este En la vida todo es verdad y todo  mentira. Tiene una complejidad de tema y de contenido: político, filosófico, mitología o fantasías. Y encontraremos una relación con las tragedias que Shakespeare -salvando la distancia- trató como testimonios históricos de su país. Es quizá uno de los motivos que ha conducido al director  Ernesto Caballero.
    En realidad, lo que más nos ha satisfecho de este montaje es el arte escénico -suerte de que ya se haya cambiado la dirección de la Compañía  Nacional de Teatro Clásico (CNTC)-, porque el olvidado título –como tantos otros- se ha quedado en tercer lugar. El mayor valor del teatro áureo es la construcción –a partir de Lope- y, sobre todo, las maravillosas versificaciones. En esta obra no existe esa gran calidad y riqueza; carece de esos juegos poéticos, los atractivos diálogos estróficos o el ritmo vital de sus textos.
    En su propia versión, Caballero ha ido trasladando las Jornadas a diferentes tiempos. Esto hace salvar la pesada y difícil explicación de esta historia que inventó Calderón. Pasa de la  antigüedad –hasta con personajes en faldas de kimono-, a los cañones de guerra y a una plástica luminosa del XIX.
Quien da calidad e interés a este montaje no es la formación  de nuestro mejor Barroco, sino el buen reparto, la escenografía y la inteligente dirección.
El emperador de Constantinopla, Focas, tirano y asesino, quiso viajar a una isla siciliana para  buscar a un arrojado y desparecido hijo. Y allí se encontrará  con dos jóvenes,  sin que pueda adivinar cuál de ellos es su  descendiente. El actor Ramón Barea compone una figura, una creación  riquísima, potente y magistral. Mejor le valdría verle en Lear, porque tiene que sostener infinitas ristras de romances; cuánto habrá trabajado.
Resultaba que uno de ellos –Heraclio- era, en realidad, hijo del rey a quien mató Focas. El segundo –Leonido- será el hijo auténtico del dictador. También lo hacen formidablemente Iñaki Rikarte y Jorge Machín, en sus tratamientos de la amistad, la separación, el enfrentamiento físico –insuficientes en estas escenas- y, finalmente, la entrega de la corona al verdadero heredero, Heraclio. Y como debía  de ser, el final del Emperador, con la demostración de que En la vida todo es verdad y todo mentira.
    El espectáculo atrae únicamente por la belleza y, por encima de todo, el formidable conjunto de intérpretes. Esa Libia valiente, o la dulce Cintia, permiten admirar a las estupendas actrices Karina Grantivá y Carmen del Valle. Es un largo reparto de conjunción, con voces, ritmos, versificación y creaciones de personajes. Casi nunca lo hemos visto en las obras habituales de la CNTC –ya siempre los mismos- donde cada cual decía los versos  como podía, o como no, los enseñaban. Claro que había grandes actores, pero no un buen director que solo se ocupaba de sí mismo. Caballero lo ha sabido hacer sabiamente, y los actores dan una lección. Qué pena la elección de esta obra. Sus trabajos en los clásicos mostraron su interés; hace veinte años, con Eco y Narciso, de Calderón (Sala Pradillo, 1991), o para la CNTC con Sainetes, de Ramón de la Cruz (2006), uno de los más importantes y formidables montajes. Seguro que volveremos a aplaudirle ante otro título.
Enrique Centeno

viernes, 5 de agosto de 2011

La costilla de Adán ●

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Autora: Carmen Rico-Goodoy
Adaptación teatral de Paco Sanguino
 y Rafael González.
Intérpretes: Marisa Nolla, Cristina de Inza,
Rosa Lasierra, Nuria Herreros.
Escenografía: Pepe Melero.
 Dirección: Ernesto Caballero.
Lugar: Teatro Bellas Artes. (20.9.2000)
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   Un triste sucedáneo

Hay éxitos que provocan tentaciones peligrosas, eso que solemos llamar secuelas: hace un par de años, una compañía catalana, T de Teatre, arrasó con un insólito espectáculo, Hombres!, cuyo éxito repitieron después con Criaturas. Esta compañía aragonesa que ahora se ha presentado, formada también por mujeres -nada menos que en el teatro Bellas Artes, que debió pensar que la fórmula era sencilla-, el resultado es este producto que no es nada.
    Como en el primero de los títulos antes citados, La costlla de Adán gira alrededor del hombre: de sus insoportables manías domésticas, de su intolerancia, de su prepotencia, lo que hará que las mujeres huyan de casa, se separen e, irremisiblemente, vuelvan a buscar pareja. Como los textos proceden de escritos de Carmen Rico-Godoy, carecen de diálogo, de construcción teatral, de juego escénico. Y los adaptadores se han limitado a repartir las divertidas ocurrencias de la autora entre las actrices, de modo que cada artículo lo comienza una, lo continúa otra, y así, sin la menor estructura, se van partiendo la tarta. Aun así no les llegan los textos elegidos, de modo que lo adornan con supuestos bailes de torpes coreografías –ellas no saben tampoco hacerlo- o músicas gratuitamente metidas de vez en cuando. Consiguen, de este modo, que la función dure poco más de una hora, que se hace interminable, por cierto.
    Con una dramaturgia inexistente y un reparto mediocre, no cabe reproche alguno hacia la autora original de los textos. Quizá tampoco hacia el director, Ernesto Caballero, que se nota que ha intentado con imaginación sacar adelante esta verdadera misión imposible.
Erique Centeno

 

lunes, 1 de agosto de 2011

Las amistades peligrosas *

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Autor: Cristopher Hampton.
Intérpretes: Amparo Larrañaga, Toni Cantó,
Maribel Verdú, Nicolás Belmonte, Inge Martín, Carmen Bernardos,
Susana Hernández, Francisco Déniz, Esther Acevedo.
Vestuario: Patricia Hitos.
Escenografía: Gerardo Trotti.
Dirección: Ernesto Caballero.
Teatro: Albéniz. (15.2.2001)
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Ricos, famosos y despreciables


Contemporáneo de Diderot, de Rousseau o de Voltaire, Laclos fue un narrador más bien menor. Esta obra suya ha sido redescubierta y popularizada gracias a la versión teatral de Christopher Hampton. Ha sido tentación de grandes compañías y se llevó incluso con mucho éxito a la pantalla. Suele decirse que lo que el autor pretendía era denunciar a una clase decadente que había perdido todo tipo de valores. Mujeres casquivanas y vacías, hombres seductores, una sociedad en la que imperaba eso que suele llamarse promiscuidad: con infidelidades, corrupciones, engaños y traiciones tan propias de la decadencia dieciochesca inequívocamente francesa. No se quiere admitir que, en realidad, lo que la obra contiene es un juego de concupiscencia, una especie de comedia de enredo sensual donde cualquier ventana al exterior permanece cerrada y únicamente importa el cruce de sexos, de amoríos, de cuernos y seducciones. Una interpretación que recuerda al socarrón Fernando de Rojas cuando, para justificar el adulterio, el asesinato y la traición de La Celestina, y de paso librarse de la Inquisición, escribió en el prólogo que todo aquello debería ser ejemplo de lo que no debe hacerse.
    En la escena final de Las amistades peligrosas, un personaje afirma que se encuentran ya cerca del año 1789. Fue el de la Revolución Francesa, y Ernesto Caballero, el director, concluye el espectáculo con unas proyecciones, en sombras, de aquellas guillotinas que caracterizaron aquel momento histórico; como si cayeran sobre todos ellos, como si quisiera hacer ver que toda la historia contada durante dos horas, es, en realidad, merecedora de la condena, de la decapitación. Y, sin embargo, la tentación de recrearse en ella, en esos personajes abominables, parece superior a toda moraleja.
   Para ese regodeo en una historia sagazmente banal, despreciable, repugnante, el espectáculo ha acudido al viejo star system, y cuenta con los hermosos actores que añadirán sus palmitos a esta historia carente de interés, por muy bien escrita o construida que esté. Lo cual hizo que, el día del estreno, fuera tan importante el espectáculo que se daba en el escenario, como el que se ofrecía en el vestíbulo, con toda la ortopedia madrileña, ante una nube de presuntos periodistas ávidos de conocer enredos de los famosos, conquistas, divorcios o amoríos, como en un remedo barato de la propia obra. Estomagante.
    Ellos, los del star system, son Amparo Larrañaga, que hace un estimable trabajo, como también Maribel Verdú, algo empequeñecida de presencia en el gran escenario del Albéniz. Frente a un Toni Cantó muy por debajo del nivel general, pobre de expresión, defectuoso de dicción, torpe de movimientos –cuánto daño hace la televisión a muchos de nuestros actores-, está Carmen Bernardos dando su lección de teatro-teatro, como Inge Martín y, en general, un excelente reparto de secundarios.
    Ernesto Caballero se ha servido de un decorado feísimo, una especie de paneles de metacrilato con piezas chapuceramente añadidas y de un vestuario que no pasa de lo corrientito. Y ha movido la obra con cierta habilidad -como se mueve una comedia-, sin encontrar apenas hallazgos notables o estéticas subyugantes, que es lo que el texto reclama, y como lo hemos visto en otras ocasiones. Las amistades peligrosas debe ser, también, un ejercicio de estilo estético, porque la época en la que se sitúa y la trama de refinado juego así lo pide. Este es un montaje que pasa de puntillas por todo ello, aunque es seguro que esos nombres que encabezan el reparto harán que la función sea un éxito, perpetuando así un sistema de producción y de trabajo que es el que, de alguna manera, impide el avance de nuestra escena.
Enrique Centeno

lunes, 9 de mayo de 2011

Te quiero, muñeca ***

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Autor y director: Ernesto Caballero.
Intérpretes: Maribel Verdú, Luis Merlo, Marisa Pino,
Federico Celada, Aurora Sánchez.
Vestuario: Patricia Hitos.
Escenografía: Gerardo Trotti.
Teatro: Centro Cultural de la Villa. (19.10.2000)
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La muñeca rebelde

 
El mito de Pigmalión, o el del más truculento Frankestein, es retomado aquí por Ernesto Caballero imaginando que la era de la cibernética puede permitir crear un mutante –una mujer, en este caso- al servicio del hombre solitario y simpáticamente insoportable. La mujer esclava, o la mujer objeto, la sublimación de la muñeca hinchable, a la que se puede detener u ordenar con un mando a distancia, y sirve sin duda al autor para hacer una socarrona crítica a la dominación del hombre y al sometimiento de la mujer. Y, sin embargo, un juego dramático ingenioso hace que el robot deje de serlo y se convierta en una nueva Nora (es así, precisamente, como se ha bautizado a esta mujer de pilas), y que, como la protagonista sometida de Casa de muñecas, de Ibsen, sorprenda con varios portazos y abandonos. Caballero ha querido, en todo caso, hacer una comedia amable, de modo que el final de esta atractiva Nora nada tendrá que ver con la de Ibsen.
    La comedia, excelente, muestra también influencias en el terreno formal, con un humor que a veces parece sacado directamente de Jardiel Poncela y otras de la comedia crítica de Alonso de Santos: no son malas fuentes, desde luego, sobre todo en manos del autor de este Te quiero, pequeña, que ya ha demostrado sobradamente su talento, y que nunca ha renunciado a encararse com temas que nos conciernen. Sí es nuevo en él –como autor y director, labor que ha compaginado con frecuencia- este tipo de producción cuyo mayor reclamo está, sin duda, en los intérpretes. Hacía muchos años que no veíamos a Maribel Verdú sobre un escenario, y lo cierto es que vuelve a las tablas con esas facultades que no siempre se ven en quienes se dedican únicamente a la televisión o al cine. Con presencia, voz y excelente expresividad, está Verdú espléndida en su doble personaje. Y la acompaña Luis Merlo, que aunque ha adquirido algún tonillo familiar, hace estupendamente su personaje, como es habitual en él. Junto a ellos, una divertidísima cómica, Marisa Pino, que se encarga del desternillamiento a base de dislocar al máximo su alocado personaje, Así como Federico Celada y Aurora Sánchez, que completan un reparto sin fisuras. El público rió mucho durante la representación, premió al final a todos en el remozado Centro Cultural de la Villa. Sin duda hay comedia de éxito para rato.
Enrique Centeno

jueves, 30 de diciembre de 2010

Sainetes ***

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Autor: Ramón de la Cruz.
Versión y dirección: Ernesto Caballero.
Intérpretes: Cecilia Solaguren, Carlos Talavera, Natalia Hernández,
Rosa Savoini, Victoria Teijeiro, Ivana Heredia, Iñaki Rikaste, Carles
Moreu, Mª Jesús Llorente, Carmen Gutiérrez, Jorge Martín, David
Lorente, Susana Hernández, José Luis Alcobendas, José Luis Patiño,
Eduardo Mayo.
Música: Alicia Lázaro.
Iluminación: Juan Gómez Cornejo.
Vestuario: Javier Artiñano.
Escenografía: José Luis Raymond.
Teatro: Pavón (CNTC). (25.4.2006)
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Hace mucho tiempo que la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC) no era capaz de sorprender ni de entusiasmar. Queríamos, simplemente, que mostraran a nuestros autores reconociéndolos. Porque siempre vienen sembrando el desinterés: da igual Calderón, Lope, Rojas, Zorrilla, Guillén, o hasta el sufrido Cervantes; por citar ejemplos. Son los inválidos que impiden conocer, examinar y juzgar aquellas épocas. No se nos quiere mostrar el barroquismo en sus ambientes o vestuarios, sin estética e incluso con ropas de Zara o de Adolfo Domínguez. A muchas representaciones acuden casi exclusivamente profesores con sus alumnos del instituto, y luego llegan al aula y tienen que volver a explicar la cultura de nuestros clásicos.
    Bienvenido sea don Ramón de la Cruz, aunque no pertenezca al Siglo de Oro (Madrid, 1731-1794): hace algún tiempo la CNTC ya montó algún título del XVIII. Podemos conocer así sus Sainetes, juegos breves, a veces de humor y en otros casos semidramáticos surgidos de sus propia observación. Confieso que desconozco cuántos años hace que no se han puesto en escena. Se hacen con frecuencia los breves entremeses –Cervantes, Calderón o los Pasos de Lope de Rueda-, pero los sainetes se conocen más a través de sus lecturas.
    Ernesto Caballero ha enlazado cuatro de las piezas, creando una supuesta compañía de cómicos que, entre sus ensayos generales, intercambian ocurrencias y bromas con versos muy bien imitados a los de Ramón de la Cruz. La primera es La ridícula embarazada, burla crítica en un estilo similar al de Goldoni - muy amado por este director-, y al del propio Molière en Las preciosas ridículas. Estampas ricas que contemplamos sobre una formidable escenografía de Raymond y el precioso vestuario de Artiñano.
Se continúa con El almacén de novias y La república de las mujeres, de nuevo en su estilo popular y con la lealtad crítica a sus paisanos. Para el cierre, se ha elegido la más prestigiosa, Manolo, que el autor calificó como Tragedia para reír y sainete para llorar, situándolo en el madrileño barrio de Lavapiés. Lo buscó así Caballero, para hacer una especie del esperpento de Valle-Inclán y del Teatro furioso de Francisco Nieva. En este caso, tanto la interpretación como el singular decorado –entre el realismo, desde la boca del túnel a la taberna de un aguafuerte goyesco-, crean una transformación completa de los anteriores sainetes, siempre con el obedecido texto.
    El espectáculo cuenta con un reparto brillante –no se puede resistir, al menos, citar a David Lorente-, poco abundante en los repartos anteriores. Lo consiguen a pesar de las eternas dificultades del verso, que les lleva a la torpeza, perdidos en los diálogos, según les ha marcado el “asesor de versos”. Hay algunas incorrecciones en los textos femeninos con las que deben luchar las actrices, así como en los momentos cantados: hacen también coplas, típicas o populares, bajo la agradable música del cuarteto clásico,con arreglos muy libres de Alicia Lázaro. Ellas se esfuerzan con locura para sus tonos altos, sus ritmos, y hasta con la calidad de una soprano.
   Ya se indicó que el espectáculo es de una altísima calidad, uno de los mejores montajes de la CNTC.
Enrique Centeno

viernes, 15 de enero de 2010

En La Roca **

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Autor: Ernesto Caballero.Intérpretes: Chema León, Eloy Azorin.
Iluminación: Paco Ariza.
Vestuario: Patricia Hitos.
Escenografía: Nicolás Bueno.
Dirección: Ignacio García.
Teatro: Español, Sala Pequeña. (10.12.2010)

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Produce cierta sorpresa esta nuevo estreno de Ernesto Caballero, En la Roca, cuando en sus importantes obras inventa argumentos y crea personajes inquietantes sobre nuestro entorno. En este texto, trata de imaginar una conversación mantenida por sus dos únicos personajes. Son periodistas británicos destinados a España durante la Guerra Civil, uno para las crónicas del periódico y el otro en emisiones radiofónicas. Existieron realmente –diario Times y emisora BBC- y Caballero los une en una cita en el bar de un hotel de Gibraltar –La Roca-, donde prolongarán durante más de una hora sus pensamientos sobre nuestra guerra.
Vamos conociendo que Kim y Guy trabajan en el lado del levantamiento militar. Son viejos amigos que se reencontrarán entre abrazos y recuerdos en un solitario salón -una atractiva escenografía de Nicolás Bueno-, con sillones y una barra plagada de alcohol. Se pone en marcha la función mediante una previa proyección, con escritos a máquina que teclea Kim. Sus conversaciones se dirigen enseguida hacia la guerra española: un hecho extrañamente salvaje -en Sevilla ha acudido Kim a una corrida de toros- en una España que ya ha sufrido otras guerras internas, citando la de los Carlistas –ocho décadas anteriores-, y ahora con el apoyo de los dictadores fascistas y el nazismo. Y sabremos que ambos pertenecen al espionaje soviético: uno es especialmente marxista, y hay ligeras diferencias entre ellos. Brindan, whisky tras whisky hasta llegar a cierta ebriedad, especialmente Guy: será él quien ofrecerá una pistola y, entre discusiones, le informará que le ha sido encargado el asesinato de Franco. Es sin duda el comienzo de la dramaturgia: la ley contra el asesinato. Es curiosa esa comparación que utiliza Guy recurriendo al bíblico Abraham a quien Dios ordenó matar a su propio hijo. Nos recuerda a la obra Los justos, de Albert Camus, cuyo drama consiste en la duda o la obligación de asesinar al dictador en un atentado que causará también la muerte a otras personas.
Probablemente, nuestro autor quiere que sus personajes sirvan para conocer –o reflexionar- la Guerra Civil. Son queridos diálogos y, afortunadamente, conocidos hoy mucho mejor, admirando a estos dos periodistas que se arriesgaron en la lucha contra el fascismo. Lo que verdaderamente nos atrae en esta función es la fuerza dramática; construcciones formidables, textos ricos y diálogos apasionantes. Bien podríamos compararlo con la maestría de Mamet.
Imposible sería estrenar este texto sin un fuerte cara a cara de dos perfectos actores, y sin una inteligente dirección. Eloy Azorín hace un difícil personaje, ese Guy que debe convencer a su compañero para el intento de ejecutar a Franco, con una pistola caliente entre mano y mano. El actor Chema León, es ese Kim atormentado entre la justicia y el asesinato. Dos choques buscando la unión; escenas de fuerte tensión que interpretan ambos maravillosamente. Ignacio García es también imprescindible para mantener los perfectos ritmos y acciones.
Enrique Centeno

sábado, 4 de julio de 2009

La tortuga de Darwin ***

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Autor: Juan Mayorga.Intérpretes: Carmen Machi, Vicente Díez,
Susana Hernández, Juan Talavera.
Escenografía: José Luis Raymond.
Vestuario: Ikerne Giménez.
Iluminación: Paco Ariza.
Dirección: Ernesto Caballero
Teatro: la Abadía (31.1.2008).
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A La tortuga de Darwin, bien podría añadirse “La verdadera historia de nuestra Historia”. Recorrió el mundo, en el 2006, la noticia de la muerte del más viejo de la Tierra, que causó una profunda tristeza. Se llamaba Harriet, que sobrevivió durante 174 años. Darwin, la primera persona a la que conoció, había fallecido hacía más de un siglo. Al dramaturgo Juan Mayorga, la Historia y la Filosofía le inspiran, frecuentemente, en sus escrituras, como El sueño de Ginebra (1996), Cartas de amor (1999), Himmelweg (2004), Hamelín (2005), o Animales nocturnos (2006). Aquí crea una fantasía, en la que el inteligente caparazón aparece, el último día de su vida, en el despacho de la casa de un historiador. Se le recibe con la displicencia e incomprensión de este sujeto, quien termina por comprender que, efectivamente, se trata de una viejísima tortuga. Le asegura que, gracias a su permanente memoria, podrán corregirse en los libros graves equivocaciones o falsedades sobre los verdaderos hechos de la humanidad.
El encuentro produce un inmediato interés del público, entre el humor y la ironía que introduce Mayorga con las historias y su visión política. El Profesor, tras discusiones, va corrigiendo el manuscrito, como investigador, gracias a los testimonios auténticos de Harriet. Una memoria que desea declarar nuestro galápago antes de morir. Este personaje lo construye Carmen Machi de un modo impresionante; con una ternura en la que la tortuga parece sacar del caparazón su sabiduría, y hasta su corazón amoroso: es una escena final la que produce al público unos instantes de silencio.
La conversación transcurre como un resumen o paseo por los 174 años que vivió la tortuga. Y se van mencionando las guerras, las violencias y los crímenes del hombre. A veces comunica memorias demasiado evidentes que causan cierto cansancio, parecido a una clase en las aulas de los estudiantes. Harriet y el investigador van viajando desde Napoleón, por la fracasada revolución o la guerra civil española (citada en dos ocasiones la masacre del bombardeo de Guernica), o la caída del Muro de Berlín.
Ernesto Caballero dirige muy bien la función, con las limitaciones forzosas y humildes de la escenografía. Y han sido elegidos excelentes actores, con una interpretación excepcional, a quienes ha dirigido en otros montajes. La tortuga, Carmen Machi, es un animal cuya vida solo puede dársela una gigante actriz. Lo es desde hace varios años: cómo no recordarla en este mismo teatro de La Abadía cuando se inauguró -en 1992- bajo la dirección de José Luis Gómez ante Valle-Inclán. Con ella están también formidables Vicente Díez (el Profesor) y el resto: Susana Hernández (la esposa) –Premio Miguel Mihura, en 2007- y Juan Calos Talavera (el Doctor).
El espectáculo -ya hemos indicado que el texto se alarga- se retrasa en la terminación. Precisamente se anuncia el drama final, con minutos que provocan la tristeza, el drama. Tras unos instantes de silencio, el público comienza sus grandes aplausos.
Enrique Centeno

viernes, 19 de junio de 2009

Hedda Gabler *

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Autor: Hernrik Ibsen
Intérpretes: Ana Caleya, Rosa Savoini,
Lino Ferreira, José Luis Alcobendas,

Davis Llorente, Inma Nieto.
Escenografía: José Luis Raymond.
Vestuario: Ikerne Giménez.

Dramaturgia y dirección: Ernesto Caballero.
Producción: Galanthys Teatro.
Teatro: Círculo de Bellas Artes ( 6.7.2007
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Las acotaciones, o descripciones, son las lecturas con las que se inicia esta representación de Hedda Gabler, de Henrik Ibsen (1829-1906). Y, efectivamente, eso nos advierte de que lo contado no se podrá ver.
Estrenada en 1890, volvió el autor noruego a su realismo, a aquel nuevo teatro de duros golpes a las costumbres sociales, especialmente en defensa de la mujer. Causó escándalos, que ya había provocado anteriormente, con el más conocido portazo de una mujer, Nora, protagonista de Casa de muñecas.
Era la crítica de su mundo, y algunos montajes intentan ahora situarse en nuestros días. En esta ocasión, el espectador contempla un escenario blanco, un suelo de tarima, unas puertas ausentes y un espacio abierto, con el escaso mobiliario de sillas convencionales. En la representación que hemos visto, se pierde el testimonio de Ibsen para recordar aquel tiempo, pero que podemos trasladar nosotros mismos. El excelente escritor, Ernesto Caballero, la ha adaptado y dirigido entremezclando épocas, con un bonito vestuario que los personajes pasean por un espacio acrónico. Se minimiza el arrastre de Hedda hacia la tragedia. Este montaje parece un esquema sobre el texto. Se nos escapa la complejidad psicológica de una mujer cobarde, cruel y observadora de un mundo de falsedades. Lo interpreta una actriz a la que no entendemos, en su baja voz y cuyo texto se enfría hasta desaparecer. Todo el reparto –pelea dificilísima- se desconcierta en sus trajes de época, y sus ojos y cuerpos se mueven despistadamente. Como para pasar un examen de actores en esta escena vacía. (No relacionar con la escena vacía, de Peter Brook). Hay incluso pequeñas utilerías, como las pistolas de madera, evitando así las duras escenas de disparos o del suicidio. Espero que un día me lo explique el amigo Caballero. Es posible comprender la obra, pero no introducirse en su tensión.
Versiones de Ibsen en debilidad, originalidad o enterramiento. Es verdad que reconocemos a la víctima –Jorgen, el marido-, a quien le “levanta” la esposa Loborg -el antiguo amigo y amante-, y roba el trabajo de su marido. Es difícil poner en escena esta intensidad entre falsedades, violencias y disparos. No es suficiente, de ningún modo, que nos quieran contar el argumento en voces, cuyos personajes se escapan. En el estreno, se les respetó. Más bien un silencio.
Enrique Centeno

lunes, 22 de diciembre de 2008

La comedia nueva o El café ***

Hace más de dos años, Ernesto Caballero dirigió uno de los mejores montajes de la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC), Sainetes, de Don Ramón de la Cruz. (Este “Don” parece siempre obligado añadirle a este divertido autor). Se le encarga ahora La comedia nueva o El café, de Moratín. Ambos autores son casi contemporáneos, aunque el sainetista todavía continuaba utilizando el teatro en verso, superado en el mismo siglo XVIII: aquellas eran juergas y burlas en las calles madrileñas de donde él era. (Cervantes, mucho antes, sí había hecho sus entremeses en prosa). Caballero sabe, sin duda, que a Leandro Fernández de Moratín no le gustaba mucho la diversión. Se preocupaba, ante todo, de la crítica a la sociedad y a la cultura del desconocimiento o del desprecio hacia el avance; una España reaccionaria ante el nuevo Siglo de las Luces, donde se continúa transformando el teatro a partir del maestro italiano Goldoni: también lo montó muy bien el director.
Aquel teatro de Moratín se ocupaba, didácticamente, de salvar, de superar la ignorancia y el desprecio de los españoles hacia la Europa de los “afrancesados”. Atacaba desde los escenarios las trampas de la aristocracia, los matrimonios obligados – la más conocida, El sí de las niñas, ha sido montada en dos ocasiones en la CNTC- por la ausencia de la libertad o el laicismo, y contra los poetas desastrosos y alejados de la actualidad. Esta función tiene algunos trucos -como en las ironías del anterior Molière-, un procedimiento que incluso ha querido añadir el director al acentuar la crítica, desde La comedia nueva, en una primera escena de la fatal tragedia de La destrucción de Sagunto, escrita por el olvidado Gaspar Zavala y Zamora. Este disparatado dramón gusta mucho en la función, se ríe el público en la representación en un decorado al fondo, donde ocurren tanto los versos como las interpretaciones de actores: la toma por Roma entre muertos, fuegos y héroes. El director ha exagerado, de un modo sarcástico, ese estilo que se discute en los encuentros de ataques en El café, lugar de tertulias adjunto al teatro en el que se está estrenando. Ahí se encuentra el peor poeta, don Eleuterio -Jorge Martín-, y el crítico social, don Pedro –José Luis Esteban-, con referencias al revolucionario Jovellanos.
Ha construido el escenógrafo Raymond, un excelente decorado amplio, neoclásico de columnas, paredes y un techo de vidriera que ilumina el ambiente: la sorpresa es, al final de la obra, esa vidriera. Todos los intérpretes están, sin excepción, en interpretaciones extraordinarias.
Enrique Centeno
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Autor: Leandro Fernández Moratín.
Versión: Ernesto Caballero.
Intérpretes: Vicente Colomar, David Lorente,
Yara Capa, Natalia
Hernández, José Luis Esteban, Carles Moreu, Iñaki Rikarte, Jorge Martín.
Iluminación: Juan Gómez Cornejo.
Vestuario: Javier Artiñano.
Ecenografía: José Luis Raymond.
Dirección: Ernesto Caballero.
Teatro: Pavón (CNTC). (17.12.2008)

La comedia vieja o el café

Muy próximo al teatro de La Comedia, existía hasta hace unos años el Café Dorín. Era un lugar de encuentros de actores, directores y autores, donde se charlaba y se discutía en aquellas tertulias. Hasta algunos intérpretes acudían para comer algo entre funciones. Incluso se concedía cada año, en el salón del fondo, el Premio Dorín. Ese lugar de discusión nos recuerda al recién visto "El Café "de Moratín. No existe hace ya una década. El teatro de La Comedia se cerró poco antes.
El nuevo teatro de la Comedia se había inaugurado en 1875, y a partir de 1986 se dedicó a la comedia vieja, en esta ocasión al imprescindible clásico, La Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC) que creó Adolfo Marsillach. El sueño para conseguir algo similar a lo que existe en los países europeos. Se miraba siempre, con envidia, hacia París con la Comèdie Françoise.
La comedia nueva de Moratín, tan crítico, era, precisamente, el conocimiento de nuestra historia. En este caso, el conocimiento de nuestra historia a través de los grandes autores -como del propio Moratín, elegido hace ya diez años en la CNTC con "El sí de las niñas"-que, frecuentemente, se habían representado pobremente, incluso penosamente.
Nunca sabremos porqué se cerró el teatro de La Comedia –de traspaso-. Se adujo que iba a reformarse, y el CNTC se trasladó al modesto teatro Pavón, un lugar semioculto al principio de la calle de Embajadores. La Comedia se encuentra a cien metros del Español –nacido como Corral-, como centro de las salas Reina Victoria, Calderón o Fígaro. Pero cuando se pasa por el número 15 de la calle Príncipe, sentimos una cierta depresión. En estos prolongados años, nunca vimos un solo operario entrando con ladrillos o baldosas. Hace unos días han puesto un cartel amarillo, con el anagrama del Ministerio de Cultura, que afirma la “rehabilitación”: no tiene escrita su fecha prevista para su terminación, qué curioso. Pensamos, pasando continuamente, y esperando, al menos, su inicio. (A propósito, lo que sí se mantiene en la fachada es la placa de bronce en la que sobre el emblema del yugo y las flechas se celebra, en este teatro, la fundación de Falange Española un 29 de octubre de 1933. (Debe ser una obra de arte).
El teatro se fue de viaje y salió as el café de Dorín. Ya no se encuentran amigos ni nada de nada. Por eso mirábamos el estreno de la función en el feo Pavón, contándonos
"La comedia nueva o El café".
Enrique Centeno

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