Autora: Lillian Hellman.
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| Jeannine Mestre y Nuria Espert |
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| Jeannine Mestre (izq,) y Carman Conesa |
Teatro Crítica
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| Jeannine Mestre y Nuria Espert |
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| Jeannine Mestre (izq,) y Carman Conesa |
Ellos, los del star system, son Amparo Larrañaga, que hace un estimable trabajo, como también Maribel Verdú, algo empequeñecida de presencia en el gran escenario del Albéniz. Frente a un Toni Cantó muy por debajo del nivel general, pobre de expresión, defectuoso de dicción, torpe de movimientos –cuánto daño hace la televisión a muchos de nuestros actores-, está Carmen Bernardos dando su lección de teatro-teatro, como Inge Martín y, en general, un excelente reparto de secundarios.
El mito de Pigmalión, o el del más truculento Frankestein, es retomado aquí por Ernesto Caballero imaginando que la era de la cibernética puede permitir crear un mutante –una mujer, en este caso- al servicio del hombre solitario y simpáticamente insoportable. La mujer esclava, o la mujer objeto, la sublimación de la muñeca hinchable, a la que se puede detener u ordenar con un mando a distancia, y sirve sin duda al autor para hacer una socarrona crítica a la dominación del hombre y al sometimiento de la mujer. Y, sin embargo, un juego dramático ingenioso hace que el robot deje de serlo y se convierta en una nueva Nora (es así, precisamente, como se ha bautizado a esta mujer de pilas), y que, como la protagonista sometida de Casa de muñecas, de Ibsen, sorprenda con varios portazos y abandonos. Caballero ha querido, en todo caso, hacer una comedia amable, de modo que el final de esta atractiva Nora nada tendrá que ver con la de Ibsen.
La comedia, excelente, muestra también influencias en el terreno formal, con un humor que a veces parece sacado directamente de Jardiel Poncela y otras de la comedia crítica de Alonso de Santos: no son malas fuentes, desde luego, sobre todo en manos del autor de este Te quiero, pequeña, que ya ha demostrado sobradamente su talento, y que nunca ha renunciado a encararse com temas que nos conciernen. Sí es nuevo en él –como autor y director, labor que ha compaginado con frecuencia- este tipo de producción cuyo mayor reclamo está, sin duda, en los intérpretes. Hacía muchos años que no veíamos a Maribel Verdú sobre un escenario, y lo cierto es que vuelve a las tablas con esas facultades que no siempre se ven en quienes se dedican únicamente a la televisión o al cine. Con presencia, voz y excelente expresividad, está Verdú espléndida en su doble personaje. Y la acompaña Luis Merlo, que aunque ha adquirido algún tonillo familiar, hace estupendamente su personaje, como es habitual en él. Junto a ellos, una divertidísima cómica, Marisa Pino, que se encarga del desternillamiento a base de dislocar al máximo su alocado personaje, Así como Federico Celada y Aurora Sánchez, que completan un reparto sin fisuras. El público rió mucho durante la representación, premió al final a todos en el remozado Centro Cultural de la Villa. Sin duda hay comedia de éxito para rato.
Se continúa con El almacén de novias y La república de las mujeres, de nuevo en su estilo popular y con la lealtad crítica a sus paisanos. Para el cierre, se ha elegido la más prestigiosa, Manolo, que el autor calificó como Tragedia para reír y sainete para llorar, situándolo en el madrileño barrio de Lavapiés. Lo buscó así Caballero, para hacer una especie del esperpento de Valle-Inclán y del Teatro furioso de Francisco Nieva. En este caso, tanto la interpretación como el singular decorado –entre el realismo, desde la boca del túnel a la taberna de un aguafuerte goyesco-, crean una transformación completa de los anteriores sainetes, siempre con el obedecido texto.
Produce cierta sorpresa esta nuevo estreno de Ernesto Caballero, En la Roca, cuando en sus importantes obras inventa argumentos y crea personajes inquietantes sobre nuestro entorno. En este texto, trata de imaginar una conversación mantenida por sus dos únicos personajes. Son periodistas británicos destinados a España durante la Guerra Civil, uno para las crónicas del periódico y el otro en emisiones radiofónicas. Existieron realmente –diario Times y emisora BBC- y Caballero los une en una cita en el bar de un hotel de Gibraltar –La Roca-, donde prolongarán durante más de una hora sus pensamientos sobre nuestra guerra.
males nocturnos (2006). Aquí crea una fantasía, en la que el inteligente caparazón aparece, el último día de su vida, en el despacho de la casa de un historiador. Se le recibe con la displicencia e incomprensión de este sujeto, quien termina por comprender que, efectivamente, se trata de una viejísima tortuga. Le asegura que, gracias a su permanente memoria, podrán corregirse en los libros graves equivocaciones o falsedades sobre los verdaderos hechos de la humanidad.
Las acotaciones, o descripciones, son las lecturas con las que se inicia esta representación de Hedda Gabler, de Henrik Ibsen (1829-1906). Y, efectivamente, eso nos advierte de que lo contado no se podrá ver.
Hace más de dos años, Ernesto Caballero dirigió uno de los mejores montajes de la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC), Sainetes, de Don Ramón de la Cruz. (Este “Don” parece siempre obligado añadirle a este divertido autor). Se le encarga ahora La comedia nueva o El café, de Moratín. Ambos autores son casi contemporáneos, aunque el sainetista todavía continuaba utilizando el teatro en verso, superado en el mismo siglo XVIII: aquellas eran juergas y burlas en las calles madrileñas de donde él era. (Cervantes, mucho antes, sí había hecho sus entremeses en prosa). Caballero sabe, sin duda, que a Leandro Fernández de Moratín no le gustaba mucho la diversión. Se preocupaba, ante todo, de la crítica a la sociedad y a la cultura del desconocimiento o del desprecio hacia el avance; una España reaccionaria ante el nuevo Siglo de las Luces, donde se continúa transformando el teatro a partir del maestro italiano Goldoni: también lo montó muy bien el director.
Aquel teatro de Moratín se ocupaba, didácticamente, de salvar, de superar la ignorancia y el desprecio de los españoles hacia la Europa de los “afrancesados”. Atacaba desde los escenarios las trampas de la aristocracia, los matrimonios obligados – la más conocida, El sí de las niñas, ha sido montada en dos ocasiones en la CNTC- por la ausencia de la libertad o el laicismo, y contra los poetas desastrosos y alejados de la actualidad. Esta función tiene algunos trucos -como en las ironías del anterior Molière-, un procedimiento que incluso ha querido añadir el director al acentuar la crítica, desde La comedia nueva, en una primera escena de la fatal tragedia de La destrucción de Sagunto, escrita por el olvidado Gaspar Zavala y Zamora. Este disparatado dramón gusta mucho en la función, se ríe el público en la representación en un decorado al fondo, donde ocurren tanto los versos como las interpretaciones de actores: la toma por Roma entre muertos, fuegos y héroes. El director ha exagerado, de un modo sarcástico, ese estilo que se discute en los encuentros de ataques en El café, lugar de tertulias adjunto al teatro en el que se está estrenando. Ahí se encuentra el peor poeta, don Eleuterio -Jorge Martín-, y el crítico social, don Pedro –José Luis Esteban-, con referencias al revolucionario Jovellanos.
Ha construido el escenógrafo Raymond, un excelente decorado amplio, neoclásico de columnas, paredes y un techo de vidriera que ilumina el ambiente: la sorpresa es, al final de la obra, esa vidriera. Todos los intérpretes están, sin excepción, en interpretaciones extraordinarias.
Enrique Centeno
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Autor: Leandro Fernández Moratín.
Versión: Ernesto Caballero.
Intérpretes: Vicente Colomar, David Lorente,
Yara Capa, Natalia Hernández, José Luis Esteban, Carles Moreu, Iñaki Rikarte, Jorge Martín.
Iluminación: Juan Gómez Cornejo.
Vestuario: Javier Artiñano.
Ecenografía: José Luis Raymond.
Dirección: Ernesto Caballero.
Teatro: Pavón (CNTC). (17.12.2008)
La comedia nueva de Moratín, tan crítico, era, precisamente, el conocimiento de nuestra historia. En este caso, el conocimiento de nuestra historia a través de los grandes autores -como delLa comedia vieja o el café
Muy próximo al teatro de La Comedia, existía hasta hace unos años el Café Dorín. Era un lugar de encuentros de actores, directores y autores, donde se charlaba y se discutía en aquellas tertulias. Hasta algunos intérpretes acudían para comer algo entre funciones. Incluso se concedía cada año, en el salón del fondo, el Premio Dorín. Ese lugar de discusión nos recuerda al recién visto "El Café "de Moratín. No existe hace ya una década. El teatro de La Comedia se cerró poco antes.
El nuevo teatro de la Comedia se había inaugurado en 1875, y a partir de 1986 se dedicó a la comedia vieja, en esta ocasión al imprescindible clásico, La Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC) que creó Adolfo Marsillach. El sueño para conseguir algo similar a lo que existe en los países europeos. Se miraba siempre, con envidia, hacia París con la Comèdie Françoise.
propio Moratín, elegido hace ya diez años en la CNTC con "El sí de las niñas"-que, frecuentemente, se habían representado pobremente, incluso penosamente.