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Autor: Sófocles. (Traducción al francés de Daniel
Loayza, pasada al español por Eduardo Mendoza).Intérpretes: Eusebio Poncela, Pedro Casablanc, Miguel Palenzuela,
Rosa Novell, Luis Hostalot, Laia Marull, Noelia Benítez, Fernando
Sansegundo, Críspulo Cabezas.
Escenografía y vestuario: Jean-Pierre Vergier.
Dirección: Georges Lavaudant.
Teatro : El Matadero. Madrid (28.5.2009)
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Esta trilogía se desarrolla en un espacio en cuyo centro se ha instalado una tarima que se utiliza, en ocasiones, para los actores. Pero, sobre todo, para proyectar en su pantalla –una sábana blanca que sube y baja- imágenes grabadas, fotografías o tomas de
video con primeros planos de los personajes.
Unas sillas tapizadas y vacías se sitúan ante el supuesto ara donde se dirige al pueblo -ausente- el sagrado Sacerdote. Es el sermón donde se inicia la trilogía con
Edipo Rey. En otra pantalla fija, en la esquina del fondo, vemos imágenes actuales: la guerra y sus cadáveres en calles
centroeuropeas que representan el dolor de los enfrentamientos de
Atenas y
Tebas. Hay también, en un primer término lateral, un extraño instrumento parecido a un viejo proyector de cine. Nos hace pensar –no lo garantizo- en la Esfinge mítica del enigma. No se cita el famoso acertijo, “se mueve a cuatro patas por la mañana, camina erguido a mediodía y utiliza tres pies al atardecer”. Lo adivinó
Edipo, y desaparecido el monstruo, alcanzó su gloria. Queríamos oírlo, pero no pudimos.
En todo momento escuchábamos al poeta
Sófocles, maravillosamente traducido por Eduardo
Mendoza, sobre la versión y traducción francesa del griego por
Daniel Loayza. Dura la función menos de tres horas –sin descanso-, claramente insuficientes para las historias de la trilogía que se anunciaban:
Edipo rey,
Edipo Colono y
Antígona. Es todo demasiado entremezclado, pero considera el director que los tres títulos se corten por aquí o por allá, que se adivinen las acciones y que desaparezca el Coro, su
Deus ex machina: tal vez piensa que ya todo el mundo lo

conoce. Pero la incomprensión desconcertaba a todos, aunque se escuchaba con placer. Hubo bastantes que se cansaron y abandonaron el teatro (otros se quejaron de que huyeran: ya sabemos que esa significación de rechazo es legal, aunque muchos desconocen y creen que es una falta de “educación”).
Es un magnífico reparto lo que salva este espectáculo. Obedecen las órdenes de permanecer con escasas expresiones corporales, aproximaciones, limitaciones con brazos caídos, pero son actores capaces de crear y mantener las tensiones. A Eusebio
Poncela –
Edipo- hacía mucho tiempo que no le veíamos en el teatro, y nos permite comprobar su talento y su capacidad para crear este personaje. De Miguel
Palenzuela –en
Tiresias- sí sabíamos que nos iba a hacer gozar, un
veteranísimo actor que conoce muy bien el teatro clásico, con una voz rica y fuerte. También lo es Pedro
Casablanc, que ha tenido estupendos directores, en un largo diálogo genial de
Creonte con
Edipo. La madre víctima ,
Yocasta, con la siempre admirable actriz Rosa
Novell. El rey
Teseo lo clava Fernando
Sansegundo, también conocedor del clásico. Y sigue la lista:
Laia Marull, en la ternura de
Antígona –no olvidemos a esta catalana en su sentimental obra
Nina, en el Teatro Español-; a quien acompaña con fijeza su hermana,
Ismene, (
Noelia Benítez). Siempre estupendo, Luis
Hostalot , aquí Mensajero y, finalmente,
Críspulo Cabezas en dos de sus personajes.
Este enorme reparto lucha con entusiasmo con un equipo de bomberos para apagar el incendio de la puesta en escena.
Enrique Centeno