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martes, 18 de octubre de 2011

Tot esperant Godot

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Autor: Samuel Beckett.
Versión catalana de Joan Oliver.
Intérpretes: Eduard Fernández, Anna Lizaran,
Roger Coma, Francesc Orella, Marc Carreras/
Bernart Parellada/ Joel Roldán.
Escenografía: Frederic Amat.
Dirección: Lluís Pasqual. (Teatre Lliure).
Teatro: La Abadía. (27.10.1999)
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Ya no quedan zanahorias

Me cuenta un prestigioso veterano de la crítica, que cierto colega, hace ya tiempo, con motivo de una puesta en escena de Esperando a Godot reprodujo la crítica que había hecho veinte años antes sobre esta obra. La anécdota es más larga, pero pensábamos en ella al terminar esta representación de uno de los títulos cumbres del teatro contemporáneo, porque se trata de un texto cuya lectura o visión –tantas, ya- produce cada vez nuevas sensaciones, descubrimientos o reflexiones. Este mismo montaje de Lluís Pasqual, que ya tuvimos ocasión de ver en Lisboa, hace unos meses, suscita ahora, en teatro de La Abadía, impresiones distintas. Y es seguro que habrá habido tantas como espectadores.
  
Fotografías: Albert Fortuny
A Vladimir, ese mito contemporáneo, se le han acabado las zanahorias, que son la golosina preferida de Estragón, el cual sueña con el Mar Muerto que vio pintado en una edición de la Biblia, con sus costas azules. Y el tirano Pozzo, simpático, triunfador y dicharachero, aparece en la segunda parte ciego, debilitado, al borde de la destrucción pero sin renunciar a su explotado, casi una piltrafa andante que le conduce por el detritus urbano que ha ideado el genio del escenógrafo Frederic Amat. Y es que el plantón más grande del teatro del siglo XX, ése que perpetró el enigmático Godot, hoy es ya tan conocido, que importan más las diferentes caras de este poliedro, que el hecho sabido de que, en efecto, jamás un Godot acudirá a salvarnos. Y el asombro continúa produciéndose porque, bajo esa capa del supuesto absurdo, y sobre la socarronería de esos dos payasos que son Vladimir y Estragón, se van desgranando reflexiones de una dimensión estremecedora.
    Lo ha mimado todo Lluís Pasqual sin dejar escapar el gran tesoro que esconde cada línea del texto. En un montaje de excepcional limpieza, donde todos los intérpretes juegan sin más recursos que la sabiduría, sin más apoyos que una aparente simplicidad en las luces, en la escenografía –que además no se aprecia en esta pequeña sala de La Abadía-, en los maquillajes, el los sutiles juegos escénicos. Y el texto crece en las voces de la portentosa Anna Lizaran, un prodigio de actriz, o en su compañero Eduard Fernández, también magnífico, así como Francesc Orella, una inolvidable creación del personaje de Pozzo.
   Tot esperant Godot –con sobretítulos en castellano- se vio la noche del estreno casi con un recogimiento ceremonioso, por el título y por quien lo ponía en escena. Y allí nos vimos de nuevo todos reflejados, y de nuevo el teatro nos devolvía su función esencial y volvía a mostrar su superioridad frente a cualquier otro arte de consumo. “Dile a Godot que estamos aquí”, le suplica Vladimir al mensajero del personaje que nunca llega. Y algo parecido querían decir los espectadores, entre aplausos y ovaciones, en esa ceremonia de solidaridad y reflexión a la que convoca este espectáculo.
Enrique Centeno

sábado, 9 de octubre de 2010

La tempestad **

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Autor: William Shakespeare.

Traducción: Patricia Zángaro.
Versión y dirección: Lluís Pasqual.
Intérpretes: Francesc Orella, Helio Pedregal, Iván Hermes,
Lander Iglesias, Joseba Apaolaza, Antonio Ruperez, Rebeca Valls,
Alberto Berzal, Pablo Viar, Javier Ruiz, Aitor Mazo, Jorge Santos,
Jesús Castejón, Eduardo Fernández, David Pinilla, Pablo Viar,
Alberto Iglesias, Luis Rallo, Anna Lizaran.
Escenografía: Paco Azorín.
Vestuario: Isidre Prunés, César Olivar.
Teatro: Español. (3.6.2006)
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En una programación alternativa, el director Lluís Pasqual ofrece La tempestad y Hamlet representadas ambas los sábados. El hecho nos sorprende, pensando en aquel viejo y sacrificado teatro de giras, aquel que no llevaba ni decorados, sino apenas telones pintados. Recordamos ahora –sin relación directa- tres obras de Las comedias bárbaras presentadas en el Centro Dramático Nacional (teatro María Guerrero, 1991) por José Carlos Plaza, los sábados -nueve horas, todo el conjunto-. Apuestas y riesgos ya olvidados; Adolfo Marsillach lo hizo en la Compañía del Clásico ofreciendo dos títulos diferentes, eso sí, cada dos semanas.
    Quizá, en esta compañía esto pueda explicar una cierta similitud de los elementos escenográficos –lo resuelve el mismo Paco Azorín- en el que Pasqual dirige un reparto estupendo en La tempestad, como ocurre igualmente en su Hamlet, con buenos actores tanto los protagonistas como los secundarios, compensando en general la insuficiente creación, tanto en Próspero (por qué callar tanto), como de Eduard Fernández en Hamlet y Francesc Orella en La tempestad.
Los numerosos espectadores hicieron pellas en el estreno tras haber visto el día antes a la compañía. Mejor hubiera sido ir primero a La tempestad, aun con el mal gusto de la isla fantástica de Shakespeare montada con palés. Aunque por la vivencia de los personajes, el espectáculo se sigue con placer pero sin brillantez.
Enrique Centeno

viernes, 2 de abril de 2010

Escenas de un matrimonio ** Sarabanda *

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Autor: Ingmar Bergman.
Traducción: Carolina Moreno Tena.
Intérpretes: Francesc Orella, Mónica López, Miquel Cors, Marta Angelat, Aina Clotet.
Escenografía: Max Glaenzel.
Vestuario: Antonio Belart.
Dirección: Marta Angelat.
Teatro: Español. (25.3.2010)
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Las Escenas de un matrimonio pertenecen al argumento cerrado hace cuarenta y tantos años. Sus “buenos días”, el beso matinal con las asiduas sonrisas cariñosas de la pareja, su marcha hacia el trabajo del marido y la permanencia de la esposa para ocuparse de la casa. Tan educados y atentos. Fuerza Bergman la despedida en una interminable conversación que nos permite entender la monotonía y el fracaso. Decía el marido, en otro momento, que el matrimonio debería de acordarse o hacer un contrato, para obligarse, únicamente, a cinco años de matrimonio. Es el anuncio de Johan, que querrá romper la relación, y Marianne intentará mantener su convivencia utilizando su atracción.
Lo interpreta Francesc Orella, bien conocido por su sabiduría en numerosas obras, rico en expresión y con su extraordinaria voz. Sin embargo, utiliza aquí un tono y ritmo de párrafos con una cierta falsedad, una perfecta exageración que nos hace recordar a los superados actores de doblaje, como si lo hubiera elegido así. A la actriz Mónica López, la vemos también frecuentemente –a menudo en catalán y en versión castellana cuando representa en Madrid, como su compañero- y, como siempre, abraza a sus personajes, sea en tragedias o en comedias. En estas Escenas de un matrimonio, camina por encima del decorado y muestra con intención su atracción; sonrisas, movimientos y andares que persiguen la seducción al marido; fracasando su intento al hacer el amor. Si no agradeciéramos su interpretación, como también la del actor, la función se arrojaría al patio. Hace unos años se montó esta obra con el importante reparto de Magüi Mira y José Luis Pellicena (Teatro Lara, Madrid, 3.8.2000), y esta comedia de Bergman resultó igualmente inútil o sin sentido. Personalmente, hubiéramos preferido escuchar estas conversaciones a través de nuestras paredes finas, para poder subir nuestra música y no oirlas, carentes de interés para mí. Aunque tal vez sí para la vecina del 5º, atenta a las noticias de una joven amante de Johan. En la tercera escena, regresan a casa tras acudir al teatro: el marido comenta la función de Ibsen, que no le gustó o le parecía una obra vieja. Suponemos que, naturalmente, el sueco Ingmar Bergman (1822-1906) recurrió al noruego (1818-2007), a quien criticó, con el escándalo, el dominio sobre la mujer en el matrimonio en su Casa de muñecas, obra cumbre del teatro social del siglo XIX. En el final de regresan juntos a casa tras acudir al teatro: el marido comenta la función de Ibsen, que no le gustó o le parecía una obra vieja. Suponemos que, naturalmente, el sueco Ingmar Bergman (1822-1906) recurrió al noruego (1818-2007), a quien criticó, con el escándalo, el dominio sobre la mujer en el matrimonio en su Casa de muñecas, obra cumbre del teatro social del siglo XIX. En el final de esta función, el vencido Johan intentará forzar a Marianne para el regreso, cayendo en la violencia, entre el alcohol e incluso el  maltrato físico; se defenderá la mujer y buscará la puerta de  salida hacia la liberación: Henrik Ibsen ya había hecho histórica su conclusión con “el portazo de Nina”, un esta función, el vencido Johan intentará forzar a Marianne para el regreso, cayendo en la violencia, entre el alcohol e incluso el maltrato físico; se defenderá la mujer y buscará la puerta de salida hacia la liberación: Henrik Ibsen ya había hecho histórica su conclusión con “el portazo de Nina”, un siglo antes que la de Bergman. Es la escena que, tal vez por venganza, nos encantó.

regresan juntos a casa tras acudir al teatro: el marido comenta la función de Ibsen, que no le gustó o le parecía una obra vieja. Suponemos que, naturalmente, el sueco Ingmar Bergman (1822-1906) recurrió al noruego (1818-2007), a quien criticó, con el escándalo, el dominio sobre la mujer en el matrimonio en su Casa de muñecas, obra cumbre del teatro social del siglo XIX. En el final de esta función, el vencido Johan intentará forzar a Marianne para el regreso, cayendo en la violencia, entre el alcohol e incluso el  maltrato físico; se defenderá la mujer y buscará la puerta de  salida hacia la liberación: Henrik Ibsen ya había hecho histórica su conclusión con “el portazo de Nina”, un
arabanda es una segunda parte de la obra anterior y se representa en el mismo espectáculo, de tres horas y media, en cuyo intermedio se marchó parte del público. La directora, Marta Angelat, presenta la historia que viene, explicando la situación y la colección de los personajes: en la isla de Sarabanda se ha aislado aquel Johan -lo hace distinto actor, Miquel Cors-, ya en la vejez, donde se encuentra el hijo -interpretado por Francesc Orella, Johan en la primera parte-, que tuvo con otra esposa, y su nieta, con repetidas referencias a su madre Anna, fallecida dos años antes. Por eso no nos extraña que se nos aclare el censo.
Una generación pondrá en marcha el argumento cuando llega allí, inesperadamente, la antigua mujer, Marianne, sin que se hubieran visto desde hacía cerca de treinta años, y que se ha interesado por esta casta. Se odian el padre y el hijo, anda perdida la nieta, último eslabón del entrelazado, cuya juventud es lo que más nos interesa, y que interpreta formidablemente Aina Clotet. Mantiene la inteligente Marianne diversas conversaciones con el grupo, consiguiendo, tal como quería, saber qué ocurre allí. La obra carece de encuentros: diálogos de dos en dos, sin que aparezcan juntos, como si nunca se encontraran en esta isla. Es un mundo cerrado, ajeno a la existencia y a la sociedad, lo que le interesa al autor: ya ocurrió en Escenas de un matrimonio, cuyas ventanas están cerradas al sol, a la sombra de su biografía. Nos volvemos a cansar, y nos unimos a aquella mujer que, tras rebelarse de su marido, ha ido liberándose –lo hace en este caso la propia directora, Marta Angelat- con ricos textos. El drama triste, entre fracasos y choques indica el final de una generación. Y escuchamos otra vez, como al inicio, un discurso larguísimo. Toda la representación carece de construcción, y es evidente que la directora desea que se mantenga lo más posible, que mastiquen las frases, que pueda embelesar. Por fin nos dio, ante el telón, su Ite, missa est.
Enrique Centeno

domingo, 26 de julio de 2009

Macbeth Lady Macbeth ***

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Autor: William Shakespeare.
Versión: C. Alfaro.
Intérprete: Francesc Orella, Adriana Ozores, Víctor Valverde,
Vicenta Ndongo, Carlos Heredia, Andrés Heredia, Jorge Suquet
David de Gea, Iván Gisbert.
Vestuario: María Araujo.
Dirección, escenografía e iluminación: Carles Alfaro.
Teatro: El Matadero, del Teatro Españo. (5.6.2008
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Hacía tiempo que no habíamos visto a Shakespeare: lo que sí contemplábamos, continuamente, eran imitaciones, resúmenes, atrevimientos de humildes equipos, o pobres presuntuosos, falsos talentos que destrozan al vate inglés. Esta vez sí nos encontraremos ante una de las grandes tragedias, Macbeth, sobre la envidia, la corrupción y los crímenes políticos.
Al comenzar el espectáculo se entremezcla el realismo con la fantasía. Quizá, esto último es lo que más asombra en esta historia de corrupción y traición de los poderes. Un campo frente al bosque Warman, oculto en una selva de misterio, y un pantano del que exhala nieblas humosas entre negras luces, en los que los personajes van acercándonos a Cawdor tras el triunfo de la guerra. Avanzan entre las aguas, van apareciendo misteriosos personajes, el rey Duncam con su hijo, los generales –el fiel Banco- y el esperado Macbeth: se han escuchado antes, en off, los verdaderos fantasmas de las Brujas, que previenen la tragedia. Sus botas, sus trajes de cuero, las cotas defensivas y los rostros cortados, forman el realismo medieval; apenas unas pistolas de hoy, en las cinturas, permiten que recordemos que Shakespeare es siempre intemporal en nuestra ucronía.
Se van aproximando al castillo –el espacio escénico de El Matadero de Las Naves, del Teatro Español es inmenso- donde la ambición y las traiciones se desarrollarán en la torre. Las aguas del río –se utiliza en el montaje- se enrojecerán con las manos de la provocadora Lady que empujó a Macbeth hacia el asesinato, y “podridos quedan al aire” sosteniendo los puñales y las manos de sangre manchadas. La pareja Macbeth -el título lo ha cambiado su director en el palíndromo Macbeth Lady Macbeth- hace una escena impresionantemente interpretada por Adriana Ozores y Francesc Orella, fuertes, vivos y muertos sin alcanzar el deseado sueño. No hay freno alguno en la tragedia de Shakespeare, y así se representa sensacionalmente.
Siempre estamos esperando que llegue a nuestros teatros el director valenciano Carles Alfaro, que se ocupa también de la versión, la escenografía y la iluminación. Todo formidable. Le vimos por primera vez hace casi quince años, y desde entonces más de diez veces con Ionesco, Pinter, Büchner o Javier Tomeo, con él mismo y otros españoles. Se cuida también de la dirección de actores, que escoge muy bien y a quien hace sentir seguros. Este Macbeth es un gran actor, Frances Orella, al que hemos visto ya en otro Shakespeare, La tempestad, o con Beckett. En ambos casos con la dirección nada menos que de Lluís Pasqual, así como en Tennessee Williams con Mario Gas. Crece la tensión en la claridad de su transformación y con sus voces potentes. Tras unos años reaparece Adriana Ozores, cabeza de reparto con los clásicos que dirigió Marsillach en Lope, Calderón o Rojas. Ya era hora, tras el cine o la triste televisión de serie. Supongo que será más rentable. Asombró y se ganó su lugar entre las grandes actrices de nuestro tiempo. Podría ampliar la lista del reparto, pero es imprescindible informar de que todo él es de enorme calidad. Calientes las manos, no terminábamos de aplaudir y agradecer el singular espectáculo.
Enrique Centeno