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sábado, 11 de julio de 2009

Steak tartare **

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Autor: Carlos Be.
Intérpretes: Arturo Bernal, Juan Gómez,
Guadalupe Marcote, Itziar Ortega.
Espacio escénico: Luis Castilla.
Dirección: Adolfo Simón.
Teatro: Sala Tis. (8.7.2009)

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Llegamos a tocar a los actores. Es su domicilio, una amplia sala –esta función se monta en el vestíbulo del teatro Tis –, en la que nos sentamos – una veintena de amigos-, unos en butacas y otros sobre cojines. Nos recuerda el nacimiento, en Nueva York, del teatro de casa, inventado a comienzo de los años ochenta, donde se hacían representaciones. Nos recibieron afectuosamente, casi uno a uno, los cuatro intérpretes. También lo relacionamos con el inicio de la ya prestigiosa sala Cuarta Pared: era el año 1987, efectivamente como una casa, donde muy poquitos podíamos ver los montajes sobre autores naturalistas -sobre todo Chéjov-. Y así se denominó el proyecto de aquella compañía. Recordemos que fue André Antoine (XIX-XX) quien determinó la “cuarta pared”, una supuesta interioridad que permitiera a los actores llegar hasta el olvido del público. Fue también el mito religioso de Stanislavski. La sala Cuarta Pared pudo salir de esas iglesias.
Todo lo que comentamos tiene mucha relación con este estreno de Steak tartare, del interesante autor Carlos Be. Se interpretan al principio a los propios actores; crean después personajes fantásticos, con ruptura entre las varias escenas, entre argumentos y descansos. Nadie lo había utilizado antes de Brecht. No deberían pensar que esta llamativa función teatral no la pueden bautizar con el apellido de transformación, como se escribe en sus notas.
En un rincón, en el suelo, apoya sobre sus piernas un portátil un supuesto autor, que nos cuenta los problemas para encontrar argumentos. Y confiesa –o nos engaña- que se ha basado en la cruel realidad, y que lo demás no es teatro. Afirma haber descubierto que el adorado Peter Pan, del cuento, en realidad, lo había tomado su autor –Barrie- de un hombre que no quería crecer, sino de un tipo bajito, feo, infeliz, que terminó suicidándose. Tome nota: avisan de que lo que vienen ahora son escenas duras, violentas, enamoramiento de la crueldad. El Caín asesino –el hecho auténtico de un hermano actual-; la zoofilia de un personaje con una cabra; el crimen de un bebé –fueron dos, en la realidad- en la bañera. Una vieja cuna, con un imitado bebé, ocupa el centro de la sala durante toda la función, llenándola de agua, convirtiéndola en una bañera, para ahogarle en una psicopatía maternal. Lo hace impresionantemente la actriz. Hay varias escenas más, interrumpidas a veces con el acercamiento de los actores rompiendo las escenas como para frenar el momento.
Es un procedimiento de brutalidad, con ausencia de análisis o explicaciones sociales. Es indudable que se intenta conseguir un escándalo, aunque a quienes estábamos allí no nos hizo temblar –un estilo ya conocido por el destacado dinamitero Rodrigo García-. Sí escuchábamos una escritura rica, una poética con acciones de construcción perfecta.
Lo pone en escena Adolfo Simón, un buen director –también escribe-, muy variable, desde hace veinte años, con dramaturgos como Francisco Nieva o Juan Mayorga, y que consigue un magnífico montaje de esta difícil Steak tartare. Es también un trabajo estupendo el del reparto: Arturo Bernal, Juan Gómez, Guadalupe Marcote e Itziar Ortega, en grandes tensiones, burlas y tragedias. No los conocíamos, y los admiramos.
Enrique Centeno

viernes, 21 de noviembre de 2008

Todos los que quedan **


Una historia, una investigación sobre la memoria y la búsqueda. Es una mujer empeñada en encontrar a su padre. Es una larga búsqueda sobre la desconocida muerte de su padre. Pasa por la Guerra Civil y la posterior Guerra Mundial. Lo que encuentra es a un personaje, Juan Cerrada, cuyo nombre ha robado, oculto en un lugar perdido. Fue doloroso, lo mismo de un lado como del otro en España, con detenciones por los alemanes. No quiere hablar de todo aquello, tras el sufrimiento en el campo de Mauthausen.
A las preguntas de Ana, este curioso personaje va soltando, cada vez con más interés, pero seco, con bronca voz, lo recuerdos de su compañero: torturas, miseria y contemplación continua de unas chimeneas de incineración de los presos. La función causa la diversidad de aquellos hombres a quienes les tocó en uno y en otro lado. Se cuenta esta historia casi sin respiración, como en un cuento fantasma relatado por un profesional contador. Pero no es así, porque este personaje lo relata sin trucos, inmóvil en su silla de ruedas, a la que ni siquiera hace cambiar de lugar. Ella tampoco le rodea, sino que permanece casi como una estatua que escucha y recoge su testimonio en un magnetófono. Hay solo, alrededor, la imagen silenciosa del buscado familiar con su ropa a rayas, detenido y encerrado entre los alambres de púas.
No es fácil la interpretación con su inmovilidad: un riesgo, una apuesta cuerpo a cuerpo de los dos. Lo hacen muy bien, la buscadora -Pepa Durán-, y el encontrado -Angel Savín-. El buen director, Adolfo Simón, les desafía en su seco montaje, les obliga a un único diálogo. Le hubiera resultado más fácil crear movimientos, acciones, gestos, gritos y luces entre sombras. Lo consigue con sencillez. Es evidente que este pequeño teatro, sin tamaño, sin fondo, sin laterales, es una caja de cerillas. Hay una carretilla en la que se amontonan cadáveres del combate o del campo de exterminación. Lo han representado a pesar de contar con una simple cámara y la imposibilidad de aislar al recordado fantasma del preso.
A Raúl le interesa la historia teatral, más o menos imaginaria. Las batallas las escribió en Los malditos, y el propio Mauthausen en su otro estreno, Los engranajes. Es un magnífico escritor de su generación teatral actual.
Enrique Centeno
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Autor: Raúl Hernández Garrido.
Intérpretes: Pepa Durá, David Rubio, Ángel Savín.
Dirección: Adolfo Simón.
Teatro: Fernán Gómez (C.C. Villa) (19.11.2008)
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