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lunes, 13 de febrero de 2012

La huella ***

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Autor: Anthony Shaffer. 
Versión de Juan José Arteche. 
Intérpretes: Agustín González, Andoni Ferreño. 
Escenografía y vestuario: José Luis Raymond. 
Dirección: Ricard Reguant. 
Teatro: Arlequín. (21.10.1999)
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Dos actores de dos tiempos

Margarita es el personaje femenino de La huella que no llega a aparecer en escena, y de la que el joven Milo (Andoni Ferreño) hace casi una petición de mano a su marido, el viejo y astuto Andrew (Agustín González). A la curiosa situación, se une también un segundo guiño del autor, porque sabemos que la tal Margarita es más bien ambiciosa, más bien tacaña materialista, y como tirando a inútil. De todos modos, el esposo no acepta la situación: primero, porque es de su propiedad;  y luego, cuando conoce al joven aspirante, porque piensa, en un sorprendente giro –la obra está llena de ellos-, que ella no le merece.
    La huella es quizá el más famoso clásico del teatro de suspense (fue también llevado al cine con mucho éxito) con un texto al que, en efecto, no le faltan méritos. Al engañoso e intrigante enredo se une un indudable ingenio en la construcción de diálogos y, sobre todo, en la creación de dos personajes perfectamente retratados. Y que ponen en juego sus embustes alternativamente, en una peligrosa partida cuyo desenlace se sabe que será forzosamente dramático. Se trata de un teatro que busca lo verosímil, y por eso lo ha dirigido Ricard Reguant con un fiel naturalismo, donde incluso no evita efectos especiales realistas, y para cuyo montaje ha contado con una escenografía magnífica de Raymond, de tanto verismo como buen gusto.
    Ya se comprenderá que el espectáculo es un duelo entre dos hombres: dos personajes o dos actores, como se prefiera. Porque en esta ocasión la pugna, además de la que el texto brinda, consiste en enfrentar dos formas muy diferentes de interpretación. Por un lado, al gran Agustín González, veterano conocedor de todos los tics interpretativos imaginables, de todos los recursos de mejor y de peor estilo, de un sinfín de apoyaturas, dentro de las cuales termina por salir el texto original, que a él parece importarle menos que su lucimiento personal. En el polo opuesto, Ferreño intenta defender el texto que se le ha servido, y construir su personaje partiendo de lo que dice y de lo que hace, sin ensuciarlo, sin apoyarse en sus naturales modos, para volcarse en ese joven Milo. Este contraste entre la búsqueda de la eficacia y el trabajo actoral, constituye también un curioso ejercicio de estilo que gustará al buen aficionado.
    Al escribir esta nota crítica, hemos hecho hoy la correspondiente ficha en la que figura un nuevo espacio para el teatro en Madrid. El viejo Arlequín, cerrado hace dos décadas y convertido después en cine, reabre sus puertas para lo que fue su función original. Remozado, modernizado y agradable, con buena acústica e instalaciones confortables, tenía motivos el productor, Enrique Cornejo, para mostrarse satisfecho. En la noche de su recuperación habló antes de la función desde el escenario; entre sus esperanzas e ilusiones, en las que ha invertido un gran esfuerzo, se dirigió a las autoridades culturales presentes, pidiendo el eterno apoyo que el teatro necesita de las instituciones, como bien cultural imprescindible de mantener. Todos nos unimos a esa petición y a ese deseo, que reiteramos ahora desde aquí, junto con la felicitación al productor.
Enrique Centeno

lunes, 23 de enero de 2012

En la vida todo es verdad y todo mentira **

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Autor: Calderón de la Barca.
Versión: Ernesto Caballero.
Intérpretes: Carmen del Valle, Ramón Barea, Karina Grantivá, 
José Luis Esteban, Iñaki Rikarte, Jorge Machín, Paco Ochoa, 
Jorge Basanta, Jesús Barranco, Miranda Gas, Sandra Arpa, Diana Bernedo, 
Marta Aledo, Georgina de Yebra, Borja Luna, Paco Déniz.
Dirección musical y arreglos: Vanesa Martínez.
Escenografía: José Luisaymond.
Iluminación: Paco Ariza.
Dirección: Ernesto Caballero.
Teatro: Pavón (CNTC). (19.1.2012). CNTC
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Política y fantasía
 De Calderón, entre sus más de cien dramas, se ha querido estrenar este En la vida todo es verdad y todo  mentira. Tiene una complejidad de tema y de contenido: político, filosófico, mitología o fantasías. Y encontraremos una relación con las tragedias que Shakespeare -salvando la distancia- trató como testimonios históricos de su país. Es quizá uno de los motivos que ha conducido al director  Ernesto Caballero.
    En realidad, lo que más nos ha satisfecho de este montaje es el arte escénico -suerte de que ya se haya cambiado la dirección de la Compañía  Nacional de Teatro Clásico (CNTC)-, porque el olvidado título –como tantos otros- se ha quedado en tercer lugar. El mayor valor del teatro áureo es la construcción –a partir de Lope- y, sobre todo, las maravillosas versificaciones. En esta obra no existe esa gran calidad y riqueza; carece de esos juegos poéticos, los atractivos diálogos estróficos o el ritmo vital de sus textos.
    En su propia versión, Caballero ha ido trasladando las Jornadas a diferentes tiempos. Esto hace salvar la pesada y difícil explicación de esta historia que inventó Calderón. Pasa de la  antigüedad –hasta con personajes en faldas de kimono-, a los cañones de guerra y a una plástica luminosa del XIX.
Quien da calidad e interés a este montaje no es la formación  de nuestro mejor Barroco, sino el buen reparto, la escenografía y la inteligente dirección.
El emperador de Constantinopla, Focas, tirano y asesino, quiso viajar a una isla siciliana para  buscar a un arrojado y desparecido hijo. Y allí se encontrará  con dos jóvenes,  sin que pueda adivinar cuál de ellos es su  descendiente. El actor Ramón Barea compone una figura, una creación  riquísima, potente y magistral. Mejor le valdría verle en Lear, porque tiene que sostener infinitas ristras de romances; cuánto habrá trabajado.
Resultaba que uno de ellos –Heraclio- era, en realidad, hijo del rey a quien mató Focas. El segundo –Leonido- será el hijo auténtico del dictador. También lo hacen formidablemente Iñaki Rikarte y Jorge Machín, en sus tratamientos de la amistad, la separación, el enfrentamiento físico –insuficientes en estas escenas- y, finalmente, la entrega de la corona al verdadero heredero, Heraclio. Y como debía  de ser, el final del Emperador, con la demostración de que En la vida todo es verdad y todo mentira.
    El espectáculo atrae únicamente por la belleza y, por encima de todo, el formidable conjunto de intérpretes. Esa Libia valiente, o la dulce Cintia, permiten admirar a las estupendas actrices Karina Grantivá y Carmen del Valle. Es un largo reparto de conjunción, con voces, ritmos, versificación y creaciones de personajes. Casi nunca lo hemos visto en las obras habituales de la CNTC –ya siempre los mismos- donde cada cual decía los versos  como podía, o como no, los enseñaban. Claro que había grandes actores, pero no un buen director que solo se ocupaba de sí mismo. Caballero lo ha sabido hacer sabiamente, y los actores dan una lección. Qué pena la elección de esta obra. Sus trabajos en los clásicos mostraron su interés; hace veinte años, con Eco y Narciso, de Calderón (Sala Pradillo, 1991), o para la CNTC con Sainetes, de Ramón de la Cruz (2006), uno de los más importantes y formidables montajes. Seguro que volveremos a aplaudirle ante otro título.
Enrique Centeno

miércoles, 11 de enero de 2012

La mirada de Julia *

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Autora: Ginés Bayonas. 
Intérpretes: Juan Calot, Luisa Armenteros, 
Luis Felpeto, Eleazar Ortiz, Carmela Orenes, 
Concha Esteve, Encarna Breis, Javier Manzanera, 
Rafael Rojas. 
Escenografía y vestuario: José Luis Raimond. 
Dirección: Juanjo Granda.
Teatro: Círculo de Bellas Artes. (9.2.2000)
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Bostezando a Julia

Acaba de marchar del Círculo de Bellas Artes uno de los espectáculos más hermosos de la temporada, el Galileo, de Bertolt Brecht. Lo ha hecho poniendo el cartel a diario, y ha sido una prueba más de que el público tiene olfato, sabe lo que debe ver, dónde está la calidad, e incluso dónde se encuentra lo insólito. El fenómeno Galileo, creo yo, es altamente representativo sobre todo en este mes en el que, tradicionalmente, las taquillas experimentan una bajada indeseada.
Al mismo escenario de ese Galileo para la memoria, sube ahora una cosa que se llama La mirada de Julia. Resulta completamente inexplicable el porqué, y uno, viendo el espectáculo, se lo pregunta repetidas veces. Se trata de un texto que acomete, presuntamente, el tema de los enfermos terminales de sida, en un extraño hospital, o fundación, que el escenógrafo Raymond, que suele hacer excelentes trabajos, ha ambientado en una especie de vestíbulo de sala de multicines completamente incomprensible. Toda la función se mueve entre el disparate, la vulgaridad y la falta de imaginación, que llega al patio de butacas en cuya atmósfera se respira solamente el aroma de los bostezos. Tiene el texto la calidad literaria de un prospecto de aspirinas; la amenidad de las instrucciones de uso de un electrodoméstico; la tensión dramática de un parte meteorológico y la riqueza de personajes de una guía telefónica.
El pasmo que produce tanta mediocridad es, sencillamente, insólito, y se pregunta uno, para salir del sopor y de la vulgaridad que el texto destila;  qué criterio ha llevado a tantas gentes a montar semejante producto, y cuál ha sido el del Círculo de Bellas Artes la programación.
Hay un grupo de actores, también. Incluso está Juan Calot, que es excelente y que consigue huir en algunos momentos del naufragio diletante, espeso, insoportable de sus compañeros de escena. Lo dirige todo ello Juanjo Granda, tampoco sabemos por qué.
  Enrique Centeno

La última aventura **

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Autora: Ana Diosdado.
Intérpretes: Luis Merlo, Natalia Millán, Alberto Delgado,
Daniel Diosdado, Alfredo Casas, Alfredo Alba.
Escenografía: José Luis Raymond.
Vestuario: Lola Barrera.
Dirección: Ana Disdado.
Teatro: Príncipe Gran Vía. (8.9.1999)
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 Un triángulo singuar
Es curioso este triángulo que idea Ana Diosdado: un matrimonio cuyo amigo común es el primer marido de ella. Son jóvenes, desenfadados, personajes de una comedia aparentemente amable en sus comienzos. Pero la chispa de sus diálogos no impide a la autora, como es habitual en ella, pasar, aunque sea de refilón, por los temas a los que suele mirar de reojo, como la intolerancia, la comprensión, el racismo o la esperanza vital que nunca debe perderse, que es lo que inspira el título de La última aventura, siempre pendiente.
Ana Diosdado
        Si en los diálogos entra y sale catando infinidad de temas, no es menor la variedad de invenciones dramáticas: el marido paralítico por una agresión juvenil, una mafiosa organización árabe que lo atrapa a través de internet, asesinatos, explosiones que cuestan la vida, secuestro del marido (Alberto Delgado) y reencuentro amoroso de la esposa (Natalia Millán) con el primer marido (Luis Merlo), entre otras. Casi todo sucede fuera del escenario, es decir, se cuenta: no muy bien, porque todo se amontona, se confunde, se explica precipitadamente y no resulta fácil atar todos los cabos de una trama a todas luces innecesaria.
         Resulta más brillante, más sustancioso lo que en la propia escena se desarrolla de verdad, incluso aunque la escenografía tampoco permita saber qué clase de local, mitad bar y mitad librería, es el que cobija las relaciones de los tres personajes principales. Que lo hacen muy bien, por cierto. Luis Merlo, con un agudo sentido del humor, y Alberto Delgado, que crea un personaje difícil pero creíble; el buen hacer de Natalia Millán mejoraría si atemperara sus gritos y moderara su incansable gesticulación corporal. La propia autora ha dirigido con  habilidad, resolviendo mejor  lo que ocurre en escena que lo que se cuenta: es lo que le ha sucedido también en la escritura.
Enrique Centeno

martes, 25 de octubre de 2011

Solo en la oscuridad ***

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Autor: Frederick Knott.
Versión de Ricard Riguant
Martín Garrido, Montse Núñez, Pablo Viña,
César Díaz, Luisa Torregrosa.
Escenografía: José Luis Raymond.
Iluminación: Miguel Ángel Camacho.
Dirección: Ricard Riguant.
Teatro: Real Cinema. (8.2.2000)
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La heroína del bastón

El argumento de este drama, la ciega aparentemente indefensa, fue popularizado en su adaptación al cine, con una inolvidable Audrey Hepburn. Hemos de suponer, por tanto, que la mayor parte del público acudirá a ver esta puesta en escena, con aquel recuerdo y la curiosidad de saber qué ha sido capaz de hacer esta compañía. Y el resultado no puede ser mejor.  
Hay muy escasa tradición de teatro naturalista –o realista- en nuestras escenarios, y resulta por ello sorprendente que el género de misterio, policial -o de terror- haya invadido nuestras carteleras. Quizá no sea deseable esta proliferación, pero ha puesto de manifiesto que hay creadores camaleónicos en España, capaces de todo, y eso es, en cambio, una señal de buena salud. Ricard Reguant fue quien dirigió Misery y La trama, de modo que ya se espera su capacidad para crear clímax, medir muy bien el ritmo interno de la escena, organizar con meticulosidad el entramado argumental. Esta función es, en este sentido, una verdadera lección en la que la hermosa escenografía de Raymond -iluminada sabiamente por Miguel Ángel Camacho-, los efectos de sorpresa o el propio movimiento de los intérpretes –difícil en muchas ocasiones-, se combinan con rara habilidad. Luego está, naturalmente, la apuesta de Cristina Higueras. La actriz suele intervenir en proyectos de más hondo calado, y ahora ha preferido esta obra, pertenece a lo que podríamos llamar puro teatro de entretenimiento, pero el desafío, en el terreno de la interpretación, ha debido tentarle. Y lo cierto es que en esta invidente Susy. Higuera consigue transmitir muy bien la angustia, la indefensión, la valentía. Con ella, eje del drama, hay un buen equipo de actores, de modo que la función transcurre impecable y el público la sigue al compás de lo que el autor y el director desean.
Enrique Centeno

martes, 18 de octubre de 2011

Un peso en el mundo ***

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Autor: José María Guelbenzu.
Adaptación teatral de Pepe Martín y Ronald Brouwer.
Intérpretes: Pepe Martín, Marina Saura.
Espacio escénico: José Luis Raymond.
Dirección: Pepe Martín.
Teatro: Círculo de Bellas Artes. (3.11.99)
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Diálogos de la pasión y la razón


José María Guelbenzus
A Pepe Martín, este actor e inquieto hombre de teatro, le atrajo poderosamente la novela de Guelbenzu cuando, hace unos meses, la presentó leyendo unas páginas, junto con Marina Saura. Tanto, que decidió después ponerla en escena. Un peso en el mundo es, más que un relato, un diálogo en el que, a través de lo que expresa, retrata sus hechos, los sentimientos y sus vivencias; justamente uno de los procedimientos dificilísimos con los que se sirve el género dramático, explicaando el mundo mediante la palabra de sus protagonistas. El teatro son otras muchas cosas, claro está: posee una semiótica elaborada y compleja que no sólo reside en el verbo, y, por eso, cuando un relato o un diálogo se traslada a la escena, solemos decir que “se nota” su procedencia, lo cual no debe ser, forzosamente, una observación peyorativa. Una escasez, si acaso.
    En el caso de Un peso en el mundo –el peso que la mujer protagonista quisiera alcanzar, y que él ha dejado de ambicionar a pesar de haberlo podido poseer- a lo que asiste el espectador, sobre todo, es al diálogo inteligente, a la conversación que mezcla lo cotidiano con lo conceptual, ese poder de comunicación y de la casi sublimación del lenguaje que hoy ya no poseen la mayor parte de nuestros autores teatrales, cuya especialidad son las obras en cuadros cortos donde no es preciso alargar los parlamentos.
    Junto al valor de la palabra, Guelbenzu ofrece ese dichoso y fascinante juego del tiempo que, desde Priestley, siempre nos ha conmovido. Un maduro profesor se encuentra con su antigua alumna, que recurre a él como viejo amante y maestro en un momento de crisis. Él ya ha abandonado la ambición del triunfo, que llegó a tocar, y ella está en el camino de conseguirlo, El encuentro, entre paradas sentimentales, rencores y recuerdos, posee la doble virtud de emocionar el sentimiento y la razón, que continuamente se entrecruzan en estos sabrosos diálogos.
    Lo que importa, sobre todo, es que esa obsesión sentimental de Guelbenzu no se eche a perder por sobreactuaciones o con interpretaciones artificiosas, algo que suele ser tentación en nuestros cómicos. Por fortuna, y por eso se degusta el espectáculo, tanto Pepe Martín como Marina Saura hacen un trabajo de extraordinaria honestidad, limpio, creando sus personajes sin trampa ni cartón, con la pureza misma que el texto les ofrece. Su verosimilitud, su buen hacer, su sinceridad extrema, constituye un noble duelo, una lección y un ejemplo del trabajo actoral. El sosiego aparente de Pepe Martín, sus reflexiones y amarguras, mal contenidas, se enfrentan a la vivacidad inteligente, a la ambición cerebral y el profundo sentimiento de admiración del atrayente personaje de Marina Saura, complicado como el de su compañero.
    Ya queda dicho que se perciba la procedencia no teatral del texto, y que no debe tomarse en un sentido despreciativo. Aunque el experimentalismo de Guelbenzu, sobre el papel se convierta en escena, forzosamente, en un teatro de corte tradicional. Lo ha ambientado muy bien el excelente escenógrafo José Luis Raymond creando un decorado crepuscular donde, en diversos espacios, se van desgranando los recuerdos, las frustraciones y los amores de una vida ya acabada –la de Fausto, el protagonista que quisiera comprar el alma de su muchacha-, y la de la insegura pero decidida mujer que se enfrenta al mito de su pasado, en el ya viejo profesor. Se sigue la función casi con devoción, con ese placer casi perdido del diálogo inteligente. Y se disfruta del buen hacer de estos dos intérpretes.
Enrique Centeno

domingo, 1 de mayo de 2011

Trampa para un hombre solo *

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Autor: Robert Thomas .
Versión de Juan José Arteche
Intérpretes: Agustín González, Andoni Ferreño, Sandra Toral,
Juan Jesús Valverde, Esperanza Elipe, Francisco Merino.
Iluminación: Emilio Rincón.
Escenografía y vestuario: José Luis Raymond.
Dirección: Ángel F. Montesinos).
Teatro: Muñoz Seca. (31.1.2002)
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Intrigas y tonterías

No sé si se debe que todos conocemos el desenlace de esta intriga, o por alguna razón. La verdad es que nos parece que a esta función le sobra casi la mitad de su duración. Aquella evasión, que determinaremos policíaco de misterio, empieza ya a quedarse obsoleto incluso para los espectadores que buscan el mero entretenimiento. No esté mal hecho este montaje, ni mucho menos; es que importa un rábano. Ajeno, viejo, sabido. Es, exactamente, el paradigma de la función que el teatro debería tener, aunque la cartelera madrileña parece haber renunciado, definitivamente, a cualquier cosa que no sea contemplar a nuestros artistas con sus exhibiciones. Se ignora todo cuanto ocurre a nuestro alrededor, se fantasea, se cuentan historias que no nos colocan, y cuya única diversión sea la alienación de los demás, los conflictos, los personajes y los paisajes que nada tengan que ver con nosotros. Están ayudando a fusilar nuestro teatro.
    Nada tiene que ver todo ello con el hecho de que el director y los intérpretes estén todos magníficos: quizá su desgracia sea no tener más remedio que ponerse al servicio de estas cosas tontas, cuando vemos en ellos, como de forma sesgada, mucho más talento del que les pide el espectáculo. Hablamos nada menos que de Agustín González, de Andoni Ferreño, de Sandra Toral, del genial Francisco Merino o de Esperanza Elipe, magnífica actriz. Condenados todos a hacer una tontería para conservadores. Qué pena.
Enrique Centeno

jueves, 30 de diciembre de 2010

Sainetes ***

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Autor: Ramón de la Cruz.
Versión y dirección: Ernesto Caballero.
Intérpretes: Cecilia Solaguren, Carlos Talavera, Natalia Hernández,
Rosa Savoini, Victoria Teijeiro, Ivana Heredia, Iñaki Rikaste, Carles
Moreu, Mª Jesús Llorente, Carmen Gutiérrez, Jorge Martín, David
Lorente, Susana Hernández, José Luis Alcobendas, José Luis Patiño,
Eduardo Mayo.
Música: Alicia Lázaro.
Iluminación: Juan Gómez Cornejo.
Vestuario: Javier Artiñano.
Escenografía: José Luis Raymond.
Teatro: Pavón (CNTC). (25.4.2006)
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Hace mucho tiempo que la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC) no era capaz de sorprender ni de entusiasmar. Queríamos, simplemente, que mostraran a nuestros autores reconociéndolos. Porque siempre vienen sembrando el desinterés: da igual Calderón, Lope, Rojas, Zorrilla, Guillén, o hasta el sufrido Cervantes; por citar ejemplos. Son los inválidos que impiden conocer, examinar y juzgar aquellas épocas. No se nos quiere mostrar el barroquismo en sus ambientes o vestuarios, sin estética e incluso con ropas de Zara o de Adolfo Domínguez. A muchas representaciones acuden casi exclusivamente profesores con sus alumnos del instituto, y luego llegan al aula y tienen que volver a explicar la cultura de nuestros clásicos.
    Bienvenido sea don Ramón de la Cruz, aunque no pertenezca al Siglo de Oro (Madrid, 1731-1794): hace algún tiempo la CNTC ya montó algún título del XVIII. Podemos conocer así sus Sainetes, juegos breves, a veces de humor y en otros casos semidramáticos surgidos de sus propia observación. Confieso que desconozco cuántos años hace que no se han puesto en escena. Se hacen con frecuencia los breves entremeses –Cervantes, Calderón o los Pasos de Lope de Rueda-, pero los sainetes se conocen más a través de sus lecturas.
    Ernesto Caballero ha enlazado cuatro de las piezas, creando una supuesta compañía de cómicos que, entre sus ensayos generales, intercambian ocurrencias y bromas con versos muy bien imitados a los de Ramón de la Cruz. La primera es La ridícula embarazada, burla crítica en un estilo similar al de Goldoni - muy amado por este director-, y al del propio Molière en Las preciosas ridículas. Estampas ricas que contemplamos sobre una formidable escenografía de Raymond y el precioso vestuario de Artiñano.
Se continúa con El almacén de novias y La república de las mujeres, de nuevo en su estilo popular y con la lealtad crítica a sus paisanos. Para el cierre, se ha elegido la más prestigiosa, Manolo, que el autor calificó como Tragedia para reír y sainete para llorar, situándolo en el madrileño barrio de Lavapiés. Lo buscó así Caballero, para hacer una especie del esperpento de Valle-Inclán y del Teatro furioso de Francisco Nieva. En este caso, tanto la interpretación como el singular decorado –entre el realismo, desde la boca del túnel a la taberna de un aguafuerte goyesco-, crean una transformación completa de los anteriores sainetes, siempre con el obedecido texto.
    El espectáculo cuenta con un reparto brillante –no se puede resistir, al menos, citar a David Lorente-, poco abundante en los repartos anteriores. Lo consiguen a pesar de las eternas dificultades del verso, que les lleva a la torpeza, perdidos en los diálogos, según les ha marcado el “asesor de versos”. Hay algunas incorrecciones en los textos femeninos con las que deben luchar las actrices, así como en los momentos cantados: hacen también coplas, típicas o populares, bajo la agradable música del cuarteto clásico,con arreglos muy libres de Alicia Lázaro. Ellas se esfuerzan con locura para sus tonos altos, sus ritmos, y hasta con la calidad de una soprano.
   Ya se indicó que el espectáculo es de una altísima calidad, uno de los mejores montajes de la CNTC.
Enrique Centeno

domingo, 4 de julio de 2010

Al menos no es Navidad **

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Autor: Carles Alberola.
Intérpretes: Amparo Soler Leal, Asunción Balaguer,
Alberto Delgado, Silvia Marty.
Escenografía: José Luis Raymond.
Dirección: Carles Alberola.
Teatro: Bellas Artes. (13.9.2005)
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Son dos de las históricas actrices quienes ofrecen esta tierna obra Al menos no es Navidad. Los personajes son dos viejas mujeres, Sofía y Encarna, que hacen emocionar con las excelentes Amparo Soler Leal y Asunción Balaguer. Se encuentran en una Residencia en la que se cuentan sus recuerdos, sus vidas pasadas, y el deseo todavía de continuar avanzando, como en el sueño de viajar a Venecia, que finalmente iniciarán a pesar del arrastre de los familiares, tal como suele suceder.
    Un buen humor continuo que se duplica con la ternura dramática. Juego escénico ante el decorado –lo hace precioso José Luis Raymond- que representa lo reviejo frente al que ellas van reformando continuamente. Qué placer contemplar en esta obra el viejo teatro, escrito por Carles Alberola, que ha querido romper, en esta ocasión, su estilo dramático, generalmente disparatado con talento (Besos, Mandíbula afilada, Palabras en penumbra...).
La cuidadora de la Residencia de ancianos y el hijo aparecerán, finalmente, afirmando que la madre se encuentra ya mentalmente enferma. Y ella se mostrará, sin embargo, mucho más arriba que ellos mismos. Lo interpretan bien Silvia Marty y Alberto Delgado. De modo que la dirección –siempre se encarga el propio autor-, ofrece una magnífica comedia.
Enrique Centeno