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jueves, 12 de abril de 2012

El verdugo ****

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Autores: L. García Berlanga y Rafael Azcona.
Versión teatral: Bernardo Sáncehez. 
Intérpretes: Juan Echanove, Luisa Martín, Alfred Lucchetti,
Vicente Díez, Pedro G. de las Heras, Fernando Ranzanz,
Luis G. Gámez, Ángel Burgos, David Lorente.
Escenografía: Gabriel Carrascal.
Vestuario: María Luisa Engel. 
Dirección: Luis Olmos.
Teatro: La Latina. (23.3.2000)
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Incapaz de matar una mosca

Esta es la historia y la geografía de un mundo, de una sociedad que Azcona y Berlanga retrataron en los años sesenta. Es un retrato de la precariedad, del someti- miento y de la forzosa inocencia de personajes desvalidos,  indefensos ante el gigante político de una dictadura.
    El desdichado José Luis, aprendiz en una funeraria, y de Carmen, la muchacha estigmatizada por ser hija de un verdugo. En cuanto a la historia, presenciamos la sordidez del viejo funcionariado, la existencia de la pena de muerte, la emigración como única salida a la miseria: él desea ir de mecánico a Alemania; ella, de portera a Francia (aquella terrible emigración que tanto salvó al sistema autárquico y a tantas familias cuyos hijos, hoy, se muestran intolerantes con la nueva inmigración que ese mismo mundo está recibiendo de los países pobres).
    Este esperpento, tierno y valiente, se dedica, sobre todo, a denunciar la abominable pena de muerte, que, independientemente, perdure en muchos lugares. Lo que hoy queda del original –qué estupenda adaptación para el teatro la que ha hecho Bernardo Sánchez- no es solo el testimonio de una época -que ya es mucho-, sino que el terrible garrote vil se convierte en la metáfora de muchas cosas. De cómo se puede ser capaz de aceptar ser  verdugo, cuando se es “incapaz de matar una mosca”, por ejemplo, movido por la necesidad, por insólitas circunstancias. El personaje de José Luis es un cobarde, desde luego, pero probablemente lo más terrible es que le comprendemos, le amamos, nos solidarizamos con él, porque se sabe que la cobardía, la debilidad y la necesidad transforman al ser humano.
 El lenguaje de El verdu- go es, como todo el cine de Berlanga, grotesco, deforma- dor, para mostrar verdades –incluso para burlar la censura- con un humor áspero (“habría que meter en la cárcel a quien se muere en domingo”, se dice en la funeraria), el justo humor negro para que no perdamos de vista que se trata, también, de un documento.
    El montaje lo ha dirigido Luis Olmos, demostrando, como suele hacer desde su Teatro de la Danza, mucho talento mimando a los personajes con maestría, resolviendo todas las dificultades con la sencillez del maestro de escena, del conocedor del lenguaje teatral y de la magia de esa caja cerrada y sugerente de un escenario. Con su apasionado rigor, con ilustraciones musicales que son siempre su tentación y que aquí no solo apoyan o facilitan la acción, sino que incluso narran por sí mismas.
    Claro que, por encima o por debajo de la excelente escenografía, de los magníficos efectos de iluminación y de la sabiduría del director, quedan –siempre es así en el teatro- los actores. El principal es Juan Echanove, que presta su humanidad y su talento, una vez más, para conseguir un personaje de estremecedora ternura, verosímil, descodificando las múltiples contradicciones de este hombre en su transitar por esa historia lúgubre de la España terrible. Junto a él, Luisa Martín –que regresa a las tablas tras muchas tonterías televisivas- construye a la muchacha ilusionada, contradictoria en su mundo machista, y su personaje se va transformando, a lo largo de las dos horas, de forma espléndida. El anterior verdugo saliente, padre de la muchacha, es Alfred Lucchetti, y su interpretación, entre la crueldad y la ignorancia, con la inconsciencia y la arrogancia, es igualmente un magnífico ejercicio. Imprescindible señalar también a Vicente Díez, otra lección actoral, o a Fernando Ransanz en uno de aquellos curas de sotana; pero todo el reparto se sustenta en el rigor y el trabajo meticuloso.
    Estamos sin duda ante un espectáculo para la memoria, ante un título que devuelve, desde el teatro de La Latina, muchos valores escénicos que a menudo se pierden camuflados entre la ostentación espectacular.
Enrique Centeno






domingo, 25 de septiembre de 2011

El perro del hortelano ***

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Autor: Lope de Vega.
Versión de Eduardo Vasco.
Intérptretes: David Bocceta, Joaquín Notario, Eva Rufo,
Pedro Almagro, Alberto Gómez, María Besant,
Luisa Martínez, Isabel Rodes, David Lorente, Diego Toucedo,
Miguel Cubero, David Lázaro, José L. Rodríguez, José Luis
Santos, Alba Fresno (viola de gamba), Saea Ágada (arpa),
Eduardo Aguirre de Cárcer.
Iluminación: Miguel Ángel Camacho.
Vestuario: Lorenzo Caprile.
Escenografía: Carolina González.
Dirección: Eduardo Vasco.
Teatro: Pavón. (CNTC). (21.9.2011)
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Las verdades y las mentiras

Aunque no es frecuente, agradecemos a la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC) que esta vez consiga hacer entender los versos y seguir sus historias. De esta conocida comedia de El perro del Hortelano, ha hecho el director Eduardo Vasco un brillante montaje y, como suele suceder, une los tres actos y reduce -cortando numerosos versos de Lope-, con un ritmo vivísimo que consigue la deseada diversión.
    La seductora condesa Diana trampea entre sus tres pretendientes convirtiendo su castillo en una huerta. Lo hace, brillantísimamente, Eva Rufo, actriz ya colocada en otras comedias, y al no noble galán Teodoro, lo interpreta también muy bien David Boceta, en sus dudosas decisiones entre las dos frutas: la presumida y engañosa duquesa, y la dama Marcela; ésta en manos de la estupenda actriz Isabel Rodes -que bien ha elegido el directo-, quien terminará con el casamiento del gentilhombre Fabio –muy bien Pedro Almagro-, mientras el principal y variadísimo criado, metido en líos, Tristán - con el correcto Joaquín Notario, mejor que en anteriores obras clásicas- se unirá “como premio” a la dama Dorotea que lo luce con sabor Luisa Martínez. El secretario y galán, Teodoro, terminará, finalmente, con la deseada Diana.
    Componen el huerto los nobles berzas, duque y marqués, que aparecen grotescamente caracterizados –todo el vestuario, magnífico, lo ha debido disfrutar el diseñador Lorenzo Caprile-, con una opulencia que llega hasta el disfraz. Son burbujeantes estos personajes, que explotan con habilidad José Luis Santos, Davis Lorente, y Miguel Cobero: a este último le toca ese conde que, en sus canciones, imita a un barítono de zarzuela, causando carcajadas en cada aparición.
  Se despide el director de la CNTC con El perro del hortelano –título que montó la compañía en 1996, con la versión de Manuel y Antonio Machado-, junto a este estupendo elenco.
Enrique Centeno


jueves, 30 de diciembre de 2010

Sainetes ***

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Autor: Ramón de la Cruz.
Versión y dirección: Ernesto Caballero.
Intérpretes: Cecilia Solaguren, Carlos Talavera, Natalia Hernández,
Rosa Savoini, Victoria Teijeiro, Ivana Heredia, Iñaki Rikaste, Carles
Moreu, Mª Jesús Llorente, Carmen Gutiérrez, Jorge Martín, David
Lorente, Susana Hernández, José Luis Alcobendas, José Luis Patiño,
Eduardo Mayo.
Música: Alicia Lázaro.
Iluminación: Juan Gómez Cornejo.
Vestuario: Javier Artiñano.
Escenografía: José Luis Raymond.
Teatro: Pavón (CNTC). (25.4.2006)
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Hace mucho tiempo que la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC) no era capaz de sorprender ni de entusiasmar. Queríamos, simplemente, que mostraran a nuestros autores reconociéndolos. Porque siempre vienen sembrando el desinterés: da igual Calderón, Lope, Rojas, Zorrilla, Guillén, o hasta el sufrido Cervantes; por citar ejemplos. Son los inválidos que impiden conocer, examinar y juzgar aquellas épocas. No se nos quiere mostrar el barroquismo en sus ambientes o vestuarios, sin estética e incluso con ropas de Zara o de Adolfo Domínguez. A muchas representaciones acuden casi exclusivamente profesores con sus alumnos del instituto, y luego llegan al aula y tienen que volver a explicar la cultura de nuestros clásicos.
    Bienvenido sea don Ramón de la Cruz, aunque no pertenezca al Siglo de Oro (Madrid, 1731-1794): hace algún tiempo la CNTC ya montó algún título del XVIII. Podemos conocer así sus Sainetes, juegos breves, a veces de humor y en otros casos semidramáticos surgidos de sus propia observación. Confieso que desconozco cuántos años hace que no se han puesto en escena. Se hacen con frecuencia los breves entremeses –Cervantes, Calderón o los Pasos de Lope de Rueda-, pero los sainetes se conocen más a través de sus lecturas.
    Ernesto Caballero ha enlazado cuatro de las piezas, creando una supuesta compañía de cómicos que, entre sus ensayos generales, intercambian ocurrencias y bromas con versos muy bien imitados a los de Ramón de la Cruz. La primera es La ridícula embarazada, burla crítica en un estilo similar al de Goldoni - muy amado por este director-, y al del propio Molière en Las preciosas ridículas. Estampas ricas que contemplamos sobre una formidable escenografía de Raymond y el precioso vestuario de Artiñano.
Se continúa con El almacén de novias y La república de las mujeres, de nuevo en su estilo popular y con la lealtad crítica a sus paisanos. Para el cierre, se ha elegido la más prestigiosa, Manolo, que el autor calificó como Tragedia para reír y sainete para llorar, situándolo en el madrileño barrio de Lavapiés. Lo buscó así Caballero, para hacer una especie del esperpento de Valle-Inclán y del Teatro furioso de Francisco Nieva. En este caso, tanto la interpretación como el singular decorado –entre el realismo, desde la boca del túnel a la taberna de un aguafuerte goyesco-, crean una transformación completa de los anteriores sainetes, siempre con el obedecido texto.
    El espectáculo cuenta con un reparto brillante –no se puede resistir, al menos, citar a David Lorente-, poco abundante en los repartos anteriores. Lo consiguen a pesar de las eternas dificultades del verso, que les lleva a la torpeza, perdidos en los diálogos, según les ha marcado el “asesor de versos”. Hay algunas incorrecciones en los textos femeninos con las que deben luchar las actrices, así como en los momentos cantados: hacen también coplas, típicas o populares, bajo la agradable música del cuarteto clásico,con arreglos muy libres de Alicia Lázaro. Ellas se esfuerzan con locura para sus tonos altos, sus ritmos, y hasta con la calidad de una soprano.
   Ya se indicó que el espectáculo es de una altísima calidad, uno de los mejores montajes de la CNTC.
Enrique Centeno

miércoles, 13 de octubre de 2010

El alcalde de Zalamea *

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Autor: Calderón de la Barca.
Adaptación y dirección: Eduardo Vasco.
Intérpretes: David Lorente, Ernesto Arias, Miguel Cubero, Peoa Pedroche,
Pedro Almagro, Joaquín Notario, Alejandro Saa, David Boceta, Eva Rufo,
Isabel Rodes, José Luis Santos, Alberto Gómez, Jose Juan Rodríguez,
Eduardo Aguirre de Cárcer, Alba Fresno.
Escenografía: Carolina González.
Iluminación: Ángel Camacho.
Selección de vestuario: Lorenzo Caprile.
Teatro: Pavón (CNTC). (6.10.2010)
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Pasa de nuevo a la programación de la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC), El alcalde de Zalamea. La ha montado ahora, y adaptado, Eduardo Vasco. “Mirad que echado en el suelo/ mi honor a voces os pido”, son dos de los versos en los que el alcalde, Pedro Crespo, ruega pagar la violación.
    Para este drama, el más conocido de Calderón junto a La vida es sueño, la CNTC invitó a José Luis Alonso (1924-1990), uno de los más grandes directores, que creó un montaje impresionante en 1988 -con la versión de poeta Francisco Brines- en el teatro de La Comedia (su escenario habitual, hasta ser trasladado al modesto e insuficiente Pavón. Se dieron como razones la necesidad de reforma, y no ha vuelto a funcionar, desde hace diez años, ante la lista de inútiles directores del Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música hasta el día de hoy). Siguió la fatal puesta en escena de Sergi Belbel en 2001, y que preferimos no recordar.
   A este Alcalde, el excelente actor Joaquín Notario lo ha convertido, o así lo ha mandado el director, en un personaje ingenuo, gracioso, bien lejos de su carácter y disimuladamente rígido, que utilizará para la ironía llegando a oponerse al poder. Muestra aquí un leve instinto de conocimientos e inteligencia, pero, en todo caso, durante gran parte de la obra se une a una especie de fingidor que domina los recursos de la comicidad. Si no fuese por la versificación de Calderón, aparecería en las escenas como un aparente tonto sonriente, chistoso al estilo de un Paco Martínez Soria. Nada que ver con aquel Crespo tan amante como ordenante, soberbio y justiciero. Y junto a ello, sus ironías y respuestas hábiles, como en las escenas con el recién llegado noble y general, don Lope de Figueroa -lo hace el también estupendo actor José Luis Santos, aquí escaso y perdido por el espacio, como casi todos-, en un genial diálogo entre la sonrisa y la exigencia en la que Calderón muestra, como nunca, su encaje de bolillos en diálogos rápidos hasta pronunciar Crespo el tan conocido verso “Al Rey la hacienda y la vida…”
   Todo en una inexistencia escénica, con una cámara negra y un par de pequeños paneles que suben o bajan. La ausencia de elementos impide las acciones, incluso hasta no poder servirse la mesa en el almuerzo ofrecido al noble General, contento solo con un sencillo banco casero. Es el estilo de Vasco, que no pasa más allá de los propios actores. 
    Los destacados intérpretes (casi todo el reparto es ya habitual en diversas obras de la CNTC), obtienen diferentes resultados, dependiendo de las posibilidades en los propios montajes. Al engreído y cínico Capitán, Ernesto Arias le llega a convertir en un débil militar ansioso por poseer a la atractiva hija –Isabel-, tanto que hasta utiliza una cursi flor en la mano y otra en el corazón, hincándose de rodillas para intenta seducirla. Es una de las muchas escenas ridículamente montadas. Con ella se iniciará el drama de esta historia, tras ser raptada, arrastrada, violada y abandonada en los montes. Intentará regresar a la villa entre llantos de dolor, humillación y vergüenza por haber perdido aquel nombrado honor. Ni en esa escena difícil, ni en el encuentro con el padre, tampoco el director consigue el alcance de la fuerza dramática, a pesar de que la actriz, Eva Rufo, ha demostrado ya su talento, como en la dama de Las bizarrías de Belisa, precisamente una comedia de Lope donde el mismo director sí pudo triunfar.
     El personaje de La Chispa –Pepa Pedroche, también veterana-, alegrosa, acompaña al ejército con su vestuario masculino y bélico, cantando, animando a los soldados entre farsas y diversiones. Es divertida, ligera, ocultamente embarazada y muy cerca del soldado gracioso, Rebodello -que clava David Lorente-. De pronto se encara en una actuación provocativa ante los soldados y frente al público, exhibiendo su atractivo envuelto en sus melenas rubias, como una llamativa artista de cabaret.
    La venganza de Crespo condenando al garrote, asido a su vara de Alcalde, fue respetada por el Rey. Así volvió el hijo al alistamiento militar -Juan, que lo hace David Boceta- y enviada Isabel directamente al convento. Así se sintió feliz este padre, que además recibe del monarca el título de Alcalde Permanente. Claro que este Felipe II –Alberto Gómez- escucha y atiende en el centro del escenario, sin tener dónde sentarse o descansar: entró y luego se marchó como un fantasma negro.
Enrique Centeno