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miércoles, 21 de abril de 2010

La moza de cántaro ***

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Autor:  Lope de Vega.

Versión: Rafael Pérez Sierra.
Intérpretes: María Prado, Mamen Camacho, Roberto Sáiz,
Mario Retamar, Héctor Carballo, Francisco Carril, Julián Ortega,
Georgina de Yebra, Badia Albayati, Carlos Jiménez-Alfaro,
Daniel Teba, Sara Moraleda, Paloma Sánchez de Andrés,
Julio Hidalgo.
Pianista: Ángel Galán.
Iluminación: Migel Ángel Camacho.
Vestuario: Lorenzo Caprile.
Escenografía: Carolina Fernández.
Dirección: Eduardo Vasco.
Teatro: Pavón. (Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico, CNTC.)
 (14.4.2010)
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Es este el segundo montaje de la Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico. Pudo verse, en la temporada pasada, un bellísimo espectáculo de La noche de San Juan, que dirigió Helena Pimenta. Y se regresa otra vez al mismo Lope de Vega, del que se encarga Eduardo Vasco. Un magnífico montaje y uno de sus mejores trabajos en la CNTC, La moza de cántaro, gracias a un formidable reparto.

     Pertenece a un género curioso, en el que arranca el texto con un drama, para pasar por la intriga, la comedia, lo histórico o lo romántico; un argumento en el que se adivina ya el triunfo del amor. Son numerosas en el clásico las mujeres vestidas de hombre, como en Lope. Aquí sí hay una ruptura, cuando la protagonista, Doña María, será capaz de vengar el honor de su viejo padre, matando al causante, entre sus brazos, con su puñal. Aquí, en su mutis, recurrirá a su feminismo: Pues estas hazañas hacen/ a las mujeres varoniles/ ¡Ahora, cielos, ayudadme! (extraña este último verso, pero al consultar el texto original, comprobamos que el adaptador ha trasladado a Lope de Vega hacia el estilo de José Zorrilla). Aquí, iremos otra vez a ese Barroco que aprueba los derechos de los nobles para quitar la vida en defensa del honor -o de su honra-, y nos acostumbramos lo suficiente para poder continuar la función, entre el amor y los tradicionales engaños y enredos.
    Escondida y cambiada, esta mujer se convertirá así en La Moza de cántaro, humilde trabajadora que interpreta genialmente la jovencísima actriz Mamen Camacho, con un encanto que atrae al público entre sonrisas, burlas, coquetería y seducción. Lo hacen también muy bien todos los actores, como Francesco Carril -Don Juan- o Héctor Carballo –el Conde, otro de los galanes-. Menos triunfan los intérpretes de los lacayos -así se les califica en el programa de mano- con un vestuario que, en sus maletas, ha viajado hacia el siglo XIX; lo cual aporta unos preciosos trajes, tanto en los nobles como en los brillantes azules de las mujeres populares, creados por Lorenzo Caprile.
    Ha prescindido Vasco de la escenografía, como suele hacer, con sólo una cámara negra casi vacía, apenas introduciendo –o retirando- unas simples sillas de la época. Afortunadamente y con mucha habilidad organiza ritmos y movimientos, casi coreográficos, con este conjunto de jóvenes vivísimos. Y los destacados versos de esta obra se interpretan con el procedimiento de sujetar las métricas, mejor que en anteriores funciones de la CNTC. La adaptación de Rafael Pérez Sierra -acortando, como en la actualidad se hace siempre-, en sus cambios y mutilaciones llega a dificultar toda la historia. Es seguro que, tanto el director como los actores, no se escapan de toda la acción, con permanente traducción en los ensayos, olvidándose del espectador. No nos referiremos ya a los cambios del original, sino a la dificultad del seguimiento. Podemos asegurar que los espectadores se encontraban perdidos en algunos momentos. Pero todo era tan gozoso, que llegamos a prescindir de ello.
    El disfrute lo producen el equipo de intérpretes, especialmente de actrices, damas y criadas de estampas vivas. Es imposible no citar a todas ellas, y tomar nota para volver a verlas: María Prado, Georgina de Yebra, Badia Albayati, Sara Moraleda y Paloma Sánchez. Aunque, naturalmente, es aquí responsable el director.
Enrique Centeno

sábado, 13 de febrero de 2010

El condenado por desconfiado *

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Autor: Tirso de Molina.
Versión: Yolanda Pallín.
Intérpretes: Jaime Soler, Arturo Querejeta, Francisco Rojas.
Mon Ceballos, Íñigo Rodríquez Claro, Eva Trancón, Muriel Sánchez,
Daniel Albaladejo, Ángel Marrón Jiménez, Jesús Hierónides,
Jesús Calvo, Francisco Vila, Juan Meseguer, José Vicente Ramos,
Rebeca Hernando, Sara Águeda (arpa).
Imagen de video: Fernano Embid.
Iluminación: Pedro Yagüe.
Vestuario: Montse Amenós.
Escenografía: Elisa Sanz.
Dirección: Carlos Aladro.
Teatro: Pavón. (Compañía Nacional de Teatro Clásico, CNTC)
(10.2.2010)
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Desconfiaba uno de la existencia predestinada por Dios; enfrente, quienes defendían el libre albedrío, para condenarse o salvarse. Son asuntos teológicos y religiosos, en la lucha católica de la contrarreforma barroca. Es difícil entender este tipo de teatro sagrado, pero a veces necesario para conocer alguno de los buenos textos. No se trata –suponemos- del valor milagroso, disparatado en esta moralidad universal. En el enfrentamiento de jesuitas y dominicos, sobre este círculo cuadrado de la doctrina, llega el fraile Gabriel Téllez con El condenado por desconfiado. Suponiendo que fuera su verdadero autor. Al parecer, fue escrito más tarde que El burlador de Sevilla, -también sobre la muerte y la salvación-, atribuido siempre a Tirso de Molina, hasta averiguarse -recientemente-, que andaba por ahí, oculto, Andrés de Claramonte. Estudios filológicos han afirmado, igualmente, que este título que ahora se representa, no pudo ser escrito por nuestro gran autor: Menéndez Pidal, Valbuena o Alborg, que andan por las estanterías entre otros, analizan la calidad inferior a la de su genialidad poética. Sabemos también que la procedencia de este tema comenzó ya en el Mahabarata, y de allí a otras culturas.
Son comentarios nada esenciales para juzgar este montaje. La obra ha sido enormemente abreviada en la versión de Yolanda Pallín -excelente autora-, a quien también le han sido encargadas otras versiones por la Compañía Nacional de Teatro Clásico. No puedo jurarlo, pero ni ella ni el director, Carlos Aladro, tienen la menor religiosidad. Les interesa más algunos efectos, y se burlan continuamente de la propia historia del condenado Paulo –que lo hace como puede Jaime Soler-, del salvador Enrico –es un buen actor Daniel Albaladejo-, o de ese servidor Pedrico –está brillantísimo Arturo Querejeta- que entre invenciones de gestos, juegos de frases indefinidas –cercanas al morcilleo- en tonos de burla, buscan las carcajadas, a espaldas del místico ermitaño. Nos reímos del demonio, de los ángeles, de la chulería españolista de Enrico. A mí no me parece mal que se quieran divertir: seguro que no intentan ofender a nadie en este teatro religioso. Otra cosa distinta, es que en la CNTC se permita mentir la realidad de la obra, su escritura y su importancia en la sociedad del XVII, si se desea dar a conocer los dramas tal como son. (Recordamos cómo entre fieles o ateos, quedamos todos entusiasmados por la enseñanza de aquel teatro y su fidelidad, en un montaje formidable que hizo el recordado José Tamayo con El gran teatro del Mundo, eligiendo la Basílica de San Francisco el Grande. Así se enseñaba aquella cultura). Este espectáculo debe avisar, no ya de que lo firme Pallín como versión, sino de la transformación o reescritura sobre El condenado.
Todo es un disparate: ni religioso, ni comediante, ni entretenido, ni con un escenario aceptable. El reparto, es mejor no indicar cómo se las arregla. Ninguno de los intérpretes es responsable del resultado, con una decena de creadores que salieron también a saludar el día del estreno. Uno de los versos oídos –o no- nos gustó: “Tan malo tengo de ser/ como él, y peor si puedo”.
Enrique Centeno

lunes, 18 de enero de 2010

El Narciso en su opinión ***

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Autor: Guillen de Castro.Adaptación: Juli Leal.
Intérpretes: Manolo Ochoa, Kavo Giménez,
Enrique Juezas, Mª José Peri, Esther Vallés,
Juli Disla, Juansa Lloret, Laura Useleti,
Victoria Salvador, Carlos Amador.
Iluminación: Miguel Llop.
Vestuario: Pascual Peris.
Escenografía: Paco Azorín.
Dirección: Rafael Calatayud.
(Teatres de la Generalitat)
Teatro: Pavón. (CNTC)
(13.1.2010)

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Nos hemos venido a los años 20, a un gran hotel donde todo el mundo va encontrándose: suben y bajan por las amplias escaleras, entran y salen por puertas giratorias, con un alfombrado hall donde se reúnen los elegantes personajes; es una bella escenografía que ha diseñado Paco Azorín. Amores entre mentiras y falsedades, que provocan al público la carcajada, con un ritmo enloquecido en el que sólo hace falta que aparezca por allí Jardiel Poncela.
El valenciano Guillén de Castro (1569-1631) aprendió las comedias de enredo, fijándose muy bien en las creaciones de Lope de Vega –contemporáneo, del que acabamos de celebrar el tricentenario de su Arte nuevo de hacer comedias- y situó las acciones en su ciudad. La compañía de Teatres de la Generalitat ha elegido de nuevo una comedia valenciana, como es natural. Hace tan sólo unos meses, la vimos también en el montaje de Las malcasadas de Valencia, en el mismo teatro Pavón, que ocupa la Compañía Nacional de Teatro Clásico.
En El Narciso en su opinión, el dramaturgo hace su crítica a la estupidez de los hombres –a las mujeres siempre las cuidó Gillén- a quienes aplica este personaje. Lo interpreta el brillante Manolo Ochoa -aunque excesivo-, con atildada feminidad, lo que le sirve para alcanzar del público la máxima diversión. Desde el comienzo, provoca esta función sonoras burlas al aparecer Narciso, ante el telón, con su espejitosustituyendo a las míticas aguas-, contemplando en el su belleza. Un recurso muy eficaz. Junto a él, ese clásico gracioso, su criado, que representa formidablemente Xavo Giménez.
Y aquí, en el hotel -de cinco estrellas-, va apareciendo una colección de primos, hermanas, sobrinos y el organizador tío, encargado del orden y la unión de las parejas. Este formidable enredo lo monta con mucha imaginación Rafael Calatayud, sin perder un instante el vivo juego, aunque se ocupe menos de salvar varias lagunas entre las dicciones.
A la dama protagonista se le entiende sólo parte de sus textos, y nos dedica una exhibición de canto bello en el previo de la historia. Ha preferido también aceptar que los versos se pronuncien en prosa, como en el caso del Don Gonzalo, que lo hace muy bien Enrique Juezas. Nos hace mucha gracia también esa criada, Lucía, cuando finge -genialmente Esther Vallés- ser una de las elegantes damas. Lo hace igualmente bien el tierno enamorado, inocente, que interpreta Juli Disla, así como el trabajo de Juansa Lloret en el petulante tío Don Pedro. Es necesario mencionar, igualmente, a esas damas que representan las actrices Laura Useleti y Victoria Salvador, siempre bajo la buena dirección.
Enrique Centeno

sábado, 19 de diciembre de 2009

La viuda valenciana *

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Autor: Lope de Vega.
Dramaturgia y adaptación: Antoni Tordera.
Intérpretes: Alicia Ramírez, Cesca Salazar,

Alegre, Pepe Miravete, Jaime Linares, José Montesino,
Paco Gisbert, Juanjo Prats, Panchi Vivó, Fran Guinot
Juansa Lloret, Reyes Ruíz.
Escenografía: Manuel Zuriaga y Josep Simón
Vestuario: Pascual Peris.
Iluminación: Juanjo Llorens.

Dirección: Vicente Genovés.
Teatres de la Generalitat.
Teatro: Pavón. (19.12.2009)

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Tenía Lope de Vega 28 años cuando fue desterrado de Madrid. Fue un trolero que, por interés personal, difundió la falsa inmoralidad de una dama. Tal fue la razón de que el comediante fuera alejado de Madrid. Marchó a Valencia, y allí permaneció, durante dos años, sin cesar de escribir. Le fascinó –como a todo el mundo- esa ciudad alegre y teatral. De Castilla al Mediterráneo, el Fénix ambientó sus obras de capa y espada o de amor. A veceAñadir imagens recordó tanto la ciudad del Turia -tópica denominación de su río, al que se cerró su caudal-, que la dedicó otros títulos. Uno de los mejores, años después, fue Los locos de Valencia. Se montó en la Compañía Nacional de Teatro Clásico - la de entonces, en 1986- con un brillantísimo espectáculo.
La viuda valenciana ha sido montada por los Teatres de la Generalitat, y pensábamos ver esta historia de disparatados enredos junto al mar de esta ciudad de cielo azul mediterráneo y alegres vestuarios. Pero no se ha querido hacer así, sino en una escenografía útil, arquitectónica, en madera desnuda, que ofrece un juego divertido de entradas y salidas, arcos y dos alturas. La idea es imitar un corral de comedias, en lugar de una ambientación coloreada y brillante. Todo ese tono marrón apaga la diversión en una gris viuda que se le ocurrió a Lope tras contemplar los carnavales.
La compañía recibe al público en el patio de butacas, alegre, invitando a la diversión. Esto no nos hace mucha gracia. Se inicia la función con una música –grabada- con la que se monta un vivo juego que anuncia el comienzo del carnaval. El enredo es divertido, con una cierta movilidad de actores con máscaras y jácaras guasonas, aunque no consigue el festival. Sus vestuarios son desairados en telas mates, aburridas y sosas. Es una compañía más entusiasmada en las gracias que en la lealtad a los versos: los textos se escuchan mal, se grita continuamente en voces desacordadas, lo mismo en un enfado, un amor o en las confidencias; recitan los versos, en otras ocasiones como si quisieran contar al público esos personajes desaparecidos. El papel de la frívola y atractiva Celia, lo hace estupendamente la actriz Reyes Ruíz, sin caer en movimientos forzados. Podrían mirarla bien tanto la viuda como el mujeriego, o ser dirigidos con más sabiduría. La función se aceptó sin entusiasmo.
Enrique Centeno

sábado, 3 de octubre de 2009

¿De cuándo acá nos vino? ***

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Autor: Lope de Vega.Versión: Rafael Pérez Sierra
Intérpretes: Ernesto Arias, Diego Toucedo, Raúl Ortiz, Adolfo

Pastor, David Boceta, Joaquín Notario, Pedro Almagro,
José Luis Santos, Miguel Cubero, Alejandro Saá, Pepa Pedroche,
Eva Rufo, Toni Misó, Isabel Rodes.
Músicos: Arreglo: Alicia Lázaro. Melissa Castilla (violín barroco),
Josías Rodríquez, (guitarra barroca archilaúd), Héctor Castillo
(Violone), Rodrigo Muñoz (Percusión).
Coreografía: Nuria Castejón.
Imagen vídeo: Fernando Embid.
Vestuario: Pedro Moreno.
Escenografía: José Manuel Castanheira.
Dirección: Rafael Rodríguez.
Teatro: Pavón (CNTC). (30.9.2009)

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Apenas una docena de comedias entre los cientos de Lope de Vega, son las más conocidas y repetidas en la programaciones. Son temas que siempre se basan en el enredo del amor, esas invenciones cuyos tipos son los habituales -la dama, el galán, los graciosos o la madre comprensiva y el padre barbas-, donde conocemos que todas las historias llegan al triunfo de las parejas para sus casamientos. Son sus continuas creaciones, páginas hasta setecientas cuarenta obras. En tono humorístico, cualquiera pensaría que, a pesar de la velocidad, este sacerdote debía escuchar numerosas informaciones en su confesionario.
La falsificación de los nombres, las transformaciones de sexo, de origen familiar o de mentiras amorosas, son bien conocidas en estas comedias. Pero sorprende este procedimiento en ¿De cuándo acá nos vino?. Una joven madre que aquí no ayuda, sino que desea amar y mentir; un falso galán que se hace pasar por sobrino; la tía que lo hace hijo de su hermano y aparecen hasta gemelos. Las coyunturas son continuas, de modo que no adivinamos a Lope de cuándo acá nos vendría el final. Es lo más original de esta comedia –que no es de capa y espada- que ha sido rebuscada entre sus obras completas. Aunque los versos no son aquí muy extraordinarios en métricas y estrofas, son suficientes para esta magnífica obra. El espectador disfruta este humor, tan disparatado que debemos escuchar con mucha atención para seguir esta locura.
Ha diseñado la escenografía José Manuel Castanheira, una construcción de telones y bastidores pintados que los propios actores trasladan o instalan logrando espacios ocultos, diferenciando y recreando los lugares de las escenas. Hemos empezado a ver montajes donde busca lucirse el diseñador, que sirven igual para tragedias, amores de comedia, salones o bailes. Castanheira ha huido del realismo, como es natural, con un retrato abstracto e imágenes que van marcando los diferentes lugares: calle, casa, lugares para danzas o interiores, con los azules, blancos o rojos, una expresión verdaderamente bella y útil. En la última escena domina un telón, panorama, que desea buscar la fiesta final, una pintura graciosa, viva en el estilo de Mompó. Colabora una excelente iluminación –José Manuel Guerra-, y allí están los personajes con precioso vestuario, creaciones por el siempre admirado Pedro Moreno.
Comienza la función con un baile que nos anuncia la diversión, en una coreografía vivísima, de Nuria Castejón, así como el clásico final –ahora no se quiere hacer descanso, o pausa que separe los tiempos- con canciones y músicas, sobre todo populares, con llamativos instrumentos barrocos que ha adaptado, como siempre, Alicia Lázaro. Todo el reparto, catorce intérpretes, hacen un excelente trabajo en los personajes, especialmente la madre, la dama o la servidora -Pepa Pedroche, Eva Rufo e Isabel Rodes- o los buenos actores como Joaquín Notario –el Capitán- o los galanes Ernesto Arias y David Boceta. Los dirige muy bien Rafael Rodríguez, con cuidadosos ritmos, gestos y movimientos que consiguen una estupenda comedia.
Enrique Centeno

martes, 8 de septiembre de 2009

Don Gil de las calzas verdes ***

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Autor: Tirso de Molina.
Versión de E. Vasco.
Intérpretes: Juan Meseguer, Montse Díez, Joaquín Notario,
José Luis Santos, Miguel Cubero, César Sánchez,
Pepa Pedroche, Toni Misó, Elena Rayos, Ione Irazábal,
Paco Paredes, Emilio Buale, Jordi Dauder,
Javier Mejía, Jorge Gurpegui, Rodrigo Arribas,
Xavi Montesino.
Arpa: Sara Águeda.
Iluminación: Ángel Camacho.
Escenografía y vestuario: Carolina González.
Música: Alicia Lázaro.
Dirección: Eduardo Vasco.
Teatro: Pavón (CNTC). (6.10.2006)
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El mismo día de este estreno, se ha hecho pública la concesión del Premio Nacional de Poesía a Caballero Bonald. Fue él quien, en 1994, hizo la adaptación de Don Gil de las calzas verdes, que le pidió Adolfo Marsillach, quien también encargó otros textos a grandes escritores –Francisco Ayala, entre otros- para su Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC). El montaje fue, sin duda, uno de los extraordinarios espectáculos de aquellos tiempos. Precisamente, ahora que se recuerdan los 20 años de la Compañía, no repondrá ninguno de los grandes montajes, de los que se conservan todo se material. El actual director, Eduardo Vasco, repite este título despreciando aquella adaptación, publicada por la CNTC. Y vuelve así esta divertida comedia, este enredo donde, una vez más, Tirso de Molina crea la fantasía de amores y su repetida defensa a la mujer; y de nuevo, con la mujer vestida de hombre, ese disfraz sugerente, un travestismo que entrevé, suavemente, incluso el lesbianismo.
En el escenario se ha montado de manera destacada, una copia del retrato de aquel religioso mercenario, que parece, desde su mirada, reír en sus propias cuartillas versos que escribe fuera de sus templos. A la salida del teatro Pavón, en este viejo barrio mirábamos, a cien metros, al vecino bromista Fray Gabriel Téllez, hijo de padre “incógnito”. Si preguntáis a un estudiante de bachillerato acerca de Tirso, lo que ven por sus libros de texto, les responderán sin vacilar: “Tirso de Molina es una estación del Metro”. Tendrían que entrar al teatro de la CNTC a ver Don Gil de las calzas verdes para conocer algo sobre el Siglo de Oro; aunque no deberían acudir a muchas otras obras de la programación, donde se cambian los textos, la versificación, la huída de su época, los ambientes, el esteticismo social y los temas.
En el lejano montaje al que nos referíamos al inicio de estas líneas, hubo un reparto inolvidable. Y se confirma en este de hoy la capacidad de nuestros tantos actores, todavía magníficos, que tendríamos que admirar continuamente. Pero la mayor parte de los empresarios los abandonan para sustituirlos por los “famosos” de las series televisivas. Podrá el espectador disfrutar y a muchos de ellos, como a Juan Meseguer, a la magnífica Montse Díez en su brillante juego y las dobles voces de Don Gil, o a Joaquín Notario, citados por orden de intervención. Correcta versificación –cortes-, fuertes voces de personajes: no siempre comunes en nuestro teatro. Incluso a pesar de que la dirección ayuda pero no enriquece el movimiento, se mantiene la estética tendente a la inmovilidad. También con un precioso vestuario, de Lorenzo Caprile, y músicas adaptadas o tomadas de entonces por Alicia Lázaro. La escenografía y el vestuario son de Carolina González, con bellos telones, cuadros, fondos y suelos. Históricamente, grandes pintores intervinieron en telones de fondo. Fueron aplicándose nuevos estilos, diferentes formas sobre la puesta en escena, desde el impresionismo o el expresionismo, en volúmenes dentro del revolucionario Arte Total. El espacio se diseña en este Don Gil de las calzas verdes sin mobiliarios, utilería, atrezzo, interiores, nivel o alturas. Recordemos que el cambio escénico dió origen al nuevo teatro desde principios del siglo XX (Adolph Appia) en Alemania o Rusia. El nuevo arte tardó medio siglo en incorporarse a España. Y esta CNTC a veces parece haber regresado al XIX, basándose únicamente en la limpia interpretación, colocándolos alineados, en filas frente al público. A buenas horas, mangas verdes.
A pesar de la verosimilitud de la puesta en escena, tanto el ritmo, como los actores, ofrecen un estupendo espectáculo, una fiesta con la broma y la fantasía poética de Tirso.
Enrique Centeno

domingo, 12 de julio de 2009

Las bizarrías de Belisa ***

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Autor: Lope de Vega.
Intérpretes: Eva Rufo, Rebeca Hernando,
Mónica Buiza, Silvia Nieva, María Benito,
Javier Lara, Alejandro Saá, Iñigo Rodríguez,
Rafael Ortíz, David Boceta, José Juan Rodríguez,
Andrea Soto, Isabel Rodes, David Lázaro,
Ángel Galá (Piano).
Vestuario: Lorenzo Caprile.
Dirección y adaptación: Eduardo Vasco .
Teatro: Pavón (CNTC). (18.12.2007)
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Qué sonetos, qué redondillas o romances. Hace ya tiempo que no los escuchábamos en el escenario de la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC). Y los dice ahora la nueva Compañía Joven, en cuyo conjunto -apenas un par de intérpretes no se atreven con los versos y los convierten en prosa- es imprescindible citar la excelente actriz Eva Rufo, en su dama Belisa, como a David Boceta, en el conde Enrique, y a los criados Finea y el Tello interpretados por Rebeca Hernando y Alejandro Saá.
Hay una gran dirección de Eduardo Vasco, tanto en la de actores como en el movimiento y ritmos en los diálogos de Lope. Y no tenemos más remedio que acostumbrarnos , en la CNTC, a la modificación de las obras del Siglo de Oro. Importa, sobre todo, que al director se le vea, que se le admire al hacerlo a medias entre el autor y su originalidad. En Las bizarrías de Belisa se ha elegido prescindir de la escenografía, los propios actores la indican en acotaciones. Podría tratarse de un homenaje a las históricas representaciones, en los viejos corrales o ante una manta, y únicamente se utilizan unas sillas que se trasladan de sitio. Pero no todos los personajes son del XVII; hay un juego anacrónico del prestigioso diseñador Lorenzo Caprile, especializado en trajes de boda: un vestuario lujoso, exhibicionista, como aristócratas entre textos de nuestrol barroco. Hay que entrar en ese traslado, sonriéndole al director su gracia en blanco y negro.
Enrique Centeno

viernes, 3 de abril de 2009

La Estrella de Sevilla **

La Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC) montó, hace diez años (Octubre, 1998), La Estrella de Sevilla, obra atribuida a Lope de Vega. La dirigió nada menos que Miguel Narros. Se representó con una escenografía muy sencilla, aunque el vestuario respetaba la época del rey Sancho el Bravo. Era normal, desde su fundación -1986-, recuperar y desarrollar el teatro clásico. Eduardo Vasco, director de la Compañía y de esta obra, prefiere que los montajes del Siglo de Oro sirvan para nuestro siglo XXI. Son versiones generalmente alejadas de la época, de su interés teatral o de la cultura del XVII. El proyecto y la puesta en marcha de esta CNTC no fue, de ningún modo, la recreación de espectáculos con intención de conocer la época. Ahora no se trata de continuar nuestro conocimiento, sino de la visión del director.
El Rey Sancho, El Bravo –lo hace un excelente actor, Daniel Albaladejo-. Según la leyenda y en este texto de Lope –o de quien fuere-, deseó apasionadamente a Estrella –bien lo interpreta Muriel Sánchez-, y quiso poseerla. Se enfrentó al libre cabildo sevillano; se produjeron asesinatos en la corte por el amor de aquel rey; se ejecutó en la plaza pública a la humilde Natilde –estupenda Eva Trancón-, condenada por ceder su sexualidad. Hay otros hechos, hasta el juicio final. Esta versión adapta aquellos supuestos acontecimientos, para trasladarlos a nuestra actualidad. Es muy libre, Vasco, de elegir esta modernización. Al igual que los demás, somos libres de pensar que este texto no posee la validez actual, con la diferencia esencial sobre inmoralidad, desigualdad, represión o defensa de los conservadores. Además es hoy fantasía, pero sin embargo, es apasionante conocer aquel mundo a través de escritores como El Fénix.
En una ligera escenografía de paredes cerradas con tablas funcionales y poliedros construidos para multiuso, los personajes visten trajes oscuros, perfectos, de firma y bien cortados, que se adaptan mejor a los directores del gobierno, a los presidentes del partido, al ministro o al presidente. Es un estilo tópico, sin imaginación. Gira alrededor de ellos el clásico personaje, El gracioso, que debería ser un divertido criado, y que le vemos aquí como un estúpido secretario. Es muy difícil aceptar este montaje; mucho menos aún, aprobar esta versión en la CNTC.
Prácticamente, todo el reparto es de excelentes actores, que lo han demostrado en la CNTC, como Arturo Querejeta, que intervino desde su primer año en el Clásico, y casualmente en el anterior La Estrella de Sevilla. Pero aquí, ellos parecen enseñados a ocultar la versificación con un estilo de prosificación terrible, con voces engoladas, gestos de cabreo o enfrentamientos en despachos, pasillos o entre copas en un pub.
No sé si será adecuado este espectáculo para llevar a los estudiantes de Literatura. Será después imprescindible contar cómo era el teatro clásico y sus historias. Lo cual no impide que se lo pasen bien, así como que, en cierto modo, guste a muchos espectadores.
Enrique Centeno
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Autor: Lope de Vega (Atribuida).
Intérpretes: Daniel Albaladejo,
José Vicente Ramos, José Manuel Iglesias, Francisco Rojas,
Non Cemallos, Jesús Calvo, Arturo Querejeta,
Jaime Soler, Muriel Sánchez, Paco Vila, Eva Trancón,
Fernando Sendino, Jesús Hierónides, Angel Ramón Jiménez.
Escenografía: Carolina González.
Vestuario: Lorenzo Caprile.
Iluminación: Miguel Ángel Camacho.
Versión y dirección: Eduardo Vasco.
Teatro: Pavón (CNTC). (1.3.2009)
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martes, 10 de marzo de 2009

El pintor de su deshonra **

Hace veintiún años se inició la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC) con El médico de su honra. Confieso que en este primer montaje –fue estrenado en Buenos Aires- nos sorprendió que Marsillach comenzara con el conservador y más genial de nuesto teatro clásico. Las obras maestras de Calderón –también sonriente en los juegos de comedia-, eran las más defensoras de la Contrarreforma, poderes, honor, honra y sumisión, así como sus autos sacramentales en los pórticos de las iglesias. Y sin embargo, entendimos que el director intentaba conocer y mostrar la realidad histórica ante las grandes obras, con personajes arrepentidos cuya comprensión les concede el perdón a los crímenes del alma.
Este texto de El pintor de su deshonra, concluye con el arrepentimiento de Don Juan Roca –excelente Arturo Querejeta-, acusado por su crimen: “Esto que veis es un cuadro/ que ha dibujado con sangre/ el pintor de su deshonra”. A lo cual le responde la víctima: “…aunque mi sangre derrame/ más que ofendido, obligado/ me deja, y he de ampararle”. Calderón, sacerdote de la contrarreforma, hace perdonar, por su confesión, los pecados, incluido el asesinato. Ocurre lo mismo en el crimen, por su arrepentimiento ante el Rey, en el citado El médico de su honra: “Médico fui de mi honra;/ ahora tú mi ciencia aplaca”. Perdones que Calderón acepta y defiende, la confesión salva siempre cualquier pecado cometido: aquella moral castigaba duramente los conceptos de la dignidad, el honor, la traición o la fidelidad; para nosotros el horror de nuestro barroco. Nos ayuda así a reflexionar sobre la moralidad del XVII.

El vestuario –de Pedro Moreno- es, probablemente, lo más hermoso de esta representación. Riqueza, fantasía, sin necesidad de alejarse de la época, un agradecimiento para el disfrute. En la otra orilla, el decorado se hunde, y vemos los cuadros y los pinceles, en arpilleras de brochas enmarcadas. Se varían las direcciones para diferenciar los distintos actos. Da la impresión de que la escenografía y el vestuario no se han puesto de acuerdo, no han hablado ni siquiera por teléfono. Es frecuente este estilo utilizado por la CNTC en su programación, en el que prefiere romper el tiempo, incluso utilizando decorados inexplicables.
En el último acto, se ha creado un final verdaderamente formidable: cómicos de un pecador carnaval que actúan, ante la gran y preciosa pintura, con vestuarios y disfraces de máscaras. Un lienzo clásico representa un paisaje marino. Un fantástico montaje de la fiesta, con una evidente influencia veneciana.
El reparto lo forman excelentes actores. Los conocemos muy bien, pero en esta función no alcanzan mucho más que el listón. Se dicen bien los textos, pero ausentan la versificación, porque se prefiere ocultar o huir de ella, sea por dificultades o, acaso, por un responsable del asesoramiento del verso. En algunos casos, insuficientes vocalizaciones, tonos que nos hacen imposible entender: es el caso más grave de la propia protagonista. Cada cual lo hace como puede, con su sabio conocimiento. Eduardo Vasco demuestra una regularidad en sus montajes. Además, a nuestro teatro clásico no le gustan los muebles ni la utilería; le place sentar o echar al suelo a cualquier personaje social; y cosas así.
Enrique Centeno
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Autor: Calderón de la Barca. Versión, Pérez Sierra.
Intérpretes: Francisco Merino, Arturo Querejeta,

Eva Trancón, José Ramóm Iglesias, Muriel Sánchez,
José Vicente Ramos, María Álvarez, Didier Otaola, Nuria Mencía,
Daniel Albaladejo, Fernando Sandino, Ángel Ramón Jiménez, Sánchez Ruiz.
Música: Martín Marais / Alba Freso.
Músicos: Aghata René (Viola), Mª Mercedes Torres (Clave), Alba Fresno).
Vestuario y máscaras: Pedro Moreno.
Escenografía: Carolina González.
Dirección: Eduardo Vasco.
Teatro: Pavón (CNTC) (2.3.2008).
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domingo, 8 de febrero de 2009

La noche de San Juan ***

Hemos visto ya el resultado de la “Compañía Joven” de la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC), un magnífico elenco de actores. En ellos suenan bien las voces, ya concluida la primera promoción actual, previamente seleccionada en audiciones. Se escucha, junto a estas voces, el conocimiento de la verificación, brillantes y clarificadoras en métricas y ritmos. No suele ser frecuente. Hay que celebrar y felicitar a esta escuela. Son, muchos de ellos, nuevos profesionales sobre las tablas, y el director de la CNTC, Eduardo Vasco, ha debido conocerlos en sus trabajos de prácticas, porque contó ya con ellos en el reparto de su propio montaje de la temporada pasada, La dama boba.
Quien lo dirige, es Helena Pimenta, que se había encargado ya de varios clásicos en la CNTC, entre ellos dos de Lope de Vega. Este es, sin duda, el mejor de sus trabajos, La noche de San Juan. Curiosamente, ella fundó la compañía Ur y, recién iniciada, vino a Madrid, -hace ya quince años-, con El sueño de una noche de verano, de Shakespeare, este autor que no quiso utilizar el nombre religioso del solsticio, y que, lógicamente, su contemporáneo sacerdote, Lope, prefirió usar el de San Juan Bautista.
Hemos iniciado así este comentario, porque la brillante función es aquí más importante que esta comedia de enredo no tan magnífica como otros títulos del Félix. La juguetona noche mágica transcurre en la capital de Madrid. Fue un encargo del Rey y, naturalmente, en la capital no pudo acudir a los hechos más tradicionales: la noche de amor a las orillas del mar, las escarchas de hierbas al amanecer, los bosques para perderse... Lope, urbano, no tiene las hogueras entre las casas, y sus recursos son las aguas del Manzanares, o los campos de hierba en el Prado de San Isidro. Pero tiene las palabras sueltas sobre la noche y, sobre todo, la construcción jugosa con equívocos, desencuentros y acuerdos entre las parejas, hasta el triunfo de los amores. Se consigue un espectáculo lleno de gracia, de diversión y de belleza del texto. Su versión la ha hecho, como otras veces, Yolanda Pallín, quien con inteligencia, acorta algunas tiradas de versos, para conseguir mejor la carcajada continua. Ha añadido también una canción bailada antes de comenzar, y ha adaptado unos versos con una música de zambra, como la popular “Chunga”, que le sirve lo mismo para el humor que para la romántica poesía.
La noche en este barrio se limita, en la escenografía –de José Tomé-, a un aparato ingenioso, una especie de torre con vigas y suelos de madera, con altura, que gira y donde se agregan diversos elementos enriquecidos para la acción, con una buena iluminación. Se ha conseguido, por todo, un completo éxito.
Enrique Centeno
_________________________________Lope de Vega. (Versión, Yolanda Pallín)
Intérpretes: Eva Rufo, Rebeca Hernano,

David Boceta, Alejandro Saá, Íñigo Rodríquez,
Mónica Buiza, Cristina Bernal, David Lázaro,
Javier Lara. Isabel Rodes, María Benito, Rafael Ortiz,
Jose Juan Rodríquez, Ángel Galá.
Vestuario: África García.
Escenografía: José Tomé.
Dirección: Helena Pimenta.

Teatro: Pavón
(Joven CNTC) (5.2.2009)

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lunes, 22 de diciembre de 2008

La comedia nueva o El café ***

Hace más de dos años, Ernesto Caballero dirigió uno de los mejores montajes de la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC), Sainetes, de Don Ramón de la Cruz. (Este “Don” parece siempre obligado añadirle a este divertido autor). Se le encarga ahora La comedia nueva o El café, de Moratín. Ambos autores son casi contemporáneos, aunque el sainetista todavía continuaba utilizando el teatro en verso, superado en el mismo siglo XVIII: aquellas eran juergas y burlas en las calles madrileñas de donde él era. (Cervantes, mucho antes, sí había hecho sus entremeses en prosa). Caballero sabe, sin duda, que a Leandro Fernández de Moratín no le gustaba mucho la diversión. Se preocupaba, ante todo, de la crítica a la sociedad y a la cultura del desconocimiento o del desprecio hacia el avance; una España reaccionaria ante el nuevo Siglo de las Luces, donde se continúa transformando el teatro a partir del maestro italiano Goldoni: también lo montó muy bien el director.
Aquel teatro de Moratín se ocupaba, didácticamente, de salvar, de superar la ignorancia y el desprecio de los españoles hacia la Europa de los “afrancesados”. Atacaba desde los escenarios las trampas de la aristocracia, los matrimonios obligados – la más conocida, El sí de las niñas, ha sido montada en dos ocasiones en la CNTC- por la ausencia de la libertad o el laicismo, y contra los poetas desastrosos y alejados de la actualidad. Esta función tiene algunos trucos -como en las ironías del anterior Molière-, un procedimiento que incluso ha querido añadir el director al acentuar la crítica, desde La comedia nueva, en una primera escena de la fatal tragedia de La destrucción de Sagunto, escrita por el olvidado Gaspar Zavala y Zamora. Este disparatado dramón gusta mucho en la función, se ríe el público en la representación en un decorado al fondo, donde ocurren tanto los versos como las interpretaciones de actores: la toma por Roma entre muertos, fuegos y héroes. El director ha exagerado, de un modo sarcástico, ese estilo que se discute en los encuentros de ataques en El café, lugar de tertulias adjunto al teatro en el que se está estrenando. Ahí se encuentra el peor poeta, don Eleuterio -Jorge Martín-, y el crítico social, don Pedro –José Luis Esteban-, con referencias al revolucionario Jovellanos.
Ha construido el escenógrafo Raymond, un excelente decorado amplio, neoclásico de columnas, paredes y un techo de vidriera que ilumina el ambiente: la sorpresa es, al final de la obra, esa vidriera. Todos los intérpretes están, sin excepción, en interpretaciones extraordinarias.
Enrique Centeno
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Autor: Leandro Fernández Moratín.
Versión: Ernesto Caballero.
Intérpretes: Vicente Colomar, David Lorente,
Yara Capa, Natalia
Hernández, José Luis Esteban, Carles Moreu, Iñaki Rikarte, Jorge Martín.
Iluminación: Juan Gómez Cornejo.
Vestuario: Javier Artiñano.
Ecenografía: José Luis Raymond.
Dirección: Ernesto Caballero.
Teatro: Pavón (CNTC). (17.12.2008)

La comedia vieja o el café

Muy próximo al teatro de La Comedia, existía hasta hace unos años el Café Dorín. Era un lugar de encuentros de actores, directores y autores, donde se charlaba y se discutía en aquellas tertulias. Hasta algunos intérpretes acudían para comer algo entre funciones. Incluso se concedía cada año, en el salón del fondo, el Premio Dorín. Ese lugar de discusión nos recuerda al recién visto "El Café "de Moratín. No existe hace ya una década. El teatro de La Comedia se cerró poco antes.
El nuevo teatro de la Comedia se había inaugurado en 1875, y a partir de 1986 se dedicó a la comedia vieja, en esta ocasión al imprescindible clásico, La Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC) que creó Adolfo Marsillach. El sueño para conseguir algo similar a lo que existe en los países europeos. Se miraba siempre, con envidia, hacia París con la Comèdie Françoise.
La comedia nueva de Moratín, tan crítico, era, precisamente, el conocimiento de nuestra historia. En este caso, el conocimiento de nuestra historia a través de los grandes autores -como del propio Moratín, elegido hace ya diez años en la CNTC con "El sí de las niñas"-que, frecuentemente, se habían representado pobremente, incluso penosamente.
Nunca sabremos porqué se cerró el teatro de La Comedia –de traspaso-. Se adujo que iba a reformarse, y el CNTC se trasladó al modesto teatro Pavón, un lugar semioculto al principio de la calle de Embajadores. La Comedia se encuentra a cien metros del Español –nacido como Corral-, como centro de las salas Reina Victoria, Calderón o Fígaro. Pero cuando se pasa por el número 15 de la calle Príncipe, sentimos una cierta depresión. En estos prolongados años, nunca vimos un solo operario entrando con ladrillos o baldosas. Hace unos días han puesto un cartel amarillo, con el anagrama del Ministerio de Cultura, que afirma la “rehabilitación”: no tiene escrita su fecha prevista para su terminación, qué curioso. Pensamos, pasando continuamente, y esperando, al menos, su inicio. (A propósito, lo que sí se mantiene en la fachada es la placa de bronce en la que sobre el emblema del yugo y las flechas se celebra, en este teatro, la fundación de Falange Española un 29 de octubre de 1933. (Debe ser una obra de arte).
El teatro se fue de viaje y salió as el café de Dorín. Ya no se encuentran amigos ni nada de nada. Por eso mirábamos el estreno de la función en el feo Pavón, contándonos
"La comedia nueva o El café".
Enrique Centeno

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viernes, 5 de diciembre de 2008

Del Rey abajo, ninguno ***

Probablemente, este Del Rey abajo, ninguno, es el mejor montaje de la Compañía Nacional de Teatro Clásico de los últimos años, en los que han abundado muy flojos espectáculos. Hacía tiempo que no escuchábamos, con tanto placer, los versos de nuestros autores del Siglo de Oro.
El toledano Rojas Zorrilla (breve vida, 1607-1648) vino a la CNTC –hace ya muchos años-, con los montajes de Obligados y ofendidos, en 1988 y en la temporada siguiente. Entre bobos anda el juego. De la comedia a la tragedia. La autoría de este drama ha sido siempre discutida e incluso atribuida a tres escritores en cadena. Es el similar conflicto con La Celestina, que continúa atribuyéndose a Fernando de Rojas. Curiosamente, la versificación de El rey abajo… sufre evidentes cambios de estilo y de escasas estrofas de las que utiliza este comediógrafo.
Laila Ripoll, la directora, se ha ocupado también de la versión del original. Mantiene el usado monólogo en un interminable romance, en el que cuenta el protagonista los hechos que provocaron el drama. Las explicaciones, ante el Rey, buscan siempre la defensa del honor y la ofensa, que justificaron matar al enamorado de su esposa. La corona salvará –así sucede siempre- a Don García frente al noble Don Mendo. En otros títulos, se representan tales juicios del barroco. En muchos casos, como aquí, los espectadores se cansan, se remueven en las butacas, miran por el patio… El encuentro entre los dos personajes, en cambio, reduce la escena del final, casi ocultando el asesinato. Ripoll prefiere suavizar el drama con canciones y bailes de preciosas coreografías –Marcos León- del mundo popular. Es cierto que esos actos rompen la acción excesivamente, pero nos hace disfrutar al público, entre las sombras y los dolores de esta historia.
Sería injusto no citar a los principales intérpretes, porque todos ellos lo hacen muy bien. Nos reprimiremos de citar a todos ellos, admirados actores. No cuentan con una escenografía rica, la arquitectura es insuficiente tanto en los ambientes pobres de los campos como en el Palacio sin sala. Puede justificarse en la leve imitación al pasado teatro de simples mantas o el de los posteriores corrales. Deberían conocer la Comèdie Française y su avance en la puesta en escena para enseñar al público aquel mundo. En aquel tiempo no fue necesario decorado alguno: mostraban, simplemente, historias de su misma sociedad. Lo que ocurre otra vez más, en la CNTC, es el desprecio por la riqueza estética, utilizando siempre unas paredes o raramente alguna altura, círculos o escalerillas en maderas planas. Yo creo que esas escenografías podrían servir para todas las temporadas. ¿Por qué construir otra, para representar distintas obras con los mismos elementos?. Con los cambios de iluminación se conseguirían los diferentes ambientes. En cualquier caso, insistimos en que la función es excelente, tanto en la dirección como en el reparto completo.
Enrique Centeno
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Autor: Rojas Zorrilla.
Intérpretes: Miguel Cubero, José Luis Santos,
Diego Toucedo, Juan Meseguer, Pedro Almagro,
Víctor Rubio, Ione Irazábal, Joaquín Notario,
Pepa Pedroche, Elena Rayos, Toni Misó, Montse Díez,
Íñigo Asisain, Francisco Piquer, Sergio Mariottini.
Vestuario: Almudena R. Huertas.
Escenografía: M. Ángel Coso y Juan Sanz.
Coreografía: Marcos León.
Versión y Direcc.: Laila Ripoll.
Teatro: Pavón (CNTC) (10.10.2007)
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miércoles, 22 de octubre de 2008

Las manos blancas no ofenden **

La famosa frase “Las manos blancas no ofenden”, debería hoy utilizarse con ese honor que tan sabiamente escribió Calderón. Su visión del honor, aceptado en la cultura del barroco, es únicamente testigo de aquellas crueldades. El respeto a las mujeres, sin embargo, fue habitual en todos los escritores: Lope, Tirso, Rojas y los demás. Continuó todo el XVII y así sucesivamente hasta nuestros días. Este alegre sentido cariñoso del hombre hacia la mujer, debería ser una marca de fuego: a quienes, cada vez más numerosos, son los maltratadores y criminales (como les diríamos, igual que entonces, sin el “honor” y sí con la “venganza”). Nos da entusiasmo y placer este título.
El montaje de la Compañía Nacional de Teatro Clásico ha elegido muy bien a los intérpretes, casi todos ellos muy conocidos en diferentes personajes y autores de ayer y de hoy. No les ayuda aquí su saber. Textos largos en una adaptación equivocada donde se da el juego y la diversión, aún abreviando el original. Hay un movimiento pobre de burlas y humor, incluso en el seguimiento de los personajes: siempre hablando como si fuesen un poco tímidos o incapaces de accionar. Quizá exagero al pensar, mientras veo la obra, en el teatro radiofónico. Compañías de las emisoras de radio denominadas “Cuadro de actores”. Reconozco que en estas obras, acudían a un actor-narrador que iba indicando la acción y los mutis. Es a propósito de que en este espectáculo es casi imposible entender lo que va ocurriendo a cada personaje. Aseguro que lo comentamos al salir del estreno: “yo no he entendido nada”. Algo estaba pasando allí. Y es fundamental, y exigible, ganarse al espectador y contar bien la historia, que seguro que así lo sentía el director. En la divertida comedia se provoca apenas el humor y la diversión; acaso en algún aislado momento de gestos o, por otro lado, en el juego de cambio de sexo de los actores. O en el cierre final con un cañón de luz sobre un hombre que sería mucho más divertido en la juerga del “Día del orgullo gay”. Chapeau.
Hay una escenografía pobretona, una escalera de izquierda a derecha en cámara negra y un horroroso juego de teatro mediante un inocente decorado infantil, de cartón o de tablas, que se suele utiliza en las farsas sencillas: una comedia es otra cosa. El vestuario es muy bonito, tanto el de ellas como el de ellos. El equipo, vivo y lucido, va incluyendo las brillantes pelucas. Los rostros, sin embargo, carecen de maquillaje, ni siquiera un fondo: la iluminación y los colores dejan casi invisibles sus gestos. Quizá sea demasiado crítico, pero salgo enfadado, como en otras obras del Teatro Pavón. Hubo aplausos a la compañía. No suficientes para esta CNTC que tiene ya más de veinte años.
Enrique Centeno
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Calderón de la Barca.
Intérpretes: Pepa Pedroche, Toni Misó, Elena Rayos,
Pedro Almagro, Joaquín Notario, Miguel Cubero,
Adolfo Pastor, Juan Meseguer, Ione Irazábal,
Montse Díez, Sieva Nieva, Jo. L. Santos, Íñigo Saín.
Escenografía: Carolina Fernández.
Vestuario: Lorenzo Caprile.
Adaptación y Dirección: Eduardo Vasco.
Teatro: Pavón (CNTC). (8.10.2008)
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