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miércoles, 23 de noviembre de 2011

No son todos ruiseñores **

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Autor: Lope de Vega.
Dramaturgia de Yolanda Pallín.
Intérpretes: Fernando Sendino, Montse Díez, Lucía
Quintana, José Luis Patiño, Francisco Rojas, Antonio
Molero, Nuria Mencía.
Escenografía y vestuario: Tatiana Hernández.
Dirección: Eduardo Vasco.
Teatro: La Abadía. (29.4.2000)
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Un experimento perverso

Sabía mucho el vividor Lope de Vega, de enredos y amoríos; y los sabía plasmar en esa filigrana de versificación tan suya, tan fácil en apariencia –“en horas veinticuatro pasaron de las musas al teatro”-, y tan llena de ingenio, como en esta casi desconocida comedia que la compañía Noviembre ha rescatado y cuya versión ha hecho la autora Yolanda Pallín. Lo que queda hoy por encima de aquellas tramas -que se anticiparon en siglos al vodevil moderno-, son otras cosas, claro está, porque las boberías de la comedia de enredo se sostenían en una peculiar cultura y sociedad, ante unos públicos muy diferentes y ya lejanos.
    Lo anteriormente dicho, hace que podamos disfrutar con aquel género: su estética; su testimonio; su recreación temporal, nos procura el entretenimiento y hace volar la imaginación a otros mundos, a aquel pasado: alguien dijo que nada como el teatro sirve para conocer la historia de los pueblos, incluso más que los escritos de los historiadores. Yo creo que la actualización de un texto de este género carece de sentido, y que ilustrarlo con canciones de Sinatra, vestir a sus personajes en época actual, e incluso hacer un soneto a ritmo de rap, es someter a Lope a una confrontación perversa en sí misma. Lo cual, desde luego, no sucede cuando se hace con sus dramas o tragedias, del mismo modo que Shakespeare soporta bien el paso a nuestros días. No se trata de negar esa tentación, sino de discriminar qué obras se prestan, y cuáles no, a la traslación.
Porque situando No todo son ruiseñores en nuestros días queda ya, simplemente, el juego tonto del enredo, el vodevil tantas veces visto, y que se soporta, exclusivamente, por su gracia verbal, y no por ninguno de los recursos estéticos modernos que en este montaje se han incorporado. Es más, afirmamos que es un trabajo perverso en el sentido de que si se descontextualiza a Lope, cabe el peligro de equipararlo a Feydeau o a cualquier otro autor del vodevil moderno. Lo cual sería un disparate que, sin duda, no pretende esta compañía.
    Es excelente, por otra parte, prescindiendo de la equivocada idea del montaje. Queremos decir que ha dirigido muy bien Eduardo Vasco, con movimientos y ritmos escénicos sabios, aislando o conjuntando las escenas con maestría. Como también todos los intérpretes dan muestras, en su evidente disciplina y trabajo, de no poco talento. En esta ocasión son los dos personajes toscos a quienes el público espera aparecer: por el texto en sí, porque lo dicen bien la formidable actriz Nuria Mencía –arrasadora-, y el no menos brillante Antonio Molero. Citas que no impiden reconocer también el trabajo del resto, como el de Fernando Sendino –que necesita aún unas clases de verso-, Montse Díez, Lucía Quintana –fresca, desenvuelta-, José Luis Patiño y Francisco Rojas, quizá el más aplomado en el verso. De todos modos, y parafraseando al propio Lope en su famoso soneto, cuando la comedia concluye, puede decirse aquello de “fuese y no hubo nada”.
Enrique Centeno

domingo, 25 de septiembre de 2011

El perro del hortelano ***

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Autor: Lope de Vega.
Versión de Eduardo Vasco.
Intérptretes: David Bocceta, Joaquín Notario, Eva Rufo,
Pedro Almagro, Alberto Gómez, María Besant,
Luisa Martínez, Isabel Rodes, David Lorente, Diego Toucedo,
Miguel Cubero, David Lázaro, José L. Rodríguez, José Luis
Santos, Alba Fresno (viola de gamba), Saea Ágada (arpa),
Eduardo Aguirre de Cárcer.
Iluminación: Miguel Ángel Camacho.
Vestuario: Lorenzo Caprile.
Escenografía: Carolina González.
Dirección: Eduardo Vasco.
Teatro: Pavón. (CNTC). (21.9.2011)
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Las verdades y las mentiras

Aunque no es frecuente, agradecemos a la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC) que esta vez consiga hacer entender los versos y seguir sus historias. De esta conocida comedia de El perro del Hortelano, ha hecho el director Eduardo Vasco un brillante montaje y, como suele suceder, une los tres actos y reduce -cortando numerosos versos de Lope-, con un ritmo vivísimo que consigue la deseada diversión.
    La seductora condesa Diana trampea entre sus tres pretendientes convirtiendo su castillo en una huerta. Lo hace, brillantísimamente, Eva Rufo, actriz ya colocada en otras comedias, y al no noble galán Teodoro, lo interpreta también muy bien David Boceta, en sus dudosas decisiones entre las dos frutas: la presumida y engañosa duquesa, y la dama Marcela; ésta en manos de la estupenda actriz Isabel Rodes -que bien ha elegido el directo-, quien terminará con el casamiento del gentilhombre Fabio –muy bien Pedro Almagro-, mientras el principal y variadísimo criado, metido en líos, Tristán - con el correcto Joaquín Notario, mejor que en anteriores obras clásicas- se unirá “como premio” a la dama Dorotea que lo luce con sabor Luisa Martínez. El secretario y galán, Teodoro, terminará, finalmente, con la deseada Diana.
    Componen el huerto los nobles berzas, duque y marqués, que aparecen grotescamente caracterizados –todo el vestuario, magnífico, lo ha debido disfrutar el diseñador Lorenzo Caprile-, con una opulencia que llega hasta el disfraz. Son burbujeantes estos personajes, que explotan con habilidad José Luis Santos, Davis Lorente, y Miguel Cobero: a este último le toca ese conde que, en sus canciones, imita a un barítono de zarzuela, causando carcajadas en cada aparición.
  Se despide el director de la CNTC con El perro del hortelano –título que montó la compañía en 1996, con la versión de Manuel y Antonio Machado-, junto a este estupendo elenco.
Enrique Centeno


lunes, 2 de mayo de 2011

La dama boba **

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Autor: Lope de Vega. Versión de Juan Mayorga.
Intérpretes: Maruchi León, José Luis Santos, Fernando Aguado,
José Luis Gago, Jordi Dauder, Sergio de Frutos, Isabel Ordaz,
Eva Trancón, Gabriel Garbisu, José Segura, Pilar Gómez,
José Luis Patiño, Fernando Sendino, Jorge Basanta.
Iluminación: Miguel Ángel Camacho.
Escenografía: José Tomé, Susana de Uña.
Dirección: Helena Pimenta.
Teatro: La Comedia. (Compañía Nacional de Teatro Clásico)
(16.1.2002)
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Boberías




Se sabe que la mayor parte de la producción de Lope de Vega son bobaditas, enredos que hoy no soportaríamos ni del más ínfimo dramaturgo. Pero cuidado, se sabe también que su filigrana constructiva, y sobre todo su versificación, hacen del Fénix un verdadero genio. Si quitamos los sonetos, las quintillas, las décimas y el ritmo versal asombroso de nuestro autor, queda muy poco. Otra cosa importante: a través de él, como de otros autores del XVII, conocemos costumbres, culturas, o eso que viene en llamarse el imaginario de cada época.
    Pero ya sabemos que cuando a un director se le encarga el montaje de un clásico, lo primero que hace es ver de qué manera da la vuelta a esos valores mayores. En este caso, la directora Helena Pimenta –que tiene mucho talento- ha preferido situar el enredo de Lope en los años treinta. No es que la idea sea en sí misma condenable, pero nos hurta ya estéticas y maneras de los clásicos que necesitamos conocer, porque forman parte, ahora sí, de nuestro imaginario histórico. Creo yo que la superación de esquemas de la protagonista, condenada a su condición femenina de hace tres siglos, tenía entonces muchísimo más mérito y audacia que una contemporánea, por ejemplo, de Federica Montseny. De modo que, así vestidos, así actuando, se pierde el valor precursor del mujeriego Lope. Y, desde luego, no nos es posible entender el valor del autor madrileño cuando escribió aquello.

    En la manipulación –hablamos de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, téngase en cuenta- interviene también el talento del adaptador, que hace mangas y capirotes con el texto, añadiendo versos –cita, por ejemplo al poeta Jorge Guillén- de forma que el espectador ya no sabe dónde empieza Lope, dónde la adaptación, dónde la dirección o dónde el decorado.
    Ah, el decorado. Una especie de paneles de madera que recuerdan a una plaza de toros portátil y que, en un alarde de bricolage, puede servir para un banco, un mostrador, un espacio ambiguo o un interior. No se comprende bien la cobardía de situar toda esta trama en la época indicada –con bellos trajes, con peinados muy documentados- y luego construir un decorado abstracto, completamente inexpresivo.
    Ah, y la expresión: está Maruchi León formidable, tierna, dulce, diciendo sus versos impecablemente –hay que felicitar por ello a todos, porque hacía tiempo que no veíamos un clásico español donde los actores sepan o hayan aprendido a decirlo (felicidades a Vicente Fuentes, que se ha encargado de esta labor). Jordi Dauder, el padre –“el barbas”, se llamaba en el argot clásico-, se come todo en cuanto sale, en tanto que los otros protagonistas, como la laureada Isabel Ordaz o Gabriel Garbisu, no llegan al ridículo por un pelo. El conjunto, en general, responde con la discreción de una compañía de escuela, lo cual no se dice con ánimo de molestar a nadie.
    No hemos visto a Lope; seguimos sin ver a nuestros clásicos en la compañía titular. Seguramente es un signo de modernidad. Seguramente también es la sustracción a los nuevos espectadores de nuestro pasado, de nuestras raíces, de lo que supuso la renovación del teatro español en el Siglo de Oro. No sé si le importará a alguien, y a sí lo deben pensar sus responsables.
Enrique Centeno

La Dorotea *

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Autor: Lope de Vega.
Versión de Luis García Montero.
Intérpretes: Nati Mistral, Alicia Agut, Mar Bordallo, Alberto
Alonso, Jaime Linares, Mª Jesús Hoyos, Carmen Serrano,
Mª del Mar Rodríguez, Manel Gallardo, Jaime Tijeras.
Iluminación: Carlos Moreno.
Dirección: Joaquín Vida.
Teatro: Bellas Artes. (6.10.2002)
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Un Lope en prosa


Aunque dividida en actos y escenas al modo del teatro clásico, La Dorotea no fue escrita para ser representada, y se le llamó en su tiempo novela dialogada y, más tarde, novela de acción. Además, su extensión hace forzosa la adaptación y simplificación para la escena. Ocurre entonces que queda reducida y centrada demasiado en la trama, hasta el punto de convertirse en una comedia más de Lope. Esta conversión tiene desventajas evidentes, porque gran parte del enredo lopesco se basa en la filigrana de los versos, de modo que forman y construyen el todo que da dimensión a la obra del Fénx, como él mismo explica en su Arte nuevo de hacer comedias.
    Este montaje de La Dorotea está hecho para Nati Mistral, que hace de ella misma, con su peculiar dominio escénico, su socarronería y su desenfado. Su personaje de Gerarda, que -como la otra Celestina-, inunda de refranes sus parlamentos, y asegura que “no hay buena olla con agua sola”, que bien nos sirve aquí. No es suficiente Nati Mistral para sostener el espectáculo; o tal vez es un exceso para una olla sin ingredientes. Intérpretes de muy diferentes formas y calidad, desde la discreción hasta el suspenso. Vagan por el escenario sin composiciones firmes, sin crear atmósferas o ambientes; de modo que todo se diluye en una sucesión de pasajes deslavazados. Al menos en esta ocasión, el paso de La Dorotea por el teatro no ha funcionado.
Enrique Centeno

miércoles, 2 de marzo de 2011

El castigo sin venganza *

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Autor: Lope de Vega.
Intérpretes: Gerardo Malla, Jesús Teyssiere, Manuel Sámchez Ramos,
Rodrigo Arribas, Jesús Fuente, Alejandro Mayo, Belén Ponce de León,
Bruno Ciordia, Lidia Otón.
Escenografía: Almudena López Villalba.
Vestuario: Susana Moreno.
Iluminación: Chahine Yabroyan.
Dirección: Ernesto Arias. (Rakatá)
Teatro: El Canal. (10.2.2011)
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Un mes después de representarse El castigo sin venganza, montada por Miguel Narros, sorprende que aparezca este título en el mismo teatro del Canal.
    Hace muchos años que este director lo hizo ya en el teatro Español -Octubre, 1985, en cuyo reparto figuraban nada menos que Luis Pellicena, Inma de Santis, Ana Marzoa o Juan Ribó, entre otros-, un montaje inolvidable que ya no nos deja aceptar las insuficientes puestas en escena de este Lope. La última vez lo vimos con la Compañía Nacional de Teatro Clásico (Teatro Pavón, 27.4.2005), ya en el periodo de su hundimiento.
    La que ahora comentamos pertenece a la compañía Rakatá, a la que vimos hace dos temporadas, en este lugar, en un estupendo montaje de Fuente Ovejuna (v.), y por eso hemos acudido ahora a contemplar de nuevo El castigo sin venganza, otra de las mejores obras del Fénix. Antes del texto teatral, se escucha un largo prólogo explicando, con una cuidada voz en off grabada, la historia que se va a representar, cuyo sentido didáctico no parece justificado, a no ser que se desconfíe de la representación o, peor aún, que se considere al público algo torpe. Y sí se recita muy bien la rica versificación. Lo que más le importa al director –Ernesto Arias- es respetar la métrica, los ritmos y sus estrofas. Pero la creación de los personajes y de sus acciones escénicas aparece escasamente y, por no juzgar, con demasiada torpeza. Escuchamos más bien los versos, porque los personajes están en el aire, dejando para el director las lecturas o lucimientos. El admirado actor Gerardo Malla, consigue casi crear el personaje del Duque de Ferrara, en escenas divertidas del inicio, aunque tampoco reprime el énfasis en los momentos trágicos. Pero el hijo, Federico, lo hace Rodrigo Arribas, actor joven y aún verdísimo para asumir tal personaje; y la adúltera madrastra, Casandra, es igualmente demasiado para Alejandra Mayo. Estos enamorados, alejados aunque cerca y adosados al suelo, en sus declaraciones carecen de electricidad. El más vivo personaje es el acompañante de Federico en el viaje y el regreso de Mantua con la prometida Casandra, -robada ya en el camino y descubiertos en las noches del palacio-, el inteligente criado Batin, que Jesús Fuentes crea con mucha inteligencia.
    Nos gustó escuchar y disfrutar los versos en uno de los reconocidos dramas de Lope de Vega. No siempre podemos escuchar tanta genialidad entre redondillas, décimas o romances que en cada momento son lecciones de nuestro teatro clásico.
Enrique Centeno

jueves, 26 de agosto de 2010

Fuenteovejuna ***

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Autor: Lope de Vega (Adapt. Juan Mayorga)

Intérpretes: Cristina Plazas, Jordi Bosch, Domènec de Guzmán,
Pepo Blasco, Santi Ricart, David Martínez, María Molinas,
Carmen Poll, Òscar Rabaandan, Marco Aurelio González,
Jordi Puig "Kai", Roberto Quintana, Pep Jové, y otros.
Vestuario: Maria Araujo.
Escenografía: Bibiana Puigdefàbregas.
Dirección: Ramón Simón.
Producción de la Compañía Nacional de Cataluña.
Teatro Pavón (CNTC) (21.9.2005)
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Doce años después de su puesta en escena, la Compañía Nacional de Teatro Clásico montó Fuenteovejuna, cuya adaptación hizo el gran poeta y estudioso del verso Carlos Bousoño. La obra de Lope se puede ver de nuevo con la Compañía Nacional de Cataluña, invitada por la CNTC. En aquel citado estreno, escribimos en la crítica: “Al fin Fuenteovejuna: era como una deuda de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, junto a otros títulos forzosamente pendientes que sin duda nos dará. Se ha montado en clave de tremenda belicosidad, y no es extraño, porque la aproximación de la obra a nuestros días no podía sustraerse al momento histórico que vivimos, donde los abusos de poder, la tropelía, la guerra casi feudal o el integrismo, que es lo mismo, traen cada día una nueva tragedia incluso en la vieja Europa. Sin duda, la aportación principal de esta manida y magistral obra, es la iconografía, en la que es fundamental la labor de Carlos Cytrynowski, [1939-1995], que demuestra una vez más su talento creativo y singular, un verdadero lujo en medio de la general vulgaridad repetitiva de nuestra escenografía”.
    Las referencias citadas y el estreno de ahora, coinciden en el valor de Lope contando el hecho histórico de un siglo anterior, pero del que no evitó, como siempre, el homenaje en su monarquía. El texto famoso y magistral, es dicho en este montaje de un modo ejemplar: como sucede a todos los actores, formidable reparto con el envidiado personaje -por todas las actrices- de Laurencia, con la maestría y fuerza dramática de Cristina Plazas, a la que ya conocíamos. Un vestuario intemporal, distante pero con contrastes de ambientes, es hermoso en su bella iluminación. Una modesta dirección monta las acciones y diálogos entre sus personajes en una escenografía pobre, inútil, ausente: lo  seguimos viendo casi siempre en estos hábiles trabajos de bricolage. Prescindiendo de estas faltas, el montaje es, tras años, un buen espectáculo, como es normal en la CNC.
Enrique Centeno

miércoles, 21 de abril de 2010

La moza de cántaro ***

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Autor:  Lope de Vega.

Versión: Rafael Pérez Sierra.
Intérpretes: María Prado, Mamen Camacho, Roberto Sáiz,
Mario Retamar, Héctor Carballo, Francisco Carril, Julián Ortega,
Georgina de Yebra, Badia Albayati, Carlos Jiménez-Alfaro,
Daniel Teba, Sara Moraleda, Paloma Sánchez de Andrés,
Julio Hidalgo.
Pianista: Ángel Galán.
Iluminación: Migel Ángel Camacho.
Vestuario: Lorenzo Caprile.
Escenografía: Carolina Fernández.
Dirección: Eduardo Vasco.
Teatro: Pavón. (Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico, CNTC.)
 (14.4.2010)
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Es este el segundo montaje de la Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico. Pudo verse, en la temporada pasada, un bellísimo espectáculo de La noche de San Juan, que dirigió Helena Pimenta. Y se regresa otra vez al mismo Lope de Vega, del que se encarga Eduardo Vasco. Un magnífico montaje y uno de sus mejores trabajos en la CNTC, La moza de cántaro, gracias a un formidable reparto.

     Pertenece a un género curioso, en el que arranca el texto con un drama, para pasar por la intriga, la comedia, lo histórico o lo romántico; un argumento en el que se adivina ya el triunfo del amor. Son numerosas en el clásico las mujeres vestidas de hombre, como en Lope. Aquí sí hay una ruptura, cuando la protagonista, Doña María, será capaz de vengar el honor de su viejo padre, matando al causante, entre sus brazos, con su puñal. Aquí, en su mutis, recurrirá a su feminismo: Pues estas hazañas hacen/ a las mujeres varoniles/ ¡Ahora, cielos, ayudadme! (extraña este último verso, pero al consultar el texto original, comprobamos que el adaptador ha trasladado a Lope de Vega hacia el estilo de José Zorrilla). Aquí, iremos otra vez a ese Barroco que aprueba los derechos de los nobles para quitar la vida en defensa del honor -o de su honra-, y nos acostumbramos lo suficiente para poder continuar la función, entre el amor y los tradicionales engaños y enredos.
    Escondida y cambiada, esta mujer se convertirá así en La Moza de cántaro, humilde trabajadora que interpreta genialmente la jovencísima actriz Mamen Camacho, con un encanto que atrae al público entre sonrisas, burlas, coquetería y seducción. Lo hacen también muy bien todos los actores, como Francesco Carril -Don Juan- o Héctor Carballo –el Conde, otro de los galanes-. Menos triunfan los intérpretes de los lacayos -así se les califica en el programa de mano- con un vestuario que, en sus maletas, ha viajado hacia el siglo XIX; lo cual aporta unos preciosos trajes, tanto en los nobles como en los brillantes azules de las mujeres populares, creados por Lorenzo Caprile.
    Ha prescindido Vasco de la escenografía, como suele hacer, con sólo una cámara negra casi vacía, apenas introduciendo –o retirando- unas simples sillas de la época. Afortunadamente y con mucha habilidad organiza ritmos y movimientos, casi coreográficos, con este conjunto de jóvenes vivísimos. Y los destacados versos de esta obra se interpretan con el procedimiento de sujetar las métricas, mejor que en anteriores funciones de la CNTC. La adaptación de Rafael Pérez Sierra -acortando, como en la actualidad se hace siempre-, en sus cambios y mutilaciones llega a dificultar toda la historia. Es seguro que, tanto el director como los actores, no se escapan de toda la acción, con permanente traducción en los ensayos, olvidándose del espectador. No nos referiremos ya a los cambios del original, sino a la dificultad del seguimiento. Podemos asegurar que los espectadores se encontraban perdidos en algunos momentos. Pero todo era tan gozoso, que llegamos a prescindir de ello.
    El disfrute lo producen el equipo de intérpretes, especialmente de actrices, damas y criadas de estampas vivas. Es imposible no citar a todas ellas, y tomar nota para volver a verlas: María Prado, Georgina de Yebra, Badia Albayati, Sara Moraleda y Paloma Sánchez. Aunque, naturalmente, es aquí responsable el director.
Enrique Centeno

sábado, 19 de diciembre de 2009

La viuda valenciana *

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Autor: Lope de Vega.
Dramaturgia y adaptación: Antoni Tordera.
Intérpretes: Alicia Ramírez, Cesca Salazar,

Alegre, Pepe Miravete, Jaime Linares, José Montesino,
Paco Gisbert, Juanjo Prats, Panchi Vivó, Fran Guinot
Juansa Lloret, Reyes Ruíz.
Escenografía: Manuel Zuriaga y Josep Simón
Vestuario: Pascual Peris.
Iluminación: Juanjo Llorens.

Dirección: Vicente Genovés.
Teatres de la Generalitat.
Teatro: Pavón. (19.12.2009)

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Tenía Lope de Vega 28 años cuando fue desterrado de Madrid. Fue un trolero que, por interés personal, difundió la falsa inmoralidad de una dama. Tal fue la razón de que el comediante fuera alejado de Madrid. Marchó a Valencia, y allí permaneció, durante dos años, sin cesar de escribir. Le fascinó –como a todo el mundo- esa ciudad alegre y teatral. De Castilla al Mediterráneo, el Fénix ambientó sus obras de capa y espada o de amor. A veceAñadir imagens recordó tanto la ciudad del Turia -tópica denominación de su río, al que se cerró su caudal-, que la dedicó otros títulos. Uno de los mejores, años después, fue Los locos de Valencia. Se montó en la Compañía Nacional de Teatro Clásico - la de entonces, en 1986- con un brillantísimo espectáculo.
La viuda valenciana ha sido montada por los Teatres de la Generalitat, y pensábamos ver esta historia de disparatados enredos junto al mar de esta ciudad de cielo azul mediterráneo y alegres vestuarios. Pero no se ha querido hacer así, sino en una escenografía útil, arquitectónica, en madera desnuda, que ofrece un juego divertido de entradas y salidas, arcos y dos alturas. La idea es imitar un corral de comedias, en lugar de una ambientación coloreada y brillante. Todo ese tono marrón apaga la diversión en una gris viuda que se le ocurrió a Lope tras contemplar los carnavales.
La compañía recibe al público en el patio de butacas, alegre, invitando a la diversión. Esto no nos hace mucha gracia. Se inicia la función con una música –grabada- con la que se monta un vivo juego que anuncia el comienzo del carnaval. El enredo es divertido, con una cierta movilidad de actores con máscaras y jácaras guasonas, aunque no consigue el festival. Sus vestuarios son desairados en telas mates, aburridas y sosas. Es una compañía más entusiasmada en las gracias que en la lealtad a los versos: los textos se escuchan mal, se grita continuamente en voces desacordadas, lo mismo en un enfado, un amor o en las confidencias; recitan los versos, en otras ocasiones como si quisieran contar al público esos personajes desaparecidos. El papel de la frívola y atractiva Celia, lo hace estupendamente la actriz Reyes Ruíz, sin caer en movimientos forzados. Podrían mirarla bien tanto la viuda como el mujeriego, o ser dirigidos con más sabiduría. La función se aceptó sin entusiasmo.
Enrique Centeno

jueves, 29 de octubre de 2009

La gatomaquia *

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Autor: Lope de Vega.
Versión libre de Pedro Villora y José Padilla.
Intérpretes: Manuel Navarro, Sol Montoya,
José Padilla,
Francisco Pacheco, Antonia Paso,
Paula Miguelez, Juanjo de la Fuente, Goyo Pastor.
Vestuario: Helena S. Kriuho de la Peña.
Escenografía: Juanjo de la Fuente.
Dirección: Goyo Pastor.
Compañía Laensemble.
Teatro: Círculo de Bellas Artes. (27.10.2009)

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En los últimos años de su vida, Lope de Vega debió, una tarde, contemplar los tejados de su barrio por los que paseaban numerosos gatos, que correteaban por todas partes en su Madrid; precisamente así se les llamaba a los naturales de la ciudad: gatos. Le sirvió para dedicarles en su observación, uno de sus romances que atribuyó al inventado Licenciado Tomé de Burguillos. La gatomaquia son largos versos libres –en silvias-, jocosos, mostrando que esos félidos se comportan como humanos en enfrentamientos, ambiciones, pobrezas, abusos o el amor: “Una parodia del poema épico renacentista, con gatos como héroes (…) Lope de Vega ha hecho demasiado largo esta broma” (Martín de Riquer y José María Valverde, Vol.5, pág.208).
Han convertido esta obra de teatro en una "adaptación libre", alejada de las creaciones del Fénix. Imagínense qué será, además, alargarlo indefinidamente, entre morcillas, bailetes y cancionetas. La escenografía consiste en diminutas maquetas del barrio y, en primer término, una chimenea como el ambiente de la historia. La verdad es que hace unos días vimos algo similar, aunque muy bien hecho –el de aquí es horroroso- , que se utilizó para montar el drama de Shakespeare La tempestad. No es broma, véase en el blog.
Se sirve un cóctel en la función con escenas cómicas o de filosofía, de deberes o de críticas: todo ello en una especie de carnaval con estos intérpretes que portan –todo el tiempo- máscaras sugerentes y vestuario incomprensiblemente feísimo. Lo mantienen nada menos que durante una hora y tres cuartos. Al principio parece un teatro infantil con un paso burlón; pero no fue así, porque enseguida todos nos aburrimos, exceptuando a las butacas de claque. Seguro que estos adaptadores admiran sus conocidas comedias de enredo y dramas de Lope, y en algunos momentos se adivinan imitaciones de juegos o de capa y espada. Entre los disfraces y sus limitados rostros, unos hablan en falsete, otra como si fuera el miau, o un actor con buena voz, completa así esta singular escala musical.
Enrique Centeno

sábado, 3 de octubre de 2009

¿De cuándo acá nos vino? ***

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Autor: Lope de Vega.Versión: Rafael Pérez Sierra
Intérpretes: Ernesto Arias, Diego Toucedo, Raúl Ortiz, Adolfo

Pastor, David Boceta, Joaquín Notario, Pedro Almagro,
José Luis Santos, Miguel Cubero, Alejandro Saá, Pepa Pedroche,
Eva Rufo, Toni Misó, Isabel Rodes.
Músicos: Arreglo: Alicia Lázaro. Melissa Castilla (violín barroco),
Josías Rodríquez, (guitarra barroca archilaúd), Héctor Castillo
(Violone), Rodrigo Muñoz (Percusión).
Coreografía: Nuria Castejón.
Imagen vídeo: Fernando Embid.
Vestuario: Pedro Moreno.
Escenografía: José Manuel Castanheira.
Dirección: Rafael Rodríguez.
Teatro: Pavón (CNTC). (30.9.2009)

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Apenas una docena de comedias entre los cientos de Lope de Vega, son las más conocidas y repetidas en la programaciones. Son temas que siempre se basan en el enredo del amor, esas invenciones cuyos tipos son los habituales -la dama, el galán, los graciosos o la madre comprensiva y el padre barbas-, donde conocemos que todas las historias llegan al triunfo de las parejas para sus casamientos. Son sus continuas creaciones, páginas hasta setecientas cuarenta obras. En tono humorístico, cualquiera pensaría que, a pesar de la velocidad, este sacerdote debía escuchar numerosas informaciones en su confesionario.
La falsificación de los nombres, las transformaciones de sexo, de origen familiar o de mentiras amorosas, son bien conocidas en estas comedias. Pero sorprende este procedimiento en ¿De cuándo acá nos vino?. Una joven madre que aquí no ayuda, sino que desea amar y mentir; un falso galán que se hace pasar por sobrino; la tía que lo hace hijo de su hermano y aparecen hasta gemelos. Las coyunturas son continuas, de modo que no adivinamos a Lope de cuándo acá nos vendría el final. Es lo más original de esta comedia –que no es de capa y espada- que ha sido rebuscada entre sus obras completas. Aunque los versos no son aquí muy extraordinarios en métricas y estrofas, son suficientes para esta magnífica obra. El espectador disfruta este humor, tan disparatado que debemos escuchar con mucha atención para seguir esta locura.
Ha diseñado la escenografía José Manuel Castanheira, una construcción de telones y bastidores pintados que los propios actores trasladan o instalan logrando espacios ocultos, diferenciando y recreando los lugares de las escenas. Hemos empezado a ver montajes donde busca lucirse el diseñador, que sirven igual para tragedias, amores de comedia, salones o bailes. Castanheira ha huido del realismo, como es natural, con un retrato abstracto e imágenes que van marcando los diferentes lugares: calle, casa, lugares para danzas o interiores, con los azules, blancos o rojos, una expresión verdaderamente bella y útil. En la última escena domina un telón, panorama, que desea buscar la fiesta final, una pintura graciosa, viva en el estilo de Mompó. Colabora una excelente iluminación –José Manuel Guerra-, y allí están los personajes con precioso vestuario, creaciones por el siempre admirado Pedro Moreno.
Comienza la función con un baile que nos anuncia la diversión, en una coreografía vivísima, de Nuria Castejón, así como el clásico final –ahora no se quiere hacer descanso, o pausa que separe los tiempos- con canciones y músicas, sobre todo populares, con llamativos instrumentos barrocos que ha adaptado, como siempre, Alicia Lázaro. Todo el reparto, catorce intérpretes, hacen un excelente trabajo en los personajes, especialmente la madre, la dama o la servidora -Pepa Pedroche, Eva Rufo e Isabel Rodes- o los buenos actores como Joaquín Notario –el Capitán- o los galanes Ernesto Arias y David Boceta. Los dirige muy bien Rafael Rodríguez, con cuidadosos ritmos, gestos y movimientos que consiguen una estupenda comedia.
Enrique Centeno

miércoles, 13 de mayo de 2009

Fuente Ovejuna ***

(Al levantarse el telón, se nos aparece una escena que no está formada por paredes perimetrales de tablas marrones, sino una construcción cilíndrica, amplia, en la que gira su estructura transformándose en la torre guerrera, la casa del Consejo del pueblo, la ermita donde veremos una boda –la de Laurencia, la protagonista, con unos bailes preciosos-, o la sala real. Eso no era nada: los actores no vestían trajes de Armani, ni vaqueros, y además no llevaban los rostros sin afeitar de dos días; ni cuidaban los cabellos a su gusto. Porque aquí había un vestuario del siglo XV, con cueros o cotas, cascos de militares guerreros con espadas y guanteletes. Al otro lado, campesinos de sayones, faldas de tela o lanas humildes, calzones y zapatillas.
En muchos montajes no hay mueble alguno, todo el mundo se sienta o se tumba por el suelo, como en Del rey abajo, ninguno. Resulta que aquí vemos sillas y sillones. Hay directores a quienes no les interesa nada nuestra Historia, su cultura o sus leyendas, pero este Fuente Ovejuna nos mostrará una obra de Lope de Vega. Un drama que ha creado el mito de un pueblo; un autor que, como Calderón o Tirso de Molina, inventó un nuevo teatro y cuyos cuatro siglos atrás se desean trasladar a nuestros días).
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Lope de Vega presenta, en sus dos primeras escenas, las dos clases separadas: la religiosa y militar Orden de Calatrava, (un ejército belicoso, enérgico, que ocupará la Villa de Fuenteovejuna), y la placidez de dos jóvenes aldeanas que sonríen en conversaciones acerca de seducciones y cariños con los mozos. Lavan junto a la orilla de las aguas del río –un elemento que en nuestra poesía representa el correr del amor-, bajo un brillante sol; al otro lado la sombra tenebrosa. Este autor construye de tal modo, que el público ya prevé cómo se quebrará ese mundo. La aparición del Comendador ante la inocente Laurencia es ya, definitivamente, la tragedia de esta joven violada. Una inocente que, finalmente, levantará al pueblo para tomar la justicia. Estos acontecimientos ocurrieron en esta villa cordobesa, y diversas obras son fundadas en esta realidad, como el drama similar e igual del famoso El alcalde de Zalamea -de Calderón, situado en Badajoz-, y que algunos directores prefieren trasladar de lugares y en el tiempo.
El represor lo interpreta estupendamente el actor Alberto Jiménez, ya conocedor del teatro clásico. Lidia Otón hace con mucha frescura cualquier escena, y siempre esperamos el conocido monólogo de Laurencia enfrentándose al pueblo tras su violación. Es un largo romance en el que llora, acusa y rechaza, violentamente, la sumisión a los hombres, a quien les muestran su cuerpo golpeado y herido. La han vestido de rojo, situándola en el centro, casi inmóvil sobre una tarima, con una interpretación extraordinaria, un sueño de las actrices, en el que Otón se lanza sin miedo y logra la genialidad.

Fuente Ovejuna es la obra más conocida de nuestro autor. El británico director Laurence Boswell trabaja en el Royal Theatre Shakespeare, y es su conocimiento el que le lleva al respeto y la visión. Proceden también de Inglaterra el escenógrafo, el diseñador del vestuario y el iluminador, sin empeñarse en inventar una versión actual.
Tal vez el vestuario militar o las túnicas de la Orden excedan el estilo, pero es indiscutible la perfección estética y realista del mundo campesino. La escenografía –Jeremy Herbert, con otros trabajos en Court Theater- es hermosa, utilísima para las diversas escenas (todo ello con una rica iluminación), y que, por cierto, es muy similar a la Dietlind Konold, en Medida por medida, (Shakespeare), que vimos en esta misma temporada en el teatro La Abadía de Madrid.
Todos los personajes forman continuamente una sabia distribución como en una tabla plástica de ajedrez. El reparto hace un trabajo magnífico, tanto los citados como Gerardo Malla –Alcalde-, Roberto Mori -Frondoso-, Inge San Juan –Pascuala- y, prácticamente, todo el conjunto; imposible de mencionar a los cerca de treinta intérpretes. Buena colocación de voces, de tonos y juegos armónicos que da placer escuchar. El director no se ha ocupado de la versificación del Fénix, y permite la prosificación –escondiendo la rima y la métrica-, probablemente desconociendo suficientemente nuestra lengua.
Enrique Centeno
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Autor: Lope de Vega. Versión de Roswoll y Rakatá.
Intérpretes: Alberto Jiménez, Jesús Fuente, Luis Moreno,
Gerardo Malla, Cristóbal Suárez, Inge San Juan,
Lidia Otón, Óscar Zafra, Bruno Ciordia, Roberto Mori,
Mario Vedoya, Paco Luques, Rodrigo Arribas, Elia Muñoz,
Emilio Buale, Jesús Teyssiere, Alejandro Sáenz, Andrés Rus,
Alicia Garau, Ana María Montero, Begoña Navarro, y otros.
Vestuario: Catriona Mc Phee.
Escenografía: Jeremy Herbert.
Música: Pascual Gaigne.
Dirección: Laurence Doswell.
(Rakatá)
Teatro: Canal. (7.5.2009)
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viernes, 3 de abril de 2009

La Estrella de Sevilla **

La Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC) montó, hace diez años (Octubre, 1998), La Estrella de Sevilla, obra atribuida a Lope de Vega. La dirigió nada menos que Miguel Narros. Se representó con una escenografía muy sencilla, aunque el vestuario respetaba la época del rey Sancho el Bravo. Era normal, desde su fundación -1986-, recuperar y desarrollar el teatro clásico. Eduardo Vasco, director de la Compañía y de esta obra, prefiere que los montajes del Siglo de Oro sirvan para nuestro siglo XXI. Son versiones generalmente alejadas de la época, de su interés teatral o de la cultura del XVII. El proyecto y la puesta en marcha de esta CNTC no fue, de ningún modo, la recreación de espectáculos con intención de conocer la época. Ahora no se trata de continuar nuestro conocimiento, sino de la visión del director.
El Rey Sancho, El Bravo –lo hace un excelente actor, Daniel Albaladejo-. Según la leyenda y en este texto de Lope –o de quien fuere-, deseó apasionadamente a Estrella –bien lo interpreta Muriel Sánchez-, y quiso poseerla. Se enfrentó al libre cabildo sevillano; se produjeron asesinatos en la corte por el amor de aquel rey; se ejecutó en la plaza pública a la humilde Natilde –estupenda Eva Trancón-, condenada por ceder su sexualidad. Hay otros hechos, hasta el juicio final. Esta versión adapta aquellos supuestos acontecimientos, para trasladarlos a nuestra actualidad. Es muy libre, Vasco, de elegir esta modernización. Al igual que los demás, somos libres de pensar que este texto no posee la validez actual, con la diferencia esencial sobre inmoralidad, desigualdad, represión o defensa de los conservadores. Además es hoy fantasía, pero sin embargo, es apasionante conocer aquel mundo a través de escritores como El Fénix.
En una ligera escenografía de paredes cerradas con tablas funcionales y poliedros construidos para multiuso, los personajes visten trajes oscuros, perfectos, de firma y bien cortados, que se adaptan mejor a los directores del gobierno, a los presidentes del partido, al ministro o al presidente. Es un estilo tópico, sin imaginación. Gira alrededor de ellos el clásico personaje, El gracioso, que debería ser un divertido criado, y que le vemos aquí como un estúpido secretario. Es muy difícil aceptar este montaje; mucho menos aún, aprobar esta versión en la CNTC.
Prácticamente, todo el reparto es de excelentes actores, que lo han demostrado en la CNTC, como Arturo Querejeta, que intervino desde su primer año en el Clásico, y casualmente en el anterior La Estrella de Sevilla. Pero aquí, ellos parecen enseñados a ocultar la versificación con un estilo de prosificación terrible, con voces engoladas, gestos de cabreo o enfrentamientos en despachos, pasillos o entre copas en un pub.
No sé si será adecuado este espectáculo para llevar a los estudiantes de Literatura. Será después imprescindible contar cómo era el teatro clásico y sus historias. Lo cual no impide que se lo pasen bien, así como que, en cierto modo, guste a muchos espectadores.
Enrique Centeno
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Autor: Lope de Vega (Atribuida).
Intérpretes: Daniel Albaladejo,
José Vicente Ramos, José Manuel Iglesias, Francisco Rojas,
Non Cemallos, Jesús Calvo, Arturo Querejeta,
Jaime Soler, Muriel Sánchez, Paco Vila, Eva Trancón,
Fernando Sendino, Jesús Hierónides, Angel Ramón Jiménez.
Escenografía: Carolina González.
Vestuario: Lorenzo Caprile.
Iluminación: Miguel Ángel Camacho.
Versión y dirección: Eduardo Vasco.
Teatro: Pavón (CNTC). (1.3.2009)
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domingo, 8 de febrero de 2009

La noche de San Juan ***

Hemos visto ya el resultado de la “Compañía Joven” de la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC), un magnífico elenco de actores. En ellos suenan bien las voces, ya concluida la primera promoción actual, previamente seleccionada en audiciones. Se escucha, junto a estas voces, el conocimiento de la verificación, brillantes y clarificadoras en métricas y ritmos. No suele ser frecuente. Hay que celebrar y felicitar a esta escuela. Son, muchos de ellos, nuevos profesionales sobre las tablas, y el director de la CNTC, Eduardo Vasco, ha debido conocerlos en sus trabajos de prácticas, porque contó ya con ellos en el reparto de su propio montaje de la temporada pasada, La dama boba.
Quien lo dirige, es Helena Pimenta, que se había encargado ya de varios clásicos en la CNTC, entre ellos dos de Lope de Vega. Este es, sin duda, el mejor de sus trabajos, La noche de San Juan. Curiosamente, ella fundó la compañía Ur y, recién iniciada, vino a Madrid, -hace ya quince años-, con El sueño de una noche de verano, de Shakespeare, este autor que no quiso utilizar el nombre religioso del solsticio, y que, lógicamente, su contemporáneo sacerdote, Lope, prefirió usar el de San Juan Bautista.
Hemos iniciado así este comentario, porque la brillante función es aquí más importante que esta comedia de enredo no tan magnífica como otros títulos del Félix. La juguetona noche mágica transcurre en la capital de Madrid. Fue un encargo del Rey y, naturalmente, en la capital no pudo acudir a los hechos más tradicionales: la noche de amor a las orillas del mar, las escarchas de hierbas al amanecer, los bosques para perderse... Lope, urbano, no tiene las hogueras entre las casas, y sus recursos son las aguas del Manzanares, o los campos de hierba en el Prado de San Isidro. Pero tiene las palabras sueltas sobre la noche y, sobre todo, la construcción jugosa con equívocos, desencuentros y acuerdos entre las parejas, hasta el triunfo de los amores. Se consigue un espectáculo lleno de gracia, de diversión y de belleza del texto. Su versión la ha hecho, como otras veces, Yolanda Pallín, quien con inteligencia, acorta algunas tiradas de versos, para conseguir mejor la carcajada continua. Ha añadido también una canción bailada antes de comenzar, y ha adaptado unos versos con una música de zambra, como la popular “Chunga”, que le sirve lo mismo para el humor que para la romántica poesía.
La noche en este barrio se limita, en la escenografía –de José Tomé-, a un aparato ingenioso, una especie de torre con vigas y suelos de madera, con altura, que gira y donde se agregan diversos elementos enriquecidos para la acción, con una buena iluminación. Se ha conseguido, por todo, un completo éxito.
Enrique Centeno
_________________________________Lope de Vega. (Versión, Yolanda Pallín)
Intérpretes: Eva Rufo, Rebeca Hernano,

David Boceta, Alejandro Saá, Íñigo Rodríquez,
Mónica Buiza, Cristina Bernal, David Lázaro,
Javier Lara. Isabel Rodes, María Benito, Rafael Ortiz,
Jose Juan Rodríquez, Ángel Galá.
Vestuario: África García.
Escenografía: José Tomé.
Dirección: Helena Pimenta.

Teatro: Pavón
(Joven CNTC) (5.2.2009)

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