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miércoles, 11 de enero de 2012

Los misterios de la ópera ***

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Autor: Javier Tomeo. 
Versión: Casles Alfaro.
Intérpretes: Jeannine Mestre, Manuel Carlos 
Lillo, Emilio Gavira. 
Vestuario: Sonia Grande. 
Dirección: Carles Alfaro. 
Teatro: La Abadía. (4.4.2000)
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En las catacumbas de un teatro

 Uno puede encontrarse,l en cualquier lugar, a un interrogador aposentado en su estrado; y puede que sea miope, asimétrico, zurdo y reprimido. Puede incluso estar auxiliado por un ujier enano, inquietante, aficionado a hacer punto con sus agujas, mientras ironiza sobre la víctima. No importa quién sea ésta, aunque aquí Javier Tomeo haya ideado un extraño personaje para tropezarse con esta situación surrealista. Se trata de Brígida, una mujer con un estrafalario disfraz de la Brunilda de El crepúsculo de los dioses, de Wagner, y que se encuentra perdida en los subterráneos del teatro de la ópera, donde debería actuar.
    Ya se comprenderá que el trío de personajes conforman un mundo kafkiano, donde todo es incomprensible, y cuya pesadilla –la que padece esta mujer estrambótica- recuerda no poco a El proceso del autor alemán. El interrogador –tal vez un juez, un vigilante, un simple impedimento-, se encuentra allí, precisamente, para descubrir, según afirma, algo tan imposible como averiguar por qué se pierden las cantantes en aquellos subterráneos. Y la mujer no puede llegar al escenario donde se la espera para poder lograr el sueño de su vida como soprano. Toda esta trama también tiene mucho que ver con el teatro del absurdo, pero su estética recuerda más al expresionismo de Orson  Welles que al desconcierto de Ionesco.
    Con su  probado talento, del director Carles Alfaro ha sabido, una vez más, construir una estética inquietante para intentar convertir un mero diálogo en  una trama teatral. Porque el texto original es una narración, que es lo que de verdad sabe hacer el autor, Javier Tomeo. Una narración, ciertamente, basada sobre todo en el diálogo que desnuda y retrata a sus personajes, y esa es la razón por la que su obra ha sido varias veces tentación para el teatro, como ocurrió con Diálogo en re mayor o El cazador de leones, brillantemente llevadas a la escena. Fuera de los diálogos, debe aportar el dramaturgista de turno, todo lo demás, porque Tomeo no ha escrito para teatro. Ni siquiera es demasiado aficionado a él, según nos confesaba minutos antes de este estreno, aunque sus adaptaciones para la escena le preocupan, interesan e inquietan. Lo que no impide señalar que, sobre todo en este caso, la procedencia no dramática del texto se delata a lo largo de la representación. 
Emilio Gavira
    Se trata de una puesta en escena del mayor rigor, donde ante una hermosísima escenografía –gasas pintadas de fondo, que se iluminan con impresiones de diogramas- hacen un ejercicio formidable los tres intérpretes.     Ella es Jeannine Mestre, un prodigio de dislocación esperpéntica en la que la locura, la ternura y la acidez, se entremezclan construyendo un personaje dificilísimo, bajo su disfraz de guardarropía y su tocado de casco con cuernos. La voz y la inteligencia de Manuel Carlos Lillo saben componer  a ese l Interrogador, contradictorio y absurdo. En tanto que Emilio Gavira, da una vez más muestra de sus muchos registros y de un peculiar talento que aprovecha ese peculiar físico para fundirlo con su personaje.
Carles Alfaro ha convertido muy bien el material servido por su autor, que no pensaba en la representación: se nota, insistimos, ese importante hecho, pero se disfruta por la caligrafía perfecta del texto y por la de todos cuantos han puesto en pie este impecable espectáculo.
Enrique Centeno

domingo, 12 de septiembre de 2010

La controversia de Valladolid ***

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Autor: Jean-Claude Carrièr.
 (Traducción de Simón Morales).
Intérpretes: Ferran Rañé, Manuel Carlos Lillo, Enric Benavent,
Carles Arquimbau, Quim Lecina, Piero Steiner, Raúl Cáceres,
Abril Hernández, Aliou Danfa.
Escenografía y dirección: Carles Alfaro.
Teatro: La Abadía. (23.2.2006)
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Fue a los 18 años cuando hizo su primer viaje a América -Las Indias- el fraile dominico Bartolomé de las Casas, incorporándose a los ejércitos de los conquistadores, e incluso obteniendo algunos beneficios. No tardó mucho este predicador en contemplar y rechazar la crueldad y las matanzas de los indígenas. Y comenzó entonces su empeño religioso -1514- para intentar frenar el belicismo con el apoyo que solicitó, en sus viajes a España, a los dos sucesivos reyes, informándoles del tratamiento sufrido por los indios. Lo único que pudo conseguir fue su acercamiento y el afecto de los indígenas. Quiso entonces Las Casas contar en sus libros, con datos e ilustraciones, lo que estaba ocurriendo en las tierras invadidas.
    ¿Exageró o inventó en sus relatos los crímenes cristianos? El escándalo trajo consigo reacciones en toda Europa y la acusación de la Iglesia Romana. Se bautizó como una “Leyenda Negra”, y aquí, desde el Vaticano hasta Valladolid, se encargó Ginés de Sepúlveda de la acusación, defendiendo la evangelización junto a los conquistadores.
    Los textos, formidablemente redactados por Jean-Claude Carrièr, explican las discusiones y desprecios al Predicador, y logra una tensión filosófica y teológica con la que el espectador tiene la sensación –con una gran interpretación- de asistir al propio “juicio”. El argumento nos recuerda también a la condena de Galileo por la misma Iglesia. Lo que no nos impide sentir una cierta ausencia de riqueza teatral.
    Nuestro dramaturgo –y ensayista, uno de los fundadores del Teatro Social-, José Mª Quinto, fallecido hace un año (1925-2005), publicó su obra Controversia Las Casas/Sepúlveda con personajes que, además de sus frases y hechos en aquellos enfrentamientos, se convierten también en personajes vivos, ese estilo de su teatro que busca la pasión y crítica de nuestros días. (Estamos, por tanto, ante la ausencia continua de los autores españoles, cuyas obras no son ni cuidadas ni queridas). El autor francés llega al Teatro de La Abadía con un montaje inteligente -como siempre-, del director valenciano Carles Alfaro.
    La función transcurre durante casi dos horas, sin pausa, sobre un entablado que, lentamente, va girando para elegir las destacadas intervenciones. El reparto es formidable, asombrosos todos ellos, en sus textos, gestos y voces: una exhibición que muchos directores no saben conseguir con los actores. Es normal, como siempre, en Alfaro, como también sus propias escenografías.
Enrique Centeno