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jueves, 12 de abril de 2012

Entre bobos anda el juego *

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Autor: Francisco de Rojas Zorrilla.
Intérpretes: Cristina Marcos, Mónica Cano, Janfri Topera,
Rafael Castejón, Francisco Lahoz, Jesús Fuente, Rafael 
Ramos de Castro, Jesús Castejón, Paloma Paso Jardiel.
Escenografía y Vestuario: Pedro Moreno.
Dirección: Gerardo Malla. 
Teatro: La Comedia.
(Compañía Nacional de Teatro Clásico). (12.11.1999)
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Pues señora, bien empezamos

La pervivencia de nuestra comedia de enredo del siglo XVII, posiblemente no hubiera resistido el paso del tiempo si no fuera por su versificación. Resiste Molière o Goldoni, por ejemplo –salvando las distancias- por su retrato intenso de personajes y situaciones sociales. Nuestro teatro clásico es otra cosa, desde luego: son versos. Nuestros autores, incluyendo a Rojas Zorrilla –Entre bobos anda el juego-, son la gracia, la finura del lenguaje, el juego de las palabras, sus estrofas llenas de ingenio.
Aquella versificación sirve lo mismo para ser leída que para la representación. Pero del mismo modo que la transcripción moderna y sus texto íntegros del original, deberá la escena también adecuar los procedimientos del viejo corral de comedias a las salas de nuestros días; a sus nuevos procedimientos. La gracia del verso y la buena representación: he ahí la pervivencia de la comedia áurea.
Este montaje que ofrece, como apertura de temporada, la Compañía Nacional de Teatro Clásico, no sacia ninguna de las dos necesidades apuntadas. La puesta en escena se ha hecho con una extraña y chirriante mezcla en la que los actores se sitúan delante de foros pintados, situados en fila o en semicírculo, sin juegos escénicos accesorios; en alguna ocasión se muestra algún signo de “modernidad”: una desafortunada proyección con estética de cómic para alegrar uno de los relatos, y que resulta de un espanto sin límites y de una inadecuación escandalosa. No importa que sea Pedro Moreno un excelente diseñador: este decorado está concebido, desde su inicio, como algo viejo, vetusto, antiguo. Y feo.
 El otro apoyo imprescindible, que debería ser el verso, sirve para un ejercicio de funambulismo en el que los actores terminan por caer -desde las redondillas, las octavas reales o las cuartetas- de un modo estrepitoso. El asunto no es ya que no se sepa decir el verso –casi lo consigue, únicamente, Mónica Cano-, sino que éste, como deberían saber nuestros actores y el director, impone un ritmo de interpretación, de movimientos, incluso de voces: se respira con el verso –lo cual no es fácil, desde luego, y es precisa una específica formación- o se hace la chapuza. De modo, que tampoco tiene que ver el hecho de que en el reparto se encuentren excelentes actores y actrices para subrayar su lamentable preparación del teatro clásico; ni que Gerardo Malla sea un excelente director de comedia para que su trabajo denuncie un profundo desconocimiento de lo que el texto manda en la comedia clásica.
Tan lamentable como el espectáculo, es el hecho de que sea ofrecido por la Compañía Nacional de Teatro Clásico, que inicia la temporada continuando su trayectoria descendente. Es urgente poner remedios, por el bien de una institución tan necesaria y que se supone que presta un servicio público.
Enrique Centeno

lunes, 13 de febrero de 2012

La familia de Pascual Duarte ***

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Autor: Camilo José Cela.
Adaptación teatral de Tomás Gayo Bautista.
Intérpretes: Miguel Hermoso, Ana Otero, Ángeles Martín, 
Lola Casamayor, Tomás Gayo, Lorena Do Val, 
Sergio Pazos, Paco Manzanedo.
Escenografía: Mundo Proeto.
Vestuario: Cristina R. del Yerro.
Iluminación: Jon Aníbal López.
Dirección: Gerardo Malla.
Teatro: Fernán-Gómez. (9.2.2012)
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En aquella Extremadura
Camilo José Cela quiso narrar la historia de La familia de Pascual Duarte en primera persona –no es el único sistema que utilizó- del protagonista: sus memorias, que escribió  dentro de la prisión, y que enviaba en cartas a un supuesto transcriptor. Cuenta esta adaptación teatral verbalmente -se le muestra, casi al final, encerrado y apoyado sobre la mesa, terminando sus páginas-. El procedimiento utiliza las escasas citas de los manuscritos, imaginando cómo ocurrieron aquellos hechos, y montando cada uno de los episodios -largos monólogos imposibles de escenificar- con su  arrepentimiento, sus justificaciones y sus desgracias –“Yo no soy malo, aunque no me faltan motivos”-, en sus último días y el previsto final  ante el garrote vil.
Fotos de Antonio Castro
 Se producen rupturas, entre la intimidad de Pascual y la representación, con escenas del texto. Lo primero que aparecerá será este desdichado campesino, que se dirige al público, como a unos atentos  lectores o como un contador del libro. Es extraño que su elección literaria se cambie a tercera persona, pero lo cierto es que el autor sí autorizó su adaptación a la pantalla –muy conocida, en 1975-, y que ahora apruebe la viuda su representación teatral.
    Es la Extremadura profunda –en 1942 la publicó Cela-, una sociedad hundida, miserable y superviviente. Y en las afueras de Almendralejo (Badajoz), inhóspito, la mezquina vivienda de la familia de Pascual Duarte. El egoísmo de la madre, su maldad y su agresividad conduce a todos al desastre. Lo representa, formidablemente, la actriz Lola Casamayor, en sombrías  escenas algo ajenas al realismo de Cela: el rapto del pequeño ataúd de su hijo ilegítimo, ante el escándalo, como un cuervo gritador, en una especie de retablo valleinclanesco; se enfrentará, se le despreciará y, definitivamente, recibirá la brutal y sangrienta puñalada en su cama, en su resistencia dramática. 
Lo mejor de esa representación es la perfección de todo el reparto. Lola, la mujer del protagonista, padeció el aborto del hijo esperado, desgracia ocurrida al caer de la yegua: Pascual la mató con mil cuchilladas. Había ya dado muerte, con la escopeta, a su fiel perrito. Dio su mujer a luz a un hijo que falleció a los once años –lo encontraron muerto en una tinaja de aceite-, engañándole  más tarde. Una continua brutalidad. Es uno de los personajes que va hundiendo la vida a Pascual. Lo interpreta con autenticidad y realismo Ana Otero, siempre estupenda. 
Y la tierna Rosario, su hermana, que le comprende y apoya amorosamente: decidió huir de la familia y se empleó como prostituta. Sonriente en su singular vida de represión -con un chulo-, mezcla su valentía y sentimientos. Lo interpreta la extraordinaria y siempre emocionante Ángeles Martín: una creación asombrosa.

  La creación del complicado Pascual ha debido de dar miedo a Miguel Hermoso. Avanza, como el propio personaje, por el alambre de las tablas, haciendo equilibrios  para pasar de su sencillez a la tristeza y a un espontáneo sentido poético; un asesino, un perdedor en su mundo hostil, que le convierte igual en la inocencia o en el sentimiento esquizofrénico que le llevó también a la pelea y la muerte de El Estiraó, el macho proxeneta de Rosario, en manos perfectas de Sergio Pazos. Y el actor no solo salva su trabajo, sino que logra  que Pascual Duarte simpatice y le comprendemos, y, en ocasiones, aplaudamos sus ataques.

    El más sincero amor lo muestra Pascual en su encuentro con la antigua novia; pasa por el enfado hasta la pasión sexual y su matrimonio: se llama Esperanza, y lo borda Lorena Do Val. Su nuevo matrimonio es una ceremonia expresivamente deprimente. Y bajo la luz, este sacerdote -luego Capellán ante el patíbulo- seco, exigente, presuntuoso y religiosamente altivo (le hubiéramos dedicado, en voz alta, la burla de una de las coplas de Cela: “Los cojones del cura/de Almendralejo/ le pesan veinte arrobas/ sin el pellejo”). Lo hace Tomás Gayo con inteligencia y maldad. 
  Lleva la continua ruptura el director Gerardo Malla, con su habitual conocimiento. De la función, con justo éxito, no mencionaremos algunos defectos: es una traslación  -Tomás Gayo Bautista- llena de problemas que se van resolviendo.
Enrique Centeno

domingo, 1 de mayo de 2011

Sopa de mijo para cenar **

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Autor: Fermín Cabal.
Versión muy libre de Aquí no paga nadie, de Dario Fo.
Intérpretes: Gerardo Malla,
Gloria Muñoz, Francisco Maestre, Carlos Viaga,
Marta Bódalo.
Escenografía y vestuario: Ramón B. Ivars.
Teatro: Arlequín. (19.10.2000)
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Aquí no paga nadie
nadie

Nada más natural que, ante la desmesurada subida de precios, las amas de casa de un barrio popular decidan que Aquí no paga nadie, y saquean el establecimiento. Al menos eso le parece a Antonia, y así lo escribió con el título mencionado, Dario Fo hace veinte años. Lo malo es que la desafortunada mujer que tiene la mala suerte de vaciar, sin saberlo, la estantería que ofrece alimentos para animales. De ahí esta Sopa de mijo para cenar, una versión libre de Fermín Cabal, cuyo autor original, por un largo pleito con él mantenido, no figura por ninguna parte. Andaba por medio la frontera que impuso la representante en España.
    La función, en su estilo de escritura y de estética, entronca con nuestro mejor teatro realista, el de Lauro Olmo, por ejemplo; o el del sainete más consciente. Y así, bajo una permanente carcajada, la situaciones, los diálogos y sus viva interpretación, se va mostrando la galería de personajes que nos rodean.
    Acusa el paso de esos veinte años, hay que decirlo, aunque el texto ha sido modificado convenientemente, pero el retrato de personajes continúa teniendo la misma vigencia. El veterano sindicalista, más atento a la legalidad que a la reivindicación; el empleado eventual más lanzado; la fábrica en crisis mientras sus propietarios se llevan los millones; el policía y su omnímodo poder... Con todos ellos se construye una trama de extraordinaria agilidad, llena de sorpresas y cuyo enredo crece sin cesar. Lo ha dirigido todo con mucho ritmo José Antonio Ortega, que ha contado con un reparto de formidables intérpretes.
Enrique Centeno

sábado, 30 de abril de 2011

Una noche de primavera sin sueño **

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Autor: Enrique Jardie Poncela.
Intérpretres: Blanca Marsillach, Pedro Osinaga,
Adela Mengol,
Julia Trujillo, David Fernámdez, Vnesa Arévalo,
Pedro Javier.
EscenografíaGil Parrondo.
Dirección: Gerardo Malla.
Teatro: Centro Cultural de la Villa. (6.12.2001)
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Los balbuceos de Jardiel 


Fue la primera obra de Jardiel, y está bien que en su centenario, que se celebra con generosidad, se muestre al público esta Una noche de primavera sin sueño. Tenía el autor 26 años y no le satisfacía el teatro que se estaba haciendo. A otros, como a Valle o a Lorca, tampoco: optaron por la ruptura total mientras Jardiel trataba de buscar nuevos caminos al convencionalismo de la comedia de salón heredada del encorsetado Benavente. Lo consiguió en parte mucho después, porque esta obrita denota demasiadas herencias de ese conformismo escénico que dominó nuestros escenarios de espaldas a la cultura teatral europea. Balbucean en ellas las primeras genialidades de un humor fantástico, y también sus juegos con el lenguaje que son la proverbial cualidad del autor.
    No hay mucho más. Unas risitas –pocas, el día del estreno-, una construcción clásica de comedia a la manera antigua, una equívoca soflama contra las instituciones familiares como el matrimonio o la familia que, sin embargo, arregla del modo reaccionario que presidió toda su obra. Lo mejor de Jardiel está en su fantasía de títulos posteriores, donde oculta mejor ese mensaje conservador, tan patente aquí, y además sin el formidable humor que desarrolló después.
    No es mucho lo que se puede hacer con un texto tan elemental, de modo que el director, Gerardo Malla, ha utilizado sobre todo la habilidad dentro de la convención exigida y los intérpretes siguen esa pauta de colocar sus frases con elocuencia, en ocasiones con brillantez, y que quizá su gran mérito sea tratar de construir personajes sobe un texto falso e imposible de creer, porque la comedia se mueve entre la farsa y el naturalismo y, ni Blanca Marsillach, ni Pedro Osinaga, encuentran su espacio. Ah, Adela Armengol, la sirvienta, está para darle el Premio Max.
Enrique Centeno













miércoles, 2 de marzo de 2011

El castigo sin venganza *

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Autor: Lope de Vega.
Intérpretes: Gerardo Malla, Jesús Teyssiere, Manuel Sámchez Ramos,
Rodrigo Arribas, Jesús Fuente, Alejandro Mayo, Belén Ponce de León,
Bruno Ciordia, Lidia Otón.
Escenografía: Almudena López Villalba.
Vestuario: Susana Moreno.
Iluminación: Chahine Yabroyan.
Dirección: Ernesto Arias. (Rakatá)
Teatro: El Canal. (10.2.2011)
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Un mes después de representarse El castigo sin venganza, montada por Miguel Narros, sorprende que aparezca este título en el mismo teatro del Canal.
    Hace muchos años que este director lo hizo ya en el teatro Español -Octubre, 1985, en cuyo reparto figuraban nada menos que Luis Pellicena, Inma de Santis, Ana Marzoa o Juan Ribó, entre otros-, un montaje inolvidable que ya no nos deja aceptar las insuficientes puestas en escena de este Lope. La última vez lo vimos con la Compañía Nacional de Teatro Clásico (Teatro Pavón, 27.4.2005), ya en el periodo de su hundimiento.
    La que ahora comentamos pertenece a la compañía Rakatá, a la que vimos hace dos temporadas, en este lugar, en un estupendo montaje de Fuente Ovejuna (v.), y por eso hemos acudido ahora a contemplar de nuevo El castigo sin venganza, otra de las mejores obras del Fénix. Antes del texto teatral, se escucha un largo prólogo explicando, con una cuidada voz en off grabada, la historia que se va a representar, cuyo sentido didáctico no parece justificado, a no ser que se desconfíe de la representación o, peor aún, que se considere al público algo torpe. Y sí se recita muy bien la rica versificación. Lo que más le importa al director –Ernesto Arias- es respetar la métrica, los ritmos y sus estrofas. Pero la creación de los personajes y de sus acciones escénicas aparece escasamente y, por no juzgar, con demasiada torpeza. Escuchamos más bien los versos, porque los personajes están en el aire, dejando para el director las lecturas o lucimientos. El admirado actor Gerardo Malla, consigue casi crear el personaje del Duque de Ferrara, en escenas divertidas del inicio, aunque tampoco reprime el énfasis en los momentos trágicos. Pero el hijo, Federico, lo hace Rodrigo Arribas, actor joven y aún verdísimo para asumir tal personaje; y la adúltera madrastra, Casandra, es igualmente demasiado para Alejandra Mayo. Estos enamorados, alejados aunque cerca y adosados al suelo, en sus declaraciones carecen de electricidad. El más vivo personaje es el acompañante de Federico en el viaje y el regreso de Mantua con la prometida Casandra, -robada ya en el camino y descubiertos en las noches del palacio-, el inteligente criado Batin, que Jesús Fuentes crea con mucha inteligencia.
    Nos gustó escuchar y disfrutar los versos en uno de los reconocidos dramas de Lope de Vega. No siempre podemos escuchar tanta genialidad entre redondillas, décimas o romances que en cada momento son lecciones de nuestro teatro clásico.
Enrique Centeno

sábado, 9 de octubre de 2010

La retirada de Moscú **

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Autor: William Nicholson.
Versión de Nacho Artime.
Intérpretes:  Gerardo Malla, Kiti Mánver,
Toni Cantó.
Escenografía: Daniel Blanco.
Dirección: Luis Olmos.
Teatro: Centro Cultural de La Villa. (15.9.2005)
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En su dramática La retirada de Moscú, el autor británico William Nicholson nos comunica, en el mismo programa de mano, que quiso basarla en su propia vida, una historia sentimental con cierto humor sobre la separación de sus padres. El tema no carece de escenas bien escritas y brillantes, dirigidas por Luis Olmos, y lo hacen crecer sus magníficos actores, los siempre bien admirados Gerardo Malla y Kiti Mánver, con la corrección de Toni Cantó. Más valioso por el interminable texto, que por su relato que no nos interesa demasiado, y que va agotándose a medida que pasan los minutos fatigosos.
    En su teatral biografía, Nicholson detalla cómo su padre se ausentó ante la ruptura con su madre, una decisión que causó la destrucción familiar de aquel profesor de colegio que llevaba su vida sin encontrarse con ellos. El hijo, ya mayor, reflexiona sobre su abandono y su soledad.
    Esta obra inglesa, que al parecer obtuvo el éxito en Londres, muestra, una vez más, el desamparo de nuestros autores, despreciados por los productores, que prefieren comprar los derechos de los éxitos de otros paises.
Enrique Centeno

miércoles, 13 de mayo de 2009

Fuente Ovejuna ***

(Al levantarse el telón, se nos aparece una escena que no está formada por paredes perimetrales de tablas marrones, sino una construcción cilíndrica, amplia, en la que gira su estructura transformándose en la torre guerrera, la casa del Consejo del pueblo, la ermita donde veremos una boda –la de Laurencia, la protagonista, con unos bailes preciosos-, o la sala real. Eso no era nada: los actores no vestían trajes de Armani, ni vaqueros, y además no llevaban los rostros sin afeitar de dos días; ni cuidaban los cabellos a su gusto. Porque aquí había un vestuario del siglo XV, con cueros o cotas, cascos de militares guerreros con espadas y guanteletes. Al otro lado, campesinos de sayones, faldas de tela o lanas humildes, calzones y zapatillas.
En muchos montajes no hay mueble alguno, todo el mundo se sienta o se tumba por el suelo, como en Del rey abajo, ninguno. Resulta que aquí vemos sillas y sillones. Hay directores a quienes no les interesa nada nuestra Historia, su cultura o sus leyendas, pero este Fuente Ovejuna nos mostrará una obra de Lope de Vega. Un drama que ha creado el mito de un pueblo; un autor que, como Calderón o Tirso de Molina, inventó un nuevo teatro y cuyos cuatro siglos atrás se desean trasladar a nuestros días).
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Lope de Vega presenta, en sus dos primeras escenas, las dos clases separadas: la religiosa y militar Orden de Calatrava, (un ejército belicoso, enérgico, que ocupará la Villa de Fuenteovejuna), y la placidez de dos jóvenes aldeanas que sonríen en conversaciones acerca de seducciones y cariños con los mozos. Lavan junto a la orilla de las aguas del río –un elemento que en nuestra poesía representa el correr del amor-, bajo un brillante sol; al otro lado la sombra tenebrosa. Este autor construye de tal modo, que el público ya prevé cómo se quebrará ese mundo. La aparición del Comendador ante la inocente Laurencia es ya, definitivamente, la tragedia de esta joven violada. Una inocente que, finalmente, levantará al pueblo para tomar la justicia. Estos acontecimientos ocurrieron en esta villa cordobesa, y diversas obras son fundadas en esta realidad, como el drama similar e igual del famoso El alcalde de Zalamea -de Calderón, situado en Badajoz-, y que algunos directores prefieren trasladar de lugares y en el tiempo.
El represor lo interpreta estupendamente el actor Alberto Jiménez, ya conocedor del teatro clásico. Lidia Otón hace con mucha frescura cualquier escena, y siempre esperamos el conocido monólogo de Laurencia enfrentándose al pueblo tras su violación. Es un largo romance en el que llora, acusa y rechaza, violentamente, la sumisión a los hombres, a quien les muestran su cuerpo golpeado y herido. La han vestido de rojo, situándola en el centro, casi inmóvil sobre una tarima, con una interpretación extraordinaria, un sueño de las actrices, en el que Otón se lanza sin miedo y logra la genialidad.

Fuente Ovejuna es la obra más conocida de nuestro autor. El británico director Laurence Boswell trabaja en el Royal Theatre Shakespeare, y es su conocimiento el que le lleva al respeto y la visión. Proceden también de Inglaterra el escenógrafo, el diseñador del vestuario y el iluminador, sin empeñarse en inventar una versión actual.
Tal vez el vestuario militar o las túnicas de la Orden excedan el estilo, pero es indiscutible la perfección estética y realista del mundo campesino. La escenografía –Jeremy Herbert, con otros trabajos en Court Theater- es hermosa, utilísima para las diversas escenas (todo ello con una rica iluminación), y que, por cierto, es muy similar a la Dietlind Konold, en Medida por medida, (Shakespeare), que vimos en esta misma temporada en el teatro La Abadía de Madrid.
Todos los personajes forman continuamente una sabia distribución como en una tabla plástica de ajedrez. El reparto hace un trabajo magnífico, tanto los citados como Gerardo Malla –Alcalde-, Roberto Mori -Frondoso-, Inge San Juan –Pascuala- y, prácticamente, todo el conjunto; imposible de mencionar a los cerca de treinta intérpretes. Buena colocación de voces, de tonos y juegos armónicos que da placer escuchar. El director no se ha ocupado de la versificación del Fénix, y permite la prosificación –escondiendo la rima y la métrica-, probablemente desconociendo suficientemente nuestra lengua.
Enrique Centeno
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Autor: Lope de Vega. Versión de Roswoll y Rakatá.
Intérpretes: Alberto Jiménez, Jesús Fuente, Luis Moreno,
Gerardo Malla, Cristóbal Suárez, Inge San Juan,
Lidia Otón, Óscar Zafra, Bruno Ciordia, Roberto Mori,
Mario Vedoya, Paco Luques, Rodrigo Arribas, Elia Muñoz,
Emilio Buale, Jesús Teyssiere, Alejandro Sáenz, Andrés Rus,
Alicia Garau, Ana María Montero, Begoña Navarro, y otros.
Vestuario: Catriona Mc Phee.
Escenografía: Jeremy Herbert.
Música: Pascual Gaigne.
Dirección: Laurence Doswell.
(Rakatá)
Teatro: Canal. (7.5.2009)
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domingo, 14 de diciembre de 2008

La taberna fantástica ****

El realismo de las generaciones del 50 y de los 60 pasó por la censura, por el difícil estreno de sus obras y, actualmente, por el olvido casi completo. Sastre consiguió, tras años de silencio, estrenar con continuidad sus últimas obras, cambiando su realismo y escribiendo sobre personajes lejanos, con una poesía dramática e investigaciones sobre apasionantes figuras. Hoy se recupera uno de sus títulos anteriores, La taberna fantástica, de hace veinticinco años: lo pudo estrenar entonces, tras largos años abandonado por nuestros teatros. Sin duda, hay quienes hablan de una especie de antiguedad en aquel recambio del teatro español más importante del siglo XX. Y se aceptan, naturalmente, las lectura de Pío Baroja de hace cien años, o los continuos montajes de Chéjov, autor de los mismos tiempo naturalistas. Para el conocimiento de la sociedad reciente, de la memoria y de la historia, son imprescindibles los principales poetas y los dramaturgos de las últimas décadas. Son aquellas obras las que se comprometieron con un nuevo arte prohibido por la censura. Son cuadros literarios y de paisajes de aquel tiempo que quisieron transformar. Hay clásicos y clásicos. Unos son del pasado; otros, los más cercanos: de estos, se prefiere huir por su dureza. Los genios del Siglo de Oro permiten conocer datos estéticos, sociales e ideológicos de entonces. Pero cuentan la historia. Cuentan el mundo de unos y otros, estos últimos olvidados o ignorados. Los del sentido reaccionario ante los comprometidos autores: son aquéllos Buero Vallejo –desde la Historia de una escalera. Premio Nacional de Teatro (PNT)-, o Lauro Olmo, -La camisa (PNT igualmente)-, o muchos más, como Alfonso Sastre -dos veces (PNT) con Escuadra a la muerte (qué pasaría hoy con esta obra sobre la guerra actual) y la que ahora hemos visto, La taberna fantástica-.
Esta fantasía realista fue estrenada en 1985 en el viejo Martín, donde hubo un gran éxito con meses en el cartel. Aunque fue trasladada desde su verdadero estreno, poco éxito obtuvo en el Circulo de Bellas Artes, sin duda debido a que entonces prácticamente no había nacido del todo este teatro. Esta taberna es el retrato de ese mundo aparentemente quimérico o verdadero, en los suburbios donde manda el paro y la miseria, en el lugar de los llantos y los vinos. En menos de dos horas de la función termina derribada la taberna: un bar rodeado de construcciones de altas viviendas, de negocios de ladrillos, a los pies de unos muros para ocultar la realidad de las bajas viviendas de la ciudad. Los personajes de esta función mencionan algunos barrios y lugares concretos. Ocurren hoy estos hechos, que ahora nacen por situaciones similares de clases o étnicas. El alcohol, el humor sarcástico o la amargura; mezcla todo Alfonso Sastre en este circo con un mostrador, dos viejas mesas y una parra, en el que actúan las risas y las críticas; los encuentros que aquí causan una surgida violencia. El autor sin duda lo vio, y en la función, junto a una mesa o de pie frente al público, este escritor -que interpreta el estupendo actor, Paco Casares, con un maquillaje y caracterización hasta conseguir un doble del propio Sastre-, relata en el prólogo los hechos que vamos a seguir, y después, en un epílogo, anuncia el drama, con un estilo brechtiano.
Lo montó en su día Gerardo Malla –que puso en escena a otros realismos-, y es hoy quien lo repite. El Centro Dramático Nacional (CDN) ha decidido, por fin -tras ocuparse de algunos autores nuevos y de los habituales Chéjov, Shakespeare o Valle-Inclán-, incluirlo en su programación de nuestros clásicos de hoy. Sastre fue creando también otros temas, varias obras históricas, tras su falta de estrenos, hasta que fue atendido. Ejemplos son La sangre y la ceniza (Miguel Servet), más tarde, su Kant y, muy recientemente, el ¿Dónde estás, Ullalume, dónde estás? (Edgar Alan Poe).
La escenografía es prácticamente la misma que en aquel lejano estreno –más rica, naturalmente, el CDN- y en él se ocupa de los actores como lo hizo entonces, con varios de ellos recuperados. Recordábamos muy bien, sobre todo, a El Tabernero –Carlos Narcet-. El equipo conjunto es todo él magnífico, con la curiosidad del actor Antonio de la Torre, en su primera obra teatral –al menos no lo hemos visto- que hace formidablemente el principal personaje, Rogelio el Hojalatero, y que el director, conocedor de actores, quiere reflejar el espejo de quien lo hizo, El Brujo, su primer éxito.
Volvimos otra vez a la taberna. No resisto una anécdota en aquel teatro Martín. En la cafetería que tenía en la misma sala nos sentábamos a veces amigos teatrales, donde se añadía el empresario, una curioso personaje, alegre y divertido (Paco, no recuerdo su apellido). Había un momento en el que salía corriendo para meterse en el entresuelo, del que volvía a los pocos minutos. “Es que no hay un día que no pueda dejar de ver esta escena”. Lo entendíamos muy bien. Como hoy, seguro que haría lo mismo. Como nosotros, que nos hinchamos a aplaudir el día del estreno.
Enrique Centeno
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Autor: Alfonso Sastre.
Intérpretes: Enric Benavent, Celia Bermejo,
Paco Casares, Félix Fernández, Saturnino García,
Felipe García Vélez, Carlos Marcet, Luis Marín,
Francisco Portillo, Antonio de la Torre, Paco Torres,
Juliá Villagrán, Miguel Zúñiga.
Vestuario: Pedro Moreno.
Escenografía: Quim Roy.
Música: Miguel Maya.
Dirección. Gerardo Malla.
Teatro: Valle-Inclán (CDN) (17.12.2008)

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