Mostrando entradas con la etiqueta Antonio Álamo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Antonio Álamo. Mostrar todas las entradas

sábado, 23 de junio de 2012

Caos ●

__________________________________________

Autor: Antonio Álamo.
Intérpretes: Mariano Alameda, Daniel Huarte, Sergio Viloldo,
Rodolfo Sancho. 
Dirección: Eduardo Fuentes.
Teatro: Alcázar. (5.2000)
__________________________________________________________

Jóvenes caóticos

 Cuatro chicos guapos, en una escenografía posmoderna e incomprensible, son los protagonistas de esta historia. Está obtenida de un relato del narrador, y también dramaturgo, Antonio Álamo, que se ha encargado de su adaptación para el teatro. La han llamado Caos. O sea, el vacío, lo anterior, lo que existía antes del cosmos. Es verdad: esta función es el retroceso y el vacío hacia un teatro que se basa, fundamentalmente, en los rostros populares de una serie televisiva deleznable y alienadora de jovencitos, y parece buscar el caos en su acepción más despreciable, la del descerebramiento.
    El caos es también la masa informe de los elementos antes de que se produjera el estallido del mundo, esa masa que no hace mucho vino en llamarse “generación X”, y que creemos ya superada, al menos en parte. Pero estos cuatro presuntos actores, aprovechando la efímera popularidad de la televisión, y haciendo un verdadero alarde de descaro, y se suben al escenario con sus retrancas de plató, con su exhibicionismo físico, y también con esa ignoracia de lo que es o debe ser  nuestro teatro.

Antonio Álamo
Gritan las chiquillas espectadoras a sus ídolos, aunque la función sea un disparate, ininteligible, aburrido, fácil en sus ocurrencias, eficaz en los gestos, hermoso en el muestreo de cuerpos peinados, y gestos de esa perversa coquetería, tras lo cual está el verdadero caos, es decir, la nada absoluta: es esa admiración fetichista, lo que sin duda busca el espectáculo, y en la que basa su promoción. No es seguro que el texto original, el cuento de Antonio Álamo, que no conocemos, sea tan perverso, pero esta puesta en escena, con la que el excelente director Eduardo Fuentes, se ha puesto al servicio de estos cuatro guapos y populares chicos de Al salir de clase resulta, un producto que ofrece, frente al cosmos de un teatro que busca el arte y el testimonio, un caótico espectáculo que además aburre a las ovejas hasta provocar literalmente el sopor y el sueño. Han salido estos actores del Instituto Siete Robles –el escenario de ficción de esa serie para adolescentes- y han debido pensar que al arte escénico se lo podían comer igual que  a las cámaras fáciles de ese producto mentiroso. Pero el teatro se escribe con mayúsculas, y el resultado está tan lleno de faltas de ortografía, que resulta verdaderamente vergonzante. Puede que tengan éxito, y si eso es así, es una mala noticia para nuestra escena: les deseamos suerte en muchas más series televisivas; les pedimos que dejen nuestra escena en paz, porque es demasiado frágil para soportar el intrusismo y el oportunismo.
Enrique Centeno

miércoles, 11 de enero de 2012

Los enfermos **

____________________________________
Autor: Antonio Álamo. 
Intérpretes: Chema Adeva, Amaia Lizarralde, 
Antonio Canal, Roberto Quintana, 
Chema de Miguel, Mingo Rafols, Gonzalo Cunill. 
Vestuario: MercJosé Miguel Josè Paloma. 
Escenografía: José Manuel Castanheira. 
Dirección: Rosario Ruiz. 
Teatro: La Abadía. (13.11.1999)
_________________________________



No eran simples locos

Es posible que pueda hacerse este diagnóstico de Los enfermos a las figuras políticas de la última guerra y de aquello que se llamó “La guerra fría”. Lo imagina así el autor Antonio Álamo, pensando que la Historia se cuece en gabinetes de frenopático entre enloquecedoras conversaciones y pactos. De una parte, Hitler y Eva Braun suicidándose en el búnker tras la derrota y mostrando sus personalidades esquizoides y estúpidas. Después un payaso, Stalin, cuya obsesión parece, únicamente, dedicada hacia el poder; se entrevista con Churchill para mostrar dos especies de semiseres tontos, ambiciosos y sin nada que decir acerca de la situación de Europa. 
    Lo que importa es ver los calzoncillos de toda esta gente, que les asoman bajo los abrigos y sus capotes plagados de condecoraciones. Una uniformidad que contamina a este  montaje de un modo peligroso. Parece que es igual la ambición y la tiranía del Hitler exterminador al servicio de una pretendida pureza racial y económica, que la de Stalin imponiendo una dictadura con el sueño de lograr la igualdad social y el ascenso del proletariado al poder; o la de Churchill, intentando un mundo liberal, una democracia imposible, pero no declaradamente dictatorial. Antonio Álamo, pero sobre todo esta puesta en escena, los convierte a todos en auténticos imbéciles más que en enfermos. Y este reduccionismo casi irrita, porque no se puede explicar la Historia a base de payasos que se mueven y actúan como extraños autómatas alucinados en extraños espacios. No está muy claro si es eso lo que pretende el texto.
     Álamo plantea una tragedia de corte shakesperiano: la ambición del poder, la posibilidad de construir la Historia desde la individualidad; aunque desde luego está a años luz de cualquier Rey Lear. Y la directora, por su parte, monta el material escrito en una clave de farsa plana y esquemática que en nada ayuda a las carencias del texto. Naturalmente que todos somos enfermos, de una u otra manera: no idiotas, no iguales, no alineados. Liquidar la personalidad de Hitler, de Stalin, de Kruschov o de Bulganin,  como una panda de tontos que se revuelcan, deliran o poseen una suprema ignorancia política, es, al fin y a la postre, una postura reaccionaria, una carencia del verdadero análisis que esta función elude de un modo asombroso. Convertir los grandes hitos de la Historia en una farsa estúpida, accidental y personal, produce una honda decepción.
Ya hemos dicho que no queda claro si el texto original acentúa tanto los terribles aspectos señalados. La directora, Rosario Ruiz, parece más bien haber hecho un ejercicio de lucimiento, junto con el aparatoso espacio escénico, creado muy bien por José Manuel Castanheira, y una interpretación a la que se ha impreso un estilo ecléctico cuya artificiosidad hace que los intérpretes naveguen entre la construcción de sus personajes y los muchos tics y juegos farsescos que les han impuesto. Claro que todos somos enfermos, pero el término clínico no puede servir de coartada para el análisis de una época, y de unos personajes mucho más profundos que este juego de locos. Nuestras actuales dictaduras, los terribles liberalismos, el ascenso de la ultraderecha o el racismo de nuestros días, no caben en un diagnóstico médico, sino en un análisis político y social. Lo demás son juegos de arte, evasiones para espectadores complacientes.
Enrique Centeno

sábado, 1 de octubre de 2011

Veinticinco años menos un día **

______________________________________
Autor: Antonio Álamo.
Intérpretes: Richard Collins-Moore, Ana Fernández,
Moncho Sánchez-Diazma, Joserra Leza, Ione Irazabal,
Candela Fernández, Juanfra Juárez, Josehean Mauleón,
Jöns Pappila.
Iluminación: Juan Gómez-Cornejo.
Vestuario:  Carnen Monraraz.
Escenografía: Antonio Marín.
Dirección: Pepa Gamboa.
Teatro: Español. (23.10.2011)
___________________________________________


Qué será, será
 
Es un nieto del supuesto inglés P.D. Green quien nos informa, desde la corbata del escenario, afirmando que su abuelo es el más importante autor contemporáneo: "inglés", que repite desde su elegancia provocando las risas. Y en las obras que iremos viendo, estará presente, hablando torpemente en castellano. Es Richard Collins-Moore, un actor magnífico en la creación y la comunicación. Explica los grandes éxitos, y nos mostrará una de las representaciones.

Fotos de Sergi Sergio Parra/ Víctor Prieto
    Al autor Antonio Álamo le gusta igual el drama, la fantasía histórica, como el humor dentro de la amargura. Y Veinticinco años y un día (The tea is ready!) es una comedia cómica. En los primeros minutos, al ver ese precioso vestuario –Carmen Montaraz-, nos traslada a los años 30, entre la ironía y la alta clase. Pensamos enseguida en el estilo de Noel Coward, pero pronto la obra se convertía en una disparatada farsa. Dentro de la vaciedad, todo el reparto transforma el texto, medio vodevil, en un formidable espectáculo de humor, con estupendos intérpretes en los textos, bailes y canciones. Todo es impecable, y lo dirige, con mucho talento, Pepa Gamboa, habilísima como ya demostró, en este mismo teatro Español -hace dos temporadas-, con el curiosísimo montaje de La casa de Bernarda Alba, interpretado por un grupo de gitanas. La acción va acompañada de las propias indicaciones y acotaciones que continúa contando P.D. Green.
    En la segunda parte se imita un ensayo general, entre decorados, de frente y de espalda, con un divertidísimo actor que ha huído y al que sustituirá un antiguo y casual extra incapaz de actuar. Se ve venir el fracaso de ese supuesto estreno, y nos divertimos continuamente con el juego y la juerga en formidables trabajos de ese teatro dentro del teatro.
    Reír en caída libre es lo que ha querido el autor. En las diversas canciones a coro –siempre en inglés-, eligió también el “¿Qué será, será?, será lo que debe ser”.
Enrique Centeno

sábado, 7 de noviembre de 2009

Johnny cogió su fusil ***

_______________________________
Autor: Dalton Trumbo.
Adaptación de Antonio Álamo, Jesus Cracio.
Intérpretes: Sergio Otegi, Beatriz Bergamín,

Ramón Pons, Paca Mencía, Marcos Fernández.
Iluminación: Pilar Velasco.
Imágenes: Miguel González.
Dirección: Jesús Cracio.
Teatro: Sala Cuarta Pared. (18.1.2007)

_______________________________________

Sobre una cama del hospital, permanece un resto humano. Vendado y oculta su cabeza destrozada, apenas puede conseguir, en su esfuerzo, movimientos en Morse que envían un SOS. Pide que se le mate, pide su derecho a la muerte digna de su cuerpo, sin brazos, sin piernas, ni boca ni ojos. El espectáculo nos provoca una tensión cercana al dolor del soldado y de la guerra.
Con este Jhonny, después de la II Guerra Mundial –igual que ante la de Vietnam-, el escritor Dalton Trumbo (1905-1976) nos mostró a un humano apenas con el fragmento de su mente y el cerebro. Es el grito contra la guerra que el autor pasó al cine, como director, perseguido por la “caza de brujas” en Hollywood, como tantos otros creadores libres. Lo que provoca esta completa mutilación, es la necesaria deserción del ejército, del poder y de la patria: ninguno de sus dueños recordarán esos fragmentos, que sí pasan a la mente del espectador. También les ocurrió a quienes vieron la película, a comienzo de los años 70. Esta representación teatral es el diccionario necesario ante la guerra actual. Cada día vemos nuevas cifras de caídos del ejército -sus soldados, no los generales- y su envío a la batalla. Así lo vio Dalton Trumbo, y lo mismo ahora con al llamada Guerra del Golfo. Esos poderes prepararon las batallas, incluso se reunieron entre ellos –como aquellos tres, incluyendo a España-, en las Azores, para comenzar el ataque ante el pánico y la oposición de los pueblos.
Esta adaptación teatral permite una puesta en escena rica, muy cuidada e interesantísima sobre el pasado histórico –testimonio de Jhonny-, y la vuelta a nuestro calendario actual. Su director, Jesús Cracio, pinta un espacio doble: en primer término, la habitación del hospital, en cuya cama, entre aparatos electrónicos y entubado para mantener la respiración, está el muchacho; en el espacio posterior, elevado y lejano, se presentan -en proyecciones- sus recuerdos y sueños de amor, el paso por la batalla en los campos, barricadas y vuelos de bombardeos.
Escuchamos la voz del soldado en off –su pensamiento- y vemos escenas representadas con la novia y con Jhonny -lo hace muy bien Sergio Otegui-, en sus uniones y despedidas. El audiovisual nos se llega casi a ver. Parecen dos personajes, porque el actor da la impresión de haber salido desde la cama angustiosa. Se duplica el actor Ramón Pons en el Coronel y el Padre, con diferentes discursos políticos, militares o filosóficos, en un mítin de lecciones hacia el público. La variación es difícil, y el resultado no es completo. La enfermera es Beatriz Bergamín, una actriz frecuente con este director. También se dobla en la joven muchacha. Impresiona su ternura, sus propias lágrimas de dolor. En su atención, consigue encontrar el contacto, a través de comunicaciones en Morse, a las que obedece, dolorosamente, entregandole antes su cariño y su último placer sexual. Es otro sentimiento intenso el que nos llega. La estética busca el pasado de la batalla –en brillante pantalla- con el terminado ser en la cama, y todo ello consigue hacernos temblar ante este drama.
Enrique Centeno