miércoles, 29 de julio de 2009

Pagagnini **

_______________________________
Autor: Yllana, Ara Malikian
Actores músicos: Ara Malikian, Thomas Potiron,
Eduardo Ortega, Gartxot Ortiz.
Dirección: Yllana.
Teatro: Albéniz. (18.12.2007)

________________________________

La compañía Yllana, que dirige el teatro Alfil, se dedica a obras cómicas. Se perdió –desde hace una década- su búsqueda de títulos importantes, tanto de autores españoles como extranjeros, en cuyo escenario vimos la ambición, convirtiéndose después en una sala de diversión con atrevidos disparates para gloria de la taquilla, con un abundante público joven. Hoy llegan también al enorme teatro Albéniz, en estos días navideños de paz y felicidad: consiguen un público a carcajadas, hasta el punto de que el día del estreno colocaron -detrás de mi- a una espectadora que emitía grandes risas, de tal modo que no permitía escuchar el estupendo montaje de este Pagagnini, provocando dolor de oído. Un gran espectáculo para todos, incluyendo idiotas.
El título juega con el nombre del virtuoso violinista Niccolò Paganini (s.XVIII), y el brillante cuarteto usa bien sus instrumentos, violines y cello. Comienzan con seriedad dentro de sus fracs, aunque ya anuncian el humor cuando vemos que las cuerdas están saltadas; y que, sin embargo, la música suena con agradable calidad. Poco a poco, se va desarrollando el doble arte de los actores- músicos-, siempre con sus instrumentos. Una serie de gags va consiguiendo, sin palabras y con los conciertos más variados, una creciente locura. El resultado es tan gracioso con sus violines o como estupendos payasos. Un éxito merecido por esta compañía.
E.Centeno

martes, 28 de julio de 2009

No hay burlas en el amor **

_____________________________
Autor: Calderón de la Barca (Adapación de Domingo Miras).
Intérpretes: Alejandra Torray, Gabriel Moreno,

Alberto Closas, Cristina Palomo, Pablo Alonso, Natalia Jara,
Pedro Moreno, Víctor Bemedé, Joan Dameras.
Dirección: Manuel Canseco.
Teatro: Galileo. (15.7.2008)

_________________________________

Un día la tragedia, y el otro el drama o el auto sacramental. Este sacerdote no sabemos cómo era capaz de escribir las divertidas comedias de amor. Quizá miró desde los ventanales, los amores y las mentirillas de las mujeres. Es posible también que lo escuchara en sus horas del confesionario. Utiliza muchos nombres de personajes en diferentes comedias, siempre con sus geniales ritmos y rimas. Sus octavillas son, quizá, los más brillantes versos que producen bellísimas escenas.
La adaptación de este No hay burlas en el amor la ha hecho el autor Domingo Miras, y lo dirige Manuel Canseco, cuyo conocimiento de estas comedias se ha comprobado en diversos montajes. Justamente hace un año, en los Veranos de Madrid, mostró, en este mismo teatro, Casa con dos puertas mala es de guardar. Nos divertimos también.
El jardín-patio, con el que cuenta el Galileo, acoge agradablemente y ofrece sus mesas en las que se puede cenar, beber y fumar –no es necesaria la persecución de nadie, es al aire libre-, especialmente en un entremés –loa- de juegos con los propios actores, encantadores. Y allí, viniendo de Burgos, quiero más una morcilla/ que en el asador reviente (Góngora). Después comienza la comedia, en un sencillo y bonito decorado, con dos alturas como en los viejos corrales, integrado en los ladrillos de las paredes del lugar. Como cada año, el espectáculo no es una superproducción, ni falta que hace, con el arte de la interpretación y sus legales vestuarios: mejor que bobadas de los grandes gastos que Traten otros del gobierno/ del mundo y su monarquía (también de Luis de Góngora).
Todo el reparto dice bien los versos y los hacen entender –no siempre ocurre-, en un humor jugoso. Es imprescindible destacar a Nuria Torray, en una Beatriz cursi y presuntuosa. Una noche feliz.
Enrique Centeno

domingo, 26 de julio de 2009

Macbeth Lady Macbeth ***

___________________________________________
Autor: William Shakespeare.
Versión: C. Alfaro.
Intérprete: Francesc Orella, Adriana Ozores, Víctor Valverde,
Vicenta Ndongo, Carlos Heredia, Andrés Heredia, Jorge Suquet
David de Gea, Iván Gisbert.
Vestuario: María Araujo.
Dirección, escenografía e iluminación: Carles Alfaro.
Teatro: El Matadero, del Teatro Españo. (5.6.2008
_______________________________________

Hacía tiempo que no habíamos visto a Shakespeare: lo que sí contemplábamos, continuamente, eran imitaciones, resúmenes, atrevimientos de humildes equipos, o pobres presuntuosos, falsos talentos que destrozan al vate inglés. Esta vez sí nos encontraremos ante una de las grandes tragedias, Macbeth, sobre la envidia, la corrupción y los crímenes políticos.
Al comenzar el espectáculo se entremezcla el realismo con la fantasía. Quizá, esto último es lo que más asombra en esta historia de corrupción y traición de los poderes. Un campo frente al bosque Warman, oculto en una selva de misterio, y un pantano del que exhala nieblas humosas entre negras luces, en los que los personajes van acercándonos a Cawdor tras el triunfo de la guerra. Avanzan entre las aguas, van apareciendo misteriosos personajes, el rey Duncam con su hijo, los generales –el fiel Banco- y el esperado Macbeth: se han escuchado antes, en off, los verdaderos fantasmas de las Brujas, que previenen la tragedia. Sus botas, sus trajes de cuero, las cotas defensivas y los rostros cortados, forman el realismo medieval; apenas unas pistolas de hoy, en las cinturas, permiten que recordemos que Shakespeare es siempre intemporal en nuestra ucronía.
Se van aproximando al castillo –el espacio escénico de El Matadero de Las Naves, del Teatro Español es inmenso- donde la ambición y las traiciones se desarrollarán en la torre. Las aguas del río –se utiliza en el montaje- se enrojecerán con las manos de la provocadora Lady que empujó a Macbeth hacia el asesinato, y “podridos quedan al aire” sosteniendo los puñales y las manos de sangre manchadas. La pareja Macbeth -el título lo ha cambiado su director en el palíndromo Macbeth Lady Macbeth- hace una escena impresionantemente interpretada por Adriana Ozores y Francesc Orella, fuertes, vivos y muertos sin alcanzar el deseado sueño. No hay freno alguno en la tragedia de Shakespeare, y así se representa sensacionalmente.
Siempre estamos esperando que llegue a nuestros teatros el director valenciano Carles Alfaro, que se ocupa también de la versión, la escenografía y la iluminación. Todo formidable. Le vimos por primera vez hace casi quince años, y desde entonces más de diez veces con Ionesco, Pinter, Büchner o Javier Tomeo, con él mismo y otros españoles. Se cuida también de la dirección de actores, que escoge muy bien y a quien hace sentir seguros. Este Macbeth es un gran actor, Frances Orella, al que hemos visto ya en otro Shakespeare, La tempestad, o con Beckett. En ambos casos con la dirección nada menos que de Lluís Pasqual, así como en Tennessee Williams con Mario Gas. Crece la tensión en la claridad de su transformación y con sus voces potentes. Tras unos años reaparece Adriana Ozores, cabeza de reparto con los clásicos que dirigió Marsillach en Lope, Calderón o Rojas. Ya era hora, tras el cine o la triste televisión de serie. Supongo que será más rentable. Asombró y se ganó su lugar entre las grandes actrices de nuestro tiempo. Podría ampliar la lista del reparto, pero es imprescindible informar de que todo él es de enorme calidad. Calientes las manos, no terminábamos de aplaudir y agradecer el singular espectáculo.
Enrique Centeno

jueves, 23 de julio de 2009

Los trabajos y los días *

_______________________________
Autor: Michel Vinaver.
Traducción de Fernández Gómez Girante.
Intérpretes: Pepa Sarza, Enrique Menéndez,

Paloma Mozo, Josep Albert, Nahía Láiz.
Dirección: Luis Maluenda.
Teatro: Galileo. (23.4.2008)

_______________________________________

Confieso que nunca he visto una puesta en escena del conocido autor Michel Vinaver (1927), aunque algunas de sus obras han sido traducidas entre nosotros. Este escritor ocupó siempre un alto cargo de empresa internacional. Sin duda, la observación le inspiró la obra que ahora se estrena aquí. Sus personajes, tres mujeres y dos hombres, son empleados en una firma de aparatos electrodomésticos. Y así vamos viendo el trabajo de secretaria, el de recepción o atención a las llamadas de quejas, protestas o acusaciones. También la discusión entre todos los trabajadores, o la oculta ambición de lograr el ascenso. Son diferentes escenas donde va mostrándose una sociedad inútil, explotadora, capaz de convertir a todos en individuos encerrados, disponibles y que aceptan y callan desde sus puestos. De ahí viene el título, Los trabajos y los días, tomado del poeta griego Hesíodo: el intento de lograr todo en un solo día, y que Vinaver utiliza como monotonía continua.
Fue escrita y estrenada hace 28 años. Se ha quedado muy vieja en el teatro actual, sin que ello signifique, precisamente, que no sea un tema interesante. Aburre como algo ya muy visto y con textos y diálogos francamente torpes. Los intérpretes son conocidos como eficaces, y aquí son muñecos de palabras y de memorias, imposibles para hacer brillantes personajes. Del director Luis Maluenda se esperaba calidad y la elección de una obra mejor.
E.C.

Los que ríen los últimos ***

______________________________
Autor: Eusebio Calonge.
Intérpretes: Gaspar Campuzano, Francisco Sánchez,

Enrique Bustos. (Voz de José Pedro Carrión).
Dirección: Paco de la Zaranda.
Compañía La Zaranda, Andalucía La Baja
Teatro: Español (22.11.2007).

_______________________________________

Los caminos y los pueblos se pierden entre miserias y abandonamientos. Por allí caminan los restos de ese mundo esperpéntico, tres hombres sobre un nuevo Clavileño: un aparato de viejos hierros y un carro sobre el que se suben, junto con los escombros circenses. Viajan como sombras perdidas o buscadores de los últimos restos. Hasta ellos mismos quieren reencontrar su antiguo sentimiento del triángulo entre Augusto, Clown y un extremista payaso, que no hallan tampoco a los niños. Se detienen, saltando de acera a acera, sin brújula, perdidos en una desesperación de continuas preguntas y enfrentamientos, mística y miserable.
Todo está derrotado, hacen sonar el viejo acordeón, los tambores y el polvoroso viento del trombón. Sólo a veces les invade la esperanza de los andantes compañeros; los fuertes himnos y marchas sonoras de orquestas de zaranda andaluza -la compañía se apellida Andalucía La Baja- embriagada ante la vaciedad. Una entremezclada combinación entre la absurda bohemia y la procesión de cofradía con pasos irreligiosos: una creación, del autor y del equipo, que encuentra esta ruptura teatral.
El drama, la burla con carcajadas trágicas, o con dolientes silencios, mantienen al espectador entre el asombro artístico y el asombro poético. Lo hacen tres actores fantasmas en una interpretación de auténtica transformación que hasta incluso les impide salir a saludar. Esta compañía, La Zaranda, continúa su genialidad convirtiéndose, en esta ocasión, en Los que ríen los últimos.
Enrique Centeno

miércoles, 22 de julio de 2009

Los persas ***

_________________________________________________
Autores: Calixto Bieito y Pau Miró. A partir de Los Persas de Esquilo.
Intérpretes: Natalia Dicenta, Rafa Castejón, David Fernández,
Javier Gamazo, Chus Herrera, Roberto Quintana.
Iluminación: Xavi Clot.
Vestuario: Mercè Paloma.
Escenografía: Alfons Flores.
Dirección: Calixto Bieito.
Teatro: Bellas Artes (15.11.2007)
______________________________________________________________

Calixto Bieito se basa en la tragedia de Esquilo, Los persas, título que mantiene en su obra y que utiliza para acercarnos a aquella batalla. Quiere hoy mirar y acusar a los ejércitos europeos, concretamente a un escuadrón de soldados españoles junto a su bandera. En el escenario se reproduce la crueldad de brutales luchadores, enloquecidos entre fusiles, carros de combate o bombardeos: el amor para la muerte por la patria. Es el mismo inicio de la obra griega, con Jerges muerto y Darío dirigiendo aquella vencedora batalla. Fue la locura del ejército, que escuchamos en el Coro del poeta Esquilo: “Estos son los fieles, y así se nos llama,/ de la hueste persa que a la tierra helena/ partió en son de guerra”. Bieito transforma a las huestes con los soldados españoles cantando el conocido himno de la Legión. La similitud es tan impresionante que provocó al director haciendo cantar a sus personajes -en total, siete profesionales-: “Soy un hombre a quien la suerte/ hirió con zarpa de fiera/ y soy un novio de la muerte…”. Es sencillo relacionar aquella batalla, el mito, porque fue una victoria obtenida por la pequeña Grecia ante Persia. Ahora son los Estados Unidos y la unión de los países europeos.
Sobre los soldados, en la barricada de hierros destrozados, se escuchan los disparos, las ametralladoras y las bombas ante estos apasionados. Pasan por el cielo aviones militares, y poco cuesta recordar a los 62 españoles caídos en aquel Yak-42, los 17 de un helicóptero en Afganistán, o 6 por una bomba.
En la obra se incluye a una soldado, como la recientemente muerta por una bomba. El montaje es impresionante, tanto en la escenografía, el texto y los actores. Esta magnífica Natalia Dicenta, que canta con fuerza y estremece en sus melodías rotas. Todo el reparto se convierte en bélicos personajes que asustan, desde Rafael Castejón hasta Ignacio Ysasi. Es imprescindible mencionar a todos ellos: David Fernández, Javier Gamazo, Chus Herrera y Roberto Quintana. Sabemos que Bieito es una especie de bruto –muchos de sus montajes son disparatados en la deformación- que aquí no utiliza siempre los versos de Eurípides; pero no se excede, únicamente para llevarle al presente. Aunque mantiene literalmente muy poco la obra de Esquilo.
Un anuncio luminoso, entre banderas españolas, se enciende frecuentemente con el “Alístate, tu futuro está con nosotros”. Los actores, en determinada escena, siembran el patio de butacas de octavillas ilustradas con ese mismo lema del citado anuncio. La obra busca así, y lo consigue, su manifestación antibelicista.
Enrique Centeno

domingo, 19 de julio de 2009

Los cuernos de don Friolera ***

___________________________________________
Autor: José María del Valle-Inclán
Intérpretes: Alfonso Delgado, Inma Cuevas, Manuel Millán
Antonio M.M., Pepe Soto, Josema Díez-Pérez,
Rafael Núñez, Luis Arrasa, Nancho Novo, Teté Delgado,
Isabel Ayúcar, Sergio Macías, Gloria Villalba, Diego Pizarro,
Luis Arrasa, Fernando Ruiz, José Maya, Mahue Andújar.
Vestuario: Begoña del Valle-Yturriaga.
Escenografía: Almudena López Villalba.
Dramaturgia y dirección: Ángel Facio.
Teatro: Español. ( 26.2.2008)

__________________________________________

Al vivo Valle-Inclán, lo sitúa este director -Ángel Facio-, antes de la obra, en un palco en el que conversa, republicano y anarquista, con su acompañante. Y a ambos les hace repetir la conocida escena duodécima de Luces de bohemia. Valle, en realidad Max, asegura: ”La tragedia nuestra no es tragedia”. “¡Pues algo será!”, le responde quien es ya Latino de Hispalis. “¡El esperpento!”, definió para siempre el gallego. Al final de la representación de la obra, el duplicado personaje protesta tras bajar el telón, con pateo y quejas sobre el mal teatro español. Nos confirma y hace repetir, precisamente, su nuevo teatro en el que busca su revolucionaria escena. Incluso reconocemos su terrible frase: “Nunca dejaré estrenar mis obras por los malos actores españoles”. En todo caso, queda en este balcón del teatro su histórica creación del esperpento. Esta escena consiste, por tanto, en un prólogo al que sigue el auténtico de la obra del autor.
Facio es un enamorado de Valle, y montó excelentemente, en este mismo teatro Español, hace dos años, Romance de Lobos. Nos cuenta en el programa de mano sus intenciones, numerosas veces, de montar Los cuernos de don Friolera: desde entonces le fue siempre prohibido por la censura, primero en su TEU. Más astuto fue el TNU (Teatro Nacional Universitario), que hizo colarse en aquella época (1965) la puesta en escena de El embrujado (Alberto Castilla). Uno de los lugares de representaciones fue en el Curso de Verano de Santander: a Facio se le prohibió su obra, y El embrujado fue comentada por el catedrático que aconsejó a los estudiantes que no acudieran a la función porque carecía de interés. Pero no llegó, naturalmente, a la prohibición. Este tipo debió ser un personaje que no se incluye en el reparto de Los cuernos…”, pero sí que los tenía.
Facio se ha vengado. Ha querido incluso acercar levemente el drama cómico, la fuerte tragedia de la España sainetista y esperpéntica.
Nos gusta ver la escenografía realista –de Almudena López-Villalba-, de efectos vivos lejos del barato arte de tablas de madera cerrando paredes que nunca sirven para nada. Nos recuerda a nuestro teatro comprometido con el realismo social de nuestros días recientes, como los de Buero Vallejo (La escalera) o Lauro Olmo (La camisa). Este ambiente llena de vida a los personajes en su triste esperpento igualmente realista. Qué hermosura. El militar, cornudo, simplón en su tiranismo de barrio. Cuando Valle escribe la obra, tal sujeto es un carabinero de fusil. En los montajes vistos, suele representarse como soldadito del plomo o de cuento para evitar aquella realidad del acoso con que fueron unidos años después a la Guardia Civil. Pero Facio lo hace directamente con tricornios (los “picos”, que llamaban los gitanos como los de Lorca). Como esa repetida música del pasodoble. Este director es aquí La venganza de don Mendo. Tiene su derecho hoy cuando no tuvo entonces permiso para nada. (En una representación de La resistencia al aire libre en la feria en Cieza (Murcia), al fondo del gran local, tras las últimas sillas, un grupo de guardias civiles rodeaba el aforo. Aquellos, no crea nadie que eran los de don Friolera: aquella provincia sí existe, no como la creación con Valle de San Fernando del Cabo).
Toda la interpretación es magnífica. La inmovilidad del ciego con su Bululú es quizá inadecuada, y serían más ricos sus aleluyas de las historias de ciego. Ellos no lo hacían sin movimiento. En todo caso, insistimos en que el largo reparto es una lección y un gozo. No lo podríamos citar individualmente porque todos lo merecerían. Ni siquiera a ese magistral don Friolera, que hace Rafael Núñez. (Ya me he colado).
Enrique Centeno

Llegué para irme ●

_________________________________
Autores: Alain Alain y Gabriel Chemé Buendía.
Dirección e intérpretación: G. Chammé.
Compañía Buandía Teatro (Argentina).
Teatro: Cuarta Pared (26.12.2007).

_____________________________

Se nos informa de que este Gabriel Chammé es un “gran clown” al que se une su magistral mimo. No lo dudamos. Pero esta función llega para salir corriendo, lo cual no hicimos por las dificultades de salir del teatro Cuarta Pared. Mientras tanto, nos dedicábamos a nuestras cosas y, de vez en cuando, a observar al espectador, entre ellos muchos que reían y gritaban como futboleros y se arrejuntaban en parejas mirándose como triunfadores al tener ese día del estreno un buen plan. Es verdad que, a mi izquierda, un señor tenía un entrecejo que casi daba miedo cuando miraba al escenario.
La cosa es que este intérprete pretende hacer una historia de un hombre que llega con su maleta a una habitación, con su mesa y su cama. En ella se mueve por aquí o por allá, hace gestos y movimientos vulgares, simplones, esperando siempre que la gente se divierta. Tal vez trata de lo absurdo y lo difícil de la vida. Según el texto del programa, algo sobre el estrés de nuestro tiempo. Su traje es el de un payaso con intención mímica, trabajos ambos a los que no llega. El texto mudo no posee ideas o análisis, con silencios para aburrirse. Lo peor es que nos produce cierto pudor, similar al de haber tenido que asistir a una vulgar boda de novios en la que, tras la cena, todos enloquecen haciendo chistes, brincos o vueltas sobre las sillas con gestos grotescos. Pues allí estábamos.
E.C.

miércoles, 15 de julio de 2009

Las galas del difunto *

_____________________________________
Autor: Ramón María del Valle-Inclán
Intérpretes: Maite Colodrón, Fermosel, Francisco Gómez,
Candi Hernández, Felipe Higuera, Pilar Jiménez,
Mª Jesús Luque, Maguy Magán, Jordi Molina,
Mª Teresa Navarro, Irene Rodríguez, Francisco J. Sánchez,
Ana Torres, Manuel Vallano, Ana V. Souto.
Escenografía y Vestuario: Mapy Hernández.
Dirección: Celia León. (Teatro del Común)
Teatro: Círculo de Bellas Artes. (3.10.2007)

____________________________________

Es muy frecuente no querer perder los hermosos textos de las acotaciones de Valle-Inclán poniéndolos en la voz de un relator o, en este caso, de un mismo personaje. Mejor valdría, en este montaje, que se estudiaran mejor las interpretaciones, en cuyo conjunto, todos ellos son débiles e incorrectos actores. Ignoro qué profesionalidad tiene esta compañía Teatro del Común, que incluso parece ser que ha obtenido premios anteriores. Valle-Inclán ya dijo una vez que nunca permitiría que su teatro fuera hecho con los actores españoles. Seguro que hoy se arrepentiría, desde luego, con la transformación del arte escénico. Ya todo se puede representar –con verdaderos actores-, incluyendo al complicadísimo teatro del mal genio gallego. Incluso con soberbias escenografías. Pero tendrá que reafirmarse al ver este espectáculo. Hay aquí un montón de elementos que buscan el ambiente esperpéntico, lo consiguen en parte, pero los personajes que aparecen son más bien los que proceden de una verbena, con textos que no se comprenden, se hablan mal, se rompen en tonos diferentes, se mueven en un bar de carretera imposible de entrar y sin salida. Una entremezcla de confusiones, alejados de la creación del esperpento.
E.C.

Las cuñadas ●

________________________________________

Autor: Michel Tremblay (Adapt.: Itziar Pascual)Intérpretes: Maite Pastor, Julieta Serrano, Trinidad Iglesias,
Isabel García, Lola Casamayor, Arantxa Aranguren
, Rosa Savoini,
Ana Rayo, Mariana Cordero,
Karmela Aranburo, Marta Aledo, Teresa Hurtado de Ory,

María Carmen Sánchez, Lorena Berdún, María Pujalte.
Escenografía: Alfonso Barajas.
Vestuario: Yvanne Blake.
Música: Luis Miguel Cobo.
Dirección: Natalia Menéndez.
Teatro: Español. (10.4.2008)

_______________________________________

Es un buen equipo de actrices, nada menos que quince. Desde la maestra Julieta Serrano pasando por Lola Casamayor hasta Trinidad Iglesias. Es indignante que las hayan convertido en gallinas de jaula escénica. Se las manda gritar, sin personalidad, locas todas ellas.
He leído el último párrafo que la directora, Natalia Menéndez, que escribe en el programa de mano: “Dedicamos nuestras Cuñadas a todas las mujeres (…) y en especial a nuestras madres”. No vamos a acusarla en la comisaría o en el Juez Guardia, porque aquellas mujeres de entonces, casi todas ya fallecidas -la obra se escribió en los años 60- nunca conocieron a esos personajes grotescos y ridículas parodias entre vecinas, cuñadas o amigas entusiasmadas con aquellos “cupones” de las tiendas. La historia real no se ha contado; fue la resistencia, la dureza, la carencia, la lucha diaria para la supervivencia; gran parte de ellas la padecieron en los interminables años de la posguerra.
Recordábamos el teatro contemporáneo de nuestros dramaturgos, que cuidaban a los personajes femeninos. Porque en este mismo teatro Español, donde estábamos viendo Las cuñadas -tan reaccionaria- andaba por las bambalinas Buero Vallejo con su Historia de una escalera -Premio Lope de Vega-, que estrenó aquí, con vecinas que miraban a las compañeras de alrededor. O como a Lauro Olmo, que al inicio del los 60 examinó nuestra ciudad como un retablo de mujeres pintadas, con personajes que vivían en la esperanza, simplemente por el símbolo de La camisa, -Premio Nacional de Teatro, (1962)-. Y no digamos ya de Dario Fo -Premio Nobel-, frecuentemente en colaboración con la feminista Franca Rame, su compañera. Del canadiense Michel Tremblay (1942) nos cuentan que escribió Las cuñadas, con la que obtuvo un gran éxito hacia 1962. Cuesta comprenderlo, a no ser que lo comparemos únicamente con el comediógrafo Alfonso Paso, que en esos años era capaz de llenar seis o siete funciones a la vez en los escenarios de Madrid con éxitos jugosos para el público hueco y conservador. La verdad es que no sé que fue de sus obras. Sin duda, lo mejor de esta función es haber situado a los personajes en una larga mesa, en línea perpendicular al público, que nos permitía no poder ver a la mayor parte de estas mujeres. Quién sabe si el escenógrafo Alfonso Barajas, muy conocedor y frecuente, lo creó así para ocultar el horror. No importa el precio que cueste provocar risas: en incomprensible que esta penosa función se vea en el teatro Español. Ya hemos dicho que hay un excelente reparto, nombres que bien conocemos, como a Maite Pastor, Karmela Aramburu, Rosa Savoini o Ana Rayo. Humor, burla y absurda comedia barata donde es una pena que trabajen esta vez.
Enrique Centeno

domingo, 12 de julio de 2009

Las bizarrías de Belisa ***

_____________________________
Autor: Lope de Vega.
Intérpretes: Eva Rufo, Rebeca Hernando,
Mónica Buiza, Silvia Nieva, María Benito,
Javier Lara, Alejandro Saá, Iñigo Rodríguez,
Rafael Ortíz, David Boceta, José Juan Rodríguez,
Andrea Soto, Isabel Rodes, David Lázaro,
Ángel Galá (Piano).
Vestuario: Lorenzo Caprile.
Dirección y adaptación: Eduardo Vasco .
Teatro: Pavón (CNTC). (18.12.2007)
_________________________
Qué sonetos, qué redondillas o romances. Hace ya tiempo que no los escuchábamos en el escenario de la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC). Y los dice ahora la nueva Compañía Joven, en cuyo conjunto -apenas un par de intérpretes no se atreven con los versos y los convierten en prosa- es imprescindible citar la excelente actriz Eva Rufo, en su dama Belisa, como a David Boceta, en el conde Enrique, y a los criados Finea y el Tello interpretados por Rebeca Hernando y Alejandro Saá.
Hay una gran dirección de Eduardo Vasco, tanto en la de actores como en el movimiento y ritmos en los diálogos de Lope. Y no tenemos más remedio que acostumbrarnos , en la CNTC, a la modificación de las obras del Siglo de Oro. Importa, sobre todo, que al director se le vea, que se le admire al hacerlo a medias entre el autor y su originalidad. En Las bizarrías de Belisa se ha elegido prescindir de la escenografía, los propios actores la indican en acotaciones. Podría tratarse de un homenaje a las históricas representaciones, en los viejos corrales o ante una manta, y únicamente se utilizan unas sillas que se trasladan de sitio. Pero no todos los personajes son del XVII; hay un juego anacrónico del prestigioso diseñador Lorenzo Caprile, especializado en trajes de boda: un vestuario lujoso, exhibicionista, como aristócratas entre textos de nuestrol barroco. Hay que entrar en ese traslado, sonriéndole al director su gracia en blanco y negro.
Enrique Centeno

sábado, 11 de julio de 2009

Steak tartare **

_____________________________
Autor: Carlos Be.
Intérpretes: Arturo Bernal, Juan Gómez,
Guadalupe Marcote, Itziar Ortega.
Espacio escénico: Luis Castilla.
Dirección: Adolfo Simón.
Teatro: Sala Tis. (8.7.2009)

_____________________________

Llegamos a tocar a los actores. Es su domicilio, una amplia sala –esta función se monta en el vestíbulo del teatro Tis –, en la que nos sentamos – una veintena de amigos-, unos en butacas y otros sobre cojines. Nos recuerda el nacimiento, en Nueva York, del teatro de casa, inventado a comienzo de los años ochenta, donde se hacían representaciones. Nos recibieron afectuosamente, casi uno a uno, los cuatro intérpretes. También lo relacionamos con el inicio de la ya prestigiosa sala Cuarta Pared: era el año 1987, efectivamente como una casa, donde muy poquitos podíamos ver los montajes sobre autores naturalistas -sobre todo Chéjov-. Y así se denominó el proyecto de aquella compañía. Recordemos que fue André Antoine (XIX-XX) quien determinó la “cuarta pared”, una supuesta interioridad que permitiera a los actores llegar hasta el olvido del público. Fue también el mito religioso de Stanislavski. La sala Cuarta Pared pudo salir de esas iglesias.
Todo lo que comentamos tiene mucha relación con este estreno de Steak tartare, del interesante autor Carlos Be. Se interpretan al principio a los propios actores; crean después personajes fantásticos, con ruptura entre las varias escenas, entre argumentos y descansos. Nadie lo había utilizado antes de Brecht. No deberían pensar que esta llamativa función teatral no la pueden bautizar con el apellido de transformación, como se escribe en sus notas.
En un rincón, en el suelo, apoya sobre sus piernas un portátil un supuesto autor, que nos cuenta los problemas para encontrar argumentos. Y confiesa –o nos engaña- que se ha basado en la cruel realidad, y que lo demás no es teatro. Afirma haber descubierto que el adorado Peter Pan, del cuento, en realidad, lo había tomado su autor –Barrie- de un hombre que no quería crecer, sino de un tipo bajito, feo, infeliz, que terminó suicidándose. Tome nota: avisan de que lo que vienen ahora son escenas duras, violentas, enamoramiento de la crueldad. El Caín asesino –el hecho auténtico de un hermano actual-; la zoofilia de un personaje con una cabra; el crimen de un bebé –fueron dos, en la realidad- en la bañera. Una vieja cuna, con un imitado bebé, ocupa el centro de la sala durante toda la función, llenándola de agua, convirtiéndola en una bañera, para ahogarle en una psicopatía maternal. Lo hace impresionantemente la actriz. Hay varias escenas más, interrumpidas a veces con el acercamiento de los actores rompiendo las escenas como para frenar el momento.
Es un procedimiento de brutalidad, con ausencia de análisis o explicaciones sociales. Es indudable que se intenta conseguir un escándalo, aunque a quienes estábamos allí no nos hizo temblar –un estilo ya conocido por el destacado dinamitero Rodrigo García-. Sí escuchábamos una escritura rica, una poética con acciones de construcción perfecta.
Lo pone en escena Adolfo Simón, un buen director –también escribe-, muy variable, desde hace veinte años, con dramaturgos como Francisco Nieva o Juan Mayorga, y que consigue un magnífico montaje de esta difícil Steak tartare. Es también un trabajo estupendo el del reparto: Arturo Bernal, Juan Gómez, Guadalupe Marcote e Itziar Ortega, en grandes tensiones, burlas y tragedias. No los conocíamos, y los admiramos.
Enrique Centeno

Versus ●

______________________________
Autor: Rodrigo García.
Intérpretes: Patricia Álvarez, David Carpio,

Amelia Díaz, Rubén Escamilla, Juan Loriente,
Nuria Lloansi, Davis Pino, Damiel Romero, Víctor Vallejo,
Isabel Ojeda.
Iluminación: Carlos Marqueríe.
Animación: Cristina Busto.
Vídeo: Ramón Diego.
Idea y dirección: Rodrigo García.
Teatro: Matadero. Naves del Español
(12.11.2008)
_____________________________________

Confieso que el día del estreno no comprendí bien la totalidad del espectáculo llamado Versus, enfrentamiento o búsqueda de la provocación. Fueron abandonando la función los espectadores, llegando a gritar su indignación por esa “mierda de función”, o “Menos mal que no pagué”. Rodrígo García, su creador, quiso contemplar el placer de una violación sexual y la destrucción de los libros, inútiles, sobre los cuales se meaba uno de los activistas: una acusación a los estudiantes y a los profesores. Tampoco puedo entender que se fuera mucha gente: ¿les sorprendería que un botellón de los jóvenes pueda tener el placer de obligarle a una embarazada a chorros de alcohol?. Los accionistas de la compañía se violan de pie y con los pantalones caídos, dedicados a la homosexualidad. No se comprende que se identifiquen con Ñetas o Kinas, la ruptura con el lenguaje, sus ropas abandonadas o declarando que los niños son unos cabrones insoportables. Ya vimos en otra función cómo los rompían -sólo tenían una muñeca- a trozos, destrozándolos y lanzando sus miembros. Tampoco entendí porqué todos ellos no salían a escena utilizando el alemán y con uniformes negros. Es una orgía de psicópatas incomprendidos. Yo me fui un poquito antes, y me perdí la escena en la que un conejo vivo se introducía en un microondas.
Para el entusiasmo de este espectáculo deberían asistir estúpidos poetas, lingüístas, profesores, luchadores contra el maltrato, defensores de los derechos de los gays y de mujeres, los neonazis, los artistas, los psicólogos, los amantes de los animales, los músicos. Digo yo que a lo mejor les encanta.
El Matadero –nombre de las Naves del Teatro Español- sí que parece corresponder a este Versus. No se confundan.
Enrique Centeno

miércoles, 8 de julio de 2009

El gran atasco ***

______________________________________
Autores: Jorge, Alberto, Fernando Sánchez-Cabezudo.
Intérpretes: Pilar Gómez, F. Sánchez-Cabezudo.
Realización video: Diego Modimo y Grajo.
Vestuario: Stina Lunden Lunden, Paula Anta.
Producción de Mr.Kubik
Dirección: F. Sánchez-Kabezudo.
Teatro: Cuarta Pared. (3.7.2009)

_______________________________________

Una pareja está detenida, aislada y sin comunicación con el mundo de alrededor. Es una obra cómica, absurda, un sarcasmo de un hombre y una mujer. Un símbolo para la burla.
Un feliz oficinista, el Sr. Gallardo, ha podido comprarse un coche para acudir cada día a su trabajo. Ella se llama Maya, y es infumable. Veremos el viaje de nunca jamás. Con esta historia han montado los creadores la parodia de la pareja. Contemplaremos discusiones, las fatuas conversaciones, la unión de un superficial amor. El coche estará siempre frenado, en una burbuja, tal vez en un domicilio cerrado.
La vida se desarrollará como en muchos matrimonios comunes, pero la gracia de esta crítica sucede en El gran atasco, un símbolo de la monotonía, sin duda idéntica a la interminable línea de la carretera. Su título nos recuerda La autopista del Sur, un relato de Julio Cortázar, que juega también con la asombrosa sociedad. El tiempo va pasando y los años van creciendo. Se casan en este hogar, con las trompetas de boda, un Mendelsson cuya escala musical la interpretan las bocinas de los detenidos vehículos. Todo continúa muerto, con el embarazo, el bebé creciendo, la vejez y otros inventos para provocar la continua carcajada del publico.
Son impresionantes los dos actores. El Sr. Gallardo lo interpreta Fernando Sánchez-Cabezudo, y es un personaje suave, cariñoso, desconcertado y esperanzado. Una fotografía lograda de un ser al que da vida total, en sus gestos, reacciones, siempre perdido y ordenado por su mujer; un cómico perfecto que también dirige este montaje –Compañía Mr. Kubik-. Quizá de un baúl de muñecas han sacado a uno de los que hablaban y babeaban con voces de pilas. Es también Pilar Gómez una estupenda actriz, que interpreta a esa enloquecida, histérica, mandona y, en realidad, la más tonta de las tontas.
El espectáculo cuenta con elementos importantes. Se han atrevido a poner sobre las tablas un auténtico coche, con sus luces, sonidos, ventanillas para el calor o el frío, donde lo mismo están contentos que jodidos o jodiendo: allí será preñada. En un documental sobre una pantalla, va traspasando el tiempo, en secuencias realizadas en vídeo, que ha realizado muy bien Diego Modino. Otras colaboraciones son una voz en off y audiovisuales. Se percibe que el espectáculo es una creación colectiva.
Enrique Centeno

sábado, 4 de julio de 2009

La tortuga de Darwin ***

_________________________________

Autor: Juan Mayorga.Intérpretes: Carmen Machi, Vicente Díez,
Susana Hernández, Juan Talavera.
Escenografía: José Luis Raymond.
Vestuario: Ikerne Giménez.
Iluminación: Paco Ariza.
Dirección: Ernesto Caballero
Teatro: la Abadía (31.1.2008).
______________________________________

A La tortuga de Darwin, bien podría añadirse “La verdadera historia de nuestra Historia”. Recorrió el mundo, en el 2006, la noticia de la muerte del más viejo de la Tierra, que causó una profunda tristeza. Se llamaba Harriet, que sobrevivió durante 174 años. Darwin, la primera persona a la que conoció, había fallecido hacía más de un siglo. Al dramaturgo Juan Mayorga, la Historia y la Filosofía le inspiran, frecuentemente, en sus escrituras, como El sueño de Ginebra (1996), Cartas de amor (1999), Himmelweg (2004), Hamelín (2005), o Animales nocturnos (2006). Aquí crea una fantasía, en la que el inteligente caparazón aparece, el último día de su vida, en el despacho de la casa de un historiador. Se le recibe con la displicencia e incomprensión de este sujeto, quien termina por comprender que, efectivamente, se trata de una viejísima tortuga. Le asegura que, gracias a su permanente memoria, podrán corregirse en los libros graves equivocaciones o falsedades sobre los verdaderos hechos de la humanidad.
El encuentro produce un inmediato interés del público, entre el humor y la ironía que introduce Mayorga con las historias y su visión política. El Profesor, tras discusiones, va corrigiendo el manuscrito, como investigador, gracias a los testimonios auténticos de Harriet. Una memoria que desea declarar nuestro galápago antes de morir. Este personaje lo construye Carmen Machi de un modo impresionante; con una ternura en la que la tortuga parece sacar del caparazón su sabiduría, y hasta su corazón amoroso: es una escena final la que produce al público unos instantes de silencio.
La conversación transcurre como un resumen o paseo por los 174 años que vivió la tortuga. Y se van mencionando las guerras, las violencias y los crímenes del hombre. A veces comunica memorias demasiado evidentes que causan cierto cansancio, parecido a una clase en las aulas de los estudiantes. Harriet y el investigador van viajando desde Napoleón, por la fracasada revolución o la guerra civil española (citada en dos ocasiones la masacre del bombardeo de Guernica), o la caída del Muro de Berlín.
Ernesto Caballero dirige muy bien la función, con las limitaciones forzosas y humildes de la escenografía. Y han sido elegidos excelentes actores, con una interpretación excepcional, a quienes ha dirigido en otros montajes. La tortuga, Carmen Machi, es un animal cuya vida solo puede dársela una gigante actriz. Lo es desde hace varios años: cómo no recordarla en este mismo teatro de La Abadía cuando se inauguró -en 1992- bajo la dirección de José Luis Gómez ante Valle-Inclán. Con ella están también formidables Vicente Díez (el Profesor) y el resto: Susana Hernández (la esposa) –Premio Miguel Mihura, en 2007- y Juan Calos Talavera (el Doctor).
El espectáculo -ya hemos indicado que el texto se alarga- se retrasa en la terminación. Precisamente se anuncia el drama final, con minutos que provocan la tristeza, el drama. Tras unos instantes de silencio, el público comienza sus grandes aplausos.
Enrique Centeno

jueves, 2 de julio de 2009

En un minuto *

_____________________________

Autora: Inmaculada Alvear.
Intérpretes: Irene Verdú, Rocío Bernal

Pablo Bermejo (fuera de escena).
Dirección: Sara Serrano.
Compañía Arena
Teatro: Círculo de Bellas Artes. (30.6.2009)

_________________________________

Vemos siempre por las calles, por los supermercados o por los parques –con sus niños, o como cuidadoras- a mujeres inmigrantes, musulmanas, cubiertas con sus velos, con la vista en el suelo, mudas y sin devolver las miradas; nunca están en un café, o en el cine. A sus maridos sí los vemos en grupos, charlas en las mesas de bares, tertulias en terrazas, o conversaciones alrededor de sus mezquitas. Ellas tienen órdenes, sumisas a sus maridos; aquí como en sus orígenes.
La escritora, Inmaculada Albear, crea dos personajes, la musulmana y la española, imaginándose que las dos desean conocerse, tratarse. Pero les es casi imposible, con diferentes y contrarios pensamientos. Una prohibida por su dueño; otra, por el desprecio social de su marido. No explica Albear las causas reales -unas por orgullo y otras por rechazo-, careciendo de acción y análisis. Le atrae la fantasía.
Se cruzan las dos en el camino, atreviéndose a saludarse, caminan juntas unos metros. Escuchamos lo que piensan los dos personajes, largos textos grabados, sin diálogo, en movimientos plásticos, cercanos a la danza –quizá nos acordamos del teatro griego-, y con el apoyo de imágenes proyectadas de diferentes calles. Y un televisor en el que, durante toda la función, desde la altura, presenta un ojo observador, vigilante.
El texto es una especie de poema en prosa, un no diálogo, con fragmentos entre largos silencios, en los que las dos supuestas mujeres mueven las pantallas, cambiándolas de lugar en líneas diferentes -no comprendíamos sus significaciones-, con unos agradables contraluces en iluminaciones diversas. Ligeras, lentas, inmóviles. Silencios interminables. Voces que nos comunican por altavoces. Siempre esperábamos qué iba a ocurrir con estos folios poéticos. Nunca ocurrió nada. Es el vacío sobre la incomunicación. La obra se llama En un minuto: se prolonga durante cincuenta minutos. Se trata de un teatro personalista que se aleja de la literatura dramática.
Enrique Centeno