jueves, 29 de octubre de 2009

La gatomaquia *

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Autor: Lope de Vega.
Versión libre de Pedro Villora y José Padilla.
Intérpretes: Manuel Navarro, Sol Montoya,
José Padilla,
Francisco Pacheco, Antonia Paso,
Paula Miguelez, Juanjo de la Fuente, Goyo Pastor.
Vestuario: Helena S. Kriuho de la Peña.
Escenografía: Juanjo de la Fuente.
Dirección: Goyo Pastor.
Compañía Laensemble.
Teatro: Círculo de Bellas Artes. (27.10.2009)

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En los últimos años de su vida, Lope de Vega debió, una tarde, contemplar los tejados de su barrio por los que paseaban numerosos gatos, que correteaban por todas partes en su Madrid; precisamente así se les llamaba a los naturales de la ciudad: gatos. Le sirvió para dedicarles en su observación, uno de sus romances que atribuyó al inventado Licenciado Tomé de Burguillos. La gatomaquia son largos versos libres –en silvias-, jocosos, mostrando que esos félidos se comportan como humanos en enfrentamientos, ambiciones, pobrezas, abusos o el amor: “Una parodia del poema épico renacentista, con gatos como héroes (…) Lope de Vega ha hecho demasiado largo esta broma” (Martín de Riquer y José María Valverde, Vol.5, pág.208).
Han convertido esta obra de teatro en una "adaptación libre", alejada de las creaciones del Fénix. Imagínense qué será, además, alargarlo indefinidamente, entre morcillas, bailetes y cancionetas. La escenografía consiste en diminutas maquetas del barrio y, en primer término, una chimenea como el ambiente de la historia. La verdad es que hace unos días vimos algo similar, aunque muy bien hecho –el de aquí es horroroso- , que se utilizó para montar el drama de Shakespeare La tempestad. No es broma, véase en el blog.
Se sirve un cóctel en la función con escenas cómicas o de filosofía, de deberes o de críticas: todo ello en una especie de carnaval con estos intérpretes que portan –todo el tiempo- máscaras sugerentes y vestuario incomprensiblemente feísimo. Lo mantienen nada menos que durante una hora y tres cuartos. Al principio parece un teatro infantil con un paso burlón; pero no fue así, porque enseguida todos nos aburrimos, exceptuando a las butacas de claque. Seguro que estos adaptadores admiran sus conocidas comedias de enredo y dramas de Lope, y en algunos momentos se adivinan imitaciones de juegos o de capa y espada. Entre los disfraces y sus limitados rostros, unos hablan en falsete, otra como si fuera el miau, o un actor con buena voz, completa así esta singular escala musical.
Enrique Centeno

miércoles, 28 de octubre de 2009

En casa/en Kabul ***

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Autor: Tony Kushner.
Traducción: Carla Matteini.
Dramaturgia: Mario Gas.
Intérpretes: Vicky Peña, Roberto Álvarez,
Jordi Collet,
Elena Anaya, Gloria Muñoz, Mehdi Ouazzani,
Mohamed El Hafi, Hamid Driss.
Iluminación: Paco Ariza.
Escenografía y vestuario: Antonio Belart .
Dirección: Mario Gas.
Teatro: Español. ( 28.2.2007)
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Durante más de una hora, La madre -la formidable Vicky Peña- cuenta en un monólogo la historia de Afganistán, desde varios siglos atrás. Estudió aquel país profundamente, conociendo las invasiones de los vecinos asiáticos, su eliminación por rusos o la intervención de norteamericanos por el interés por el petróleo y el gas. Apasionada, esta mujer, inglesa, decidió vivir aquella cultura, y hasta allí viajó, En casa/en Kabul.
Tras esta larga escena, el decorado nos va enseñando el paisaje urbano con sus habitantes; un diseño formidable de Antonio Belart, que también ha realizado el rico vestuario. Y aquella mujer –se le denomina, simplemente, La madre- desapareció allí, tal vez asesinada. La historia ahora es la del viaje de su hija, PriscillaElena Anaya- y del marido Milton –Roberto Álvarez- en busca de La madre. Es larga la función, dirigida por Mario Gas, y escrita por el norteamericano Tony Kushner, que se declara judío y antisionista. La visión de su pueblo prometido, su amor, sus penas y sus sueños.
El espectador trata también de comprender aquel Islam de los musulmanes, de religiones, dependencias o la entrega de sus cabezas. Aquel mundo debió de soportar en el siglo XII la llegada de los cristianos europeos con sus soldados de Los Cruzados; los árabes habían invadido –por Mahoma-, tres siglos antes, la Península Ibérica en forma de Guerra Santa. “¿Quién lee diez siglos en la Historia y no la cierra?/ al ver las mismas cosas, siempre con distintas fechas./ Qué pena.” : León Felipe. No queremos saber si somos cada uno judío, moro, gitano o godo, cristiano o musulman. Nada que nos haga ser poseedores de ese increíble RH, ni una sumisión a los correspondientes profetas de los dioses.
Es el nuevo enfrentamiento en este nuevo terrorismo de los talibanes de Al Qaeda y otros –que son personajes de esta obra- que han llegado a atacar al pueblo occidental, tanto por la ambición como por la fe de Alá. Antes de la matanza de Las Torres Gemelas -11-S, 2001- el autor Tony Kushner escribió, en 1999, preguntándose si era posible atreverse a ese espectáculo teatral. Nosotros hemos visto después el 11-M, el atentado de las estaciones por cuyo crimen están en juicio, precisamente se llaman El egipcio, El tunecino, El marroquí, El argelino…
No son momentos para acudir a este espectáculo. Se representa con una extraordinaria calidad estética, una perfecta puesta en escena –gran parte de los personajes lo interpretan árabes-, y con un correcto reparto, como los citados o la actrices Elena Amaya y Gloria Muñoz, impresionante también en su monólogo de Babel. El público sale desconocertado, molesto, admirado pero deseando cambiar de tema y no introducirse en este complicadísimo e inolvidable montaje.
Enrique Centeno

sábado, 24 de octubre de 2009

El túnel ***

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Autor: Ernesto Sábato.
Adaptación teatral de Diego Curatella.
Intérpretes: Héctor Alterio, Rosa Manteiga,

Paco Casares, Pilar Bayona.
Escenografía y vestuario: Rafael Garrigós.
Iluminación: Juan Gómez Cornejo.
Dirección: Daniel Veronese.
Teatro: Bellas Artes. (13.9.2006)

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La gran novela de Ernesto Sábato fue llevada al cine, y ahora al teatro, con la adaptación que ha realizado Diego Curatella, colaborador o secretario durante muchos años y a quien se le cedió la adaptación de El túnel (1948). Sólo un gran actor es capaz de hacer aparecer a Juan Pablo Castel, el pintor que relata, él mismo, cómo fue su pasión enloquecida y su obsesión hasta llegar a matar a su amante. María Iribarne, casada, fue un sueño aparecido en su vejez, encontrando en ella la esperanza. La novela es también un monólogo en el que Castel –encarcelado- va recomponiendo el tiempo; un maltrato que a este psicópata le conduce hasta el asesinato. Casada con su esposo Allende, ciego, que interviene, conocedor -quizá-, en esta historia.
Confesemos que en la lectura de El túnel, este gran escritor nos produjo una cierta depresión, hasta cerrar el libro a cada momento y tomar fuerzas con esta tragedia existencialista. En la representación teatral tenemos delante al propio enfermo, brillante, hablador, atractivo, con una inteligencia que nos envuelve. El clarísimo actor muestra en escena una verdadera exhibición magistral. Le ayudan a Héctor Alterio, las apariciones de María –lo hace Rosa Manteiga- y los leves personajes que hacen Paco Casares –Allende, el esposo, ciego- y Pilar Bayona. Lo de nuestro actor, argentino, son palabras mayores: su riqueza de voz, sus variantes juegos de miradas, gestos y movimientos interminables. El complicado personaje de Castel pensó encontrar en María, en su segunda edad, una vía de salvación que se convirtió en una obsesión que le condujo a las turbulencias en su ya enfermedad psicópatica. Alterio es capaz de ponerse a su lado, casi peligroso y eléctrico –interpretó, hace dieciséis años al muy diferente viejo, celoso y suicidado Perlimplín, de Lorca, en este mismo escenario del teatro Bellas Artes-. Explicó el pintor, conversando, que siempre, desde su nacimiento, vivió en un túnel, y que encontró a alguien capaz de darle vida, como un hueco o un agujero por el que quiso salir matándola.
Dentro del texto se escuchan la desconfianza, los celos, la obsesión, los engaños. En los espectadores se provocan risas y carcajadas, como si fuese común entre ellos mismos. No se sabe si, tal vez, al salir del teatro, sientan una cierta lección.
Enrique Centeno

viernes, 23 de octubre de 2009

La tempestad *

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Autor: William Shakespeare
Versión libre.
Intérpretes: Javier Román, Celia Nadal,

Maya Reyes, Vicente Colomar, Pablo Huetos.
Escenografía: Juan Sanz y Miguel Ángel Cosso.
Vestuario: Carolina González.
Iluminación: José Luis Canales.
Música: Rodrigo Guerrero.
Dirección: Vanessa Martínez.
Teatro del Fondo
Teatro: Círculo de Bellas Artes. (21.10.2009)

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En la función de La tempestad, de Shakespeare, al abrirse el telón nos aparece un perfecto decorado de tejados, con chimeneas y buhardilla. Sobre ellos, unos gatos –actores- comienzan sus textos, con gestos muy agradables, aunque sin relación alguna con la mar, el barco del naufragio ni la isla del destino que inventó Shakespeare. Creí que me había colado en una butaca ajena a las salas del Círculo de Bellas Artes, en cuya cartelera se anunciaba también La Gatomaquia, de Lope de Vega: en realidad no era un error, porque esta última se estrenaría una semana más tarde. Y, efectivamente, los intérpretes, cambiados de vestuario, representaban escenas del bardo, y en medio de la obra, el personaje Genio menciona, cara al público a Hamlet o a Romeo y Julieta. Vaya.
Reducido y arreglado –dura una hora y veinte minutos- pudimos escuchar muy bien la estupenda interpretación de Javier Román -el rey Próspero- y, en conjunto, todos lo hicieron correctamente. Destaca esta magnífica actriz Maya Reyes –aunque aún tiene camino pendiente- que hace un rico juego de movimientos y su traslado –como en el original-, a este Genio del Viento, del Mar o de los dioses. Por cierto, tanto el vestuario general, así como la construcción de las máscaras del personaje citado, es muy plástico. No hay muchas cosas más que decir. La obra tiene tantos cortes y tan pocos personajes –son cinco, en total- que la historia carece de sentido, de comprensión, y mucho menos de su fuerza dramática. Al final se recita que la obra termina. Se aplaudió con más intensidad a los dos músicos -no figuran en el programa de mano-, con violín y laúd, que tocaban suavemente la composición de Rodrigo Guerrero.
Esta versión adaptada, o reducción de dramaturgia –quizá hasta todo junto- lo han hecho Vanessa Martínez y Alberto Conejero. A la compañía Teatro del Fondo, la hemos conocido en dos ocasiones, dirigidas, como en la de hoy, por Martínez, que, sucesivamente, había ido ascendiendo en los montajes (v. en este blog), y que ahora ha creado un texto verdaderamente incorrecto, con un individualismo incapaz y caprichoso, y que, sin embargo, cuenta con un buen equipo de intérpretes –no idénticos en el reparto- a los que cuida muy bien. Vamos a verlo, dentro de unos días, en Lope de Vega después de Shakespeare.
Enrique Centeno

sábado, 17 de octubre de 2009

El portero ***

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Autor: Harold Pinter.
(Trad.: Inmaculada Garín).
Intérpretes: Enric Benavent, Luis Bermejo, Ernesto Arias.
Vestuario: Alejandro Andújar.
Escenografía, iluminación y dirección: Carles Alfaro.
Teatro: La Abadía. (5.10.2006)

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El tiempo se detiene. Los hechos pasan frenándose; con ellos, la realidad intenta avanzar entre la quietud y la permanente lluvia a través de la ventana. Harold Pinter escribió ya La habitación (1957) en la que se preguntaba también el personaje: “¿Fuera qué hay?”. Y aquí El portero (1959), ante el goteo en el techo sobre un cubo colgado, le hace decir al mendigo: “¿Qué hace cuando el cubo está lleno?”. Hay allí, en una habitación o estancia, tres hombres: uno de ellos se ocupa y arregla inútiles cosillas, como un ebanista que habla como si realmente lo fuera. En este día lluvioso aparece otro hombre, empapado, a quien se le invita a protegerse en la vi­vienda: este es el segundo, desconfiado, que acepta acogerse entre los trastos viejos y ropas desordenadas. Por ahí anda también el hermano, dueño de la vivienda, que va y que viene como intentando vender y reformar el también viejo edificio. Y lle­gará a nombrar portero al viejo y vagabundo (Carekater, “conserje”, título exacto). El sin papeles recibirá, por su presencia, una monedas a cambio de no hacer nada. Es un retrato de lo vacío.
Pinter va haciendo moverse a estos tres personajes, metidos en el tiempo y en la triste habitación. Todos son así para nuestro escritor: aparece un cierto humor, lo absurdo que se convierte en drama. Nada gira ni cambia; es así, perfectamente, la foto­grafía del decorado hiperrealista que ha hecho el propio director. Uno padeciendo su quietud, contemplando la lluvia tras los cristales; otro, sufriendo la consecuencia de extraños electroshock en el pa­sado; por último, ese ser de falsos nombres, caminante que no se sabe a dónde irá, con ese aspecto tal vez judío –lo era Pinter- vestido de negro, con el secreto de su origen mentido, bajo su ropa pasada agarrándose a su llamativa bolsa de viaje.
Nada se entiende, por eso citamos su absurdo, y el espectador desea saber más, que pase más el tiempo, que se llene el cubo de agua. Finalmente, algunos pueden pensar que aquello no debe terminar nunca, porque así es, incluso algún espectador sentía el deseo de interponerse o unirse en aquella habitación sentimental.
Vemos, insuficientemente, a este Nobel en nuestros teatros. Y para mejor reaparición, lo trae el director Carles Alfaro, una vez más con su inteligencia y sensibilidad. Con tres actores formidables, citándolos con igual sabor: Enric Benavent, Luis Bermejo y Ernesto Arias.
Enrique Centeno

viernes, 16 de octubre de 2009

Cómica vida **

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Autor: Joan Lluís Bozzo.
Intérpretes: Pep Cruz, Jordi Coromina,
Noël Olivé.
Vestuario: Anna Ullibarri.
Dirección: Pep Cruz.
Cía. Dagoll Dagom
Teatro: C. C. de la Villa, Teatro Fernán-Gómez.
(14.10.2009)

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Junto a las grandes producciones, Dagoll Dagom ha creado un pequeño formato, que se inicia con Cómica vida. Lo ha escrito el director de los grandes espectáculos de esta compañía, Joan Lluís Bozzo. Es una función humilde, para representarse en salas reducidas y sin decorado. A la Sala II del Teatro Fernán-Gómez (Centro de Arte, antes llamado Centro Cultural de la Villa) ha llegado esta función, humorística, satírica. Salió a saludar al final Bozzo, recordando, risueño y sentimental, el primero de los montajes sencillos del Dagoll Dagom, que se vino a Madrid también en un espacio reducido –no tanto como éste-, el inolvidable Teatro Cadarso. Parece un buen momento recordar algo de aquella historia. Era una sala adjunta y perteneciente a un colegio, en esa misma calle. Comenzó a funcionar al inicio de los setenta para el Teatro Independiente. Obras siempre arriesgadas, críticas, en aquellos años de represión. En el teatro de Madrid -vulgar, reaccionario, burgués y vergonzante- escasísimamente se representaban obras dignas. La mayor parte de las compañías independientes pudieron representar allí, tras sus giras por toda España en cualquier clase de salas. Tras la vuelta a la libertad, fue desapareciendo aquel Cadarso, como las propias compañías. Dagoll Dagom ha continuado -ya con musicales-, desde aquella obra de entonces -1974- que se llamaba Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos, conocido título de los versos de Rafael Alberti. Fue un montaje maravilloso, por eso se le notaba a Bozzo el recuerdo –cómo no- de aquellos tiempos.
La función empieza a aburrirnos enseguida y durante más de media hora. De los dos actores y de la actriz tardamos en descubrir que, efectivamente, eran buenos intérpretes. A uno de ellos -Pep Cruz- ya le conocíamos. Su monólogo es sobre un personaje que se presenta a los supuestos vecinos –el público- de un pueblito, donde anuncia la fiesta que su compañía ofrece. Intenta hacernos reír; pero un actor es un actor y un humorista –gracias, chistes, búsqueda de carcajadas- nada tiene que ver con el teatro. A veces, algunos actores lo hacen en el show de ciertos teatros, mientras no tienen otro contrato, y conviene separarlo de los actores que desarrollan su talento con interesantes historias, textos de comedia, ironías e incluso como verdaderos dramaturgos: es el caso, por ejemplo, del gran desaparecido Pepe Rubianes, actor que precisamente comenzó en la propia compañía Dagoll Dagom.
Veremos más tarde a un ingenuo vecino del lugar -lo interpreta Jordi Coromina- cuyo sueño es ser un actor: la pequeña compañía –tres, únicamente- querrá aprovechar su dinero. Le hacen creer su talento montándole –sin que él lo aprecie- una audición sobre un sketch del rústico, una burla hiriente, criticable y tópica en los malos humoristas. Nos sorprende que caiga en este tono el autor, nada menos que el director de Dagoll Dagom.
Terminando de cansarnos, la función comienza a subir –mucho se debe a la excelente actriz Noël Olivé-, con el ensayo y el supuesto estreno de Fedra. Verdadera imaginación de vestuario y versos de la obra griega, de conversaciones de diversos temas –se cita varias veces a los inexistentes actores de nuestra televisión–, una crítica que nos encantó -o un formidable monólogo de la actriz, encerrada en el viejo camerino, con un texto tan cómico como doloroso acerca de la frustración de sus giras-. Crece cada vez más, vemos el falso estreno, fracasado, y finalmente, todo convertido en un drama cómico. Toda esta parte es la única que debería tener la función.
Enrique Centeno

martes, 13 de octubre de 2009

El león en invierno ***

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Autor: James Goldman (Versión de J.C. Perez de la Fuente).
Intérpretes: Manuel Tejada, Alicia Sánchez,
Alberto Amarillo, Celia Freijeiro, Miguel
Valcárcel, Néstor Ármas.
Vestuario: Javier Artiñano.
Escenografía: Rafael Garrigós.

Iluminación: Satori.
Dirección: Juan Carlos Pérez de la Fuente.
Teatro: C.C.de la Villa. (25.4.2007)

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Estrenada en Broadway hace cuatro décadas, y pasada al cine, El león en invierno llegó a España veinte años después, protagonizada por María Asquerino y el desaparecido Agustín González –dirigidos por Joaquín Vida-, a cuyo estreno en Granada pudimos asistir (1988) y donde obtuvo un gran éxito. Su versión fue la del poeta Luis García Montero y en la obra de hoy lo ha querido hacer el propio director, Juan Carlos Pérez de la Fuente.
Las tragedias históricas de Shakespeare recorren los reinos de Inglaterra desde Enrique III hasta Enrique VIII, y el comediógrafo norteamericano James Goldman (1927-1987) hizo su propia visión del segundo Enrique acerca del conflicto de la sucesión –la del rey Ricardo, precisamente conocido como Corazón de León- en un especie de caverna de león, durante una gélida Navidad, donde se encuentra el monarca con su esposa legal, -Leonor-, los tres hijos y su reconocida joven amante -hija del rey de Francia, también en escena- que se exhibe ante todos. En la imaginación y la realidad, contemplamos, en esta corte medieval, una pasión entre odios, traiciones, mentiras, incluso las relaciones homosexuales ocultas.
Dejemos a Shakespeare: se trata aquí de desarrollar esta historia, de menos valor textual pero con su riqueza, sencilla, que permite el lucimiento de los intérpretes, Manuel Tejada y Alicia Sánchez –la esposa-. Ofrecen un magnífico trabajo con una bella escenografía de Rafael Garrigós, muy bien iluminada por Satori, y el director les deja moverse en puro teatro. Los actores gozan tanto como el público.
En el montaje no se señalan las diferentes escenas en un decorado único, vacío, en el que ocurren todo tipo de pasiones y que podríamos llamar apartamento real más que castillo o palacio. El vestuario es un tópico, con capas medievales sobre pantalones de hoy, algo que no se entiende bien, aunque en la adaptación se insinúan algunas referencias, tales como “Muchacho, esto pasa en todas la familias”. Esos juegos de frases y de ropas son fáciles e innecesarios, como para situarnos la acción en nuestros días. En la perfecta dirección de Pérez de la Fuente aparecen, además, varias bobadas, tanto las citadas como las canciones chocantes, como esa Navidad norteamericana, o la tristeza de amor con el violín de catalán Ruiseño. A pesar de todo, vemos un espectáculo estupendo.
Enrique Centeno

domingo, 11 de octubre de 2009

Cosmética del enemigo ***

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Autora: Amélie Nothomb.
Adaptación teatral: José Luis Sáiz.
Intérpretes: Jesús Castejón, José Pedro Carrión.
Escenografía e iluminación: Baltasar Patiño.
Audiovisual: Álvaro Luna.
Música: Antonio Rodríguez.
Dirección: José Luis Sáiz.
Teatro: Fernando Fernán-Gomez (C.C.Villa).
(14.10.2009)

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Es una aparente comedia durante la primera parte, que va cambiando, lentamente, hacia un doloroso drama. La mentira, la maldad de un personaje moralmente inánime. ¿Pero quiénes son este Textor y Jerôme, cuyas verdades irán apareciendo debajo de sus cosméticas?. Pertenecen a un reducido censo que ocupa la sala de espera del aeropuerto, donde se anuncia que la salida se aplazará. Sabemos enseguida que este será el espacio de la extraña Cosmética del enemigo. Hay únicamente dos personajes –también unos figurantes espectadores que ocupan las sillas del mismo escenario-, y uno de ellos, Textor, inicia sus gestos de charlatán continuo; es un sujeto incómodo, exhibicionista en sus monólogos -sin aparente interés- de voces permanentes. Se consigue en este texto un fuerte humor entre su proyectos, paradójicas filosofías para él mismo. Y va acercándose, poco a poco, al opuesto viajero, muy diferente, cuidadosamente trajeado, que le mira con desprecio.
Jerôme irá rompiendo su silencio, orgulloso, hasta que entra, lentamente, en la conversación: al principio le contesta levemente y, finalmente, en una intensa discusión. Textor confesará sus brutales hechos cometidos, perdonándose a sí mismo al libre albedrío –cita concretamente el jansemismo- y, después, saltando hacia su enemigo. Pudiera pensarse que pertenece a una especie de ángel confesionario, tal vez un policía, el mismísimo demonio, y finalmente el verdadero acusador.
Cosmética del enemigo es una adaptación teatral de la novela de la escritora francesa Amélie Nothomb (1967), una autora tan risueña como ácida. Este estilo le permite denunciar la injusticia, aquí el maltrato y los crímenes a la mujer; sin necesitar más que su brillantísimo texto. José Luis Sáez se ha servido del libro para montar una maravillosa función. Con una puesta en escena sensible, un perfecto viaje por vías separadas que, lentamente, van llegando al cruce. Sus acercamientos, el aumento de sus relaciones y las rupturas, lo dirige magistralmente, con limpieza y un ritmo perfecto -le sobran esos momentos en los que se arrastran las sillas-, consiguiendo el viaje hacia la cumbre.
Es un escenario cerrado entre paredes acristaladas y persianas blancas que permiten los audiovisuales -los ha realizado Álvaro Luna-, en el que se insiste en el continuo retraso del avión, una nuevo aviso que celebramos para seguir viviendo esta situación. Lo crea el escenógrafo Baltasar Patiño, inventando una chácena en el decorado para la aparición de una caja de espejos, un ascensor para condenar al asesino. Atreviéndose a situar al público como nuevos personajes, el resultado es magnífico. Hay textos y escenas en las que son imprescindibles dos grandes actores. José Luis Sáez tiene ese privilegio. Quien quiere arrancar la cosmética –Textor- lo hace Jesús Castejón –ya le hemos visto muchas veces-, un personaje difícil que consigue, genialmente, ir cambiando en esta hora y media. Frente a él, está nuestro conocido José Pedro Carrión: es ese Jerôme frío, seguro como un sujeto tieso, capaz de haber ocultado y olvidado su terrible pasado para ir hundiéndose sin maquillaje. Carrión tiene que ir trasformándose y cambia su cuerpo, sus voces de nuevos tonos del vencido –grave, potente, que nos recuerda al gran José María Rodero-, una estupenda lección.
Enrique Centeno

viernes, 9 de octubre de 2009

El cartero llama siempre dos veces **

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Autor: James M. Cain.
Intérpretes: Socorro Anadón, Jaroslaw Bielski,
Luis Martí, Raúl Chacó.
Escenografía y vestuario: Malkorzata Zak .
Dirección y adaptación: Jaroslaw Bielski.
Teatro: Réplika (10.3.2007). Vista el 19.5.2007.

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Al cine ha llamado ya dos veces El cartero, ambos con dos excelentes trabajos, en 1946 y en 1981, siendo esta última –con Jack Nicholson y Jessica Lang- la novela de James M. Cain, que contó con el guionista y dramaturgo David Mamet. Una de las diferencias esenciales consiste en la adaptación que ha querido inventar Jaroslaw Bielski, comenzando la historia en la tercera parte con una vuelta atrás y después una vueltas adelante. La escenografía, de Malgorzata Zak, es una especie de calabozo cuyas rejas, a media luz, giran creando los distintos lugares de las acciones, desde la prisión a un despacho, de aquí al dormitorio o al exterior en la corbata. Tanto esta creación como la iluminación, son un llamativo mundo de serie en blanco y negro. Estos personajes de Cora y Frank viven en un mundo rocoso en el que se entremezcla el violento deseo con la desconfianza y traición hasta llegar al esperado drama rojo. Dos seres aparentemente sencillos cuya pasión enseguida se convierte en una continua complejidad: el inteligente viajero, vulgar, sin trabajo –lo hace muy bien el propio director- se encuentra en ese lugar, solitario –bar, restaurante, gasolinera como en Bus Stop- con esa mujer irresistible, entonces aburrida e insatisfecha junto a su inocente marido. El espectador no siente entusiasmo entre diálogos o escenas rotas, que, simplemente, facilitan el conocido argumento.
El director sabe muy bien montar estos planos largos, pero no consigue un acercamiento al realismo actual de este texto, que no es mucho más que una magnífica novela. Y nos parece extraño que Bielski se meta en esta obra después de salir del montaje de Esperando a Godot en la pasada temporada. Además, el reparto debería incluir buenos actores –aquí no los hay- imprescindiblemente. En el conjunto se salva, junto a él mismo, la actriz Socorro Anadón en su personaje de Cora.
Enrique Centeno

miércoles, 7 de octubre de 2009

El cartero de Neruda *

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Autor: Antonio Skármeta.
Intérpretes: Miguel Ángel Muñoz, José Ángel Egido,

Tina Sainz, Marina San José, Juanma Gómez,
Pablo Castañón.
Escenografía y vestuario: Ana Garay.

Iluminación: Juan Gómez Cornejo.
Dirección: José Sámano.
Teatro: Fígaro (14.9.2006), en reposición.

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La historia, entre la verdad y la invención, fue un relato radiofónico del chileno Antonio Skármeta (1940), pasada luego al cine -una película entrañable- y, finalmente, trasladada al teatro, que también muestra esa poética de El cartero de Neruda. Allí en la Isla Negra, Pablo Neruda, el solitario poeta, pone voces al aire ante ese humilde cartero que le lleva cada día sus envíos. Ese Mario Jiménez siente una fuerte atracción hacia aquel Nobel: desea conocer la poesía, poder sentirla, aprenderla, escribirla. Y así, desde su incultura, va desarrollando su cabeza y el corazón para crear versos de amor como los leídos de Neruda. Sus relaciones van aumentando cada día, escuchando consejos, aprendiendo, reflexionando para copiar, conservas para los recuerdos.
Pero aquí, en este montaje, hay que luchar para seguirlo con afecto y con alguna verosimilitud. Porque van diciendo los intérpretes los textos, uno tras otro sin respuestas entre los personajes, con ausencia de argumento y sin valor actoral: pausas para decir lo estudiado, ausencia de tensiones: respiro, me callo, espero a que tú digas el tuyo y contesto yo con el mío. Qué lástima. Una carencia e imposibilidad del director.
Enrique Centeno

lunes, 5 de octubre de 2009

El Arquitecto y el Relojero **

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Autor: Jerónimo López Mozo.
Intérpretes: Antonio Canal,
Gary Piquer,
Juan Carlos González.
Vestuario: Gabriela Salaverri.
Escenografía: Alejandro Andújar.
Vídeo: Manuel Fernández.
Dirección: Luis Maluenda.
Teatro: Galileo. (2.2.2007)
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Es la Puerta del Sol de Madrid. Justamente en el conocido Kilómetro 0 se levanta el edificio Real Casa de Correos; en su torre, el reloj es atendido cuidadosamente desde mediados del siglo XIX. Es un aparato perfecto cuya máquina tuvo que ser desmontada y reincorporada por motivo de la modificación del edificio. El relojero ha mantenido con exactitud el giro de las agujas, testimonio de muchas historias ocurridas en el centro de España. El dramaturgo, Jerónimo López Mozo, se ha imaginado al Relojero junto al Arquitecto encargado del nuevo diseño para el edificio. El primero representará a quienes recuerdan el pasado y su memoria histórica; enfrente, el Arquitecto muestra su desconocimiento, incluyendo la negación de todos los hechos. Desea que se tachen y se eliminen las páginas de la Historia.
La conversación se desarrolla en el escenario interior de la torres, y el Relojero, de cierta edad –lo hace magníficamente Antonio Canal- va recordando y relatando hechos, como en un teatro que permite verlos desde allí arriba. Le informa de que el edificio fue construido por un arquitecto francés, y que ha sido dedicado, sucesivamente, como Gobierno Militar, Dirección General de Seguridad, y recientemente sede de la Comunidad de Madrid. En él se sitúa la acción de la obra.
El Arquitecto, nuevo y modernista -cuyo actor, Gary Piquer, por su buen trabajo parece como si fuese auténtico- como su Presidente, quiere ignorarlo todo: es un creador artístico, experto conocedor de los edificios de diversos países, como Japón y Estados Unidos, su cabeza es como un libro de fotos. Pero la del otro es como un reloj despertador desde el pasado. Sabe que allí se celebró el triunfo de la II República en 1933 y, tres años después, el levantamiento militar; que al final de la guerra, la entrada en Madrid fue el escaparate del ejército nacionalista. Y varias décadas de torturas en las sedes policiales, calabozos de detenidos y ventanales que daban a la parte posterior del edificio –callejón de Correos-, en cuyo patio fue asesinado un estudiante -concretamente, fue Enrique Ruano- arrojándole por la ventana. (En un calabozo se liquidó al personaje El Anarquista, de Valle-Inclán, en su Luces de Bohemia). Las defensas o negaciones del joven arquitecto van ascendiendo hasta la indignación del Relojero, dejando ya su enciclopedia histórica para romper los cristales y despreciar al Arquitecto y –sin aparecer en escena- al Presidente.
En esta obra –que obtuvo el Premio Carlos Arniches 2000- Jerónimo López Mozo lucha duramente –le ha sido muy difícil- para mantener la tensión; con largos diálogos que le llevan al barroquismo; tal vez pertenece más al humanismo que a la política y la historia. El espectador esperaba más la fuerza dramática anunciada al comienzo.
En la limitada producción, las doradas piezas de ruedas y engranajes se representan mediante proyecciones –también con algunos pasajes- y el director, Luis Maluenda, ha conseguido mantener –con estos dos actores poderosos- un ritmo casi imposible ante el enemigo: el cansancio de esa hora y media.
Enrique Centeno

sábado, 3 de octubre de 2009

¿De cuándo acá nos vino? ***

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Autor: Lope de Vega.Versión: Rafael Pérez Sierra
Intérpretes: Ernesto Arias, Diego Toucedo, Raúl Ortiz, Adolfo

Pastor, David Boceta, Joaquín Notario, Pedro Almagro,
José Luis Santos, Miguel Cubero, Alejandro Saá, Pepa Pedroche,
Eva Rufo, Toni Misó, Isabel Rodes.
Músicos: Arreglo: Alicia Lázaro. Melissa Castilla (violín barroco),
Josías Rodríquez, (guitarra barroca archilaúd), Héctor Castillo
(Violone), Rodrigo Muñoz (Percusión).
Coreografía: Nuria Castejón.
Imagen vídeo: Fernando Embid.
Vestuario: Pedro Moreno.
Escenografía: José Manuel Castanheira.
Dirección: Rafael Rodríguez.
Teatro: Pavón (CNTC). (30.9.2009)

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Apenas una docena de comedias entre los cientos de Lope de Vega, son las más conocidas y repetidas en la programaciones. Son temas que siempre se basan en el enredo del amor, esas invenciones cuyos tipos son los habituales -la dama, el galán, los graciosos o la madre comprensiva y el padre barbas-, donde conocemos que todas las historias llegan al triunfo de las parejas para sus casamientos. Son sus continuas creaciones, páginas hasta setecientas cuarenta obras. En tono humorístico, cualquiera pensaría que, a pesar de la velocidad, este sacerdote debía escuchar numerosas informaciones en su confesionario.
La falsificación de los nombres, las transformaciones de sexo, de origen familiar o de mentiras amorosas, son bien conocidas en estas comedias. Pero sorprende este procedimiento en ¿De cuándo acá nos vino?. Una joven madre que aquí no ayuda, sino que desea amar y mentir; un falso galán que se hace pasar por sobrino; la tía que lo hace hijo de su hermano y aparecen hasta gemelos. Las coyunturas son continuas, de modo que no adivinamos a Lope de cuándo acá nos vendría el final. Es lo más original de esta comedia –que no es de capa y espada- que ha sido rebuscada entre sus obras completas. Aunque los versos no son aquí muy extraordinarios en métricas y estrofas, son suficientes para esta magnífica obra. El espectador disfruta este humor, tan disparatado que debemos escuchar con mucha atención para seguir esta locura.
Ha diseñado la escenografía José Manuel Castanheira, una construcción de telones y bastidores pintados que los propios actores trasladan o instalan logrando espacios ocultos, diferenciando y recreando los lugares de las escenas. Hemos empezado a ver montajes donde busca lucirse el diseñador, que sirven igual para tragedias, amores de comedia, salones o bailes. Castanheira ha huido del realismo, como es natural, con un retrato abstracto e imágenes que van marcando los diferentes lugares: calle, casa, lugares para danzas o interiores, con los azules, blancos o rojos, una expresión verdaderamente bella y útil. En la última escena domina un telón, panorama, que desea buscar la fiesta final, una pintura graciosa, viva en el estilo de Mompó. Colabora una excelente iluminación –José Manuel Guerra-, y allí están los personajes con precioso vestuario, creaciones por el siempre admirado Pedro Moreno.
Comienza la función con un baile que nos anuncia la diversión, en una coreografía vivísima, de Nuria Castejón, así como el clásico final –ahora no se quiere hacer descanso, o pausa que separe los tiempos- con canciones y músicas, sobre todo populares, con llamativos instrumentos barrocos que ha adaptado, como siempre, Alicia Lázaro. Todo el reparto, catorce intérpretes, hacen un excelente trabajo en los personajes, especialmente la madre, la dama o la servidora -Pepa Pedroche, Eva Rufo e Isabel Rodes- o los buenos actores como Joaquín Notario –el Capitán- o los galanes Ernesto Arias y David Boceta. Los dirige muy bien Rafael Rodríguez, con cuidadosos ritmos, gestos y movimientos que consiguen una estupenda comedia.
Enrique Centeno