sábado 31 de enero de 2009

El burlador de Sevilla o convidado de piedra *

Tres donjuanes en una semana de este mes de febrero. Éste es el más respetado texto de Andrés Claramonte (verdadero autor de El burlador de Sevilla o convidado de piedra, atribuido, tradicionalmente, a Tirso de Molina) . Se sitúa en un ambiente del arrabal, con personajes de chulería, provocadores. Dice el prestigioso director británico, Dan Jemmett, que transcurre en un país desconocido, aunque con una estética de los años 40. Don Juan y sus mujeres -con su Doña Inés–, que exhiben sus largas piernas, bajo las abiertas faldas negras, con bailes de libidinosos tanguistas. Hay también, en un centro avanzado, unas tarimas con escalones brillantes, de líneas iluminadas de club de boîte. Es amante de golpes, de pistolas y navajas, entre los personajes bebidos. El conquistador no termina hundiéndose en el foso entre fuegos del infierno, sino en el de las peleas en los bailes de tango entre sus personajes borrachos de vino. Su más famoso montaje fue el violento Willy, el Niño; ahora lo hace con El burlador.

El principal decorado es una taberna que ocupan macarras y mujeres fáciles, entre contraluces y tinieblas, similares a las del porteño Buenos Aires. La traducción al castellano de la versión, entre nosotros, se debe a Alberto Castrillo-Ferrer. Los personajes hablan entre voces defectuosas -así propuesto-, chillonas y hasta molestas. Versos dictados en forma de prosa: se supone que por modernizar, quizá por pensar que así se entiende mejor o, quién sabe, por huir de esa dificultad. Ésta es mucha versión, diferente, muy original, pero tan largo me lo fiáis.
Don Juan es un tipo sin arte para la seducción con la infiel doña Ana de Ulloa, o con la pescadora fascinante, Tisbea –Marta Poveda interpreta las dos-, conquistada en su propia noche de boda. Ni hay palacio, ni la playa es el agua, ni viene el fuego: no más que el alcohol de los ligones con las ligas de ellas. Aunque don Juan –Antonio Gil- afirme que éstas son las horas mías. Tras pasar los años, Tercer Acto, regresa el huido Sevillano: ahora como un indigente, cojo, sucio, mendigo y reseco. Y, sin embargo, parecen no hacerle caso sus asesinados, sin sus panteones y sin cementerio, cuya escenografía ni siquiera se insinúa. Su aspecto produce asombro. Al contemplar su regreso, los muertos deberían perdonar al condenado Tenorio, ya un miserable recorriendo la miseria y la humillación.
Enrique Centeno.
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Autor: Andrés de Claramonte (Atribuido a Tirso de Molina).
Versión: Dan Jemmett.
Colaboración de Alberto Castillo-Ferrer
Intérpretes: Ester Bellver, Antonio Ferreira,
David Luque, Luis Moreno, Marta Poveda.
Escenografía y vestuario: Dick Bird.
Dirección: Dan Jemmett.
Teatro: La Abadía (22.2.2008).

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jueves 29 de enero de 2009

Don Juan, Tirso, Molière, Zorrilla **

La escalera de peldaños volados va recogiendo, desde la tierra hasta la nube, los distintos personajes de Tirso, Molière y Zorrilla. Por ahí andan la Inés y sus seducidas mujeres. Bajo sus trajes similares a cada siglo XVII y XIX, los actores y las atractivas intérpretes, se dedican, fundamentalmente, a recitar, con valor, fragmentos sucesivos. En conjunto, no hay mucho más. Montaje de escenografía bella, iluminación plástica, versos que se escuchan con calidad. Pero no se comprende bien en una pretensión tan sencilla de poemas sin más versión que investigue o se asome dramáticamente. La plástica no es siempre lo suficiente.
E. C.
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Autores: Tirso, Molière y Zorrilla.
Intérpretes: Alfonso Sánchez, Javier Castro,

F.M. Poika, Chema del Barco, Celia Vioque,
Antonio Zurera, Belén Lario de Blas.
Música: Pacosco.
Dirección: Gema López (Compañía Imperdibles).
Teatro: Círculo de Bellas Artes (19.2,2008)

Don Juan Tenorio ●

Nos vamos ya al siguiente Don Juan que viene, casualmente, en este mes de marzo. Versiones para todos los gustos, desde Tirso de MolinaEl burlador de Sevilla, que realmente no lo escribió el, sino Claramonte-, con uniones de varios autores, hasta Molière. Ésta de hoy, pretende ser ese romántico Zorrilla. Es este último el más insoportable. Entre la risa y el drama, es decir, entre lo pretendido y lo conseguido, fundamentalmente la pena.
Interpretaciones pobres –disparatadas e inútiles al completo, incluyendo a algunos buenos actores, a quienes se les ha condenado a la cárcel-. Este Don Juan, que no sabe ni hablar, ni moverse, sin escuchar, incluso sin seducción para la pobre doña Inés: me han dicho que lo hace muy bien por la calle, considerado un apolíneo artista conocido por televisión, o algo así. Hay algunos intérpretes a los que se les empuja cuesta abajo, aunque conocemos la calidad de ciertos actores y actrices; de modo que el disparate es del director, que los ha fusilado ante las tablas de la escenografía, que parece realizada en un trabajo con materiales y herramientas compradas con instrucciones en Leroy Merlín.
Esta producción es de L’Om Imprevís, una productora que en otras ocasiones ha hecho estupendos espectáculos. Pero tampoco se sabe por qué ha hecho esto.
Enrique Centeno

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Autor: José Zorrilla.
Intérpretes: Fernando Gil, José Juan,
Sandro Cordero, Vicente Cuesta, Carles Montoliu, Sergio Gayol,
Gorsy Edú, Lorenzo, Patricia Martínez, Alba Alonso,
Marina Barbau, Nacho Fernández, Trinidad Iglesias,
Rita Siriaka, Cristina Bernal.
Escenografía: Dino Ibáñez.
Vestuario: Elena Sánchez Canales.
Dirección: Santiago Sánchez. (L'om Imprevís).
Teatro: Albéniz (13.3.2008)
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martes 27 de enero de 2009

Flechas del ángel del olvido **

Internada en un sanatorio, silenciosa y amnésica, prefiere esta joven (X) permanecer fuera del mundo, encerrada en sí misma entre sus dudas sobre la realidad. Van visitándola, uno a uno, cinco personas a quienes la rígida enfermera, lesbiana, va autorizando su entrada. Cada vez se dirigen a ella con nombres diferentes, como Virginia, Margarita o cualquier otra, como madre, hermana o chulo y machista. Hablan gritando, recurren a falsedades o a los despreciables tiempos del pasado, haciéndole aumentar su crisis. Cada cual cuenta sus disparatadas historietas. Sueltan sus diez minutos de monólogos, esa fórmula que suele utilizar el autor, José Sanchis Sinisterra.
Su olvido va reaccionando ante la llegada de un personaje denominado Erasmus –inicia el título con las palabras Flechas del ángel (?)-, afectuoso y habiendo acudido allí por encargo de su madre –o abuela, es lo mismo- y que va creando en ella una nueva mirada, una conversación en la que se relaciona el humanismo, una salida que busca este tierno personaje. Lleva consigo únicamente un bolso en el hombro: solamente con eso, deciden unirse para buscar, juntos, una vida diferente, un camino nuevo. Es la mejor escena, la que posee sentido por primera y única vez. Una original acción poética, amorosa entre los dos que aquí tiene sentido, una fantasía sobre nuestra cultura, el vacío de la existencia vital, y hasta las ausencias de vitalidad.
Esta obra se estrenó hace tres años en el teatro de La Abadía, donde la dirigió el mismo autor -ya saben que ahora hay autores que se meten a dirigir, generalmente con el fracaso-, para la que he preferido la amnesia en su aburrimiento e incomprensión. Esta representación, en cambio, lo hace un conjunto de actores magníficos, entusiasmados, bajo la dirección de Miguel Torres, en la sala Lagrada. Es por ello por lo que se puede acudir.
Enrique Centeno
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Autor: José Sanchis Sinisterra
Intérpretes:Nuria Garrudo, Maite Zahonero,
Pedro Ampuria, David Solera, Olga Martín Meseguer,
Aeantza Matud.
Dirección: Miguel Torres.
Teatro: Lagrada. (26.12.200)


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sábado 24 de enero de 2009

El encuentro de Descartes con Pascal joven ***

Temas históricos son, frecuentemente, inspiración en el teatro. El francés Jean-Claude Brisville (1922) imaginó el enfrentamiento entre el eclesiástico Talleyrand y el general Fouché, con el éxito de La cena. En esta ocasión, ha elegido la creación de El encuentro de Descartes con Pascal joven. El hecho fue real, aunque el contenido de aquellas horas nunca fue conocido. René Descartes (1596-1650) residió sus últimos años en un convento, y allí acudió el joven Blaise Pascal (1623-1662): dos fundamentales de la filosofía, la matemática y la geometría. El dramaturgo es el falso fantasma que contempla y relata la diferencia ideológica entre la apertura de la Razón frente al virus religioso.
La función ocurre en una sala sencilla, con una mesa en la que, frente a frente, se desarrolla la conversación. En su dirección, Josep-Maria Flotats no ha deseado recurso alguno; una vela entre ellos con una iluminación sencilla. Ni siquiera ha empleado música de fondo. Entran juntos a la estancia, también limpiamente: podría haberse escuchado, por ejemplo, el Concierto de El Otoño, de Bach en los últimos cuatro años de la vida de Descartes, o el Opus para el veinteañero Pascal.
Descartes apenas desea la discusión, y manifiesta sus lecciones suavemente, con voces lentas, con silencios, con cierta ironía que provoca varias burlas o el humor: a veces con un estilo provocadamente frailero o jesuita, cuyo poder filosófico no desprecia a Pascal, todavía un jovencito perdido. La duda, continua, tras sus años de estudios e investigaciones. Son Las reglas del método –revolucionario avance de la Filosofía-, esas frases clásicas, como la de “jamás cosa alguna será verdad sin haberla conocido con evidencia”. El más iniciado estudiante conoce aquél “Pienso, luego existo”.
Pascal se presenta tímido ante el maestro, va subiendo la conversación hasta intentar un debate, una controversia en la que él le responde muy pocas veces en sus equivocaciones. Surgen así las importantes ideas del joven reaccionario, para convencer de la religión, señalar los pecados y los malos gozos. Aun sin oírse en música alguna, el Opus (Dei) le arrastra en todos sus argumentos desde su asiento, donde recibe una especie de ataque epiléptico, o la repulsión del escándalo interno, que él explica con dolor puramente físico. Una de sus afirmaciones filosóficas es muy conocida, frente al racionalismo, porque “Dios es sensible al corazón, no a la razón” (Ahí queda eso).
La obra es breve, una hora y diez minutos en un completo silencio ante ese diálogo, un texto limpio, ameno, que subraya las contestaciones y respuestas de Descartes, como si aún lo viéramos hoy. Es la gramática, el 2 x 2 = 4. El actor Flotats, aunque no lo buscara, da de nuevo su lección, porque cada personaje es una creación diferente, de expresiones corporales, de frases rompedoras. En el Teatro Español, el día del estreno, recordé –si no me equivoco- que estas tablas las pisó por primera vez con su impresionante Cyrano –dirigido por Mauricio Scaparro-, hace, justamente, veinte años. Está en la memoria el mejor Ronsard, entre los repetidos montajes en este teatro. Por su parte, Albert Triola es un buen actor, con un personaje difícil de un Pascal hundido, primero tópico, después luchador y, en el fondo de su conversación absorbido en el frente a frente.
Enrique Centeno
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Autor: Jean-Claud Brisville.
(Traducción de Mauro Armiño)
Intérpretes: Josep-Maria Flotats, Albert Triola.
Versión y Dirección: Josep Maria Flotats.
Teatro: Español (22.1.1999)
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miércoles 21 de enero de 2009

Dos menos **

Dos hombres, ya viejos, han decidido huir de la realidad y regresar al pasado durante sus breves vidas: un estúpido médico –Nicolás Vega, que interpreta a diversos personajes- les comunica, en su informe, la cercana muerte de ambos. Uno, apenas en diez días y, el otro, dos semanas de vida. Desde sus vecinas camas del hospital, la conversación ha sido escasa, pocas palabras entre los dos enfermos. Se miran ahora fijamente, y la decisión es ya con palabras mudas: marcharse de allí, regresar a sus antiguos tiempos. El título ya anuncia que serán Dos menos en el censo de habitantes. Con los pijamas puestos, inician su viejo itinerario. Esta brillantes escena, con los dos personajes junto a sus camas, es, sin duda, lo mejor de la función, que promete el deseado espectáculo. No se cumplió lo esperado.
Juntos en la soledad, van contándose recuerdos, historias y anécdotas, acudiendo a lugares que contemplan lo imaginado y lo real entre personajes y los ambientes de sus memorias. Como conquistadores o fracasados en las salas de baile, cuyo mejor trabajo transcurre entre la música del arrabal, agarrados entre rojos y negros atrevidos. U otras historias diferentes, ante las orillas o los amores perdidos y paisajes, que pierden ya el entusiasmo. Ellos gozan o se emocionan con aquellos triunfos y frustraciones entre carcajadas y llantos.
El autor francés Samuel Benchetrit (1973) es autor de novelas sobre temas del suburbio, con violencia crítica. Después de haber abandonado los estudios a los quince años –familia humilde de la que marchó-, fue formándose como guionista y director de cine –recordamos más Janis y Jhon-, en juegos de comedia. Se introdujo en el teatro con su Dos menos, otra comedia divertida con cierta mirada melodramática. Quizá, esta obra sea suficiente para una película rica en imágenes, pero el escenario teatral, casi desnudo, es insuficiente para una representación que envuelva al público. Algo más que con ciertas sonrisas y alguna ternura. Al parecer, fue un gran éxito en Buenos Aires, quizá por el placer que nos ofrece la contemplación de estos dos excelentes actores, Héctor Alterio y José Sacristán, a quienes ayudan muy bien los dos secundarios, Cecilia Solaguren y Nicolás Vega. También parecen algo cansados, con sus voces ricas, pero esta función aburre. Quizá han querido hacerlo así, pero decepciona. El mundo en la memoria histórica desaparece de los viejos, veteranos y maestros. Éstos de Benchetrit, en cambio, son quienes hacen cuentitos de los dos canosos con un texto poéticamente elemental.
Este autor ha querido comprender y dedicarse con cariño al mundo de los mayores. No creo yo que los conozca bien, por mucho empeño entre la risa y la nostalgia.
Enrique Centeno
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Autor: Samuel Benchetrit.
Traducción: Fernando Masillores y
Federico González del Pino.
Intérpretes: Héctor Alterio, Pepe Sacristán,
Cecilia Solaguren, Nicolás Vega.
Dirección: Óscar Martínez.
Teatro: Fernán-Gómez (C:C: Villa).
(15.1.2009)
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miércoles 14 de enero de 2009

Dónde Desdémona ***

Aquel Otelo asesinó a Desdémona por celos. Alguien dijo que una pérdida casual fue en la obra el más importante pañuelo de la historia. El nombre de aquella víctima, relatada por Shakespeare es, evidentemente, el que ha elegido para esta obra Susana Sánchez. Aquel personaje se entendía en el teatro, aunque para el bardo fue un crimen. En el siglo XVII, una sociedad del barroco católico, el honor y la venganza justificaban en sus dramas el asesinato, desde Calderón y Lope de Vega. Aquella monstruosidad se superó en el tiempo. (Estamos ahora en el bicentenario de Mariano José de Larra, suicidado ante su perdido amor: era un seguidor del Siglo de la Razón, pero su pasión la eliminó consigo mismo). El crimen continuó siendo legal en el siglo XX. Se justificaba el crimen del hombre a su esposa al encontrarla en el lecho.
Hoy ya no existe el honor y la venganza. La mujer ha luchado mucho por su igualdad, y éste avance desespera al machista, la pérdida de su dominio y de la sumisión de su pareja. A ellas les está costando caro. Cada semanas se nos informa de asesinatos. Maltratos continuos ocultos muchas veces por las víctimas que, afortunadamente, comienzan a denunciar y buscan acogimiento en casas instaladas ante el abuso.
Están a nuestro alrededor; son personas normales, agradables. No los vemos en sus casas. Uno de ellos es el personaje que ha creado la autora. Se llama Guilles. Aparece en escena, elegantemente trajeado y, bajo su foco de luz, nos canta un tango, estupendamente (el actor es uruguayo). Luego se pone ante una pantalla en la que va mostrando el esquema de la zona en la que mantiene la orden de alejamiento de su compañera –o esposa- en la que va marcando sus traslados para mantener los 500 metros exigidos. Un audiovisual va dibujando las distancias necesarias, creando una madeja de calles que va explicando a los espectadores. Tal efecto causa sonrisas, incluso carcajadas. La pupila se fija o se cierra; la risa intenta huir del humor. Porque Susana Sánchez consigue que este individuo sea acogido con placer. Él es presentador en una televisión donde obtiene éxitos: es uno de esos cuya vida privada ignoramos; incluso le vemos en su casa, sólo, cocinando su cena simpáticamente, agradable. Aquí empezará la verdadera historia de este Gilles.
La insulta, la desprecia, la maltrata físicamente. En la obra, la mujer se representa con una muñeca: sería imposible una mujer real, una actriz. Le saca los ojos, la apuñala. Se alcanza un nivel de crueldad de estilo realista y lleno de efectos. Sangre, disparado psicópata triunfal con el horror. Ahora sí tiembla el público. La escritora no ha tenido piedad alguna para la crueldad de la realidad.
Tampoco sería posible esta obra -un monólogo- sin un gran actor, Ismael Moreno. El procedimiento es la transformación progresiva, su utilización de las voces, la electricidad corporal, y la creación formidable, desde el humor hasta el crimen, un desangramiento shakespeariano.
Apoya muy bien el juego del audiovisual –de Kike Celdrán- que colabora en la soledad del actor y subraya los textos.
Uno sale de allí mirando a los compañeros, los viajeros del autobús: será alguno de ellos. Esta Susana Sánchez consigue la crueldad.
Enrique Centeno
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Autora: Susana Sánchez.
Intérprete: Ismael Moreno.
Escenografía: I. Moreno.
Audiovisual: Kike Celdrán.
Iluminación: Raúl del Águila.
Compañía : Clan de Bichos.
Teatro: Cuarta Pared. (15.1.2009)
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martes 13 de enero de 2009

Luces de bohemia *

Todo el teatro de Valle-Inclán es un desafío frente a los textos de su mundo del realismo fantástico; crítico y rebelde. Montar cualquiera de sus títulos precisa de mucha inteligencia: sabiduría de los directores para actores, la escenografía, la ambientación y las voces para sus diálogos, incluidas sus acotaciones. Con este definitivo Luces de bohemia (1924), Valle había creado el Esperpento en su conocida escena XII:

DON LATINO.- ¡La verdad es que tienes una fisonomía algo rara!
MAX.- ¡Don Latino de Hispalis, grotesco personaje, te inmortalizaré en una novela!
DON LATINO.- Una tragedia, Max.
MAX.- La tragedia nuestra no es tragedia.
DON LATINO.- ¡Pues algo será!
MAX.- Es Esperpento.
Esta escena se desarrolla en un rincón de la calle Corredera, frente a la Iglesia (San Andrés). La compañía Teatro del Temple (Zaragoza) no tiene la esquina, la pared ni el gélido amanecer. Ha construido cuatro paneles verticales, decorados con cuadrados metálicos, que hacen girar sobre sus ruedas. Antes de la primera escena, han creado un falso texto y movimientos en los que se finge iniciar un ensayo de la obra. Se justifica así la carencia de escenografía, vestuario, y los ocho intérpretes que representan los cincuenta personajes de Valle. Esta propuesta se pone en marcha y así llega hasta el final. Incluso uno de ellos saluda y despide al público, no sé por qué, si era un ensayo. Se omite localizar los diferentes lugares de los quince del viaje bohemio por la ciudad de Madrid. Es asombroso el atrevimiento al esperpento de esta respetada compañía, justificándose la desnudez. Resulta imposible conocer las estaciones del camino. El calabozo del anarquista, el jardín nocturno con las dos prostitutas, o este cementerio con el solitario entierro, la llegada del modernista Rubén Darío y el estrafalario Marqués de Bradomín, hijo de las obras de Valle-Inclán. Carecen del contraluz, las pinturas esperpénticas entre la bruma de la tragedia. El gallego pensaba, sin duda, inspirado en el escritor maldito de Sawa.
El barbado y manco Ramón de Valle-Incán tenía ya 65 años cuando anunció: “Yo no escribo ni escribiré nunca para el teatro”. No lo cumplió, afortunadamente. El nuevo teatro ha superado el mal arte de las representaciones.
MaxEstrella- es un ciego y un poeta bohemio. Sus ojos muertos y su bastón se apoyan en Don Latino –de Hispalis-, un aspirante, un buitre aprendiz. El director no puede superar este atrevimiento: su Max ni siquiera es ciego, con gafas negras o miradas quietas en su espacio conocido, y con un blanco bastón plegable de la ONCE. El actor –Ricardo Joven- no consigue transformarse, sin apoyo, como si aún no conociera los textos –en alguno de ellos, sobre todo al principio, no se le entendía- de este Luces de bohemia, una de las principales tragedias del siglo XX. Don Latino, en el supuesto “ensayo” al que nos invitan, está todavía sin empezar, partiendo de una especie de insoportable yonki. Voces, acciones, gestos equívocos. No ha sido así otras veces esta compañía ni este director. ”Los cómicos españoles no saben todavía hablar”, afirmó también Valle. Han estrenado este supuesto ensayo, quizá sea el primer día del estreno.
Enrique Centeno
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Autor: Ramón María de Valle-Inclán.
Intérpretes: Ricardo Joven, Gabriel Rebollo,
Gabriel Latorre, Francisco Fraguas, Rosa Lasierra,
Javier Aransa, Gema Cruz, Jorge Usón.
Música: Miguel Ángel Remiro.
Escenografía: Tomás Ruata.
Vestuario: Beatriz Fdez. Barahona.
Dirección: Carlos Martín.
(Teatro del Temple)
Teatro: Círculo Bellas Artes (8.1.2009)
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lunes 5 de enero de 2009

El amor de Fedra *

La autora británica Sarah Kane (1971-1998) escribió y estrenó media docena de obras que provocaron cierto escándalo por la ruptura violenta de temas clásicos. Entre nosotros es muy poco conocida, y menos aún representada. Kane padecía una psicopatía social, y a sus 27 años decidió suicidarse mediante fármacos. Una de sus obras, escrita dos años antes, fue esta El amor de Fedra, sobre el mítico personaje de Eurípides. Hemos sabido que se dirigió con los personajes paseando por el patio, sentados por el suelo los espectadores. En España se ha puesto en escena, hace ocho años, aquél último texto, 4.48 Psicosis, por una Compañía Alternativa (Teatro El Astillero).
Este montaje que hemos visto hoy ha preferido disfrazar a los intérpretes con negros vestuarios muy propios para los ejercicios de preparación de la escuela de teatro, y un personaje principal con su aspecto japonés del clásico . Entre textos de frases poéticas o trágicas, los intérpretes saltan unos sobre otros. Se entremezclan en traslados coreográficos, superponen sus cuerpos, se arrastran y giran por el suelo o hacen gimnasia artística. Yo creo que ya pueden pasar curso, y comenzar tras el previo calentamiento.
Estamos asombrados de conocer a esta distinta o incomprensible Fedra, como a su amado hijo Hipólito. Nos recordó que estos nombres coinciden tanto en el original de Eurípides como en sus adaptaciones de Séneca o la filosófica versión de Unamuno. Cada uno tiene su invento.
E.C.
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Autora: Sarah Kane.
Intérpretes: Pablo Castañón, Ani Rubio,
Irene Ambel, Saniel Ghersi, Alex Reig, Alejandro Pantany,
Lorena Roncero, Tamara Berbés.
Vestuario: Colmena Arteatro.
Escenografía: J.M. Taracido.
Dirección: José Manuel Taracido.
Teatro: Sala Réplika (27.6.2008)
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sábado 3 de enero de 2009

Don Juan (Príncipe de las tinieblas) *

Josep Palau i Fabre (1917) [Fallecido días después de este estreno], es uno de los poetas catalanes. Huyó a París en el exilio y allí hizo numerosos estudios, poemas y obras teatrales. Muchos autores, muchos, tienen la tentación de atreverse al teatro. Son textos escasamente dramáticos, difíciles de ponerlos en escena. Confesamos que jamás habíamos visto representación alguna. Y había muchos, muchísimos autores contemporáneos cuyos textos son de lecturas magníficas.
Este don Juan es la suma de cinco obritas que se sitúan en los años cuarenta, y que el escritor hizo fuera de España. Es otra más sobre la visión del mítico amante. El Don Juan último, de Molina Foix, La burla de Tenorio, de Ángel Facio, o La sombra del Tenorio, de José Luis Alonso, por citar ejemplos de visiones o invenciones de nuestros autores recientes. Y siempre están en la mente los históricos, desde el inicio de El burlador de Sevilla, atribuido a Tirso de Molina (recientemente se ha aceptado la autoría real de Andrés Claramente). Allí empieza el tema: de Molière y Goldoni a Zorrilla y Mozart; de allí a Francisco Villaespesa; es ya el siglo XX, y continuamos con Dürrenmatt ( Don Juan o el amor a la geometría), la versión de Bretch…
Príncipe de las tinieblas utiliza algunos textos tomados de sus propias poesías en métrica o en versos libres. El conjunto de esta obra es, más bien, surrealista, sobre la propia religión de este personaje y los abusos en el infierno del Dios verdadero. Todo un capricho intelectual antiteatral. Sombras y bailes de salón, un Don Juan Tenorio conquistador en un ambiente distinguido de aquel mundo represivo en España, falangistas con pistola en el cinturón o aristócratas repugnantes. Pero nos aburrimos, como en una lectura de dos horas de poemas. Y no nos sirve el montaje, el tópico vestuario, la interpretación muy escasa y a veces bastante mala, como el propio Don Juan, que es demasiado poco actor. Vaya aquí nuestro respeto, y también el fracaso del autor y del director.
Enrique Centeno
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Autor: Josep Palau i Fabre.
Intérpretes: Roberto Enriquez,Anna Ycobalzeta, Mélida Molina, Juan Codina, Oscar Zafra, Raul Álvarez, Clara Sanchis, Yaël Belicha, Rafael Rojas, Ana Wagener, Fernando Soto, Jesús Alcaide, Xenia Sevillano, J. Fuente, J.Esteban,P. Paso.
Escenografía: J. Piuerre Vergier.
Vestuario: Marialena Roqué.
Dramat. y dirección: Hermann Bonnín.
Teatro Español (14.2.2008)
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viernes 2 de enero de 2009

Dile a mi hija que me fui de viaje ****

Desconocíamos a la escritora francesa Denise Chalem. Una lección teatral de dos mujeres, un drama conmovedor imposible de que hubiera podido hacerlo un hombre. Crea formidablemente sus diálogos, sus tensiones dramáticas, su dominio del juego escénico. Ellas son distintas, y en su prisión carcelaria van creando una relación de afecto, de confesiones, como dos animales unidos ante el enemigo de la represión de los guardianes y del aislamiento en una jungla de paredes de barras de hierro. Fuera sólo hay un pasillo y la violadora de uniforme. Dominique (Mª. José Goyanes), vulgar y solitaria, recibe despreciativa a la burguesita engañada, Carolina (Marta Beláustegui) llegada a esas cuatro sucias paredes.
Vaya dos actrices. Mano a mano. Crean la transformación, sueñan en sus biografías, con los reproches al mismo tiempo que con las carcajadas. Son dos gajos de limón en un rincón del diminuto cuadrilátero de su cárcel. Las dos no tienen piedad para rozar las lágrimas de los espectadores. El buen director ayuda a las intérpretes muy bien, y al inicio se le escapan, aunque muy pronto, a Jesús Salgado.
Dominique procede del arrabal, perverso para la prostitución, con una hija abandonada. Con su orgullo por el asesinato al despreciable hombre abusador de la desdichada. Los hechos le envuelven en su contradicción, su esperanza perdida, ese dolor intenso junto al amor perdido. Goyanes hace un alarde entre auténticas lágrimas metida ya en el terrible personaje. Beláustegui ofrece también una lección: inocente en el engaño de la financiación, estúpida ambiciosa y tierna joven. Así, entre los metales y la suciedad, mira a su campañera y descubre un nuevo mundo de la comunicación interna, de una amistad que nunca había conocido. Ambas actrices son únicamente capaces de llevar a escena el ejercicio y riesgo de la dramaturgia de Chalem. Ese teatro que abandona el recurso común y vulgar de la tragedia a través de versos, de columnas de textos, sin creación de personajes. Hay numerosas escritoras que aún no saben construir un drama sobre las tablas.
Enrique Centeno
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Intérpretes: Mª José Goyanes, Marta Beláustegui, Marina Andina.
Escenografía: J.L. Raymond.
Dirección: Jesús Salgado.(Teatro del Duende).
Teatro: Galileo (30.10.2007).
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