domingo, 29 de marzo de 2009

Mercado libre ***

Conocemos muchas formas de explotación. Nos informan del mercado de niños –robados o comprados-; unos viven en una subterránea ciudad; otros son utilizados por muchos inmigrantes para el hurto; una religión que exige, a sus fieles, mantener las muertes por el sida, prohibiéndoles su defensa con preservativos. Hay muchas más explotaciones humanas. Y Luis Araújo, autor, de Madrid, ha elegido un comercio que contempla por las calles, como en la conocida calle Montera –citada en el texto-, al salir o al entrar a la Puerta del Sol. A estos comerciantes negociadores, o a los usuarios clientes, ha querido dedicar su obra Mercado libre.
Un comprador de venta libre adquiere el sexo a mujeres, preferentemente mulatas, sudafricanas o centroeuropeas. Todo se compra y se vende. Servida a domicilio, aparece la prostituta, cubana -lo exagera, para lucir su escaparate-, se alquila por horas. Este cliente va comprobando el deseo de comprar el envase, su cuerpo y hasta su alma. Apenas comienza la obra, desde el escenario se provoca un humor, pero, muy pronto, el público reacciona al percibir que la etiqueta del producto anunciado es una falsedad. A veces, en sucesivas escenas, la realidad causa sonrisas falsas, previendo el drama, un anuncio de la verdad.
Hay escenas duras, desnudamientos dentro o fuera de la cama circular giratoria. El público, casi en primera fila, –es la Sala Pequeña de Español-, se queda tieso en cuanto entra la joven prostituta, bella y aún vestida. Lo hace Yoima Valdés, que conocemos por varias películas de La Habana (Agua con sal), y a quien no hemos visto sobre las tablas. Se atreve al desnudo total, en la cama o de pie, porque es una gran actriz, capaz de desaparecer de ella misma. Igualmente, el estupendo actor –no sería posible esta función con el cara a cara de dos buenos intérpretes-, Daniel Freire. Este personaje succiona el alimento, se arrastra sobre su excremento, excitado y obligando a la sumisión. Estafa a la prostituta, aprovechando la necesidad económica de esta madre, que necesita enviar dinero a sus hijos. Poco patriótica de su país, Cuba, cuya igualdad social le trae a España, donde aquí, sin papeles le lleva a vender su cuerpo. El comprador la transforma en una esclava. La mujer, revelada, padecerá el más brutal tratamiento, hasta el trágico final. Araújo levanta aquí la voz contra la violencia de género, hasta el asesinato.
Hace una perfecta y arriesgada dirección Jesús Cracio, sin piedad en las escenas, con un sabio círculo de la historia. Se apoya también en un decorado magnífico, de Ana Garay, que es capaz de crear un espacio rico, colocando en el pequeño escenario diversos ambientes, con dos bellas alturas para marcar tanto el dormitorio como las calles o el café. Colabora muchísimo la inteligente iluminación de Roberto Cerdá. Todo este equipo ha montado un drama hundido en la reflexión de su autor.
Enrique Centeno
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Autor: Luis Araújo
Intérpretes: Daniel Freire, Yoima Valdés.
Iluminación: Roberto Cerdá.
Escenogrfía y vestuario: Ana Garay.
Dirección: Jesús Cracio.
Teatro: El Español, Sala Pequeña. (26.3.2009)
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sábado, 28 de marzo de 2009

Gris mate **

Ha escrito esta obra Iñaki Rikarte, un buen actor que aquí se ha introducido en la literatura dramática. Al iniciar la función, el personaje se encuentra en la soledad, en un lugar extraño, incomprensible, sobra la tarima circular pintada con forma de diana. En la escena vacía, únicamente vemos un carcaj y su arco. El sujeto, un determinado Estudiante, viste una ropa extravagante, vieja, y se cubre con un sombrero de copa. Comienza a intentar disparar con el arco, inútilmente, con juegos de clown. No es Estragon. No espera a Godot, sino que desea tirar al cielo flechas contra Dios, prácticamente sin lanzar alguna. Aparece, en esta diana del mundo, el segundo personaje, de profesión el Limpiabotas que Alberto Huici representa muy bien. No se llama Pozzo. Sus conversaciones son disparatadas frases, diálogos entre la tensión del acercamiento hasta la unión en ese ambiente absolutamente absurdo. Es evidente, que al joven autor le ha influido, profundamente, el irlandés Samuel Beckett, y en esta función hay una continua referencia -en algunos momentos casi copia- al histórico absurdo de Esperando a Godot. Más de sesenta años después, continúa siendo una de las primeras obras contemporáneas. En ella, aquel Godot era desconocido; aquí, en Gris mate, se trata del mismísimo Dios. El tercer personaje, divertidísimo, es un peluquero de bigotito, un Fígaro humorístico que el actor, Alberto Castrillo-Ferrer, interpreta ganándose al público. Es una función bien hecha, bien dirigida por Charo Amador. Una obra que, antes del primer minuto, ya sabíamos que era una imitación.
Enrique Centeno
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Autor: Iñaxi Rikarte.
Intérpretes: Iñaxi Rikarte, Alberto Castrillo-Ferrer, Alberto Huici.
Vestuario: Marie Laure Benard.
Escenografía: Stefano Perocco.
Dirección: Charo Amador.
Teatro: Galileo. (24.3.2009)
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Platonov *

Se desconoce el motivo –quizá lo comprendamos- por el que Chéjov dejó sin terminar su obra Pieza inacabada para un piano mecánico. Título que ha sido sustituido por el conocido Platonov, nombre de su protagonista. Tenía 25 años, y no le gustó, ocultándolo hasta el punto de guardarlo en la caja de seguridad del banco. He conocido, ahora, que se halló el manuscrito en 1922. Redactada en 1881, fue su primera obra teatral.
Era el tiempo de un teatro viejo, conservador y aristócrata. Fueron también representaciones de decorados torpes, ante los cuales, los actores eran engolados y recitadores. Chéjov creó, años más tarde, un nuevo teatro, alejado de los melodramas burgueses. Tardó mucho tiempo en encontrar la salida a ese arte que le apasionaba.
Se pone en marcha con su segunda obra, La gaviota (1895), veinticuatro años después de lo que había escondido. (Años atrás, se le ocurrió una pequeña obra, un monólogo divertidísimo, burlador: El daño que hace el tabaco (1886), así como otros juguetes). Nació un nuevo sentido de mirar su mundo, personajes de la vida común, con sus problemas populares, la pobreza y la poética interna entre la oscuridad. Así nació el Nuevo Arte, de Stalinslavski, junto a Chéjov, y cuyo emblema fue, precisamente, el dibujo de una gaviota.
Sus títulos están, continuamente, en las carteleras de todo el mundo. Aquí, hemos podido ver, repetidamente, todos sus obras. No Platonov. En esta iniciada obra, muestra un mundo de la clase poderosa, entre cenas, fiestas con enfrentamientos, cinismos e infidelidades. No se reconoce a Chéjov. Este personaje, Platonov -lo hace excelentemente Pere Arquillué-, suma el amor con la pasión herida, la posesión de todas las mujeres. Su enamoramiento cercano, lo siente hacia su propia esposa -cómo no, magnífica Carmen Machi- y, alrededor, la adúltera mujer de su amigo –Elisabeth Gelabert, estupenda- y la aristócrata lubricadora, fuente de cuerpos -muy bien creado este personaje por Mónica López-. En la pasión, el director crea escenas asombrosas, en cuyas atracciones se llega hasta un ridículo espacio donde, vestidos, se comen, no se sabe si el sexo de ella o las hierbas del campo de cabras.
Preferiría no haber visto este Platonov.
El mejor Chéjov que jamás he visto, fue en una escenografía impresionante, inolvidable, que hizo Gerardo Vera en El jardín de los cerezos, precisamente, en este mismo teatro María Guerrero, en 1984. Y el escenógrafo ha hecho un trabajo vulgar en Platonov, con elementos de adornos modernistas y “patas” de telas horrorosas.
Aquél espectáculo lo dirigió José Carlos Plaza, ese gran director de actores, con lecciones en los ensayos, ayudando, enseñando. En esta obra, debería Vera hacer sólo el decorado. En las acciones, le encantan las pasiones físicas, los abrazos forzados, figuras superpuestas a los diálogos, y se aprecia, perfectísimamente, la plástica efectista. Cuenta con un formidable reparto, que lo demuestra a pesar de su obligada farsa.
Enrique Centeno________________________________________
Autor: Chéjov. (Versión, Juan Mayorga).
Intérpretes: Toni Agustí, Pere Arquillué,
Sonsoles Benedicto, Jesús Berenguer, Pep Cortés,
Gonzalo Jordi Dauder, Raúl Fernández,
Antonio de la Fuente, Elisabet Gelabert, Mónica López,

David Luque, Carmen Machi, Antonio Medina,
Paco Obregón, María Pastor, Andrés Ruiz,
Roberto San Martín, Yuri Sídar.
Escenografía: Max Glaenzel y Estel Cristià.
Vestuario: Alejandro Andújar.
Música: Luis Delgado.
Iluminación: Juan Gómez Cortejo.
Dirección: Gerardo Vera.
Teatro: María Guerrero (CDN).

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domingo, 22 de marzo de 2009

Noche de reyes ***

Dos comedias de Shakespeare en dos días: Medida por medida, en el teatro La Abadía y, después, en el Círculo de Bellas Artes, Noche de Reyes, dentro de la Muestra de Teatro de las Comunidades. Tras haber comentado el primero, aseguramos que éste último produce el mismo placer, el talento de este montaje del Centro Dramático Galego.
Este director, Quico Cadaval, no se ha detenido un momento en su fantasía y la imaginación humorística. Ha elegido una escenografía y un vestuario de los años veinte. Es una playa mediterránea, casi de elegantes turistas, de paseantes por las arenas, con fondos de franjas de colores vivos, blancos y añil, una especie de carpa para el recogimiento del baño. Y aquí, en este lugar, Iliria, situó el autor la llegada de la joven Violeta, salvada de un naufragio. (Una Tempestad, como en su drama de Shakespeare). El original se refiere al país del mar Adriático, aunque en esta representación no se aproxima mucho a aquel lugar. La plástica se acerca más al Mediterráneo valenciano: más aún, lo relacionamos porque, en éste hay un agradable pueblo, llamado Iliria, y, además, otro lugar en la playa, denominado Oliva, nombre de la Condesa Olivia de esta comedia. Coincidencias casuales.
La bella Viola –María Bouzas, estupenda actriz- decide buscar a su hermano gemelo, disfrazándose de varón. Conocemos que en el teatro isabelino no podían aparecer actrices y, aquí, se produce una doble transformación: el personaje pasa a vestirse de hombre y, finalmente, de nuevo, al verdadero personaje femenino. Vaya baile: el público debió partirse de risa. Entre nosotros es un procedimiento frecuente en los clásicos, con personajes femeninos en los que las actrices se vestían de hombre –para ocultarse, protegerse- tanto en los dramas –La vida es sueño, Calderón-, o en las comedias de capa y espada (Don Gil de las Calzas Verdes, Tirso de Molina). En la aparición del buscado SebastiánBorja Fernández, también un buen actor-, se abrazan los hermanos fuertemente, con besos en los que todos sus enamorados equivocan los sexos, sufriendo la imposibilidad de mantener su enamoramiento. En estas escenas concluye la función, entre las definitivas carcajadas sobre el triunfo del amor. Un feliz final, como deben terminar las comedias.
Quizá, los personajes más divertidos están entre la nobleza. Con aspecto de vagabundo, Festas -lo hace Víctor Mosqueira, brillante, quizá excesivo-, un antiguo bufón –lo es en el original- irónico y burlador, con versos cantados con la mandolina en mano. A su lado, el romántico Duque –estupendo Marcos Correa-, que busca, desesperadamente, un necesitado amor. Viste traje negro de rayas. No llega a llamarse Doménico Modugno, sino su normal Orsino. Pero canta aquellas canciones de Penso che un sogno così/ non retorna mai. Llega hasta sus gestos exhibicionistas con su micrófono: sólo faltó ganar el Festival de San Remo. Aunque esta Costa de la Riviera, podría también ser Iliria, oyendo, junto a la playa, la canción de Orsino: Mille violine sonati del vento, aunque, al menos en esta representación, sería imposible escuchar violines entre la juerga continua.
Enrique Centeno
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Autor: William Shakespeare.
Intérpretes: Suso Alonso, María Bouzas,
Xan Cejudo, Marcos Correa, Susana Sans,Borja Fernández,
Anabell Gago, Bernardo Martínez,
Víctor Mosqueira, Simone Negrín, José M. Olveira,
Ramón Orencio, Marcos Orsi.
Escenografía e iluminación: Baltasar Patiño.
Vestuario: Gilda Bonpresa.
Versión y dirección: Quico Cadaval.
Teatro: Círculo Bellas Artes. (16.3.2009)
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miércoles, 18 de marzo de 2009

Siempre fiesta ***

Le gusta a Javier G. Yagüe ir avanzando, por el calendario social, mediante las trilogías. La primera comenzó, en 1999, con Las manos -imposible olvidar aquella obra maestra-,hasta 2002 fue Imagina y, finalmente, 24/7. La siguiente trilogía acaba de terminar con el estreno de Siempre fiesta, a la que precedieron Café (2005) y Rebeldías posibles (2002).
Al inicio de 1999, le interesó a este director la historia de la generación anterior. Y, en esta trilogía, utiliza el retrato actual de determinada clase social. Su burla lanza flechas hirientes, una dura crítica con herramientas grotescas. Cierra esta serie, iniciada hace cuatro años, con textos en los que escribe junto a Luis García-Araus. En las dos últimas colabora también Susana Sánchez. Todos ellos son herederos del teatro de Miguel Mihura: aquella maldad humorística, que le obligó a soportar, en su valentía, la censura y el escándalo. Javier G. Yagüe y sus coautores, García-Araus y Sánchez –también, varios títulos de Mihura se escribieron en colaboración-, provocan el desconcierto, llegando a alcanzar diálogos cercanos al teatro absurdo. En esta Fiesta, en Navidad –hay otra, aunque muy diferente, en la genial Tres sombreros de copa-, van llegando los personajes a la casa del matrimonio anfitrión.
Familiares, entre hermanas y cuñados, forman una galería deprimente, que invita a la venganza, a la ridiculez de estos elegantes sujetos. En esta exposición, contemplamos una colección de fotografías reales. Todos los personajes se denominan, entre ellos, con los mismos nombres reales de los intérpretes: probablemente por improvisaciones en los ensayos. La primera mujer, “Arantxa” –Arraiza, a quien vimos en las dos obras anteriores de la trilogía- , es una rubia, elegantemente vestida de diseño, religiosa con miradas dulces; la verdad es que tiene el aspecto de la portavoz de un conocido partido político. Tiene un matrimonio, pero no consiguen un hijo, a pesar de que copula, en la cama, a oscuras y con la cercanía imprescindible, como Dios manda. Lo hace formidablemente. No es difícil imaginar cómo será el zoo que va apareciendo tras los timbres de la puerta. Una enloquecida frustrada con su marido ambicioso, tripón y de inútil satisfacción. Hay una hermana protestona, ecologista, opuesta a la alimentación con animales –carne o pescado-, fumadora, progresista, vestida con pantalones y, ligeramente, con su soltería debida al lesbianismo -ésta decisión de los autores es peligrosa-. Para no desmayarnos, contamos con un personaje que anda por el campo de penaltis: nos confiesa que es un actor, y que su misión es el prólogo, la detención de acciones y, con su testimonio, prevé a los espectadores el mal trago. (Ya saben que, como en las anteriores obras, nunca utilizan la ley de la cuarta pared).
La cena, en la cuidada mesa, se repetirá en diferentes fechas, obligados, todos, para salvar la depresión y frustración de aquella conservadora dama. Casi nos agota tanta carcajada. Menos mal que no han parido niñitos. La escenografía consiste en un amplio salón de paredes blancas, de papeles que se decoran, a la vista, varias veces, utilizando rotuladores. Da el mismo efecto cómico. La interpretación de todo el equipo es excelente. María Antón; la ya mencionada Arantxa Arraiza, presente en las dos obras anteriores; Javier Pérez-Acebrón; los dos habituales Asun Rivero y José Melchor, así como José Sánchez, a quien vimos en Rebeldías posibles. Yo creo que ésta es la mejor del la trilogía.
Enrique Centeno
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Autores: Luis García-Araus, Susana Sánchez, Javier G. Yagüe.
Intérpretes: María Antón, Arantxa Arraiza, José Melchor,
Javier Pérez-Acebrón, Asun Rivero, José Sánchez.
Escenografía y vestuario: María Luisa de Laiglesia.
Dirección: Javier G. Yagüe.
Teatro: Cuarta Pared. (11.3.2009)
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domingo, 15 de marzo de 2009

Medida por medida ***

De las comedias de Shakespeare, Medida por medida se representa poco en nuestros teatros. En este estreno, la traducción y versión las ha realizado Ronald Brouwer y Carlos Aladro, que han preferido actualizar el texto, junto con un vestuario anacrónico como acierto en este espectáculo. El montaje cuenta con una afortunadísima escenografía y un vestuario estupendo, creados por Dietlind Konold. Las peripecias ocurren en un espacio rectangular rodeado por el público. No sé cómo lo consiguen, pero lo cierto es que nunca dejamos de ver los detalles de cada personaje: la dirección es muy inteligente.
Queda hermoso este espacio cercano, un mirador desde el que sentimos la presencia. En el fondo, se ha construido una especie de torre cilíndrica, trucada con entradas y salidas, ventanas o trampas, un juego risueño en sus sorpresas. También se recrea con los cambios de la iluminación (José Manuel Guerra).

Acudió a nuestra mente esa conocida comedia de Casa con dos puertas mala es de guardar, de Calderón. Sabemos muy bien la grandeza de Shakespeare, tanto en la tragedia como en la diversión, pero en este montaje no se han olvidado nuestros propios enredos del XVII. Sobre los versos, largos y blancos, del teatro inglés, se han atrevido a adaptarlos a los nuestros. La métrica nos sorprende, con rimas habituales, con octosílabos, cuartetos o versos libres. Es natural –y ellos lo saben- que no se aspire a la genialidad de nuestros clásicos, pero sí subrayan la diversión, mucho más en los diálogos. El mismo recuerdo, nos hace ver la gran diferencia entre la liberalidad del bardo y la suave moralidad de nuestro barroco. Figúrense a Calderón, o a Lope –aunque este último bien lo conocía-, creando a una embarazada soltera, una puta, un conquistador de sexos, una bella novicia, con trampas; y enamorado, ante su ligero hábito, al poderoso y esperanzado Duque de Viena. Tendrían que concluir con la llegada de la mismísima Inquisición.
Todos, sin excepción, forman un equipo formidable. Se puede distinguir a algunos actores, pero eso no sería justo: José Luis Alcobendas, Jesús Barranco, Julio Cortázar, Israel Elejalde, Marko Marín, Mariam Montilla, Almudena Ramos, Fernando Soto, e Irene Visedo. Todos ellos –algunos en varios personajes-, hacen un trabajo perfecto.
El director, Carlos Aladro, ha movido perfectamente las piezas del ajedrez en un espacio libre cuya acción es divertidísima, como en esa torre sin babelia, entre carreras y ocultaciones. Es una puesta en escena magnífica.
Enrique Centeno
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Autor: William Shakespeare. (Traducción y versión:
C. Aladro, Ronald Brouwer).
Intérpretes: José Luis Alcobendas, Jesús Barranco,

Julio Cortázar, Israel Elejalde, Markos Marín, Mariam
Montilla, Almudena Ramos, Fernando Soto, Irene Visedo.
Escenografía y vestuario: Dietlind Konold.
Iluminación: José Manuel Guerra.
Dirección: Carlos Aladro.
Teatro: La Abadía. (18.3.2009)
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viernes, 13 de marzo de 2009

El ángel de la luz **

Hace solo unos meses, en esta misma temporada vimos una emocionante función de la obra de Miguel Murillo, Y sin embargo te quiero. Al igual, aplaudimos, en 2005, a Armengol, que había obtenido el Premio Lope de Vega, estrenándose en el Teatro Español. A ese autor, residente en Badajoz, le vemos insuficientemente, al menos fuera de Extremadura. En Madrid estrenó importantes obras, como su primera función de El reclinatorio, en 1980, y otras como Perfumes de mimosas. Sus obras se centran, prácticamente todas, en el recuerdo y las historias en Extremadura.
Llega ahora, dentro de la Muestra de Teatro de las Autonomías, El ángel de la luz. Explica el dramaturgo, en su programa de mano, que se ha basado en una historia que le relató en una taberna un viejo, entre vinos excesivos, contando lo que sucedió en la línea entre Badajoz y Portugal. Este contrabandista es el personaje que inicia la función, sentado frente a una mesa, pegado a la botella. Él dijo conocer a un mísero matrimonio, que encontró a un niño abandonado, decidido a no pronunciar palabra alguna a lo largo de su vida, durante los años de los dos dictadores, Franco y Somoza. El hombre era republicano, liberal y consciente de la miseria y la represión. Se hacen también referencias a los cambios políticos posteriores. Se destaca, entre otras, la Revolución de los claveles, aquel 25 de abril de 1974. El director portugués lo monta con escenas conocidas que se proyectan en el decorado, sonando la canción que señaló el inicio, a través de la radio, y marcando la salida a las calles. Aquella canción se convirtió, prácticamente, en un un himno de libertad. (Fue el cantautor Jose Alfonso, con los versos de Grândola, Villa Morena, años después olvidado, falleciendo en la miseria, quien también nos hizo pensar en los sueños de estos países).
Lo cierto es, que este cuento histórico es un relato breve, y Murillo lo ha querido convertir en una obra teatral. Es lento, texto poético pero aburrido, tanto por la interpretación como por la puesta en escena. Es una especie de mito entre figuras religiosas: demasiado, la imagen de La piedad. Ha sido una tentación del extremeño. El reparto es muy flojo -apenas se salva Juan Carlos Castilla, el viejo- Y un decorado vulgar, en una pretendida plástica de pinturas. Tal vez, el resultado se debe, fundamentalmente, al director autor del decorado.
Quizá deberá este autor criticarse a sí mismo. En todo caso, le esperaremos, como siempre.
Enrique Centeno________________________________
Autor: Miguel Murillo.
Intérpretes: Juan Carlos Castillejo, Alberto Iglesias,
Celia Nadal,Elías González, Ricardo Utrera.
Escenografía y dirección: Joâo Mota.

Teatro: Círculo de Bellas Artes, (10.3.2009)
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martes, 10 de marzo de 2009

El pintor de su deshonra **

Hace veintiún años se inició la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC) con El médico de su honra. Confieso que en este primer montaje –fue estrenado en Buenos Aires- nos sorprendió que Marsillach comenzara con el conservador y más genial de nuesto teatro clásico. Las obras maestras de Calderón –también sonriente en los juegos de comedia-, eran las más defensoras de la Contrarreforma, poderes, honor, honra y sumisión, así como sus autos sacramentales en los pórticos de las iglesias. Y sin embargo, entendimos que el director intentaba conocer y mostrar la realidad histórica ante las grandes obras, con personajes arrepentidos cuya comprensión les concede el perdón a los crímenes del alma.
Este texto de El pintor de su deshonra, concluye con el arrepentimiento de Don Juan Roca –excelente Arturo Querejeta-, acusado por su crimen: “Esto que veis es un cuadro/ que ha dibujado con sangre/ el pintor de su deshonra”. A lo cual le responde la víctima: “…aunque mi sangre derrame/ más que ofendido, obligado/ me deja, y he de ampararle”. Calderón, sacerdote de la contrarreforma, hace perdonar, por su confesión, los pecados, incluido el asesinato. Ocurre lo mismo en el crimen, por su arrepentimiento ante el Rey, en el citado El médico de su honra: “Médico fui de mi honra;/ ahora tú mi ciencia aplaca”. Perdones que Calderón acepta y defiende, la confesión salva siempre cualquier pecado cometido: aquella moral castigaba duramente los conceptos de la dignidad, el honor, la traición o la fidelidad; para nosotros el horror de nuestro barroco. Nos ayuda así a reflexionar sobre la moralidad del XVII.

El vestuario –de Pedro Moreno- es, probablemente, lo más hermoso de esta representación. Riqueza, fantasía, sin necesidad de alejarse de la época, un agradecimiento para el disfrute. En la otra orilla, el decorado se hunde, y vemos los cuadros y los pinceles, en arpilleras de brochas enmarcadas. Se varían las direcciones para diferenciar los distintos actos. Da la impresión de que la escenografía y el vestuario no se han puesto de acuerdo, no han hablado ni siquiera por teléfono. Es frecuente este estilo utilizado por la CNTC en su programación, en el que prefiere romper el tiempo, incluso utilizando decorados inexplicables.
En el último acto, se ha creado un final verdaderamente formidable: cómicos de un pecador carnaval que actúan, ante la gran y preciosa pintura, con vestuarios y disfraces de máscaras. Un lienzo clásico representa un paisaje marino. Un fantástico montaje de la fiesta, con una evidente influencia veneciana.
El reparto lo forman excelentes actores. Los conocemos muy bien, pero en esta función no alcanzan mucho más que el listón. Se dicen bien los textos, pero ausentan la versificación, porque se prefiere ocultar o huir de ella, sea por dificultades o, acaso, por un responsable del asesoramiento del verso. En algunos casos, insuficientes vocalizaciones, tonos que nos hacen imposible entender: es el caso más grave de la propia protagonista. Cada cual lo hace como puede, con su sabio conocimiento. Eduardo Vasco demuestra una regularidad en sus montajes. Además, a nuestro teatro clásico no le gustan los muebles ni la utilería; le place sentar o echar al suelo a cualquier personaje social; y cosas así.
Enrique Centeno
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Autor: Calderón de la Barca. Versión, Pérez Sierra.
Intérpretes: Francisco Merino, Arturo Querejeta,

Eva Trancón, José Ramóm Iglesias, Muriel Sánchez,
José Vicente Ramos, María Álvarez, Didier Otaola, Nuria Mencía,
Daniel Albaladejo, Fernando Sandino, Ángel Ramón Jiménez, Sánchez Ruiz.
Música: Martín Marais / Alba Freso.
Músicos: Aghata René (Viola), Mª Mercedes Torres (Clave), Alba Fresno).
Vestuario y máscaras: Pedro Moreno.
Escenografía: Carolina González.
Dirección: Eduardo Vasco.
Teatro: Pavón (CNTC) (2.3.2008).
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sábado, 7 de marzo de 2009

Chrónica de Fuenteovejuna *

Al Teatro Samarkanda (Almendralejo) le ha interesado el drama de Lope de Vega, del que han hecho una función a la que dan el título Chrónica de Fuenteovejuna, “basada”. Se trata de un grupo de actores que se reúnen en su sala de ensayos, donde hablan de los hechos en la villa cordobesa. Unos, desean representar a Lope, entusiasmados; otros, se oponen argumentando la “antigüedad” o las monarquías, con esos reyes maravillosos, que siempre se crean en los dramas con sus finales felices.
En este grupo, una de las actrices ha estudiado, informándose sobre aquellos hechos, de modo que prende en un tablón un mapa medieval de España, así como otras hojas con datos. La lección de historia nos explica diversas crónicas sobre Fuenteovejuna, quizá con falsos hechos, inventados por varios autores. También quiere enseñarnos la genealogía de los reyes, desde Alfonso VI hasta los Reyes Católicos. Este curso pertenece, probablemente, al último curso del bachillerato, de modo que sentimos no llevar un block de notas y bolígrafo por si lo habíamos olvidado. Este personaje, apoyado por otros compañeros, hace comprender las forzosas obligaciones en los epílogos a favor de la monarquía. También señala la importancia imprescindible de nuestro pasado histórico.
En sus conversaciones y discusiones, ya sabíamos que, definitivamente, iban a ensayar esta obra. Es una valentía hacia esta difícil comedia, ya tantas veces vista, pero evitan el riesgo. Inician el primer ensayo con los finales del original con el Rey, precisamente, lo que había causado sus discusiones, y que ahora, les convence con entusiasmo. Hacen numerosas eliminaciones, cortes del texto, con detenciones para comentar o superar algunas escenas.
Una especie de “teatro en el teatro” –metateatro-. El creador de este género fue el maestro Pirandello. Entre nosotros se utilizó, con el idéntico sistema de Samarkanda, la obra de Ignacio Amestoy Mañana aquí, a la misma hora (1979), en el que un grupo de actores trabaja sobre la representación de la obra de Buero Vallejo, Historia de una escalera, un homenaje al cumplirse treinta años de aquel impresionante estreno. En éste montaje que comentamos, el argumento tiene una diferencia: el combate de los actores en Fuenteovejuna, el más famoso del admirado Fénix. Que la compañía Samarkanda discuta este comienzo, le resultaría mejor no trabajar en este texto, por mucho que hayan contratado, nada menos, que al director José Carlos Plaza.
En el “ensayo” se utilizan leves telas o disfraces. Pronuncian el texto huyendo de la versificación, utilizando un ritmo de prosa. No sabemos si es que también les parece dudosa la versificación de estos octosílabos o sonetos. Quién sabe. El desastre incluye coros: no digamos ya, el monólogo emocionante –muy conocido- del romance de la violada Laurencia, con sus llantos y los ataque a los hombres cobardes. Salimos muy decepcionados, a pesar de que han ensayado los preciosos saludos finales, para obligarnos a las aplausos.
Enrique Centeno_____________________________________________
Basada en la obra de Lope de Vega.
Intérpretes: Memé Tabares, Pepa García,
Ana García, Simón Ferrero, José Recio, Fermín Núñez, Fernando Ramos, Juan Carlos Castillejo.
Direción y espacio escénico. José Carlos Plaza.
Compañía Samarkanda.
Teatro: Círculo de Bellas Artes (3.3.2009)
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jueves, 5 de marzo de 2009

El hombre almohada **

Fuerte violencia y crueldad, este personaje de origen desconocido contiene también una tierna poética. Se encuentra en un mundo perdido en el que que se siente una víctima. Piensa ser un escritor de cuentos, numerosos de ellos guardados en la mente, como en su archivo creado tras su única publicación. Sus obras son siempre historias de terror, de crímenes, con sangre mezclada con una literatura inteligente, experiencia formalista que contiene, al mismo tiempo, un lenguaje sentimental.
Al autor de esta obra, Martin McDonagh (1970), inglés-irlandés, no se le conoce demasiado entre nosotros. Hace unos años montó Mario Gas, su inolvidable La reina de belleza de Leenane. Obtuvo diversos galardones teatrales; con El hombre almohada ganó el Premio Olivier, y se trasla después al cine, al que también se dedica como guionista. Su escritura y sus argumentos son siempre de violencia y de lucha en la críticas sobre historias reales en su país. Unas técnicas que inició, desde su escasa formación, sobre la fantasía, el examen de un mundo o una sociedad en la que admite la persecución y el crimen como consecuencia. Una brutal dedicación.
El protagonista, KaturianJosé Vicente, buen actor como los demás-, aparece, en la primera escena, sentado junto a una mesa donde dos policías le interrogan acerca de unos asesinatos ocurridos. Le castigan en el lóbrego lugar, tratándole con insultos, desprecio y, finalmente, con golpes físicos.
En una pausa, un policía vigilante queda sólo con Katurian, y siente una cierta intriga sobre sus historias, al escucharle alguna de ellas: accede el preso y le cuenta algunos argumentos breves, bestiales, cuyos finales -más allá del propio Allan Poe- asustan al propio espectador. Va cambiando una especie de juego, una fantasía que retrata los famosos sucesos criminales conocidos por las noticias.
En este calabozo aparecen un turista y, principalmente, el hermano, un enfermo mental, encerrado ya en un sanatorio. McDonagh domina la construcción de personajes, con un realismo que permite tanto la tortura interior como la rebelión exterior, elementos que pueden comunicar, al mismo tiempo, sus sentimientos ingenuos y líricos. Sentimos el anuncio de la lucha a muerte, como dos gladiadores contra las paredes, un poder contra poder con furia y con suicidio.
El director, Denis Raftter, ha montado muy bien y cuenta con actores magníficos, un duro trabajo para conseguir ser verdaderos. Es admirable tanto el actor citado como Javier Magariño y toda la compañía Noctámbulos. Ayuda muy bien una rica iluminación en este teatro negro. Se consigue una perfecta representación. Sólo al acabar la función se tranquiliza el público, saliendo de esta barbaridad, esa normal dedicación del británico-irlandés.
Enrique Centeno
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Autor: Martin McDonagh (Versión de Isabel Montesino).
Intérpretes: José Vicente, Javier Magariño, Gabriel Moreno,
Luis Mariano López, Lourdes Gallardón.
Vestuario: Maite Álvarez.
Escenografía: Damián Galán.
Dirección: Denis Rafter.
Compañía Noctámbulos.Teatro: Círculo de Bellas Artes (21.9.2008)
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domingo, 1 de marzo de 2009

La cena ***

El primer día de 2009 fue cerrado y abandonado por la Comunidad de Madrid el teatro Albéniz -junto a la Puerta del Sol-, donde durante tantos años se presentó una buena programación y que ahora se dedicará a un centro comercial. La explicación fue la creación, este mismo año, de los Teatros del Canal. Después de su dilatada construcción, sus salas –una de ellas amplísima, hermosa-, han levantado el telón este 26 de febrero. Se le ha encargado a Albert Boadella este virgen y acaramelado espacio. De Barcelona a Madrid, han traído, el Ayuntamiento y la Comunidad, a dos grandes directores teatrales: el primero, Mario Gas al Teatro Español, al que ha salvado de la muerte, a punto de enterrarse, por los torpes directores de años anteriores. Este primer director de los Teatros del Canal, Boadella –otro genial, creador de Els Joglars-, se enfrenta al desafío en la desnudez cultural de este edificio. Hemos visto que mira alrededor, como perdido todavía, o desconfiado. Pero todos sienten esperanza, confianza en este talento, como director escénico y dramaturgo.
En sus primeros meses, no ha podido Boadella crear una programación: pone en cartel a su propia compañía, que estará un mes y, a continuación, no se representarán obras de teatro: flamenco, música, danza o el divertido teatro de guiñol del tradicional Teatralia, con ocho funciones que seducirán a los niños. Habrá que esperar a la temporada siguiente para la programación puramente teatral.
Pero vayamos al estreno -no deberíamos calificarlo así, puesto que ha arribado al puerto del Canal tras una gran gira por España- de La cena. (No me habían invitado ni a los entremeses, pero luego me concedieron un sillón). Me acordé de M-78 Catalònia (1978), aquella burla de Boadella a su propio país (allí sí que me convidaron ,v. La escena española actual ), en la que se cocinó, auténticamente, sobre el suelo del escenario, un oloroso arroz. En esta obra, en el menú de la “cena” se introducen varias escenas separadas; un juez, andaluz -qué bien lo hace Xavi Sais-, interroga al maltratador de su mujer, un supuesto sabio -que exhibe continuamente el periódico El País– en conversaciones divertidas, entre nuestras risas e indignaciones, que el magisterio archiva, incluso piensa que sus declaraciones no son hechos anormales.
El tema principal se desarrolla en el Ministerio de Medioambiente y Alimentación, y Boadella se descojona de la Ministra –la estupenda actriz Pilar Sáenz-, pura energía encargada de la ecología, el medioambiente y el cambio climático. Es una especie de coronela –no confundir con una ministra del Ejército- a la que obedecen sus órdenes, asustados -en cuanto llega, pisando fuerte, tiesa-, los funcionarios: directores generales, subdirectores, adjuntos, simples políticos y los inocentes trabajadores, técnicos o limpiadoras. Una sátira continua, como un espejo de la idiotez y del progresismo: ataca a las luces encendidas, al abuso de papeles, al volumen de la música ambiental, a la limpieza insuficiente, al exceso del aire acondicionado… Una política policial que consigue hacer temblar y asustar. Este personaje es impresionante, porque las conocemos -las vemos por televisión-, nos engañan, son inútiles y presumen con su modernismo.
A los catalanes les encanta, como es natural, la escudilla, la calçotada, los caracols o la butifarra con pa amb tomàquet. Estas cosas, como nuestro cocido madrileño, no le hacen gracia a este personaje trajeado, encantado con la Nouvelle cuisine de quienes ya no son cocineros, sino “restauradores”-se hace algún guiño o cita sobre Ferrán Adrià-. En la cocina, casi desnuda, comienza la preparación de la cena. No hay fuego para cacerolas o sartenes. Aquí están, desconcertados, y tímidamente, los profesionales se miran. El ChefJordi Costa-, los ayudantes –Jesús Angelet, Xavier Boada, grandes actores como el anterior, bien conocidos en esta Compañía-, a los que acude a salvar el Maestro –lo hace, con su talento, Ramon Fontserè-: un Merlín de largas melenas agitadas, con ese religiosismo del Tíbet, cuyos rosarios son incomprensibles. Claro que, luego, a la falsa mesa, llegan también los Dalai Dama. Albert Boadella se ha despechado a su placer en toda la función, con numerosos personajes, multiplicados en los formidables actores.
Naturalmente, no están ausentes, en los diversos juegos, la corrupción y la mirada hacia los partidos. Ha repetido en sus declaraciones Albert Boadella -leídas en la prensa- algo así como: “Si Molière trabajó para Luis XIV, yo lo hago para Aguirre”, quizá con la esperanza y la fe en la Comunidad de Madrid. Lo relaciona con el Tartufo, un juego peligroso que produjo un escándalo. No es el caso aquí, donde todos conocemos a los llamados ya tartufos. Están también en la obra Los enredos de Scapín, huidores y, más claramente, en Las preciosas ridículas. Molière fue también actor y director. En este montaje Boadella vuelve a mostrar su increíble creación escénica, los juegos, las acciones, los mimos, el disparate y las burlas, y aquí están también todos los de Els Joglars. Su dramaturgia no alcanza esa calidad, ese talento, más sabio en trasladarlo a la escena que en escribirlo. No importa: fue una feliz inauguración de un nuevo teatro.
Enrique Centeno
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Dramaturgia y dirección: Albert Boadella
Intérpretes: Jesús Angelet, Xavier Boada, Ramón Fontserà,
Jordi Casta, Minny e Marx, Llu Olivé, Pilar Sáenz,
Xavi Sais, Dolors Tuneu.
Teatro: del Canal (26.2.2009)
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