
Llegamos a tocar a los actores. Es su domicilio, una amplia sala –esta función se monta en el vestíbulo del teatro
Tis –, en la que nos sentamos – una veintena de
amigos-, unos en butacas y otros sobre cojines. Nos recuerda el nacimiento, en Nueva
York, del teatro de casa, inventado a comienzo de los años ochenta, donde se hacían
representaciones. Nos recibieron
afectuosamente, casi uno a uno, los cuatro intérpretes. También lo
relacionamos con el inicio de la ya prestigiosa sala Cuarta Pared: era el año 1987,
efectivamente como una
casa, donde muy poquitos podíamos ver los montajes sobre autores
naturalistas -sobre todo
Chéjov-. Y así se denominó el proyecto de aquella compañía. Recordemos que fue
André Antoine (
XIX-
XX) quien determinó la “cuarta pared”, una supuesta
interioridad que permitiera a los actores llegar hasta el olvido del público. Fue también el mito religioso de
Stanislavski. La sala Cuarta Pared pudo salir de esas iglesias.
Todo lo que comentamos tiene mucha relación con este estreno de
Steak tartare, del interesante autor
Carlos Be. Se interpretan al principio a los propios actores; crean después personajes fantásticos, con ruptura entre las varias escenas, entre argumentos y descansos. Nadie lo había utilizado antes de Brecht. No deberían pensar que esta llamativa función teatral no la pueden bautizar con el apellido de
transformación, como se escribe en sus notas.
En un rincón, en el suelo, apoya sobre sus piernas un portátil un supuesto autor, que nos cuenta los problemas para encontrar argumentos. Y confiesa –o nos engaña- que se ha basado en la cruel realidad, y que lo demás no es teatro. Afirma haber descubierto que el adorado
Peter Pan, del cuento, en realidad, lo había tomado su autor –
Barrie- de un hombre que no quería crecer, sino de un tipo
bajito, feo, infeliz, que terminó
suicidándose. Tome nota: avisan de que lo que vienen ahora son escenas duras, violentas,
enamoramiento de la crueldad. El Caín asesino –el hecho auténtico de un hermano actual-; la zoofilia de un personaje con una cabra; el crimen de un bebé –fueron dos, en la realidad- en la bañera. Una vieja cuna, con un imitado bebé, ocupa el centro de la sala durante toda la función, llenándola de agua,
convirtiéndola en una bañera, para ahogarle en una psicopatía maternal. Lo hace
impresionantemente la actriz. Hay varias escenas más,
interrumpidas a veces con el
acercamiento de los actores rompiendo las escenas como para frenar el momento.
Es un
procedimiento de brutalidad, con ausencia de análisis o
explicaciones sociales. Es indudable que se intenta conseguir un escándalo, aunque a quienes estábamos allí no nos hizo temblar –un estilo ya conocido por el destacado dinamitero Rodrigo
García-. Sí
escuchábamos una escritura rica, una poética con acciones de
construcción perfecta.
Lo pone en escena
Adolfo Simón, un buen director –también escribe-, muy variable, desde hace veinte años, con dramaturgos como Francisco
Nieva o Juan
Mayorga, y que consigue un magnífico montaje de esta difícil
Steak tartare. Es también un trabajo estupendo el del reparto: Arturo
Bernal, Juan
Gómez,
Guadalupe Marcote e
Itziar Ortega, en grandes tensiones, burlas y tragedias. No los conocíamos, y los admiramos.
Enrique Centeno