viernes 28 de agosto de 2009

Chéjov en el jardín ●

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Autores: Verónica Ballesteros, Luis D'Ors.
Intérpretes: Ana Santos-Olmo, Paloma Mozo

Juan Ceacero, Sandra Nuro, Nestor Roldán,
Sánchez Barrena, Quique Fernández.
Escenografía e iluminación: Tomás Muñoz.
Dirección: Luis D´Ors.
Teatro: Círculo de Bellas Artes. (27.12.2006

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Un grupo de personajes va acudiendo a una sala y un jardín, que se relacionan con Chéjov. Algunas frases pertenecen a sus textos; otros, pensamientos como a Stanislavski o al Teatro del Ate, de Moscú-, o referencias a Las tres hermanas y La Gaviota. Seis o siete personas, más o menos, van uniéndose -la dramaturgia la firman dos autores-, en diálogos, llegando a bailar en el llamado jardín. Es una escenografía pobremente inventada, con cortinillas blancas, con adornillos, y una mesa con sillas para usar bajo torpes luces. Las palabras son una especie de dichos, desmembrados, que se escuchan como frases de famosos personajes de Chéjov. Es como si se reunieran, casualmente, sin que sepamos porqué imitan a Pirandello, algo así como Seis personajes en busca de autor; que queremos pensar que no se refieren a esta propia compañía.
Continúan así hasta que, estupendamente, se hace el oscuro, lo que el público admiró en este estreno y, a continuación, dedicó unos breves aplausos a los actores - probablemente mal aprovechados-, que no pudieron salir a saludar a los espectadores que huían.
Enrique Centeno

martes 25 de agosto de 2009

Casa con dos puertas, mala es de guardar **

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Autor: Calderón de la Barca.
Adaptación de Juan Antonio Castro.
Intérpretes: Alejandro Torray, Candela Rabal,

Alberto Maneiro, Pablo Alonso, Gabriel Moreno,
Cristina Palomo, Maribel Lara.
Vestuario y escenografía: Lorenzo Collado.
Dirección: Manuel Canseco.
Teatro: Galileo (11.7.2007).

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Los juegos de Calderón de la Barca son siempre de relojería en la comedia de capa y espada, en su redondez de rimas. En esta adaptación que comentamos, lo más divertido es el engaño, las mentiras y el enredo. Aquellas damas parecen traídas de sus casas o balcones del XVII, o de las terrazas, salas de café o bares de copas actuales; las conversaciones y encuentros de miradas de los inocentes caballeros, que son hoy modernos ligones de segunda división. Estos textos de burlas, seducen a los directores para la diversión y alguna aproximación, siempre con la fidelidad y los ambientes originales -como en varias obras que montó la Compañía Nacional de Teatro Clásico de Adolfo Marsillach (1928-2002)-, en inteligentes adaptaciones como esta Casa con dos puertas, mala es de guardar. En ocasiones, compañías menos potentes se ven obligadas a reducir el reparto, eliminando a algunos personajes. Aumentan los juegos e incluso se entrelazan los textos o se añade alguno. El director, Manuel Canseco, ha querido repetir este montaje que realizó él mismo, con una versión cuya función dedica a quien lo firmó, hace veinticinco años: el autor Juan Antonio Castro (1927-1980), un singular escritor con numerosos éxitos comprometidos, con títulos como Tiempo de 98 o De la buena crianza del gusano. Cómo no recordarle.
El estreno veraniego lo vimos en el jardín del Teatro Galileo -sentados en mesas-. Se inicia con una especie de entremés, con poemas, músicas y canciones de la época que anuncian el agradable espectáculo. Una suficiente escenografía, y un gracioso vestuario -ambos de Lorenzo Collado-, con esos trajes rayados en azul sobre blanco, como en la orilla del mar, y un juego de movimientos que Canseco dirige con su conocimiento. Todos los intérpretes, con entusiasmo, hacen lucir los versos con vivo humor, como la frescura de la Dama, que interpreta Alejandra Torray, y la brillantísima eficacia del Padre, (Miguel Foronda). Sale el público contento tras esta comedia. No se buscaba más y fue suficiente en este mes de julio.
Enrique Centeno

lunes 24 de agosto de 2009

Cartas cruzadas *

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Autores: Poemas de 16 autores.
Intérpretes: Mónica Martínez, José Luis Sáiz.

Antonio Rodríguez (músico).
Escenografía: Gabriel Carrascal.
Dramaturgia y dirección: José Luis Sáiz.
Teatro: Centro Cultural de la Villa. (12.12.2006)
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Se ilumina el escenario en el que dos intérpretes –que actúan como personajes- hablan entre ellos acerca del procedimiento para montar una función sobre poemas. El Hombre y la Mujer conversan entre unos muebles envueltos y folios de textos o papeles con cálculos económicos, quizá preparando la salida hacia una gira. En las propuestas de cada uno vamos escuchando sus versos elegidos. Queda así estrenada Cartas cruzadas. Serán limpios, con buenas voces -Mónica Martínez y José Luis Sáez, también el director), con la ayuda del músico Antonio Rodríguez.
Inicia La Mujer con sus aportaciones, poniéndose una nariz de payaso, con una inimitable voz y gestos de Gloria Fuertes, su Cartas de verano. Con la poetisa arranca la antología de esta representación: una carta de amor sobre la herida/cura más que un quirófano. Una a otro, de salto en salto, van los dos personajes-actores a través de la visión de las dos Españas. Desde los poetas hasta el otro lado de los puentes. Desde la generación del 27 -García Lorca y Luis Cernuda-, hasta los del 50 y del 60: de la posguerra en busca de las libertades perdidas y los amores sentimentales, como los de Blas de Otero, José Agustín Goytisolo, Ángel González, Gil de Biedma o Luis Alberto de Cuenca; un total de más de una docena.
Las lecturas de versos en los escenarios son siempre un disfrute, más aún cuando se trata de los grandes autores, cuando son bien leídos. En este caso, hay una diferencia: los textos se convierten en personajes que no cuidan ya sus ritmos. De forma teatral, cada poema se convierte en individuo, y las estrofas, las rimas y la mente interior de cada autor, son robadas, como anónimos y pertenecientes a los dos personajes de la función.
Enrique Centeno

De izquierda a derecha: García Lorca, Luis Cernuda, Gil de Biedma, José Agustín Goytisolo, Blas de Otero, Luis Alberto de Cuenca, Ángel González, Gloria Fuentes.

sábado 22 de agosto de 2009

Belmonte **

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Dirección artística y coreografía: Rubén Olmo.
Dirección escénica: Esteve Ferrer.
Compañía: Rubén Olmo, Ana Agraz, Adrián Mejías,

Sara Campos, David Coronel, Mª Jesús Bustos,
Eduardo Leal, David Coria.
Cantaor y guitarra: Jesús "El Almendro" y
Españadero.
Figurinista: Josep Alhumada.
Iluminación: Juanjo Llorens.
Teatro: Albéniz. (9.7.2006)

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El subtítulo de este espectáculo añade La danza hecha toreo. La danza española se ve pocas veces con argumentos o historias: recordemos algunos inolvidables espectáculos de la compañía de Gades. Así se irá avanzando en diferentes momentos da la vida del torero Juan Belmonte, sevillano que mantuvo siempre a sus aficionados partidarios enfrentados a quienes preferían al matador Joselito. Este último murió en la plaza bajo el astero; el primero, se suicidó en su finca años después, allá por 1956. Este es el tema de una puesta en escena: en ella se utiliza la coreografía adecuada, tensa a veces, brillantemente coloreada e iluminada. Otras veces, cortando la exhibición de capas y muletas en sus bailes, se aprovecha la búsqueda del fácil espectador llevándole al tablao de turistas y de ánimos y corros. Bien tocado y cantado, oímos sus ricos estilos y formas, desde la zoronga o bulerías hasta el sentimiento de la saeta.
El toreo y la danza son peligrosos para quienes no se entusiasman con el tema taurino. Quizá tampoco nos llegue demasiado conocimiento de aquel maestro Belmonte, que se entremezcla entre poemas de zapateos y cuerpos erguidos y embellecidos. O gusta el toreo, o no aprobaremos que se nos meta en el baile. Aquí, la elegía al suicidio es difícil, y no hay quien pueda encontrar oposición cuando hay poesía en lugar de baile. Ahí va el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, cuando el poeta García Lorca nos relata La cogida y la muerte haciendo admitir la plaza a cualquier lector, amante o no. El director de esta compañía de Rubén Olmo, nos da cuenta con una radiografía del matador, “pillo callejero”, que daba capotazos. Otro “pillo” sabemos que fue llevado a ver una corrida y le preguntaron qué le estaba pareciendo, por lo que contestó: ¿Cuándo pilla el toro y se mata a un torero? Cuentan que siempre lo ha seguido pensando, pero se entusiasma con la danza: clásica, contemporánea o española. Será mejor que no deje de acudir, esta vez, con canto, toque y baile, hecho con excelente arte y formación.
Enrique Centeno

Bebé ●

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Autor: Christopher Durang.
Versión: Juli Disla.
Intérpretes: Marta Velenguer, Juli Disla,

Toni Agustí, Victoria Salvador, Lola Moltó,
Aline Rubinato.
Escenografía: Assad Kassab.
Dirección: Rafael Calatayud
(La Pavana Companya).
Teatro: Círculo de Bellas Artes. (6.3.2007)
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Este pobre Natacha fue un bebé al que su padre y su madre criaron, desde su inicio, de un modo histérico. Esta pareja es un matrimonio que habita en un extraño domicilio: un espacio abierto, viejo, sin muebles y de paredes con garabatos. Desde su ignorancia, su estupidez y la ridiculez, se pretende, sobre todo, provocar las risas a los espectadores. Unos se ríen de ellos; otros sienten pudor; algunos, simplemente desinteresados. Es ese estilo del comediógrafo norteamericano que, de vez en cuando, llega por aquí al teatro, esperando obtener el éxito que consigue en su país. Sus obras, como Carcajadas salvajes o Aquí necesitamos desesperadamente una terapia, son comedias estúpidas, igual que este Bebé.
El niño y joven hijito necesita todo este tiempo –largo, interminable-, como todos los demás, una quimioterapia. Por lo visto, no se sabe si es niño o niña, vestido de muchacho o de media mujer y, en un alarde de imaginación, con una falda escocesa.
El matrimonio y el resto de los personajes –como una loca y salida canguro que se tira al padre a ratillos- son un conjunto de seres a quienes no les sería suficiente el psiquiatra sin ingresarlos en un manicomio. Yo miraba de reojo a un muchacho que reía a carcajadas montado a caballo sobre la butaca.
Tanto la dirección, la escenografía y el grupo de luchadores en esta obra, causan mucha pena.
Enrique Centeno

viernes 21 de agosto de 2009

Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny ****

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Autores: Bertolt Brecht, Kurt Weill.Traducción: Feliu Formosa.
Intérpretes: Constantino Romero, Pedro Pomares,
Teresa Vallicrosa, Mónica López, Antoni Comas,
Ricardo Pérez, Xavier Fernández, Abel García,
Enrique R. del Portal, Mª Jesús Comerón, Silvia Luchetti,
María Circi, Goane Marckinez, Silvia Martín,
Roman Portalés, Francisco Carvalho, Francisco Pi Galasso,
Antonio Queimadelos, Paul Michel Tisseierre y otros.
Vestuario: Antonio Belart.
Escenografía: Jean-Guy Lecat.

Iluminación: Javier Aguirresarobe y José Miguel López.
Dirección musical: Manuel Gas.
Dirección escénica : Mario Gas.
Teatro: El Matadero. (28.6.2007)
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En los últimos años, el viejo Matadero había deseado convertirse en un gran espacio de las Naves del Arte. Hoy lo es ya, y lo recibimos con entusiasmo. No son acontecimientos frecuentes: muy cerca de la nave de Animales, en el mismo Legazpi -todo el centro de los antiguos Mercados- se encontraba destruido también el Mercado de Frutas. Un lugar muy amplio, en el que se representó alguna obra salvaje. Fue hace más de veinte años -1984- cuando aparecieron, entre sus paredes y sus techos, monstruos zombis que daban pánico: el Accions, primer montaje de La Fura dels Baus, que fue creado con intensidad de sentidos, reflexiones duras, y búsqueda de estilos. Vimos después que poco a poco, aquello se perdió, se vendió y se cambió de ideología para conseguir el mejor negocio. No sé si todo esto viene a cuenta de La ascensión y caída de Mahagonny, pero en aquel espacio del Mercado se comienza en la actualidad a construir un edificio del Ayuntamiento. Aunque lo verderamente terrible hoy es la amenaza inmediata de la destrucción del Teatro Albéniz de esta ciudad. Lo único hermoso ahora es que El Matadero, con el empeño de la concejala de Las Artes del Ayuntamiento, Alicia Moreno, (que ha aprovechado muy bien al director del teatro Español, Mario Gas), se ha convertido en uno de los bellos espacios en estas arcadas de las Naves. Brecht abre su telón para comenzar el espectáculo de el ascenso salvaje, que aquí aparece en la fantasía real, que es lo de siempre y en en todas partes: no será entendido así por cierto público. Algunos deben pensar que no se puede mirar alrededor. Una ciudad rectangular -como, por ejemplo, Marbella-, prolongada por la explotación y que obliga, en este gran escenario, a contemplar la ciudad de Mahagonny moviendo la cabeza de un lado a otro.
Ante y tras el telón americano, suena Ascensión y caída de la ciudad de Mahagonny. Esta historia cruel es una obra principal de Brecht en la que se dirigía “A los hijos de la época científica”, como exigía en su método -el Órgano o reglas- de sus creaciones teatrales. Es también imprescindible el coautor y genial músico Kurt Weill.
En este gran escenario, fuera del espacio tradicional, aparecerán primero, en el vacío, tres criminales fugados de la prisión policía: Moisés, Fatty y Leokalja. Parados por la avería de una camioneta robada en una población perdida, decidirán dominarla convirtiéndola en el centro de los negocios con prostitución, juego, violencia, el poder de la corrupción y recalificación; la ley en la nueva Mahagonny.
La puesta en escena debe romper el realismo, para que el espectador se aproxime al presente y se abra a la crítica actual. La acción consiste también en la ruptura de los personajes mediante las canciones siempre inolvidables y presentes de Weill: llegan hasta la emoción, como En esta cama estamos y estaremos, Luna de Alabama, La construcción de Mahagonny… y tantas baladas, bajo la hermosa orquesta y sus óperas.
Esta ópera teatral interpreta el acercamiento a los personajes y el alejamiento. Espléndidas voces de tenor, bajos y barítonos, como la de El lobo de Alaska - Abel García-, o el Jim Mahoney -Antoni Comas-, que hacen perfectas rupturas -Efecto V de Brecht- y la de todos los actores en el numeroso reparto. Es hermoso e inteligente el vestuario –Antonio Belart- y los maquillajes pastosos, rica en iluminación y audiovisuales –Javier Aquirresarobe y José Miguel López-, todo bajo la dirección de Mario Gas, maestro como siempre. Y los actores, como Constantino Romero –ya le conocemos bien-, Pedro Pomares y Teresa Vallicrosa, con sus tres personajes perfectos. Mónica López hace temblar con sus baladas y su cuerpo; es imposible citar a muchos más, introducidos en un conjunto total de ochenta personas. En un procedimiento que choca a veces con el estilo de los llamados Covers, dicho sea con la admiración, y que llega al asombro y el enamoramiento de Silvia Luchetti entre otras, así como Los hombres junto a Las mujeres. Es toda la seducción que rompe con el propio personaje para seguir la historia con el examen del espectador.
Jean-Guy Lecat crea su escenografía difícil, y lo resuelve, precisamente, con el espacio abierto al movimiento y las carreras, o con grandes lugares internos. Ciertamente, que en esta belleza hay una obligada imposición: la creación ambiental, la cual se escapa al propio director, aunque en algunas escenas –como la del Juicio del segundo acto- consigue unir el conjunto.
Finalmente, la dirección musical de la gran orquesta la hace Manuel Gas, cuyos músicos están siempre presentes en el placer del espectáculo.
Enrique Centeno

jueves 20 de agosto de 2009

Antígona ***

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Autor: Sófocles (Traducción y adaptación
de Jeroni Rubió i Rodón).
Intérpretes: Clara Segura, Pep Cruz,
Pau Miró, Babou Cham, Màrcia Cisteró,
Enric Serra, Xavier Serrano.
Escenografía: Oriol Broggi y Pau Carrió.
Vestuario: Roser Vallvé.
Iluminación: Pep Barconos.
Dirección: Oriol Broggi.
Teatro: La Abadía ( 8.2.2007).
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Este espectáculo corresponde a la traducción y algo de la versión sobre el original de Sófocles, y por fortuna esta vez no se trata del texto transformado para el lucimiento propio y su actualización con el invento de una historia de hoy. Sus visiones actuales son numerosos títulos de grandes escritores, cono Anouilh o los dos españoles que estrenan hoy –son palabras mayores-, Salvador Espriu y José Martín: no las del director por su cuenta. Se fotografía en este montaje el antiguo drama griego, y el propio espectador siente igual el pasado que el presente. Es la grandeza que siempre asombra del genio de hace dos mil quinientos años.
El escenario se monta sobre un campo de tierra fuera de los muros del reino de Tebas. Allí, entre las arenas, un paisaje apenas exhibe dos olivos mediterráneos, con todo el pueblo a sus dos lados -queremos decir, el público-, que contempla el lugar donde Antígona busca el cadáver de su hermano Policines, muerto en batalla, al igual su hermano frente a él. Allí se encontraba insepulto por orden del rey Creonte. Tal enfrentamiento hace crecer las muertes: el suicidio de ella y, después, el de su novio, hijo del rey. La memoria llorará y rechazará tanto la batalla anterior –entre hermanos- como el abandono de los cadáveres. Aquella lejana leyenda la trajo Sófocles, y aquí está hoy otra vez. Casi da miedo ver tan cercano al campo en el mismísimo Teatro de la Abadía.
Las voces se proyectan como personajes de coros. La poesía resuena en el desierto por una compañía de musicalidad estremecedora. Son actores y actrices que dominan todo ello de una forma extraordinaria. Es el mejor resultado sobre Sófocles no recordado en muchos años. Los personajes visten en la realidad intemporal y, al mismo tiempo, de aquella Grecia. Una coreografía en la que el movimiento del grupo se crea entre luces, rostros, y fantasmas de la batalla, la muerte o el suicidio.
Enrique Centeno

miércoles 19 de agosto de 2009

Amor de Don Perlimplín *

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Autor: García Lorca. (Adaptación, con Valle-Inclán
y palabras de Yoichi Tajiri)
Compañía Ksec Act. (Nagoya, Japón)
Dirección: Kei Jinguji.
Teatro: La Abadía. (20.9.2006)

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Una adaptación de esta compañía japonesa, que consiste en romper el original incluyendo parte de la tragedia de Ligazón, de Valle-Inclán, y textos añadidos. Desean entremezclar el Amor de Don Perlimplín con hechos que escribió Lorca, acerca de este viejo soñador –realmente, este tipo de personaje es ya clásico, desde Calderón y Cervantes-. Así se anuncia el comienzo, descubriendo las “noticias” o crónicas, en una sábana de hojas de prensa, cuyas páginas se estrujan, como un telón caído de las noticias o acontecimientos de la dulce aleluya del Amor: como si se tratara en la inspiración de Lorca de los dramas de Bodas de sangre o de Yerma.
Este comienzo es de fuerza expresiva en un diminuto interior cerrado en un cubo metálico. Dentro, se ven elementos de atrezos y utilerías con muebles viejos, el camastro, el sucio lavabo con desastroso retrete, colgadores caídos con el reloj abandonado y detenido. Allí están los personajes con vestuarios decadentes, con maquillajes o máscaras blancas. Con voces cercanas al teatro japonés, pero deformadas en un manicomio de frías vigas. La compañía japonesa, Ksec Act, no trata una pintura, sino el expresionismo -algo cercano a Kantor-, de los amores a Belisa; y muñecos que conviven con los actores. El título completo de la obra de García Lorca es Amor de Don Perlimplín con Belisa en su Jardín.La noche en las tinieblas de una pasión imposible, la tragedia del suicidio en una estremecedora última escena; en este montaje no habrá jardín, ni la belleza poética de un palacio japonés. Lorca llama a su drama Aleluya erótica en cuatro cuadros y un prólogo, estampas de colores rojos y azules, sueños y tragedias entre el amor y la imposibilidad: “Sí?/ Sí/ ¿Pero por qué sí?/ Pues porque sí./ ¿Y si yo te dijera que no?” El conocido diálogo que inicia la reconocida obra, entre Perlimplín y su criada Marcolfa, marca ya el juego poético del drama, entre versos de lamento, casi infantil, ante los espectadores aniñados. No es posible, entre basurero escenográfico, con voces deformadas, crímenes con tijera –el robo a la de Valle-Inclán-, o con esta Marcolfa celestina. Imposible dar la fuerza final de la criada, tomando al cadáver: “Don Perlimplín, duerme tranquilo… ¿La estás oyendo?”. Si no, el público tendrá pesadillas en lugar del amor y su erotismo.
Enrique Centeno

martes 11 de agosto de 2009

Zanahorias *

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Autor: Antonio Zancada.
Intérpretes: Natalia Hernández, Eva Higueras,

Carmen Ruiz, Antonio Zancada.
Dirección: José Bomás
Teatro: Fernando Fernán-Gómez (CC Villa
17.1.2008)
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El teatro del Centro Cultural de la Villa de Madrid se inicia hoy con su nuevo nombre, el del fallecido Fernando Fernán-Gómez (noviembre, 2007).
Vaya manera de hacerlo, precisamente, con esta función titulada Zanahorias. Se trata de un entretenimiento que pretende ser una especie de vodevil con mujeres y hombres en la corte real –en total, cinco-, vestidos en una escenografía burlona, todo del siglo XVIII –más o menos-. Allí están con su conde, su marquesa y esas cosas. Durante casi una hora y media, dan gritos irrespetables sobre un texto tópico, disparatado, sin que logren una sola sonrisa entre los espectadores –los amigos, en las últimas filas, se partían de risa, y aplaudían y todo: qué poco pudor-. Las gracias son unas frases vulgares, que nos dolió en intérpretes como Natalia Hernández o Eva Higueras. Uno de los actores es también el autor. Ahí aguantamos.
E. C.

Troilus & Cressida ***

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Auror: William Shakespeare.
Intérpretes: Anthony Mark, Tony Darrow

Lucy Briggs-Owen, Richard Cant, Davis Caves,
Oliver Coleman, David Collings, Gabriel Fleary
Mar Olgate, Damian Hearney, Ryan Kiggell
Espacio escénico: Nick Ormarod.
Dirección: Declan Donnellan.
Teatro: El Matadero. ( 17.7.2008)

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Se considera que este Troilo y Crésida no pertenece a las grandes tragedias de Shakespeare. Se inspiró en un antiquísimo relato –muchas de sus obras fueron tomadas de hechos anteriores- sobre el drama de esta pareja, a la que situó entre los personajes épicos de la Iliada, de Homero, en la larga guerra de Troya. Aparecen muchos de aquellos mitos de los dos ejércitos enfrentados. Allí entremezcla a Troilo y la lubricosa Crésida. El tema amoroso más trascendental es el de Paris y Helena, provocadores de aquella guerra; los dramas de amor (Romeo y Julieta, Otelo) le gustaban al escritor, y el que vemos hoy, es muy poco representado.
Es este un buen montaje del director, Declan Donnellan, a quien ya conocimos en varias ocasiones, y que hace dos años nos visitó con otro Shakespeare, Cymbeline, en el Teatro Español.
Este espectáculo admiró a todos, y una parte del público le dedicó el día del estreno numerosos aplausos e incluso varios bravos. La escenografía es un ancho pasillo, únicamente con láminas cóncavas en los extremos. Los espectadores se sitúan en los laterales, muy próximos para contemplar la guerra, el odio y el amor, todo con un reparto envidiable. La plástica más rica es el vestuario, intemporal en trajes actuales o del pasado fantástico: un ejército viste a los soldados de blanco y, enfrente, con los uniformes negros de Grecia ante la guerra con Troya. Lo más sublime son los actores. Unas escenas bellas en la continua presencia, en textos o en esgrima. Estos actores son grandes figuras del teatro inglés –véase la ficha-, todos asombrosos en sus trabajos.
Algunos sentimos un cierto cansancio en un juego algo repetido de construcción en movimientos, durante las más de tres horas, en idioma inglés. Sus muchos hallazgos no impidieron a nadie sentir un gran placer.
Enrique Centeno

lunes 10 de agosto de 2009

Teatro Delusión ***

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Compañía Flöz
Intérpretes: Paco González, Jesko den Steinen
& Sebastian Vogel. Vestuario: Eliseu R. Weide.
Máscaras: Hajo Schüle.
Dirección: Michael Vogel.
Teatro: La Abadía. (8.5.2008).

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Son muñecos de ilusión con cuerpos humanos; no son de varilla, de mano ni de hilos, sino personajes vivos. Seres de rostros sin gestos que giran la cabeza, miran al suelo o al techo, se detienen con sus miembros, se trasladan en un teatro dentro del teatro de La Abadía. ¿Dónde está la magia, el misterio o las imágenes fantásticas?
Toda la acción transcurre entre las cajas de un supuesto gran escenario, para el concierto y el ballet. Vemos allí a los trabajadores –maquinistas, iluminadores, técnicos- que permiten la puesta en escena entre viejos proyectores, cables, varillas de pared o “patas” laterales; todos obedeciendo al regidor. Por allí andan los músicos, los artistas y la bailarina de ballet: vestuarios con los que se multiplican, en brevísimo tiempo, estos tres formidables actores del mimo.
El argumento general –varios episodios- muestra unos personajes de este Teatro Delusión -Compañía Familia Flöz, Alemania- sentimentales, un encantamiento del propio teatro, vivido amorosamente, tanto frente al público como tras la escenografía. Los espectadores de esta representación los despidieron con grandes y emocionantes aplausos.
Enrique Centeno

domingo 9 de agosto de 2009

Soy la solución ***

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Autor, intérprete y dirección: Albert Vidal.Teatro: La Abadía. (24.4.2008)
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Se nos dice en el programa de mano que Albert Vidal actúa, por primera vez en Madrid con Soy la solución. Recuerda muy bien su presencia en esta ciudad. La primera fue en 1987, y consultamos nuestras críticas de entonces: allí estaba aquel impresionante espectáculo, la reflexión y el terror de la vida en su Alma de serpiente. Fue en el teatro Alfil, antes cine “X” y anteriormente un teatro: ahora se volvía a recuperar, y necesitó una fuerte reforma. Estaba su interior en total destrucción y lleno de escoria. “Durante hora y media, permanece enterrado entre varias toneladas de tierra”. Cómo olvidar a aquel personaje que entre gigantes tambores y cornetas traídos de Calanda, asciende al real cosmos convertido en un mimo.
No le vimos solamente esa vez. En los cimientos de un profundo foso de una obra en construcción(en Príncipe de Vergara, entonces General Mola), apareció Albert Vidal: ante una excavadora conducida hacia él. El público lo veía asustado desde arriba, como un torero ante un toro metálico: triunfa el loco Vidal agarrándose a la pala que sube y baja sin que él pierda la batalla: esa no es de toros; es contra la construcción, llamada hoy el mundo de los ladrillos.
Otra vez más le vimos, entonces en el Zoo de Madrid: El hombre urbano. Durante las 24 horas vivía en el foso de animales, donde hacía su vida normal: desayunaba en pijama, se introducía en la grutas y allí pasaba el día parecido al de un oso: la existencia inútil y oprimida en la falsa libertad individual. Cada visitante, casi siempre con niños, se detenían allí con la reflexión provocada.
Ahora ha venido a Madrid tras quince años. Ha pasado ya los sesenta años, y es uno de los grandes mimos (su maestro fue el genio Marcel Marceau, que se mantuvo hasta sus ochenta y cuatro años, 2007), catalán formado en Italia y en Francia con el maestro Lecoq. (La verdad es que entre nosotros todo el mundo afirma que ha estudiado con él, una mentira para presumir en su falsedad: es como tantos que dicen que han hecho estudios con Jhon Strasberg). Apenas con cuatro palabras, el mimo Vidal ha paseado por todo el mundo con Soy la solución. Son varios temas en actos breves. La ignorancia, la explotación, el aislamiento o la revolución van pasando por el hombre –con traje negro e informe- con la expresión de sus gestos, signos manuales y corporales, con unos ojos que electrizan sus ideas y su visión de la sociedad. A veces produce el humor que traslada a la tristeza. Los espectadores parecen como si fueran también mimos, al llevar sus miradas a cada escena y cada gesto. Sesenta minutos. Una hora que son sesenta minutos de la vida.Enrique Centeno

Romances del Cid **

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Anónimos
Versión: Ignacio García May.
Intérpretes: Jesús Hierónides, Muriel Sánchez,

Francisco Rojas.
Música: Alicia Lázaro.
Escenografía y vestuario: Juan Sanz

y Miguel Ángel Coso.
Iluminación: Miguel Ángel Camacho .
Dirección: Eduardo Vasco.
Teatro: Pavón (CNTC). (5.3.2008)

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Se encontró primero un breve manuscrito de la historia del Cid y, más tarde, el Poema de mio Cid, ya copiado por Pere Abad en 1140. Así lo aprendimos todos gracias al imprescindible Menéndez Pidal. Estudió muchos romances –como también lo hizo Dámaso Alonso- que, hasta el siglo XV, se habían versionado en fragmentos y poemas sobre la historia y fantasías de Rodrigo Díaz de Vivar y de la Guerra de la Conquista. Los juglares conocían, desde el principio hasta el final, el largo relato entre diferentes cambios en los versos: tanto, que pudo ser pasado al papel. Estas noticias que se contaban por pueblos, hicieron posible poseer la más antigua obra de nuestra literatura escrita. La Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC) acaba de estrenar un conjunto de las poesías posteriores -hasta el siglo XVI- donde ya volaron los cuentos en el denominado Ciclo de Romances del Cid. La elección para este montaje la ha hecho Ignacio García May que, entre sus numerosos títulos, se ocupa de la guerra actual. También trasladó al teatro para la CNTC la novela cervantina Viaje del Parnaso. Hace muy bien la selección de los textos para engranarlos, por encargo del director Eduardo Vasco, igual que lo hizo en la citada obra.
Pensamos que podría haber sido mucho más apasionante la puesta en escena -abreviado, como el de Cervantes- del texto del Cid, cuyas historias, personajes y acciones, podrían resultar fantásticos y, desde luego, mucho más rico en el teatro (que no se haga, por favor, Las mocedades del Cid , de Guillén Castro). Porque esta versión la monta Vasco con tres intérpretes que recitan aproximándose a los personajes de los romances, con efectivismo insuficiente. Con breves movimientos y ritmos, el cuidado trabajo no consigue convertirse en teatro. Y, además, se hace duro, cansado e incluso se pierde para el numeroso público.
Situada en el centro, la escenografía se forma con un soporte cúbico, metálico; su interior es un verdadero bazar de ropa, casco, turbante, espadas y muñecos de madera: hasta un azor de cetrería. Los personajes son estampas con movimiento y versos de las leyendas. Pétalos de los anónimos para formar un ramillete de poemas, -delicadamente iluminados por Miguel Ángel Camacho-, entre bellos y sencillos trajes. Dulces son las canciones que canta Muriel Sánchez con la emoción en los romances moros, fascinante entre las músicas preciosas compuestas por Alicia Lázaro, que son interpretados brillantemente –Eduardo Aguirre, Alba Fresno, Ángel Galán-, aunque como actriz, no sabe usar lo que no sean voces agudizadas; algo similar le ocurre a Jesús Hierónides. Los sentimientos, los autodiálogos, los cuentos y los llantos, los dice maravillosamente Francisco Rojas, rico en sus tonos cambiantes, y preciosos ritmos en los versos.
Enrique Centeno

miércoles 5 de agosto de 2009

Quixote ***

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Autor: Miguel de Cervantes
En versión muy libre de Pablo Ley y Colin Teevan.
Intérpretes: T. Bell, S.Casey, A. Ctaig, A. Dennis,
R. Donovan, G. Hicks, A. McMahon, C. Mottram,
L. Oower, Ph. Soteriades.
Escenografía: Gedeon Davey.
Dirección: Josep Galindo.
Cia. Mom Produccions y West Yorkshire Play.
Teatro: Madrid (26.10.2007).
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Hay muchas formas de caer en la locura. Nos leen, en el inicio, Quixote, las primeras líneas de Don Quijote de La Mancha, y otras a lo largo de esta función. Se trata de una versión muy libre y, naturalmente reducida en episodios abreviados. Vemos a Don Quijote enloquecido en un tiempo que no pertenece a aquel reciente medioevo y comienzo del renacimiento. Es muy legítimo alimentarse de la novela y llevarla a la escena a su manera, aunque, desde luego, es un disparate afirmar, en el programa de mano, un “juego que propone Cervantes”: no, este no fue un juego.
Este espectáculo es un placer. La búsqueda de un mundo nuevo. La crítica a la realidad es la del soñador manchego, que va pasando aquí en hermosas escenas. Sus episodios van trasladándose de lugar a lugar, y de historias a historias. Un estilo procedente del sistema de collar –aquí viene de perla en la representación-, para cambiar, en los oscuros, de los molinos a la fonda, los presos forzados, la lid o el encuentro con la compañía del teatro andante. Éstos últimos son la tentación de este montaje británico, recordando lo relacionando con su contemporáneo Shakespeare, con su falsa realidad de Una noche de verano. El espectáculo es divertido, burlón en sus quejas e inteligentísima ironía. Una buena idea también.
Enrique Centeno

martes 4 de agosto de 2009

Play Strindberg ***

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Autor: Frederich Dürrenmatt
Traducción: Moguel Sáenz.
Intérpretes: Nuria Espert, José Luis Gómez, Jordi Bosch.
Escenografía y vestuario: Jean-Pierre Vergier.
Dirección: Georges Lavaudant.
Teatro: La Abadía (27.9.2007)
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En aquella isla y su soledad, el maduro matrimonio va haciendo crecer su incomprensión desde el continuo aburrimiento y el silencio, hasta alcanzar un profundo odio. Esta obra sólo la pueden representar dos grandes actores: aquí se enfrentan nada menos que Nuria Espert y José Luis Gómez. Recordábamos ¿Quién teme a Virginia Wolf?, de Edward Albee, donde también un matrimonio peleaba cruelmente: fue el año 2000, y lo puso en escena Adolfo Marsillach, interpretada por él mismo –había vuelto a las tablas tras muchos años- con Espert. Aquí, otra vez aparece en una lucha contra el marido, esta vez con un insuperable actor.
De un modo distinto al de Albee, August Strindberg trató la ruptura de la pareja de matrimonio hace un siglo, en su Danza de la muerte (1900). La leyó en dos ocasiones Friederich Dürrenmatt, impresionado por estos personajes, y confesó que concibió su obra titulándola Play Strindberg (1968). Lejos de ocultarlo, utiliza este nombre al que rehízo. Y escribe que “la forma habitual de adaptar a Srindberg, mediante cortes, transposiciones, e inserciones textuales, le falsifican, lo cual es aún más grave en la medida en que se pretende interpretar al auténtico Strindberg”. Deberían aprenderlo estos inaceptables directores y dramaturgos, que vemos continuamente con Chéjov, Ibsen, Eurípides o Hampton, por citar lo que va ya en los primeros espectáculos de esta temporada. Por eso, aprovecharemos para señalar las palabras de Dürrenmatt.
El director, Georges Lavaudant, utiliza una plataforma giratoria para marcar espacialmente la danza o el baile cruel entre Alice y Edgar. Sus silencios, discusiones y luchas de púgiles, van buscando sus victorias en doce asaltos. Hasta que uno de ellos, la mujer, logra noquear e incluso matar al enemigo. Friedrich ha introducido la ayuda de un árbitro, el falso amigo Kart -Jordi Bosch, un buen actor- que pone en marcha su rencor hacia él y el deseo sexual hacia la mujer, a quien consigue llevarse a la alcoba.
La impresionante lucha entre Espert y Gómez –esta obra es imposible montarla con dos monstruos- la siguen los espectadores entre golpes y caídas hasta el K.O.; adivinando el final de esa macabra Danza de la muerte. Se aplaude con fuerza a los actores, y se une a ellos el inteligente director, así como el escenógrafo Jean-Pierre Vergier.
Enrique Centeno

domingo 2 de agosto de 2009

Tito Andrónico *

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Autor: Wiliam Shakespeare.
Traducción: Salvador Oliva.
Intérpretes: Enric Benavent, Alfonso Vergara,
Fernando Cayo, Juan Ceacero, Julio Cortázar,
Elisabet Gelabert, Javier Gutiérrez, Tomás Pozzi,
Nathalie Poza, Alberto San Juan, Luis Zahera.
Escenografía y vestuario: Beatriz San Juan.
Iluminación: Dominique Borrini.
Dirección: Andrés Lima.
Teatro: El Matadero (Teatro Español). (30.7.2009)

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Nos han contado la historia de Tito Andrónico que se inventó Skakespeare. Es la más cruel y sangrienta tragedia de sus obras. No es que esperáramos en este montaje una calidad extraordinaria, pero no un disparate.
El espacio lo ocupa un círculo giratorio elevado –sin decorado-, en el que a veces se añaden brevísimos elementos. Los actores permanecen alrededor, y van accediendo en cada escena que les corresponde. Las vueltas del redondel sirven para mover las acciones, un incomprensible procedimiento en el que se les va girando en este carrusel. Los personajes visten unos uniformes negros, algunos trajes actuales incluyendo el frac. Da la impresión de que se representa un simple ensayo, quizá al que algún actor ha llegado tarde desde una fiesta. El violoncello lo interpreta una supuesta criada con cofia –Aurora Martín Arévalo-, que además se dirige al público para indicar que la mesa está servida; el brillante trompetista –Raúl Miguel- toca bajo una luz cenital con su correspondiente elegancia.
El inicio de la obra es el discurso del Emperador de Roma, interpretado por Javier Gutiérrez con voces agudas, molestas, que perturban el texto. Tras sus elogios y honores, ya anunciado, aparece entonces el triunfador general Tito Andrónico, con casco y coraza -sobre su ropa-, acompañado por su hermano, los hijos y, entre ellos, la vencida reina de los godos, Tamara, que interpreta correctamente Nathalie Poza. Con ella el esclavo y oculto amante Aarón, un moro con maquillaje similar al de Baltasar de los Reyes Magos, al que defiende el actor Fernando Cayo tal y como puede dentro de este reparto. Pero todos son arrastrados por quien se otorga representar al protagonista, Alberto San Juan. Está casi igual al comienzo que al final, con diálogos o monólogos rítmicos, punto tras punto en cada frase. Desde sus penas por la pérdida de numerosos hijos; de sus crímenes –incluyendo a uno de ellos-; el agotamiento pasando por su vejez; su encerramiento tras su mutilación, y una fingida locura que transformará a este General en un “magnífico” cocinero que horneó el más famoso pastel de la Historia.
Hay varias escenas en las que la fuerte brutalidad de Shakespeare alcanza un ambiente gore. Casi todo llega a las butacas como información sobre la tragedia, con algún momento enternecedor: la escandalosa violencia en el dolor y los llantos de Lavinia -sin manos y sin lengua-, que en su desesperación consigue escribir el nombre de los culpables sobre la arena, usando un palo entre sus brazos y su boca. El director, por cierto, lo cambia por un puñal.
La mayor parte de los actores, en este montaje no van más allá de una calidad simplemente discreta, quizá por la torpe dirección o porque esta tragedia son palabras mayores para voces menores. Sólo aparece una formidable interpretación, la del actor Enric Benavent en el papel de Marco Andrónico, el más inteligente personaje, testigo de las falsedades y crímenes.
De todo este trabajo se encarga Andrés Lima, conocido y respetado en otras obras con la Compañía Animalario, donde también ha dirigido o escrito, al igual que el actor Alberto San Juan. Se le ha ocurrido montar la función en la limpieza completa, pero el motor del círculo –quizá lo propone la escenógrafa, Beatriz San Juan- no da vida al mundo de este Tito Andrónico. Acciones en un tiovivo, un final que nos parece un estroboscopio.
Enrique Centeno