martes, 29 de septiembre de 2009

Hotel Paradiso ****

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Creación: Hajo Schüler, Michael Vogel,
mas los mismos actores.Intérpretes: Anna Kistel, Sebastian,
Thomas Rascher, Frederich Rohn.
Vestuario: Eliseu R. Weide.
Máscaras: Hajo Schüle.
Dirección: Michael Vogel.
Compañía Flöz.
Teatro: La Abadía. (26.9.2009)

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Estuvimos espiando, desde la acera de enfrente, un viejo hotel que queríamos conocer para entrar como huéspedes. Se llama Hotel Paradiso, calificado con cinco estrellas, con el dorado lema ya amarillento. Veíamos el hall, y en la recepción había un señor, mayor, sin uniforme, que tras el mostrador parecía desganado. En este silencio, apareció una mujer vieja, apoyada en su bastón y con un plumero en la otra mano. Avanzó lentamente y -vaya sorpresa- comenzó a pasar el polvo por las paredes -lo pedían a voces-, subiéndose a una silla para alcanzar un viejo retrato, sin duda de los antiguos descendientes. La tranquilidad propiciaba una apacible felicidad. Y de pronto empezaron a llegar una colección de diversos personajes. Como un señor del que no me acuerdo, deportistas que salen corriendo con sus vestuarios adecuados. Una mujer presuntuosa, de altos tacones, pantalón ajustado, colorines, con el mentón levantado, se acerca exigiendo su habitación rodeada de un montón de llamativas maletas. Y desaparece después por la escalera. Sale del interior un gigantón carnicero, con la hachuela levantada como si buscara hacer chuletas a alguien, aunque vuelve a entrar con más energía, pudiendo escucharse su sierra eléctrica. En la recepción no hay alarma alguna.
No seré yo quien le cuente nada, pero allí entró un caco –con negro pasamontañas- que no pudo robar en la humilde caja, y temerosamente se hizo a sí mismo una croqueta con la alfombra; lo descubrieron -un poco cadáver- y tuvieron que ocultarlo en un banco-baúl, al escuchar a la policía. Efectivamente, entró una gabardina con un comisario dentro, engreído, junto al inspector; pero no lograron encontrar ni al muerto ni a los sospechosos. Aquel lugar me enamoró: sorprendía, desde luego, incluso con escándalos, pero todo el hotel mantenía un absoluto silencio. Era apasionante, de modo que allí me dirigí para pedir una habitación. Fue imposible, porque detrás de mí había más de doscientas personas, algunas que se partían de risa y otras carcajeándose. Al parecer, pretendían lo mismo que yo. Muchos nos quedamos otra vez en la acera, esperando que saliera alguien por la puerta giratoria. Estamos todavía mirando fijamente.
A la compañía Familia Flöz la conocimos aquí mismo, en el teatro de La Abadía (2008) con Teatro Delussio. Siguen igualmente fantásticos, mimos que ocultan sus rostros e incluso cubren las cabezas con ricas máscaras. Los actores se expresan, corporalmente, de una forma asombrosa. Son en total únicamente cuatro intérpretes, que se multiplican en breves momentos sin que podamos adivinar quién se ha cambiado o quién está dentro de cada traje. Siguen siendo sorprendentes, y desearemos que regresen otra vez más.
Enrique Centeno

domingo, 27 de septiembre de 2009

Don Carlos **

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Autor: Friedrich von Schiller.Dramaturgia: Marc Rosich y Calixto Bieito.
Intérpretes: Begoña Alberdi, Ángels Bassas,

Rafa Castejón, Josep Ferrer,
Carlos Hipólito, Rubén Ochandiano,
Violeta Pérez, Mingo Ràfols.
Escenografía: Rebecca Ringst.
Vestuario: Ingo Kügler.

Iluminación: Nicole Berry.
Direción: Calixto Bieito.
Teatro: Valle-Inclán (CDN). (17.9.2009)

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Muchas historias se cuentan acerca del príncipe Don Carlos. Este hijo –el primero- de Felipe II es tan ajeno a la monarquía, que apenas se menciona, excepto que fue encerrado. Nos han contado de él que estaba loco. Después, unos historiadores aseguran que le mató su padre, quizá por temor a que llegara al poder este desequilibrado y, además, por los amores con su tercera esposa, María Valois; otros afirman que tuvo un accidente, por una escalera, del que quedó enfermo mental; la versión última es que Felipe II le encerró y ordenó que fuera envenenado, decidiendo él mismo en la prisión morir por inanición. El caso es que se murió este primogénito y que Schiller ha imaginado otra versión más.
Fiedrich von Schiller (1759-1805) quiso, en el Romanticismo, crear una tragedia operística –música de Verdi- plagada de fantasías. Como la del Confesor del Rey, el más curioso y llamativo personaje, la cortesana Princesa de Éboli, de quien en realidad lo único que conocemos es su seducción, bellísima, a pesar de ser tuerta, con un parche en su ojo derecho en el famoso retrato que vemos en las enciclopedias. Vemos en la obra su pasión –después despechada-, y el apoyo al pobre Don Carlos, que opuesto a su padre quiso ayudar a conseguir la libertad de Flandes.
Los dramaturgos de Don Carlos, Marc Rosich y Calixto Bieito, buscan una dura versión de la ópera con un estilo shakesperiano, con infidelidades, engaños, odios e incluso crímenes. El levantamiento español de la Contrarreforma fue una guerra religiosa; el Rey ejecutó a numerosos vencidos arrojándolos a tumbas abandonadas. Los dramaturgos han querido referirse a la represión y los asesinatos desde el siglo XVI hasta la actualidad. Son referencias desde el imperio del “aquí nunca se pone el sol” hasta la dictadura.
Con la sala encendida, el protagonista inicia la función recorriendo las escaleras -con un impreciso vestido de trapos viejos-, entre saltos y gritos, hasta situarse en el lateral del escenario, encerrándose en una especie de jaula metálica, una celda del preso Don Carlos que recita sus quejas y protestas. Una especie de Segismundo lejano, por suerte, del horroroso montaje de La vida es sueño que hizo Bieito en la Compañía Nacional de Teatro Clásico (2000), donde le gustó que al príncipe le hicieran una felación en el primer episodio, de modo que también ha querido que enseguida su enamorada le regalara una mamada a este otro Príncipe.
La hermosa escenografía –de Ingo Kügle, con iluminación de Rebecca Ringst- es un amplio invernadero en el que Felipe II cuida sus flores en la hilera derecha, y plantas en la izquierda, donde se desarrollan conversaciones monárquicas. Se haya buscado o no, parecía un mapa de Europa: a un lado el luciente Rey de España, y enfrente los Países Bajos. Desde el fondo avanza, en ocasiones, un gran aparato de hierros que representa la corte con el alto sillón de Felipe II, y que llega casi hasta el cielo. Insistimos en que todo ello es de gran imaginación, como los campos de amor del Príncipe. Hay también un precioso vestuario -Nicole Berry- lo mismo en los intemporales como en los impresionantes trajes de época.
Bieito dirige muy bien, con fuerza. La adaptación es confusa, no termina de construirse, con escenas que no se enlazan para desarrollar la historia: se escuchan con agradecimiento textos sensibles y poéticos. Y quizá la perdición es el actor que interpreta a Don Carlos; habla de tal modo que entendemos una línea sí y otras dos no, al menos la noche del estreno –en las filas de arriba- oíamos su voz grave e intentábamos averiguar qué era lo que decía. El personaje más construido durante toda la obra es el Confesor e Inquisidor, desde su falsedad, su cinismo hasta llegar al asesinato brutal con su morada estola y su crucifijo. Es quizá la escena más dramática, con una admirable interpretación de Mingo Ràfols. Es natural que Carlos Hipólito interprete a Felipe II, y están magníficas tanto Àngels BassasÉboli, por cierto, no vimos su famoso parche- como Violeta Pérez -Isabel de Valois-, junto a Begoña Alberdi, Rafa Castejón y Josep Ferrer.
Enrique Centeno

domingo, 20 de septiembre de 2009

La casa de Bernarda Alba ****

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Autor: Federico García Lorca.
Intérpretes: Nuria Espert, Rosa María Sardá, Teresa Lozano,

Rosa Vila, Marta Marco, Nora Navas, Rebeca Valls,
Almudena Lomba, Tilda Espulga, Marta Martorell
Montse Morillo, Bárbara Mestanzas.
Escenografía: Paco Azorín.
Vestuario: Isidre Punés.
Iluminación: María Domènech.
Dirección: Lluís Pasqual.
Teatro Español. (4.9.20o9)
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El público se sitúa a uno y otro lado del escenario. Un espacio rectangular, abierto, cuyos laterales se cubren con telones de malla opaca, que permiten ver todo el interior blanco, como la construcción escenográfica en la que se izarán en diferentes momentos, y descenderán tras el primer cuadro. La mitad del público frente a la otra mitad produce una cierta inquietud ya en la espera del inicio. Seguro que todos pendientes de esta función situada en un mundo ajeno; un testimonio. Es el drama de García Lorca más repetido –en el Centro Dramático Nacional, en 1998; más recientes en El Español, en 2006, o en 2007 en el Centro Cultural de la Villa de Madrid-, pero se acude a este estreno sabiendo que algo valioso va a ofrecer Lluís Pasqual, uno de nuestros grandes directores. Ya sabemos que bien conoce a LorcaEl público, Comedia sin público-, y que ahora se propone poner en escena La casa de Bernarda Alba, tradicionalmente situada en la Andalucía profunda. ¿Cómo lo hará este catalán? Nada de eso, ni falta que hace. Nuestro poeta lo denominó Drama de mujeres en los pueblos de España sin que quisiera situarlo en sus tierras. Pasqual no lo ha llevado allí; ni aquí. Ha obedecido a los vestidos negros que contrastan con las paredes blancas laterales -con una iluminación deslumbrante de María Doménech-, con claras baldosas, frías como lo es La casa, y un techado telón movible bajo los soles, embalando completamente a sus mujeres en una escenografía que ha creado Paco Azorín.
La represión y el encierro de las mujeres en el retablo de La casa de Bernarda Alba lo escribió García Lorca dos meses antes de su asesinato -19 de agosto, 1936-, y no se conoció hasta 1945, estrenándolo Margarita Xirgu cuatro años después. Comienza la función con la casa vacía, solo con La Criada limpiando -lo interpreta muy bien Tilda Espulga-, que rumia su celebración de la muerte del amo. Entrará a escena Poncia, servidora unida a la familia. Se va llenando la habitación con un hormiguero de mujeres tras el responso en la Iglesia.
La hija mayor –treinta y nueve años, hijastra del fallecido “Antonio María Benavides”- es Angustia,

una uva pasa y áspera del racimo de Bernarda -estupendamente Rosa Vila-, con la obsesión por casarse con un repetido e invisible “Pepe Romano”. La actriz Marta Marco crea muy bien a Magdalena, la segunda de la familia, sumisamente colgada en el racimo. El personaje de Amelia, de veintisiete años, lo hace Nora Navas, con la ternura de un ser tímido que declarara: “No sabe una si es mejor tener novio o no tenerlo”. La uva amarga es Martirio -su nombre ayuda, como en las demás-, frustrada por haberle sido prohibido relacionarse con mozo -lo borda Rebeca Valls-; Adela, a sus veinte años, se enfrentará a la represión y el castigo, con amante nocturno -del famoso Romano, entre cajas y mudo-, un vino dulce que terminó con la tragedia y lo hace maravillosamente Almudena Lomba. Y María Josefa es esa abuela considerada loca y encerrada en su habitación. Consigue salir a escena un par de veces, agarrada a su esperanza de salir fuera, de huir de esa casa y tener una hija nueva. Una preciosa fantasía de Lorca: como a un bebé, aprieta entre sus brazos el tierno cachorro de una oveja, que bien lo dice en unos versos dolorosos: Bernarda,/ cara de leopardo,/ Magdalena,/ cara de hiena/ (…). El personaje, brillante, siempre es encarga a una buena actriz, que en esta ocasión lo consigue estupendamente Teresa Lozano.
En el Primer Acto, con vestidos negros contra el blanco tapiz, rezan y susurran en sus sillas las siniestras mujeres. Ya se conocía a Poncia, y nos faltaba Bernarda, la cepa salada. Entró junto a las hijas, erguida, mirando –efectivamente como un leopardo-, asida a su bastón de mando y de golpes. Dictó su primera frase: ¡Silencio! ; Tribunal Inquisitorio de las cinco. Es el esperado enfrentamiento entre Bernarda y Poncia: Nuria Espert y Rosa María Sardá. Ésta con voz grave y ojos de aguas; ella con palabras agudas. Las dos formarán en sus diálogos un apasionante concierto del do-re-miSardá- y del fa-sol-la - Espert-; Poncia, voces bajas y miradas abiertas, y Espert, altas y rabiosas, a veces con la furia que lleva hasta dentro. Empezó Bernarda con la orden que hemos citado; la última frase en el oscuro final, la mastica temblando sus labios, tiritando por dentro su cuerpo, la casa y hasta las butacas tras el suicidio: ¡Silencio, silencio he dicho. ¡Silencio!. Rosa María Sardá siempre mira con sus abiertos ojos.
A Espert se le recuerda en el más famoso e histórico espectáculo de Lorca, Yerma , inolvidable en el Teatro de La Comedia (1971) -montaje de Víctor García (1936-1982), y hace poco, con textos del poeta y con Pasqual-. Por su parte, Sardá fue dirigida también por él en Madre Coraje, de Brecht, cuya creación será también inolvidable, desde aquel 1986. No sabía el público cómo cesar de aplaudir en pie cuando terminó la obra. A ellas y a Lluís Pasqual, dueño de la casa de Bernarda.
Enrique Centeno

lunes, 14 de septiembre de 2009

La cena de los generales **

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Autor: José Luis Alonso de Santos.
Intérpretes: Juanjo Cucalón, Sancho Gracia, Lorenzo Area,
Antonio Escribano, Jesús Prieto, Emilio Gómez,

Victor Manuel Dogar, César Oliver, Luis Muñiz, Adolfo de Grandy,
Ana Goya, Candela Arroyo, Juan de Mata, Lucía Bravo,
Virginia Mateo, Luis Garbayo, Borja Luna, Tomás Calleja.
Vestuario: Ana Rodríguez.
Iluminación: Juan Gómez Cornejo.
Escenografía: Andrea D'Odorico.
Dirección: Miguel Narros.
Teatro: Español. (3.9.2009)

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A los generales no los vemos cenar, y el comedor es como una reunión del poder militar a puerta cerrada: todo lo que vemos es la cocina, como un campo de batalla. Un enfrentamiento ya sin guerra tras la toma de Madrid, una ciudad donde los perdedores están en las cárceles, y los triunfadores vengándose. Son los presos quienes deberán guisar y luego servir junto a los falangistas.
Ocho presos son los que podrán cocinar para el General Franco, en un espacio que permitirá reencontrarse o conocer a los detenidos republicanos. José Luis Alonso de Santos adereza el menú con pimienta y perejil, mezclando a los leales y a los golpistas, con su habitual estilo entre la comedia y el drama, como en su última obra representadareestrenada- hace unos meses, Trampa para pájaros. Casi toda la función son golpes, de humor o de farsa, con un ridículo teniente de intendencia -cercano al esperpento del Cabo de Los cuernos de don Friolera- y, en el centro, un cambiante personaje, con su frac de maître, ausente u oculto en el restaurante del Hotel Palace, donde finge obedecer al oficial histérico y enloquecido ante la esperada llegada del Caudillo.
Hace ya más de tres décadas, llegó a España la primera y fulminante obra de Arnold Wesker La cocina. El estreno –quizá se hizo antes, pero lo desconozco- lo montó Miguel Narros en el Teatro Goya, de Madrid, –ya desaparecido- en 1973, con el asombro y un éxito completo. En sus inicios, Alonso de Santos quedó muy impresionado -hizo una humilde adaptación en una pequeña sala, de la que ha tomado La cena de los generales, que transcurre, claro está, en una cocina-. Aquello representaba una nueva savia inglesa, a la que se llamó Generación de jóvenes airados, y continuó con numerosos títulos como Sopa de pollo o Patatas fritas a voluntad, entre otras muchas –con dramaturgos comunes-, tras su primera, La cocina, que estrenó en 1957, cuando Wesker tenía 25 años. En aquella inolvidable cocina iban llegando desganados, los trabajadores, y entre los humos de los fogones iba subiendo el ritmo hasta alcanzar una locura desesperada y exhausta, sin fuerzas ya para salir del trabajo; la explotación.
Alonso de Santos vio el montaje de Narros y le ha encargado que lo haga también con su obra. El gran director ha metido las manos en la masa, y vuelve a ofrecer una vez más sus lecciones. La idea de La cena de los generales es una copia donde la juventud airada pasa a ser un invento acerca de un supuesto encuentro. Este juego no pasa de ser un pastel congelado. Demuestra la maestría de la construcción teatral en la que adopta una postura débil, con un excelente comercio para gran parte del público. Se escuchan tópicas zarzuelas -que canta con abuso uno de los presos-, folcloristas, coplistas o canciones de patio durante años de la posguerra; un truco que sirve para ir avanzando los tiempos de las escenas. La última es peligrosamente confusa o buscada. Se trata de una pareja republicana que se casa religiosamente, ante un cura “rojo” del penitenciario. Ella se ha disfrazado con un traje falangista –lo han conseguido quitándoselo a otra-, que le servirá para escapar. Y el final consiste en un largo baile de una pareja de vals con ella en brazos, subiendo a las cocinas, donde lucen los colores azules del vestido y su boina roja. Un canto de amor iluminado por focos cenitales de un cuento romántico entre este republicano y su ya esposa uniformada.
Todo el reparto – una veintena de intérpretes- es impecable, citando, forzosamente, a ese maître irónico y humorístico que hace Sancho Gracia, frente a un formidable actor, Juanjo Cucalón, como el Teniente, o la enérgica encargada que crea Ana Goya.
La potente producción consiguió abundantes aplausos; calientes, aunque no ardientes.
Enrique Centeno

sábado, 12 de septiembre de 2009

El otro lado ***

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Autor: Ariel Dorfman.Intérpretes: Charo López, Eusebio Lázaro, José Luis Torrijo.
Iluminación: Jose Manuel Guerra.
Vestuario: Dietlind Konold.
Escenografía y dirección: Eusebio Lázaro.
Teatro: Fernando Fernán-Gómez. (Centro de la Villa)
(9.9.2009)
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Hay sobre la pared una colección de retratos, la de muchos muertos. Uno de ellos enmarcado en blanco: es un vacío que desconocemos, durante la obra, a quién podrá referirse. Es un domicilio ruinoso, una vieja habitación rehabilitada, con dos ventanas de sucios cristales en que se reflejan los fuegos y explosiones de los bombardeos. Aquí se acogen la mujer Levana y su marido Atom, una pareja que va sobreviviendo durante los veinte años de guerra. Se ocupan de recoger y enterrar los cadáveres que van llegando. Son más de cinco mil muertes. Y vemos, continuamente, sobre un mueble, el retrato del hijo perdido en la guerra. El amor de esta pareja escucha por la radio noticias o mensajes: el último sería el final del conflicto. Ellos nacieron en los dos países enfrentados, pueblos cuyos nombres –no entendímos exactamente, pero se escuchaban así-, Tomis y Kontsanz, podrían ser del Oriente Próximo o Centroeuropa. Levana y Atom escuchan por fin, tras aquellos largos años bélicos y asesinatos, la llegada de la paz en un armisticio, pero conocerán también que el acuerdo obliga a la división y las fronteras. Es la historia eterna: todos en El otro lado, título de esta obra, con el precio de la separación de personas cercanas. Un soldado entra después, violentamente, entre los humos de los disparos, para conservar la paz. Este tercer personaje centra las mejores escenas de la función, como encargado árbitro del ejército internacional, e instala una cinta para marcar la separación que afectará a los más cercanos. Con el soldado, continúa presente el retrato del ausente hijo. Cómo irán reaccionando estos personajes y cuál será el final de ellos y del fusilero.
    El dramaturgo argentino radicado en Chile, Ariel Dorfman, escribió ya una obra sobre la violencia y el aislamiento, también con tres personajes encerrados en una habitación. La muerte y la doncella era mucho más cercana, escrita apenas terminar la dictadura de Pinochet. Emocionó a todos este estreno de 1993, con un reparto magnífico, protagonizado por María José Goyanes. Lo recordamos muy bien. En El otro lado, Dorfman mezcla el humor y el drama, con un escenario igualmente realista. Es una combinación muy complicada para la interpretación. En este montaje, el humor y la amargura van saltando de una a otra escena; algo que precisa de un gran director de actores capaz de lograr, en los diálogos, la tensión y la dulce sonrisa que llega hasta sus risas. Tanto Charo López como Eusebio Lázaro –también el director- crean personajes que caen en la falsedad. El realismo les lleva a una cercana farsa, con expresiones y voces falsas en sus alturas y ritmos. No se duda de la gran calidad de los dos, pero se ha escapado la dirección. Charo López consigue, en los últimos minutos, encontrar el personaje de su Levana cuando, cara al público, hace un impresionante monólogo. El actor José Luis Torrijo está excelente, en este soldado con nombre silenciado, y al que decidieron ellos llamar Iván. Un violento final explica su verdadera personalidad y lo imposible de esa paz en la lucha independentista, con enfrentamientos por la ambición imperialista, por motivos religiosos o por política. Son los últimos momentos que consiguen dar valor a una especie de sainete dramático.
Enrique Centeno

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Don Juan **

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Autor: Carlo Goldoni.
Intérpretes: Mon Ceballos, Vicente Colomar,
Javier Román, Pablo Huelos, Eva Higueras,
Maya Reyes, Gemma Solé.
Vestuario: Carolina González.
Escenografía: Carolina González.
Música: Rodrigo Guerrero.
Dirección: Vanessa Martínez
(Teatro de Fondo)
Teatro: Círculo de Bellas Artes. (8.6.2007)
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El Don Juan de Carlo Goldoni, creador del teatro italiano, es una comedia divertida, como tantas otras copiada o versionada de El burlador de Sevilla , de Andrés de Claramonte -atribuido tradicionalmente a Tirso-, y que llegaría a Mozart, Molière, Corneille, Zorrilla, Max Frich, Brecht entre muchos. Goldoni utiliza un argumento muy similar al primer acto original, con la huida a Nápoles, su primera aventura que se prolongará hasta el final. Ya no se retrata a un seductor obsesivo, truquista y engañador que causaría un continuo drama. El montaje consigue la diversión con este burlador enamorado convertido más bien en los deseos de cada una de las tres mujeres –Ana, Isabel y Elisea-, desde la pasión, la inocencia o la fiereza. Lo hacen muy bien las actrices, como los tres donjuanes que alternan los actores, también duplicados para los otros personajes.
Aumenta el humor según avanza la representación, con un trabajo eficaz sobre el texto. La escenografía y el vestuario, entre el Art-Nouveau y el Art-Decó, permiten algunos bailes graciosos con la música, en directo, de los violinistas. Esta compañía, Teatro de Fondo, da un paso adelante tras su anterior montaje, un Lope de Vega –El maestro de danza- frustrado. Ahora sí les vemos un espectáculo sabio y brillante.
Vanesa Martínez hace una excelente puesta en escena.
Enrique Centeno

martes, 8 de septiembre de 2009

Don Gil de las calzas verdes ***

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Autor: Tirso de Molina.
Versión de E. Vasco.
Intérpretes: Juan Meseguer, Montse Díez, Joaquín Notario,
José Luis Santos, Miguel Cubero, César Sánchez,
Pepa Pedroche, Toni Misó, Elena Rayos, Ione Irazábal,
Paco Paredes, Emilio Buale, Jordi Dauder,
Javier Mejía, Jorge Gurpegui, Rodrigo Arribas,
Xavi Montesino.
Arpa: Sara Águeda.
Iluminación: Ángel Camacho.
Escenografía y vestuario: Carolina González.
Música: Alicia Lázaro.
Dirección: Eduardo Vasco.
Teatro: Pavón (CNTC). (6.10.2006)
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El mismo día de este estreno, se ha hecho pública la concesión del Premio Nacional de Poesía a Caballero Bonald. Fue él quien, en 1994, hizo la adaptación de Don Gil de las calzas verdes, que le pidió Adolfo Marsillach, quien también encargó otros textos a grandes escritores –Francisco Ayala, entre otros- para su Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC). El montaje fue, sin duda, uno de los extraordinarios espectáculos de aquellos tiempos. Precisamente, ahora que se recuerdan los 20 años de la Compañía, no repondrá ninguno de los grandes montajes, de los que se conservan todo se material. El actual director, Eduardo Vasco, repite este título despreciando aquella adaptación, publicada por la CNTC. Y vuelve así esta divertida comedia, este enredo donde, una vez más, Tirso de Molina crea la fantasía de amores y su repetida defensa a la mujer; y de nuevo, con la mujer vestida de hombre, ese disfraz sugerente, un travestismo que entrevé, suavemente, incluso el lesbianismo.
En el escenario se ha montado de manera destacada, una copia del retrato de aquel religioso mercenario, que parece, desde su mirada, reír en sus propias cuartillas versos que escribe fuera de sus templos. A la salida del teatro Pavón, en este viejo barrio mirábamos, a cien metros, al vecino bromista Fray Gabriel Téllez, hijo de padre “incógnito”. Si preguntáis a un estudiante de bachillerato acerca de Tirso, lo que ven por sus libros de texto, les responderán sin vacilar: “Tirso de Molina es una estación del Metro”. Tendrían que entrar al teatro de la CNTC a ver Don Gil de las calzas verdes para conocer algo sobre el Siglo de Oro; aunque no deberían acudir a muchas otras obras de la programación, donde se cambian los textos, la versificación, la huída de su época, los ambientes, el esteticismo social y los temas.
En el lejano montaje al que nos referíamos al inicio de estas líneas, hubo un reparto inolvidable. Y se confirma en este de hoy la capacidad de nuestros tantos actores, todavía magníficos, que tendríamos que admirar continuamente. Pero la mayor parte de los empresarios los abandonan para sustituirlos por los “famosos” de las series televisivas. Podrá el espectador disfrutar y a muchos de ellos, como a Juan Meseguer, a la magnífica Montse Díez en su brillante juego y las dobles voces de Don Gil, o a Joaquín Notario, citados por orden de intervención. Correcta versificación –cortes-, fuertes voces de personajes: no siempre comunes en nuestro teatro. Incluso a pesar de que la dirección ayuda pero no enriquece el movimiento, se mantiene la estética tendente a la inmovilidad. También con un precioso vestuario, de Lorenzo Caprile, y músicas adaptadas o tomadas de entonces por Alicia Lázaro. La escenografía y el vestuario son de Carolina González, con bellos telones, cuadros, fondos y suelos. Históricamente, grandes pintores intervinieron en telones de fondo. Fueron aplicándose nuevos estilos, diferentes formas sobre la puesta en escena, desde el impresionismo o el expresionismo, en volúmenes dentro del revolucionario Arte Total. El espacio se diseña en este Don Gil de las calzas verdes sin mobiliarios, utilería, atrezzo, interiores, nivel o alturas. Recordemos que el cambio escénico dió origen al nuevo teatro desde principios del siglo XX (Adolph Appia) en Alemania o Rusia. El nuevo arte tardó medio siglo en incorporarse a España. Y esta CNTC a veces parece haber regresado al XIX, basándose únicamente en la limpia interpretación, colocándolos alineados, en filas frente al público. A buenas horas, mangas verdes.
A pesar de la verosimilitud de la puesta en escena, tanto el ritmo, como los actores, ofrecen un estupendo espectáculo, una fiesta con la broma y la fantasía poética de Tirso.
Enrique Centeno

sábado, 5 de septiembre de 2009

Desventuras conyugales de Bartolomé Morales **

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Autor: Ruzante. Dramaturgia de Ángel Facio.
Intérpretes: Juan Carlos Castillejo, Rafael Núñez,

Sergio Macías, Ernesto Ruiz, Alfonso Delgado,
Gloria Villalba.
Vestuario: Begoña del Valle-Iturriaga.
Escenografía: Javier Turrado.
Dirección: Ángel Facio.
Teatro: Español. (31.1.2007)

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El pobre Bartolomé es la víctima inocente del campo, del ejército, de la iglesia, del negociante y, además, de esas mujeres que se burlan y buscan el abandono a este rústico, inocente y torpe. El escritor Ruzante -otro loco que desarrolló en el siglo XVI las historias populares como nuestro Lope de Rueda, de historietas en los Pasos, breves como los Entremeses-, conocido italiano –bastardo, de su padre y la criada- perdió, con su famoso personaje, hasta el propio nombre, Angelo Beolco. Sobre sus textos, el director Ángel Facio adapta, con algunos cambios libres, al Bartolomé Morales. Esta función de aquellos cómicos que en sus caminos actuaban sobre unas tablas y con una simple manta, lo ha montado ante la casa, con puertas y ventanas, cambiando los cuatro diferentes cuadros, y situándolos lo mismo en Valencia como en La Mancha. Y se reúne, en la sala pequeña del teatro Español, una compañía de seis excelentes intérpretes que crean sus trece personajes. El resultado es divertido, brillante, crítico y un burlón ataque a los poderosos, incluyendo, naturalmente, a la mujer conyugal tremenda y cruel hasta con la explotación de su cuerpo. Pobre Bartolomé.
Aquellos Pasos le sirvieron y aprovechó Facio cuando se censuraba y se perseguía al teatro comprometido desde los años 70 -lo marcó el Teatro Independiente-, al principio de esta década, para montar el Juan Buenalma, de Lope de Rueda, aparentemente inocente. Pudo engañar y conseguir el permiso a la Junta de Censura, con la compañía Los Gallardos que el director había fundado al inicio de aquel movimiento -si no me equivoco, en el desaparecido teatro Benavente, de Madrid-, con una durísima visión sobre las originales.
Aquí el resultado es más suave –con la habitual aspereza de Facio, humorística- con la historia aún viva del arriba y abajo, explotación y vigilancia. Claro que Bartolomé Morales ha perdido a su Juana –ellos son, estupendos, Juan Carlos Castillejo y Gloria Villalba- en manos de los empresarios, los eclesiásticos, el ejército o hasta el mismísimo Cielo con la Virgen de la Gloria, junto al propio San Pedro o Santiago. Ya puede entenderse la calificada juerga del espectáculo, cuya calidad de su totalidad –escenografía, vestuario, bailes y ritmos de sus tambores y dulzainas- consigue un jolgorio burlón que divierte a los asistentes entre carcajadas, y que despiden la función con fuertes aplausos.
Enrique Centeno

viernes, 4 de septiembre de 2009

Desde Toledo a Madrid *

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Autor: Tirso de Molina
Intérpretes: Luis Moreno, Leticia Santafé,
Carmen Pardo, Elía Muñoz, Chema Ruiz,
Paco Luque, Javier Ortiz, Alejandra Mayo
Ernesto Arias.
Escenografía: Almudena Moreno.
Vestuario: Susana Moreno.
Adaptación y dirección: Carlos Aladro.
Compañía Rakatá.
Teatro: Círculo de Bellas Artes. (24.1.2007)
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Otra vez más disfrutamos con el comediante Tirso de Molina, con esta repetida obra Desde Toledo a Madrid. Aunque algún actor intenta aquí imitar el habla madrileño popular, es una traslación desastrosa en la versificación de una prosa que pareciera una imitación a Arniches o en parte a Lauro Olmo. Esta compañía dice el verso, en general, con mucha claridad, lo que ayuda a seguir la función con gusto, si se puede admitir el sacrificio de la riqueza en ritmos y rimas, versos que derrotan a los actores y al director. La propia Compañía Nacional de Teatro Clásico ha cometido similares visiones, perdiendo la creación del Siglo de Oro, como en los montajes de Lope de Vega, con La dama boba -estrenada en 2002-, que se situó en los años 30, o de Cervantes, con La entretenida -2005-, en los 50 -, siempre con fracasos.
Es difícil viajar, con tan simples maletas, Desde Toledo a Madrid, donde se encuentran demasiadas situaciones y argumentos: parece querer un baileo de tiempos, como el noble personaje, Baltasar, disfrazado de rústico; con hechos que son difíciles de situar en nuestra época. Perder el arte, la diversión y las clases sociales debió de ser divertidísimo, casi como un testimonio –en realidad, la obra fue inspirada al autor por una historia sucedida en la Edad Media- para aquellos espectadores.
Todo ello no impide ocultanos el esfuerzo duro que consigue escenas muy brillantes; dejemos aparte las estrofas, tal como el fraseado soneto. Es también la ingenuidad, pero todo lo agradeció el público, que fue capaz de entrar, como chiquillos, en esos juegos de Fray Gabriel Téllez.
Enrique Centeno

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Cymbeline ***

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Autor: William Shakespeare.
Intérpretes: Wiendoline, Hiddleston,
Jodi McNee, David Collings, Richard Cant, y otros.
Escenografía: Nick Ormerod.
Dirección: Declan Ormerod. (Teatro Cheek by Jowl).
Teatro: Español. (19.7.2007)
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Sentimos cierta envidia cuando vienen por aquí, frecuentemente, compañías británicas, especialmente con su Shakespeare. Algunos montajes se hacen entre nosotros con dignidad, incluso con calidad, pero en muy pocas ocasiones: suelen pasearse por el escenario esos intérpretes muy guapos, sin afeitar, marcando su cuerpo y exhibiendo sus bellezas. Y causan pena tales montajes. Llega, de pronto, el arte de los actores ingleses en voces, tonos, acciones, expresiones y aparición de personajes prácticamente vivos.
Esta Cymbeline de hoy, es una puesta en escena sencilla, con grandes cortinas que juegan en dos colores significativos y rompedores; con un atrezzo imprescindible, eso que entre nosotros no se suele utilizar, sino su ausencia despreciada. La acción se mezcla entre la tragedia y los trozos de comedia que escribió Shakespeare en sus últimos años (1610).
No estaría mal que muchos actores asistieran, muchas veces, al National Theatre u otros, para que se tomen cursos y consigan el gozo.
Enrique Centeno

martes, 1 de septiembre de 2009

Construyendo a Verónica ***

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Autores: Creación común sobre una idea de Jerónimo Cornelles.
Intérpretes: Toni Agustí, Maribel Bayona,
Carmen López,
María P. Bosch, Victoria Salvador.
Decorado: José Manuel Benito.
Dirección: Ita Agaard, Gemma Miralles, Inma Sancho.

Compañía Bramant Teatre.
Teatro: Círculo de Bellas Artes. (23.3.2007)

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Conocimos en la prensa que una mujer joven apareció muerta en la playa. No había sufrido violencia y no mostraba señal alguna; y no pudo ser un suicidio o tampoco un accidente. Pasados siete meses, el cadáver permanecía en el depósito sin que nadie lo recogiera o lo reconociera.
Esta función se desarrolla en unas mesas en las que, alrededor, se sientan los espectadores. Unas están pintadas de color rojo, y otras son grises. Por ellas, en un ambiente similar a un café o un pub, van uniéndose los intérpretes, individualmente, contando sus historias vividas. Con sus textos se convierten en una especie de cuentacuentos de experiencias propias. Ellas -y él- se nos entregan mirándonos a los ojos con sus voces en susurros y realismo en las historias; a veces con encantamiento infantil.
En cada reflexión se menciona a aquella mujer encontrada junto a las orillas del mar. La llaman Verónica: fue vista levemente al amanecer tras salir de una fiesta; la encontraron muerta cuando se le amaba en secreto. Rompía el ritmo suave, íntimo. Aquella Verónica pasa a ser, entre nosotros mismos, un misterio, un deseo de saber, un dolor, la indignación lastimosa, el sentimiento amoroso.
La interpretación, en su cercanía, consigue no sólo sus verdades, sino hasta la propia amistad tras el encuentro en este café. Casi dudaba si aplaudirles al final o despedirles como un nuevo amigo. Pero no: es teatro, de modo que les aplaudimos con pasión y admiración, tanto a su poesía común como a los buenos actores.
Enrique Centeno

Confesiones. Lo que callan las madres. *

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Autora: Yolanda Dorado.
Intérpretes: Margalida, Anabel Ochoa,

Pepa Fernández, Celia Ruíz, Candela Moreno.
Escenografía: Élia Lach.
Dirección: Pepa Sarsa.
Teatro: Cuarta Pared. (23.11.2006)

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Somos estos días especialmente sensibles a la situación de la mujer. Coincidiendo con otro más de los crímenes de los maltratadores, se celebra, precisamente, el Día Mundial de la Mujer. La sala Cuarta Pared dedica también una programación a espectáculos sobre temas femeninos. Los hemos visto en este mismo escenario en otras ocasiones: la inmigración, el maltrato, la cárcel o la explotación: es nuestro teatro social, como en alguna ocasión, en colaboración con Amnistía Internacional.
Lo que ahora acude es un trabajo de la llamada Asociación de Mujeres de las Artes, por la compañía denominada “Marías Guerreras”: un curioso nombre –también existe "Autoras Dramáticas", protegida, cómo no, por el Instituto de la Mujer del Ministerio de Asuntos Sociales- transformado sobre la eximia actriz (María Guerrero XIX-XX). Lo cierto es que la primera vanguardia en el tratamiento a las mujeres, fue hace dos mil años por el comediante Aristófanes en su Lisístrata, aquella mujer que organizó a todo el pueblo contra la guerra y la estupidez de los hombres. En todo caso, esta obra, Confesiones. Lo que callan las madres, se aleja de las tragedias para quedarse en convivencias diarias (nos recordaba a la serie de TV hecha por Adolfo Marsillach, La señora García se confiesa). La autora, Yolanda Dorada, ni siquiera llega a la comedia teatral, sino a escenas o miniactos independientes e incluso al juego de humor, con textos que leen algunos espectadores sacados a escena, aunque las actrices poseen valor y frescura en sus personajes dorados.
Temas, a veces tópicos, van buscando la sonrisa o la tristeza de numerosas mujeres. La confesión de la sexualidad con sus comicidades, el recuerdo de algún pasado familiar, su lesbianismo, la adolescencia, el fatal matrimonio o la difícil comprensión de la madre. Se trata de limitaciones y problemas comunes o ligeras represiones. Es el lejano texto que en el Día Mundial invadía nuestros sentimientos y dramas: los temas –montados más de una vez- de las palizas, la huída de los países de represión a la mujer, el soporte de las ablaciones del clítoris, la situación social salvaje o la explotación en el trabajo. Fue Aristófanes más duro y valiente en su teatro de la antigüedad, que en esta obra de tópicos.
Enrique Centeno

Como abejas atrapadas en la miel *

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Autor: Douglas Carter Beane.
(Adaptación de Bernardo Sánchez Salas).
Intérpretes: Luisa Martín, Félix Gómez,

José Luis Martínez, Ángel Burgos,
Ana Trinidad, Inge Martín.
Escenografía: Ana Garay.
Dirección: Esteve Ferrer.
Teatro: Príncipe Gran Vía. (6.2.2007)

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Una tal Alex –lo interpreta con entusiasmo Luisa Martín- es profesional estafadora aparentemente adinerada, que engaña con arte de seducción. Se dedica a buscar personajes que esperan el triunfo de sus profesiones; aquí, entre otros, se trata de un escritor ambicioso que ha sido ya reconocido en la prensa. Este guapo muchacho, Willer, –suponemos que quien lo hace es Félix Gómez, puesto que en el programa de mano se da una lista pero no un reparto; aunque nos da lo mismo olvidar sus nombre-, encarga su definitivo lanzamiento a esta mujer. Hábilmente, ella le irá sacando sus ganancias, para después dejarlo plantado y arruinado. Este primer acto es vulgar, graciosillo con ese estilo tópico, salado y dulce como el mal café neoyorquino. Continuará después, con dedicación, con los mismos timos al pintor, el músico o la actriz.
La función hace reír, con sus historietas, a ese público placentero que acude al teatro para ver, en persona, a conocidos intérpretes de las series televisivas. Los temas carecen de interés real, persiguiendo el ingenio para lograr -de vez en cuando-, algunas carcajadas, en el estreno, de compañeros de su mismo canal. En su encuentro final, Alex, listísima, deja a todos con dos palmos y ahogados en la miel de la dulce mujer. Y se añade la sorpresa de que, este Willer, tomando notas cada día, descubre que podría escribir su segunda novela triunfal: como al autor norteamericano, Douglas Carter Beane, le ha servido para esta comedia. Su título, Como abejas atrapadas en la miel, tiene mucho más valor que el libreto.
Enrique Centeno