domingo, 31 de enero de 2010

Realidad ***

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Autor: Tom Stoppard.Versión: Juan V. Martínez Luciano.
Intérpretes: Arantxa Aranguren, Javier Cámara, Juan Codina,
Patricia Delgado, Alex García, Jorge Páez, María Pujalte.
Vestuario: María Araujo.
Escenografía: Alfonso Barajas.
Iluminación: Iván Martín.
Audiovisual: Mariona Omedes, Carles Mora.
Música: Luis Miguel.
Dirección: Natalia Menéndez.
Teatro: María Guerrero (CDN). (28.1.2010).
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En Realidad (The Real Thing, 1982), Tom Stoppard cuenta una historia entre relaciones y juegos de dados. Hemos sabido que tuvo relación amorosa con la actriz que estrenó esta misma obra en el papel principal, el de Annie. Se trata aquí del conflicto entre un dramaturgo –Henry, que corresponde, claramente, al propio Stoppard-, y un torpe autor –Brodie- que se introduce entre la pareja. Son los esenciales personajes, entre ironías, enfrentamientos, falsedades, y la doble infidelidad que Annie mantiene, confesando su imposibilidad de separase de uno y de otro. Son siempre escenas riquísimas, diálogos que sorprenden continuamente. El público se entusiasma en esta Realidad, con la conclusión de una relación amarga y dulce. El humor sarcástico y el drama sentimental posee un dominio que nos hace pensar en otra Annie, la más famosa e irónica comedia de Woody Allen, en 1977.
Al autor británico -natural de Checoslovaquia-, incluido en la Generación airada, le gusta aquí el metateatro y, en primer lugar, es él mismo el protagonista, que escribe comedias en su mesa de trabajo. Y en las diferentes escenas de Realidad, va creando un Brodie, aspirante y torpe autor teatral que ha seducido a su mujer, Annie. Es una actriz que desea salvar las descalificaciones e interpretará, en lectura, textos –de pretendidas frases obtenidas de Shakespeare- mediocres que Henry aprovecha para su desprecio. No sé qué más cosas hay de la comedia teatral dentro del teatro.
Confesamos que esta obra, considerada como el mayor éxito de Stoppard, nos entusiasmó, especialmente, por el montaje de Natalia Menéndez, quien ha contado con un equipo sorprendente. Todo el reparto hace un gran trabajo, desde la estupenda Arantxa Aranguren, el buen actor Juan Codina, como Patricia Delgado y Álex García. Y vienen otros tres: el incomprensible Brodie lo hace formidablemente Jorge Páez en brillantes escenas. Y el popular actor, Javier Cámara –muy ausente de las tablas, prefiriendo las cámaras- en una magistral interpretación, frente a esta potentísima María Pujalte -siempre multiplicable- que da vida a la extraña, enloquecida, bailante e infiel mujer entre pasiones.
Uno de los más frecuentes escenógrafos, Alfonso Barajas, ha diseñado aquí una invención de belleza y utilidad. El alto decorado encuadra la embocadura y, en su interior, mobiliarios y objetos pueden transformarse en diferentes lugares, siempre con una hermosa estética que declara la teatralidad: incluso utilizando el casi olvidado foso de desapariciones. Una buena colección de juegos de fondo. Se resuelve también el paso del tiempo –dos años, sin interrupción- que crea, como en otros momentos, fantasías de imágenes en gigantes vídeo que han realizado Mariona Omedes y Carles Mora. Todo el escenario cuenta con la inteligente iluminación de Iván Martínez uniendo todo lo citado a la música de Luis Luque.
La dirección de Natalia Menéndez sigue creciendo en sus montajes. Se ha ocupado a fondo de los actores de este reparto; desarrolla con habilidad y talento las traslaciones entre la sonrisa y la tensión. Ha sido muy bien elegido todo el equipo para conseguir un aplaudido espectáculo.
Enrique Centeno

martes, 26 de enero de 2010

El jardín de los cerezos **

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Autor: Antón Chejov.
Traducción y versión: Irina Kouberskaya
y Eduardo Pérez de Carrera.
Intérpretes: Irina Kouberskaya, Mª Ángeles Pérez-Muñoz,

Katarina de Azcárate, Fernando Sotuela,
Antorrín Heredia, David García, y otros.
Escenografía: Nicolay Slavadianik.
Vestuario: Hugo Pérez.
Dirección: Irina Kouberskaya.
Teatro: Tribueñe. (23.1.2010)

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La compañía de la sala Tribueñe ha querido montar El jardín de los cerezos (1904), un Chéjov que necesita un amplio reparto –lo tiene esta función-, una excelente dirección y, finalmente, la adecuada escenografía.
Como sus otros títulos, la obra fue estrenada en la compañía que él mismo puso en marcha junto a Stanislavsky. Fue la transformación del teatro ruso, con el naturalismo, que marcó un nuevo teatro. Este sistema le sirvió a Chéjov para mostrar la caída definitiva de la esclavitud. Lo citamos para comentar esta puesta en escena. Los intérpretes se encuentran muy lejos de la formación, se estima el gran esfuerzo, la búsqueda de los personajes, e incluso la práctica de las voces y los gestos.
Lo escuchamos todo con afecto, agradeciendo el tiempo que habrán robado a sus trabajos. La directora, Irina Kouberskaya, ha conseguido más el propio texto, tan hermoso, y lo ha llevado por aquí y por allá. La grandeza de la historia de El jardín de los cerezos es su propio naturalismo para emocionar aquel testimonio del zarismo en el levantamiento teatral. Evidentemente, seguimos el argumento durante sus tres horas de función. En el pequeño espacio de esta sala -agradable, acogedora- resulta muy difícil situar a los numerosos personajes, y el decorado es muy curioso. No se ha querido, en absoluto, acercarse a la realidad de la obra. Se han creado unos cubos estrechos –prismas-, que por diferentes caras se convierten en maletas, asientos o juegos de espejo. Y en el fondo, una escalera que se transforma en una insinuada via de tren. Una fantasía que no conduce a ningún sitio concreto, exceptuando el vestuario ruso y algunas divertidas canciones y bailes. En todo caso, aplaudimos amistosamente. Igualmente todo el público –que rebosaba-, casi todo él de avanzada edad.
Enrique Centeno

lunes, 25 de enero de 2010

Me huele a cuerno quemado *

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Autor: Juan Antonio Castro.Intérpretes: Jaume Comas, Mariona Ribas,
Dídac Castignani, Silvia Vilarrasa, Carles Arquimbau,
Víctor Álvaro, Anna Briansó, Xavier Tor, Ramón Canals.
Escenografía y vestuario: Montse Amenós.
Iluminación: Kiko Planes.
Música: Alex Polls.
Dirección: Esteve Polls.
Teatro: Español. (21.1.2010)

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El autor Juan Antonio Castro (1927-1980) es uno de los más recordados y, al mismo tiempo, abandonado por nuestro teatro. Estrenó en 1969 su primer gran éxito, Tiempo de 98, que fue después continuamente representado. Fueron otras diversas obras igualmente admiradas, como Ejercicios en la noche (1971), o el inolvidable Tauromaquia (1975), un espectacular montaje en el albero de una corrida de toros. Le gustaba al talaverano adaptar los clásicos: la última vez que ha figurado su nombre fue hace dos años, en una comedia de Calderón. Murió a los 53 años.
Queremos dar noticia del talento de De Castro, porque no podemos decir lo mismo sobre esta obra menor. Me huele a cuerno quemado (se añade Jugando con Molière) es una comedia de enredo con sorpresas jugosas y de graciosos diálogos, sobre personajes obtenidos de los más conocidos títulos de Molière, como El avaro, El enfermo imaginario o Las mujeres sabias, cuya genial escritura representa el más fuerte ataque a la sociedad francesa del siglo XVII. Es natural que nuestro dramaturgo Juan Antonio admirara a Jean Baptiste, lo que le tentó a copiarle, imitarle y utilizar frases de los originales. Lo quiso hacer y quedó en una vacía comedia que, situándola en aquel siglo, carece de importancia por su calidad plagiada, aunque consiga las risas.
Lo dirige con habilidad Esteve Polls (1927) en el Teatre Popular de Cataluny, con un buen conocimiento de la farsa. El reparto es impecable y es agradable la escenografía Montse Amenós.
Enrique Centeno

sábado, 23 de enero de 2010

Las sillas ***

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Autor: Eugène Ionesco.
Traducción: Luis Echavarría.
Intérpretes: Rodolfo Cotizo, Concha Roales-Nieto.
Dirección: Beatriz Gutiérrez.
Teatro La pajarita de papel.
Teatro: Círculo de Bellas Artes. (21.1.2010)
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Cada vez que vemos Las sillas, nos estremecemos, únicamente si se trata de un buen montaje. El ruinoso espacio de la pareja se encuentra en un lugar destruido y protegido por paredes inservibles. Paredes de paños de arpillera y fragmentos de redes marineras. Es todo ello la miseria de un final. Tras los largo silencios, el viejo se detiene en sus vueltas, señala el fondo con su brazo extendido y se dirige a su esposa: “Aquello fue Paría hace cuatro mil años”. Después de la Guerra Mundial, se produjeron las principales tendencias del siglo, cuando escribió Ionesco esta escandalosa obra. En el teatro donde se representaba, las butacas estaban casi completamente vacías. Como en los últimos momentos de Las sillas.
Estos personajes intentan conservar aquel otro mundo esperado, engañándose a sí mismos. El autor aprovecha el matrimonio para pasar la lista de los ausentes. Desde el general al obispo, y de allí hasta los poderosos; todos los demás fueron los perdedores. Los ancianos siguen yendo más allá, y preparan unas filas de sillas para escuchar un esperado discurso que organizará un nuevo futuro. Acuden a escucharle los imaginarios asistentes -ya conocemos que aquello no sucederá-, cuando de pronto aparece y ocupa su podio el esperado y salvador orador. Se trata de un sujeto sordo y mudo. Tanto, que en la función se coloca un significativo maniquí de chaqué. La profunda poesía de Ionesco fue esa fuerte tragedia, que nadie quiso aceptar ni entender en su estreno, en 1953.
Hemos acudido a uno de los mejores montajes de Las sillas. Con una amarga escenografía, luces de agonía, logran una atmósfera: lo relacionamos con un rincón recubierto con cajas de cartón. Con sus arrastradas ropas, mueven los cuerpos acabados, y lo hacen dos formidables intérpretes. Concha Roales-Nieto es la vieja enloquecida -en esa escena en las que se autoembaraza con papeles de periódicos que se introducen en el vientre-. Recuerda a los hijos muertos, y falsea la ausencia de una guerra; es un trabajo rico, variable en cada momento. Rodolfo Cotizo construye su personaje con magnífico expresionismo en gestos, con andares entre voces de tristeza y esperanza; entre el amor a su esposa y las miradas inútiles. El público se entusiasmó con el mensaje de Ionesco. La dirección de Beatriz Gutiérrez consigue un ritmo vivo o muerto, un ritmo inteligentísimo.
Enrique Centeno

miércoles, 20 de enero de 2010

El baile ***

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Autora: Irène Kémirovsky.
Adaptación teatral: Sergi Belbel.
Intérpretes: Anna Lizaran, Sol Picó, Francesca Piñón.
Música: Òscar Roig.
Vestuario: Mercè Paloma.
Iluminacón: Kiko Planas.
Escenografía: Mak Glaenzel y Estel Cristià.
Dirección: Sergi Belbel.
Teatro: Francisco Nieva. (CDN) (14.1.2010)

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Hace mucho tiempo que no veíamos por Madrid a Anna Lizaran, una de las excelentes actrices del teatro catalán. Y nos preguntábamos qué podría hacerse con esta obra, El baile, junto con la prestigiosa bailarina y coreógrafa de la danza contemporánea Sol Picó, en un montaje de Sergi Belbel. A este director –que principalmente es autor- se le ha ocurrido este interesante ensayo de unir las dos artes. Luego nos referiremos también a la música y la plástica.
La obra es una adaptación del relato –del mismo título- de Irène Némirovsky (1903-1942), ucraniana asentada en Francia, en cuya lengua escribió siempre. Es una autora muy desconocida –empezando por mí- cuya familia, banquera, huyó de la Unión Soviética tras su revolución. Judía, después católica y antiseminista, terminó detenida por el gobierno de Vichy y trasladada a Auschwitz, donde muy poco después falleció por tifus.
La elegante, orgullosa, posesiva y petulante, es la madre, Mme. Kampf, que prohíbe, ordena y desprecia a su joven hija, Antoinette. La defensa y levantamiento de esta adolescente, primero hacia la institutriz y a su profesora -a las que representa limpiamente Francesca Piñó-, y luego, lentamente, ante su madre. Importa mucho la escritura cuidadísima en sus prolongados monólogos con escasas respuestas de la hija. Lo lanza Anna Lizaran envolviéndose en su poder, pretendidamente rica y noble, que mastica sus desprecios; lección teatral de un duro trabajo. Casi indefensa, en una simple silla, va soportando la muchacha a esta tirana –Kampf es “lucha”: “Mi lucha” es el libro de Hitler-, pero, poco a poco, sus miembros van liberándose. Y comienza ya su cuerpo a responder a las palabras, como en un vuelo alrededor de la madre. La rodea en esta Comedia repugnante de una madre –tomemos el nombre de la obra del croata Witkiewicz (1885-1935)-, la inmoviliza tras el abandono de sus supuestos invitados a El baile-, en una isla de aguas pantanosa en cuyos vapores se desliza esta hija hasta su salvación. El público, cercano en este pequeña teatro, contempla con asombro el formidable baile con algunos textos- de Sol Picó.
Ha conseguido Belbel su propuesta, muy inteligente al contar con la hermosa coreografía. El escenario lo forma una tarima de suelo barnizado, como flotante, rodeada por las aguas. Permite un final impresionante, al tratarse de una serie de hexágonos unidos que se convertirán en banquetas que Picó va arrojando en la destrucción, formando una escena exterminadora, algo ionesca. Lo han creado maravillosamente Max Glaenzel y Estel Cristiè, a quienes bien conocemos. Apoya también la puesta en escena Òscar Roig, con una preciosa música, y Mercè Paloma en un perfecto vestuario, todo ello iluminado por Kilo Planas. Con este equipo, no es extraño que la buena dirección consiga un sensacional espectáculo.
Enrique Centeno

lunes, 18 de enero de 2010

El Narciso en su opinión ***

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Autor: Guillen de Castro.Adaptación: Juli Leal.
Intérpretes: Manolo Ochoa, Kavo Giménez,
Enrique Juezas, Mª José Peri, Esther Vallés,
Juli Disla, Juansa Lloret, Laura Useleti,
Victoria Salvador, Carlos Amador.
Iluminación: Miguel Llop.
Vestuario: Pascual Peris.
Escenografía: Paco Azorín.
Dirección: Rafael Calatayud.
(Teatres de la Generalitat)
Teatro: Pavón. (CNTC)
(13.1.2010)

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Nos hemos venido a los años 20, a un gran hotel donde todo el mundo va encontrándose: suben y bajan por las amplias escaleras, entran y salen por puertas giratorias, con un alfombrado hall donde se reúnen los elegantes personajes; es una bella escenografía que ha diseñado Paco Azorín. Amores entre mentiras y falsedades, que provocan al público la carcajada, con un ritmo enloquecido en el que sólo hace falta que aparezca por allí Jardiel Poncela.
El valenciano Guillén de Castro (1569-1631) aprendió las comedias de enredo, fijándose muy bien en las creaciones de Lope de Vega –contemporáneo, del que acabamos de celebrar el tricentenario de su Arte nuevo de hacer comedias- y situó las acciones en su ciudad. La compañía de Teatres de la Generalitat ha elegido de nuevo una comedia valenciana, como es natural. Hace tan sólo unos meses, la vimos también en el montaje de Las malcasadas de Valencia, en el mismo teatro Pavón, que ocupa la Compañía Nacional de Teatro Clásico.
En El Narciso en su opinión, el dramaturgo hace su crítica a la estupidez de los hombres –a las mujeres siempre las cuidó Gillén- a quienes aplica este personaje. Lo interpreta el brillante Manolo Ochoa -aunque excesivo-, con atildada feminidad, lo que le sirve para alcanzar del público la máxima diversión. Desde el comienzo, provoca esta función sonoras burlas al aparecer Narciso, ante el telón, con su espejitosustituyendo a las míticas aguas-, contemplando en el su belleza. Un recurso muy eficaz. Junto a él, ese clásico gracioso, su criado, que representa formidablemente Xavo Giménez.
Y aquí, en el hotel -de cinco estrellas-, va apareciendo una colección de primos, hermanas, sobrinos y el organizador tío, encargado del orden y la unión de las parejas. Este formidable enredo lo monta con mucha imaginación Rafael Calatayud, sin perder un instante el vivo juego, aunque se ocupe menos de salvar varias lagunas entre las dicciones.
A la dama protagonista se le entiende sólo parte de sus textos, y nos dedica una exhibición de canto bello en el previo de la historia. Ha preferido también aceptar que los versos se pronuncien en prosa, como en el caso del Don Gonzalo, que lo hace muy bien Enrique Juezas. Nos hace mucha gracia también esa criada, Lucía, cuando finge -genialmente Esther Vallés- ser una de las elegantes damas. Lo hace igualmente bien el tierno enamorado, inocente, que interpreta Juli Disla, así como el trabajo de Juansa Lloret en el petulante tío Don Pedro. Es necesario mencionar, igualmente, a esas damas que representan las actrices Laura Useleti y Victoria Salvador, siempre bajo la buena dirección.
Enrique Centeno

viernes, 15 de enero de 2010

En La Roca **

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Autor: Ernesto Caballero.Intérpretes: Chema León, Eloy Azorin.
Iluminación: Paco Ariza.
Vestuario: Patricia Hitos.
Escenografía: Nicolás Bueno.
Dirección: Ignacio García.
Teatro: Español, Sala Pequeña. (10.12.2010)

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Produce cierta sorpresa esta nuevo estreno de Ernesto Caballero, En la Roca, cuando en sus importantes obras inventa argumentos y crea personajes inquietantes sobre nuestro entorno. En este texto, trata de imaginar una conversación mantenida por sus dos únicos personajes. Son periodistas británicos destinados a España durante la Guerra Civil, uno para las crónicas del periódico y el otro en emisiones radiofónicas. Existieron realmente –diario Times y emisora BBC- y Caballero los une en una cita en el bar de un hotel de Gibraltar –La Roca-, donde prolongarán durante más de una hora sus pensamientos sobre nuestra guerra.
Vamos conociendo que Kim y Guy trabajan en el lado del levantamiento militar. Son viejos amigos que se reencontrarán entre abrazos y recuerdos en un solitario salón -una atractiva escenografía de Nicolás Bueno-, con sillones y una barra plagada de alcohol. Se pone en marcha la función mediante una previa proyección, con escritos a máquina que teclea Kim. Sus conversaciones se dirigen enseguida hacia la guerra española: un hecho extrañamente salvaje -en Sevilla ha acudido Kim a una corrida de toros- en una España que ya ha sufrido otras guerras internas, citando la de los Carlistas –ocho décadas anteriores-, y ahora con el apoyo de los dictadores fascistas y el nazismo. Y sabremos que ambos pertenecen al espionaje soviético: uno es especialmente marxista, y hay ligeras diferencias entre ellos. Brindan, whisky tras whisky hasta llegar a cierta ebriedad, especialmente Guy: será él quien ofrecerá una pistola y, entre discusiones, le informará que le ha sido encargado el asesinato de Franco. Es sin duda el comienzo de la dramaturgia: la ley contra el asesinato. Es curiosa esa comparación que utiliza Guy recurriendo al bíblico Abraham a quien Dios ordenó matar a su propio hijo. Nos recuerda a la obra Los justos, de Albert Camus, cuyo drama consiste en la duda o la obligación de asesinar al dictador en un atentado que causará también la muerte a otras personas.
Probablemente, nuestro autor quiere que sus personajes sirvan para conocer –o reflexionar- la Guerra Civil. Son queridos diálogos y, afortunadamente, conocidos hoy mucho mejor, admirando a estos dos periodistas que se arriesgaron en la lucha contra el fascismo. Lo que verdaderamente nos atrae en esta función es la fuerza dramática; construcciones formidables, textos ricos y diálogos apasionantes. Bien podríamos compararlo con la maestría de Mamet.
Imposible sería estrenar este texto sin un fuerte cara a cara de dos perfectos actores, y sin una inteligente dirección. Eloy Azorín hace un difícil personaje, ese Guy que debe convencer a su compañero para el intento de ejecutar a Franco, con una pistola caliente entre mano y mano. El actor Chema León, es ese Kim atormentado entre la justicia y el asesinato. Dos choques buscando la unión; escenas de fuerte tensión que interpretan ambos maravillosamente. Ignacio García es también imprescindible para mantener los perfectos ritmos y acciones.
Enrique Centeno

domingo, 10 de enero de 2010

Ricardo 3º ***

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Autor: William Shakespeare.
Adaptación: Àlex Rigola.
Interpretes: Chantal Aimée, Pere Arquilluré.
Joan Carreras, Pepe Eugeni Font, Àngela Jové,
Nathalie Labiano, Norbert Martínez, Sandra Monclús,

Alicia Pérez, Joan Roja, Eugeni Roig, Ernest Villegas.
Música: Eugenio Roig.
Escenografía: Bibiana Puigdefàbregas.
Vestuario: M. Rafa Serra.
Iluminación: María Domènech.
Dirección: Àlex Rigola.
Teatro: Español. (28.12.2006)

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Este Ricardo III no hace una pausa sobre su historia - ni en sus adaptaciones-, durante tres siglos, tras el retrato que le hizo Shakespeare. En esta versión, aquel rey había conseguido la corona, en una corte curiosa, un local modernista recargado de humo entre bebidas, drogas y obsesiones sexuales; una sala real de hampa. Aquí, el poder político, el crimen, el asesinato y las traiciones están en las manos feroces de un dueño que, como en el original, se presenta deforme, cojo y jorobado, con las espadas y los cuchillos que se transforman en pistolas y metralletas.
En ese bajo mundo, el lenguaje es tratado con mucho cuidado por el director, Àlex Rigola, que sabe mantener la poesía teatral de Shakespeare, con rostros podridos que viajan hasta el siglo XXI. Citemos que, en sus últimos momentos, la histórica compañía Tábano montó un Shakespeare que se tituló Un tal Macbeth, en un ambiente podrido entre gángsters. Son aquí –una producción del Teatro Lliure, de Barcelona- las traiciones de herederos, clientes del club y de los despachos, para conseguir el poder (nos recuerda los montajes sobre Steven Berkoff). El local de hoy lo ocupan sus mujeres de pernada, vestuarios de chulos rufianes con voces malsonantes entre versos antiguos, vivos como los propios personajes. Unos son ganadores, y los perdedores salen escapando, proponiendo, como el rey Ricardo, “mi reino por un caballo”. Tal reino continuará mañana, con músicas de entonces, como aquí los ritmos o la ironía del Ne me quitte pas. La función se denomina, muy adecuadamente, Ricardo 3º, y el resultado del espectáculo es excelente, tanto por la dirección como por la impecable y rica interpretación sobre la hermosa escenografía.
Enrique Centeno

viernes, 8 de enero de 2010

Rebeldías posibles *

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Autores: Luis García-Araus y Javier G. Yagüe.
Intérpretes: María Antón, Arantxa Arralza,

José Melchor, Javier Pérez-Acebrón, Asu Ribero,
José Sánchez.
Escenografía y vestuario: María Luisa de Laiglesia.
Dirección: Javier G. Yagüe.
Teatro: Cuarta Pared, (14.2.2007)

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Un escenario circular. Los actores charlan, sentados, informalmente, y después, cada uno de ellos se dirige a los espectadores y hablan de hechos ligeros y graciosos sobre la vida común: los periódicos, noticias o comunicaciones. Este procedimiento está ligeramente inspirado en el gran hallazgo que se logró aquí, en la Cuarta Pared, con el inolvidable Las manos, una trilogía iniciada en 1999. Lo hicieron entonces un equipo de autores, sobre la historia real de unas generaciones sucesivas de la juventud. Contaba con escritores teatrales. Esto de aquí no es lo mismo: escriben o improvisan dialoguillos modernos y rompedores, ingenios y cosas así. Bien distinto a la dramaturgia, provocándome el cansancio entre juegos de frases.
El director, Javier G. Yagüe, coautor de aquella trilogía, ha demostrado, no pocas veces, su sensibilidad y conocimiento. Probablemente ha intervenido, en esta obra, un cierto deseo de la renovación escénica; pero quienes escriben sin crear personajes, con inútiles diálogos y con ausencia dramática, echan abajo el escenario.
Durante casi dos horas, los personajes sueltos protestan, se quejan, o desean cambiar algunos aspectos sociales. Rebeldías posibles es un título del que esperábamos cierta ambición, y, sin embargo, es una leve y sencilla función. Hay muchos problemas. Los autores podrían echarle un poquito de visión política y realista, buscando algo más que este tebeo de gags. La supuesta rebeldía pertenece al centrismo, a la burguesía, a los pijos, modernitos que quisieran perfeccionar su pensamiento reaccionario y clasista, simplemente funcionando con simplicidad.
Hay un personaje que, al comenzar, está empeñado en recuperar unos céntimos –es la noticia real tomada de la prensa- que le han cobrado de más en una factura, y lucha para corregir su oculta estafa. Ante su mundo de la universalidad de la economía, al parecer se debe intentar solucionar rebelándose ante los banqueros y gigantes empresas: lo único que se acepta, es que no se equivoquen; de modo que esa oposición consiste en mantener la via legal que conoce, admira y estudia. Quiere que todo sea perfecto, porque, en caso contrario, se convertiría en una rebeldía sobre la imperfección.
El conjunto de modestos intérpretes lo dirige Yagüe, consiguiendo un ritmo que permite al público su seguimiento. A su lado -al fondo de la sala- le puede tocar a usted un futbolero que no para de lanzar voces o carcajadas grotescas, como en una ebria fiesta de bodas. Precisamente, este joven de ojos como faros y la boca abierta de la risa, podría ser una muestra del peligroso espectáculo, ante ignorantes, reaccionarios y felices con este internacionalismo en cuyo primer mundo están ellos.
Enrique Centeno

jueves, 7 de enero de 2010

Plataforma **

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Autor: Michel Houellebecq
Traducción y dramaturgia: Calixto Bieito y Marc Rosich.
Intérpretes: Juan Echanove, Marta Domingo, Lluís Villanueva,
Carles Canut, Mingo Ràfols, Boris Ruiz, Belén Fabra.
Escenografía: Alfons Flores.
Iluminación: Xavi Clot.
Dirección: Calixto Bieito.
Teatro: Bellas Artes. (13.12.2006) _____________________________________________

El personaje, Michel, ha decidido alejarse de su permanente soledad, y una rica herencia -procedente de ese padre que le había abandonado-, le permite recorrer diferentes lugares, con sus maletas vacías, hasta su destino en Tailandia. Un país en el que descubre el mundo de la prostitución, siendo él, precisamente, un visitante continuo de los sex-shows, lugares donde únicamente consigue la sensualidad y sus orgasmos. Más de medio millón de niñas -y niños- de aquel país son explotadas sexualmente, y hacen enloquecer a cientos de turistas que acuden desde el mundo -europeo y americano-, organizados por agencias de viajes.
Allí se le aparecerá una experta mujer, Valérie, y la felación continua le permite encontrar su sentido de la vida. Instalan un negocio sobre la prostitución y pornografía de las muchachas. El montaje de esta Plataforma exige esa dura y brutal estética que domina el director, Calixto Bieito, capaz de crearlo, igualmente, en escenas y temas ajenos a los originales. El título lo subtitula –o califica- su autor, Michel Houellebecq (Isla Reunión, Francia, 1985), “Poema dramático hiperrealista por siete voces y un Yamaha”. Las prosas son apasionantes en las frustraciones del protagonista y en la degeneración que alcanza en Tailandia. Una mujer desnuda, hermosa, pasea durante toda la función en ese hipermercado del cuerpo, montado en una escenografía giratoria –creación magnífica, en dos alturas metálicas, de Alfonso Flores-, con sus rojos y ricos fondos. Muestra el escritor, y el director, esta nueva dedicación “artística” e industrial, junto a un ministerio de cultura, como si fuesen subvencionadas las niñas.
En su estilo, Bieto elige siempre magníficos actores; aquí está el excepcional Juan Echanove que, en este Michel, vuelve a mostrar su talento. Un personaje que crea con apasionante sensibilidad y desesperación. Estupendos también el sabio actor Carles Canut, y Marta Domingo, -Valérie-, al igual que todo el reparto. Esta espectáculo busca fórmulas para la desnudez, placeres orgásmicos y postales morbosas, sin caer en ningún momento en la vulgaridad, provocando el estremecimiento.
Enrique Centeno