lunes, 28 de junio de 2010

Ya van 30 ●

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Autor: Jordi Silva.
Intérpretes: Àngel Llàcer, Ana Cerdeiriña,
José Bustos, Marta Hazas, Paloma Paso.
Dirección: Àngel Llàcer.
Teatro: Bellas Artes. ( 2.11.2006)
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Últimamente se van evitando los intermedios, uniendo diferentes partes o continuaciones. Incluso sin oscuros y cortando los del original para juntar los diferentes actos. Ese descanso era, y debería ser, el corte para reflexionar, comentar o imaginar lo que a continuación aparecerá. Lo cierto es que en este Ya van 30 se hace el descanso o intermedio: y uno puede salir buscando la calle y huyendo de la pobreza textual, de la interpretación y chorradas vulgares en un apaño para divertir a los amantes del concurso televisivo de Operación triunfo.
    No son cómicos; desconocen la interpretación cómica; ignoran la expresión verbal o física y la creación de personajes; recuerdan a los graciosos de después de las bodas; parten de un texto sin interés, vulgar y tópico. Pero se ha estrenado.
Enrique Centeno

domingo, 20 de junio de 2010

La muerte es lo de menos *

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Autora y dirección: Denise Despeyroux.
Intérpretes: Marta Bernal, Gloria Martínez,
Pep García, Rodrigo Cornejo, Iñigo Aramburu.
Teatro: Cuarta Pared. (17.6.2010)
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Conviven en una habitación cinco personas que no se sabe, ni saben ellos, dónde se encuentran. Tal vez en la vida real o en el después de la muerte, de la que esperan el destino. Citan ellos mismos la obra A puerta cerrada (Huis clos), de Sartre, pero no hay la más mínima relación entre el filósofo dramaturgo francés -en el vestíbulo de la entrada al infierno-, con la comedia La muerte es lo de menos, de la autora y directora uruguaya Denise Despeyroux.
    Hay un personaje que es ciego, y resulta al final que era mentira; y una mujer pitonisa y sus magias en una mesa camilla, atrayendo a los fantasmas del pasado o del grupo presente. Desea la autora el humor, la risa que consigue en ciertos momentos, pero en general, nos aburrimos. Es un correcto trabajo el de los actores que, por mucho que se empeñan, no permite salvar esta función. En un televisor –se contempla en una gran pantalla- hay un encuentro de curas que hablan de la muerte, de la vida, de Dios, del pecado o del cielo; es una escena verdaderamente interminable, que, durante un cuarto de hora, nos cansa como uno de nuestros canales televisivos ruines, repitiendo la teología. Se habla también sobre el exorcismo; se confunden unos con otros; alguno de ellos lee en voz alta, como con curiosidad, largas páginas de una romántica novela de Corín Tellado que les llega a emocionar. Y sigue dominándonos el cansancio. Se escuchan, inoportunamente, canciones de Violeta Parra o de Víctor Jara.
    El fracasado humor, y más aún este juego de charlas necesitan una dura y respetuosa crítica. En la soledad de estos personajes, podríamos recordarles, en la otra punta, la isla perdida y deseada que creó, con su construcción y humor, Jardiel Poncela en su sensacional Cuatro corazones y marcha atrás. Porque una vez vista la obra, sentimos no ir para un sitio ni para otro.
Enrique Centeno

sábado, 19 de junio de 2010

Electra **

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Autor: Benito Pérez Galdós.
Adaptación: Francisco Nieva.
Intérpretes:Sara Casasnovas, Miguel Hermoso Arnao,
Maru Valdivielso, Sergio Otegui, Antonio Valero, Pep Molina,
Chema Muñoz, Luifer Rodrígues, José Conde, Isabel Prinz,
Irma Correa, Antonio Requena, Mari Carmen Sánchez,
Marta Gómez.
Escenigrafía: Alfonso Barajas.
Iluminación: Juan Gómez Cornejo.
Videoescena: Álvaro Luna.
Vestuario: María González.
Música: Óscar Reig.
Dirección: Ferran Madico.
Teatro: Español. (11.6.2010)
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    No llega casi nunca a las escenas el teatro de Benito Pérez Galdós (1843-1920), aunque sí adaptaciones de sus más famosas novelas, tales como El abuelo –se tituló La duda- (2007), Fortunata y Jacinta (1994), o Tristana (1993), que se pasaron también al cine. El propio autor trasladó al teatro varias de sus novelas. (Es ya histórico el impresionante espectáculo de Misericordia (1972) en la adaptación del desaparecido Alfredo Mañas).
     Electra –una alusión al personaje mítico- fue estrenada en 1902, con noticias de que causó un fuerte escándalo en el que Galdós, en su realismo, acusaba a una sociedad falsa, intolerante y conservadora. Se trata de una joven que, hija “ilegal” y huérfana, fue educada en un convento y, finalmente, a sus 18 años, recogida –y reprimida- en el palacio aristócrata por la hermana de su madre, Evarista. Anda por esos lujosos salones el esposo marqués, Don Urbano García Yuste - ambos muy bien interpretados por Maru Valdivielso y Sergio Otegui-, y van apareciendo numerosos personajes, como el asesor espiritual –Don Salvador -con el formidable, como siempre, Antonio Valero-, o el más apasionante científico, el sobrino Máximo, joven viudo que mantendrá con la inquieta Electra interesantes y cariñosas conversaciones en el laboratorio donde busca el progreso. El enfrentamiento que crea Galdós entre Don Salvador y  Máximo, es su bien conocida -y agradecida- irreligiosidad y liberalidad.
     Hay, desde luego, un reparto más amplio, personajes siempre interesantes y que, sin excepción, cumplen brillantísimamente todos los actores. ¿Y Electra, el personaje central? A la encerrada doncella, desde su inicio en el palacio, la contemplaremos en su inocencia y desconocimiento de la sociedad; acabará envuelta después en el blanco hábito de un nuevo convento al que es enviada. Sufre, rompe, sueña y huye del crucifijo revolviéndose contra la represión. Apasionante y muy difícil personaje, la actriz Sara Casasnovas –es la segunda vez que pisa las tablas- tiene que estremecerse, lo consigue durante toda una primera parte de la obra, y con falsedad se le escapa la tragedia de Electra; una eficaz dinamo, con cierta luz pero sin electricidad.
      Es una obra humanística, social, ya en su momento algo forzada y que hoy lo vemos como un melodrama cercano al folletín. En esta adaptación de Electra, Francisco Nieva ha hecho todo lo que le ha dado la gana: cortes por allí y por aquí, desorden de los actos, o introducción de textos propios. Incorpora efectos sórdidos, coreografías ajenas a la acción, formando retablos con ese caracterizado barroquismo y el estilo de su Teatro Furioso o de farsa y calamidad. Ojos ciegos cubiertos de vendas: enfrentamientos a arañazos de gatos o tigres, o profesiones de arrodillados cristianos. Nos parecieron verdaderamente horrorosos. Nuestro admirado escritor fue sacado a saludar, le colocaron en el centro del escario, y allí el público apasionado le aplaudió durante muchísimo tiempo; retrocedió, volvieron a dejarle en el centro, avanzó con sus brazos alzados, y volvió a ser el gran triunfador. Dos orejas y el rabo.
    Ha dirigido muy bien las acciones Ferran Madrico en una curiosa escenografía de Alfonso Barajas, con un ángulo de paneles cuyo vértice permite un estrecho paso. Sobre estas pantallas van apareciendo, progresivamente, las imágenes de los diferentes lugares, en un videoescenario potente, de salones con techos, el laboratorio o el convento, que ha realizado Álvaro Luna. Se une a estos efectos la habitual sabiduría del iluminador Juan Gómez Cornejo, todo ello sobre el perfecto vestuario de María González. Con estos elementos, y especialmente con la admirable interpretación de todo el conjunto, se consigue un buen espectáculo.
Enrique Centeno

domingo, 13 de junio de 2010

Tambores na noite ***

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Autor: Bertolt Brecht
Traducción: Claudia J. Fischer.

Intérpretes: Emilio Silvestre, Fernando Moreira, Joana Nanuel,
João Castro, Jorge Mota, José Eduardo Silva, Luís Araújo,
Marta Freitas, Paulo Freixinho, Sara Carinhas, Pedro Jorge Ribeiro.
Dirección y escenografía: Nuno Carinhas.
Compañía TNSJ.
Teatro: El Matadero (Teatro Español). (10.6.2010)
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La estremecedora conclusión la representa el director con la imagen de cochecitos de bebé, solitarios en una ciudad vacía; es como la esperanza de los recién nacidos tras el silencio de los tambores de guerra. En la función nos ha hecho también escuchar el poema donde el dramaturgo se presentaba a sí mismo, recordándonos su primer verso: “Yo, Bertolt Brecht, vengo de la Selva Negra/ y mi madre me llevó a las ciudades”, y la acción se traslada, durante una gran parte, a la vieja África, reprimida y atacada –la obra fue escrita en 1922-, y que podemos conocer, igualmente, en cualquier lucha bélica. Siempre lo ha querido mostrar Brecht en varias de sus obras, tales como Madre Coraje y sus hijos –lo mencionamos por haber sido montada hace poco-, o el Schweyk en la segunda guerra mundial, con aquél soldado que aquí se llama Andreas Kragler –lo hace magníficamente Paulo Freixinho- en estos Tambores en la noche.
    En el primer acto, quiso también el escritor mostrar una comedia jocosa, el retrato, grotesca y crítica alrededor de una cena familiar –como en La boda de los pequeños burgueses - que celebra la próxima boda del novio, Murk -también formidable el actor Pedro Frias- con la obligada  hija, Anna, enamorada de su soldado. La farsa, entre la burla y el ataque, es quizá lo que no ha dominado el director, Nuno Carinhas. A continuación, hace una representación trágica riquísima en acciones y en las cuidadísimas voces del formidable reparto del Teatro Nacional São João.
    Suenan los tambores entre conversaciones y enfrentamientos, en la casa o en el café –el camarero, que hace brillantemente Luís Araújo, es un personaje central entre mesas y espejos de visiones, junto al periodista, que llega a gritar una de las canciones de Brecht-, y vamos conociendo más a este interesante y estúpido Friedrich Murk.
    La luna roja inunda las noches de los tiempos, mientras sigue en la guerra el soldado perdido; esperaremos con deseo su aparición: agotado, con su viejo y ruinoso uniforme de cansadas botas, va soltando arena y piedras de los arrastrados desiertos. Durante toda la función la frágil Anna parece volar con los ojos perdidos, como una especie de amapola rendida ante el deseo de Kraglel. Es la joven actriz Sara Carinhas quien pasea por el escenario con una interpretación impresionante. Todo el equipo de actores, sobre la escenografía del propio director, Carinhas, consigue emocionar y al mismo tiempo, representar un Brecht auténtico.
Enrique Centeno

martes, 1 de junio de 2010

Macbeth ***

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Autor: William Shakespeare.
Intérpretes: Will Keen, Anastasia Hille, David Caves, David
Collings, Kelly Hotten, Orlando James, Ryan Kiggell, Vincent
Enderby, Jake Fairbrother, Nicolas Goode, Greg Kolpakchi,
y Edmund Wiseman.
Dirección: Declan Donnellan.
Teatro: El Matadero (Teatro Español). (28.5.2010)
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En el teatro del Matadero seguimos viendo excelentes montajes de Shakespeare. Tres espectáculos en sólo dos años: Macbeth Lady Macbeth (Carles Alfaro, en 2008), Troilus & Cressida (Declan Donnellan, en el mismo año), Hamlet (Tomaz Pandur, 2009), y ahora este Macbeth del propio Donnellan.
    Se ha querido montar esta Tragedia de Macbeth –así fue su anterior título-, de vestuario y escenografía anacrónicos, en un mundo gris y negro que puede pertenecer a cualquier historia real. Una atmósfera que envuelve, casi exclusivamente, al admirable reparto. Son intérpretes que en sus ritmos y voces, enamoran una vez más los versos de Shakespeare: vuelve a apreciarse otra vez la alta formación de los actores ingleses. Podríamos citar a todos ellos, aunque es imprescindible dar el nombre de Will Keen -ya le conocimos aquí- y la creación de la ambiciosa Lady Macbeth que realiza Anastasia Hille. Ya sabemos que las estrellas británicas del cine necesitan y desean acudir a los escenarios, algo poco común entre nosotros, donde se prefiere el precio y la popularidad en películas y series de la televisión.
    No están en este montaje las brujas, que se escuchan, sencillamente, en voces fantasmas, como silbos de sirenas con estupenda iluminación; no se acerca al bosque de Birmam, ni se utilizan armas, dagas o espadas en las escenas de odio y asesinatos. Acerca de estas últimas, hay momentos asombrosos de los intérpretes: la crueldad brutal de la muerte de Duncan no es un simple mimo, sino la grandeza que podría alcanzarse como si se hubiera olvidado la espada, entre cajas, y que enseña impresionantemente Keen. La Macbeth no es la histérica ni demonizada ambiciosa; pasa internamente, sin efectos fáciles, en una creación sin brillos ni disfraces, hasta llegar a la definitiva rendición, como en esa escena de las manos sangrientas aquí vacías de teñidos rojos, que muestra Anastasia Hille apoderándose del escenario. Los recursos de esta actriz ante el vacío escénico nos dejan estupefactos, con la boca abierta. Es seguro que Donnellan, además de su decisión, ha trabado duramente con los actores.
Enrique Centeno