sábado 26 de febrero de 2011

Un bobo hace ciento *

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Autor: Antonio de Solís y Rivadeneyra.
Versión: Bernardo Sánchez.
Intérpretes: Ángel Ramón Jíménez, José Vicente Ramos, Jesúa Hierónides,
Jesús Calvo, Eva Trancón, Francisco Rojas, Arturo Querejeta,
Fernando Sendino, Rebeca Hernando, Beatriz Argüello, Daniel Albadalejo,
José Ramón Iglesias, Muriel Sánchez.
Músicos: Percusión, Sergey Saprychev; Fagot, Héctor Garoz; Dolores Navarro, Clarinete.
Escenografía: Richard Henry, Louis Cenier.
Vestuario: Javier Artiñano.
Música y arreglos: Alicia Lázaro.
Iluminación: José Manuel Guerra.
Dirección: Juan Carlos Pérez de la Fuente.
Teatro: Pavón (CNTC). (23.2.2011)
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Ha querido el director de la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC), Eduardo Vasco, mostrar a uno de los autores secundarios del Siglo de Oro, y se lo ha encargado a Juan Carlos Pérez de la Fuente. El comediante Antonio de Solís (1610-1686) escribió un total de siete obras teatrales, y es más conocido –en nuestros libros- por ser uno de los mentirosos autores de las historias del Nuevo Mundo con Conquista de México (aunque nunca estuvo en América). En su teatro quiso imitar a Calderón, a quien trataba y admiraba en la Corte.
    Lo que hemos visto es uno de sus títulos, de versos simples y apenas brillantez. Quiere Solís aumentar el enredo de la comedias de burlas, de engaños, equívocos y el laberinto de dobles personajes. En esta versión, Bernardo Sánchez parece ser que ha añadido textos a Un bobo hace ciento, o suprimido otros en sus escenas. Sea cual sea su respetuoso arreglo, entre los versos y sus interpretaciones, la función resulta ser un espectáculo fracasado: ni se entiende, ni se goza, ni se aprecia valor alguno.
    La obra se inicia con una loa de ambiente carnavalesco, cuyos personajes, entre luces y tinieblas incendiadas, manejan una gran tela que suben, bajan o tuercen en una viva coreografía. Representan a la Vida Humana, el Tiempo o las Carnestolendas. Esta especie de teología, sabemos lo que significa porque aparece en el reparto del programa de mano: durante esos quince minutos no entendimos –nadie- más palabras que “sí”, “por”, “este” o “qué” en las voces de la Compañía. Hay un momento únicamente en el que uno de los personajes se adelanta y menciona la Edad de Cobre, la de Oro, y hasta la Edad de Plata. Estas relaciones, es evidente que las inventa el adaptador, y nos informamos de que Solís fue más apreciado en el XVIII.
    En la comedia urbana, de enredo y de humor, son caricaturizados –no llega a tanto el imitado Calderón- los galanes, las damas y los criados. Y ha deseado el director vestirlos en el Siglo de la Razón. Los escenógrafos –Richard Henry y Louis cernier, estupendos- hacen una generosa maqueta de madera natural, con un centenar de edificios del panal madrileño, donde transcurre el multiplicado argumento, y que los propios actores trasladan sobre ruedas, organizando diferentes lugares, como arcos, puentes, patios o interiores. Una graciosa estética donde los personajes aparecen como gigantes en la ciudad de de Gulliver. Como a Pérez de la Fuente no le es suficiente –con razón- la comicidad de Un bobo hace ciento, supera la comedia de figurón para subir desde la farsa a la caricatura, de lo sarcástico a la bufonada de títeres. Y así están todos los intérpretes, conocidos casi todos en la CNTC, con actrices y actores estupendos, nombres incluso extraordinarios. Pero el resultado es, en todo caso, verdaderamente penoso.
    Desde la cuesta abajo, la CNTC intenta a veces ascender, pero continúa cayendo hasta el definitivo desplome. Necesita urgentemente su salvación.
Enrique Centeno



jueves 24 de febrero de 2011

El día que nació Isaac *

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Autor y dirección: Antonio Hernández Centeno.
Intérpretes: Diana Palazón, Félix Gómez, Ricard Sales,
Cynthia Martín.
Escenografía y luces: Moisés Robles.
Teatro: Fernán-Gómez. (12.2.2011)
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Abogado y economista, Nacho se encuentra con Denis, un moderno pintor. Fueron compañeros en un colegio religioso, y el encorbatado insiste en citarse para una cena junto con sus parejas. Tras su despedida, vemos a cada uno en sus domicilios con los imprescindibles elementos a uno y otro lado del escenario.
   En el lado izquierdo estará Nacho con su esposa, Marta, a quien comunica el acuerdo de cenar en casa de aquel viejo amigo. Ella es una desagradable burguesita; mona, elegante y arreglada de peluquería. La conversación entre ellos es vacía, como un matrimonio muerto, y el autor ha dejado muerto también su propio texto, decadente y sin tensión, como para invitarnos a curiosear a esta pareja; a los dos minutos los personajes ya nos desinteresan. Como cuando estamos en una terraza o en la parada del autobús, obligados a oir conversaciones ajenas y vulgares confesiones. En la otra casa –decorado horroroso-, Denis también se lo cuenta a Carmen, su compañera, entre conversaciones de informales tópicos referidos a su liberalismo sexual.
    Juntas ya las dos parejas, sabremos, poco a poco, el oculto sentimiento de Nacho hacia Denis, quien a su vez es bisexual. Como se esperaba, llegaron en solitario a sus entregas amorosas. A modo  de pasillo, hay en la mitad del escenario un cordón iluminado en el suelo -espantoso, verbenero-, que pensamos señala la separación de las casas. Isaac –el que da el título- fue entonces el compañero cuya feminidad le convirtió en víctima de burlas, de desprecios y acusaciones que le llevaron a la desesperación y a su suicidio. Nacho se vio obligado así a ocultar su homosexualidad.
    El desarrollo y la conclusión de esta historia tiene originalidad en el embarazo de alquiler que Carmen aceptó –cobrando una fortuna y animada por Denis- para ceder el bebé a la estéril Marta. Hay algunos aspectos que nos atraen al llegar a desmontarse el cínico catolicismo en la sociedad de Marta, o el desastre final de la separación de las parejas.
    Antonio Hernández tiene una cierta habilidad para construir diálogos, pero su texto es lineal, sin fuerza teatral en sus contenidos y de una inercia lingüística que conduce a la muerte de la literatura dramática. Una historia que podría servir para contárselo a un grupo de amigos tomando un café. El reparto procede -me dicen- de la pequeña pantalla, de modo que es muy probable que obtengan éxito, y lo dirige el propio guionista Hernández. Lo cumplen con la corrección habitual, que en realidad aquí consiste en decir limpiamente el libreto. Están mejor las dos actrices –como suele ocurrir-, tanto Cynthia Martín como especialmente Diana Palazón. Félix Gómez es también actor de tablas, lo que enseguida se nota. Esta obra sería suficiente con una sinopsis, porque la dramaturgia tiene la idea pero se desarrolla con escasa riqueza. Hay algunos momentos logrados, como el recuerdo de Isaac y, partiendo de ello, la aceptación definitiva de la oculta homosexualidad de Nacho en una escena de pasión con Denis; su búsqueda encuentra un final sorprendente. Pocas cosas.
Enrique Centeno

Tejas verdes ***

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Autor: Fermín Cabal.

Intérprete: María Luisa Borruel.
Dirección: Eugenio Amaya.
Teatro: Sala Lagrada. (6.10.2005)
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Tejas verdes es el recuerdo y el homenaje a los chilenos perdidos y asesinados bajo las botas militares desde el golpe de 1973. Fermín Cabal parte de los hechos históricos sucedidos en el pueblo de Tejas Verdes, donde se instaló uno de los centros de prisión. Allí, entre muchos, la joven Carolina fue torturada, violada y lanzada al mar, junto a su propia pareja. El autor lo escribe en un dramático poema estremecedor, que comienza en una escena con el relato brutal que sufrió, acusada por pertenecer a la Resistencia. Con elementos épicos del dolor, con pasajes en elipsis entre el tiempo anterior y posterior con víctimas o testigos en los que va transformándose su única actriz en continuas escenas que emocionan.
    Irán apareciendo, desordenadamente, siete personajes, pasando de la protagonista Carolina, a aquella compañera, a la mujer delatadora, o a la despreciable doctora de la prisión. En cada episodio, el autor no frena sus sentimientos y el público escucha sin respirar la poética dureza de los relatos.
    El escenario se apoya con proyección de grabaciones reales. El bombardeo al Palacio de la Moneda donde perdió la vida Salvador Allende, los hechos posteriores al golpe de Pinochet, y la larga espera hasta conseguir el juicio y la condena –fue ya en el 2000- del General por los crímenes contra la humanidad. En la obra se representa el testimonio estremecedor de la mujer que cuenta cómo se ocupaba de uno de los  cementerios donde iban llegando las filas de asesinados. Y también nos enseñan al Defensor Militar, quien negó o justificó el genocidio. Y continúan las proyecciones distinguiendo el texto que va interpretando la solitaria actriz María Luisa Borruel, en un ardiente e impresionante trabajo que demuestra su gran talento, saltando desde la tragedia teatral hasta los testimonios históricos.
    Aquella Carolina, hace recordarnos también a Amanda, la mujer de Los cinco minutos, aquel poema del chileno cantautor Víctor Jara, igualmente torturado y matado a tiros.
    Al sentimiento del autor y de la actriz, se une la cuidada dirección de Eugenio Amaya. El público no solamente aplaudió insistentemente, sino que salió del espectáculo casi en silencio, impresionado. Quizá llevando en el interior la idea de que hechos similares pueden suceder en la historia actual.
 Enrique Centeno

Tarantos ***

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Autor: Libreto de E. Hernández.
Basada en Tarantos Alfredo Mañas.
Música original: Chicuelo.
Intérpretes: Carmelillo Montoya, Ana Salazar,
Juan Carlos Lérida, Candy Román, Miguel Cañas, etc.
Dirección: Emilio Hernández.
(Centro Andaluz de Teatro.
Teatro Albéniz.  (13.9.2005)
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Asistimos al estreno con el recuerdo amoroso de Alfredo Mañas, aquel autor ya desaparecido que escribió entonces La historia de los Tarantos, título que fue después pasado al cine con Antonio Gades. Hoy pasa al teatro musical un hermoso espectáculo flamenco. De la tragedia suenan de vez en cuando algunas frases de Mañas y con ello de nuevo su recuerdo.
    El espectáculo es excelente, tanto en el arte del baile como en el canto, de modo que es un musical extraño, con la visión y la mirada en el mundo gitano, de la misma tragedia de Romeo y Julieta de Shakespeare. Los Montescos y Capuleto de entonces, son ahora Tarantos y Zorongos. Gitanos contemporáneos en enfrentamientos y amores con emocionantes escenas llenas de arte en composiciones y plásticas al ritmo de las guitarras y coplas. Lo dirige Emilio Hernández con entusiasmo, y así también lo sentimos ante esta gran compañía.
E.C.

jueves 17 de febrero de 2011

Un tranvía llamado Deseo ***

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Autor: Tennessee Williams.

Versión: José Luis Miranda.
Intérpretes: Vicky Peña, Roberto Álamo, Adriana Gil, Álex Casanovas,
Anabel Moreno, Alberto Iglesias, Pietro Olivera, Jaro Onsurbe,
Mariana Cordero, Ignacio Jiménez.
Escenografía: Juan Sanz y Miguel Ángel Cosa.
Vestuario: Antonio Belart.
Iluminación: Juan Gómez Cornejo.
Videoescena: Álvaro Luna.
Dirección: Mario Gas.
Teatro: Español. (10.2.2011)
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Alcanzaron el deseo los inmigrantes europeos o hispanoamericanos –aquí o en aquella Nueva Orleáns-, ocupandose como trabajadores en la esperanza americana. Una sociedad humilde y orgullosa. En un barrio popular conoceremos a Stanley Kowalski. Y allí llegará, procedente de la sociedad acomodada y tradicional, ya asfixiada tras la Segunda Guerra Mundial, Blanche: son dos de los más famosos personajes del teatro contemporáneo, creados por Tennessee Williams –del que se cumple este año su centenario- en Un tranvía llamado Deseo (1947), trasladado al cine en la película continuamente revisada: no diremos una palabra más sobre ello ante este montaje que se representa en el teatro Español.
     En su último recurso para sobrevivir, Blanche se bajará en la estación del marginado barrio, lluvioso y nocturno, buscando su acogida en la pequeña y humilde casa de su hermana menor, Stella, la mujer de Stanley. Desde sus primeras preguntas a la vecina y en su reencuentro con la hermana, tras su elegante vestuario mirará presuntuosa, creando Williams en cinco minutos el retrato de la protagonista. Se espera la llegada del marido, Stanley Kowalski, que, apenas contemplarlo nos hace comprender sus evidentes diferencias y el enfrentamiento; el mundo vivo frente al cadáver de los beneficiados. La perdición y la esperanza se señalan en la elegancia y la camiseta sudada; la fragilidad y la fortaleza; la mentira y la verdad. Va aumentando la tensión en los tres actos –aquí se representa en dos partes- viéndose venir el hundimiento completo de la vencida norteamericana.
    Un tranvía llamado Deseo es una de las grandes obras del dramaturgo, que entusiasma al director Mario Gas, y que ya ha montado títulos como El zoo de cristal (Teatro María Guerrero, 1995), o La gata sobre el tejado de zinc caliente (en este Teatro Español, 1996). Y aquí ha disparado a Vicky Peña lanzándola al abismo de la compleja Blanche. Sin una gran actriz sería imposible crear este personaje –cuántos fracasos se han cometido-, como fue capaz de hacer la extraordinaria actriz Ana Marzoa hace más de una década (José Tamayo, Teatro Bellas Artes, 1.10.1993).
    Vicky Peña crea una metamorfosis que únicamente nos deja ver a Blanche. Fingidora y frágil, oculta el hundimiento de su sociedad desaparecida. Nos provoca en la primera parte una cierta burla, y, lentamente, va surgiendo su penoso drama. Descubierta su verdad, admitirá su desesperada trayectoria: de la esperanza a la oscuridad, del cinismo a la imaginación fantasma. Son escenas dificilísimas que la actriz  recrea maravillosamente. Se estrellará contra la verdad, y ella misma contará sus ruinas. Enviudada con el suicidio de su esposo, al que despreció cruelmente al descubrir su homosexualidad, o como maestra, expulsada del colegio por sus relaciones con menores. Terminará huyendo de su ciudad para acudir a Nueva Orleáns, a la casa de su hermana. Son tantas cosas, que Vicky hace un alarde de interpretación. Su mutis final es ya la última lección. Ovacionada en los saludos, parecía no haber salido aún de Blanche.
    Qué quiere hacer Tennessee Williams con Stanley Kowalski. Este simbólico personaje del barrio marginal junto al tranvía Deseo, es brusco, desconfiado e insultante. Blanche le determina como “polaco”, y él reaccionará una de las veces: “Yo no soy polaco, soy un norteamericano cien por cien”. Amenaza y muestra su soberbia en continuas voces, tanto a la presuntuosa Blanche, como también a su propia mujer, Stella, a quien llega a golpear. Es “un oso”, “un orangután”. Hay apenas un par de momentos en los que cambia la violencia por un interiorismo sentimental; le dura poco, demostrando de nuevo la orgullosa defensa de su clase.
    Resulta difícil –imposible- justificar a Stanley el bofetón que deja a Stella el rostro amoratado; o el abuso hacia su cuñada arrastrándola hasta la cama. Y consigue, sin embargo, el afecto y simpatía del público. En todo caso, Roberto Álamo, actor cuya brillantez hemos visto en varias ocasiones, no puede hacer llegar ese carácter complejo, quedándose en la simplicidad rebelde, como un sencillo hominis de su propio miedo o desesperación. Stanley justifica su comportamiento con la indignación por la sociedad en decadencia, una venganza patológica; y asegurará, tras la derrota y salida de Blanche, que su casa recuperará la paz familiar.
    La dulce Stella se encuentra en un camino áspero entre el marido y su hermana. Ama a su bruto marido y le acoge a ella comprendiendo ese vuelo de alas rotas que pide el cariño, la compañía, la fingida creencia de las fantasías. Una bola de billar chocando en medio de la casa. Ariadna Gil cumple bien su trabajo. Anabel Moreno hace destacar a esa mujer enérgica que manda cada vez que se asoma a la escalera. Y brilla mucho el estupendo actor Álex Casanovas, haciendo ese amable amigo de la vecindad que se acerca e inicia un enamoramiento con Blanche -quien le traduce su apellido, Du Bois, para formar su Blanca del Bosque, nombre que intencionadamente elige Williams, al igual que Stella-, y que al conocer las verdades, hará con ella, junto a la cama, borracho y furioso, una fortísima y formidable escena.
    El escenario realista –Juan Sanz y Miguel Ángel Coso, que suelen trabajar juntos-, iluminado estupendamente por Juan Gómez Cornejo, deja ver al fondo la zona marginal por la que transcurre el esperado tranvía que muestra su cartel de Deseo –que no se detendrá- en un magnífico blanco y negro con la videoescena creada por Álvaro Luna. Es ese realismo y fidelidad del teatro norteamericano que siempre dirige formidablemente Mario Gas, trabajando con los actores, con las acciones y las rupturas para mantener el valor de los textos.
Enrique Centeno

domingo 6 de febrero de 2011

Transit **

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Autor: Mariano Llorente

Intérpretes: Huichi Chiu, Abdel, Benzahra, Simona Ferrar,
Esosa Omo, Ana Carolina Martins, Mónica Vieru, Andrey Yaroshenko
Dirección: Marcelo Díaz.
Teatro: Cuarta Pared. (3.2.2011)
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Qué tránsito querrán hacer estos personajes. Irán llegando, uno a uno, y ocuparán sus asientos en el banco, esperando en la estación la llegada del tren: lo sabemos por la maqueta del rail de una vía, que se encuentra en el primer término del escenario. Y tras la espera, llegará circulando una clásica y simpática locomotora. En el andén, descubren una maleta abandonada que se mueve. Sorprende con sus golpes y movimientos, de la que van sacando a un nuevo personaje que, ciertamente, nos deja asombrados. Una actriz contorsionista,  mujer de aspecto oriental, que se incorpora a los viajeros soltando un largo discurso del que no entendemos una palabra y que nos provoca un incomprensible humor. Probablemente tampoco ellos se entienden entre ellos mismos: una se expresa en alemán, otro en inglés, una en portugués -la más explicativa-, quizá algunos términos en castellano o el hombre negro en bantú. Los siete intérpretes proceden, efectivamente, de distintos países. En conversaciones, entre oposiciones e individualismos, nos hacen recordar una verdadera Torre de Babel.
    Son numerosas escenas las que se representan y que muchas veces nos despistan, y decidimos interpretarlas libremente. Relatos de tristeza en una mujer, otra que explica cómo servir la mesa, un matrimonio fracasado y otras muchas más acciones y diálogos entre los distintos idiomas. Varias veces lo relacionamos con el teatro del absurdo, como en La Cantante Calva, de Ionesco.
    Llegará el momento para el mutis general de los pasajeros, que, en fila, van hacia su Transit. Pero no es así, porque en sentido contrario regresará de nuevo el encantador tren. Tendremos otra vez a los siete buscadores de un mundo que no han encontrado. El director argentino Marcelo Díaz ha hecho inteligentemente esta visión sobre la incomunicación, con un interesante resultado. Precisamente, esta obra corresponde a la bautizada ETC (Espacio Teatro Contemporáneo)-Cuarta Pared. En esa segunda llegada de los personajes aparece una frustración, están ya perdidos, alguno hundiéndose en un cubo de  basura, sentimiento e imagen a la que ha llegado el autor, Mariano Llorente, recordando también  otra del absurdo, Fin de partida de Samuel Beckett.
    El tránsito se ha terminado sin encontrarse destino alguno. Todos aparecen convertidos en dedicaciones inútiles, como vendedores de rastrillo o comerciantes de souvenir con vulgares productos. El sueño quedará únicamente en la pintura de un pequeño cuadro que representa un soñado paraíso.
    Pero no quiere esta función terminar con la destrucción, y una joven, bajo la intensa lluvia o inundación, se protege en una tabla –es casi como un nicho- en la que lee, escribe, o contempla el hundimiento esperando sin duda que termine la precipitación, aclare el día y llegue otro tiempo.
Enrique Centeno

martes 1 de febrero de 2011

Solas **

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Autor:  Benito Zambrano (Película)

Adaptación teatral: Antonio Onetti.
Intérpretes: Lola Herrera, Natalia Dicenta, Carlos Álvarez-Nóvoa,
Idilio Cardoso, Aníbal Soto, Eduardo Velasco, Chema del Barco,
Marga Martínez, Marina Hernández, Darío Galo.
Escenografía: Ricardo Sánchez.
Vestuario: Pedro Moreno.
 Dirección: José Carlos Plaza.
Teatro: Albéniz. (8.3.2006) (CAT).
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El Centro Andaluz de Teatro (CAT) estrena únicamente a autores andaluces, clásicos o actuales. Se apruebe o no, en esta ocasión no se monta directamente una obra teatral, sino una adaptación de la premiada película Solas, de Benito Zambrano. El guión, excelente, se escribiría, naturalmente, en columnas paralelas, enlazando los diálogos con las imágenes de planos, tomas de cámara, cortos o fundidos. El film -1999- le entusiasmó al director del CAT, considerando que el cineasta es andaluz y que la obra transcurre en la ciudad de Sevilla. Porqué no trasladarlo al escenario. Este aprovechamiento es poco frecuente –normalmente en montajes comerciales-, más bien ocurre en sentido contrario –del teatro al cine- o ambos géneros partiendo de las novelas. Son salidas que comúnmente conducen a la frustración e incluso al desastre de los originales. No es este el caso.
    Se ha encargado de esta adaptación el reconocido dramaturgo sevillano Antonio Onetti, y lo dirige José Carlos Plaza con su habitual sensibilidad, contando con un reparto excepcional. Todo ello es suficiente para conseguir una inteligente función. En este escenario no se muestra el entorno de los emocionados personajes de Solas. Sí le interesó muchísimo a Zambrano reflejar en su película un retrato andante por la ciudad. Aquí ha sido imposible imitarlo más allá de los diálogos. Onetti precisamente hace sus propias obras más cercanas a la sociedad, pero no despreciemos, de todos modos, el conmovedor drama sentimental.
    Con la estupenda escenografía de Ricardo Sánchez, a Plaza no le hace falta hacer milagros, y es que ahí está Lola Herrera, esa maestra de la comedia dramática a quien queremos siempre ver en las tablas. Con ella, otra excelente actriz, Natalia Dicenta. Los personajes son madre e hija, también en la vida real, lo que provoca aún más el interés teatral. Ambas ya se enfrentaron hace catorce años en A toda luz (Teatro Príncipe Gran Vía, 13.11.1992),obra también tomada del cine (Eva al desnudo, a su vez de un radioteatro), y que dirigió -a Herrera muchas veces- el querido Ángel García Moreno (ese luchador de quien no sabemos nada desde que se marchó de Madrid). Con las dos,  Carlos Álvarez-Novoa (también en la película) completa el triángulo. La producción ofrece un buen espectáculo, pleno de calor, que el público, entusiasmado, aplaudió y dedicó bravos en la noche del estreno.
Enrique Centeno

Sanchica. Princesa de Barataria **

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Autora e intérprete: Ainhoa Amestoy.

Basado en escenas de El Quijote con dramaturgia de
Ignacio Amestoy.
Escenografía: Andrea D'Odorico.
Dirección: Pedro Víllora.
Teatro: Sala II, Centro Cultural de la Villa. (25.11.2005)
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De un sencillo baúl, la cómica de la legua va obteniendo los muñecos de las mujeres de El Quijote. Cerca de veinte de ellas serán los motivos y copias para que la actriz repita sus textos, reinventando a su modo cada uno de sus personajes. Es una bonita idea. Ainhoa Amestoy tiene talento para autorepresentarse como una ingenua muchacha, de voces y gestos que dedica a un público supuestamente espontáneo, popular, como en un rincón de la aldea.
   Así vamos conociendo y queriendo a los múltiples personajes, tan preciosos como chillones, reprochados o atacados, con sencillez entre sus hábiles manos, incluyendo entre ellos a la hija de Sancho –Sanchica-  y a la esposa inocentemente sensible ante la soñada ínsula de Barataria. Una función de Bululú –aquel cómico original que en la antigüedad actuaba solo con imitaciones de voz- de esta semicompañía de la autora, intérprete y manipuladora de muñecos que no molesta, como ocurre en otros monólogos que ahora hacen continuamente actores y actrices engreídos.
E.C.

Salomé **

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Autor: Oscar Wilde.

Tradución: Mauro Armiño.
Intérpretes: Millán Salcedo, María Adánez, Elisa Matilla, Chema León,
Alex García, Raúl Prieto, Domingo Cruz, Néstor Lahuerta, etc.
Vestuario: Sonia Grande.
Escenografía: Andrea D'Odorico.
Coreografía: Víctor Ullate.
luminación: Juan Gómez Cornejo.
Música: José Nieto.
Dirección: Miguel Narros.
Teatro: Albéniz. (9.2.2006)
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Sobre la leyenda bíblica, aumenta su fantasía Oscar Wilde (1854-1900) contando la decapitación de Yokanaán -Juan el Bautista-. De traiciones, ambiciones y pasiones, es el director Miguel Narros, que pocas veces ha querido al género trágico. Con un cercano estilo shakesperiano, lo que no choca en este Salomé -tan conocido como trasladado a la ópera y al cine- es la magníficamente subrayada violencia que se acerca al vate: Herodías -estupenda Elisa Matilla-, madre de Salomé, incestuosa, repudia a su esposo, rey Herodes Filipo, y se une a su cuñado, Herodes Antipas, con su ardiente e inútil deseo hacia el ya tío y padrastro de la joven. La reina ordena la detención de El Bautista, encerrado en las mazmorras.
    La libidinosa Salomé acudirá a conocerle e iniciará los hermosos y poéticos versos de apasionado deseo hacia el cuerpo del profeta. Son los gritos y voces de Yokanaán los que la despreciarán y condenarán como corrompida prostituta. Y quedará anunciada la sangrienta escena. Ofrecerá entonces su excitada y provocativa danza a cambio de la cabeza –servida en bandeja de plata- del preso. Narros  subraya la tragedia, aunque aquí Wilde introduce el erotismo junto a la violencia.
    Con la brillante escenografía de Andrea D’Odorico, la dirección mantiene una permanente tensión sobre toda la escena en el salón real, en la que se maltrata a Yokanaán con excitante crueldad. Sin embargo, la relación entre el ansioso Herodes y la irresistible Salomé carece de fuerza en los encuentros apasionados, en los que le resulta imposible a Millán Salcedo crear un personaje más allá de su monarquía dictadora. En María Adánez el talento aparece otra vez obedeciendo al gran director de actores. La actriz crea a la esperada Salomé con un imán de talento en el que, junto al personaje, aprovecha su propio físico, incluso cuando se la priva de la famosa escena de la danza de los siete velos: se monta el baile con un cierto aire de ballet o al estilo de las salas de fiestas y de la Folies-Berger, poco menos que la Duval de los camioneros. Curiosamente, su coreografía es de Víctor Ullate. El monólogo de Salomé con la cabeza del cadáver entre sus brazos, es un momento impresionante (”Ahora la besaré”, “¿Porqué no me miras?”) con ese final en el que se escuchará a Herodes: “Matad a esa mujer”. El desdichado profeta lo interpreta estupendamente Chema León, y a pesar del reparto desigual, la función obtiene el acierto y el éxito.
Enrique Centeno