domingo, 26 de septiembre de 2010

Una relación pornográfica **

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Autor: Philipe Blasband.

Adaptación de José Ramón Fernández.
Intérpretes: Pastora Vega, Juan Ribó.
Escenografía: Alfonso Barajas.
Iluminación: Juan Gómez-Cornejo.
Dirección: Manuel González Gil.
Teatro: Lara. (22.9.2010)
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Van recordando estos dos personajes las hojas del calendario, sus pasadas relaciones que una voz grave va preguntándoles y obteniendo sus diferentes versiones; en un lenguaje argentino que nos hace pensar en cierta burla hacia el habitual psicólogo. Cada uno en un extremo, explica aquella historia de Relación pornográfica –la película original se tituló en castellano con el adjetivo “privada”- iniciada a través de una propuesta femenina por medio de Internet.
   Ellos no quisieron conocer sus vidas, y ni siquiera sus propios nombres. Él había acudido aquel jueves, por curiosidad, a esa cita a ciegas; ella por el deseo sexual, o por la aventura de los atardeceres, como la Belle de jour que inventó Buñuel. Del café al hotel y de la cama a la calle, marchando cada uno por su sitio. Y aparecen de nuevo –será repetido varias veces- sentados en sus butacas, alejados, donde contestarán a las preguntas del oculto psicólogo, contando que repitieron sus exactas citas de cada jueves, durante unos meses en los que mantuvieron sus pudorosos contactos. Lo que ocurriría al final, quiere el público saberlo, como espías o cotillas con un sutil humor llegando hasta las carcajadas. Y resulta que no hay pornografía, y no les es posible convertirse en un voyeurs.
    Hacen un trabajo magnífico tanto Pastora Vega como Juan Ribó. Esa mujer –la protagonista- le mira como desde un mirador, le examina, le sonríe, le observa como a un gustoso retrato; se enfrenta descaradamente hacia el patio de butacas. El personaje de Ribó balbuceó en su primera escena del encuentro, y entre recuerdos andaba su cabeza entendiendo lo que sucedió; serio, volador aún sin conseguirlo, mirándose a sí mismo o a un lejano misterio. Sus textos rompen y dan vida al diálogo: él escéptico, y ella una buena narradora. El dúo brilla con eficacia, tanto en los monólogos como en las acciones.
    El acertado ritmo lo consigue el director, Manuel Gómez Gil, ante un decorado sencillo, llamativo, en el que Alfonso Barajas hace ver, en el fondo, una especie de fotogramas fijos del paisaje urbanístico en blanco y negro, como alejado y frío frente al aislamiento de la pareja. El excelente iluminador, Juan Gómez-Cornejo, ha querido situar los proyectores tenues y cenitales, con contraluces y sombras, que no permiten apreciar suficientemente los gestos de los personajes, especialmente del actor. O lo he visto yo mal.
No se trata de un texto maravilloso, pero con el suficiente talento para una excelente comedia que obtendrá su éxito, como ocurrió la noche del estreno.
Enrique Centeno

jueves, 23 de septiembre de 2010

Me lo veo venir *

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Autor e intérprete: Francesc Albiol.
Dirección: Joan Castells.
Teatro: Lara. (17.9.2010)
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Los atrevidos monólogos. Esta obra, llamada Me lo veo venir, la ha escrito el propio actor, Francesc Albiol, a quien respetamos por sus numerosos trabajos en diversos espectáculos.
     El protagonista es aquí un viejo actor que se encuentra solo en el aún vacío teatro antes de una función. Va recordando obras clásicas en las que participó, con pequeños textos de comedias de Molière, de Goldoni –hace varias escenas grotescas en sus papeles-, o citas de Shakespeare y de otros autores, buscando, en todo momento, la burla y el humor.
    En una leve cita se menciona a Chéjov en su obra El canto del cisne, lo que no nos evita recordarla ante esta humildísima y equivocada Me lo veo venir. Aquel personaje, también solitario en el escenario vacío, lo creó el ruso en un drama impresionante; no se trata de que el tema tenga semejanza. Pero los monólogos son capaces de hacerlos actores y actrices extraordinarios, y especialmente con algunos de nuestros mejores escritores.  Entre nosotros, podría mencionarse, por ejemplo, el texto de José Luis Alonso La sombra del Tenorio, en el que un ya acabado actor sueña con el personaje de Zorrilla, repitiendo sus versos, interpretado  por “El Brujo”, nada menos, allá por 1995. Y se atrevió genialmente Ignacio Amestoy, también con el último Yo fui actor con Franco, que nos llegó a hacer temblar de emoción, interpretado, como debe ser, por un primer actor, Fernando Delgado, ya desgraciadamente desaparecido. Con ello, comentar Me lo veo venir; insistimos en el aspirante autor ocupándose también de crear al personaje. A lo dicho, dicho.
    Consigue algunas risas junto a torpezas o aburrimientos. Termina la función cuando este personaje de Armando Lis deja el teatro y aparece cantando –con un pianista- en un supuesto lugar barato, donde, vistiendo la chaqueta de lentejuelas, emite boleros micrófono en mano.
Enrique Centeno

sábado, 18 de septiembre de 2010

El Evangelio de San Juan **

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Autor, intérprete y dirección de Rafael Álvarez, "El Brujo".
Música: Javier Alejano (viola), Juan de Pura (voz), Kevin
Robb (saxo), Daniel Suárez "Sena" (percusión).
Iluminación: Miguel Ángel Camacho.
Teatro: María Guerrero (CDN). (16.9.2010)
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Bajo la tenue lámpara, sobre una mesa, examina, lee y corrige, con pluma de tinta, líneas nuevas sobre los tachados textos de los papiros. Son largos minutos en los que puede ser él mismo un astrólogo, brujo, o investigador que añade e interpreta las escrituras. Se incorpora después y da unos pasos con reflexiones, sentado en un pequeño taburete, acerca del pasado Dios, Él, a quien nadie conoce, no ha visto ni lo ha escuchado. Habla con una voz sonora –utiliza un micrófono, algo extraño en un teatro como el María Guerrero- sobre el misterio de la creación del Mundo, partiendo desde un Génesis en que San Juan repitió que en el Principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios. Joder. Va entonces cambiando el sentido mitológico, y mira hacia el público rompiendo el escenario y manifestándose ya como El Brujo, juglar, contador de historias entre verdades y mentiras, de gestos e ironías jocosas.
    La leyenda de los evangelios sirve a nuestro actor para explicar los testimonios de San Juan, y cada vez va asombrándose más, entre burlas. Entre paseos del Enviado, junto a los peregrinos captados, nombrará a los doce santos apóstoles. El Brujo va retratando a estos personajes, siempre sobre las lecturas, y ya todos en equipo, acompañarán al Hijo de Dios.
    Nos relata los episodios del Evangelio de San Juan, desde su aparición hasta su crucifixión, muerte, resurrección; lo inverosímil contado pero que tampoco vieron otros. El Brujo nos lo cuenta también a su manera, reconociendo que ya han pasado veinte siglos. La exageración, la fantasía, la invención con toda clase de detalles, como los milagros de los enfermos –Levántate y anda-, la fiesta de Canaá donde transformó el agua en vino (no contó aquí que también lo hizo entre el vino y su sangre), o multiplicando el pan y los peces para alimentar a cinco mil fieles.
    Anécdotas llamativas y disparatadas. Añade el actor que, verdaderamente, afirma que los mitos se crearon en el teatro, citando a Sófocles, Eurípides y Aristófanes –a quien puede que esté cercano El Brujo- sucedidos en esta obra teatral, como fue el de Jesús. Podría durar este espectáculo cinco o seis días, pero el resistente artista lo concluye en dos horas y cuarto, que sin embargo deberían reducirse. Su público no cesó de reír, al menos durante la primera hora.
Enrique Centeno

Todos eran mis hijos ****

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Autor: Arthur Miller.
Intérpretes: Carlos Hipólito, Gloria Muñoz,
Fran Perea, Manuela Velasco, Jorge Bosch,
Nicolás Vega, María Isasi,
Alberto Castrillo-Gerrer, Ainhoa Santamaría.
Escenografía: Elisa Sanz.
Iluminación: Juan Gómez Cornejo.
Adaptación y dirección: Claudio Tolcachir.
Teatro: Español. (9.9.2010)
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Revolotea por la casa de la familia Keller ese hijo perdido, muerto durante la guerra; Larry, piloto cuyo avión se estrelló inesperadamente, como otros muchos -Todos eran mis hijos-. La causa se debió a un defecto de los motores de la empresa del padre, Joe, que prefiere no mantener en la mente la muerte de su hijo. Y asegura que el responsable fue el encargado de los montajes, conociendo Joe su gravísimo fallo. El montador, acusado, permanece años en la cárcel. La esposa, Kate, anda como un fantasma esperando la vuelta de su hijo. Inteligente, sensible y deprimida. Este personaje es apasionante, y el público va averiguando qué es lo que le sucede a esta Kate. El hijo menor, Chris, se encuentra en la difícil situación entre su madre y la posible salvación de Joe: su amor con la joven Ann, la que fue novia del hermano desaparecido. Con la aparición del hijo del supuesto culpable –asesino, se menciona- de la tragedia de aquellos soldados, empieza el espectador a adivinar el dramático final.
    Y volvemos a ver a Arthur Miller (1915-2005) mostrando el engañoso sueño americano, hundiendo el mito de la felicidad familiar, aquí con el bienestar conseguido con el negocio militar. El director del teatro Español, Mario Gas, ha deseado recuperar algunos de los títulos históricos del teatro social del dramaturgo. Han ido pasando por este escenario Las Brujas de Salem (2007, dirigida por Alberto González Vergel), Muerte de un viajante (2009, dirigida por Gas), y ahora Todos eran mis hijos, montada por Claudio Tolcachir. (Sobre aquella función es imposible no citar la que dirigió Ángel García Moreno*).
    En este césped del jardín, ante un oculto bosque de quietud y tranquilidad, el padre y su hijo conversan risueñamente. Hay cerca de ellos un tronco caído y quebrado, ya sin salvación; tal vez una tormenta nocturna que no habían escuchado. Se refieren también a la madre, sus preocupaciones y aparentes ausencias mentales. Queremos saber qué ocurre allí.
La escenógrafa Elisa Sanz ha situado en un lateral el inicio de la casa que se pierde entre cajas. Y por la puerta, en el porche, aparece la esperada madre, Kate. La fantástica actriz Gloria Muñoz, convertirá el verdadero imán de las acciones. Su creación está llena de sabiduría, de convencimiento, una personalidad rica en movimientos, pausas y gestos, cuyas voces nos acoge. Aparentemente despistada, enseguida veremos brújula del drama. Una interpretación impresionante.
    Ha dirigido a toda la compañía el director argentino Claudio Tolcachir –también adaptador, abreviando los tres actos-, aprovechando el excelente reparto. Carlos Hipólito hace un trabajo riquísimo, puede que en este personaje del padre sea donde mejor demuestra su talento; desde su bondad al cinismo, en el engaño y su oculta ambición en la gloria de su familia. Desde la seducción familiar; arrastra el escenario en el definitivo mutis de su vida. En principio, no parece demasiado adecuado el actor Fran Perea como el joven hijo, Chris Keller, por su robustez, pero es capaz de interpretar al inocente personaje esforzándose y consiguiendo crear estupendamente, a veces brillantísimo. La jovencita, enamorada nuevamente –Ann-, lo hace bien, brillante y con el encanto exigido. El abogado –George Deber-, hijo del encarcelado inocente, arrastra la ruptura de las mentiras en las escenas violentas, en manos del estupendo actor Jorge Bosch. Nadie baja un minuto su perfección, desde Nicolás Vega a María Isasi, a Alberto Castrillo-Ferrer y a Ainoa Santamaría.
La noche del estreno, el público en pie -algo ya muy poco común-, entusiasmado, obligó entre aplausos y bravos a salir a saludar numerosas veces.
Enrique Centeno

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* ¿Puede alguien conocer dónde está o qué hace este luchador y director, desaparecido tras su dirección y su lucha por el teatro Fígaro , de Madrid? Tras 25 años en él… 

domingo, 12 de septiembre de 2010

El proyecto Youkali ***

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Autor y dirección: Miguel del Arco.
Intérpretes: Juárez, Donat Mbuyi, Genoveva Caro,
Sonia Ofelia Santos, Pedro Forero, Cristóbal Suárez,
Mar Fernández-Sousa, Kati Dada, Ángel Ruiz, Wenceslao Scyzoryk,
Álberto Sánchez, Sonia Fernández-Sousa, Alfonso Gálvez,
Paqui Horcajo.
Iluminación: Juanjo Llorens.
Vídeo escena: Álvaro Luna.
Dirección musical: Arnau Vilà.
Teatro: El Matadero. (7.9.2010)
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Se hizo El proyecto Youkali hace unos meses (Junio, 2010) con motivo del Día Mundial de los Refugiados, que quiso mostrar con esta función la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (ONG), desde la angustia por la persecuciones, las torturas y encarcelamientos políticos o ideológicos.  Al llegar a España, relatan la historia de cuatro refugiados – una juez, una doctora, una cantante y un fotógrafo-, en monólogos de sus propias experiencias.
    Los textos los ha escrito el propio director de la compañía Kamikaze, Miguel del Arco. Son creaciones dramáticas, historias que buscan el drama bajo la teatralidad, consiguiendo la emoción; es este el procedimiento para la piedad, y no hay, por tanto, acontecimientos ni movimientos sociales, sino el testimonio. Lo que más interesa es el lugar donde se representan estas escenas: un plató de televisión cuyo canal intenta ganar público con la dirección de un oportunista periodista. Lo que más nos acerca es la verdadera explotación al inocente telespectador, con ese llamado “Reportaje” que se empeña en el efectismo y el remontaje sobre datos y personajes; actores, insistimos. Es el mercado de las tragedias donde los refugiados sirven para conseguir la más alta cuota de audiencia; no faltan cortes de publicidad ni montajes de las grabaciones previas: son esos presentadores y presentadoras que ya conocemos perfectamente en nuestros canales privados. En el teatro se juega entre carcajadas e indignación. Quienes van con las cámaras y quienes montan los efectos son anónimos, invisibles en la pantalla –en la representación sí se les ve dentro del plató- como si no estuviera nadie en las mentiras. El periodista, en esta función, es un excelente actor, y su personaje termina por reconocer y arrepentirse –esto sí que resulta imposible en los profesionales- confesándolo, en un supuesto canal pirata.
    Otro aspecto interesante es la propia acusación al Gobierno –este montaje lo realiza la citada ONG- que huye de la realidad y de la ayuda; los propios exiliados, llegados a España con esperanza, encontrarán su frustración y la ausencia oficial tanto de ayuda e incluso en su legalización.
    Permite emocionar, testimoniar y dar cuenta de los sufrimientos. Para que no falte de nada, la última canción –impresionante su interpretación- pertenece a Kurt Weill, que tituló con el inventado país de Youkali –lo ha dado a conocer sobre todo la cantante Ute Lemper-, incorporado al Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny, otro fantasma de Brecht, que precisamente vimos hace dos años en este mismo teatro El Matadero. Escucharemos la música con su poema proyectado, “Dejándonos jirones,/ soñando por soñar...”. El público casi llega a llorar por ese “Youkali es el país que alguien sueña”.
Enrique Centeno

La controversia de Valladolid ***

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Autor: Jean-Claude Carrièr.
 (Traducción de Simón Morales).
Intérpretes: Ferran Rañé, Manuel Carlos Lillo, Enric Benavent,
Carles Arquimbau, Quim Lecina, Piero Steiner, Raúl Cáceres,
Abril Hernández, Aliou Danfa.
Escenografía y dirección: Carles Alfaro.
Teatro: La Abadía. (23.2.2006)
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Fue a los 18 años cuando hizo su primer viaje a América -Las Indias- el fraile dominico Bartolomé de las Casas, incorporándose a los ejércitos de los conquistadores, e incluso obteniendo algunos beneficios. No tardó mucho este predicador en contemplar y rechazar la crueldad y las matanzas de los indígenas. Y comenzó entonces su empeño religioso -1514- para intentar frenar el belicismo con el apoyo que solicitó, en sus viajes a España, a los dos sucesivos reyes, informándoles del tratamiento sufrido por los indios. Lo único que pudo conseguir fue su acercamiento y el afecto de los indígenas. Quiso entonces Las Casas contar en sus libros, con datos e ilustraciones, lo que estaba ocurriendo en las tierras invadidas.
    ¿Exageró o inventó en sus relatos los crímenes cristianos? El escándalo trajo consigo reacciones en toda Europa y la acusación de la Iglesia Romana. Se bautizó como una “Leyenda Negra”, y aquí, desde el Vaticano hasta Valladolid, se encargó Ginés de Sepúlveda de la acusación, defendiendo la evangelización junto a los conquistadores.
    Los textos, formidablemente redactados por Jean-Claude Carrièr, explican las discusiones y desprecios al Predicador, y logra una tensión filosófica y teológica con la que el espectador tiene la sensación –con una gran interpretación- de asistir al propio “juicio”. El argumento nos recuerda también a la condena de Galileo por la misma Iglesia. Lo que no nos impide sentir una cierta ausencia de riqueza teatral.
    Nuestro dramaturgo –y ensayista, uno de los fundadores del Teatro Social-, José Mª Quinto, fallecido hace un año (1925-2005), publicó su obra Controversia Las Casas/Sepúlveda con personajes que, además de sus frases y hechos en aquellos enfrentamientos, se convierten también en personajes vivos, ese estilo de su teatro que busca la pasión y crítica de nuestros días. (Estamos, por tanto, ante la ausencia continua de los autores españoles, cuyas obras no son ni cuidadas ni queridas). El autor francés llega al Teatro de La Abadía con un montaje inteligente -como siempre-, del director valenciano Carles Alfaro.
    La función transcurre durante casi dos horas, sin pausa, sobre un entablado que, lentamente, va girando para elegir las destacadas intervenciones. El reparto es formidable, asombrosos todos ellos, en sus textos, gestos y voces: una exhibición que muchos directores no saben conseguir con los actores. Es normal, como siempre, en Alfaro, como también sus propias escenografías.
Enrique Centeno

domingo, 5 de septiembre de 2010

La calumnia **

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Autora: Lillian Hellman
Versión de Méndez-Leite.
Intérpretes: Fiorella Faltoyano, Cristina Higueras,
Teresa Cortés, Carolina La-pausa, César Díaz,
Amparo Alcoba, María de Puy.
Escenogfrafía y vestuario: Javier Artiñano.
Dirección: Fernando Méndez-Leite.
Teatro: Albéniz. (10.1.2006)
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La obra teatral de 1934 (Lillian Hellman, estadounidense, 1905-1980) fue trasladada después al cine con el reparto de grandes monstruos del viejo Hollywood, con su título original La hora de los niños. Y causó el éxito y algunos escándalos en aquella sociedad norteamericana en la que la autora fue continuamente defensora de la libertad y los derechos de la mujer. Todo ello por la sombra de la falsedad de dos niñas y sus mentiras ante la pareja lesbiana. Una cuestión quizá asombrosa y especialmente oculta. Hoy ya, un tema que ni siquiera podría alcanzar o impresionar ni a la calumnia ni a al lesbianismo; para nuestro público debe resultar más curioso que interesante. Su montaje, su escenografía, su estilo y el resto de este teatro es algo ya fallecido, aunque se le respete el obituario.
    La interpretación de todo el reparto es impecable, con Faltoyano, Cristina Higueras, la veterana Puy, y sorprendente la de las dos muchachitas, Teresa Cortés y Carolina Lapausa. Mentiras y cinismo en La Calumnia en un trabajo excelente -con el director, Méndez-Leite, en su primera vez que se atreve con el teatro- que constituyen lo más llamativo de esta excesivamente prolongada obra.
    Otros elementos poco valiosos son este decorado vulgar junto con la escasa dirección que se limita, como un guardia urbano, a llevar la acción por aquí o por allá, quizá también como aquel viejo teatro que en muchos lugares se mantenía. En los semáforos, nadie choca entre sí, arrancan y frenan en sus obligaciones. El motor interior de cada uno, lo engrasan las actrices como puede cada cual. Incluso en la última escena dramática no pueden evitar el atasco.
Enrique Centeno

La belle cuisin ●

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Dramaturgia y dirección: Juan Dolores Caballero.
Intérpretes: Luis Ruiz-Medina, Benito Cordero, Mustapha
Bahja, Eva Moreno, Rebeca Torres, Juanjo Macías.
Música: Inmaculada Almendral.
Vestuario: Mai Canto.
Escenografía: Ana Luisa Sánchez.
Compañía Teatro del velador.
Sala Cuarta Pared. (17.2.2006)
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Un conjunto de media docena –de intérpretes, tal vez- recorren o se arrastran, chillan, lucen con orgullo sus defectos y antiestéticos cuerpos. Buscan la mirada desorbitada, golpean los elementos de una supuesta cocina que podría ser igual a un manicomio. Claro que, por supuesto, no nos referimos al Hospital, sino al ataque de la compañía Teatro del Velador, de la que esperábamos algo de su calidad.
    En principio, quizá el texto, en lengua inexistente, -cierto sonido francés, como el título- parece jugar en clave minimalista, y quizá por ello todos son inhumanistas de miniformes, en su minicreación. Gritos de seres espantosos, deformes, divirtiéndose y, encima, afirmando que buscan un sentido andaluz. El miniconocimiento.
    Puede que su ignorancia y presunción hacen temer que, en realidad, ese andaluz es el reaccionario, el huidor de sus problemas, su ambiente, su sociedad.
E. C.

Homenaje a los muertos ***

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Autor: Eusebio Colonge.
Intérpretes: Gaspar Campuzano, Enrique Bustos,
Francisco Sánchez, Fernando Hernández,
Ana López, María Duarte, Ana Oliva.
Espacio escénico y dirección: Paco de la Zaranda.
Compañía La Zaranda.
Teatro Español. (8.9.2005)
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Como en su trilogía compulsiva (que iniciaron con aquel Vinagre de Jerez, en 1989), la compañía La Zaranda Inestable de Andalucía Baja, trae de nuevo, en su personal creación, este llanto que siempre le rodea y que nos hace mirar. Quizá nos piden que Perdonen la tristeza (1992), porque nos enseñan la Obra póstuma (1995), y según cada paisaje, miran Cuando la vida eterna se acaba (1997), se cruza por La puerta estrecha (2000) donde Ni sombra de lo que fuimos (2002) nos encontramos allá. Lo que nos sucede en los montajes de esta compañía es este orden, gracias al singular escritor, Gaspar Campuzano, y la puesta en escena del actor Francisco Sánchez –que conocemos como “Paco, el de la Zaranda”-, y que me perdonen por haber utilizado aquí, en cursiva, sus títulos que hemos ido viendo.
    El estilo y la versión de esta compañía es siempre buscada en ajenos de quien recordamos algunas ideas, con imágenes personales, no necesariamente comparables con el polaco Kantor o con La Cuadra, de Salvador Távora. Obligación de aceptar influencias o similitudes de cualquier parte, siempre para demostrar sus conocimientos. Pero en este Homenaje a los malditos, se trata un nuevo tema: el final y los recuerdos amargos que siempre suelen existir entre los grande escritores que, frecuentemente, se fueron del mundo en la miseria, olvidados y después aprovechados por los oportunistas. Son así, sin citar directamente a los homenajeados por quienes fueron miserables, los perdidos como Valle-Inclan, Pío Baroja, Bécquer o tantos otros.
    Y se utiliza el voltaje habitual, siempre en su lenguaje andaluz, ahora fuera del mundo rural, para pasar a este café tabernero de reuniones y charlas, vestidos en sus trajes polvorientos en la sociedad de los espejos deformantes que cantó Valle o convertidos todos en guiñapos: los muertos abandonados en sus textos y en sus músicas de la Semana Santa. Quizá algún espectador reconoce en su interior que admitió ese homenaje de miserias, en lugar de no removerlas. Otros gozarán porque aquí se acusa y se recuerda tantas cosas perdidas.
    La Zaranda, como es habitual, enseña su alto nivel.
Enrique Centeno

sábado, 4 de septiembre de 2010

Hielo y fuego **

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Autora: Bryony Lavery.
Versión teatral: Tomás Gayo Bautista.
Intérpretes: Carmen Conesa, Magüi Mira, Tomás Gayo.
Ciclorama y ambiente: Roguz.
Dirección: Nieves Gámez.
Teatro: Centro Cultural de la Villa. (18.1.2006)
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Como en nuestras tragedias del teatro griego –tantas veces imitado o adaptado-, en esta obra se trata un drama cruel de nuestros días. Son pocos autores los que se introducen en temas tan arriesgados, en ocasiones contemporáneos. (Firmas maestras desde Büchner, con el soldado Woyzeck, hasta el vivo Koltès en el Zucco). Este Hielo y fuego, (Frozen en el original), hace estremecer al espectador con la violación y el asesinato de una niña desaparecida. Aquella víctima de un hecho real, hizo escribir su novela a la autora Bryony Kavery (Inglaterra, 1947), tras su hallazgo, diez años después, tras la larga y amarga espera de la madre. La obra marca el tiempo desde el primer día hasta la aparición del cadáver.
    En la acción intervienen tres personajes: la madre, la doctora psicóloga, y el culpable. En la adaptación teatral -de Tomás Gayo-, abunda especialmente el procedimiento de sucesivos monólogos. En ellos escucharemos la angustia, el ánimo y después la cólera del personaje Nancy, la madre, desde la ausencia de la niña, hasta el conocimiento de su final.
    Tiempo que pasa, personajes que van transformándose desde la esperanza hasta la amarga caída y la indignación. Con su creación, la actriz Magüi Mira no cesa un momento para conseguir que los espectadores sientan continuamente el llanto. Por eso, ante el correcto trabajo de Carmen Conesa y de Tomás Gayo, no existe posibilidad alguna de comprender, perdonar o impedir el rencor. Aquella niña vivió durante esa década encerrada en una habitación, violada hasta encontrarse sus restos, admitiendo el acusado aquella crueldad.
    Un texto poéticamente trágico con una excesiva duración de casi dos horas. Con una escenografía de volúmenes pobre, poco útiles, en la que la directora lleva el montaje como puede, con textos agotados y aislados. Se hace ver la existencia de tales brutalidades en nuestra actualidad. Es un relato que emplea un expresionismo quizá de excesivo lenguaje.
Enrique Centeno

Flor de Otoño ***

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Autor: José Mª Rodríguez Méndez.
Versión de Mª José García.
Intérpretes: Ana Frau, Trinidad Iglesias, Fele Martínez, Jeannine
Maestre, Carnen Belloch, Juan Calot, Ángel Morós, Vicente Díez,
Cesáreo, Estébanez, Paco Maestre, Sergio Castelar, Pedro Almagro y otros.
Escenografía: Cecilia Hernández, Natalia de la Torre.
Vestuario: Rafael Garrigós.
Iluminación: Mario Gas, Paco Ariza.
Dirección: Ignacio García.
Teatro: María Guerrero (CDN). (22.9.2005)
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Es en su último otoño cuando podemos ver una de las formidables obras de José María Rodríguez Méndez, autor esperado en los teatros desde el inicio del movimiento realista. Lo vemos escasamente y con la memoria de Los inocentes de la Moncloa, aquel drama (1961) que sería asombroso de reponer en nuestro ambiente –se montaba por los teatros universitarios-; o el espectáculo de Bodas que fueron famosas de Pingajo y la Fandanga, ya estrenado en 1978 por el Centro Dramático Nacional y dirigida por José Luis Gómez.
    Rodríguez Méndez (1925) [2009] examina continuamente la situación de nuestro teatro y la crítica cultural. Su primer ensayo fue explosivo hace ya años en la edición de La cultura teatral en España (Laia, 1974), en la que nadie se salvó. Hace menos tiempo, en un artículo, Amar a la escena –una sincera calificación- escribió: “Cuando la sociedad está desarraigada de la historia y de la cultura propia del país no puede esperarse ni amor ni respeto por esa cultura. Y eso es lo que está pasando. Aquí no se ama lo propio porque no gusta y se está mimetizando torpemente –porque mimetizar con talento  es algo estimable, al menos- lo que nos viene de fuera o lo que simplemente está de moda. De ahí la beatería cultural por autores” (Diario 16, 1992). Son recuerdos y citas ante esta función de Flor de Otoño, tras un largo silencio hacia nuestro autor, a pesar de que dos años después del texto citado se le concedió -1994- el Premio Nacional de Literatura Dramática.
    En este Flor de Otoño aparece la alta burguesía, el fascismo y la policía, en la ciudad de Barcelona, una más que favoreció la sublevación militar para la Guerra Civil. Aquel personaje, Lluiset, une en su propio triángulo la abogacía, el travestismo nocturno y el anarquismo. Detenido, es torturado y finalmente ejecutado en esta tragedia, en la que Rodríguez Méndez utiliza eficazmente el sentido irónico y jocoso. Se puso en escena hace dos décadas, en Valencia, al parecer con escasa calidad. Se había hecho también en el cine –Un hombre llamado “Flor de Oroño”, de Pedro Olea- con gran éxito. Y ahora se recupera en el Centro Dramático Nacional, en el teatro María Guerrero, con la versión de Mª José García. Un montaje con riqueza escenográfíca, donde los personajes aparecen pobremente dirigidos, y una frialdad dramática en el entremezclado protagonista desvanecido. Hay momentos en los que consiguen los actores cierta tensión, pero entre proyecciones cinematográficas que entibian las escenas. Quizá, excepto en la última escena, donde la Madre, gracias a la actriz Jeannine Maestre, logra el gran momento en el que comprender y aceptar las dedicaciones de aquel fusilado.
Enrique Centeno